
Personajes

CLAUDIA
Claudia tiene trece años y es extremadamente analítica y escéptica. Hace poco, tras la muerte de su madre, se mudó a la isla de Santa Muerta con su padre, que trabaja como jardinero en la mansión de los Van der Haas. Junto con su hurón, Julius, se dedica a resolver misterios en Santa Muerta, desmontando fraudes paranormales.

CLEO
Cleo es un fantasma adolescente que murió en Santa Muerta en los años noventa… en misteriosas circunstancias que no recuerda. Es muy extrovertido, bromista y carismático. Es el único fantasma real en un pueblo lleno de falsos médiums y charlatanes.

JULIUS
Julius es más que una mascota: es el compañero fiel e inseparable de Claudia. Es muy curioso, travieso e inteligente. Aunque a veces se distrae un poco, hará todo lo posible por protegerla y ayudarla a resolver los misterios que se encuentran por el camino.

ROBERT
El padre de Claudia es un catedrático de Literatura convertido en jardinero tras la trágica muerte de su esposa. Introvertido y bondadoso, lucha silenciosamente con su dolor mientras intenta criar a su hija. Encontró en la jardinería una forma de terapia y una manera de reconstruir su vida. Trabaja para la familia Van der Haas cuidando de los jardines de su mansión en Santa Muerta.

EMILIO BLACKWOOD
Emilio Blackwood es el propietario, camarero y pastelero del café Tazas y Misterios. Es muy tranquilo e inteligente. Le encantan los libros de misterio y la repostería. Sólo Claudia sabe que antes era un detective de fama mundial hasta que un día, sin explicación alguna, renunció a su profesión. Siente una afinidad hacia Claudia e intenta ayudarla y aconsejarla mientras resuelve misterios en la isla.

