Anteriormente en Telmo Lobo…
Años después de la misteriosa desaparición del teniente de navío Alonso Lobo y su barco, sus hijos —Telmo, Mía y Sammy, acompañados de su amiga Carmina— reciben una visita sorpresa que los sumerge en un viaje inesperado. Así llegan a Etérea, «El Otro Lado», un mundo fantástico donde habita su difunto abuelo. Allí descubren que su padre ha sido secuestrado por Vértigo, el archienemigo de su abuelo, y que ha jurado destruir a la familia Lobo al completo. Para salvarlo, los cuatro se adentran en el clásico literario Moby Dick, de donde logran escapar con vida tras enfrentarse a peligrosos marineros como Fedallah, aunque no consiguen traer a su padre con ellos.
Tras una victoria agridulce, Telmo, Carmina, Sammy y Mía vuelven a su vida normal en Santa Fe. Sin embargo, no pueden ignorar que su padre sigue vivo y está en manos de un ser tan despreciable como Vértigo. Y Vértigo tampoco los dejará en paz. Sin darles tregua, vuelve a perseguirlos en Santa Fe, haciéndoles la vida imposible hasta que se adentran en un nuevo desafío para rescatar a su padre. Esta vez viajan a la novela La isla del tesoro y los acompaña también su madre Paula, a quien cruelmente Vértigo transforma en un roedor.
Atrapados en una isla llena de piratas despiadados, los Lobo y Carmina se alían con el joven Jim, el doctor Livesey y John Trelawney para buscar a su padre. Deben poner su ingenio a prueba, pues allí también los espera el astuto John el Largo, que, guiado por Vértigo, busca cualquier medio para acabar con ellos.
Superando enfrentamientos peligrosos y trampas inesperadas, consiguen llegar hasta la Gran Calavera en lo alto de la montaña, donde está encerrado su padre junto a la cámara del tesoro pirata. Después de un enfrentamiento final con Vértigo y sus compinches en el que casi son vencidos, consiguen huir de la novela gracias a la ayuda de sus amigos de Etérea, salvando así a Alonso y regresando todos juntos a Santa Fe sanos y salvos.

Cuatro sombras se proyectaron fugazmente sobre la fachada de la iglesia de Santa Rita, una auténtica joya del siglo XII y una de las más bonitas del Mediterráneo, para luego desaparecer en el silencio de la noche.
El tintineo de una farola acentuaba la espesura de la niebla, que caía como un manto sobre Bona Fide, la capital de Santa Fe.
Las cuatro sombras volvieron a emerger de entre la bruma, pero esta vez en lo alto de la cúpula del Banco Central de la Bahía, uno de los más antiguos del mundo. Cubiertos de pies a cabeza, parecían fantasmas en la noche realizando movimientos ensayados al milímetro.
El banco era como un viejo museo desde el exterior, pero su interior albergaba los sistemas de control y vigilancia más modernos: monitores antisísmicos, detectores de movimiento y sensores de última gama.
El rojo de un láser brilló en la oscuridad de la noche cortando, como si fuera un bisturí, un círculo perfecto junto al centro de la cúpula. Una vez removida la pieza, y tras indicaciones y gestos con las manos, los cuatro se dispusieron a descender hacia el interior del banco.

La precisión era perfecta; parecían artistas de circo ejecutando un número insuperable. Atados a unos arneses de última generación, fueron descendiendo uno a uno, cortando el aire estancado del interior como si fueran cuatro grandes estiletes. En una coreografía perfecta, fueron esquivando los sensores de seguridad hasta llegar ante la enorme caja fuerte. Una vez allí, colocaron unos dispositivos magnéticos sobre la puerta. Uno de ellos, que parecía una chica, se puso unos auriculares, sacó una pequeña tableta y tecleó. Pocos segundos después se escuchó un pequeño zumbido, casi imperceptible. Entonces, uno de ellos giró la gran rueda que presidía la caja y esta se abrió sin resistencia. Los cuatro chocaron sus palmas, como señal de triunfo, y continuaron con el plan.
