Kalambu 2 - Segunda partida

Bruno Puelles

Fragmento

KalambuDos-1

Siento la presencia de la cierva en el bosque desde el momento en el que cruzo la puerta de mi casa. No me sorprende: no podía tardar mucho más. Lo habitual es que hubiese dado a luz hace dos semanas.

—Es culpa del cambio climático —comentó Sargas al principio de la primavera—. Hace un par de años que los partos se retrasan.

A los miembros del pandemónium nos disgusta el recordatorio de que, fuera de nuestro santuario de la naturaleza, nuestra granja y las hectáreas de monte y bosque que nos pertenecen, el ser humano continúa destruyendo el mundo. Esto es un refugio para los animales y las plantas y también para nosotros. Por eso, al entrar en el bosque, voy colocando la mano sobre la corteza rugosa de los árboles junto a los que paso. Cada caricia es una promesa: haré todo lo que pueda por protegerlos.

Este cervatillo será el primero de este año. Su madre es muy joven. Nació cuando yo tenía ocho años. Chaophraya, Mirzam y yo estuvimos presentes porque la madre se acercó a la granja justo antes del parto. No es lo habitual, las ciervas prefieren buscar un rincón oculto del bosque para dar a luz, pero esta confiaba tanto en nosotros que se acercó para pedir compañía.

Desde este otoño la he visto varias veces, y me llevé una alegría al notar que estaba embarazada. Me dejó acariciarle la cabeza como felicitación.

Casi todos los animales del bosque me permiten acercarme. También los que son hoscos con el resto de la gente. Ahora mismo, mientras camino entre los árboles, dos ardillas me acompañan sobrevolando por encima de la cabeza y varios pájaros se posan en las ramas bajas para verme pasar.

Está relacionado, naturalmente, con mi afinidad con el elemento tierra. Aunque queda poca magia en el mundo, a mí me ha tocado la suficiente para poder hacer algunos hechizos. Al fin y al cabo, no somos muchos para repartirla: en el pandemónium no sumamos una docena de hechiceras y hechiceros, y los únicos jóvenes somos Mirzam, de siete años, mi prima Chechia y yo. Chechia tiene diecinueve años, y hace bastante que no la vemos, desde que ganó una partida de Kalambu y utilizó el premio para crear un maravilloso parque natural en Tailandia.

Mi conexión con la cierva me guía como una brújula hasta un claro cerca de la linde, donde acaba nuestra propiedad y empiezan los campos del pueblo. Allí está ella, tumbada en el suelo. Levanta la cabeza al verme. Tiene una cara preciosa, con el pelaje color canela, y esos enormes ojos oscuros. Percibo su nerviosismo y su alegría.

—Dentro de poco ya podrás estar con tu pequeñín —le susurro, agachándome a su lado.

La acompaño e intento calmarla con palabras suaves. Sin embargo, sé que algo va mal incluso antes de verlo. Con una mano sobre su costado, cierro los ojos y murmuro el encantamiento que me revela lo que sucede: el cervatillo viene en una mala posición. Si nace así, puede haber complicaciones graves. Podría incluso morir.

La cierva me dedica una mirada cargada de miedo.

—Tranquila. Para eso estoy aquí —le aseguro.

Cierro los ojos para concentrarme mejor y empiezo a murmurar esas palabras arcanas que me enseñó Chaophraya, entre lecciones de lengua, de matemáticas y de biología, en el salón de casa. Sobre la alfombra mullida, con el runrún de los tambores desde el altavoz, me explicó cómo invocar ese poder que corre por nuestras venas. Ahora, la única percusión es la de mi propio corazón y el de la cierva.

La magia fluye desde mi pecho hasta mis dedos, y a través de ellos alcanza el pelaje canela, la carne de debajo, hasta llegar al cervatillo, que tiene las cuatro patas enredadas. Lo empujo con delicadeza. Una mano amiga e invisible que lo ayuda a cambiar de postura. Relajo a la cierva, la envuelvo con magia como una nube de serenidad. Noto cómo su respiración se agita cada vez menos.

Es un parto calmado y dulce. El cervatillo reposa sobre la hierba y su madre lo lame para limpiarlo. Se me llenan los ojos de lágrimas. Despacio, retiro el río de magia que me conecta con ellos. Este momento es solo suyo.