Capítulo
1
Rocé la verja del parque sin darme cuenta. El metal me delató con un chirrido seco y vibrante que se quedó colgado en la noche. Me hice todo lo pequeña que pude, pegada a la valla, sin atreverme siquiera a respirar.
—Genial, Claudia —susurré entre dientes—. Sobre todo, discreción.
Cleo, a mi lado, no susurró nada. No solía susurrar cuando estaba feliz. Y lo estaba.
Flotaba a dos palmos del suelo —en mi opinión, una falta de respeto hacia la gravedad— con los ojos brillantes y una sonrisa breve de esas que se le escapaban cuando el mundo, por fin, se parecía a lo que él recordaba.
—¡Mira! —Señaló al interior, donde las sombras borraban las atracciones—. Está igual.
—Igual de muerto, querrás decir.
—No está muerto —me corrigió ofendido—. Está dormido.
Abracé la bandolera y noté a Julius, mi hurón, revolviéndose contra mis costillas, nervioso. Llevaba aquella bolsa a todas partes, como un escudo de tela. Era la excusa perfecta para tener las manos libres por si algo salía mal —hipótesis que mi cerebro consideraba bastante posible, incluso bastante probable— y al final me tocaba correr, trepar o hacer el ridículo con eficacia.
La noche olía a óxido y a sal. A madera mojada y a lona húmeda. El parque se había dedicado a coleccionar polvo, telarañas y herrumbre durante el tiempo que llevaba cerrado.
El complejo quedaba al final de una carretera que ya casi nadie usaba. En su día, había sido muy transitada, pero, tras el accidente y el cierre del parque, la maleza había invadido el asfalto y los arcenes se habían convertido en pequeñas junglas.
De día, con el sol, las atracciones eran lo que eran: un montón de hierros viejos y carteles descoloridos. De noche se transformaban. Una colección siniestra de crujidos, negrura y moho. Un lugar en el que, si prestaba atención, todavía podía oír el eco de las risas pasadas. Y si agudizaba aún más el oído, escuchaba los gritos de terror y los llantos de aquella noche. Sabía que era mi imaginación, pero, aun así, astillas de hielo me recorrieron la columna.
—¿Estamos seguros de querer entrar? —pregunté, más por llenar el silencio que por otra cosa. No tenía más opción que hacerlo.
—¡Claro! —Cleo se giró hacia mí—. Si no entramos, ¿cómo vamos a averiguar nada?
—Bueno…, a lo mejor podemos encontrar algo en los archivos. Y, además… —alargué la frase mientras mi cabeza buscaba una excusa que no sonase a eso: a excusa—, además hay cámaras.
—¿Cámaras? —Cleo soltó una carcajada—. Claudia, esto lleva siglos cerrado. No hay cámaras que funcionen. Aquí sólo hay… —abrió los brazos— nada. —Inclinó la cabeza y bajó la voz antes de continuar—. Aunque sé que estuve aquí cuando todavía estaba vivo.
No era mucho, pero a mí me valía. Si Cleo podía recuperar algún recuerdo, tal vez, poco a poco, consiguiésemos reconstruir lo que le sucedió.
Cerré los dedos alrededor del alambre de la valla y dejé vagar la mirada por la penumbra que se extendía tras ella.
Papá habría dicho que no era una buena idea. Últimamente decía pocas cosas, casi todas con la voz apagada y el gesto cansado.
Me obligué a seguir adelante. Tenía que limpiar su nombre. Papá no se merecía lo que le estaba sucediendo, las amenazas, el miedo. Y yo no pensaba quedarme cruzada de brazos.
—Si nos pillan, a ti no te pasará nada. Sobre todo por aquello de que nadie puede verte. Pero a mí me va a caer la bronca del siglo. Por idiota —dije.
—Estoy seguro de que no eres idiota —dijo Cleo muy serio.
—Aún lo estoy valorando.
La entrada principal estaba vigilada, así que la habíamos descartado.
—¡Había una entrada trasera, para los empleados! —exclamó Cleo con los ojos muy abiertos—. Lo recuerdo… Vine con alguien que trabajaba aquí.
—¿Con quién?
Sacudió la cabeza en un intento por extraer el dato de su memoria.
—No… no lo sé —se rindió tras unos instantes.
Rodeamos el parque hasta que llegamos a la parte trasera. Allí estaba la entrada secundaria. Una puerta estrecha, de metal, con un cartel descolorido que decía personal.
Tiré del picaporte.
No se movió.
Bajé la vista y vi el candado. Uno de esos con ruedecitas, de combinación.
—Claro —murmuré entre dientes—. Cómo no.
Cleo se inclinó sobre el candado, curioso.
—Yo… yo sabía la combinación —dijo de pronto. Acababa de recuperar otro recuerdo.
—Ajá… ¿Me la dices? —pedí. Aunque noté que empezaba a perder la paciencia.
El fantasma abrió la boca y la cerró de nuevo.
—No me acuerdo de los números —confesó.
Inspiré hasta que se me llenaron los pulmones. A continuación, solté el aire muy despacio.
—¿En serio? —resoplé. Cleo se encogió de hombros y apretó los labios en una disculpa muda—. ¿Me traes hasta la puerta secreta del personal para decirme que no sabes la combinación? Pues tendremos que buscar otra entrada…
—¡Espera! —me interrumpió—. No me acuerdo de los números…, pero sí de cómo me los aprendí. Era una tontería. Un truco.
Me crucé de brazos y miré el candado como si pudiera abrirlo sólo con la fuerza de mi voluntad.
—A ver.
Cleo respiró… o hizo el gesto de respirar, que era una de sus manías más desesperantes, y recitó en un susurro, casi como una canción:

