El viejo y el mar (edición escolar)

Ernest Hemingway

Fragmento

—Si sigue usted tan fuerte como dice, no habrá pez que pueda con usted.

—Quizá no lo sea tanto como creo —repuso el viejo—. Pero conozco muchos trucos y soy un hombre decidido.

—Debería irse a dormir para estar despejado por la mañana. Llevaré las cosas de vuelta a la Terraza.

—Buenas noches. Te despertaré por la mañana.

—Es usted mi reloj despertador —dijo el muchacho.

—El mío es la edad —respondió el otro—. ¿Por qué madrugaremos tanto los viejos? ¿Será para alargar el día?

—No sé —dijo el chico—. Lo único que es seguro es que los jóvenes duermen mucho y tienen el sueño profundo.

—Lo recuerdo —dijo el viejo—. Te despertaré a tiempo.

—No me gusta que me despierte él. Me hace sentir inferior.

—Lo sé.
—Que duerma bien.

El chico se fue. Habían cenado sin luz en la mesa, el viejo se quitó los pantalones y se metió en la cama en la oscuridad. Enrolló los pantalones para hacerse una almohada y metió dentro el periódico. Se arrebujó en la manta y durmió sobre los otros periódicos viejos que cubrían los muelles del colchón.

Se quedó dormido enseguida y soñó con África cuando era un muchacho, con las playas largas, doradas y tan blancas que herían la vista, y con los cabos y las gigantescas montañas marrones. Últimamente habitaba esa costa todas las noches y en sus sueños oía el rugido de las olas y veía los botes de los nativos entre la espuma. Olía el alquitrán y la estopa de la cubierta mientras dormía y también el olor de África que traía el viento terral por las mañanas.

Por lo general se despertaba al oler aquella brisa, se vestía e iba a despertar al chico. Pero esa noche el olor de tierra llegó muy temprano y supo que era demasiado pronto, por lo que siguió durmiendo para contemplar los picos nevados de las islas alzarse en el mar y luego soñó con los puertos y las radas de las islas Canarias.

Ya no soñaba con tormentas, ni con mujeres, ni con grandes acontecimientos, ni con grandes peces, ni con peleas, ni con demostraciones de fuerza, ni siquiera con su mujer. Solo soñaba con lugares donde había estado y con los leones en la playa. Jugaban como gatitos al atardecer y los quería como quería al chico. Nunca soñaba con él. Solo se despertaba, veía la luna por la puerta abierta, desenrollaba los pantalones y se los ponía. Orinaba fuera de la cabaña y subía por el camino para ir a despertar al chico. Temblaba con el fresco de la mañana. Pero sabía que temblando entraría en calor y que pronto estaría remando.

La puerta de la casa donde vivía el chico no estaba cerrada con llave, la abrió y entró descalzo sin hacer ruido. El muchacho dormía en un catre en la primera habitación y lo vio claramente a la luz desfallecida de la luna. Le cogió suavemente el pie y se lo sujetó hasta que el chico se despertó y le miró. El viejo movió la cabeza, el chico cogió los pantalones de una silla que había al lado y, sentándose en la cama, se los puso.

El viejo salió a la puerta y el muchacho fue tras él. Estaba adormilado y el viejo le puso la mano en el hombro y le dijo:

—Lo siento.
¡Qué va! —respondió el chico—. Es lo que debe hacer un hombre.

Bajaron por el camino hasta la cabaña del viejo y, en la oscuridad, vieron hombres descalzos que iban y venían con los mástiles de sus botes a cuestas.

Cuando llegaron a la cabaña del viejo, el chico cogió los rollos de sedal de la cesta, el arpón y el bichero y el viejo se echó al hombro el mástil con la vela recogida.

—¿Quiere café? —preguntó el muchacho. —Pondremos el aparejo en el bote y luego tomaremos un poco.

Tomaron café en latas de leche condensada en un sitio que abría temprano y servía a los pescadores.

—¿Qué tal ha dormido? —preguntó el chico. Estaba empezando a despertarse, aunque le costaba sacudirse el sueño de encima.

—Muy bien, Manolín —respondió el viejo—. Hoy me siento confiado.

