¿Estamos ready? (Somos la séptima 1)

Nando López

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

Su nueva clase de Sociales de 1.o de la ESO ha resultado tan aburrida como su antigua clase de Sociales de 6.o, así que, ante la falta del efecto sorpresa, Martín ha tenido tiempo de inaugurar su cuaderno con el primer dibujo del curso.

Ilustración de un chico con mochila situado a la izquierda frente a la entrada del instituto I.E.S. Maruja Mallo a la derecha, con muro y puerta metálica.

No sabe si se lo enseñará a Ginés en su próxima sesión, porque su terapeuta le ha insistido en que tiene que hacer más dibujos felices y, según su limitada forma de ver la realidad –que, básicamente, parece ser la única forma de pensar adulta–, seguro que Ginés opina que ese niño que mira las puertas del IES Maruja Mallo con cara de nada no es una imagen demasiado feliz.

Pero lo es. ¡Vaya si lo es!

Porque tener cara de nada es mucho mejor que tener cara de miedo. O de terror.

O de no querer entrar porque hay unos ******** (a Martín no le gusta usar palabras feas: él las dibuja) que te hacen la vida imposible desde 4.o y a los que nadie ha logrado frenar.

Porque «no es tan grave».

Porque «son cosas de críos».

Porque «solo son bromas» (y entonces, ¿por qué a él no le hacen gracia?).

O porque «ya les hemos mandado un parte a casa» y, sí, va a ser supereficaz que sus padres firmen una hojita donde digan que se dan por enterados de que sus hijos son unos ******** (puede que a Martín no le gusten las palabras feas, pero las usa bastante cuando piensa en ellos).

Por eso su dibujo con cara de nada le parece especialmente feliz.

Porque si ese chico tiene cara de nada es porque aún puede pasar cualquier cosa. Y eso ya es bueno. Incluso ilusionante. Aunque Ginés, y sus padres, y su abuela, y todos los que lo rodean crean que no es lo bastante alegre ni demuestra el progreso que su terapeuta espera de él.

Por suerte, Martín tiene clarísimo que para engañar a un adulto solo hace falta fingir que se le obedece y que tiene razón. Así que abre otro cuaderno –que decide llamar «el pasaporte», porque lo usará para que le dejen hacer lo que le dé la gana– y dibuja al mismo niño con otra expresión para que Ginés, y sus padres, y su abuela, y hasta la tutora de 5.o, que fue la única que se tomó en serio lo que le estaba pasando, se queden a gusto de verdad.

Ilustración de un chico sonriente con mochila en la parte inferior frente al instituto I.E.S. Maruja Mallo, con muro y acceso lateral.

Entre el chico con cara de nada, que tiene todo un curso por delante para llenarla de algo, y el que sonríe sin venir a cuento porque empieza el insti, Martín tiene clarísimo que prefiere al primero.

El segundo, por mucho que sonría, no puede ser feliz.

Nadie que sea feliz, ni que esté en sus cabales, sonríe así porque empiecen las clases. Es más, eso va en contra de uno de sus pocos principios innegociables:

La gente que se alegra de que se acaben las vacaciones no es de fiar.

Capítulo 2

–¿Es aquí?

Martín se gira al oír la voz de la chica que acaba de entrar en el aula. No recuerda su nombre, porque tampoco ha prestado mucha atención cuando pasaban lista, pero sabe que está en su clase.

Imposible no haberse dado cuenta después de la que ha liado ella solita a primera hora de la mañana.

–¡Que si es aquí! –insiste.

Él la mira sin responder. Total, se puede referir a un millón de cosas –como mínimo– con ese «aquí».

–Lo del pódcast, tío.

Ah, vale, ahora está claro, así que Martín asiente moviendo la cabeza intensamente y regresa, sin añadir ni una sola palabra más, a su cuaderno, donde se pregunta si no debería pintar más gente feliz en su pasaporte para que Ginés no le coma la cabeza con eso de que tiene que socializar.

–Genial, porque pensaba que llegaba tarde.

A ver, si nos habían convocado a séptima hora, y la séptima hora empieza a las dos y media, y ahora mismo solo son las dos y veintitrés, es imposible que sea tarde. Pero, como a Martín decirle todo eso le suena un poco borde para alguien a quien acaba de conocer, se lo calla y se limita a hacer su gesto favorito: encogerse de hombros.

