Presentación
Querido lector, querida lectora:
¡Si me hubieras visto dando vueltas y más vueltas al papel en blanco! No sabía por dónde empezar. Me muero de ganas de contarte un montón de cosas, y me hace tanta ilusión que las descubras que casi me bloquean las prisas. Me digo «¡Calma!» y me hago el firme propósito de ir desvelando el contenido de este mensaje poco a poco. Prometo que lo haré con toda la serenidad, paciencia y observación de las que sea capaz para explicarte todo lo que pienso que puede crear un cambio positivo en tu vida.
Paso a paso.
Empezaré por el principio.
Hace unos meses, de la mano de Penguin Random House, publiqué el libro Optimiza tu metabolismo, en el que hablo del funcionamiento interno del cuerpo, de las vías de obtención de energía a partir de los alimentos, del concepto de «flexibilidad metabólica» y de la salud mitocondrial como base de la salud global, ¡entre otras muchas cosas! En él profundizo en todo lo que no se ve y en aquello que nos permite ser lo que somos tanto a nivel físico como mental y emocional: ¡el fantástico mundo del metabolismo! Además de ofrecer una base teórica, incluye qué podemos hacer a diario para potenciar al máximo el funcionamiento adecuado de las rutas metabólicas y favorecer la salud a todos los niveles. Podría decir que es una guía teórico-práctica de alimentación, ejercicio y estilo de vida por lo que respecta al metabolismo, una caja de herramientas para alcanzar el bienestar a través de la conexión con la base última de la biología humana.
Cuando acabé el libro, sentí que era un manual de instrucciones para la vida, el compendio que —¡ojalá!— llevásemos todos bajo el brazo para entender y respetar el cuidado de este vehículo tan único y valioso que somos.
Y entonces apareció la oportunidad de dar el siguiente paso: unir, por una parte, el impacto positivo de las grasas saludables sobre la optimización metabólica de la que tanto habla el libro y, por otra, mi deseo de reescribir Dieta cetogénica. Resetea tu metabolismo, gana energía y quema grasa para siempre, del que fui coautora en 2016. Ambos puntos están conectados por una robusta línea, como verás a continuación.
Si la dieta cetogénica es rica en grasas saludables y éstas son una de las herramientas fundamentales para optimizar el metabolismo, actualizar esta dieta centrándonos en la mejora de este mecanismo básico para preservar la salud era el siguiente paso lógico del proceso. ¡Todo encajaba!
La editorial me sugirió crear una guía práctica, un manual que nos permitiera optimizar el metabolismo, y eso me brindó la oportunidad de ahondar en la aplicación de todo lo que tenemos a nuestro alcance para moldear lo que somos y desplegar, desde lo más profundo, nuestra mejor versión.
El resultado es esta obrita que tienes en las manos.
Este libro es para ti: deseo que puedas aplicar en tu vida todo lo que he aprendido de la ciencia y la experiencia, y por eso he decidido ofrecerte herramientas útiles y sencillas sobre alimentación, ejercicio físico, descanso, gestión del estrés y estilo de vida que favorecerán tanto tu salud global como tu bienestar.
He tenido la suerte de comprobar sus beneficios a lo largo del tiempo y no sólo en los cientos de personas a las que he acompañado.
Soy médico y patóloga, tengo un máster en terapia neural y odontología neurofocal y, desde hace casi veinte años, me dedico al estudio del impacto de la alimentación y el estilo de vida en la salud. Como ves, he recorrido un largo camino.
Todo empezó con el ¡crac! que se produjo en el momento en que me rompí. Llevaba demasiado tiempo tirando de la cuerda… Empecé a trabajar a los quince años, mientras aún estaba estudiando. Soy la menor de una familia numerosa, y en ella todos hacíamos algo para ayudar en casa. Como quería ser médico, me esforzaba muchísimo para conseguir la nota alta que necesitaba para acceder a la universidad.
Durante la carrera seguí con esa dinámica, estudiar y trabajar. Sin embargo, las cosas comenzaron a complicarse, pues había logrado entrar en una de las mejores y más duras escuelas de medicina, con jornadas maratonianas y un alto nivel de exigencia. Al inconveniente de ocupar los fines de semana y las vacaciones para conseguir los ahorros necesarios para pagar la carrera, se sumaban los largos desplazamientos diarios. Como mínimo, cada día dedicaba casi cuatro horas a ir a la facultad y volver a casa. Así que aquella época se convirtió en una odisea. Lo recuerdo como un tiempo agotador. Pero era joven, fuerte y perseverante. Y seguí así hasta que conseguí mi anhelado título.
