
Cuando llegué nuevo a este colegio, la verdad es que no me podía imaginar que los primeros meses serían tan intensos y que iba a conocer gente que ahora es tan importante para mí. ¿Será esto hacerse mayor? ¿Eso que dicen de las hormonas? Yo no noto nada especial. No sé si me está pasando algo o si me estoy convirtiendo en un idiota como mi hermano Luka. Lo malo es que, si le está pasando a todo el grupo a la vez, no nos vamos a dar cuenta, o sea que tampoco puedo confiar en Teresa, Yen, Eva o Manuel.
En septiembre, me metí en un jaleo bastante gordo con la banda de los futboleros que acabó en un partido a vida o muerte. En octubre, me apunté a las pruebas de un equipo de baloncesto y descubrí que toda mi familia me había estado engañando sobre quién era mi padre, que resulta que está desaparecido y no muerto, como me habían hecho creer.
De eso hace un par de semanas. Me enteré porque encontré una carta que mi padre, que se llama Liam, Liam Brown para más señas, había dejado oculta en un libro de Michael Jordan en el trastero de nuestra antigua casa de Albacete. Todo muy random, sí.
Me dejó bastante en shock y no supe muy bien cómo reaccionar. Todavía me acuerdo de Teresa chascando los dedos delante de mí cuando leí ese «Querido Enzo, soy tu papá». Abrí los ojos, se me secaron muchísimo, como los filetes de pollo que hace mi madre cuando está a mil cosas; luego se me cayeron un par de lágrimas que disimulé como pude. No llegué a terminar de leer la carta allí, delante de ella. La doblé y la metí en mi mochila para continuar en casa, solo.
Ella siguió chascando los dedos y hasta me dio un par de bofetadas inocentes.
—¿Qué pasa, Enzo? ¡Enzo! ¡Despierta! —me decía.
Fue entonces cuando reaccioné.
—¿Eh? —alcancé a balbucear.
—¿Qué ha pasado? ¿Has visto un fantasma?
—Algo así…
—¿Me vas a contar lo que has leído?
—No sé si estoy preparado.
No le dije nada más.
Me pasa a menudo eso, lo de callarme las cosas porque no me siento preparado para compartirlas. Necesito que pase un rato, a veces hasta un día o dos, para hablar del tema con alguien de confianza. No sé si eso está bien o mal, pero es así como soy y no me veo capaz de remediarlo.
¡Piii!
El estridente silbato de Zoe me trae de vuelta al presente, estoy en plena clase de Educación Física.
—Vale, chicos, ¡todos al círculo!
—¡Y chicas! —dice Eva, siempre pendiente de esos detalles.
—¡Eso! Y chicas. Chicos y chicas. A ver, para calentar vamos a jugar al calendario.
—¿Cómo se jugaba a eso, profe? —pregunta Rihanna, la coordinadora de la batucada.
—¿Lo voy a tener que explicar todos los años? A ver, alguien la liga y se pone en el medio y el resto os colocáis debajo de la portería. La persona que se la liga dice un mes del año y quienes cumpláis años ese mes tratáis de cruzar hacia la otra portería sin que os pille. ¿Ya?
—Aaah, vale, vale —dice parte del grupo al unísono.
La verdad es que yo también necesitaba la explicación porque no he jugado a esto en mi vida, aunque se parece mucho a otro juego que conozco.
—Mientras vamos calentando, Enzo y Teresa, id a buscar el material para jugar a atrapa la bandera —nos indica Zoe, que, como siempre, va en chándal, con unas deportivas chulísimas, unos pantalones largos con los tobillos al aire y lo que parece una camiseta de un equipo de rugby.
—Enzo, ¿no estás un poco pasivo últimamente? —me pregunta Teresa cuando estamos entrando en el almacén del gimnasio.
—¿Pasivo?
—Sí, pasivo en plan que pasas de todo y de todos.
No le falta razón, pero, joé, me han pasado muchas cosas y solo quiero estar un poco tranquilo.
—Sí, no sé… —le contesto, aunque sé que entre decir eso y no decir nada tampoco hay mucha diferencia.
—No sé qué te pasa, macho. Conseguimos la pista de baloncesto, te cogieron en el equipo de Las Cabras, descubriste la verdad sobre tu padre…, ¿qué más quieres?
Llevo una semana entrenando con el equipo, con Manuel y Alan, al que perdoné después de nuestra pelea, pero al que sigo sin entender ni soportar. Por lo visto, la semana que viene nos van a hacer la ficha para empezar cuanto antes con los partidos.