Encogerse de hombros es una acción fenomenal, porque vale para casi todo:

cuando no estás seguro de algo,

cuando sí estás seguro, pero prefieres fingir que no para que te dejen en paz,

cuando ni estás seguro ni dejas de estarlo, pero lo que te han preguntado te importa entre poco y nada,

cuando solo quieres que la otra persona se calle para seguir a tu bola (y así, más o menos, hasta el infinito).

–¿Está ocupado?

Como la chica se sienta a su lado antes de q…

–Soy Daniela.

Repetimos: como Daniela se sienta a su lado antes de que M…

–Pero ni se te ocurra llamarme Daniela. Todo el mundo me llama Dany.

Venga, va: como Dany se sienta a su lado antes de que Martín tenga tiempo de responder, no sabe si decir «no» se interpretará como un «no, no está ocupado» o como un «no, no quiero que te sientes aquí, ni saber cómo te llamas, ni llamarte Dany o Daniela, porque lo único que quiero es seguir dibujando a mi bola y en silencio».

Así que, en vez de hablar, Martín se limita a mover la cabeza, primero hacia los lados (lo que sería un «no está ocupado») y luego de arriba abajo (lo que le gustaría que ella interpretase como «pero tú haz como si lo estuviera»).

–Oye –le pregunta Dany–, ¿tú hablas alguna vez?

En boca de otras personas, y en otro momento, pero en un lugar muy parecido a este, a Martín le habría molestado esa pregunta. Se la habrían soltado con el mismo tono con el que se lo decían todo en ese cole lleno de zombis de los que se siente un superviviente.

Pero el tono de Dany suena distinto. Aunque Martín no sepa explicar bien por qué, suena bien. Tanto como para que le arranque una sonrisa y ella, enseguida, se sume también. Los dos sonríen y él se sorprende al darse cuenta de que acaba de poner una expresión muy parecida al chico alegre de su dibujo.

–A veces sí que hablo. –Y hasta se anima a reírse.

—¿Pero nombre tienes o lo tuyo es más el rollo anónimo?

–Martín. Y la gente me llama Martín, pero es que mi nombre no da tanto juego como el tuyo.

Esta vez la que se ríe, y de verdad, es Dany.

Martín no tiene claro si ella se ríe porque él ha dicho algo gracioso (que juraría que no) o porque se han caído bien, pero cualquiera de los dos checks le parece estupendo.

–A ver quién más viene… y de qué va esto.

La voz de Dany, siempre decidida, suena igual que ha sonado hoy a primera hora, en Sociales, en el único momento de esa clase en el que Martín se ha despertado gracias a lo de la sirena.

LO DE LA SIRENA

Dany había prometido (a sí misma y también a su madre) que no iba a abrir la boca.

Por lo menos, el primer día. Y ha cumplido con su promesa mientras el tío ese pesado hablaba de cómo puntuaba el cuaderno, de los 4.567 trabajos que deberán entregar cada trimestre, de los tropecientos exámenes y de lo importante que es saber historia porque bla, bla, bla y más bla.

Hasta que el buen señor, que bastante tiene con llamarse Fulgen —de Fulgencio; es difícil decidir cuál de las dos opciones suena peor—, ha empezado a criticar todas las series y todas las películas y todas las novelas actuales y, en general, todo lo que no fuera su libro de Sociales porque, según él, el cine y la literatura de hoy en día mienten y se inventan la historia.

—Las cosas son como son y pasaron como pasaron, nos guste o no. ¿O qué sentido tiene maquillarlo para que sea políticamente correcto? Ninguno. Y eso es lo que vais a aprender aquí. A ser críticos y a que no os den gato por liebre.

—Tampoco somos tontos, ¿eh? —ha reaccionado, con un tono molesto y desafiante, un tipo con una camiseta de fútbol y unos bíceps en los que Martín ha calculado que cabrían, aproximadamente, tres brazos suyos como mínimo y que, solo por eso, no le ha caído demasiado bien.

—¿Y tú te llamas…?

—Iago.

—¿Y no sabes levantar la mano?

Iago se ha echado hacia atrás en la silla y se ha encogido de hombros, dejando claro que no tenía la más mínima intención de responder y que, posiblemente, tampoco se moleste en volver a intervenir en esa clase.

—No digo que seáis tontos, Iago —le ha respondido Fulgen tratando de suavizar un poco su respuesta anterior—, solo que os lo tragáis todo. Mirad, un ejemplo.

Y, sin que nadie supiera por qué, Fulgen se ha puesto a dibujar (mal) una sirena en la pizarra.

