
Parece ser que siempre tengo algo que presentar. Hace años que mi trabajo se puede ver en televisión. También en el cine. He publicado novelas de misterio, de fantasmas y de suspense para que mis admiradores lo pasen bien.
Esta vez se trata de un trío de chavales que se llaman a sí mismos «Los tres investigadores». Recorren el mundo en un Rolls-Royce dorado, resolviendo todo tipo de misterios y rompecabezas. Algo increíble, ¿verdad?
Francamente, me hubiera gustado ignorar a esos tres chicos, pero me comprometí a presentarlos. Y soy hombre de palabra, si bien esta obligación formal se debe solo a una simple cabezonería mía.
Los tres investigadores, Bob Andrews, Pete Crenshaw y Jupiter Jones, viven en Rocky Beach, una pequeña ciudad en la costa del océano Pacífico a varios kilómetros de Hollywood.
Bob Andrews, bajo y nervioso, tiene aires de estudiante y espíritu aventurero. Pete Crenshaw es alto y musculoso. Jupiter Jones... Renuncio a dar mi opinión sobre este personaje. Prefiero que sea el mismo lector quien lo describa, una vez leídas las páginas que siguen.
De ahí que, si bien me tienta el deseo de aclarar que Jupiter Jones es gordito, diré solamente, como hacen sus amigos, que es rechoncho. De niño, Jupiter Jones apareció en una serie televisiva con otros niños. Por fortuna para mí, nunca he visto esa serie. Pero tengo entendido que era tan obeso y que su aspecto era tan gracioso que se le conocía como «Bebé Gordito». Hacía reír por su original agudeza en las respuestas.
«Bebé Gordito» sintió una profunda aversión a que se rieran de él y, decidido a que lo tomaran en serio, estudió sin descanso. Tan pronto supo leer, creció su interés por la ciencia, la psicología, la criminología y otros temas de este estilo. Su buena memoria le permitía retener la mayor parte de lo que leía, hasta tal punto que sus profesores optaban por no discutir con él. Muchas veces resultó que eran ellos los que estaban equivocados cuando defendían una opinión contraria.
Jupiter Jones resulta bastante insufrible, y, en este sentido, no puedo por menos que estar de acuerdo con los que opinan esto. No obstante, sé que tiene muchos amigos leales. Claro que eso carece de importancia para la gente joven.
Podría decir mucho más de él y de sus camaradas. Por ejemplo, que Jupiter ganó el derecho a usar el coche dorado en un concurso; que se labró una extraordinaria reputación por su habilidad en hallar cosas perdidas, como perros extraviados, y también que... Bueno, con lo dicho, creo haber cumplido mi promesa.
Estoy seguro de que a mi amigo lector, si no hace rato que ha dejado de leerme, le gustará, incluso más que a mí, que haya finalizado esta introducción.
ALBERT HITFIELD

Bob Andrews aparcó su bicicleta frente al portal de su casa en Rocky Beach y entró en ella. Nada más cerrar la puerta, su madre lo llamó desde la cocina.
—¡Robert! ¿Eres tú?
—Sí, mamá.
Robert se dirigió a la cocina. Su madre, bajita y con el pelo castaño, estaba preparando un pastel de nueces.
—¿Cómo te ha ido el trabajo en la biblioteca? —preguntó.
—Muy bien —contestó Bob.
En realidad, el trabajo en la biblioteca siempre era monótono. Durante medio día, Bob se dedicaba a clasificar los libros que la gente devolvía y ayudaba a catalogarlos.
—Ha venido tu amigo Jupiter —dijo la madre mientras trabajaba la masa con el rodillo sobre el mármol—. Ha dejado un recado para ti.
—¿Un recado? —preguntó Bob, que se alegró de repente—. ¿De qué se trata?
—Lo he anotado en un papel que tengo en uno de mis bolsillos. En cuanto acabe de amasar te lo daré.
—¿No recuerdas qué decía? ¡Quizá me necesite!
