
LA ISLA ESMERALDA
La isla Esmeralda es lo menos parecido a tu mundo, al mundo normal y corriente (NC), que te puedas imaginar. Es mágica, está llena de pasadizos subterráneos y tiene todos los climas y paisajes posibles.
Seguro que piensas que mola mucho y que te gustaría venir. Pues olvídate… Su ubicación es ultrasecreta (necesitamos protegernos porque los que vivimos aquí tampoco somos demasiado NC).

ANIMALES DE PODER (AP)
Cada persona (sí, tú también) esconde en su interior un animal que se corresponde con su personalidad. Pero solo unas pocas, muuuuuuy pocas, formamos parte de la Energía y podemos transformarnos y utilizar su poder.
Sí, has leído bien: TRANS-FOR-MAR-NOS. Ahora eres humana y al momento te has convertido en…, en…, digamos que en un unicornio o, glub, glub, en un sapo verrugón… Para evitar las transformaciones súbitas (TS), los alumnos llevamos una pulsera de poder.
AP ACADEMY
No es como un colegio NC, aquí estudiamos asignaturas más «imaginativas» y funciona el Traductor Universal. Su directora, la señora Schlange, es muy convincente (su AP —o animal de poder— es una anaconda y puede hipnotizarte).
Solo somos cuarenta y cuatro alumnos, y según nuestros AP nos dividimos en Mamíferos, Reptiles y Aves. Formamos equipos de cuatro alumnos y el mío, el Boreal, lo componemos Sika, Ebbe, Budy y yo (obvio).

VALENTINA FERRERO (Val)
Hasta la semana pasada, yo era la chica de sexto de Primaria más NC que te puedas imaginar, pero ese día ocurrió una «cosilla» (una «cosilla» = me transformé en mi AP). Total, que para ocultarlo me trajeron enseguida a la isla Esmeralda.
Lo más gordo es que aquí todos están empeñados en que mi Energía es la más poderosa, tanto que mi animal es un unicornio. El number one al que llevan siglos esperando (espóiler: van a seguir esperando porque no tengo ni idea de cómo transformarme en él).

SIKA TANAKA
Sika Tanaka es mi mejor amiga. Viene de Japón, acaba de cumplir trece años, es superlista y la mayor experta del mundo en unicornios.
Parece muy cuqui, ¿verdad?
Pues no veas el genio que tiene en cuanto se le activa el Modo Madre.
Confía en que su AP definitivo sea el ciervo (en su país es la leche y representa a los dioses protectores de la naturaleza).

EBBE OLSEN
Es un auténtico vikingo (se parece a Thor), pero con la cara y la voz de un chico de once años. Está muy bien contar con alguien tan fuerte que siempre está dispuesto a ayudarnos. Espera que su AP definitivo sea el oso polar.

NGA-WANG JIGMÊ (MÁS CONOCIDO COMO BUDY)
Lo llamamos Budy porque es redondito y con su cabeza rapada parece un Buda en pequeño.
Proviene del Tíbet y con diez años es el pequeño del equipo. Es tímido, dulce y a la mínima te mete un abrazo.
Sueña con que su AP definitivo sea un tigre de Bengala (no quiero quitarle la ilusión, pero no veo a los tigres repartiendo besos).


JACK Y EMILY
Porque, ¿adivinas?, son MELLIZOS y MALVADOS.
Tienen doce años y son de Nueva Zelanda.
Jack es enorme y da bastante miedo porque al sonreír enseña unos dientes grandísimos (se cree que su AP definitivo es un cocodrilo).
Emily parece una modelo de anuncio. Su afición preferida es humillarme y, por desgracia, se le da genial. Su AP es un diablo espinoso (sí, lo del diablo le pega mucho).

Pues nada, aquí estoy, en medio del desierto. Y te aseguro que lo de «en medio» es muy relativo porque todo es igual: arena, arena y más arena.
Hay arena por todas partes y, cuando digo por todas partes, quiero decir por TODAS PARTES. Sí, también dentro de mí: en la boca, en la nariz… Creo que se me ha metido hasta por el cu… (ejem, ejem, digo «cu…» porque no me dejan escribir algunas palabras) .
Seguro que te estás preguntando qué narices hago aquí: Sika está obsesionada con que mejore mi «estupenda» forma física porque estoy un poco flojeras.
—Es por tu bien, Valentina —dice mirándome de arriba abajo con un poquito (un bastante) de pena—. Tienes que empezar a entrenar YA mismo.
Buff, claramente ha entrado en Modo Madre porque tiene la misma manía que los padres de utilizar tu nombre entero cuando quieren reñirte sin que se note demasiado.
—Una caminata por el desierto es muy tonificante —trata de animarme Ebbe.
—Además, te conecta con el universo —asegura Budy.
¿El universo? ¡Venga ya!
Aquí solo hay arena, sol y un cielo tan limpio que hasta da agobio mirarlo (si lo miras fijamente, seguro que te quedas ciega). Bueno, y calor, claro, muuuuuucho calor. Aquí hay calor para regalar. Estamos por lo menos a 70 grados (vale, no sé cuál es la temperatura máxima, pero, si existen los 70 grados, es a lo que estamos). Solo me falta un pincho atravesándome para convertirme en un pollo asado.
Y lo de sudar… Lo de sudar, glub, glub, aquí ya es otro nivel. Esto no es sudar, es directamente derretirse. Tengo la ropa tan empapada que voy dejando un reguero detrás de mí como si mi AP fuese un caracol.
—¡Val! ¿Quieres ir un poco más rápido? —dice Sika.
¡Uf! El tema es que, querer, quiero, pero… ¿es culpa mía si mis piernas parecen de cemento y se hunden en la arena?
Al principio me he animado pensando que lo del desierto no iba a ser para tanto y que se arrepentirían de dudar de mi forma física. Contaba con un arma secreta muy poderosa: mis vacaciones de verano en la playa.
Ja, desiertos a mí…