Sacaron unas bolsas negras y, en silencio, pero con una precisión sorprendente, comenzaron a llenarlas con fajos de billetes, joyas y documentos.
Tras la orden de uno de ellos, cerraron las bolsas y se dirigieron a la entrada principal, dejando la puerta de la caja abierta de par en par.
Una vez en la puerta, se quitaron las máscaras y, a cara descubierta, se abrazaron y miraron hacia el interior. A continuación, se giraron hacia una de las cámaras de seguridad e hicieron el signo de la victoria, para después desaparecer entre la espesura de la niebla.
Las sirenas de los coches de la policía sonaban a lo lejos, anticipando un fracaso estrepitoso.

—¡Policía Nacional! ¡Abran la puerta!
Eran las 8.05 de la mañana. El silencio que reinaba en la casa de los Lobo se vio alterado por unos rotundos golpes en la puerta. Paula y Alonso bajaron corriendo, algo aturdidos, por el ruido. Al abrir, allí estaban el comisario Román Cartagena y su ayudante, Ariel Finidi. Tras ellos, había tres coches de la policía y varios agentes formados ante el pequeño jardín de entrada. Era una pareja digna de retrato, pues uno era bajito y rechoncho, mientras que el ayudante era espigado y flaco.
—Llevamos un buen rato llamando a la puerta —dijo Cartagena.
—¡Son las 8.05 de la mañana, comisario! —respondió Paula, intentando aún ordenar su cerebro.
—¿Cuál es la urgencia? —preguntó Alonso, algo molesto.
—El Banco Central de la Bahía ha sufrido un robo. Es la primera vez en la historia que roban —contestó el comisario.
—Un millón de euros —apuntó Ariel Finidi.
—¡Qué barbaridad! —exclamó Paula, horrorizada.
—¿Y qué tenemos que ver nosotros con esto? —preguntó Alonso, bostezando.
El comisario miró a su ayudante sorprendido y luego miró enfadado a los Lobo.
—¡¿Que qué tienen que ver con esto?! —exclamó indignado.
Román Cartagena sacó una tableta y les mostró unas imágenes. En ellas se veía a cuatro personas entrando en el banco, abriendo la caja fuerte, cargando las bolsas con dinero y joyas, para más tarde llegar a la entrada y quitarse las máscaras. Al girarse los cuatro, Paula y Alonso no podían creer lo que estaban viendo: Telmo, Mía, Carmina y Sammy miraban a cámara y sonreían mientras hacían el signo de la victoria, para luego desaparecer con el botín.
—Pero estas imágenes ¿cuándo las grabaron? —preguntó Alonso, confundido.
—¡Esta madrugada, señor Lobo! ¡No se haga el sorprendido! —contestó, irritado, el comisario.
—¡Es imposible! —se rebeló Paula—. ¡Mis hijos han dormido aquí!
El comisario intentaba recomponerse, cuando por las escaleras aparecieron Telmo, Mía y Sammy con caras de dormidos.
—¿Qué está pasando? —preguntó el mayor de los hermanos Lobo.
El ayudante del comisario los señaló como si hubiese descubierto algo importantísimo.
—¡Ahí están! —gritó.
—¡Detenedlos! —ordenó Cartagena, haciendo un gesto llamativo con la mano y dejando paso a la brigada de la policía, que irrumpió en casa de los Lobo violentamente y esposó a los tres hermanos, que se miraban desconcertados.
—¡¿Pero por qué nos esposan?! —preguntó Mía, asustada.
—¿De qué se nos acusa? —demandó Sammy.
Paula y Alonso caminaban junto a ellos preocupados.
—¡Os acusan de haber robado en el Banco Central de la Bahía!
—¡Un millón de euros, joyas y documentos importantes! —añadió el comisario.
Telmo miró a sus padres y a sus hermanos inquieto, mientras los llevaban al furgón blindado de la policía.