—Lo recordaría si fuera un mensaje normal y corriente—contestó su madre—; pero Jupiter no deja nunca mensajes normales y corrientes. Me pareció algo en clave.
—Jupiter utiliza palabras poco usuales —dijo Bob, controlando su impaciencia—. Ha leído un montón de libros y a veces resulta difícil comprender lo que dice.
—A veces, no, ¡siempre! —respondió la señora Andrews—. Es un chico muy raro. Aún no me explico cómo logró encontrar mi alianza.
La madre de Bob se refería a un anillo con un diamante que había perdido el otoño anterior. Jupiter Jones fue a su casa y le pidió que le contara todos sus movimientos durante el día en que lo había perdido. Luego, tranquilamente, fue a la despensa, se subió a un taburete y encontró el anillo en un estante detrás de una hilera de frascos de tomate en conserva. La señora Andrews se lo había quitado y lo había puesto allí mientras ordenaba los frascos de las conservas.
—Cuanto más lo pienso —comentó la madre—, menos entiendo cómo adivinó dónde estaba el anillo.
—No lo adivinó; lo dedujo —explicó Bob—. Jupe tiene mucha imaginación. Mamá, ¿puedes darme ahora su mensaje?
—En seguida, hijo —respondió ella, golpeando el pastel con el rodillo—. A propósito, ¿de qué iba el concurso que aparecía en la primera página del periódico de ayer y que ganó Jupiter?
—Era un concurso de una empresa de alquiler de coches —explicó Bob—. Llenaron una jarra grande con judías y ofrecieron como premio un Rolls-Royce con chófer durante treinta días a quien se aproximara más al número de judías que había. Jupiter se pasó tres días calculando la capacidad de la jarra y las judías que se necesitarían para llenarla. Y ganó. ¡Mamá, por favor! ¿Puedes darme el mensaje?
—Ahora mismo —dijo al fin, y empezó a limpiarse la harina de las manos—. Y ¿qué hará Jupiter con un Rolls con chófer durante treinta días?
—Verás, estamos pensando... —empezó Bob, pero su madre no le escuchaba.
—Realmente, hoy en día una persona puede ganar cualquier cosa —le interrumpió ella—. Leí que una mujer había ganado un yate en un programa de televisión. La pobre vive en la montaña y está desesperada. Ahora no sabe qué hacer con el yate —mientras hablaba se sacó del bolsillo una hoja de papel—. Aquí lo tienes. Vamos a ver. Dice: «Puerta verde. Las prensas están en marcha».
—¡Genial, mamá, gracias! —gritó Bob, que alcanzó la puerta de la calle antes de que su madre pudiera detenerlo.
—¡Robert! ¿Qué significa este mensaje? ¿Se trata de algún tipo de clave secreta?
—No, mamá. Dice solo lo que dice. Bueno, tengo que darme prisa.
Bob salió afuera, se montó en su bicicleta y pedaleó hasta el «Patio Salvaje» de los Jones.
Al mover las piernas para pedalear no le dolía la herida que se cubría con lo que el doctor Álvarez llamaba la abrazadera, un aparato ortopédico que se ganó como «premio» a su necia escalada en solitario a una montaña que había cerca de Rocky Beach. Este pueblo está en una franja llana, con el océano Pacífico a un lado y las montañas de Santa Mónica al otro.
Quizás lo de montaña sea excesivo, pero, en todo caso, es demasiado grande para llamarla colina. Bob rodó pendiente abajo unos ciento cincuenta metros y acabó con una pierna rota por varios sitios. Había establecido una marca nueva en descenso, pero esto le abrió las puertas del hospital. El doctor dijo que no tardaría mucho en recuperarse y que entonces caminaría sin la abrazadera. Mientras tanto, aquella protección para su pierna herida le iba a molestar un poco.
