Prólogo
Una jinete atravesaba un cementerio desierto a lomos de su unicornio salvaje.
La muchacha era más calavera que piel; el unicornio, más esqueleto que carne.
Atravesaban el lugar sin que nadie los viera, como los fantasmas atormentados de los que yacían bajo los árboles, impasibles ante el crujir de una hoja aliada con el aire o el susurro de un tronco cubierto de algas marinas.
Las criaturas del bosque se refugiaban de su ira bajo raíces aliadas con la tierra. Cada llamarada de las hojas rojo sangre se apagaba en la profundidad de su amargura.
Llegaron a un árbol, tan blanco y liso como sus huesos.
Furia del Azor apoyó el hocico en la corteza tallada donde se leía:
EQUINOCCIO DE LA LUNA DE
SANGRE — MUERTA EN COMBATE —
COPA DEL CAOS
Kenna Everhart acarició las letras del nombre de su madre.
ERIKA EVERHART — MUERTA —
ACANTILADOS ESPEJO
Kenna sacó un cuchillo del cinturón y atacó el árbol espiritual con un grito salvaje.
La corteza blanca cayó como nieve de verano hasta que las palabras «Acantilados Espejo» desaparecieron y «Muerta» fue sustituida por...
«ASESINADA»
Se permitió un último aullido de dolor antes de montar de nuevo a su unicornio salvaje.
Ya era suficiente. El cuerpo de Erika no estaba allí. Nunca lo había estado.
Y Kenna tenía trabajo pendiente.
Mientras Azor la llevaba bajo los árboles de colores, Kenna intentó ir aún más deprisa.
Aquel lugar era un monumento elemental con un vínculo que ella no tenía.
Kenna estaba aliada con los cinco elementos.
Y Azor viviría eternamente.
No.
Ambas debían vivir eternamente.
En ese momento sólo había dos cosas que interesaran a la sucesora de la Tejedora.
Venganza. E inmortalidad.
Porque Kenna Everhart no volvería a sentirse impotente nunca más.
1
El Festival de la Tierra
Skandar Smith observaba cómo los rayos del sol crepuscular danzaban entre los árboles acorazados del Nidal. Desde la puerta de la casa del árbol que compartía con sus tres mejores amigos, oía el caos familiar provocado por el deseo de salir a tiempo hacia el Festival de la Tierra.
—¡Bobby! ¡Ni siquiera te has puesto la chaqueta todavía! —exclamó Flo Shekoni con desesperación.
Las botas de Bobby Bruna aterrizaron sobre el suelo metálico con un golpe sordo.
—Me niego a cambiarme hasta el último segundo, el verde no es mi color.
—Sí, y el amarillo combina a la perfección con tu alegre personalidad —replicó Mitchell Henderson con sarcasmo.
—Puedes ahorrarte esos comentarios —lo reprendió Flo, y Skandar sospechó que Bobby le había hecho algún gesto grosero a Mitchell—. Sé que prefieres la estación del aire, Bobby, pero tenemos que irnos ya o nos perderemos el festival entero.
—Y ¿por qué te importa tanto? —gruñó Bobby—. Odias las multitudes.
—¡Fuego infernal! —exclamó Mitchell—. Se me había olvidado que tenía un desgarrón en esta chaqueta. ¡Se me ve casi todo el hombro!
—Puedes ponerte la mía —le dijo Bobby con inocencia—. Yo me quedaré con la amarilla...
—Como aceptes esa chaqueta verde, Mitchell Henderson, te juro que...
—¡Venga, alegra esa cara, Flo! —gritó Bobby entusiasmada, y enseguida se oyeron risas y pasos apresurados.
Skandar sonrió para sí y se volvió en el umbral.
—¡Eh!, ya somos polluelos. Estamos a punto de convertirnos en jinetes de unicornio formados y desarrollados por completo. —Entró en la casa del árbol y logró esquivar a Flo por poco, que corría tras Bobby, que a su vez perseguía a Mitchell—. Si seguís así, me buscaré amigos más maduros. Hay que diversificar un poco.
Flo, Bobby y Mitchell se quedaron petrificados, se miraron entre sí... y se abalanzaron sobre Skandar, derribándolo sobre el montón de cojines, entre carcajadas.
—Siento tener que decírtelo, chico espíritu —se burló Bobby—, pero nadie más te aguantaría.
Skandar lanzó un suspiro exagerado.
—Supongo que tendré que conformarme con vosotros tres, entonces. —Y por un instante perfecto, tumbado sobre los cojines de colores, rodeado de sus amigos, Skandar casi pudo fingir que estaba bien.
Al cabo de un rato, tras varios cambios y arreglos de chaquetas, el cuarteto echó a cabalgar por las calles atestadas de Cuatropuntos. Skandar y Suerte del Pícaro tenían a Bobby y a Ira del Halcón a la izquierda, a Mitchell y a Delicia de la Noche Roja a la derecha, y delante de ellos, entre un mar de isleños vestidos de verde que avanzaban hacia la plaza de los Elementos, brillaban Flo y Puñal de Plata.
—¿De verdad que va a ser un festival divertido? —preguntó Bobby.