—Ya… —añado.
—Ay, mira, chico. Espabila. Cuando lo hagas, aquí estaré, como siempre —zanja mientras coge el material con el carrito del supermercado que se agenció Zoe para mover las cosas de aquí para allá.
Observo cómo se va con mi mayor cara de pánfilo.
Al verla salir por la puerta roja y oxidada, mis ojos se quedan mirando la jaula de pelotas de baloncesto. La jaula donde empezó todo. Esa donde ella cogía su Minion. Esa Minion que le rajaron, lo que la hizo llorar.
Y, tal y como me ha dicho, espabilo. Porque Teresa lleva razón. Pienso en su pobre Minion y se me ocurre un plan infalible. Sonrío, ahora sí, porque, si algo me gusta a mí en la vida, son los planes.
—Perdóname, Teresita…
—¡Que no me llames Teresita! Que ya sabes que lo odio —me dice con cariño.
—Perdooona, Teresa. Voy a cambiar y a espabilar, ¿vale? Es que creo que estoy con eso de las hormonas.
—Sí, claro, ¡ahora resulta que sabes mucho de hormonas! Toma, haz algo: coloca los conos y yo le llevo los petos a Zoe.
Ese «Haz algo» me recuerda a mi padre, pues en su carta me dejaba bien claro que no hiciera nada, que no intentara buscarle y que fuera feliz con mi madre y con mi hermano.
Que no haga nada…
Ja.
Pero es que, si no hago nada…, me aburro.
Y sonrío porque algo habrá que hacer, siempre hay algo que hacer.
Corro con mi grupo y los abrazo antes de que Rihanna, a quien le ha tocado ligarla, grite «¡Noviembre!».


—¡Mamá! ¡Ya estoy en casa!
Desde que mi madre y yo tuvimos aquella conversación en la que me confesó haberme engañado para, según ella, protegerme, algo ha cambiado entre nosotros. Y yo diría que a mejor. Yo la he perdonado y creo que hasta puedo llegar a entenderla, pero sigo un poco dolido. Básicamente, porque no me gusta que me mientan, y más en una cosa tan importante sobre mi padre.
—¡Vale, hijo! —contesta desde su habitación—. Tienes la comida en la mesa, el abuelo hoy dice que no come.
—¿Y eso? —pregunto mientras voy a su habitación a darle un beso, porque también llegamos al acuerdo de que teníamos que ser un poco más cariñosos entre nosotros cuando estamos juntos.
—No sé, dice que le ha dado una insolación en el paseo. Yo lo que creo es que queda con una amiga del club ese de andadores y se beben juntos un par de copitas de vino. Y ya no está para esos trotes.
—Mamá, ¿me estás diciendo que el abuelo se ha echado novia?
—Bueno, hijo, en su derecho está, que los mayores tenemos nuestras necesidades. Que yo estoy muy bien sola, ¿eh? Pero a nadie le amarga un dulce. ¿A que tú no dices que no a la piruleta que te ofrece la de la farmacia? Pues, ea, eso pienso yo también. Tú me entiendes, que ya eres mayor.
Yo alucino, ¡pero cómo va a tener novia mi abuelo! Y lo que es peor… ¡Cómo va a tener novio mi propia madre!
—¿Y Luka no ha comido? —pregunto.
¡PUM! Collejón.
—El que sí ha comido eres tú, una galleta concretamente, que te falta una patatita para llegar al kilo, cenutrio.
Con este las cosas siguen igual.
Suspiro y me voy a comer tranquilamente. Solo. Reflexionando sobre mis cosas mientras mastico como puedo unas espinacas a la crema, que es la manera que tiene mi madre de que coma cosas verdes: poniéndoles bechamel y queso gratinado. Y funciona.
Algo guay de hacerse mayor es que ya te van dejando hacer más cosas solo. Antes no podía comer sin un adulto delante, no fuera a ser que me atragantara con una judía blanca y no hubiera nadie para hacerme la maniobra esa del Gremlin; tampoco podía ducharme con la puerta cerrada, porque podía resbalarme y quedarme pajarito con el golpe.
Tomando el postre, recuerdo lo que estaba pensando en el colegio cuando decidí cambiar mi actitud con Teresa.
Dejo los cacharros en el lavavajillas y me voy a mi habitación.
Abro el cajón del medio
