Anteriormente en «telmo lobo...»
Años después de la misteriosa desaparición del teniente de navío Alonso Lobo y su barco, sus hijos —Telmo, Mía y Sammy— comienzan a experimentar señales inquietantes: gaviotas que hablan, mensajes en anuncios y sueños que parecen reales. Todo da un giro cuando un personaje enigmático, Mortimer Swift, les asegura saber dónde está su padre y, aprovechando la ausencia de su madre, Paula, por un viaje de trabajo, promete guiarlos hasta él.
Lo que parecía una oportunidad se transforma en una trampa que los lanza junto a su amiga Carmina a un viaje inesperado hacia Etérea, «El Otro Lado», un mundo fantástico donde habita su abuelo. Sin embargo, allí descubren que ni Alonso ni el legendario capitán Bebo Lobo están presentes. Los habitantes de Etérea les revelan que su paradero solo lo conoce Vértigo, una mente retorcida que desea vengarse del capitán Lobo y destruir a su familia.
Vértigo les ofrece un trato: si quieren encontrar a su abuelo, deben ingresar al mundo de Moby Dick, el clásico literario. Dentro de la novela, los hermanos se enfrentan a un mar embravecido y a desafíos tan épicos como peligrosos, navegando en el ballenero Pequod. Allí conocen al obsesivo capitán Ahab, embarcado en su insaciable caza de la gran ballena blanca, y al valiente Jim, un niño que será clave en su travesía. Pero también deben enfrentarse al siniestro Fedallah, un personaje oscuro y misterioso, cuya alianza con Vértigo amenaza con destruirlo todo.
En esta aventura donde ficción y realidad se entrelazan, Telmo, Carmina, Mía y Sammy descubren secretos de su familia, se enfrentan a sus mayores temores y ponen a prueba su valentía, su ingenio y la fuerza del lazo que los une. Y, al final de este emocionante y arriesgado episodio, regresan a Santa Fe sanos y salvos, aunque con un sabor agridulce. Llevan un objetivo consigo, salvar a su padre, y tienen un enemigo al que derrotar para lograrlo.

-¡No descansaré hasta que acabe con vosotros! ¡Quiero que todos los miembros de la familia Lobo desaparezcan de la faz de la tierra!
La voz profunda de Vértigo retumbó en cada rincón de la tierra, mientras este cabalgaba a lomos de Moby Dick, la gran ballena blanca, como si fuera un caballo sorteando enloquecido las gigantescas olas y la feroz tormenta. Telmo, Mía, Carmina y Sammy desplegaban como podían todas las velas del Pequod para que el ballenero navegara más deprisa.
Por fin habían encontrado la fragata Oceana, el barco capitaneado por su padre, Alonso Lobo, que había desaparecido sin dejar rastro, y estaban a punto de rescatarlo después de tanto tiempo.
Aunque la tormenta hacía difícil cualquier maniobra, estaban cada vez más cerca de la fragata. Alonso había conseguido librarse por unos minutos de Fedallah, el fiel ayudante persa de Vértigo, tras un forcejeo en el que lo había dejado aturdido en la cubierta del barco. Aprovechó el momento y lanzó varias bengalas para que Telmo, Mía, Carmina y Sammy no lo perdieran de vista ante tanta lluvia, ola y oscuridad.
—¡Tened cuidado, hijos! —gritó Alonso, nervioso, como si sus hijos pudieran oírlo.
Telmo maniobraba el barco intentando aprovechar todo el viento que podía.
—¡Ya estamos cerca, papá! —exclamó con todas sus fuerzas.
Fedallah se incorporó y, en un movimiento sigiloso e inesperado, sorprendió a Alonso por la espalda y lo golpeó, dejándolo inconsciente junto a la cadena del ancla. Luego cogió un cabo, lo amarró por los brazos y las piernas y, con la ayuda de un gancho y una roldana, lo alzó y lo dejó bien atado a un mástil de popa. Encendió una luz cegadora y la orientó hacia el padre de los Lobo, que parecía un pelele aturdido, incapaz de abrir los ojos y de moverse.