Es un bebé precioso, aunque atípico: tiene el pelo completamente blanco. Un cervatillo albino, un copo de nieve con una naricilla húmeda y larguísimas patas. Observo cómo, apenas media hora después de nacer, ya está de pie junto a la cierva y da sus primeros pasos. Ella lo atrae hacia sí con el morro para alimentarlo.

No me atrevo a moverme hasta que termina. Espero a que acabe y, ya sin miedo a molestarlo, me pongo de pie para volver a casa. La cierva, agradecida, camina a mi lado durante un buen trecho. Las dos vamos despacio y contemplamos con regocijo cómo el pequeño se tambalea tras nosotras.

—Bienvenido al mundo —me despido de él al llegar al final del bosque.

Desaparecen entre los árboles y yo continúo.

No llego a avanzar ni diez pasos antes de dar un respingo: hay un hombre que me vigila desde demasiado cerca. Está dentro del santuario, aunque no debería. Nadie tiene permiso para pisar nuestra propiedad.

—¿Puedo ayudarle en algo? —pregunto con mi mejor tono de «Sobras, pírate».

Él sonríe. Lleva un chaleco, unos prismáticos y una cámara de fotos. Con la barba canosa y recortada y la cara enrojecida por el sol, parece Papá Noel de vacaciones.

—¡Qué belleza! —exclama él—. Un cervatillo blanco es algo extraordinario. Cuando sea mayor, será imponente. ¿Sabes si es hembra o macho?

—Macho —respondo lacónica.

—Increíble. Me lo imagino con la cornamenta de adulto, ¡impresionante! Habrá mucha gente dispuesta a pagar por hacerse fotos con él.

Sus palabras me ponen en guardia, y es entonces cuando me fijo en el logotipo que lleva en el chaleco. «Fun Sun Sum». Tuerzo el gesto de inmediato.

Conozco perfectamente ese nombre. Es el de una empresa de turismo para ricos que quieren ir de acampada glamurosa, de postureo como amigos de la naturaleza, aunque en realidad la conservación del medio ambiente les da igual. Llevan un tiempo paseándose por aquí, entrando en nuestro bosque y mirándolo con ojos golosos.

Sé lo que quieren y no lo van a conseguir.

—Señor, esto es propiedad privada —le informo.

—Sí —responde él, como si eso fuese una buena noticia—. Podrían abrirse algunos claros y construir bungalows con la madera talada. En el centro, un hotel con piscina y toboganes, todo rodeado de este paisaje idílico. Excursiones en todoterreno para ver los animales. Es justo lo que estábamos buscando.

Esta vez no cierro los ojos. El enfado sirve para amplificar mi magia, y la nube de avispas que he invocado no tarda en aparecer. El hombre de Fun Sun Sum grita mientras ellas lo persiguen campo abajo, obligándolo a saltar un par de vallas y a dar volteretas por la hierba. Me hace sonreír, aunque la preocupación me pesa en el estómago.

Vuelvo a casa sin entretenerme, casi sin mirar a los ratones que asoman de sus agujeros para saludarme. Chaophraya, Alioth y los demás están trabajando en el huerto, pero me gritan que no hace falta que los ayude, porque están acabando. Así que entro en casa y pongo la mesa. Enseguida entran ellos, van a lavarse y llegan a tiempo para que preparemos juntos algo de comer.

Nuestros perros, Tecla y Ganso, se colocan debajo de la mesa con la esperanza de que les caiga algo.

—Hoy han tenido que perseguir a algunos intrusos —comenta Alioth.

—¿Qué intrusos? —pregunto, por si es el mismo al que he ahuyentado yo.

—Una mujer y un par de niñas —responde él—. Estaban en el bosque, como si fuera su casa.

Menkent chasquea la lengua. Deja una ensaladera y una fuente sobre la mesa y ya podemos sentarnos. Chaophraya empieza a servir la comida. Todos esperamos pacientemente. La última en recibir su plato es Sargas, porque es la protectora del pandemónium.

