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Normas del Club de Exploradores del Oso Polar
Normas del Club de Exploradores del Calamar Oceánico
Normas del Club de Exploradores del Chacal del Desierto
Normas del Club de Exploradores del Felino de la Jungla
Agradecimientos
Sobre la autora
Créditos
Para Shirley y Fred Dayus
Gracias por acogerme tan calurosamente
en vuestra familia... y por criar y educar al mejor hombre
que he conocido jamás

1
Stella Copodestrella Pearl se sentó en su banco de hielo preferido del jardín y suspiró. Su reciente expedición con sus amigos Habichuela, Shay y Ethan había sido reseñada detalladamente en todos los periódicos y las revistas de expediciones... y no sólo porque los cuatro jóvenes exploradores hubieran sido los primeros en llegar a la parte más fría del País del Hielo, ni porque ella hubiese sido la primera chica en ser admitida en el Club de Exploradores del Oso Polar, sino también porque Stella había resultado ser, en realidad, una princesa del hielo.
Miró a lo lejos a la marioneta con aspecto de bruja que se había llevado de su viaje al País del Hielo. Al descubrir que era un objeto mágico que podía moverse a voluntad, Stella se había quedado encantada, pero Felix, su padre adoptivo, había insistido en llevarse a la marioneta y encerrarla en la habitación más alta del ala este de la casa.
Desde donde estaba sentada, distinguió el contorno puntiagudo del sombrero de bruja de la marioneta, que se paseaba de aquí para allá por el alféizar de la ventana de la torre. De vez en cuando, se detenía y golpeaba el cristal con sus nudillos de madera, y el sonido le llegaba claramente a Stella a través del aire helado provocándole un escalofrío.
—No estará encerrada eternamente —le había prometido Felix—, pero debemos ser muy cuidadosos. Esta marioneta es una réplica exacta de Jezzybella, que no sólo mató a tus padres, sino que además hizo cuanto estuvo en su mano por matarte a ti también. He oído hablar de brujas que crean réplicas de sí mismas y luego pueden ver a través de los ojos de esas réplicas. Si ése es el caso con esta marioneta, entonces no podemos permitir que esté cerca de ti.
Stella era consciente de que lo que decía Felix era muy sensato, y aun así, en lo más profundo de su ser no podía evitar sentir que su padre estaba equivocado respecto a la marioneta. Cierto que era una versión de juguete de la bruja que había matado al rey y a la reina de las nieves, pero Stella se había sentido irremediablemente atraída por ella en el castillo de hielo, y en cierto modo todavía experimentaba esa atracción.
Volvió a oír el débil y triste sonido de la marioneta, que golpeaba el cristal con sus pequeños nudillos, y tuvo que hacer un esfuerzo para no subir corriendo al torreón y dejarla salir. Felix había llamado a un experto en marionetas de Puerta de Hielo, y hasta que llegara dejarían a la bruja donde estaba.
Stella se alisó la falda de su vestido color azul celeste y acarició con el dedo las relucientes coronas plateadas que tenía bordadas. Su diadema mágica se hallaba expuesta, junto con otras curiosidades, en el Club de Exploradores del Oso Polar, y la noticia de las aventuras de los jóvenes exploradores había corrido como la pólvora. En las dos semanas transcurridas desde su regreso, Stella había recibido montones de regalos de gente a la que ni siquiera conocía. Le habían enviado vestidos, guantes de encaje, preciosas cajas de gominolas rosa glaseadas de azúcar, diminutos unicornios de juguete y muchas cosas más.
Al principio estaba encantada: al fin y al cabo, a todo el mundo le gusta recibir regalos, y la gente enviaba obsequios muy bonitos a las princesas del hielo. Pero también le llegaban cosas no tan bonitas. Por ejemplo, cartas que decían que las princesas del hielo no pertenecían a la sociedad civilizada y que deberían quedarse en las inhóspitas tierras del País del Hielo, alimentando sus corazones helados y lanzando sus malvados hechizos. Felix había cogido esas cartas y las había tirado directamente al fuego, diciéndole a Stella que no les hiciera ni caso y asegurándole que todo volvería a la normalidad en poco tiempo, pero ella se sentía angustiada, como si tuviera un pedrisco justo en la boca del estómago.