—¿A qué te refieres? —replicó Flo por encima del hombro mientras Puñal avanzaba con paso firme. El unicornio plateado parecía tan preocupado como su jinete por llegar tarde.
—Bueno..., los diestros en tierra no son célebres, que digamos, por ser las almas de la fiesta. Si fuera el festival del aire...
—Bobby, ¿puedes dejar de quejarte de que haya cambiado la estación? —dijo Mitchell mientras las alas de Roja chocaban con las de Pícaro al pasar por una calle estrecha.
Flo se mostró un poco ofendida.
—No es que no nos gusten las fiestas, es que para nosotros supone un mayor esfuerzo que para los diestros en aire. Vosotros convertís cualquier situación en una fiesta.
—Vaya, gracias, Flo —dijo Bobby con una emoción sincera.
Mitchell soltó una risita.
—Sí, me apuesto lo que queráis a que Bobby podría convertir hasta un entierro en una fiesta...
Flo negó con la cabeza mientras Bobby alzaba una ceja.
—Lo siento, Skandar —se apresuró a decir Mitchell, horrorizado—. Lo he dicho sin pensar, no quería decir...
—No pasa nada —respondió Skandar—. De verdad, estoy bien.
Llevaba diciendo eso desde junio, y sabía que nadie le creía, pero a veces preferiría que su cuarteto no lo tratara como a un chico que se había quedado huérfano de madre, cuya hermana lo había traicionado y cuya tía se había dado a la fuga. Por eso anhelaba los momentos en los que podían limitarse a hacer el tonto juntos, y también por eso Skandar esperaba con ilusión las cartas de su padre.
Robert Smith seguía escribiendo a su hijo y le contaba lo orgulloso que se había sentido al verlo en la Prueba del Aire al final del año de Volantón. No sabía nada de los terribles sucesos que se habían producido luego. Así que, cuando Skandar le respondía, podía fingir que llevaba una vida normal en el Nidal con su hermana. Podía imaginar que la historia que le contaba a su padre era cierta.
—Pues a mí esto me parece una fiesta estupenda —dijo Mitchell intentando retomar una conversación cómoda cuando llegaron a la plaza de los Elementos.
Era el primer Festival de la Tierra al que Skandar lograba asistir y jamás había visto la plaza tan bonita. Los diestros en tierra habían cultivado un prado de flores silvestres que le llegaban a la rodilla, lleno de tonos vibrantes que emergían entre la hierba alta, que, de algún modo, parecía resistir el pisoteo de cientos de pezuñas de unicornio. Todo el lugar olía fresco y perfumado, y los puestos diseminados por la plaza lucían un llamativo aspecto de aliados con la tierra, como cabía esperar: algunos parecían cuevas llenas de gemas en los que los clientes podían elegir piedras preciosas y transformarlas en joyas, mientras que otros mostraban bancales de tierra, con flores o verduras listas para arrancar del suelo y asar allí mismo. Y, como siempre, había actividades para entretener a los jinetes y unicornios más inquietos: una cuerda de tira y afloja hecha de enredaderas florecidas, un circuito de obstáculos con imanes gigantes y un concurso de esculturas de arena con creaciones de lo más ambiciosas. Skandar vio una reproducción del Criadero, con su puerta perfectamente redonda.
Mientras escuchaba el alegre bullicio de los asistentes, Skandar sintió una punzada de envidia. ¿Cómo era posible que para ellos nada hubiera cambiado cuando apenas unas semanas antes su mundo entero había dado un giro irreversible? Erika Everhart, la aliada del espíritu oscuro, la mayor enemiga de la Isla, la Tejedora, estaba muerta. Pero, por muchos nombres que le hubieran dado, también había sido la madre de Skandar, y su pérdida le producía un dolor insoportable. Incluso después de todo lo que le había hecho a la Isla. A su hermana. Con su hermana.
El cuarteto desmontó, hasta Bobby se mostraba impresionada y miró a su alrededor. Skandar intentó dejar de lado sus pensamientos más oscuros. Estaba a punto de preguntar si alguien quería compartir un cuenco humeante de patatas asadas cuando se acercaron tres jinetes del Nidal.
Skandar los reconoció enseguida. Marcus, con su unicornio Órbita de la Tormenta de Arena, había sido elegido nuevo comandante de la Sociedad Peregrina, la unidad de vuelo de élite del Nidal. Estaba flanqueado por Patrick, otro grino, a lomos de Engaño del Huracán, y, para asombro general, la hermana menor de Bobby, Isabel Bruna, montada en su unicornio recién vinculado, Heraldo del Tsunami.
Se notaba enseguida que Bobby e Isa eran familia: tenían el mismo flequillo de un tono castaño austero, la misma piel aceitunada. Pero Isa llevaba el pelo largo, recogido con esmero en dos trenzas, y tenía unos ojos más grandes y brillantes, como si siempre se sorprendiera de los líos en los que se metía. Y, mientras Halcón era gris pizarra, Heraldo era blanco como la nieve.
—¡Isa! —exclamó Bobby—. ¿Qué haces en el Festival de la Tierra? ¡Los cascarones no pueden venir!
Skandar nunca había oído a Bobby hablar con ese tono, tan parecido al de Flo.