Fedallah se puso de pie sobre un cajón y comenzó a reír a carcajadas mientras miraba hacia el ballenero y señalaba a Alonso. Mía y Sammy rompieron a llorar, impotentes, viendo que el rescate de su padre se les escapaba de las manos. Telmo abrazó a Carmina y continuó dirigiendo el Pequod hacia la fragata. Un rayo cegador impactó en el mar, convirtiendo el océano en una enorme masa roja. Otra descarga eléctrica iluminó el cielo cuando Moby Dick, de un impresionante salto, atravesó el Pequod de babor a estribor, rasgando las velas y dejando el ballenero a merced de las olas.
—¡Haced algo, maldita sea, antes de que esta bestia acabe con nosotros! —gritó el capitán Ahab a su tripulación.
Telmo intentó hablar o gritar, pero fue incapaz. Tenía los pies pegados al suelo y no podía dar un paso. Mía, Sammy y Carmina lo miraban aterrados, porque a ellos les sucedía lo mismo. Era como si una fuerza oculta les impidiera hablar o caminar. Moby Dick giró de nuevo y enfiló hacia el barco a toda velocidad mientras Vértigo, que seguía cabalgando como un jinete a lomos de la ballena, gritaba poseído por un odio inexplicable.
El animal golpeó el barco con tal violencia que muchos marineros cayeron al mar, tiñéndose todos de un rojo intenso que daba miedo. El segundo golpe fue aún más fuerte, pero esta vez lanzó a los cuatro al aire. Al caer, la ballena abrió su enorme boca y Carmina, Sammy, Mía y Telmo desaparecieron en el interior de Moby Dick. De un salto, Vértigo cayó en la proa del barco y gritó a los cuatro vientos.
—¡Sumérgete hasta el más profundo abismo, Moby Dick! ¡No quiero volver a ver a estos niñatos en mi vida!
La ballena golpeó violentamente su cola contra el agua, giró sobre sí misma y se hundió. Los cuatro gritaron desde las tripas del animal con todas sus fuerzas y, en ese mismo instante, se despertaron.
Al mismo tiempo.
Los tres.
Paula, su madre, salió corriendo de la habitación con el corazón en la boca, mientras Telmo, Mía y Sammy se asomaban al pasillo. Se miraron preocupados, con los ojos como platos, sin pronunciar palabra alguna.
—¿Me queréis decir qué demonios está pasando aquí? ¿Por qué habéis gritado los tres al mismo tiempo? —preguntó Paula, nerviosa.
Sammy comenzó a bajar hacia la cocina y miró a su madre.
—Perdona, mamá, pero necesito un vaso de leche y galletas antes de empezar a hablar…

Todos escuchaban atentos a Carmina, que acababa de llamar al teléfono de Paula. Tras oír lo que decía, Telmo cogió el móvil de su madre.
—No te preocupes, Carmina. Estate tranquila. Ahora nos vemos en el cole.
Paula bebió de un trago su segunda taza de café mientras intentaba ordenar todo lo que había escuchado.
—¿Me estáis diciendo que lo que acabáis de contar lo habéis soñado los cuatro al mismo tiempo?
—Palabra por palabra, mamá —contestó Telmo.
Habían pasado dos meses desde que habían regresado de su viaje a «El Otro Lado», donde conocieron al malvado Vértigo y descubrieron que tenía a su padre retenido. Sin embargo, pese a haber vuelto a la seguridad de Santa Fe, este seguía jugándoles malas pasadas.
Mía miró a su madre mientras echaba aceite al pan con tomate que tenía delante, que era lo que más le importaba en ese momento.
—Me temo que esto no ha hecho más que empezar —comentó Mía.
—Tenemos que hacer algo urgentemente. Tenemos que protegernos de ese loco, como se llame —dijo Paula, hecha un manojo de nervios.
