Secreto de bruja 2 - El campamento de hechicería

Patricia García-Rojo

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

#TIPDEBRUJA

Cuelga unas ramitas de canela en el árbol de Navidad para que tus planes salgan bien.

Me llamo Mía Jaspe y soy bruja.

Pero bruja… ¡bruja! Vamos, que hago un hechizo y convierto a cualquiera en ratón. Bueno, vale, ese conjuro todavía no me lo sé, pero espero aprenderlo pronto.

Soy bruja como mi madre y como mi abuela.

Aunque no me enteré por ellas de que tenía poderes. A ver, mi madre no podía contármelo porque… ¡desapareció!

Hasta que entré al instituto creí que había muerto en un accidente cuando yo era pequeña, pero ya sé que no fue así. Mi madre se sacrificó para salvarnos a todos. Su magia nos protegió del fin del mundo o algo parecido, no me lo han explicado muy bien. Y de ella solo quedó el medallón del sol y la luna que mi abuela me regaló cuando cumplí trece años.

Mientras crecía, mi abuela Nura no me contó nada sobre la magia porque mi padre no la dejaba.

La verdad es que hay que entenderlo… Mi padre se llama Julián y es meteorólogo. El pobre está traumatizado con las brujas; perdió a la que más quería y ahora vive con dos —con mi abuela y conmigo, claro—. Y no le hace ninguna gracia.

Si de él dependiera, elegiría quedarse calvo total con tal de que yo me alejase de la magia. Le da un miedo monumental. Sobre todo, desde que me enfrenté a un demonio.

Lo has oído bien: hace unas semanas se pusieron las cosas un poco raras en mi instituto y mis amigas y… ¡Aunque eso no es lo que iba a contar!

Lo que iba a contar es que soy bruja y que he formado un aquelarre con mis mejores amigas, Beth y Zoe.

Beth es una experta en magia emocional y Zoe, en magia espiritual. Las tres encontramos hace poco a nuestros animales totémicos. El mío es un cachorro de zorro divertidísimo que se llama Rayo; el de Beth, un cuervo hembra un poco estirada a la que llama Tormenta, y el de Zoe es Sombra, un gato fantasma que se las da de catedrático.

Así que la magia existe.

Y, además, por si todavía no me lo creía después de realizar mi juramento mágico, me invitaron a un campamento para brujas, ¡en Navidad!

¿A que suena perfecto?

Pues, verás…, las cosas se complicaron UN POQUITO.

NORMAS DEL CAMPAMENTO DE HECHICERÍA

 

 

- Es obligatorio el uso de sombrero de bruja durante el campamento.

 

- Es obligatorio incluir ropa blanca en la maleta.

 

- Los animales totémicos y su comportamiento serán responsabilidad de cada bruja.

 

- La comunicación con las familias quedará interrumpida los días que dure el campamento.

 

- Está prohibido el uso de teléfonos móviles o dispositivos electrónicos.

Capítulo 2

El día 26 de diciembre, a las ocho y cuarto de la mañana, arrastré mi maleta hasta el dormitorio de mi abuela, ante el espejo labrado con lunas, estrellas y gatos.

No fui hasta allí porque quisiese ver mi look, que, ojo, lo molaba todo. Fui porque ese espejo es algo así como una puerta mágica. A través de él se puede ir a muchos sitios, y ese día iba a llevarme al campamento mágico.

El campamento solo duraba cinco días, ¿cómo me las había apañado para llevar esa maleta gigantesca? ¡Casi había vaciado mi armario!

Pero es que, claro, no tenía ni idea de qué me iba a apetecer ponerme en cada momento. Y la ropa blanca para los hechizos ocupaba un montón…

—No te olvides del sombrero —dijo mi abuela—. Lo ponía en las normas del campamento.

Rayo se enredó en mis piernas.

—¡Cruzar, cruzar! —exclamó, nervioso.

Estaba loco por que nos marchásemos. Los días 24 y 25 de diciembre le habían parecido una tortura, ya que reunimos a toda mi familia paterna en casa y no hicimos ni medio hechizo.

Mi padre me rogó que no contase nada sobre mis poderes.

—No queremos asustar a nadie —dijo—. La gente suele ponerse nerviosa con la magia.

—Querrás decir tú —me reí—. Tú te pones nervioso con la magia.

Así que Rayo se había pasado los días grandes de las fiestas escondido en mi cuarto para que nadie preguntase por qué tenía un zorro salvaje como mascota.

Me puse el sombrero de bruja que me tendía mi abuela. Era muy parecido al que ella usaba para ir al mercado en invierno. Pero el mío no era marrón, sino morado. ¡Me encantaba! Lo habíamos confeccionado entre las dos con hilo protector.

El ala ancha le daba un aire estupendo.

—Ay, pareces una bruja de verdad —se agobió papá.

—Soy una bruja de verdad —le recordé.

—Muy a mi pesar…

Lo abracé con todas mis fuerzas.

—¿Hoy no me dices nada de la ropa? —le pregunté.

Me había puesto mi vestido de tul malva, a juego con mi sombrero, y una rebeca gigantesca con las constelaciones bordadas.

—Ya he aprendido esa lección, Mía —se rio—. Vas guapísima.

La abuela Nura asintió, orgullosa de la evolución de mi padre. Su tortuga, Sultana, empujó mi maleta con la cabeza sin moverla ni un milímetro.

Ilustración de una chica de espaldas con un sombrero acabado en punta, falda y botas ante un marco con el interior iluminado. A sus pies hay un zorro y tiene una maleta de viaje al lado.

