La heredera perdida (Alas de fuego 2)

Tui T. Sutherland

Fragmento

Índice

Índice

GUÍA DE LOS ALAS NOCTURNAS SOBRE LOS DRAGONES DE PIRRIA

LA PROFECÍA DE LOS DRAGONETS

PRÓLOGO

PRIMERA PARTE. LOS CONFINES DEL OCÉANO

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

SEGUNDA PARTE. EN LAS PROFUNDIDADES

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

TERCERA PARTE. FUERA DEL CASCARÓN

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO 26

CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 28

EPÍLOGO

EL MUNDO DE ALAS DE FUEGO

PARA JONATHAN Y SU MARAVILLOSO

DISFRAZ DE ALA MARINA

GUÍA DE LOS ALAS NOCTURNAS SOBRE LOS DRAGONES DE PIRRIA

GUÍA DE LOS ALAS

NOCTURNAS SOBRE LOS

DRAGONES DE

PIRRIA

ALAS ARENOSAS

Descripción: escamas dorado claro o blancas, del color de la arena del desierto. Cola con púas venenosas. Lengua bífida negra.

Características: pueden sobrevivir largas temporadas sin agua. Envenenan a sus enemigos con la punta de la cola, como los escorpiones. Se entierran a sí mismos en las arenas del desierto para camuflarse. Respiran fuego.

Reina: desde la muerte de la reina Oasis, la tribu se dividió entre las tres rivales al trono: las hermanas Brasas, Ampolla y Llamas.

Alianzas: Brasas tiene de su parte a los Alas Celestes y a los Alas Lodosas, los aliados de Ampolla son los Alas Marinas y Llamas cuenta con el apoyo de la mayoría de los Alas Arenosas, además de haber formado una alianza con los Alas Heladas.

ALAS LODOSAS

Descripción: dragones fuertes con escamas marrones reforzadas con algunos reflejos dorados y ámbar. Grandes, de cabeza chata y con los orificios nasales en la parte superior del hocico.

Características: pueden respirar fuego (si alcanzan una temperatura lo bastante alta). Son capaces de aguantar la respiración casi una hora entera. Habitan en grandes charcos de lodo. Suelen ser muy fuertes.

Reina: la reina Gallareta.

Alianzas: actualmente, aliados de Brasas y los Alas Celestes en la gran guerra.

ALAS CELESTES

Descripción: escamas doradas, rojizas o naranjas. Alas enormes.

Características: poderosos luchadores y expertos voladores. Pueden respirar fuego.

Reina: la reina Escarlata.

Alianzas: actualmente, aliados de Brasas y los Alas Lodosas en la gran guerra.

ALAS MARINAS

Descripción: escamas azules, verdes o aguamarina. Membranas entre las garras. Agallas en el cuello. Rayas en la cola/hocico/ estómago que brillan en la oscuridad.

Características: pueden respirar bajo el agua, ver en la oscuridad, crear olas enormes con un solo golpe de su poderosa cola y son excelentes nadadores.

Reina: la reina Coral.

Alianzas: actualmente, aliados de Ampolla en la gran guerra.

ALAS HELADAS

Descripción: escamas plateadas del color de la luna o azul claro como el hielo. Garras rugosas para sujetarse a las superficies heladas. Lengua bífida azul. Cola estrecha acabada en forma de látigo.

Características: pueden soportar temperaturas bajo cero y la luz brillante. Exhalan un mortífero aliento helado.

Reina: la reina Glaciar.

Alianzas: actualmente aliados de Llamas y la mayoría de los Alas Arenosas en la gran guerra.

ALAS LLUVIOSAS

Descripción: sus escamas cambian constantemente de color. Suelen brillar como las aves del paraíso. Cola prensil.

Características: pueden camuflarse adaptando el color de sus escamas a aquello que los rodea. Usan la cola prensil para escalar. No se les conoce ningún arma natural.

Reina: la reina Destello.

Alianzas: no participan en la gran guerra.

ALAS NOCTURNAS

Descripción: escamas negras violáceas y, bajo las alas, algunas escamas plateadas diseminadas, como un cielo nocturno salpicado de estrellas. Lengua bífida negra.

Características: pueden respirar fuego. Desaparecen en las sombras oscuras. Leen la mente. Ven el futuro.

