
Cuando sonó el despertador de Goa, lo paró sin ni siquiera ser consciente de lo que hacía. Al cabo de unos minutos, su padre abrió la puerta y le dijo:
—¿No has oído el despertador? Venga, date prisa, que hoy tienes partido a las nueve y media.
¡Mierda! Ya no se acordaba. «¡Estoy harta de levantarme pronto un sábado por la mañana para ir a un partido de vóley! ¡Cada vez me da más palo! Los fines de semana debería estar prohibido levantarse antes de las once», refunfuñaba mientras intentaba salir de la cama. Últimamente, cuando pensaba en el vóley, no sentía la misma ilusión que años atrás, cuando se habría levantado de un brinco, impaciente por llegar al partido. Le gustaba estar con las compañeras y, sobre todo, compartir aquel deporte con sus amigas Ana y Nadia, pero hacía tiempo que odiaba la manera en que les hablaba el entrenador, que siempre parecía estar de mal humor. Cuando perdían, las reñía, pero cuando ganaban, también lo hacía porque nunca estaba contento con sus jugadoras.
—¡Que salga él a la pista si es tan bueno! —solía decir Ana cuando se le agotaba la paciencia, pero lo decía flojito, al oído de Goa, para que no la oyera nadie más.
Delante de él, las jugadoras no protestaban y agachaban la cabeza cuando hablaba. Lo que el entrenador interpretaba como una muestra de respeto, en realidad era miedo, y Goa empezaba a estar harta de él, de su constante mal humor y de tenerle miedo. Aquel día, una vez que ya estaban en el coche con su padre y con Ana, les dijo:
—Creo que quiero dejar el vóley. Ya no me lo paso tan bien como antes.
Ana puso los ojos como platos.
—¿En serio, Goa? ¿Por qué?
—Porque no quiero tener que estar un sábado a las nueve de la mañana dentro de un coche para ir a un partido en un pueblo random, por ejemplo… Y porque no me cae bien el entrenador. ¡Siempre nos está riñendo! ¡Nunca nos anima ni nos ayuda! ¡Parece que le pagan por hundirnos en la miseria! Y yo, para levantarme un sábado a primera hora de la mañana y que encima me riñan, pues… ¡PASO!
Alberto, el padre de Goa, callaba y prestaba atención. A veces, el modo en que se obtenía más información de una hija adolescente era conducir en silencio y oír la conversación que mantenía con su amiga:
—Ostras, Goa… Si tú lo dejas…, ¿qué haré yo? —Ana estaba de acuerdo con lo que decía su amiga, pero le encantaba jugar y no tenía ganas de dejarlo—. ¿Lo dices en serio o porque hoy estás cansada?
—Sí, ya estoy harta…
—Pero ¿ya no te gusta jugar? —Su padre había sentido la necesidad de intervenir.
—¡Jugar me encanta! Y en los partidos me lo paso bien, pero, no sé, bro… Ana, ¿no crees que el entrenador crea mal ambiente y ya nadie lo disfruta? ¿No ves cómo muchas fallan entre semana y que a veces ni siquiera podemos hacer un buen entrenamiento? ¿Por qué crees que no se presentan? ¡Porque nadie lo quiere ver!

—Sí… Tienes razón… Pero es injusto que, si nos gusta tanto jugar, tengamos que dejarlo.
—Chicas, está a punto de terminar la liga y la temporada… ¿Por qué no lo meditáis bien, lo habláis con Nadia a ver si ella también lo ve así y después lo valoramos todos juntos?
—Yo ya lo he valorado y quiero dejarlo. —A veces, Goa dudaba mucho, pero cuando veía clara una cosa, raramente cambiaba de opinión.
—Pero ¿dejar el equipo o de jugar para siempre? —Su padre quería estar seguro de entenderla.
—Me gusta jugar… ¿Qué quieres decir? ¿Que podría cambiar de club? —A Goa se le acababa de abrir una puerta en la que todavía no había caído.
—Sí. El próximo curso podríais intentar empezar en otro sitio, a ver si tenéis más suerte con el entrenador, porque es cierto que a veces es muy desagradable. Un día, a mí me puso tan nervioso que le dije que dejara de hablaros de aquella manera y se calló… Y ahora ni siquiera me saluda en los partidos.
—¿En serio? —exclamó Ana, a quien le encantó que el padre de Goa le hubiera plantado cara.
—¿Lo ves? —dijo Goa, que se sentía validada.
—Terminemos la temporada, please… ¿Y si lo hablo con mis padres e intentamos cambiar de club? La verdad es que perder de vista a este entrenador me está motivando al cien por cien… —De pronto, Ana estaba ilusionada.
—De acuerdo. Pero yo lo dejo seguro. No puedo más —respondió Goa en un tono cansado.
Aquel día estaba baja de ánimos. Se acercaba su cumpleaños y todavía no había decidido cómo lo quería celebrar. A veces le pasaba, que a medida que se acercaba el 25 de abril se ponía entre nostálgica y triste y nunca sabía por qué.


