Enzo Brown: loco por el basket 4 - Una nueva rival

Pablo Lolaso

Fragmento

1. Mi yo del futuro

1. Mi yo del futuro

—¿Y para cuándo dices que es? —Teresa está indignada.

—Para el viernes que viene —contesta Zoe.

—¿Y qué es lo que hay que hacer exactamente, profe? —pregunta Yen después de tragarse un bostezo.

—¿En serio? ¿Me estáis tomando el pelo? Literalmente, lo acabo de explicar hace diez segundos, Yen.

—Perdona, profe, es que estaba pensando en mis cosas y me he despistado…

—Bueno, mira, por lo menos eres sincero. Una vez, un alumno me dijo que su perro se había comido sus deberes… y resulta que su madre me había dicho al comienzo del curso que era alérgico a los perros.

Reímos bajo la seria pero amable mirada de Zoe, que está de pie delante de la pizarra interactiva. El sol entra por la ventana y el aire que corre empieza a ser fresco, aunque la ventilación, según ella, es innegociable.

—A ver, es muy sencillo, Yen, aunque esto va para todos y todas: tenéis que escribir una redacción reflexionando sobre cómo imagináis que seréis con veinte años: dónde creéis que vais a estar, a qué os vais a dedicar y, en general, qué tal os va a ir la vida.

—¿Cuánto tiene que ocupar? —pregunta Roberto desde el final de la clase.

—Mínimo, doscientas palabras.

—¿Doscientas palabras? ¡Pero eso es prácticamente como escribir el Quijote! —exclamo yo.

—El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de don Miguel de Cervantes Saavedra, el libro más famoso de la historia de nuestra literatura, tiene, para tu información, casi cuatrocientas mil palabras, ¡cuatrocientas mil! ¡Una detrás de otra! Así que creo que doscientas es un número perfectamente asumible para niños y niñas tan inteligentes como vosotros.

Nos aplasta con la justificación y no nos queda más remedio que claudicar, como siempre hacemos. Una tarea más, pero también una clase menos para salir de esta cárcel llamada colegio.

—¿Las palabras del título cuentan? —pregunta ahora Wasim.

—Sí.

—¿Y la fecha? —es el turno de Manuel.

—No, la fecha no.

—¿A boli o a lápiz? —Coge el rebote Yen.

—A boli, que estamos en sexto ya. Tenéis que empezar a madurar de una vez en esas cosas.

—¿Azul o negro? —lanzo yo.

—El color no es importante, Enzo, lo importante es que mole lo que contéis y que esté bien escrito.

—¿Ponemos el nombre? —remata Aitana.

—No, qué va. De hecho, prefiero que no lo hagáis porque los que no tengan nombre no los voy a leer y les voy a poner un cero —sigue respondiendo la profe Zoe, que tiene una paciencia que, claramente, no nos merecemos.

Arqueo una ceja porque creo que he entendido su ironía, pero estoy convencido de que alguno terminará por no poner el nombre. A lo mejor, hasta se me olvida a mí.

—Pero si no tienen nombre, ¿cómo sabes a quién le tienes que poner el cero? —pregunta Yen muy serio.

—Yen, cariño, tienes la habilidad de decir tonterías como pianos, aunque he de reconocer que con cierta gracia. Ten cuidado el año que viene en el instituto, no vaya a ser que no les caigas tan bien a los profes y te pases más tiempo con la jefa de estudios que en clase. —Yen baja la cabeza—. Y ahora, venga, a callar y a escribir.

Saco mi cuaderno de cuadros de la mochila. Escribo la fecha en verde y pongo el título en azul, tal y como nos obliga Zoe, que está loca por los colores y por mantener el orden en el cuaderno: «Cómo seré cuando tenga veinte años».

Miles de pensamientos vienen a mi mente. «Yo qué sé» es el primero de ellos. ¿Nos mandan hacer estas cosas con algún objetivo real o solo quieren tenernos entretenidos? No sé ni lo que voy a hacer mañana como para saber dónde leches voy a estar cuando tenga veinte años. Además, han pasado tantas cosas últimamente que no me da el cerebro para concentrarme.

Me quedo empanado, totalmente embobado mirando la pintura desconchada de la pared y esas grapas de la época de la Transición.

