Me llamo Goa 2 - ¡Qué fuerte, Goa!

Míriam Tirado

Fragmento

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Cubierta Goa recorría los pasillos de aquella gran papelería buscando todo lo que figuraba en la lista de libros y material que les habían enviado desde el instituto. Mientras lo hacía, notaba en la barriga aquellos nervios de cuando está a punto de pasar algo que esperas desde hace mucho. Goa se metía la mano en el bolsillo de los vaqueros cortos, la sacaba y, al cabo de nada, la volvía a meter, señal inequívoca de que estaba nerviosa. Aquel verano había crecido todavía más y su cuerpo, ahora sí, era más de chica que de niña, y ya era casi tan alta como su madre. Ese día hacía mucho calor y había tenido que recogerse el pelo con una goma de las grandes, porque las pequeñas se le rompían todas.

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—¿Falta algo, Goa? —le dijo su madre.

—Unos bolis, que los cojo ahora, y el libro de alemán.

Cubierta —No lo tienen, el dependiente me ha dicho que volvamos la semana que viene a ver si ya ha llegado.

Fue pronunciar la palabra «alemán» y sentir un pinchazo en el corazón. Inevitablemente, conectaba esa palabra con Klaus. Desde el viaje a Mallorca, Goa estaba hecha un lío: sentía tantas cosas a la vez que le parecía imposible entenderlas todas. Seguía soñando con el mar un par de veces a la semana, más o menos, pero ya no sufría; lo había normalizado y a menudo conseguía agarrar la tabla de surf y volar sobre las olas, o bien subirse a una barca que creaba dentro del sueño. Estaba inquieta, y era naturalque lo estuviera, porque desde aquel primer día del trayecto en barco a Mallorca habían pasado muchas cosas, tal vez demasiadas.

Cubierta —Goa, ¿estás nerviosa? —le preguntó su madre cuando se pusieron a la cola de la caja.

—¿Qué? —respondió Goa, despistada, como si regresara de un lugar muy lejano.

—Digo que si estás nerviosa por ir al instituto el lunes.

—¿Nervios, yo? ¡Qué va! —contestó ella intentando mostrarse segura.

Pese a que sabía que su hija mentía descaradamente, Julia hizo ver que la creía. Sabía que en aquellos momentos Goa estaba tan nerviosa que, si insistía un poco más sobre el tema, se echaría a llorar allí mismo.

Cubierta Pero su madre la entendía. Rodeada del olor que desprenden las papelerías a principios de curso, Julia también recordó los nervios y la emoción que ella misma había sentido antes de comenzar las clases cuando era adolescente, la incertidumbre de no saber con quién le tocaría ir a clase o qué profesores tendría. Empatizó tanto que no pudo evitar acercarse a su hija y darle un beso en la mejilla, así, espontáneo y sin avisar, cosa que a Goa no le gustó ni pizca.

—¡Mamá! ¡¿Qué haces?!

—¡Ay, te doy un beso! Te has hecho tan mayor…

—¡Estamos en la cola y esto está lleno de gente! ¡Contrólate!

Y a Julia este último «contrólate» la hizo reír.

Cubierta Goa la miró con cara de quien, en ese momento, está pasando muchísima vergüenza ajena, y fijó la vista en el suelo intentando pasar desapercibida, aunque sabía que, con la risa estridente de su madre, eso era imposible.

Cubierta Desde aquel beso en la cubierta del barco a Mallorca, Goa había ido cambiando la impresión que tenía de Klaus. Era tan divertido y se sentía tan cómoda con él que, poco a poco y sin darse cuenta, Klaus pasó de ser un amigo de la infancia a convertirse en la persona de quien se había enamorado. Sí, ENAMORADO. Sin apenas verlo venir, Goa se quedó colgada de aquel chico un año mayor que ella con quien estaba pasando las mejores vacaciones de su vida.

Cubierta Pero no fue plenamente consciente de ello hasta el día siguiente de regresar de Mallorca, cuando su padre la fue a buscar para irse, en esta ocasión, a un camping del valle de Arán donde pasarían unos días con sus primos. En el coche, mientras oía hablar a su padre y a Carla, que ya lucía una barriga imponente porque solo le faltaban tres meses para dar a luz (¡Goa todavía no se terminaba de creer que tendría un hermanito!), echó muchísimo de menos a Klaus. No podía dejar de pensar en todos los momentos que habían compartido en Mallorca: cuando iban juntos a comprar el pan y las ensaimadas cada mañana a la panadería del pueblo, cuando jugaban con las palas en la playa o competían por ver quién conseguía nadar más rato sin descansar, cuando reían por las noches stalkeando a excompañeros de Klaus… Sentía una emoción tan inmensa que no podía pensar en otra cosa que no fuera él y aquellos días. Pero al mismo tiempo, a ratos, tenía miedo: «¿Y si él no sentía lo mismo que ella? ¿Y si ella no le gustaba?». Estaba hecha un lío: tenía muchas ganas de que todo el mundo supiera cómo se sentía, pero también le daba miedo que Klaus no la correspondiera o explicar a los demás lo que sentía y que se rieran de algo que para ella era tan especial, bonito e importante. En el coche, camino del valle de Arán, se le cayó el mundo encima al darse cuenta de que pasaría quince días en la montaña con unos primos más pequeños que ella y, lo que era aún peor, sin saber cuándo volvería a ver a Klaus. De pronto sintió una gran necesidad de hablar con él, aunque fuera por Instagram. ¡Lo echaba tanto de menos…!