Isa chasqueó la lengua.
—Como siempre, te equivocas, hermana. La comodoro cambió las reglas.
—Ah. —Bobby se quedó desconcertada, pero enseguida dirigió su atención a Marcus y Patrick—. Vale, otra pregunta. ¿Qué hacen dos depredadores por ahí con una cascarón?
—No andamos por ahí con ella —protestó Patrick, con el pelo mutado erizado como si acabara de recibir una descarga—. Es que no deja de seguirnos.
—Cruel pero cierto —concedió Isa acariciándole el cuello a Heraldo.
—Isa... —dijo Bobby, pero luego respiró hondo, como si estuviera intentando calmarse.
Flo observó la escena con un gesto de aprobación. Llevaba tiempo animando a Bobby a hacer borrón y cuenta nueva con su hermana ahora que vivían en la Isla. El problema era que, como Skandar había comprendido en cuanto llegó Isa, la hermana de Bobby era muy muy muy irritante.
—Busco a un polluelo —dijo el comandante Marcus ignorando a las hermanas—. Un diestro en tierra llamado Elias que monta a Imán Saqueador. ¿Lo habéis visto?
Nadie lo había visto.
—¿Todo bien? —preguntó Flo.
—No estoy seguro —respondió Marcus con el ceño fruncido de preocupación—. A varios amigos de Elias los declararon nómadas después de sus Pruebas del Caos. El monitor Webb no lo ha visto desde hace días. Está preocupado.
—Ya aparecerá, amigo —dijo Patrick con tono tranquilizador—. Y entonces podremos volver a hablar de cómo me traicionaste y elegiste a Fen como tu capitana.
Marcus gruñó con un gesto de buen humor mientras se despedían y se dirigían al siguiente grupo de jinetes del Nidal. Bobby consiguió agarrar las riendas de Heraldo antes de que Isa pudiera seguirlos.
—¿Qué te parece si pasamos un rato juntas? Así podemos reforzar nuestros vínculos —propuso haciendo un esfuerzo enorme por sonar amable—. Podríamos visitar una de las cuevas de gemas. ¿Qué te parecería algo azul para tu elemento?
Isa puso los ojos en blanco. Skandar se preguntó cuál de las dos había empezado con esa costumbre.
Skandar, que tenía tanta hambre que no paraba de rugirle el estómago, se volvió hacia Flo y Mitchell, pero éste ya se dirigía con Delicia de la Noche Roja hacia un grupo de herreros que escuchaban a un bardo que cantaba sobre la próxima cosecha.
—He quedado con..., voy a ver si Jamie... —La voz de Mitchell se perdió entre la multitud del festival mientras se abría paso para buscar a su novio.
—¿Patatas? —le preguntó Skandar a Flo, que asintió con entusiasmo. Las vetas plateadas de su peinado afro refulgieron con intensidad.
Mientras hacían cola, Skandar vio a Rex Manning cerca, rodeado por miembros del Círculo de Plata. Un escalofrío le recorrió la espalda al distinguir el anillo de estado de ánimo de Nina Kazama en el pálido dedo de la comodoro. Rex había mostrado quién era de verdad durante el solsticio de verano, cuando apresó a todo diestro en espíritu que pudo atrapar. Los demás monitores del Nidal habían protegido a Skandar, pero él tenía miedo de que Rex pudiera poner fin a esa protección en cualquier momento.
Se volvió hacia Flo.
—¿Por qué nadie investiga la muerte de Nina? Estoy seguro de que Rex la mató. ¿Cómo pueden permitir que un asesino se convierta en comodoro? ¿Te ha dicho algo Rex? ¿Sobre Nina? ¿Sobre mí? ¿Sobre Agatha? ¿Sobre qué piensa hacer con el elemento espíritu cuando...?
Rápida como un ataque de relámpago, Flo le puso los dedos en los labios y Pícaro gruñó.
—Skar, tienes que dejar de hablar de esto —dijo ignorando al unicornio negro—. No hay pruebas de que Rex matara a Nina.
—¿Es que no has visto que lleva su anillo puesto?
Flo negó con la cabeza.
—Podría haber muchos motivos. Tal vez sea por respeto. ¿No estaban juntos en la Sociedad Peregrina?
—Sí, pero...
—Yo tampoco me fío de Rex, ¿vale? No después de que intentara deteneros a ti y a Agatha. Pero no creo que sea un asesino. Y no tiene más prejuicios contra el elemento espíritu que la mayoría de la gente de la Isla. Recuerda que nos salvó de su padre al final del año de Pichón. Y al parecer sigue teniendo a Dorian encerrado en la prisión. —Tragó saliva—. Rex es una persona complicada, creo. En el Círculo de Plata he oído rumores acerca de su infancia. Al parecer no lo tuvo nada fácil y lo pasó muy mal.
Skandar gruñó, incrédulo.
—Bueno, no es que yo haya tenido una vida muy fácil que digamos. ¡Y no he matado a nadie!
Flo suspiró.
—No creo que sea tan malo como para hacer algo así. Me parece que cumplirá la promesa de Aspen y permitirá que los diestros en espíritu regresen si logras terminar tu entrenamiento. Rex cumple su palabra, Skar. Sólo quiere proteger la Isla, nada más.