Stella se olvidó de sus preocupaciones cuando vio a Gruñón, su oso polar, dirigiéndose bamboleante hacia ella por el jardín nevado. Felix había rescatado a Gruñón de la nieve, igual que la había rescatado a ella, y el gran oso blanco era su mejor amigo desde que tenía memoria. Las visitas solían sobresaltarse por su enorme tamaño, sobre todo cuando se alzaba sobre las patas traseras, cosa que hacía siempre que quería exhibirse y parecer increíblemente hermoso. De pie, medía más de tres metros, superando así a los hombres más altos. Gruñón se había alzado de ese modo la primera vez que vio a tía Agatha (la mandona y autoritaria hermana de Felix), y ella había soltado un chillido espantoso y había caído redonda al suelo en medio de una nube de enaguas y perfume. A Stella, aquel grito y el desmayo le parecieron una grosería, sobre todo porque Felix se había encargado de que Gruñón estuviera muy elegante poniéndole una encantadora pajarita que él mismo le había confeccionado para la ocasión.
Gruñón hundió su negro hocico en los bolsillos de la capa de Stella para buscar sus galletas de pescado favoritas. Ella lo apartó con un delicado empujón y le dijo que se sentara. El oso se dejó caer obedientemente sobre la nieve y Stella lo recompensó lanzándole una galletita. Gruñón la masticó con alegría esparciendo migas por todas partes y luego lamió la mejilla de su amiga antes de encaminarse bamboleante hacia el lago. Felix le había contado a Stella que los osos polares eran muy veloces y podían alcanzar los cuarenta kilómetros por hora, pero ella sólo había visto a Gruñón moverse a pasos lentos y relajados. Tal vez era porque había nacido con una pata torcida, aunque también podía deberse a que Gruñón era un haragán (algo que ella sospechaba).
Stella se levantó del banco. No servía de nada estar triste y preocupada. Felix siempre decía que si te sentías un poco angustiado o triste la mejor solución era concentrarse por completo en algo útil o divertido. Preferiblemente divertido, por supuesto, porque las cosas divertidas eran mucho más efectivas que las cosas útiles a la hora de animar a una persona.
Se volvió hacia la terraza y vio que Felix estaba examinando la esfera de cristal que las hadas le habían regalado el día anterior. Los duendes y las hadas apreciaban muchísimo a Felix, así que era lógico que, como explorador, se hubiera especializado en el estudio de estos seres. En esos mismos instantes había varias hadas revoloteando a su alrededor y Stella podía atisbar el resplandor de sus alas desde el jardín.
Felix volvió la cara y la saludó con la mano. Stella le devolvió el saludo y a continuación se sentó en el suelo para hacer un oso de nieve. Habría preferido hacer un unicornio, pero era mucho más difícil y nunca había logrado que quedara bien. Bajó la mano enguantada para recoger un puñado de nieve y, de pronto, un chisporroteo de chispas azules brotó de la punta de sus dedos.
Se quedó paralizada: ante ella había un unicornio de nieve perfecto y centelleante. Debía de medir apenas unos diez centímetros, pero Stella podía distinguir cada mechón de pelo de su dócil crin, la espiral de su cuerno blanco e incluso sus largas y sedosas pestañas. Los hermosos ojos de nieve del unicornio la miraban directamente, como si pudieran verla, como si esperaran que dijese algo.
Stella miró a su alrededor, confundida. ¿Había entrado alguien en el jardín y había hecho el unicornio? Pero allí no había nadie, a excepción de Felix, y ni siquiera él podía hacer animales de nieve tan detallados y perfectos. Además, estaba segura de que aquella figura no estaba allí unos segundos antes: ella había deseado un unicornio de nieve y de pronto le habían brotado chispas de los dedos y había aparecido uno como por arte de magia. Pero ella no podía hacer magia con el hielo..., no sin su diadema, y la diadema se hallaba a kilómetros de distancia, guardada en una vitrina del Club de Exploradores del Oso Polar...
Lentamente, alargó una mano hacia el unicornio y, al acercarse, le pareció que una de las orejas se movía apenas...
Al oír el crujido del cristal retiró la mano y dio un paso atrás.