—Yo también —dijo el chico—. Ahora iré a por sus sardinas y las mías, y a por sus cebos frescos. El patrón siempre lleva el aparejo él mismo. No deja que nadie le lleve nada.

—Somos diferentes —dijo el viejo—. Yo te dejaba llevar las cosas cuando tenías cinco años.

—Lo sé —repuso el chico—. Enseguida vuelvo. Tómese otro café. Aquí nos fían.

Se alejó descalzo por las rocas de coral hasta la nevera donde almacenaban los cebos.

El viejo se bebió despacio el café. Era lo único que desayunaría en todo el día y sabía que debía tomárselo. Hacía tiempo que le fastidiaba comer y nunca llevaba almuerzo. Tenía una botella de agua en la proa del esquife y eso era todo lo que necesitaba para pasar el día.

El chico volvió con las sardinas y los dos cebos envueltos en un periódico y bajaron por el sendero hasta el esquife, notando los guijarros de la arena bajo los pies, levantaron el esquife y lo echaron al agua.

—Buena suerte.
—Buena suerte —respondió el viejo. Ajustó las trincas de cuerda de los remos a los toletes e, inclinándose hacia delante para contrarrestar el empuje de los remos en el agua, empezó a remar en la oscuridad para salir de puerto. Había otros botes haciéndose a la mar desde otras playas y el viejo oía el chapoteo de los remos aun cuando no pudiera verlos ahora que la luna se había ocultado detrás de las montañas.

A veces alguien hablaba en un bote. Pero casi todos guardaban silencio y solo se oía el chapoteo de los remos. Se dispersaron al atravesar la bocana del puerto y cada cual puso rumbo a aquella parte del mar donde esperaba encontrar peces. El viejo tenía pensado ir mar adentro, por lo que dejó atrás el olor a tierra y remó hacia el limpio aroma matutino del océano. Vio la fosforescencia de las algas del Golfo en el agua mientras remaba sobre esa parte del océano que los pescadores llamaban la gran poza porque había de pronto una profundidad de setecientas brazas donde se congregaban toda clase de peces debido al remolino que hacía la corriente contra las empinadas paredes del fondo del océano. Allí se concentraban en los huecos más profundos los camarones y los pececillos, y en ocasiones los bancos de calamar que salían de noche a la superficie, donde los peces más grandes se alimentaban de ellos.

En la oscuridad, el viejo sentía la proximidad de la mañana y mientras remaba escuchaba el tembloroso sonido de los peces voladores al salir del agua y el siseo que hacían sus alas rígidas al surcar el aire en la penumbra. Le gustaban mucho los peces voladores, pues eran sus mejores amigos en el océano. Sintió lástima por los pájaros, sobre todo por los pequeños y delicados charranes que se pasaban el día volando y casi nunca encontraban nada, y pensó: Las aves tienen una vida más difícil que la nuestra, excepto las rapaces y las más grandes. ¿Por qué habrá pájaros tan finos y delicados como las golondrinas de mar cuando el océano puede ser tan cruel? Es apacible y hermoso. Pero también puede ser muy cruel, y se encrespa con facilidad, y esas aves que vuelan, hacen picados y cazan, soltando tristes chillidos son demasiado delicadas para la mar.

Siempre llamaba al océano la mar, que es como lo llama la gente que lo ama. A veces quienes lo aman hablan mal de él, pero siempre lo hacen como si fuese una mujer. Algunos pescadores más jóvenes, los que utilizaban boyas para los sedales y tenían botes a motor, comprados cuando los hígados de tiburón se pagaban a buen precio, lo llamaban el mar, en masculino. Y hablaban de él como un rival, o un lugar, o incluso un enemigo. Pero el viejo siempre se refería a él en femenino y como algo que concedía o rehusaba grandes favores y que si hacía cosas malvadas y violentas era porque no podía evitarlo. La luna le afecta igual que a las mujeres, pensó.

Estaba remando de firme y no le costaba demasiado esfuerzo porque llevaba un ritmo constante y, excepto por los ocasionales remolinos de la corriente, la superficie del océano estaba plana. Dejó que la corriente hiciera por él un tercio del trabajo y cuando empezó a despuntar el día comprobó que estaba más lejos de lo que había pensado estar a esa hora.

