
Aprieto la llave dorada con tanta fuerza que se me ponen blancos los nudillos. Hemos abierto veintidós puertas ya, lo cual confirma mi teoría de que este desafío está inspirado en el calendario de adviento. Si es así, quedan dos puertas nada más y después, por fin, uno de nosotros encontrará la gema.
Camino sobre la hojarasca, sin detenerme a admirar los impresionantes árboles centenarios del bosque. No me hace falta verlo para saber que a mi lado está Volta, mi único aliado. Confío plenamente en él, porque nuestras familias, los Faro y los Atavira, tienen un acuerdo desde hace muchos años y siempre colaboramos tanto en Kalambu como fuera del juego.
Ni él ni yo quitamos los ojos de encima a nuestra mayor enemiga, la campeona del pandemónium de los Artimus, que explora el escenario tan cómoda como si estuviese en el salón de su casa. Normal. Todo el mundo sabe que, de los cinco elementos, el más favorable a los Artimus es la tierra, así que ella está muy a gusto en el bosque. Tiene doce años, como Volta, y es, de todos los jugadores de esta partida, la que mejor maneja su poder. Me doy cuenta de que ha localizado la puerta número veintitrés porque alza la mirada hacia la copa de uno de los árboles y empieza a murmurar un hechizo.
—Faro —me llama Volta en un susurro—. La puerta está ahí.
—No me digas —le gruño—. Y no me llames por mi nombre real.
En Kalambu, todos usamos motes, aunque algunos nos conozcamos. Sé el nombre real de Volta, igual que sé que Taiga en realidad se llama Chechia Artimus. Las familias de hechiceros no tienen mucho contacto entre sí, pero algo nos conocemos.
Y sé el nombre del niño que trota detrás de mí y de Volta, porque es el único que no se ha puesto un mote para entrar en el juego, sino su nombre auténtico, Lucas. El pobre es demasiado pequeño y no se entera de nada. Cuando empezó la partida, esperaba que el campeón de los Mencaura fuese su hijo mayor, pero en su lugar apareció este enano, que no debe de haber cumplido ni los cinco años y es prácticamente un bebé.
—Vamos, Lucas —lo llama Volta, y toma su mano.
No habría sobrevivido sin nosotros.
No debería ayudarle, porque su familia ha sido rival de la mía desde tiempos inmemoriales, desde antes siquiera de la creación de Kalambu. No en vano se trata de las dos estirpes de hechiceros más poderosas, es inevitable que compitamos. Sin embargo, no puedo considerar un enemigo a este pequeñajo, y tanto Volta como yo le hemos ayudado a superar los distintos desafíos. En el tercero, proteger al enano casi nos cuesta la vida.
El quinto campeón, Tigris, no logró superarlo. Lo dejamos atrás y procuramos no pensar en él.
Kalambu es un juego peligroso. El más peligroso que existe.
Taiga termina el hechizo: el tronco del árbol gira sobre sí mismo y de él nacen los escalones de una escalera de caracol. Ella sube a toda velocidad hasta la puerta, que el juego ha escondido en la copa del árbol. Tiene tanta prisa al intentar abrirla que se le cae la llave dorada. Intento atraparla en el aire, pero, antes de que llegue hasta mí, Taiga saca el imán y lo utiliza para atraer la llave de vuelta hacia ella.
—Maldito imán —protesta Volta—. Estoy hasta las narices del imán.
Aunque se supone que en cada partida aparece en Kalambu un artefacto para cada jugador, de momento nosotros no hemos encontrado los nuestros. Solo nos hemos cruzado con el de Taiga, un imán que le permite hacerse con objetos por muy lejos que estén. Ardo de envidia cada vez que la veo usarlo.
—Es poco probable que encontremos nuestros artefactos —digo en voz alta—. Estamos ya en el penúltimo desafío. En cuanto encontremos esta gema y la siguiente, se acabará la partida.
Y, si es Taiga la que las obtiene, ganará ella. Ha conseguido las tres anteriores. Con cinco, alcanzará la victoria y el mayor de los premios. Vencer en Kalambu no es fácil, pero merece la pena.
Subimos la escalera corriendo. Cruzo la puerta primero, porque Volta va más despacio al tener que llevar a remolque al lento de Lucas.
Pasamos a un escenario completamente distinto. Es una biblioteca.
No tengo paciencia para buscar la siguiente puerta entre los libros y las estanterías.
—Acercaos a mí —recomiendo a mis compañeros. Y, porque soy buena persona, grito—: ¡Cuidado, Taiga!