—Todos sabemos que la sirenita de Andersen era rubia y blanca, ¿verdad? Y eso no es nada racista. Eso es mantenernos fieles a la historia. Pues, cuando llega una película y nos pone una sirenita negra, nos están tomando un poco el pelo, ¿no os parece? Que está genial que haya gente de color en el cine, claro. Y en todas partes. Pero sin cargarse la historia, porque con tanta inclusión forzada no hay ya quien reconozca el pasado.

Valeria, que conoce a Dany desde primaria, la ha mirado justo en ese momento.

No: Valeria, que sabe muy bien de lo que es capaz Dany desde primaria, le ha dado una patada por debajo del pupitre para que no abriera la boca.

Pero a Dany, todavía noqueada por ese «gente de color» que no se explica cómo puede haberse pronunciado en voz alta, se le ha empezado a agotar la paciencia en cuanto Fulgen se ha creído Van Gogh y ha perpetrado esa sirena ortopédica en la pizarra.

—Entonces, ¿las sirenas son seres históricos? —ha preguntado sin esperar a que le diese la palabra.

—A ver, por favor, no vayamos ahora a tergiversar mis palabras, que yo no he dicho eso.

—Has dicho que una sirena negra no sería fiel a la historia, así que eso significa que las sirenas existen, ¿no? Lo digo porque a mí me encantaría sentarme a charlar con alguna. Y seguro que a mis compañeros también.

Según Valeria, lo que ha estado a punto de costarle a Dany su primer parte no ha sido solo su pregunta, o su sarcasmo, o hasta su chulería (que también), sino la risa general de toda la clase justo después de su intervención.

A Fulgen Gogh le ha sentado de pena que «unos cuantos niñatos de 1.º de la ESO» (así lo ha resumido un poco más tarde en la sala de profesores) se rían en su cara (y en la de su sirenita) y ha pasado al modo amenazante en un segundo:

—Mire, señorita…

—Dany.

—Aquí se puede usted ahorrar el discursito —ha seguido él ignorando su nombre—. Que esta es una clase seria. No una verbena para gretatúner.

Dany ha tardado unos segundos en entender que gretatúner era Greta Thunberg en fulgencio, pero ha preferido no corregir su pronunciación —pues bastante tenía ya con lo que tenía—, guardar silencio y reservarle un rencor infinito a ese hombre al que va a soportar nueve meses más durante el que promete ser un larguísimo curso.

–Dany, tía, ¿no me has guardado sitio?

Martín se gira y ve a su lado a otra chica de su clase cuyo nombre, por supuesto, tampoco se sabe.

–Valeria, no pasa nada por que no nos sentemos juntas en TODAS las clases, ¿no?

–Ya, bueno, pero…

–Pero nada, que hay que conocer gente. Mira, por ejemplo, este de aquí es gente. Vamos, que no se llama gente, que se llama Martín. Pero, para lo que habla, podría llamarse gente también. Ah, y parece majo. Aunque, cuando empiece a hablar, lo mismo lo desmiente.

Martín sonríe a Valeria, que a su vez sonríe a Martín, y él piensa para sí que no conoce a nadie que hable tan rápido como Dany. Ni que le haga tanta gracia (sin motivo) como Dany.

Eso se lo tiene que contar a Ginés: le va a gustar saber que a séptima hora coincide con gente de su clase en la que no piensa en forma de asteriscos, sino que tienen nombre y hasta sonrisa propia.

Capítulo 3

–¿Solo estáis vosotros? –los saluda Marc, el único de los profes que ha conseguido mantener su atención durante el rato que les ha dado clase esta mañana.

–Eso parece –responde Valeria.

–Ya… Pues, si os parece, esperamos otros cinco minutos por si viene alguien más.

Valeria mira a Dany con cara de «pero este pobre de qué va».

Dany mira a Martín con cara de «en serio se cree que va a venir más gente».

Y Martín, que no sabe qué cara poner, mira a su cuaderno buscando el modo de dibujar a Marc, que no deja de observar la puerta como si una multitud de adolescentes estuviera a punto de cruzarla.

–Me da que solo vamos a ser tres –se atreve a opinar Valeria, algo desanimada ante el escaso éxito que ha tenido la idea del pódcast entre sus compañeros.

–Cuatro –la corrige otra chica que entra corriendo y cargada con bolsas de todas las actividades complementarias que la esperan cada tarde.

–Qué bien, Fang, al final sí has venido –la saluda Marc, que desde que propuso el taller se ha prometido considerar que la asistencia de cualquier número superior a dos unidades de persona ya es un éxito.

–Sí, pero solo para probar… A esta hora hay también baile urbano.