—Es obra de Vértigo. Ha vuelto a por nosotros.
—Os dijimos que esto no había hecho más que empezar —murmuró Mía.
—Y yo que había quedado esta tarde para ir a patinar con mis amigos —comentó con una media sonrisa Sammy, intentando quitarle hierro al asunto.
El comisario escuchó el comentario de Sammy y lo miró indignado.
—¡Qué cinismo y qué desvergüenza! ¡Adónde iremos a parar con esta juventud! —comentó en voz alta, y luego gritó a sus ayudantes—: ¡Registrad la casa! ¡El dinero y las joyas deben estar escondidos en algún lugar!
Paula y Alonso no sabían cómo reaccionar: o acompañaban a sus hijos o entraban en la casa con el comisario y su equipo.
—¡Yo iré con los niños! —dijo nerviosa Paula mientras subía con Telmo, Mía y Sammy al furgón de la policía.
—Tranquila, mamá, no te preocupes, todo irá bien —dijo Telmo mientras le dedicaba una sonrisa a su madre, que acarició su cara al pasar.
—Me preocupa que ese infame haya vuelto tan rápido.
Mientras tanto, la brigada de la policía subió a las habitaciones, al tiempo que tiraban y revolvían todo a su paso.
Entonces el comisario oyó el grito de uno de sus ayudantes, que provenía de la habitación de Telmo.
—¡Aquí, comisario! ¡Venga a la habitación del fondo!
Cartagena entró en la habitación de Telmo con Alonso, que no pudo evitar un gesto de estupor: las cuatro bolsas de billetes, junto a joyas desperdigadas por la cama, así como documentos de todo tipo, reposaban entre la mesa de estudio de Telmo y la cama.
—Además de robar el banco, tienen la sangre fría de mentirnos sin el más mínimo pudor.
Alonso miraba todo aquello incapaz de reaccionar. El comisario enfrentó al padre de los Lobo y lo miró enfurecido.
—Pero lo peor es que usted, su padre, sea cómplice de todo esto.
—¡Le juro que esto es imposible! —balbuceó Alonso intentando encontrar el sentido a lo que estaba viendo.

La habitación de interrogatorios era fría y desangelada. Una mesa, varias sillas y un cristal grande en una de las paredes. Todos sabían que al otro lado habría gente observando y escuchando todo lo que allí sucedía. Telmo, Mía, Sammy y Paula esperaban inquietos a que alguien abriera la puerta y entrara. Y así sucedió minutos después. El comisario Cartagena y su ayudante, Ariel Finidi, entraron en la habitación con Alonso y se sentaron.
—Siento deciros que esto pinta mal —soltó el comisario.
—Más que mal —añadió Finidi, su ayudante.
El comisario lo miró y se removió en la silla.
—Muy mal. Pinta muy mal —respondió este.
—Más que muy mal —volvió a añadir el ayudante.
El comisario resopló.
—Pinta muy muy mal —retomó el comisario.
—Más que muy muy…
El comisario miró alterado a su ayudante y no le dejó terminar la frase.
—¡Se acabó! ¡Ni pinta, ni deja pintar! —contestó Román Cartagena mientras se acomodaba el nudo de la corbata—. Como ha podido presenciar el señor Lobo, la habitación de Telmo estaba hasta arriba de billetes y de documentos del Banco Central de la Bahía.
Telmo miró indignado a su padre.
—¡Es imposible! ¡Nosotros no hemos pisado el Banco Central de la Bahía nunca!
El comisario miró a Telmo y se encogió de hombros.
—Los hechos son los hechos, muchacho. Vais a necesitar un buen abogado para este caso.
—Más que un buen abogado —añadió Finidi, su ayudante.
El comisario lo miró irritado.
—Un abogado muy bueno —respondió Cartagena.
Finidi intentó continuar.
—Más que un abogado muy bue…
El comisario estalló agitado.
—¡Ni bueno, ni muy bueno, ni boquerones en vinagre! ¡Un abogado y punto!