Reina: es un secreto celosamente guardado.

Alianzas: demasiado misteriosos y poderosos como para formar parte de la gran guerra.

LA PROFECÍA DE LOS DRAGONETS

LA PROFECÍA DE LOS DRAGONETS

Cuando la guerra veinte años haya durado...

los dragonets se alzarán.

Cuando la tierra se empape de sangre y lágrimas...

los dragonets se alzarán.

Encuentra el huevo Ala Marina azul oscuro y las alas de la noche vendrán a tu encuentro.

El huevo más grande de la más alta montaña traerá consigo las alas del cielo.

Para unas alas de tierra, buscad en el lodo un huevo del color de la sangre de dragón.

Y escondido de los ojos de las rivales reinas, el huevo de Alas Arenosas aguarda a la espera.

De las tres reinas que hieren y queman y arden, dos morirán y la otra aprenderá el juego: si se inclina ante un destino poderoso e inabarcable, conseguirá el poder de las alas de fuego.

Cinco huevos que se abrirán en la noche más brillante, cinco dragones destinados a terminar la lucha.

La oscuridad se alzará para traer la luz.

Los dragonets se acercan...

PRÓLOGO

PRÓLOGO

Bajo el agua, Membranas no podía oír los gritos de los dragones moribundos.

Bajo el agua, la batalla era tan lejana como las tres lunas. El fuego no podría alcanzarlo allí abajo. Las garras no podrían despedazarlo. La sangre de sus zarpas se borraría.

Bajo el agua, estaba a salvo.

A salvo a costa de ser un cobarde... lo cual, sin duda, seguía siendo mucho mejor que convertirse en un muerto valiente y leal.

Membranas se despertó temblando.

Un bagre lo miraba fijamente. Los bigotes se le movían sin parar por culpa de la corriente y la expresión de su rostro parecía gritar: «¿Por qué hay un dragón durmiendo en las rocas de mi río?».

El dragón se lo comió y se sintió un poco mejor.

«Los Garras de la Paz ya deben de saber lo que les ha ocurrido a los dragonets —pensó el guardián—. Tienen espías en el Palacio Celeste. No necesitan que yo se lo cuente».

Los otros Garras no necesitaban que se alzara ante ellos y les dijera que habían fallado.

Pero ¿adónde podría ir si no? Ya era un fugitivo de su propia tribu, los Alas Marinas. ¿A partir de ahora tendría que pasarse también el resto de su vida escondiéndose de los Garras de la Paz?

Membranas nadó hasta la superficie del río y, con cuidado, sacó la cabeza. Estaba oscuro y los Garras de las Montañas de las Nubes, como unos fantasmagóricos dientes gigantes, bloqueaban la mayor parte de la luz de la luna. El Reino Celeste quedaba ya muy lejos de allí.

El Reino Celeste y los cinco dragonets que había jurado proteger.

Membranas arrastró su enorme y dolorido cuerpo fuera del agua y dio tres pasos hacia el interior del bosque antes de percatarse de las formas oscuras que lo estaban esperando.

Se giró rápidamente, pero un nuevo dragón salía en ese momento del río bloqueándole su ruta de escape. Un estampado de espirales negras decoraba sus escamas verdes y los dientes le brillaban bajo la luz de la luna.

—Membranas —dijo el otro Ala Marina con una voz sedosa—, pensaba que nunca te ibas a despertar.

Membranas clavó las garras en el lodo de la orilla del río.

—Nautilo —saludó el guardián, molesto al detectar el miedo en su propia voz—. Tengo noticias muy importantes para los Garras.

—No me digas —le contestó Nautilo—. Supongo que te has perdido mientras intentabas llegar a nuestro punto de reunión.

—Así que pensamos que lo mejor sería venir a buscarte —dijo otra de las figuras oscuras. Su voz era tan gélida como un témpano de hielo.

«Cirro», adivinó Membranas. Nunca era buena señal que se presentara Cirro el Ala Helada.

—Los Alas Celestes encontraron nuestra cueva —se explicó el guardián. «Limítate a decir la verdad. Nada de esto es culpa tuya»—. Y la reina Escarlata se llevó a los dragonets.

—Sí —le contestó Nautilo secamente—. Nos lo imaginamos cuando se subió a la montaña más alta de su maldito reino y empezó a gritar a los cuatro vientos que tenía a los dragonets del destino, que eran suyos.