—Vértigo, mamá. Se llama Vértigo —contestó Sammy entre galleta y galleta.
Paula sintió un escalofrío intenso.
—Solo oír su nombre me da repelús.
—Pues cuando le veas la cara, ni te cuento —soltó Mía.
—No te preocupes, mamá. Después del cole hablamos. Pero si ves algo raro, nos lo dices —dijo Telmo.
Tras lavar los platos y vasos, recogieron las mochilas, pero antes de salir de la cocina, Telmo vio que una gaviota se posaba en la ventana y lo miraba fijamente. Era una mirada conocida y penetrante.
—Ya estáis aquí… —murmuró Telmo.
Poco después, la gaviota pareció sonreír y los ojos se le inyectaron de sangre. Antes de emprender de nuevo el vuelo, comenzó a reír a carcajadas. La misma risa de Fedallah que había oído en el sueño. Sintió un estremecimiento que le recorrió la espalda de arriba abajo.

De camino al cole, se fijaron en la casa de Atanasio y Dalia, sus vecinos. Al poco tiempo de volver a Santa Fe, los Carpintero prácticamente habían desaparecido. Las persianas estaban bajadas, y al matrimonio y a su hija, Chantelle, los veían a deshoras y siempre devolvían una mirada confusa.
Los tres hermanos subieron a sus bicis y pedalearon cuesta abajo camino del colegio, con la bahía de Bona Fide como un hermoso y gigantesco cuadro de fondo. Al llegar al centro, enfilaron la calle Real para encontrarse con Carmina, que los esperaba nerviosa.
—Apenas he dormido —susurró Carmina—. No sé vosotros, pero la sensación que tuve durante el sueño era real.
—¡Tan real que amanecí con el pelo empapado, como si hubiese estado en mitad de la tormenta! —contestó Mía.
—¿Se lo has dicho a tus padres? —apuntó Sammy.
Carmina negó con la cabeza.
—Lo comenté durante el desayuno, pero reaccionaron igual que cuando volvimos: como si no estuviera.
Mía se acercó y le dio un «quero», un pequeño achuchón y un beso. Lo había aprendido de su madre, que los colmaba a «queros» cuando eran pequeños. Telmo quiso darle la mano para consolarla, pero no se atrevió. Desde su conversación tras volver de «El Otro Lado», se sentía nervioso cuando estaba cerca de Carmina.
Mientras las observaba, Telmo se tocó instintivamente el antebrazo. Carmina, Mía y Sammy se miraron y repitieron el gesto. Antes de salir de Etérea, el capitán Bebo, su abuelo, les había implantado un ultrachip en el brazo a cada uno de ellos. Les dijo que, puntualmente y en caso necesario, podrían comunicarse con él a través de un holograma. Lo podrían activar si la conexión era segura.
—He querido activar, en alguna ocasión, el ultrachip para hablar con el abuelo, pero aún no me he atrevido. Me dan miedo las posibles interferencias de Vértigo.
—¿Cuándo le vais a decir a vuestra madre que podríais hablar con vuestro abuelo? —preguntó Carmina.
Los tres hermanos se miraron mientras Telmo subía a su bicicleta.
—Me gustaría preguntárselo antes a Bebo.

El Colegio Elcano se estaba engalanando para celebrar su centenario. Iban a ocurrir cosas muy importantes a lo largo del año. En el espigón, frente al gran patio, estaban preparando una exposición de naves de época. Una réplica de la nao Victoria, el primer barco que dio la vuelta al mundo bajo el mando de Juan Sebastián Elcano en 1522, ya estaba amarrada frente a la enorme explanada. La Niña, la carabela con la que Cristóbal Colón hizo la expedición en 1492, también tenía su preciosa réplica, así como el galeón Andalucía, del siglo xvii.