El ayudante miró impertérrito a su jefe, sin entender cuál había sido el motivo de su error. Cartagena continuó con su discurso.
—Pero como sois vecinos de Santa Fe de toda la vida, os hemos conseguido un abogado de oficio para que, al menos, podáis hacer todo el papeleo.
Un hombre alto entró en la sala. Iba impecable: traje de corte francés, zapatos relucientes. Parecía recién afeitado y llevaba el pelo engominado hacia atrás. Sus gafas eran algo ahumadas.
—Buenos días. Mi nombre es Esteban Dido. Soy vuestro abogado de oficio. Vine tan pronto como me llamó el comisario. Aquí les dejo unos papeles para que me los firmen y pueda comenzar a defenderlos. Es un simple protocolo. Si mañana no quieren que continúe con el oficio, me retiro y santas pascuas.
Telmo paseaba de un lado a otro, mientras Paula y Alonso hablaban entre sí en voz baja y Sammy leía los papeles que el abogado dejó encima de la mesa. Pero Mía observaba a Esteban Dido con interés. En ese momento, la puerta se abrió y entró Carmina acompañada por una policía.
—Comisario, acabamos de visitar la casa de Carmina Montes y en su habitación encontramos evidencias del robo: dinero, documentos… Claramente es un grupo organizado.
Carmina estaba indignada. Se puso junto a Telmo y, sin que nadie se diese cuenta, se dieron las manos.
—Pero ¡cómo se atreven a insultarnos de esa manera! ¿Tenemos pinta de ser una banda criminal organizada?
El comisario sacó una bolsita de caramelos de limón y se sentó, mientras Carmina abrazaba a Paula, que seguía intentando encontrar la lógica a todo aquello.
—Créame, señorita —respondió Cartagena, masticando el caramelo—. Se asombraría de la cantidad de «mosquitas muertas» que parecen santas y santos y luego han resultado ser auténticos criminales.
Carmina contuvo su respuesta como pudo. Mía continuaba mirando al abogado, que se sentía algo incómodo.
—Usted me suena de algo —dijo Mía mientras observaba sus movimientos como un perro sabueso.
—Santa Fe es muy pequeño. Me habrás visto en Bona Fide alguna vez —contestó el letrado.
—No. No le he visto en Bona Fide. Nos hemos visto en otro lugar.
Telmo dejó de dar paseos y se detuvo. Cuando su hermana hacía un comentario tan directo era por algo. Confiaba en el olfato de Mía.
El abogado recogió los papeles y los comenzó a guardar en su maletín.
—Quítese las gafas, por favor —le pidió Mía con educación, pero firme.
—¡Eres una insolente, muchachita! —dijo el comisario mientras se ponía de pie enfadado.
—¡Más que insolente! —añadió el ayudante del comisario.
—¡Cállese, Finidi, por el amor de Dios! —gritó el comisario.
—¡Quítese las gafas! —insistió Mía, esta vez con más determinación, poniéndose de pie.
El abogado, sin contestar, fue a coger el maletín, pero Mía se adelantó y, en un movimiento ágil, le quitó las gafas.
—¡John el Largo! ¡Lo sabía! —exclamó Mía.
Pero John, tras una sonrisa burlona, sacó algo del bolsillo y lo lanzó contra el suelo. Una gran humareda inundó la sala. No podían ver nada y respirar era casi imposible. Telmo consiguió abrir la puerta y salieron todos buscando el aire limpio como pudieron. El mayor de los Lobo no se detuvo y, en medio del revuelo, salió corriendo tras John hasta la puerta de la comisaría y allí vio cómo el pirata se subía a un coche. Antes de subir, alzó la mano en un saludo cargado de burla. El vehículo arrancó y, mientras dejaban atrás a Telmo, alguien se asomó por la ventana del conductor.
—¡Adiós, pequeño Lobo! ¡El juego acaba de comenzar!
No podía creer lo que veía.
Fedallah.
El esbirro.