Llevo una semana pescando en los pozos más profundos sin conseguir nada, pensó. Hoy probaré suerte donde están los bancos de bonitos y albacoras, tal vez haya algún pez grande entre ellos.

Antes de que se hiciera verdaderamente de día había echado los cebos y estaba derivando con la corriente. Un cebo se encontraba a cuarenta brazas. El segundo, a setenta y cinco, y el tercero y el cuarto flotaban en las aguas azules, a cien y a ciento veinticinco brazas de profundidad. Cada cebo pendía boca abajo con la pata del anzuelo dentro de la carnada, bien atada y afirmada, y con la parte saliente del anzuelo, la curva y la punta, cubierta de sardinas frescas. Las sardinas estaban ensartadas por los ojos formando una media guirnalda sobre el acero. No había una sola parte del anzuelo que no oliera bien y no fuese apetitosa para un pez grande.

El chico le había dado dos atunes pequeños, o albacoras, que colgaban de los sedales más profundos a modo de plomadas y, en los otros, tenía un enorme jurel azul y un jurel amarillo que ya había utilizado antes, aunque todavía se hallaban en buen estado, y a los que las sardinas frescas prestaban aroma y atractivo. Cada sedal, tan grueso como un lápiz, estaba enrollado a una vara verde de árbol, para que se cimbrease con cualquier tirón o picada en el cebo, e iba unido a dos rollos de cuarenta brazas que podían atarse a otros rollos, de manera que, en caso necesario, podía darle a un pez más de trescientas brazas de sedal.

El hombre observó las tres varas que asomaban por la borda del esquife y remó lentamente para mantener tensos y a la profundidad correcta todos los sedales. Había ya mucha luz y el sol saldría en cualquier momento.

El sol se alzó tenuemente del mar y el viejo vio los otros botes a ras del agua, y mucho más cerca de la orilla, dispersarse con la corriente. Luego el sol empezó a brillar y el resplandor cabrilleó en el agua, hasta que, cuando estuvo más alto, el mar plano lo reflejó contra sus ojos con tanta intensidad que le hizo daño, por lo que siguió remando sin mirarlo. Tenía la vista fija en el agua y supervisaba los sedales que se hundían directamente en la oscuridad de las aguas. Los mantenía más tensos que nadie, de modo que a las distintas alturas en la oscuridad de la corriente hubiera un cebo esperando exactamente donde él quería para cualquier pez que pudiera nadar por allí. Otros los dejaban flotar en la corriente y a veces estaban a sesenta brazas cuando ellos creían que estaban a cien.

Soy muy meticuloso, pensó. Lo que ocurre es que la suerte me ha dado la espalda. Pero ¿quién sabe? Tal vez hoy. Cada día es un nuevo día. Es mejor tener suerte. Pero prefiero ser meticuloso. Es mejor que la suerte te sorprenda cuando estás preparado.

Hacía dos horas que había salido el sol y ya no le dolían tanto los ojos al mirar hacia el este. Ya solo se divisaban tres botes, que se distinguían muy a ras del agua y mucho más cerca de la orilla.

Toda mi vida el sol de la mañana me ha hecho daño en los ojos, pensó. Y aun así sigo teniendo buena vista. Por la tarde, puedo mirarlo directamente sin que me ciegue. Y eso que por la tarde es más intenso. Pero por la mañana es doloroso.

En ese momento vio una fragata con sus largas alas negras volando en círculos en el cielo por delante de él. De pronto se abatió en picado con las alas recogidas hacia atrás, y volvió a volar en círculos.

—Ha atrapado algo —dijo el viejo en voz alta—. No está solo mirando.

Remó lenta y decididamente hacia donde el ave volaba en círculos. No se apresuró y se aseguró de que los sedales siguieran tensos. Pero se metió un poco más en la corriente para seguir pescando como es debido aunque un poco más deprisa de lo que lo habría hecho si no estuviese tratando de seguir al pájaro.

La fragata se alzó en el aire y empezó a dar círculos con las alas inmóviles. Luego volvió a zambullirse y el viejo vio a los peces dispersarse y nadar desesperados en la superficie.

—Dorados —exclamó el viejo—. Y de los grandes.