Skandar no tenía ganas de seguir discutiendo. A Flo no le gustaba pensar mal de los demás, siempre se mostraba optimista, y era uno de los rasgos que más le gustaba de ella, pero él estaba convencido de que Rex Manning era una de las personas más peligrosas que había conocido.
—Dentro de unas semanas empezaremos con el entrenamiento de los polluelos —dijo Flo dedicándole a Skandar una de esas sonrisas que le hacía olvidar dónde estaba—. Disfruta del presente en lugar de preocuparte tanto.
Skandar se encogió de hombros, consciente de que también se refería a Kenna. En el último mes se había fijado en que Flo lo observaba con especial atención. Tal vez se había dado cuenta de que él no dejaba de darle vueltas una y otra vez a los sucesos de junio: la traición de Kenna, su intento de forjar una nueva generación de jinetes y, lo peor de todo, el momento en que había matado al unicornio de Agatha, Canto del Cisne Ártico.
—Créeme, lo sé por experiencia —continuó Flo—. Preocuparse no sirve de nada. ¿Qué sabor te apetece? —Señaló el cartel que había sobre el puesto de patatas fritas.
Bajo las palabras PATATÍN Y PATATÁN figuraban las distintas decisiones que los clientes debían tomar antes de pedir sus patatas: nivel de crujiente (de tiernas a rompemuelas), nivel de sal (de pizca a agua de mar) y, por último, el sabor, con al menos veinte opciones, desde romero hasta limón, ternera o chocolate.
—¿Crees que el chocolate y las patatas asadas combinan bien? —preguntó Skandar.
—Sólo hay una forma de averiguarlo. —Flo le guiñó un ojo y se agachó junto al cajón de madera para buscar una patata oculta en la tierra.
Skandar estaba a punto de imitarla cuando se fijó en algo extraño que había en las estatuas del centro de la plaza de los Elementos. El rayo, las olas y las llamas eran del habitual gris cemento, pero la roca dentada de la tierra tenía pintada una larga franja blanca en el centro.
De pronto, el corazón empezó a latirle con fuerza y la respiración entrecortada no le permitía oír nada más. Mientras el pánico le nublaba los sentidos, el bullicio alegre de la multitud esmeralda se convirtió en un murmullo lejano. ¿El hecho de pintar la estatua formaba parte del festival? No podía ser. Los organizadores se habrían dado cuenta de que ello habría sembrado el miedo entre la gente. Se parecía exactamente a aquella marca. A «su» marca.
—¿Flo? —dijo Skandar con un deje de pánico.
Su amiga levantó la vista, alerta. Habían pasado por tantas cosas juntos que reconocía el miedo en su voz.
—Por favor, dime que la estatua de tierra ha estado así todo el tiempo —continuó Skandar señalando la roca—. Dime que lo único que ha ocurrido es que alguien ha tenido la pésima idea de gastar una broma de muy mal gusto.
Flo se incorporó para mirar.
—No estaba así hace unos minutos, Skar.
Sin decir una palabra más, subió de un salto a lomos de Puñal. Skandar montó a Pícaro, que le envió un pulso de calma a través del vínculo al percibir su inquietud.
Algunos de los asistentes empezaron a fijarse en la estatua, la señalaban o la observaban con incredulidad mientras la preocupación se extendía por la plaza de los Elementos.
En cuestión de segundos, Halcón y Heraldo emergieron entre la multitud de asistentes y se detuvieron junto a Puñal y Pícaro. Skandar sintió un gran alivio al ver que Mitchell también se acercaba, además de Jamie y Roja, que atravesaban el prado de flores silvestres. Pícaro chilló, como si quisiera apremiar a su ardiente mejor amigo para que se diera prisa.
—No lo entiendo —dijo Isa mientras el cuarteto disponía a los unicornios en círculo defensivo, protegiendo a Heraldo del Tsunami detrás de ellos—. Sólo es una estatua pintada, ¿por qué todo el mundo...?
—Es la marca de la Tejedora —dijo Bobby con voz tensa—. Como la franja que tenía en la cara. Como la llamarada de un unicornio de espíritu.
—Pero ¿la Tejedora no está muerta? ¡Los isleños de mi cuarteto me dijeron que el comodoro Manning la mató! —insistió Isa.
—No la mató —gruñó Skandar—. Pero sí, está muerta. La vi morir.
Isa permaneció en silencio.
—¿Quién haría algo así? —preguntó Jamie enfadado.
—Se me ocurre una persona—respondió Mitchell mirando de reojo a Skandar.
—Pero no sería capaz de intentar nada, ¿verdad? —murmuró Flo—. Sería demasiado arriesgado. Hay demasiados centinelas, plateados por todas partes. Está el Consejo de los Siete al completo aquí. Y el comodoro.
En ese instante los unicornios que ocupaban la plaza empezaron a desplomarse.