Murmuro un hechizo, con las dos manos hacia arriba, mientras invoco la magia y la siento calentarme las yemas de los dedos. Como casi toda mi familia, soy afín al fuego y no me cuesta trabajo hacer arder la biblioteca entera. Las llamas lamen libros y estanterías, que chisporrotean hasta convertirse en ceniza. Pronto estamos en una habitación vacía, nosotros tres en un extremo y Taiga, que se ha protegido con un escudo mágico, en el otro.
—¡Todos estos libros…! —se lamenta Volta.
—No son reales —le corto—. Es solo un escenario del juego. ¡Mira! —Le señalo la puerta, que ha quedado al descubierto en una de las paredes.
Lo malo es que Taiga también la ha visto y echa a correr hacia ella. Me da una rabia terrible que vaya a aprovecharse de mi hechizo para cruzarla antes que nosotros, pero por suerte oigo musitar a Volta unas palabras a mi lado. Sé lo que está haciendo.
El elemento de Volta es el éter, el espíritu. Su magia es extraña e inquietante, puede hacer todo tipo de cosas: desde devolver la vida a alguien hasta cambiar sus recuerdos, pasando por provocarle alucinaciones o controlar su voluntad. Es realmente espeluznante.
En este momento, Taiga se detiene en seco y luego cambia de dirección y va hasta la esquina contraria de la habitación. Intenta meter la llave en la pared, donde no hay ninguna cerradura. Volta la ha confundido y le hace ver una puerta que no existe.
—El hechizo no durará mucho —me advierte mi aliado—. Será mejor que nos demos prisa.
Abre la puerta y pasamos rápido, con Lucas pisándonos los talones. Al otro lado, estamos sobre una plataforma casi circular que se alza como una meseta sobre una escarpada garganta excavada en la roca. En ella hay un enorme anillo de piedra con siete estatuas gigantescas que dirigen sus ojos hacia el centro.
—¿Qué es? —pregunta Lucas.
Volta y yo nos miramos. Ninguno de los dos puede creerse que el juego nos haya traído aquí.
—Es el corazón de Kalambu —respondo, asombrada.
El núcleo del juego, lo primero que crearon nuestros antepasados cuando dieron vida a este lugar. Siento vibrar el poder en el aire, es muy intenso aquí, casi tanto como entonces, cuando en el mundo la magia era abundante y había varias familias de hechiceros en él. Siete de las más temibles y poderosas, con ánimo de hacer las paces y vivir en armonía, pactaron solucionar sus rencillas mediante un juego, una competición en la que se decidiera quién era el hechicero más habilidoso de cada generación. Las siete familias alimentaron el juego con parte de su magia, para que generase de forma autosuficiente una partida cada varios años. Cada familia elegiría a uno de sus miembros más jóvenes para actuar como campeón o campeona y representar a su clan.
Dieron al juego la libertad para obedecer sus propias reglas y diseñarse a sí mismo de forma autónoma, para que nadie pudiera interferir en él y hacer trampas.
Lo llamaron Kalambu.
Aquí empezó todo.
Las siete estatuas representan a los jefes de las familias en el momento de la creación del juego. Ahora, de esas siete solo quedan cinco: los Faro, los Atavira, los Artimus, los Ka-Dingir y los Mencaura. Nunca he conocido a nadie de las otras dos, ya estaban extinguidas cuando nací. Ni siquiera recuerdo sus nombres.
Miro alrededor para ver si distingo el resplandor dorado que delata la presencia de un artefacto, pero no veo nada. Quien sigue teniendo el suyo es Taiga, que ha cruzado la puerta y utiliza su maldito imán para atraer el talismán de Volta, que sale volando de su mano y aterriza en la de ella.
—¡No! —grita él—. ¡Devuélvemelo!
—A ver de qué te sirven tus hechicitos ahora —replica ella, con rencor, y lanza el talismán lo más lejos que puede.
Lo vemos rebotar en las rocas y perderse de vista.
Siento la angustia de Volta como si fuese mía. La partida está a punto de acabar, solo quedan dos gemas. Si termina y él no tiene el talismán, no podrá salir del juego.
Quedará atrapado para siempre. Todo el mundo lo olvidará, excepto los jugadores que sobrevivamos. No podremos hablar de él a nadie. Se habrá borrado para el resto del mundo.
—¿Qué es? —pregunta con insistencia Lucas—. ¿Qué es eso?
—El corazón de Kalambu —respondo, sin hacerle mucho caso, porque mis ojos están clavados en los de Volta: los dos estamos preguntándonos qué hacer ahora, cómo salvarlo—. Ya te lo he dicho.
—No. —Lucas se suelta de la mano de Volta y camina hasta el centro del anillo de piedra—. ¿Qué es esto?
Lo miramos.