Además de los eventos relacionados con la historia y el mundo naval, la agenda estaba llena de conciertos, exposiciones de arte, juegos y fiestas de todo tipo. Algo que nadie se quería perder, pero que necesitaba mucha organización. Para ello Wilma Lisner, la directora, pidió a algunos alumnos que colaboraran en la planificación, y Telmo había sido uno de los elegidos. Pero Sibilia Farcia, la subdirectora, que les tenía una manía absurda a los hermanos Lobo, había propuesto a Charlie Sander y a Tito Infante como cabezas de grupo.
—¡Ahí llega el analfabeto mayor y los analfabetos menores! —gritó Sander desde la entrada del colegio mientras señalaba a los tres hermanos.
Tito y sus compinches le rieron la gracia.
—Ten cuidado, Charlie, no fuerces mucho tu cerebro, a ver si va a empezar a funcionar y entonces sí que tendremos un problema —contestó Telmo.
Sammy, Carmina y Mía no pudieron evitar reírse. Charlie se acercó al grupo y se encaró con él. Tito y sus compinches los rodearon.
—Lo que tengas que decir, dímelo a la cara —le contestó Sander pegando su nariz a la de Telmo, que aguantó el tipo.
De repente Sammy comenzó a hacer un gesto muy exagerado. Abría la boca y movía la nariz sin parar. Todos lo miraron sin entender qué le estaba pasando. Parecía que iba a estornudar, pero nada. Hasta que por fin, tras un gesto evidente, estornudó. Fue tan grande la sacudida que Charlie, Tito y los alcahuetes salieron despedidos por el aire, como si un cable invisible hubiese tirado de ellos violentamente, y cayeron en la enorme fuente de agua que había frente al colegio. Todos miraron a Sammy sorprendidos, menos Carmina, Mía y Telmo, que sabían que el pequeño de los Lobo había utilizado, escondido entre sus manos, un escudo de energía que había traído de Etérea en su mochila, entre otras cosas.
—Lo siento, Charlie, es que soy alérgico a los tontos…
Todos los alumnos rieron el comentario, mientras Sander y los suyos salían como podían de la fuente, completamente empapados y con el orgullo por los suelos.

Betty Pochet, la profesora de ciencias, explicaba los actos relacionados con el centenario que iban a tener lugar esa semana cuando irrumpieron en el aula Charlie, Tito y sus amigotes, que habían tenido que cambiarse en el vestuario del gimnasio. Charlie Sander no tenía ropa de recambio y no tuvo más remedio que pedirle prestado un chándal a Tito. Pero este era más pequeño que él, así que le quedaba muy ajustado y corto. El aspecto que tenía Sander era bastante ridículo. Hubo alguna risa disimulada, que la profesora frenó. Carmina intentó disimular su sonrisa, pero no pudo. Sander se dio cuenta y se puso rojo de la vergüenza y la rabia. Todos sabían que a Charlie le gustaba Carmina, y no soportaba quedar en ridículo delante de ella. Antes de sentarse, Sander se inclinó sobre Telmo y le habló al oído.
—Estás acabado, analfabeto. No sé qué trucos usas, pero me enteraré.
—¡Siéntese, Sander! —ordenó Pochet con autoridad—. No sé qué asunto se traen entre manos ustedes dos, pero esto tiene que acabar.
—Yo solo soy una víctima, profesora —contestó falsamente Sander—. Todos saben que Lobo lleva encima una piel de cordero. Parece manso, pero es peligroso.
Los amigos de Charlie apoyaron el comentario, con voces en contra de Telmo.
—¡Silencio! —mandó a callar Pochet.
Telmo observaba todo aquello sorprendido, cuando vio que alguien se asomaba por la ventanilla de cristal que daba al pasillo para luego desaparecer. No pudo verle bien la cara, pero le resultaba familiar. Segundos después, comenzó a sentir un picor en los ojos tan intenso, que no pudo evitar restregarse las manos para aliviar la picazón. Carmina se giró y vio que tenía los ojos rojos, tan rojos que no parecía él. Su gesto ahora daba miedo, porque en lugar de ojos era como si tuviera dos bolas rojas. Ella le hizo un gesto, preocupada, cuando de repente los alumnos, la profesora y los pupitres de la clase empezaron poco a poco a flotar.