Los jinetes gritaron de sorpresa al caer de sus monturas. Comenzaron a encenderse las bengalas de emergencia de las sillas de los centinelas aliados con la tierra, todos fueron cayendo. La plaza se inundó de un humo verde. Los isleños rompieron a chillar mientras los unicornios que sobrevolaban el festival se desplomaban, arrasando puestos y esculturas de arena. Órbita de la Tormenta de Arena cayó sobre una cueva de gemas, que se vino abajo entre una lluvia de piedras de colores, mientras el comandante Marcus intentaba salir de la montaña de escombros.
Pícaro bramó confundido mientras Skandar y él observaban a Gabriel, con el cabello de piedra, que se inclinaba sobre el cuerpo gris claro de Valor de la Reina, suplicándole que despertara. Aisha llamaba una y otra vez a Esmeralda de Daga mientras las flores de su cabello se marchitaban de angustia. Freya tiraba de la crin de Rapaz Terrestre entre lágrimas. Presa del pánico, Skandar dirigió la mirada hacia Marcus, donde Órbita yacía sobre un mar de gemas.
—Son los diestros en tierra —gritó Mitchell—. ¡Sólo afecta a los unicornios de tierra!
—Excepto a Puñal —susurró Flo entrelazando las manos en su crin plateada como si intentara mantenerlo en pie.
El tiempo pareció ralentizarse en la plaza. Skandar observó los cuerpos inmóviles, las alas abiertas en el suelo en ángulos extraños, como ángeles caídos.
—Sobrevivirán, ¿verdad? —preguntó Isa, con el rostro desencajado, abrazando el cuello blanco de Heraldo del Tsunami, como si temiera que su unicornio de agua fuera a desplomarse también—. No están muertos, ¿verdad?
Skandar abrió la boca para responder, pero los unicornios caídos lo hicieron por él. Como uno solo, los unicornios de tierra se alzaron cual fantasmas salidos de sus tumbas. Pero no estaban muertos. Cuando sus cuernos transparentes brillaron con un resplandor fantasmal a la luz de las antorchas de la plaza, Skandar comprendió que la situación era mucho más aterradora.
Todos los unicornios de tierra se habían vuelto salvajes.
Pícaro bramó, Halcón y Puñal chillaron, y Heraldo y Roja se encabritaron mientras el aire se impregnaba del hedor putrefacto de los unicornios salvajes. Mitchell le suplicaba a Jamie que corriera, y se alejó a toda prisa gritando a los herreros cercanos que se refugiaran en las fraguas.
Por toda la plaza de los Elementos, los diestros en tierra quedaron paralizados por el horror. Los unicornios a los que habían amado desde el momento en que se cruzaron sus miradas en el Criadero se habían transformado en los monstruos que les habían enseñado a temer. Los pelajes, que hasta entonces habían refulgido con un brillo especial, ahora se mostraban apagados. Los músculos de las alas, que habían tardado años en desarrollarse, se consumían mientras los cuerpos bien alimentados comenzaban a encogerse y arrugarse dejando al descubierto los relieves de sus huesos en cuestión de segundos.
Algunos jinetes huyeron de la plaza presas del pánico. Otros se quedaron, suplicando, rogando, deshechos en lágrimas, mientras sus amados unicornios lanzaban descargas contra todo lo que quedaba a su alcance y arrasaban la plaza sembrando el caos. El comodoro Manning y su Consejo de los Siete se habían organizado en una línea defensiva y disparaban rayos para intentar alejar a los unicornios salvajes de la multitud.
—¡Deteneos! ¡No sabe lo que hace! ¡No le hagáis daño! —gritaba Farooq tratando de proteger a Tomillo Tóxico de su magia aérea. Pero el unicornio le gruñó, lo embistió de lleno y lo lanzó por los aires. Cayó en la hierba alta del prado.
—¡Esto es horrible! —gritó Flo al invocar un escudo de arena para defenderse de la ráfaga de humo fétido de un unicornio salvaje.
—Pero ¿cómo? —exclamó Mitchell lanzando una bola de fuego hacia Esmeralda de Daga, intentando detenerla sin hacerle daño—. Es imposible. Los unicornios vinculados no se vuelven salvajes sin motivo...
Un unicornio salvaje se lanzó en picado sobre ellos.
Un unicornio salvaje con jinete.
La jinete en cuestión lucía una franja blanca en el rostro, desde la coronilla hasta la punta del mentón. Pero ahí terminaban las semejanzas con la Tejedora, porque aquella jinete tenía el brazo cubierto de enredaderas con espinas, púas de hielo en el cuello, lava en las venas, plumas en las orejas y la mitad de su cabeza era una calavera. Y, aunque Skandar no hubiera visto nada de eso, habría reconocido a su hermana en cualquier lugar.
Kenna Smith aterrizó con Furia del Azor en medio del caos de unicornios desbocados, jinetes que imploraban que parase e isleños que intentaban darse a la fuga. Y se echó a reír. Sin parar.
Skandar apenas era consciente de que estaba montando a Pícaro entre la multitud de diestros en tierra que gritaban. Casi no notaba los escudos elementales que alzaba para desviar las descargas de los unicornios que se habían vuelto salvajes. Apenas podía oírse a sí mismo gritar el nombre de su hermana.
—¡KENNA!
Una desesperación feroz por alcanzarla hervía en las venas de Skandar, aunque no sabía qué haría cuando llegara. ¿Atacarla? ¿Abrazarla?