—¡Stella! —gritó Felix, y el pánico que reflejaba la voz de su padre la alarmó.
Miró por encima del hombro y vio que Felix había soltado la esfera de cristal de las hadas, que ahora yacía a sus pies, rota en pequeños y brillantes pedazos. Afligida, se tapó la boca con las manos: las esferas de hadas eran completamente inusuales y nada hacía pensar que Felix pudiera conseguir otra. ¿Qué podía haber provocado que dejara caer algo tan valioso?
—¡Stella, encima de ti! —gritó Felix en el preciso momento en que una sombra monstruosa se abatía sobre ella.
Stella miró hacia arriba y un grito de terror se ahogó en su garganta. Como surgido de una pesadilla, un buitre gigantesco volaba sobre ella. Sus alas medían al menos seis metros de envergadura y, al batirlas, provocaba oleadas de aire glacial. Tenía las plumas manchadas de barro de un color gris sucio, un cuello largo y fibroso y una cabeza completamente calva. Stella vio el afilado y ganchudo pico, las curvadas garras y el frío destello de sus ojos rapaces. Si hubiera llevado su diadema habría podido congelar al buitre, pero sin ella no le quedaba otra opción que dar media vuelta y echar a correr levantando grandes puñados de nieve tras ella con sus botas ribeteadas de piel.
La casa estaba demasiado lejos, no lograría llegar hasta allí. A sus espaldas, el buitre soltó un graznido espantoso que pareció traspasar el aire. Un segundo después, el gigantesco pajarraco descendió en picado y se aproximó a Stella hasta tal punto que ella pudo notar el olor de sus plumas sucias y húmedas, y cuando lanzó otro de sus sonoros graznidos, tan estridente que pareció que le iba a reventar los tímpanos, percibir el repugnante hedor a carne putrefacta de su aliento.
Stella dio un respingo al sentir cómo las garras del buitre se cerraban sobre sus hombros. Sus botas comenzaron a despegarse del suelo y entonces comprendió que el buitre la había atrapado, que iba a llevársela volando y que no había absolutamente nada que ella pudiera hacer para impedirlo...
Pero justo en ese momento Felix la agarró de los tobillos y tiró de ella hacia el suelo, liberándola de las garras del buitre, que le rasgaron la capa. Stella se encontró de pronto tumbada boca abajo en la nieve, inmovilizada por el cuerpo de Felix, que la protegía del ave. El buitre intentó apartarlo, y Stella oyó un sonido de tela rasgada y notó que su padre contenía el aliento.
Trató de zafarse, pues no quería que Felix la protegiera si eso significaba que iba a resultar herido, pero su padre era demasiado fuerte para ella y la mantuvo firmemente bajo sus brazos mientras el buitre chillaba en el aire. De pronto, la asaltó un pensamiento tan diáfano como el cristal: el buitre acabaría matándolos a los dos. No tenían forma de librarse de él. No había nadie en kilómetros a la redonda y, aunque alguno de los criados viera el ataque desde una ventana, Felix no tenía armas en la casa, así que no podría hacer mucho para ayudarlos.
De pronto, notó que la tierra temblaba y, al alzar la mirada, vio a Gruñón corriendo a través de la nieve más rápido de lo que lo había visto moverse jamás, levantando con las patas grandes trozos de hielo centelleante. El enorme oso llegó bramando y se interpuso entre ellos y el buitre. Gruñó ferozmente mostrando los colmillos y lanzó un rugido tan ensordecedor que Stella sintió vibrar la tierra helada.
Stella nunca había sido consciente de la cantidad de dientes que tenía Gruñón, mucho menos de lo brutalmente afilados que eran, y jamás lo había visto rugir y gruñir de una forma tan aterradora. El buitre chilló alarmado y retrocedió un poco. Gruñón se irguió sobre las patas traseras, alcanzando así sus tres metros de altura, sacudió sus enormes zarpas ante el buitre y le propinó un golpe tan fuerte que éste se alejó volando aturdido.
Felix la agarró del brazo y la hizo ponerse en pie. Luego la tomó en brazos y corrió hacia la casa. Por encima del hombro de su padre, Stella vio que Gruñón había vuelto a ponerse a cuatro patas, aunque seguía rugiendo sin parar hacia el buitre, que se había elevado y daba vueltas en el cielo, receloso.