Después vino la preparación del examen MIR, que da acceso a la especialidad, y los años de Anatomía patológica, de nuevo con unos horarios muy dilatados, guardias de veinticuatro horas y la asistencia a todos los cursos y congresos que podía para lograr la mejor formación posible. Incluso simultaneé el doctorado y colaboré en proyectos de investigación. Y todo eso sin olvidarme del ámbito social y familiar. ¡De locos! Al final, acabó pasándome factura en la salud y me vi obligada a parar.
Recuerdo el vértigo que sentí. Tuve que detener mi mundo y dedicarme sólo a mí, a cuidarme del desgaste provocado por tantos años exigiéndome por encima de mis posibilidades. Ya no podía seguir desoyendo la vocecita interior que me decía que algo iba mal, que debía cuidarme.
Siempre me había atraído la influencia de la alimentación en la salud, y era consciente de lo mucho que las decisiones respecto a la dieta y al estilo de vida pueden condicionar el estado físico, mental y emocional, así como la sensación de bienestar en una persona. Lo tenía presente incluso cuando me encontraba frente al microscopio, durante las autopsias… Y fue ahí donde hallé la manera de curarme.
Pero no fue justo como pensaba…
Tuve la suerte de contar con un gran experto en el campo de la nutrición integral, gracias al cual descubrí que lo que había estado haciendo convencida de que era supersano —como comer un montón de fruta cada día, beber mucha leche o no probar apenas las grasas de origen animal, por ejemplo— me había ido debilitando. Tenía que poner mi dieta patas arriba para restaurar todo el sistema. Se me rompieron los esquemas, pero me atreví a probar y constaté su funcionamiento en mí. El poder curativo de los alimentos iba mucho más allá de lo que imaginaba.
Resulta que hay alimentos que nos enferman y otros que nos ayudan a curarnos, que hay enfermedades relacionadas con alimentos concretos, que la forma de cocinar e incluso la manera de combinarlos impacta en la salud…, y todo ello no sólo a nivel físico, sino también mental y emocional. ¿Cómo podía haber pasado tantos años y haber dedicado tanto esfuerzo a la medicina sin ser consciente de esto?
Cuando empecé a encontrarme mejor, decidí ahondar en este campo y averiguar más sobre el tema. Como médico, me parecía fundamental comprender el papel de la nutrición y el estilo de vida en la salud y en la enfermedad, y poner este conocimiento al servicio de los demás. Y a eso he dedicado casi veinte años.
Personas de mi entorno comenzaron a interesarse por lo que estaba haciendo y me pedían consejo. Luego despertó la curiosidad de los conocidos de esas personas, así que seguí con mis aportaciones, aplicando mis nuevos conocimientos y sin dejar de aprender, hasta que al final abrí mi propia consulta de nutrición desde este enfoque integral que surge de la unión de la medicina más académica, a la que llegué por vocación, y la más novedosa, que vino a mí como un salvavidas de recuperación personal, aquella que contempla al paciente como un todo y lo convierte en el protagonista del cuidado diario de su salud.
Utilizo el término «novedosa» porque por un momento pensé que era algo moderno y de vanguardia usar la alimentación y el estilo de vida como base del tratamiento de los problemas de salud con los que me iba encontrando. ¡Y nada más lejos! Otro de los grandes descubrimientos que me impactaron en aquella época fue que Hipócrates, el padre de la medicina, ya en el siglo V a. C. centraba el abordaje terapéutico de sus enfermos en estos dos pilares de la vida y lo inculcaba a los suyos en lo que se conocería después como escuela hipocrática. ¿Conoces la frase «Que tus alimentos sean tu medicina»? No es un eslogan publicitario… ¡Su autor es Hipócrates!
Así que, sin saberlo, en pleno siglo XXI, estaba recuperando una práctica ancestral: rescatar el arte de la medicina antigua, más global e integradora que la que había estudiado en la universidad y que la que había encontrado en el ámbito hospitalario, qu