Está señalando un cofre. Es del mismo color de la roca, por eso no lo hemos visto antes ni Volta ni yo, ni tampoco Taiga, que se ha ido hasta el otro lado de la meseta.
Sin darnos tiempo a reaccionar, Lucas mete su llave en la cerradura y abre el cofre.
El brillo de la gema le ilumina la cara. El enano no duda y la agarra con su manita.
Lucas ha resuelto el penúltimo desafío. Ha encontrado la gema.
Ya solo queda una.
—Dámela, Lucas —exijo, dando un paso hacia él.
Un viento fuerte se lleva mis palabras. Rodea a Lucas como una fuerza invisible que despierta su atención. Todos podemos oír la voz que arrastra el aire:
—Lucas, llámame e iré contigo… Llámame y vendré para ayudarte… Solo tienes que dejar que la gema vuele… y vendré contigo…
El niño empieza a abrir la mano.
—¡No! —le grito, pero él no me oye.
Es Kalambu, intentando hacer un trato con él. Ya me habían advertido de que esto pasaría. El juego procura evitar que uno de nosotros gane, porque otorgar el premio requeriría muchísima magia por su parte. Prefiere asegurarse de que nadie llegue al final habiendo reunido las cinco gemas… Y la mejor forma es ofrecernos algo a cambio de que renunciemos a una.
Claro que Lucas ni se lo piensa. Abre la mano y deja que el viento levante la gema. A su lado, aparece otro chico, muy parecido a él, pero mayor.
El primogénito de los Mencaura. El que tendría que haber sido elegido campeón.
Qué mala idea. Qué mala. Ahora los dos están en peligro en vez de solo uno. Si les va mal, su familia podría perderlos a los dos.
La cuarta y penúltima gema vuela por los aires. Kalambu se la quiere llevar…
Pero no lo consigue.
La gema vuela hacia Taiga y aterriza en su mano.
Tardo en comprender lo que ha pasado. ¡Ha hecho trampa! ¡Se la ha jugado al propio Kalambu, ha utilizado su artefacto para atraer la gema!
Ahora tiene cuatro en su poder, y ha debido de conseguir también la pista para el siguiente desafío, porque baja de un salto de la meseta y se marcha a toda prisa. Por otro lado, el mayor de los hermanos Mencaura debe de haber decidido que lo mejor es estar a salvo, porque ha levantado en brazos al pequeño y se marcha con él.
Espero que aguanten hasta que acabe la partida.
Me giro hacia Volta.
—Busca tu talismán —le pido—. Tienes que encontrarlo antes de que Taiga consiga la última gema o te quedarás aquí para siempre.
—¿Y tú?
Ya he echado a correr.
—¡Voy a entretenerla para que tengas todo el tiempo posible!
He saltado de la meseta. No puedo perder a Taiga de vista o no sabré a dónde ir. Apenas oigo la voz de mi compañero a mi espalda.
—¡Ten cuidado! —me grita.
Intento ignorar la premonición de que algo va a salir muy mal.
No volveré a ver a Volta.

La mejor forma de sacar de quicio a un adulto durante una mudanza es asegurarse de que haya cosas que no funcionan. Un truquito para conseguirlo sin romper nada es desenchufar los electrodomésticos, sobre todo los que están pegados a una pared y no se distingue a primera vista si están conectados o no.
Así que eso es lo que hago con el microondas mientras mamá termina de apilar las malditas cajas de cartón marrón sobre la mesa de la cocina. Debe de haber por lo menos un millón de ellas en el apartamento, atestando los pasillos y bloqueando las puertas. Contienen los pedazos de mi casa de verdad, la de Olmoa, el pueblo de mi familia desde hace generaciones, en el que viven mis abuelos y en el que he abandonado a Clara, mi mejor amiga de toda la vida. El piso que han comprado mis padres en la ciudad es muy feo, con una terraza diminuta en vez de un jardín y ventanas por las que solo se ven más y más edificios.
Sé que no voy a perdonar a mis padres por esto. No he podido hacer nada por evitar la mudanza, porque soy una niña y ellos mandan, pero al menos me queda eso. Es una porquería de plan, pero es lo único que puedo hacer. No perdonarlos y molestar todo lo que pueda, a ver si se hartan de mí y me envían a vivir con los abuelos. Ojalá, aunque sé que eso no va a pasar.
Mamá sigue montando los estantes para las ollas y las latas. Al cabo de un rato llega papá con un par de cajas más y una bolsa de papel grande.
—La tienda de comida preparada de abajo es fenomenal —comenta, de buen humor—. La lleva una mujer ancianísima que es tal cual me imagino a la bruja de la casita de caramelo. Tiene un gato que se llama Hans. Así que le he dicho que a Gretel la tenemos aquí arriba.