—Mira que hemos dejado claro que la entrada en el santuario no está permitida, y ellos erre que erre —dice con el ceño fruncido—. Basta con ver lo mal que tratan el monte para entender por qué no los queremos aquí. Lo llenan todo de basura, encienden hogueras… Los no mágicos no tienen respeto por el resto de los seres vivos, son sordos a su latir…

—No es un problema exclusivo de los no mágicos —interviene Menkent. Por un instante creo que va a defenderlos, lo cual me asombraría mucho, pero no—. Sin contarnos a nosotros, las familias mágicas tampoco mueven un dedo por el mundo. A los Mencaura y a los Faro solo les interesa su propio beneficio, y el resto están escondidos en algún agujero desde hace décadas, ahorrando la poca magia que les queda para desperdiciarla en sus propios asuntos. Son unos egoístas. El trabajo de Chechia en Tailandia y el nuestro en este santuario es, tristemente, una excepción…

Los adultos se turnan para hablar y hablar en un discurso interminable. Mirzam me mira desde el otro lado de la mesa y me hace muecas. Lo ignoro, soy demasiado mayor para eso.

Después de la partida de Kalambu en la que participé hace unos meses, en el pandemónium no me hicieron muchas preguntas. Ni siquiera sobre las otras familias de hechiceros, cuyos hijos fueron mis compañeros en este peligroso juego. Hace siglos Kalambu era una competición amistosa que las grandes estirpes mágicas crearon para premiar al joven más poderoso de cada generación. Sin embargo, a medida que fueron extinguiéndose algunas de ellas, Kalambu acumuló demasiada magia y hoy en día cada partida es un riesgo para los que juegan… y también para los que no, porque la magia rebosa el juego y provoca cambios reales en el mundo.

Una pensaría que todo esto interesaría a Sargas y a los demás, que me habían animado a ganar fuera como fuese. El premio por superar los desafíos, que es como se llaman las cinco pruebas de Kalambu, y reunir las cinco gemas es magnífico: puedes pedir un deseo, el que quieras, y la magia casi infinita del juego te lo cumplirá. Sargas quería que pidiese que nuestro santuario quedase aislado del resto del mundo, bloqueado completamente, para que nada ni nadie pueda dañarlo. Una burbuja de seguridad para todos sus habitantes.

Lo malo es que no gané. Solo conseguí una gema y, encima, el malvado de Nomeolvides, el campeón de la familia Mencaura, me la robó. Para nada, porque él tampoco consiguió las cinco. Nadie ganó en la partida que yo jugué, nadie pudo pedir el deseo.

Al pandemónium le decepcionó muchísimo.

Escucho su conversación, que cada vez es más acalorada, sin intervenir. Estoy de acuerdo en que los Mencaura son unos cretinos que solo se preocupan por sí mismos, porque Nomeolvides lo demostró haciendo trampas durante toda la partida. No puedo decir nada de los Faro, pues Larisa, la campeona de su familia, no respondió a la llamada de Kalambu y se deshizo de su talismán, que es necesario para acceder al juego. En su lugar, entró una niña no mágica, Greta.

Pero eso que dicen los miembros del pandemónium de que el resto de las familias son egoístas y que casi no les queda magia…, eso no es así.

Uno de ellos, Cosmo, ha crecido sin saber que pertenecía a una familia de hechiceros. Aun así, mientras jugábamos lo vi usar la magia de forma intuitiva. Tiene una afinidad increíble con el quinto elemento, la luz, el espíritu… Con un poco de práctica podría ser fantástico. Además, se portó como un aliado en el que pude confiar durante las pruebas.

El otro, Gato, nos animó a colaborar desde el principio. Pasó la partida cuidando de los demás, ayudándonos en todo lo posible. De hecho, en uno de los desafíos estuve a punto de morir y él volvió atrás para salvarme la vida. Como consecuencia de esto, quedó convertido en un serval y atrapado en el juego.

Gato nunca ha vuelto a su casa. Se sacrificó para rescatarme a mí.

Sargas, Menkent y el resto pueden decir lo que quieran de él y su familia, pero egoísta, precisamente, no es.

Pienso mucho en Kalambu y en lo que pasó, sobre todo porque es probable que tenga que volver a jugar dentro de poco. Antes, las partidas ocurrían una vez cada muchos años, pero ahora que el juego es más poderoso, la próxima podría ser antes de lo que pensamos.