Ya en las afueras del pueblo, Bob llegó pronto al Patio Salvaje. Antes lo llamaban la «Chatarrería de Jones», pero Jupiter logró convencer a su tío y le cambiaron el nombre. Allí vendían artículos poco usuales, además de los propios de una chatarrería. Mucha gente recorría varios kilómetros para intentar encontrar allí lo que no encontraban en otros lugares.
El patio resultaba fascinante para cualquier muchacho, y su aspecto fuera de lo común era obvio desde lejos, tan pronto se divisaba la valla de tablas que lo rodeaba. Para pintar la cerca, Titus Jones había utilizado pintura de diversos colores, que había conseguido de desechos. Algunos artistas locales le habían ayudado, pues él siempre les prestaba trastos que ellos necesitaban.
Toda la parte de delante estaba cubierta de árboles y flores, con un estanque donde nadaban unos majestuosos cisnes, y todo ello con vistas al océano. Por los otros lados del recinto, se veían panoramas muy diversos. Seguramente era la chatarrería con más colorido de todo el país.
Bob cruzó la entrada principal, con sus dos enormes verjas de hierro que habían recuperado de un establo que se había quemado. Recorrió unos cien metros y se detuvo donde la valla mostraba un mar pintado de verde, con dos buques de vela en una lucha terrible contra una tormenta. Bob desmontó y se encaminó hacia las dos tablas verdes que Jupe había convertido en puerta privada. Aquella era la puerta verde. Empujó por el ojo de un pez que se asomaba en el agua junto a un buque que se hundía, y las tablas se elevaron.
Entró con su bicicleta y cerró la puerta secreta tras de sí. Ya estaba en el interior del patio de chatarras, en una esquina en la que Jupiter había montado su taller al aire libre. Un tejadillo de unos dos metros de ancho rodeaba la mayor parte de la valla por la parte interior del patio. El señor Jones guardaba allí sus mejores chatarras.
Bob encontró a Jupiter sentado en una vieja mecedora, presionándose el labio inferior, mientras su mente trabajaba a toda velocidad. También estaba Pete Crenshaw, atareado en una pequeña imprenta que habían comprado como chatarra y que Jupiter había conseguido que funcionase de nuevo.
La imprenta emitía su clinc-clanc una y otra vez. Pete, alto y moreno, ponía y quitaba tarjetas blancas. Eso era lo que decía el mensaje de Jupe: que la prensa estaba en marcha y que debía reunirse con él detrás de la puerta verde.
Cuando estaban allí, los chicos eran invisibles para quien estuviera en la parte principal del patio, donde estaba la oficina grande. Sobre todo para tía Mathilda, una mujer corpulenta, que era quien en realidad llevaba el negocio. A pesar de tener un gran corazón y una paciencia sin límites, jamás perdía la oportunidad de ocupar en algún trabajo a cualquier chico que viera cerca.
Jupiter, muy astuto, fue amontonando poco a poco chatarra diversa en el patio, de modo que ocultara su taller. Así podía gozar con sus amigos de una gran libertad cuando sus tíos no lo necesitaban.
Mientras Bob aparcaba su bicicleta, Pete cerró la prensa y le entregó emocionado una de las tarjetas que había impreso.
—¡Mirad esto! —dijo.
Se trataba de una tarjeta grande de negocios. Decía:
LOS TRES INVESTIGADORES
Lo investigamos todo
???
Primer investigador: Jupiter Jones
Segundo investigador: Pete Crenshaw
Tercer investigador: Bob Andrews
—¡Fantástico! —exclamó Bob admirado—. ¡Esto sí que tiene fuerza! ¿Así que has decidido seguir adelante con tu idea, Jupe?
—Hace tiempo que hablamos de fundar una agencia de detectives—respondió Jupiter—. Ahora que tenemos un Rolls a nuestra disposición las veinticuatro horas del día y durante un mes, tendremos la libertad para resolver misterios en cualquier parte. No vamos a desaprovechar esta oportunidad, ¿verdad? Desde este momento somos oficialmente Los tres investigadores.

—Como primer investigador me haré cargo del trabajo intele