Mamá se ríe, yo hago una mueca.
—Por si acaso, si te lo pregunta, no le enseñes el dedo, ¡no vaya a ser que te quiera comer!
Intenta hacerme cosquillas, pero me escabullo. Me fastidia que estén tan contentos.
—He encontrado los cubiertos —anuncia mamá, con un alborozo que solo habría estado justificado si hubiese descubierto una galaxia desconocida—. Meto esto en el micro y en un momento podemos comer.
—¡La primera comida en nuestra casa nueva!
—Piso nuevo —me apresuro a corregir, entre dientes.
Mamá mete un envase lleno de espaguetis carbonara en el microondas, pero este no se enciende.
—No me digas que no va la luz —se queja mamá—. Nos dijeron que estaba todo listo para entrar a vivir.
Papá se acerca a revisar el aparato, mientras mamá empieza a ponerse nerviosa. Cuando ella aporrea todos los botones como una loca, se me escapa una sonrisa burlona.
—¿Has sido tú? ¿Qué has hecho? —pregunta mamá.
Me encojo de hombros.
—¿Va a ser culpa mía ahora todo lo que salga mal?
Entonces papá se fija en el enchufe. Se agacha bajo la mesa para volver a colocarlo bien y, mágicamente, el micro se enciende.
—Esto no ha tenido ninguna gracia.
—Quizá lo haya enchufado mal yo —me defiende mamá, más tranquila al ver que no vamos a comer pasta fría.
—Ha sido ella. —Papá no me deja pasar ni una. Me señala con un tenedor acusador. Frunzo el ceño—. Te has ganado un castigo, señorita.
Mi padre dice de vez en cuando que estoy castigada, pero nunca se le ocurre en qué consiste exactamente mi pena. A veces me parece que hace un esfuerzo por ser estricto y no le sale nada bien. Por su parte, mamá ha aceptado que la severidad no es lo suyo y ni siquiera lo intenta demasiado.
—¿Ah, sí? —pregunto con retintín—. ¿Y qué vas a hacer, enviarme al exilio, tal vez? Vaya, no lo puedes hacer… ¡Porque ya estoy aquí con vosotros!
Papá aprieta los labios. No sé si está molesto o conteniendo la risa. No me hace gracia que se ría de mí y pongo cara de mal genio.
—El castigo consistirá en enviarte a tu habitación hasta que te tranquilices —resuelve por fin.
—Mejor para mí —gruño—, porque esa comida huele a pedo.
—¡Greta! —me riñe él.
Mamá saca platos de una caja y se los da para que los coloque sobre la mesa.
—Venga, dejadlo ya los dos. Juan, la niña tendrá que comer…
—No tengo hambre —miento, solo porque me molesta que mamá sea simpática conmigo mientras estoy enfadada con ella—. Que os aprovechen los espaguetis apestosos.
Papá pone solo dos platos.
—Si no tienes hambre, no se hable más —resuelve—. Vete a ordenar tu cuarto.
La invasión de las cajas de cartón se extiende por el piso entero, pero mi habitación es el primer bastión humano. Papá y mamá han desempaquetado mis cosas antes que nada, por lo que tengo la cama hecha, el escritorio montado, la ropa en el armario e incluso algunos libros sobre la mesilla de noche. Parece una escena sacada de un sueño, con mis sábanas y mis muebles de siempre en un dormitorio desconocido.
Obviamente, no hay nada que ordenar.
Me tumbo en la cama boca arriba. Lanzo las zapatillas al aire de un par de patadas. Rebotan contra el techo blanco y dejan dos huellas negras de toda la mugre que aún hay en el pasillo.
—Ser borde con tus padres no te hace guay. —Oigo una voz desde la puerta. Es mi madre, que ha venido con un plato de espaguetis carbonara. Detrás de ella asoma mi padre, con cara culpable. Lo de castigarme y dejarme sola se les da regular.
—A mí me parece bastante guay —replico, solo por llevarle la contraria.
Ella se acerca y se sienta al borde de la cama.
—¿Estás nerviosa por el colegio nuevo? —pregunta.
Pongo mala cara.
¿Nerviosa? No estoy nerviosa. Estoy mareada y muerta de miedo. Porque se me da fatal la gente, eso es así. En mi anterior colegio, en Olmoa, no es que hiciera muchos amigos, la verdad. De pequeña sí, claro, teníamos una pandilla y todo, pero el año pasado las otras niñas decidieron que Clara y yo no molamos lo suficiente y dejaron de juntarse con nosotras. Exactament