Largó los remos y sacó un sedal fino de la proa. Tenía un alambre en el extremo y un anzuelo mediano que cebó con una de las sardinas. Lo echó por la borda y lo afirmó a un cáncamo de popa. Luego cebó otro sedal y lo dejó adujado a proa. Volvió a remar y a observar al ave negra de largas alas que volaba ahora casi a ras del agua.

Mientras la observaba, el ave volvió a lanzarse en picado inclinando las alas al zambullirse y moviéndolas después violenta e inútilmente mientras trataba de atrapar a los peces voladores. El viejo reparó en el leve bulto que hacían los dorados en el agua al perseguir a los peces fugitivos. Los dorados cortaban velozmente el paso a los peces bajo el agua y los esperaban cuando interrumpían su vuelo. Es un banco grande de dorados, pensó. Se han dispersado y los peces tienen pocas posibilidades. El pájaro no tiene ninguna. Los peces voladores son demasiado grandes para él y se mueven demasiado deprisa.

Observó cómo los peces voladores salían del agua una y otra vez y también los ineficaces movimientos del ave. Ese banco de peces se me ha escapado, pensó. Van demasiado rápido y están muy lejos. Pero puede que queden algunos rezagados y es posible que algún pez más grande les vaya a la zaga. Mi pez debe estar en alguna parte.

Las nubes que había sobre tierra se elevaron como montañas y la costa se convirtió en una mera línea verde y alargada con la cordillera gris y azulada al fondo. El mar se había vuelto de color azul oscuro, tan oscuro que casi parecía púrpura. Al mirarlo vio el tamiz rojizo del plancton y los extraños reflejos del sol. Examinó los sedales, vio cómo se hundían perdiéndose de vista en el agua y le alegró ver tanto plancton porque eso significaba que también habría peces. Ahora que estaba alto, los peculiares reflejos del sol indicaban, igual que la forma de las nubes en tierra, que haría buen tiempo. Pero el ave casi se había perdido de vista y no se veía nada en la superficie del mar excepto algunas manchas de sargazos amarillentos y quemados por el sol y la reconocible vejiga purpúrea, gelatinosa e iridiscente de una carabela portuguesa que flotaba al lado del bote. Se dio la vuelta y luego se enderezó. Flotaba alegremente como una burbuja, arrastrando sus largos y mortíferos filamentos purpúreos de casi un metro de largo.

—Agua mala —dijo el hombre—. Mala puta. Apoyado levemente en los remos, miró hacia el agua y vio los diminutos pececillos que tenían el mismo color que los largos filamentos y nadaban entre ellos y por debajo de la tenue sombra que proyectaba la burbuja en su deriva. Eran inmunes a su veneno. Pero los hombres no, y, cuando alguno de los filamentos se enredaba en un sedal y se quedaba allí, viscoso y purpúreo, mientras el viejo se esforzaba por pescar un pez, le producía verdugones y ampollas en los brazos y las manos como los de la hiedra venenosa. Solo que el veneno del agua mala era más rápido y golpeaba como un latigazo.

Las burbujas iridiscentes eran muy bellas. Pero también eran lo más falso del océano y al viejo le gustaba ver cómo se las comían las grandes tortugas marinas. En cuanto las tortugas las veían, se les acercaban por delante, cerraban los ojos de manera que quedaban totalmente acorazadas y se las comían con filamentos y todo. Al viejo le encantaba ver cómo se las comían y también pisarlas en la playa después de una tormenta y oír cómo estallaban cuando las aplastaba con las callosas suelas de los pies.

Le gustaban mucho las tortugas verdes y las tortugas carey con su elegancia, velocidad y gran valor, y sentía un cariñoso desprecio por las enormes y estúpidas tortugas bobas, con su armadura amarillenta, sus extrañas copulaciones y su manera despreocupada de devorar las carabelas portuguesas con los ojos cerrados.

Aunque había pasado muchos años en barcos tortugueros, no pensaba demasiado en las tortugas. Le daban lástima, incluso las grandes tortugas laúd, que eran tan largas como el esquife y pesaban una tonelada. La mayoría de la gente es despiadada con las tortugas y no piensa que el corazón de una tortuga sigue latiendo horas después de que la hayan matado y descuartizado. Pero el viejo pensaba: Yo también tengo un corazón, y mis pies y mis manos son como los suyos. Almorzaba sus blancos huevo

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