Felix abrió la puerta de la biblioteca con una mano y dejó a Stella en el umbral. Ella, preocupada por su oso, quiso asomarse por la puerta, pero su padre se anticipó; se dio la vuelta y gritó en dirección al jardín:
—¡Gruñón! ¡Ven aquí!
El oso polar giró en redondo y corrió por la nieve hacia ellos. Para entonces, el buitre volaba tan alto que Stella ya no podía verlo. En cuanto Gruñón cruzó el umbral, Felix cerró de un portazo y echó el cerrojo.

2
—¿Estás herida? —le preguntó Felix tomándola de los brazos y examinándola de cerca.
—Creo que no... No, estoy bien.
—¡Gracias al cielo! —exclamó su padre, y la estrechó con fuerza.
—¿Y tú, estás bien? —quiso saber Stella al recordar el sonido de la tela desgarrándose.
—Sí, claro. —Felix la soltó para rodear el cuello de Gruñón—. ¡Y tú, grandullón, podrás comer pasteles de tocino de cetáceo durante un mes! ¡Te lo prometo!
—¿Qué era... esa cosa? —preguntó Stella.
Felix frunció el ceño antes de contestar.
—Tendré que consultar mis libros para estar seguro... —Se quedó callado y Stella advirtió que había palidecido. Estaba a punto de preguntarle otra vez si se encontraba bien cuando, de repente, Felix se inclinó hacia delante y tuvo que apoyarse en Gruñón para no perder el equilibrio—. Stella, no quiero que te asustes —continuó, procurando sonar tranquilo—, pero me temo que ese maldito pajarraco me ha hecho un par de rasguños. Creo que deberías ir a la cocina a buscar a la señora Sap: puede que necesite su ayuda para quitarme la camisa...
Stella lo rodeó y entonces soltó un grito ahogado: el buitre había hecho trizas la chaqueta de Felix y le había atravesado la camisa. Vio feos zarpazos rojos por toda su espalda y manchas de sangre en el blanco algodón. A simple vista, supo que no se trataba de unos simples rasguños, sino de cortes lo bastante profundos como para dejar cicatrices.
Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero parpadeó para contenerlas. Más tarde podría llorar y sentirse espantosamente mal por lo sucedido, ahora tenía que ir a buscar ayuda. Se volvió para correr hacia la casa, pero antes de que pudiera dar un paso la puerta se abrió de golpe y apareció la señora Sap, el ama de llaves, cargada con el rifle más grande que Stella había visto en su vida. Resultaba de lo más extraño ver aquel rifle enorme junto a su tocado de volantes y su almidonado delantal blanco.
—¡¿Dónde está?! —gritó la señora Sap apuntando frenéticamente en todas direcciones mientras sus rizos grises se agitaban sobre sus hombros—. ¿Dónde está esa horrible criatura?
—¡Cielos! ¿Eso es un rifle? —preguntó Felix.
—Sé lo que opina sobre las armas, señor Felix, y está muy bien, pero viviendo aquí, en medio de la nieve, uno nunca sabe cuándo tendrá que enfrentarse a un yeti.
—¡Un yeti! —exclamó Felix—. Mi querida señora, lo más cerca que se ha visto jamás a un yeti fue a kilómetros y kilómetros de esta casa.
—Bueno, es posible, pero ¿acaso no acaba de atacarlo un dragón en el jardín? ¡Lo he visto con mis propios ojos!
—Señora Sap, estoy casi seguro de que eso era un buitre comehuesos —respondió Felix con un suspiro—. Por favor, deje de apuntar en todas direcciones con ese rifle: podría acabar pegándonos un tiro. El buitre se ha ido, lo ha ahuyentado Gruñón.
Stella notó que Felix enfatizaba la última frase: la señora Sap no se había alegrado mucho de la llegada de Gruñón (de hecho, no se había alegrado en absoluto) y siempre estaba discutiendo con Felix sobre si era o no adecuado tener como mascota a un oso polar, permitirle vivir dentro de casa, lavarse en la gigantesca bañera con patas en forma de garra del mejor cuarto de baño o dormir en la cama con dosel de la habitación de invitados siempre que no hubiera invitados (y en ocasiones incluso cuando los había, como había descubierto tía Agatha, para su disgusto, la última vez que pasó la noche allí; por cómo reaccionó, cualquiera hubiera dicho que se había encontrado un montón de tarántulas babuinas cornudas durmiendo entre las sábanas).