A la misma hora y a unos ciento treinta kilómetros de distancia del lugar donde estaba Goa, Klaus dormía plácidamente en su cama. Él tenía partido de hockey el domingo y, por lo tanto, hoy podía dormir hasta la hora que quisiera. Su móvil, conectado al cargador encima del escritorio, mostraba varias notificaciones de aquella madrugada. Klaus todavía no lo sabía, pero había un mensaje de Susana, su compañera de clase, que era más que directo.
Susaaana38:
Me ha dicho Víctor que lo habéis dejado.
Y otro de Víctor que decía:
Víctor:
Me ha abierto Susana para hablar y cuando ya me hacía ilusiones de que tal vez quería algo conmigo, la tía va y me pregunta si todavía sales con Goa. Bro, he tenido que decirle que no, espero que no te enfades.
Klaus dormía, ajeno a todos aquellos mensajes. Se había acostado a la una después de jugar a un juego de ordenador con sus amigos alemanes. Desde que había ido a Berlín en Semana Santa, habían vuelto a conectar otra vez y eso le había ayudado mucho a quitarse de encima la tristeza que le había causado cortar con Goa. Mantenía el contacto con ella, pero era raro porque, aunque intentaran fingir que no había pasado nada… habían pasado muchas cosas y eran difíciles de olvidar. Hablaban por Insta, pero menos, y cuando lo hacían, no tenían la misma complicidad que antes, y notarlo les hacía daño a los dos.
De golpe, se abrió la puerta de su habitación y entró Marcus como un rayo, buscando algo. Su hermano mayor abrió un ojo y se indignó:


—¿Qué haces aquí? ¡Vete! ¡Estoy durmiendo, plasta!
—¡El desodorante no está en su sitio, y eso significa que lo tienes tú! —Marcus se acababa de duchar y tenía prisa porque lo habían invitado a una fiesta de cumpleaños en casa de un amigo. Él era mucho más ordenado que su hermano y le enfurecía que Klaus no dejara las cosas en su lugar. Rebuscó entre el montón de ropa que había encima del escritorio y dijo—: ¿Lo ves? ¡Está aquí, lo tenías tú!
—¡Te he dicho que te vayas! ¡Largo de aquí!
Marcus salió corriendo, esquivando los dos cojines que Klaus intentó lanzarle a la cabeza con todas sus fuerzas. Odiaba que su hermano pequeño lo despertara los fines de semana. Odiaba que entrara en su habitación. Odiaba estar tan enfadado y darse cuenta de que, ahora, de tan indignado que estaba, ya no podría volver a dormir. ¡Mierda! Para él su habitación era como un espacio sagrado donde no le gustaba que entrara nadie sin permiso. Era el lugar donde dormía, donde jugaba al ordenador con sus amigos… y, en realidad, pasaba allí todas las horas que estaba en casa. Había una cama que le empezaba a quedar pequeña, unas luces led que ocupaban todo el perímetro del techo y que podía cambiar de color cuando quisiera y una silla de gamer grande que, según su madre, parecía el asiento de un piloto de avión. Utilizaba más el escritorio para jugar al ordenador que para estudiar. De la pared colgaban algunas fotos de sus años en Berlín: con sus amigos, con su padre y con los abuelos. Y en el suelo, casi siempre, había calcetines, la mochila del instituto y la maleta de hockey sobre patines.
Salió de la cama en calzoncillos, cogió el móvil y se volvió a tumbar en la cama. Leyó todos los mensajes y a quien escribió primero fue a Víctor.
Klaus:
¿Por qué se lo dijiste? Ahora me entrará seguro.
Al cabo de apenas quince segundos, su amigo respondió:
Víctor:
¿Ya te has levantado? ¡Creía que era el único pringado que estaba despierto!
Klaus:
El plasta de mi hermano me ha despertado. ¡Y no cambies de tema, bro!
Víctor:
¿Qué querías que hiciera? ¡Me lo preguntó directamente!
Klaus:
¿Y ahora qué le respondo? Me ha entrado preguntando si lo he dejado con Goa.
Víctor:
Pues le dices que sí y ya está, y podéis empezar a hablar… Quién sabe, tal vez te mole.
Klaus:
¡¿Qué dices?! No me mola.
Víctor:
¡Qué exigente eres!
Klaus:
¡No me rayes, que ya me ha rayado bastante mi hermano!
Víctor:
Peor yo, que me tengo que preparar porque a las 12 tenemos el bautizo de un primo mío. MODO PEREZA MÁXIMA ON.
Klaus:
¡Eh, que quizá conozcas a alguien!
Víctor:
Sí, segurísimo… ¡Con la suerte que tengo…!
Klaus:
¡Venga, que vaya bien!
A Víctor solo le hacía ilusión el bautizo porque, con esta excusa, le habían comprado ropa nueva y hoy podría estrenar una americana gris oscuro chulísima que, según él, le quedaba espectacular. Cuando se terminó de vestir, se hizo una foto en el espejo y se la envió a Klaus con este mensaje:
Víctor:
Si un día me ves en la alfombra roja de los Oscar, que no te extrañe.