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—Papá, ¿me compartes los datos para que me pueda conectar con la tableta? Me aburro en el coche sin hacer nada.

Cubierta—¿Los datos? ¿Para qué?

—Papá, te lo acabo de decir. ¿Para qué quieres que sea? ¡Para poder hablar con mis amigos!

—Pues habla con nosotros o mira por la ventana…

—Alberto, no seas así, hombre… Deja que se conecte un rato por lo menos, que tres horas y media de viaje se le pueden hacer muy largas hablando solo con nosotros… —Carla se echó a reír, intentando que Alberto cediera un poco.

CubiertaGoa no entendía por qué su padre la martirizaba cada vez que iban en coche negándose a compartir los datos de internet. ¿Acaso no entendía lo importante que era para ella hablar con sus amigos TODO EL RATO? ¿Y lo aburrido que era hablar solo con él y con Carla? Que sí, que eran guais (como ellos decían demasiado a menudo), pero, a ver…, no era lo mismo que hablar con Ana, Klaus, Bruno o Nadia. No tenía nada que ver.

A Goa le indignaba que su padre no entendiera algo tan básico de la adolescencia. Siempre pensaba: «¿Acaso tú no fuiste adolescente? ¿Ya no te acuerdas?». Lo que ella no sabía era que Alberto sí que se acordaba, y mucho, pero que, ahora que era padre, le dolía ver que cada vez hablaba un poco menos con su hija. Cuando la veía hablando tanto rato con sus amigos con la tableta se asustaba: «¿Y si se engancha demasiado a las pantallas? ¿Y si hablan de temas poco adecuados para la edad que tiene? ¿Y si se va alejando cada vez más de mí y la pierdo?».

Cubierta Pero al final, y gracias a Carla, cedió:

—De acuerdo, pero solo un rato, ¿vale, Goa?

—Síííííí… —dijo ella mientras pensaba: «Menos mal que tengo a Carla».

Al cabo de un minuto, ya había enviado a Klaus una foto de esas que solo pueden abrirse una vez: un selfi en el que solo se le veía media cara.

Y al cabo de apenas diez segundos, había recibido uno de Klaus haciendo la señal de la victoria, con aquellos ojos verde claro, el pelo alborotado y mal colocado, y aquella sonrisa tan traviesa que a ella le encantaba.

¿Cómo aguantaría tantos días sin él? A Goa le entraban ganas de llorar solo de pensarlo.

Cubierta «¡Qué remedio!», pensaba ella. Mira que le gustaba ir de vacaciones a aquel camping del valle de Arán que estaba al lado del río, pero en esta ocasión, y por primera vez, se moría de ganas de volver a casa, y no precisamente porque echara de menos a su madre. Estaba harta de jugar a las cartas todos los mediodías, cuando hacía demasiado calor para cualquier otra cosa, y de hacer las mismas excursiones de siempre. Quería volver para ver a Ana, a Bruno, a Nadia, pero, sobre todo, para intentar convencer a su madre de que quedaran con Zu, Klaus y Marcus. Durante los quince días que pasó en la montaña, lo que más grabó en el videodiario fueron entradas del estilo:

Estoy hasta el moño de jugar a las cartas, bañarme en el río e ir en bicicleta… EN SERIO. ¡¡¡Quiero volver a casa!!! ¡¡¡Quiero a mis amigos!!! Los que tengo en el camping están bien, nos reímos, pero no sé…, ¡este año los encuentro pequeños y las cosas que me proponen no me interesan! ¡¡¡Echo mucho de menos a Ana, pero, sobre todo, echo de menos Mallorca y a Klaus!!! No lo entiendo, si no me gustaba… Y ahora solo quiero chatear con él, que me escriba y que me diga que le gusto, que, por cierto, todavía no me lo ha dicho nunca. Bueno, yo tampoco se lo he dicho, claro. ¡¡¡Ni muerta!!! ¡¡¡Qué vergüenza!!! ¡¿Y si le digo: «Me gustas, Klaus», y él me dice: «De acuerdo», o peor: «Tú a mí no»?! O todavía más horrible: ¿y si me envía un emoji que diga «OK»? ¡¡¡JURO QUE ME MUERO!!! No, ni en broma. Será secreto. En realidad, no lo sabe nadie, todavía… ¡Ni siquiera Ana! Uf… Y aún faltan ocho días para volver a casa… ¡¡¡Me saldrán canas de estar aquí!!! ¡QUIERO VOLVER YA!

Lo que Goa no esperaba era que, durante las semanas siguientes, poco a poco, iría perdiendo la pista de Klaus…

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