Todos, menos Telmo.
Las compañeras y compañeros de clase gritaban asustados y se giraban hacia Telmo, a quien veían sentado en su pupitre, mirándolos con esos intensos ojos rojos. Pero el que menos entendía qué era lo que estaba pasando era él.
—¡¿Lo ve, profesora?! ¡Todos flotamos menos él! ¡Es Telmo el que lo está provocando! —gritó Charlie Sander.
Telmo miraba asustado a todos y era incapaz de moverse.
—¡Yo no estoy haciendo nada! —contestó indefenso.
Tito Infante señaló a Telmo desde su pupitre flotante con horror.
—¡Mirad sus ojos! ¡Mirad!
Los ojos de Telmo brillaban de una manera intensa. Carmina no pudo evitar llevarse las manos a la boca. En ese momento, la persona que se había asomado antes por la ventana de cristal se detuvo de nuevo un segundo y Telmo sintió un pinchazo en la tripa y un sudor frío repentino le erizó la piel.
Si su instinto no lo traicionaba, la persona que se había asomado era, ni más ni menos, que Fedallah, el nuevo secretario de Vértigo.
El hombre que quería acabar con ellos.


Wilma Lisner, la directora, se paseaba por el despacho preocupada. Betty Pochet acababa de narrar todo lo que había sucedido ante Paula y Telmo. Sibilia Farcia, la subdirectora, observaba al mayor de los Lobo con cara de pocos amigos.
—Si esto que acabo de escuchar, me lo hubiese contado otra persona, pensaría que está loca. Pero viniendo de usted, señorita Pochet… —comentó alarmada Lisner.
Betty Pochet no pudo evitar mirar a Paula con cierta pena. Adoraba a los hermanos Lobo, pero una cosa estaba clara: toda la clase había flotado menos Telmo, y no quiso comentar el detalle de sus ojos rojos, intensos y perturbadores para no asustar más a la directora.
—¡Señora Lisner, yo no hice nada! —exclamó Telmo—. ¿Cómo puede pensar que yo sea capaz de hacer levitar mesas y personas? ¡Estaba igual de asustado que ellos!
Los pequeños ojos de Sibilia Farcia eran incapaces de dejar de mirar a Telmo con desconfianza.
—¿Y qué me dice del episodio de esta mañana? —dijo la subdirectora—. ¡Cinco compañeros suyos cayeron al agua y nadie sabe cómo pudo suceder! Pero… ¡qué casualidad que usted y sus hermanitos estuvieran allí!
—Fue una alucinación colectiva —manifestó enérgicamente Paula.
La habitación quedó en silencio unos segundos. Paula se puso de pie y se dirigió a Lisner y a Farcia con determinación.
—Hay psicólogos que aseguran que un grupo de personas puede imaginar lo mismo al mismo tiempo. Aunque no sea real, lo sienten como si lo fuera. La mente es poderosa.
Telmo miró a su madre boquiabierto. Wilma Lisner y Sibilia Farcia miraron a Paula en silencio.
—Es una posibilidad —contestó finalmente Lisner—. Estamos empezando los festejos del centenario del colegio y lo que menos deseo es que episodios como este vuelvan a suceder.
Paula y Telmo salieron del despacho y, mientras bajaban las escaleras, este se acercó a su madre.
—¿Es verdad lo de la alucinación colectiva?
—No, me lo he inventado. Sé que tú no has tenido nada que ver. Averiguaremos quién ha sido.
Telmo sonrió disimuladamente. Luego tomó la mano de su madre.
—Quiero más detalles sobre Vértigo y ese tal Fedallah —apostilló Paula—. Tenemos que estar preparados por si vuelven a atacar.