Han sido muchos años yendo al apartamento de mi abuela y soy una experta en caminar sobre la arena ardiendo, en colarme en la fila del chiringuito para comprar los helados, y la mayor especialista mundial en luchar para coger sitio y plantar la sombrilla en primera línea de playa.
Bueno, pues… (espóiler) resulta que veranear en la playa no sirve. El desierto es otra cosa. No hay paella. Ni horchata. Ni baños en la colchoneta sobre las olas. Ni siquiera una sombrilla hortera ni…, ni nada.
Por fin, Sika se detiene.
—Y, después del calentamiento, ¿qué tal si hacemos un poco de ejercicio?
¿Qué?
¿¿¿Calentamiento???
¡¡Creía que llegar hasta aquí había sido el entreno (el entreno de la semana por lo menos)!! Además, ¿qué calentamiento ni qué narices? ¿Le parece que tengo poco calor? ¿No ve el charco de sudor a mis pies?
—¿Qué tal una carrera hasta esa duna?
Por si no nos ha quedado claro de qué duna se trata, Sika estira su dedo señalando a lo lejos. Venga ya, ¿qué se nos ha perdido a nosotros ahí, eh? ¿¿¿Quéééééé???
«Tranquila, Val, tranquila —pienso—, seguro que Ebbe o Budy dicen algo que la hace entrar en razón».
Sin embargo…
—¡Genial! —dice Ebbe y se recoloca el saco de pedruscos en la espalda.
Igual te extraña que lleve un saco lleno de pedruscos, pero es que a él la caminata, así sin más, le parece poco esfuerzo.
Miro a Budy, mi posible aliado para convencer a Sika, pero él simplemente sonríe.
—Genial. Tengo que entrenar duro. Mis piernas no son lo suficientemente fuertes.
En fin, no sé de qué me sorprendo: él siempre le encuentra el lado bueno a todo. Me gustaría hablar y exponerles «delicadamente» mi punto de vista, pero mi lengua es una alpargata. Trato de escupir la arena que se me ha metido en la boca: stup, stup.

Nada. Pruebo otra vez: stup, stup.
Nada. Mi saliva parece la pasta sólida que nos daban como puré en el comedor de mi colegio NC.
Como no puedo decir nada, sencillamente me planto.
Y por plantarme me refiero a que me dejo caer de cu… muy «elegantemente». Y me quedo en una postura un poco rara, torcida hacia un lado, pero no estoy para sutilezas.
Los tres me miran asombrados.

—¡Val! ¿Qué haces? —grita Sika.
Mira, me da igual lo que diga porque mi mente ha entrado en automático y ha empezado a calcular los riesgos detalladamente: Distancia hasta la duna (aproximadamente un millón de kilómetros) x temperatura (70 grados) x nivel de radiación del sol (toda) = muerte por agotamiento y deshidratación casi segura. Peligro. Peligro.
Es por culpa de mi defecto cualidad de calcular los riesgos a cada momento, por lo que se activa mi cobardía cuidadosidad (¿no has oído nunca esta palabra? Normal, porque me la he inventado yo. Cuidadosidad es cuando eres tan tan taaaaaaaaan cuidadoso que hasta te pasas).
Me quito las botas de montaña y los calcetines gordos. También llevo camiseta y pantalón largos y un turbante porque, según Sika, hay que cubrir cada centímetro de piel para evitar la deshidratación, las quemaduras del sol y los golpes de calor.
Ayyyyyyyyy, qué alivio.
Muevo mis deditos, que están blancos y arrugados como salchichitas.
Saco mi cantimplora de la mochila. Apenas me queda un pequeño sorbo de agua. Suficiente para recuperar la voz:
—Yo os espero aquí.
—¡Levántate! —me ordena Sika.
Al ver que no hago caso, suelta:
—Allá tú, pero yo no me sentaría ahí.
Igual te parece una frase cualquiera. Pues no, no lo es. En dos días he aprendido que, cuando Sika dice eso de «allá tú», lo que viene a continuación es algo chungo.
—¿Qué pasa? —le pregunto intentando parecer tranquila, fría como un témpano (algo difícil con el calor extremo).
—No estás teniendo en cuenta los escorpiones.

Ejem, ejem… ¿Ha dicho escorpiones?
—El escorpión peludo del desierto es uno de los depredadores más letales. Y eso sin contar las serpientes de cascabel…
En mi mente se encienden