—¡Detenedla! —La orden autoritaria de Rex Manning resonó sobre los bramidos de los unicornios salvajes. El comodoro y todo su Consejo de los Siete aliados con el aire avanzaban al galope hacia Azor desde el lado opuesto de la plaza.
Kenna dejó de reír. Montada a lomos de Furia del Azor se alejaba del comodoro en dirección hacia Suerte del Pícaro. Las alas podridas de Azor se abrieron de golpe, y el prado se marchitó en cuanto sus rodillas esqueléticas rozaron las flores. Por un momento, Skandar pensó que iba a chocar con Pícaro, pero segundos antes del impacto el unicornio salvaje alzó el vuelo y pasó justo por encima de su cabeza.
Skandar contuvo las lágrimas. No porque Kenna se hubiera pintado para parecerse a la Tejedora. No porque fuera, con toda probabilidad, la responsable de que los unicornios de tierra se hubieran vuelto salvajes. Sino porque su hermana ni siquiera lo había mirado. Lo cierto era que la echaba de menos. Aunque supiera que debía considerarla una enemiga, lo único que deseaba era hablar de lo ocurrido en junio. ¿Estaría sufriendo ella también? ¿Estaría enfadada, como él, después de que Erika Everhart los hubiera abandonado de nuevo?
Skandar no se había dado cuenta de que su cuarteto estaba a punto de alcanzar a Pícaro.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Bobby entre dientes. Tenía grandes dificultades para proteger a su hermana de las ráfagas que lanzaban los unicornios de tierra. Isa acababa de empezar el entrenamiento de cascarón, y sus intentos de usar magia causaban más daño que ayuda—. Heraldo aún no puede volar. Tendremos que cabalgar hasta el Nidal.
Cuatropuntos estaba sumido en el caos absoluto mientras el cuarteto se abría paso, con el joven Heraldo del Tsunami protegido entre ellos. Los unicornios de tierra no parecían mostrar un recelo tan grande hacia los asentamientos humanos como los unicornios salvajes normales, y Skandar vio al menos a una docena atravesando las calles estrechas. Otros ya habían prendido fuego a casas de madera construidas en los árboles o destrozado escaparates. Algunos jinetes intentaban atraparlos; otros se refugiaban en los zaguanes o trepaban a los árboles.
—De vinculados a salvajes. Es imposible —repitió Mitchell cuando llegaron al pie de la colina del Nidal.
—Pues es lo que acaba de ocurrir, Mitchell —le espetó Bobby—. Es evidente que es posible.
—¿Por qué Puñal no se ha visto afectado? —preguntó Flo con un hilo de voz.
—Podría tener que ver con que Puñal sea un plateado —aventuró Skandar—. Los unicornios de plata no son tan vulnerables a la magia de espíritu.
—Puñal es el único plateado aliado con la tierra, ¿verdad? —confirmó Bobby.
—Aparte de Elora y Soldado de Plata —respondió Mitchell, que ya andaba planificando la estrategia—. Deberíamos enviar un mensaje a Agatha y ver cuál es la situación de los errantes. ¿Son todos los unicornios de tierra o sólo los que estaban esta noche en la plaza de los Elementos?
Flo no podía dejar de lado la preocupación que sentía por Puñal.
—¿Me estás diciendo que Kenna ha usado el elemento espíritu para hacer esto? ¿Y que, como Puñal es un plateado, es imposible que le afecte?
—Lo sabremos con certeza cuando hablemos con Elora —respondió Skandar con cautela, aunque ya estaba pensando en que los unicornios salvajes tenían afinidad con el elemento espíritu. En que sólo los diestros en espíritu podían ver y romper los vínculos para matar unicornios. Y en que eso no funcionaba con los plateados.
—¿Por qué iba a hacer tu hermana algo así? —preguntó Isa con tono acusador.
Skandar se enfadó.
—Kenna lo ha pasado... muy mal. No creo que sea consciente de lo que está haciendo.
—¿De verdad la estás defendiendo? —preguntó Bobby con incredulidad—. ¿Después de lo de Canto del Cisne Ártico?
—Ya basta, Bobby, ¿vale? —la interrumpió Flo de forma más tajante de lo habitual.
Mitchell intentó aliviar la tensión con pragmatismo.
—Más que preguntarnos por qué lo ha hecho Kenna, la pregunta más aterradora es cómo. ¿Cómo ha podido afectar a tantos unicornios al mismo tiempo? Ese tipo de magia, ese poder, significa que...
—Estamos todos en peligro —concluyó Skandar.
Porque Kenna era más poderosa que cualquier jinete que Skandar hubiera visto jamás. Y estaba de duelo, igual que él.
Una combinación tan terrible como aterradora.
2
Nuevas reglas
Aturdido por el impacto de lo ocurrido en el Festival de la Tierra, el cerebro de Skandar seguía sufriendo cortocircuitos y no podía dejar de pensar en su hermana. Fuera de su círculo de confianza nadie sabía que era la hija de Erika Everhart, pero, con esa franja que tenía ahora en la cara, se daba cuenta de las muchas similitudes que tenía con la Tejedora.