—Cuéntanoslo todo —siseó Cirro—. ¿Cómo os encontraron?

—Bueno —comenzó el Ala Marina lentamente—. Todo empezó cuando dos de los dragonets intentaron escapar.

«Quizás habían sido tres». No estaba seguro de dónde se había metido Gloria aquella noche cuando solo pudieron encontrar a Nocturno y a Sol en la cueva, pero sí sabía que no podía haber escapado por el río con Tsunami y Cieno.

—¿Por qué iban a querer escapar? —le preguntó Nautilo—. ¿Qué les hicisteis?

Membranas notó cómo se le inflaban las agallas.

—Mantenerlos con vida —le espetó.

«Además de tenerlos atrapados bajo tierra, encadenar a Tsunami y planear asesinar a Gloria porque no formaba parte de la profecía... Pero ¿qué otra opción tenían?».

—Supongo que pillasteis a los fugitivos y los trajisteis de vuelta —aseguró una voz en las sombras.

Membranas reconoció a Cocodrila, una Ala Lodosa recién llegada a los Garras de la Paz. Sus esperanzas se reavivaron. En los pocos encuentros que había tenido con ella, se había mostrado bastante receptiva. Quizá pudiera contar con ella para que fuera su aliada.

—Esto... no. No exactamente. Ellos volvieron solos... más o menos. Para rescatar a los otros —dijo Membranas, aclarándose la garganta—. Algo que jamás nos hubiéramos imaginado.

«Rapaz creyó que huirían en cuanto alzaran el vuelo».

—Lo dices como si se creyeran prisioneros —siseó Nautilo con un tono suave y peligroso.

—Vosotros nos ordenasteis que los mantuviéramos bajo tierra —protestó Membranas—. ¡Fue una decisión tomada por los Garras de la Paz! ¡No por nosotros!

—Pero queríamos que se sintieran a gusto, no que se rebelaran. Así es como deberíais de haberlo hecho, ¿no crees?

Un murmullo se extendió entre el círculo de dragones. Por lo que Membranas podía intuir, allí debía de haber siete Garras, incluyendo a Nautilo. El Ala Marina se preguntó si podría abrirse paso a través de ellos luchando.

—No fue culpa nuestra —murmuró—. Puede que no sean tan perfectos como se supone que deben ser.

—¿Y qué tiene todo esto que ver con los Alas Celestes? —siseó Cirro.

—Los Alas Celestes siguieron a Cieno y a Tsunami cuando volvían a la cueva —les explicó el guardián—. Así fue como nos encontró la reina Escarlata. Intentamos luchar contra ellos, pero la reina mató a Desierto y se llevó a Rapaz y a los dragonets.

—¿Los hará luchar en su arena? —preguntó Cocodrila—. ¿Podrían ganar si lo hicieran?

—Solo son unos dragonets. Son demasiado jóvenes —rugió Cirro—. Por supuesto que no sobrevivirán a la arena.

—Bueno, por lo menos Escarlata le perdonará la vida al Ala Celeste —agregó Cocodrila.

Membranas sintió un escalofrío. Nunca había sido lo suficientemente valiente como para confesarle a los Garras de la Paz que habían perdido al dragonet Ala Celeste y que lo habían reemplazado por una Ala Lluviosa. Pero ahora que los dragonets eran libres, no pasaría mucho tiempo antes de que todo el mundo lo supiera.

—Ya sabéis lo que la reina Escarlata le hizo a todos los dragonets Alas Celestes que eclosionaron durante la noche más brillante —siseó Cirro—. La misericordia no forma parte de su naturaleza.

Membranas alzó la cabeza y miró a su alrededor, hacia los ojos que brillaban en la oscuridad.

—¿No podríamos ir a rescatarlos? —preguntó—. Quizá, si todos los Garras atacáramos a la vez...

Le flaqueó la voz. ¿A quién pretendía engañar? Ni siquiera él estaba dispuesto a ir corriendo al Palacio Celeste para morir por un dragonet. Y eso que estaba mucho más unido a esos dragonets después de tantos años cuidándolos que cualquiera de los Garras, que no los habían visto ni una sola vez.