—Felix está herido —dijo Stella, consiguiendo que se centraran de nuevo en el asunto principal—: el buitre le ha clavado las garras en la espalda y le ha rasgado la ropa.
La señora Sap resopló enfadada.
—Si usted no hubiera prohibido tener armas en casa, señor Felix, no me habría visto obligada a esconder el rifle en el armario de las confituras y las conservas, y podría haberlo sacado más deprisa e impedido que usted sufriera esas tremendas heridas.
Felix enarcó una ceja.
—Quizá debería recordar, señora Sap, la sustanciosa factura que el propietario del Unicornio Blanco me mandó por los daños en los paneles de madera de su pub, ¡paneles de cuatrocientos años de antigüedad!, después de que usted se empeñara en participar en el torneo de dardos del año pasado. Así que creo que podemos considerarnos afortunados por el hecho de que el rifle estuviera escondido debajo de un montón de frascos de mermelada.
La señora Sap volvió a resoplar, pero no dijo nada más. Apoyó cuidadosamente el rifle en un rincón y volvió, afanosa, sobre sus pasos. Dio un respingo al ver la espalda de Felix y le pidió que se sentara en una de las sillas.
—Dios mío, ¡parece que le hayan dado latigazos! —exclamó—. Tendremos que llamar al médico.
Cuando la señora Sap decidía algo no se le podía llevar la contraria, así que, en un abrir y cerrar de ojos, el médico llegó a la casa y se puso a curar a Felix. Stella se vio relegada a la cocina, con el ama de llaves y Gruñón.
—Eres un oso viejo, grandote, apestoso, sucio y babeante, pero hoy has estado soberbio —le dijo la señora Sap a Gruñón dándole unas palmaditas en la cabeza—. Soberbio.
Instaló a Stella en la silla más cómoda, delante de la estufa, con una humeante taza de chocolate caliente, y luego sacó del refrigerador un pollo asado y se lo dio enterito a Gruñón. Mientras el oso polar se tumbaba ante el fuego masticando alegremente, Stella agarró con ambas manos la taza de chocolate caliente, pero descubrió que estaba demasiado alterada para bebérselo. No dejaba de oír el sonido de la tela desgarrándose y de ver la imagen de la camisa de Felix destrozada y manchada de sangre. Sin que se diera cuenta, los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas y esta vez fue totalmente incapaz de contenerlas.
—Ay, cariño —la consoló la señora Sap inclinándose sobre ella al instante—. Has tenido una mañana espantosa. —Le quitó la taza de chocolate de las temblorosas manos, la cogió y la sentó en su regazo como solía hacer cuando Stella era pequeña—. Venga, venga —le susurró—. Llora todo lo que quieras. Con lo que ha pasado, cualquier persona estaría hecha un mar de lágrimas.
—¿Felix se... se pondrá bien? —preguntó Stella con la voz quebrada.
—Por supuesto que sí, cariño —le contestó la señora Sap suspirando—. Es un tipo muy duro. Escucha bien lo que te digo: con todas esas expediciones en las que ha participado, ésta no es ni mucho menos la primera vez que lo ataca un monstruo horrible.... ¿Por qué todos vosotros queréis marcharos corriendo a lugares desconocidos una y otra vez? Jamás lo entenderé, pero es inútil querer infundirle sentido común a un explorador, bien lo sabe Dios. En el cerebro sólo tienen mapas, brújulas y aventuras, nada más. En cualquier caso, Felix se recuperará muy pronto. Esos zarpazos tenían mal aspecto, es verdad, pero no tardarán mucho en sanar.
En realidad, Felix no pudo caminar bien durante casi una semana. La señora Sap quería avisar a tía Agatha para que fuera a cuidarlo, pero él dijo que no se le ocurría nada más terrorífico y que, si el ama de llaves lo apreciaba mínimamente, nunca