¿De verdad era Kenna la responsable de haber convertido a los unicornios de tierra en salvajes? ¿A todos? ¿Cómo lo había hecho? ¿Cuánto tiempo iba a durar aquello? ¿Cuál iba a ser su siguiente paso?
Cuando el cuarteto de Skandar intentó acomodar a sus unicornios en los establos (los cepillaron, les llenaron los cubos de agua, les lanzaron un par de patas de cabra), el Nidal ya era un hervidero de susurros temerosos.
—El comodoro está aquí —susurró Benji, que se encontraba un par de establos más allá. El diestro en aire estaba curando una herida en el cuello de Susurro Maldito (aunque, si era producto de magia salvaje, nunca sanaría).
Art se encogió de hombros.
—Rex es el monitor de aire. Digamos que tiene su lógica.
—Bueno, está convocando una reunión. —Benji enarcó una ceja alada.
—También lo he oído —murmuró Mariam echando el cerrojo de la puerta del establo de Antigua Luz Estelar.
—¿Qué? ¿Ahora? Ya son casi las diez —dijo Niamh.
—¿Y podrías dormir después de lo que ha pasado esta noche? —replicó Benji tapando el frasco de ungüento.
—¿Cómo está Farooq? —preguntó Mariam sin alzar apenas la voz.
Niamh, Benji y Art se miraron entre sí. Farooq era el diestro en tierra de su cuarteto.
—Tomillo Tóxico huyó como un rayo de la plaza de los Elementos. Le dije a Farooq que era demasiado peligroso ir a buscarlo, pero... —Niamh miró a Nadanieves—, admito que nadie podría impedirme que fuera a buscar a mi unicornio, por muy salvaje que se volviera. ¿Y Elias? Tú te uniste a su trío para las Pruebas del Caos, ¿no?
Mariam se ajustó el pañuelo.
—Hace días que no los veo ni a él ni a Imán Saqueador. Le afectó mucho perder a Walker y a Romily. Le dije que podíamos seguir juntos, los dos, aunque las pruebas hubieran terminado. —Se estremeció a pesar del cálido anochecer de verano—. Después de lo que ha pasado esta noche, ahora estoy mucho más preocupada por él.
Los cuatro jinetes se dirigieron hacia el bosque del Nidal sin dejar de hablar en voz baja.
—¿Has oído eso? —le preguntó Skandar a Mitchell.
Mitchell asintió y salió del establo de Roja.
—Elias sigue desaparecido.
—No, eso no. Rex está celebrando una reunión junto a la Gran Brecha. Ahora mismo.
—A ver qué dice ese Melón Buscabroncas —dijo Bobby alisándose las plumas del brazo.
—Preferiría que no le pusieras esos apodos tan tontos, Bobby —replicó Flo con incomodidad—. Es el comodoro.
—También es un asesino —afirmó Bobby con dureza—, así que lo llamaré como me dé la gana.
Bobby estaba tan convencida como Skandar de que Rex había matado a Nina Kazama. Sobre todo, después de oír la historia de cómo Rex había abandonado la Sociedad Peregrina cuando eligieron a Nina como comandante en lugar de a él.
—Quiero decir, hasta yo reaccioné de un modo algo dramático cuando ese club de pájaros idiotas eligió a Skandar antes que a mí —añadió Bobby.
—¿De un modo algo dramático? —preguntó Mitchell en tono burlón—. ¡Pero si prácticamente estuviste a punto de dejar el cuarteto!
—Pero no maté a nadie, ¿verdad? Una cosa son los celos y otra la pura maldad.
El problema, pensó Skandar mientras unos aguiluchos con aires de autoridad los guiaban hacia el claro del Nidal, era que nadie más creía que Rex Manning fuera malvado. Y ahora era el comodoro, jefe del Círculo de Plata y monitor de aire del Nidal. Era imposible evitarlo.
El claro estaba abarrotado cuando llegó el cuarteto. Había faroles que colgaban de las ramas y los puentes e iluminaban a los jinetes en aquella noche de agosto sin luna y resaltaban los profundos surcos de las líneas de falla. Skandar observó cómo elevaban una plataforma con cuerdas, la misma que Aspen McGrath había usado al pronunciar su discurso sobre la erradicación del elemento espíritu tres años atrás. El simple hecho de pensar en ello lo hizo sentirse muy mayor y muy cansado.
El comodoro Manning bajó de un puente colgante y subió a la plataforma suspendida, seguido de cerca por los monitores Anderson y O’Sullivan. Skandar se fijó en el destello de las máscaras de los centinelas, ocultos como fantasmas acorazados entre las hojas.
—Oh, no, mira al monitor Webb —susurró Flo con un deje de profunda tristeza.
Skandar tardó un segundo en distinguir al monitor de cabello musgoso, cuya figura encorvada emergía entre los árboles sombríos detrás de O’Sullivan. Le temblaban los hombros, llevaba una capa verde torcida y su rostro cubierto de arrugas estaba surcado de lágrimas.
—Polvo de Luna debe de haberse vuelto... —dijo Bobby sin poder terminar la frase ante la desolación que sintió al ver a todo el Nidal mirando al monitor de tierra sumido en el dolor.