Como parte de las festividades del centenario, el Colegio Elcano iba a celebrar un evento muy esperado por todos: el Día de la Estrella de Luz. Cada año se organizaba esta jornada que, desde su inauguración hacía casi un siglo, se había convertido en una de las favoritas de los alumnos y todos la esperaban con impaciencia. Era una aventura marina en la que debían encontrar una figura de color dorado que tenía forma de estrella de mar. La leyenda decía que la estrella perteneció a un rico comerciante fenicio y que tenía más de dos mil años. El colegio guardaba la original en una caja fuerte y usaba una réplica para el día de la aventura. Días antes, Martín Newman, el director de deportes del colegio y su equipo, escondían la Estrella de Luz en algún lugar de la bahía de Bona Fide y los alumnos, con la ayuda de mapas, brújulas y coordenadas, tenían que encontrarla. El vencedor obtendría el Tridente de Neptuno. El capitán Bebo lo ganó una vez y Alonso Lobo, el padre de Telmo, Mía y Sammy, también lo había ganado. A Telmo se le había resistido los cursos pasados, pero este año confiaba en ganarlo. No iba a dejar que todo el asunto de Vértigo le detuviese.
La mañana era algo fría, pero el sol se negaba a desaparecer tras las nubes y eso hacía que la bahía tuviera un aspecto maravilloso. El muelle del colegio y la explanada que daba al mar eran un hervidero de estudiantes preparados para la aventura. Los mayores podían ir en los medios flotantes que quisieran: tablas, veleros, barcas de remo y bicis acuáticas. Los familiares o alumnos más jóvenes podían acompañar desde otras embarcaciones. Cada participante recibió un sobre lacrado con las instrucciones, que solo debían abrir tras la salida.
Wilma Lisner se subió a un pequeño podio y repitió las palabras que Anibal Castets, el primer director del colegio, leyó el año de su inauguración.
—¡Viva Neptuno, soberano del mar!
»Que empuje mis velas y mi alma al navegar.
»Que guíe mi barco en la calma y en la tormenta.
»¡Somos hijos de Neptuno, soberano del mar!
La salva de un cañón del siglo xvi, disparada por Martín Newman, retumbó en la bahía y la aventura comenzó. Un enjambre de embarcaciones se lanzó en busca de la Estrella de Luz. Telmo y Carmina decidieron ir en un Snipe, una embarcación de vela ligera que les gustaba mucho. Mía y Sammy iban en una pequeña lancha neumática a motor, así podían echar una mano si alguien lo necesitaba. Carmina abrió el sobre, sacó un tarjetón plastificado y leyó en voz alta, mientras Telmo buscaba el viento:
—¡Bienvenidos a la aventura, navegantes del Elcano! Seguid las pistas y encontraréis la Estrella de Luz. Hay cuatro estrellas escondidas: tres negras y una dorada. Esta última es la que os llevará a ganar el Tridente de Neptuno.
Los dos leyeron las pistas y se miraron sorprendidos.
—¡Esto es más complicado de lo que imaginaba! —comentó Carmina mientras maniobraba el Snipe.
—Por lo pronto, sigamos el primer paso: cuarenta y cinco grados norte hasta que veamos una boya verde —contestó Telmo sacando la brújula que les habían dado a cada equipo y poniendo rumbo al primer destino.
El viento apretaba cuando comenzaron a darse cuenta de que el grueso de las embarcaciones tomaba un rumbo y solo unos pocos, como ellos, seguían una ruta distinta.
—¿Por qué la mayoría ha cogido otro rumbo? —preguntó Carmina, desconcertada.
Telmo leyó de nuevo las instrucciones, miró su brújula, volvió a mirar a su alrededor y se encogió de hombros.
—Vamos bien. Este es el rumbo. —Le guiñó un ojo a Carmina—. ¡Será que la Estrella de Luz está destinada a ser nuestra!
Al llegar a la boya verde, leyeron un cartel que decía lo mismo que la segunda indicación que les habían dado en la salida: «Ahora noventa grados hacia donde sale el sol».