—No quiere que llegues tarde —tradujo mi abuela.

—¡Te voy a echar mucho de menos! —lloriqueó mi padre abrazándome—. Por favor, nada de demonios, nada de conjuros peligrosos, nada de fantasmas…

—Papá —lo corté—, los fantasmas son inevitables.

La abuela se rio y le dio unas palmaditas amables en la espalda para consolarlo.

—Bueno, pues entonces toma… —dijo él y me tendió un regalo.

—¿Adelantamos el día de Reyes? —pregunté.

—Tú ábrelo. Después de ver el escalofriante horario del campamento, creo que quizá te venga bien —explicó mi padre.

El paquete estaba claro que escondía un libro.

¿Me había comprado mi padre un libro de hechizos? No le pegaba nada, vamos. Lo más seguro es que fuese un manual de kung­fú porque no se fiaba de mi magia.

—¡Regalo! ¡Regalo! —dijo Rayo intentando husmear qué era.

Al abrirlo, descubrí un cuaderno de tapas duras, encuadernado sin anillas, con las páginas en blanco. Era morado, como mi sombrero, y tenía dibujados en dorado el sol y la luna.

Agarré al instante mi medallón pensando en mamá.

—Imagina que es de parte de los dos —comentó mi padre—. Creo que hay un taller en el que lo necesitarás.

Volví a abrazarme a él y no pude evitar dar saltos de alegría.

—Es genial —confesé.

—¡Venga, venga! —se quejó la abuela—. Que solo se va cuatro días.

—Cinco y una mañana —puntualizó mi padre—. Cinco días y una mañana con brujas locas como tú.

La abuela se partió de risa.

—Qué bien lo vamos a pasar los dos solitos en casa… —dijo, y mi padre se puso blanco.

Me giré hacia el enorme espejo.

Si de niña me hubiesen dicho que podría cruzarlo para ir a casi cualquier sitio mágico, no me lo habría creído.

La abuela no me había querido explicar nada sobre mi destino y en la carta del Conciliábulo Mágico solo ponía: «Castillo encantado», lo que sonaba un poco ridículo, la verdad. En mi cabeza se veía algo así como el castillo de Disneyland. ¿Estaría lleno de princesas?

Me despedí y agarré mi maleta. Si lo alargábamos un segundo más, mi padre amenazaba con llorar, y yo no quería llegar al campamento con los ojos rojos. ¡Vaya corte!

Cogí a Rayo en brazos.

—Aventura, ¡cruzar! ¡Alegre! —exclamó y me lamió la cara.

Entonces, acaricié la superficie del espejo como me había enseñado la abuela y dije:

—Soy una bruja y quiero cruzar. Al Castillo Encantado debo llegar.

Capítulo 3

En cuanto crucé el espejo aparecí en mitad de la nieve. Bueno, en mitad de la nieve, en mitad de las montañas, en mitad de ninguna parte.

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Menos mal que había metido el abrigo en la maleta.

Amanecía sobre las cumbres nevadas y, frente a mí, se alzaba un castillo gris lleno de torreones delgados, que acababan en punta.

—Qué pasada… —dije.

Rayo se escapó de mis brazos y echó a correr por la nieve. Sus patitas dejaban huellas aquí y allá.

—¡Frío! ¡Campamento! ¡Entrar! —chillaba sin parar—. ¡Contento, Mía!

—¿Contento o nervioso? —pregunté—. Porque yo empiezo a estar nerviosa, la verdad.

Llegué al castillo y subí la leve rampa que conducía a la entrada, custodiada por antorchas encendidas.

Una puerta enorme pintada de color celeste se abrió ante mí. Conducía a un cálido vestíbulo con un árbol de Navidad gigante.

El sitio era espectacular.

Había alfombras rojas con dibujos vegetales, guirnaldas de abeto y una chimenea enorme con el fuego encendido. El techo, altísimo, tenía las constelaciones pintadas y unas escaleras de película llevaban a la planta de arriba.

Además, aquello estaba lleno de brujas de mi edad, con la misma cara de pasmo que yo y acompañadas de sus animales totémicos y sus maletas. Menudo revoltijo de lobos, gatos, culebras, lechuzas, ratones, nutrias…

—¡Mía! —Beth y Zoe corrieron a mi encuentro.

No nos habíamos visto desde hacía tres días y eso nos parecía un mundo. Nos abrazamos como si volviésemos de la guerra.

Rayo se lanzó en el acto a por Tormenta, el cuervo de Beth, que sobrevoló el vestíbulo retándolo. Sombra, en cambio, nos saludó con la cabeza, bastante sereno.

—¡Esto es flipante! —exclamó Zoe arrastrándome a las escaleras—. Ven, sube dos peldaños y alucina con el panorama.

Mi amiga no podía dejar de saltar y el gorro de bruja se le torcía cada dos por tres. Llevaba un jersey enorme de Navidad y una minifalda naranja.

Beth no defraudaba. Iba de rosa de los pies a la cabeza. ¡Hasta su sombrero de bruja era rosa! Su vestido parecía de otra época, con el lazo en la espalda y las mangas abullonadas.

—¿A que mola? —preguntó radiante—. He descubierto que existe la magia de la costura.

Ilustración de tres chicas con sombrero acabado en punta ante un gran árbol decorado con bolas. Están sonriendo en medio de una gran sala con escaleras en la que hay personas alrededor.

—Pues se te da de maravilla —afirmé.

Las brujas hablaban unas con otras, casi todas reunidas en sus aquelarres.

De pronto, me pareció ver un chico en uno de ellos. Y, justo en ese momento, entraron tres más por la puerta con

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