—¡Enzo, que te duermes! —me dice Teresa mientras chasca los dedos delante de mi cara.

—¿Qué vas a poner? —le pregunto.

—No sé… Que estaré estudiando en la universidad, supongo, viviendo donde vivo ahora y con los mismos amigos de siempre, que espero que seáis tú y tres más —responde mientras me guiña un ojo.

Teresa agarra con fuerza el boli y empieza a escribir muy concentrada. Siempre saca la lengua cuando está concentrada.

—¿Y no vas a poner nada de baloncesto?

—Sí, no sé, algo habrá que poner. Pero no creo que vaya a ser nada demasiado importante en mi vida. ¿Qué pasa? ¿Que crees que vas a acabar en la NBA o qué? —pregunta entre sonrisitas.

—A ver, chicos, es un trabajo individual, eh —nos indica Zoe haciendo gestos con las manos para que nos callemos.

—Jo, profe, siempre estás diciendo que tenemos que hablar para solucionar los problemas y ahora no nos dejas —protesto.

—¿Qué problema tienes, Enzo?

—Que no sé por dónde empezar. Es muy difícil adivinar qué voy a estar haciendo cuando tenga veinte años.

Un murmullo se empieza a extender por la clase. Mi problema parece que es bastante generalizado, porque se escuchan varios «es que sí», algún «es verdad, profe» y un «literal, bro».

—Un momento, por favor…

El murmullo va creciendo y los susurros se convierten en voces. Voces que terminan dando paso a los gritos.

—¡Silencio! —chilla Zoe a la vez que da un par de golpes en la mesa—. Vamos por partes: nadie ha dicho que tengáis que a-di-vi-nar nada, lo que os he pedido es que reflexionéis e imaginéis. La imaginación es libre y no tiene límites. A veces, el futuro no se imagina con la cabeza, sino con el corazón. Y si no, podéis inventaros algo extraño, raro, incluso imposible, me da exactamente igual. Es un ejercicio de Lengua, no de Ciencias Ocultas. ¿Que queréis tomároslo en serio y tratar de predecir qué va a ser de vosotros de verdad? Genial. ¿Que queréis tirar de ciencia ficción y poner que dentro de unos años la Tierra será aniquilada por la inteligencia artificial y que estaréis conectados a una máquina a trescientos metros bajo el nivel del mar? Pues también.

Reímos. Nos calmamos.

Y nos ponemos, por fin, a escribir.

Cuando tenga veinte años, llevaré…

—¡Vale! Lo termináis en casa, que es la hora del recreo —corta Zoe.

Las cosas en casa siguen más o menos como en los últimos tiempos.

Ahora que no hay secretos entre nosotros parece que todos nos llevamos mejor. Hasta Luka ha dejado de mirarme como a un gusano apestoso y baboso; ahora me mira como a un gusano sin más, uno al que incluso podría querer. Está en una época en la que se mira demasiado en el espejo y nunca está a gusto con lo que ve, o eso da a entender, porque cuando no le está pidiendo permiso a mamá para hacerse un piercing, está cogiendo la maquinilla de afeitar para hacerse una raya en la ceja. También se ha dejado perilla (bueno, cuatro pelos) y le ha cambiado la mirada; parece que nos esté perdonando la vida todo el rato.

El abuelo Juan sigue como siempre, con sus tonterías, con sus palabrejas que no entiende nadie más que él y siempre con una cancioncilla o un chistecito para hacernos reír cada dos por tres. Últimamente, le ha dado por ponerse un sombrero y unas gafas negras.

—¡Soy Heisenberg! —suele decir cuando los lleva puestos.

—¿Qué dices, abuelo?

—Calla, niño, que esto no lo pueden entender los menores.

No tengo ni idea de quién es ese tal Heisenberg, pero me da la impresión de que no querría cruzarme con él en un callejón oscuro.

Mamá parece un poco más tranquila y relajada. Y más guapa. O quizá es que estar tranquila y relajada le hace estar más guapa, porque todo está relacionado. O igual se ha echado novio…

—Mamá, ¿tienes novio? —le pregunto.

—Sí, claro, uno no, dos novios. No, mejor aún, ¡tres! Para novios estoy yo,

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