—¿Todos los Garras? —siseó Cirro—. ¿Cuarenta dragones contra los cientos de guardias Alas Celestes del palacio? Brillante. No me extraña que dejáramos la vida de los dragonets del destino en tus competentes garras.

El Ala Helada alzó la cabeza en forma de diamante y atrapó a un murciélago con la boca. Los diminutos huesos crujieron entre sus dientes.

—No creo que sea necesario que llevemos a cabo una misión suicida —dijo Nautilo—. Algo ocurrió ayer en el Palacio Celeste. Aún no nos ha llegado ningún informe exacto de la situación, pero un espía nos dijo que creía que la reina Escarlata estaba muerta... y que la habían matado los dragonets.

Membranas desplegó las alas, sorprendido.

—¿Mis dragonets? —preguntó.

—Puede que tengan un talento oculto para huir del peligro —sugirió Nautilo—. Aunque otro espía estaba seguro de que habían muerto cuando intentaban escapar.

Membranas sintió que el estómago se le llenaba de medusas venenosas. Los dragonets no podían estar muertos. No después de todo aquello a lo que había renunciado en nombre de la profecía. «Y para salvarte las escamas», le susurró una voz dentro de él.

—Si están perdidos en Pirria, ¿cómo se supone que vamos a encontrarlos? —preguntó Nautilo—. Solo se admiten sugerencias en las que podamos salir con vida, por favor. Al menos nosotros. Tú puedes embarcarte en un viaje suicida en cuanto quieras.

—No lo sé —admitió Membranas.

No tenía ni idea de adónde podían haber ido los dragonets. No entendía por qué iban a querer estar solos, sin la protección de sus guardianes. Los diez peores días de su vida habían sido los días que habían transcurrido entre la batalla en la que había abandonado a su reina y el día en el que los Garras lo habían encontrado. Solos, sin tribu que los apoyaran ni Garras que los protegieran... ¿cómo sobrevivirían los dragonets?

—Si no podemos hacer que vuelvan —meditó Nautilo—, supongo que tendremos que recurrir al plan B.

El dragón se rascó las agallas, pensativo.

—¿Qué plan B? —preguntó Membranas.

—Ese del que tú no sabes nada —lo cortó Cirro.

—Pero... pero tenemos que ir a por ellos y traerlos de vuelta. Ellos son los dragonets del destino. Los únicos que pueden parar esta guerra.

—Ten un poco de fe en la profecía, Membranas —le aconsejó Nautilo.

—Sí, tú no te preocupes —añadió Cocodrila—. Los Garras de la Paz no pondrían todos sus huevos en el mismo nido. Tenemos un buen plan B.

Membranas observó todas y cada una de las caras que se escondían entre las sombras. Exceptuando a Cocodrila, nadie le devolvió la mirada con amabilidad.

—No lo entiendo —dijo.

¿Acaso había otra profecía de la que no sabía nada?

—Lógicamente —contestó Nautilo con seguridad—, eso quiere decir que a partir de ahora tú serás un problema.

Membranas apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de notar a Cirro sobre la espalda y verse aplastado contra el suelo. Sintió un intenso dolor en las heridas que le habían infligido los soldados Alas Celestes. Cirro le retorció un ala sobre la espalda y el Ala Marina notó las garras de su agresor clavadas en las escamas.

—¿Qué estás haciendo? —gritó—. ¡Soy uno de los vuestros! ¡Llevo más de siete años formando parte de los Garras de la Paz!

—Y nos has fallado —susurró Cirro.

—Espera, espera... —intervino Nautilo. Luego se calló—. No. Creo que es bastante justo.

—Voy a arrancarte el corazón para dárselo de comer a los peces —gruñó el Ala Helada.

«Resultaría bastante irónico». Membranas no podía dejar de pensar en el pez que acababa de comerse.

—Pero... somos los dragones que luchamos por la paz —dijo, apretando los dientes a causa del dolor—. Si nos matamos los unos a los otros... ¿no seremos peores que Brasas, Ampolla y Llamas?

—Lo siento, Membranas —se disculpó Nautilo—. La paz es mucho más importante que un simple dragón y sabemos que te interpondrías en nuestro plan B. Lo hacemos por tu propio bien. Por la profecía. Por la paz.