El ayudante sin escrúpulos de Vértigo.
Si antes Vértigo contaba con un asistente sin conciencia, ahora contaría con dos: John el Largo y Fedallah.
La peor escoria del mundo.

Las redes sociales ardían. Las portadas de los periódicos digitales no daban respiro. Los informativos de las radios y televisiones solo comentaban el insólito suceso: dos chicas y dos chicos de la isla de Santa Fe habían cometido uno de los robos más increíbles de la historia.
Telmo estaba de pie frente a la ventana de la cocina. Periodistas venidos de todos los rincones del mundo querían más respuestas a tantas preguntas sin contestar. Ezequiel Avellaneda, el alcalde, se sentía sobrepasado. No había conseguido contener la oleada de curiosos que llenaban las calles de Bona Fide y ahora intentaba normalizar la vida de sus habitantes como podía.
—Tenemos que encontrar la manera de demostrar que no fuimos nosotros —comentó Telmo, enfadado y al borde de la impotencia.
—Llevo toda la noche dándole vueltas —dijo Mía mientras tecleaba en su portátil intentando encontrar alguna idea con la ayuda de la AGI (Inteligencia Artificial General) y Sammy se preparaba un sándwich de pastrami casero descomunal.
—Para poder pensar, necesito comer —comentó mientras le daba un bocado.
Alonso miró, a través de la ventana, a los periodistas que estaban apostados en su jardín y volvió a sentarse.
—Necesitamos ayuda legal, pero no podemos permitirnos pagar un buen abogado. Así que creo que voy a tomar las riendas del asunto.
Paula miró a su marido como si estuviera loco.
—Supongo que bromeas, ¿no?
—Hablo completamente en serio —contestó el padre de los Lobo.
Paula miró a sus hijos y después a Alonso, desconcertada.
—¡Pero si no eres abogado!
—¡Pero me encantan las películas de abogados! —contestó muy seguro de sí mismo Alonso—. ¡En eso no hay quien me gane!
¡Y tenía razón! Alonso amaba las series y películas sobre juicios y despachos de abogados. Se sabía todas las películas sobre juicios y las tramas de memoria. No solo eso, podía repetir como un loro los diálogos completos de muchas de ellas. Nunca había ejercido como abogado, pero siempre había deseado llevar un caso.
—Cartagena, el jefe de la policía, nos ha dicho que los niños no pueden salir de casa hasta que el juez nos diga cuál es el siguiente paso. ¿No es así?
Todos asintieron. Entonces Alonso dio dos pasos y miró muy serio a todos y habló como si fuera un actor interpretando un personaje:
—«¿Y usted vio a los acusados salir con un saco lleno de latas de atún? No. ¿Los vio con un arma? No. ¿Los vio con sangre? No. ¿Entonces cómo sabe que eran ellos?».
Enseguida cambió el gesto y volvió a su tono normal.
—Joe Pesci en Mi primo Vinny, una película de 1992.
Telmo, Mía y Sammy se miraron sin poder evitar una sonrisa. Adoraban a su padre. De lo que no estaban del todo seguros era de si estaba lo suficientemente preparado para defenderlos en este caso.
—Tenemos que demostrarles que no fuimos nosotros, papá. Que estábamos durmiendo y que no salimos de casa —comentó Telmo decidido.
Alonso caminó por el comedor mientras pensaba.
—Vamos a ver… ¿Alguien hizo algo distinto esa noche?
Todos se miraron sin comprender.
—¿Estuvisteis todo el tiempo en vuestras habitaciones?
—Sí —contestó Mía de inmediato.
—Yo también —se sumó Telmo.
Todos miraron a Sammy, que se hizo el despistado, hasta que no pudo sostener más el silencio.
—Eh…, yo sí —dijo.
—¿Tú sí? —preguntó Paula, sorprendida—. ¿Qué quieres decir con «yo sí»?
Sammy miró a todos algo avergonzado.
—A las tres de la madrugada me desperté con mucha hambre y bajé a la