Al pandemónium no le preocupa lo más mínimo.

—Esperemos que suceda antes de que cumplas los quince —dijo Sargas cuando se lo comenté—. Los mayores de esa edad no pueden participar, y Mirzam aún no está preparado. Si tuviera que participar él, seguramente perderíamos la oportunidad de ganar. Necesitamos ese premio. Tienes que hacerlo tú, por todos nosotros.

Como en silencio.

Pienso en Kalambu.

En el premio.

En las mujeres que nuestros perros han tenido que expulsar. En el hombre de Fun Sun Sum.

Sobre todo, pienso en mi santuario y en la promesa que le hago cada día a sus árboles.

La Mansión Mencaura se alza por encima de las nubes del valle. Está envuelta en una neblina algodonosa, como jirones de tela, que mis tatarabuelos crearon mágicamente hace siglos. Hace mucho tiempo que este es nuestro hogar: un edificio imponente de piedra, con sus torres y sus escalinatas, solo para nosotros tres. Para mi madre, para mi padre y para mí.

Hay habitaciones vacías que duelen.

Muebles cubiertos con sábanas.

Ventanas sucias.

Mi madre comenta de vez en cuando que habría que tirar todo eso. Hasta ahora he conseguido impedirlo. A ella le resulta extraño que me empeñe en mantener como está, concretamente, uno de los dormitorios. No recuerda que se haya usado en los últimos cincuenta años, quizá más.

Hay muchas cosas que mis padres no saben.

Hago lo posible por no hacerlo evidente, aunque a veces necesite para ello toda mi fuerza de voluntad. Para ellos soy el hijo ideal: he heredado la magia y la habilidad para utilizarla, aunque mi forma de aproximarme a ella, controlada y contenida, no esté en armonía con la naturaleza caótica del elemento aire, que es al que soy afín. Pese a esa contradicción, consigo arreglármelas con más de un encantamiento, y eso es mucho más de lo que puede decir la mayor parte de los hechiceros hoy en día. No es un secreto que la magia es cada vez más débil.

Sí, mis padres están orgullosos de mí y lo expresan con frecuencia. Me he vuelto experto en forzar una sonrisa obligada, asentir, agradecer. Aceptar mi papel de heredero perfecto, al menos en apariencia.

Mis padres no saben que soy un traidor. Como un cuco, que nace en el nido de otros pájaros y tira sus huevos por el borde antes de que nazcan los polluelos, para que los pobres padres solo le den de comer a él.

El hijo falso.

El tramposo.

El ladrón.

Me pregunto si sentirían siquiera un resto de orgullo por mí si lo supieran. Si me querrían siquiera.

Tampoco tienen ni idea de que he jugado ya tres veces a Kalambu. El juego se hace más y más poderoso a medida que acaba con las familias de hechiceros y engulle las gemas que tendríamos que conseguir los jugadores. Las partidas deberían presentarse una vez cada par de décadas, pero aun así no me sorprende cuando mi talismán se ilumina de nuevo, apenas unos meses después de la última ocasión.

Noto la llamada de Kalambu como una hoguera en el pecho. Es imposible de ignorar.

Me retiro de la gran biblioteca a mi torre. Mis padres nunca me molestan cuando estoy en ella. Respetan mi privacidad, mi autonomía; me tratan como a un adulto de once años. En mi familia somos así. Independientes. No nos metemos en los asuntos de los demás.

—Necesito algo de tiempo a solas —les comunico, sin entrar en detalles.

—¿Algún hechizo que te está costando dominar? —me pregunta mi madre.

—No sé cuánto tardaré —respondo, sin confirmar ni desmentir su teoría.

—Si necesitas ayuda, pregúntanos.

Sé que no vendrán a buscarme ni aunque tarde varios días en aparecer. Me dejarán en paz el tiempo que necesite.

La sala en lo alto de la torre es octogonal, con grandes ventanales que van del suelo al techo y muestran la magnificencia del monte, del cielo y de las nubes. Aquí arriba normalmente me siento ingrávido. Hoy, en cambio, tengo un peso en el pecho.

Otra partida.

Otra opo

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