Membranas reconoció en aquellas palabras el eco de su propia voz. Era lo mismo que él solía decirle a los dragonets cuando se quejaban de su encierro bajo la montaña. «Es por vuestro propio bien. La paz es lo más importante». Y todas las veces que había pronunciado aquellas palabras, se las había creído. Estaba seguro de que Nautilo también se las creía.

El Ala Marina lo señaló con la garra.

—Cirro, arráncale el corazón.

El Ala Helada abrió las mandíbulas, mientras aplastaba de nuevo la espalda de Membranas contra el suelo. Curvó sus garras de témpano, listo para desgarrarle el estómago al Ala Marina.

De repente, Cocodrila se lanzó hacia ellos, golpeó a Cirro en un costado y lo arrojó al suelo.

Membranas no lo dudó ni un momento. El guardián se irguió y salió disparado hacia el cielo tan rápido como le permitían las alas. Escuchó los gritos que venían del bosque, mientras Cocodrila golpeaba al resto de los dragones. De repente, a Membranas le invadió la culpa. ¿Debería haberse quedado y ayudarla a luchar contra el resto de los dragones?

Pero ¿por qué empeñarse en morir, cuando se le había ofrecido una oportunidad de vivir?

Escuchó el ruido de unas alas tras él y aceleró el vuelo. Se imaginó a Cirro escupiendo hielo en su cola o a Nautilo siseándole cada vez más cerca de la oreja. Pero fue la voz de Cocodrila la que lo llamó.

—¡Vuela, Membranas! —gritó—. Los he dejado fuera de combate... jamás se lo hubieran esperado. ¡Toma ya!

—Gracias —le dijo Membranas, girándose para ver el enorme cuerpo marrón que volaba tras él.

—¿Dónde vas a esconderte? —preguntó ella.

Membranas sacudió la cabeza.

—No tengo ni idea. He oído decir que hay un dragón en la Montaña de Jade que quizás...

—Deberías volver a casa —le interrumpió Cocodrila, moviendo las alas para colocarse debajo de él—. Por lo que he oído, la reina Coral se siente bastante misericordiosa últimamente.

Membranas casi se quedó sin aliento por la emoción que lo embargó en aquellos momentos. «¿A casa? De vuelta al mar, ¿después de todos estos años? ¿Podría hacerlo?».

—Nunca me perdonará. No después de todo lo que le hice —dijo—. No solo la abandoné durante una batalla. Ya debe de saber que fui yo el que le robó el huevo de la profecía.

—Puede que te sorprenda —le contestó Cocodrila—. ¿No se supone que tiene que ser una de las reinas más grandes de toda la historia? Eso es lo que dicen todos los pergaminos de los Alas Marinas. Puede que te perdone. ¿Por qué no arriesgarse si eso significa volver a casa?

Membranas guardó silencio. Una de las lunas ya estaba alzándose en el cielo, brillando sobre sus escamas verde azulado. Desde allí arriba, podía ver el océano a lo lejos, pero parecía tan inalcanzable como la propia luna.

—Depende de ti —le dijo Cocodrila, interrumpiendo sus pensamientos y alejándose de él—. Solo te digo lo que he oído. Hagas lo que hagas, buena suerte.

—Buena suerte para ti también —le gritó Membranas.

Cocodrila desapareció entre los árboles y el Ala Marina se preguntó adónde iría.

Membranas echaba de menos el mar con cada mísera escama de su cuerpo. Extrañaba los palacios, las corrientes, las canciones de las ballenas, los festines, los jardines... y a los otros Alas Marinas.

«Si los Garras ya no me quieren entre ellos... Si le prometo a la reina que esta vez seré lo suficientemente valiente... Tal vez pueda volver a casa».

PRIMERA PARTE. LOS CONFINES DEL OCÉANO

PRIMERA

PARTE

LOS CONFINES

DEL OCÉANO

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 1

Una ola rugió en la orilla de la playa y rompió contra las garras de Tsunami. La dragona clavó las zarpas membranosas en la arena húmeda y el viento hinchó sus alas azules.

Levantó la cabeza para respirar el salvaje aire marino.

Ese era el lugar donde se suponía que debía estar. Aquel era su océano.

—Déjame adivinar —dijo Gloria tras ella en tono burlón, cambiando la voz para imitar la de su compañera—. Chicos

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