—Y con eso yo tengo que averiguar la combinación, ¿no?
Él asintió con una sonrisa de oreja a oreja.
—Tampoco es tan difícil, Clau —se defendió él.
—Colores en el cielo pueden ser azul, gris, blanco… —empecé a enumerar.
—O pueden ser los colores del arcoíris, que, conociéndome, yo no me habría ido tan lejos como te acabas de ir tú.
—Vale, pues ya tenemos dos cifras, el siete y el cinco. Porque los sentidos son cinco.
—Planetas dando la vuelta. Nueve —añadió Cleo.
—¿Cómo que nueve? Los planetas son ocho.
Cleo me miró de reojo con gesto de no tener ni idea de qué le estaba hablando.
—Claudia, los planetas son nueve —dijo muy despacio, como si estuviese hablando con alguien de tres años—. Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón.
—Plutón no es un planeta —expliqué con un suspiro.
—¿Cómo que no? PERO ¡¿QUÉ OS ENSEÑAN EN EL COLEGIO AHORA?! —se indignó.
—No sé por qué fue, pero pasó a ser un planeta enano… Creo recordar que en 2006 o por ahí. Nos lo explicaron en clase.
—Me pinchas y no sangro. Me dejas sin palabras. Me quedo muerto… Más muerto, me refiero.
—Vale, vale —reí—. Ya lo pillo… Pero eso, que los planetas son ocho.
—Bueno, pero en mi época eran nueve y en la clave es un nueve, no un ocho.
—Te lo compro. Y los pies de la araña…
—Espero que sigan siendo ocho —me interrumpió Cleo.
De nuevo, me eché a reír.
—Sí, sí, tranquilo, siguen siendo ocho.
—Pues ya tenemos la clave: 7598.
Abrimos el candado y entré en el parque.
No vi un alambre partido que había en la verja y el metal me raspó el brazo. Se me escapó un quejido.
Cleo atravesó la valla como si no existiera. Sin esfuerzo. Sin ruido. Sin rasguños. A veces lo envidiaba tanto que me daban ganas de tirarle una piedra…, y luego recordaba que ni siquiera podría darle.
Y, un poco después, me acordaba de que estaba muerto y se me pasaba un poco la envidia.
Alguna ventaja tenía que tener ser un fantasma.
—Por aquí —me indicó, y señaló un camino que yo no habría visto ni en cien mil años. Para mí todo era negrura y sombras.
La luna estaba alta, pero las nubes iban y venían, y cada vez que una tapaba la luz, el parque cambiaba de forma. En serio. Parecía que las atracciones se movieran cuando no las miraba. Los postes se inclinaban. Las cadenas y cables parecían dedos.
—Cleo, deja de sonreír —le pedí—. Da… ¿Cómo es eso que dices? ¿Yeyo?
—Yuyu —me corrigió en voz baja—, pero es que… es que me estoy acordando de todo. El olor a palomitas y caramelos, la entrada, el puesto de algodón de azúcar… Allí —señaló a la derecha— había una caseta de tíquets. Y… y el camino corto para colarse sin pagar… Antes de descubrir la combinación del candado, solía colarme sin pagar; luego ya no, claro. —Me miró, orgulloso—. ¿Ves? Siempre fui un genio.
—Un genio del crimen, sí.
—¡No era un crimen! Era… —buscó una definición que le conviniese— era economía adolescente.
—Claro, claro… Era eso, cómo no se me había ocurrido. —Se me escapó una sonrisa.
Caminé pegada a una valla interior, agachada para confundirme con las sombras.
El parque estaba impregnado de sonidos pequeños. El viento hacía vibrar los cables tensados de la montaña rusa. Un cartel de bienvenidos golpeaba una y otra vez contra un poste con un sonido seco y hueco, como huesos entrechocando. También vi la casa de los espejos, con una entrada que parecía una boca hambrienta y un letrero en el que se leía atrévete si te atreves.
Todo muy acogedor.
Nos adentramos aún más entre los puestos y atracciones. Yo intentaba avanzar sin hacer ruido y Cleo justo lo contrario: flotaba a mi lado y señalaba atracciones con una alegría contagiosa que contrastaba con lo lúgubre del lugar.
—Aquí vine con un amigo. —Sonrió. Luego se le borró la sonrisa—. No recuerdo cómo se llamaba. Ni siquiera recuerdo su cara… Pero me acuerdo de la risa. De que lo pasamos genial.
Y siguió hablando y recuperando fragmentos del pasado, como si el parque le fuera soltando migas de pan.
Mi amigo se detuvo.
Fue tan súbito que, si hubiese sido sólido, me habría chocado con él. Un segundo estaba señalando la casa de los espejos y al siguiente se quedó muy quieto, la cabeza ladeada. Parecía escuchar algo, pero no se oía nada. Nada que no hubiésemos oído ya, me refiero.
—¿Qué te pasa? —susurré.
Cleo parpadeó, alerta.
—¿No lo oyes? —preguntó.
Me concentré: chasquidos, viento, el ruido del cartel…, nada más.
—No —admití—. ¿Qué es?
—Estática —dijo—. Ruido de radio cuando no sintoniza nada. Y está muy cerca.
No pude dar ninguna réplica inteligente —o soltar una estupidez, que es lo que suelo hacer cuando tengo miedo— porque la oscuridad se abrió en un tajo blanco. Un haz de linterna barrió el camino y me pilló con un pie fuera de la sombra. Me eché hacia atrás de un salto y me metí en el hueco en