—Vaya, no sabía que teníamos competencia…

«Todo mal», piensa Marc.

Si ya es difícil que alguien se quiera quedar a currar en un pódcast a séptima hora por voluntad propia, aún lo es más que lo elijan a él si hay otras actividades el mismo día y a la misma hora.

Sobre todo, si esas actividades las organiza Emma, la de Educación física, la profesora oficialmente más simpática, más enrollada, más alucinante y más genial de todo el Maruja Mallo, y a la que adoran familias, alumnado, claustro y hasta gente de la calle que no tiene nada que ver con su insti, pero que seguro que la conocen y adoran por igual.

Que Emma haya puesto el grupo de baile urbano los martes a séptima, justo cuando él le dijo a Yassir que iba a proponer el taller de pódcast, es competencia desleal. Y eso Yassir también tenía que haberlo previsto, ¿o no? A ver, que Yassir es el jefe de estudios. Y se supone que un jefe de estudios debería impedir que dos actividades coincidan.

Se lo dirá.

¡Claro que sí!

Claro que se lo dirá. Y se pondrá muy serio, se promete Marc.

Eso, muy serio.

Entonces lo mirará a los ojos y…

Fatal.

En cuanto lo mire a los ojos (a ESOS ojos) está perdido.

De momento, Marc juraría que Yassir no se ha dado cuenta.

Aunque a él le tiemble un poco la voz cuando coinciden a solas en algún pasillo. O en la sala de profesores. O en su despacho.

Aunque Marc no pueda despegar la mirada de él cada vez que le intenta contar algo.

Incluso aunque adopte posturas absurdas cuando lo ve llegar por el pasillo como si fuera la versión viviente del meme de «actúa natural, que ahí viene tu crush».

—¿Lo de la radio esa es aquí?

Marc y sus cuatro primeros voluntarios se vuelven hacia la puerta, desde donde los mira, acodado en el marco, Iago, el chico más alto y corpulento de todo 1.o de la ESO.

«El que faltaba», piensa Martín, que reconoce enseguida al de la camiseta de fútbol y al que no duda en proponer como candidato para la primera lluvia de asteriscos de su nuevo insti.

Dany resopla sin demasiado disimulo al ver cómo Iago cruza los brazos y los aplasta contra el cuerpo, un truco barato para que sus bíceps parezcan aún más grandes de lo que ya son.

No sabe por qué, pero ese chico le ha caído regular.

No, no: mal.

No, no, no, no: fatal.

Y no solo por los tres millones de interrupciones de la mañana, con las que se ha ganado el premio al estudiante más nombrado del día por medio claustro:

Iago, cállate.

Iago, levanta la mano si quieres hablar.

Iago, no, no, no puedes salir al baño ahora.

Iago, guarda el móvil.

Iago, no me hagas ponerte un parte el primer día.

A Dany, Iago no le ha molado nada, pero a sus profes, aunque finjan ser imparciales y todo eso que sabemos que no son, seguro que les ha gustado muchísimo menos.

–Lo del pódcast –repite, como si no lo hubieran oído antes–, que si es aquí o no.

–Sí, claro, es aquí.

Marc espera a que Iago, que lo mira con un gesto que no sabe precisar si es desafiante o simplemente escéptico, haga algo.

Y Martín, que ha vuelto a pegar la cara a su cuaderno, lo espera también.

Espera, ante todo, que se largue.

Lo espera y lo desea tanto que hasta lo dibuja a toda prisa con la esperanza de que su viñeta, en la que lo retrata despidiéndose, pueda servir de conjuro, o de sortilegio, o de alguno de esos rollos mágicos que suceden en los mangas que le gustan, y en los cómics de superhéroes que le gustan, y en todo lo que sí le gusta, porque en esas historias los bullies suelen acabar mal y los buenos ganan y a los chicos como él, que no tienen los brazos de Iago, ni la altura de Iago, ni el morro de Iago, los dejan en paz y nadie les hace la vida imposible.

Martín no lo conoce, eso es verdad.

Pero no necesita hacerlo.

Lo ha reconocido en cuanto lo ha visto esta mañana en clase.

Nada más abrir la boca en clase de Sociales.

Con esa chulería que ya ha visto antes.

Ilustración de un cuaderno abierto en el centro con dos viñetas dibujadas en sus páginas y un lápiz colocado a la izquierda.

Igual que ahora, ahí de pie, echado en la puerta.

Provocando.

¿Provocando el qué? ¿A quién?

Le da mal rollo. Punto. Porque se parece demasiado a los

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