En ese momento Rex Manning dio un paso al frente, se situó por delante de los otros tres monitores del Nidal y alzó una mano pidiendo silencio.
—Eso no está bien —dijo Mitchell colocándose las gafas sobre la nariz con fastidio—. Rex será el comodoro, pero se supone que los cuatro monitores elementales son iguales.
—No creo que le importe —murmuró Skandar mientras el comodoro Manning tomaba la palabra.
—En primer lugar, quiero dirigirme a todos los diestros en tierra aquí presentes y ofrecerles mis más sinceras disculpas. Mi deber como comodoro es mantener a salvo a todos los jinetes y unicornios. Y os he fallado. ¿Podréis perdonarme por permitir que se produjera esta terrible atrocidad? No creo que yo pueda llegar a perdonarme.
Bobby puso los ojos en blanco. Pero la mayoría de los jinetes parecían pendientes de todo lo que decía Rex, y muchos diestros en tierra lloraban y asentían.
—Os prometo que mis investigadores trabajarán día y noche para solucionar lo que ha ocurrido con vuestros unicornios. Encontraremos la respuesta. A los demás que hoy os encontráis aquí, os digo esto...
Rex hizo una pausa. Unos destellos eléctricos plateados le iluminaron las mejillas. De algún modo daba la impresión de que miraba a cada jinete de forma individual, y Skandar se estremeció ante la intensidad de los ojos verdes del comodoro.
—El Nidal es el futuro de la Isla. Vosotros sois nuestro futuro, y lo que ha ocurrido esta noche ha sido un acto de guerra. —Señaló hacia abajo, en dirección a Cuatropuntos—. La Tejedora tiene un nuevo nombre, y ese nombre es Kenna Smith.
Los jinetes que se encontraban cerca de Skandar se apartaron de él. Otros se volvieron a mirarlo y susurraron tapándose la boca. Mitchell le rodeó los hombros con un brazo protector.
Rex continuó:
—Kenna Smith es mucho más peligrosa de lo que Erika Everhart fue jamás. El poder oscuro que ha usado esta noche ha afectado a todos y cada uno de los unicornios de tierra de la Isla. No sólo a los que estaban en el festival. A todos. Hasta el último.
—Excepto a Puñal —susurró Flo.
Un mar de murmullos inquietos recorrió la multitud. Detrás del comodoro, el monitor Webb lanzó un lamento desgarrador.
«Oh, Kenna. ¿Qué has hecho?» Las palabras resonaban en la cabeza de Skandar.
Una leve brisa agitó el cabello rubio ondulado del comodoro mientras proseguía.
—No os digo esto para asustaros, sino para que os preparéis. Porque debemos estar preparados. Y por eso yo... —Miró por encima del hombro a los demás monitores—. Nosotros, el Nidal, nos adaptaremos a esta nueva amenaza. Lo que nos obliga a introducir algunos cambios que nos mantendrán unidos, fuertes y centrados en la lucha contra nuestro nuevo enemigo.
El miedo se apoderó de Skandar. El cambio era peligroso. Él era el hermano del nuevo enemigo, un diestro en espíritu. El cambio podía implicar su propia desaparición. Y no era el único que lo pensaba. Mitchell lo estrechó con más fuerza, Bobby se movió a un lado para taparlo con el cuerpo y Flo le apretó el brazo con fuerza.
—Monitor Manning, no hemos celebrado ningún debate sobre ningún cambio —la voz de la monitora O’Sullivan resonó por todo el claro—. No somos tu Consejo de los Siete. En el Nidal, los cuatro monitores deben llegar a un acuerdo antes de aplicar nuevas medidas.
Skandar tuvo la sensación de que la monitora de agua empleaba un tono deliberadamente alto para que todos los que se agrupaban en torno a la Gran Brecha pudieran oírla.
—Por supuesto —respondió Rex con un tono afable—. Pero, como comprenderás, monitora O’Sullivan, lo que ha sucedido esta noche ha sido de lo más inusual. Los cambios que estoy aplicando nos permitirán adoptar una postura de fuerza para que podamos protegernos mejor de futuros ataques.
La mayoría de los jinetes estaban demasiado ocupados observando el rostro seguro de Rex para fijarse en cómo sus dedos se aferraban a la muñeca de la monitora O’Sullivan, obligándola a situarse detrás de él. Pero Skandar sí lo vio, y el rostro de la monitora de agua palideció de asombro cuando Rex retomó la palabra.
—Kenna Smith tiene acceso, gracias al robo de Furia del Azor, a los cinco elementos salvajes. Ahí reside su poder. Pero también su debilidad. La mayor fuerza de un unicornio vinculado está en su elemento aliado, y eso es algo que nuestra nueva enemiga jamás podrá comprender del todo.
—¿De qué está hablando? —susurró Bobby.
—No me gusta el derrotero que está tomando esto —dijo Mitchell en ese preciso instante.
Parecía que toda la multitud contenía el aliento. El corazón de Skandar latía desbocado.
—Hasta que haya pasado esta nueva amenaza, los jinetes del Nidal se entrenarán sólo en su elemento aliado —anunció Rex.
Una oleada de murmullos inundó el claro. Skandar miró a los otr
