PRÓLOGO
Querido lector:
No escribo estas páginas porque tenga un talento especial ni por haber hecho nada digno de ser tallado en piedra, ni mucho menos. Lo escribo por la pasión que tengo por Isabel desde el día en que nació.
En la vida, hay gente que te marca, que te toca el alma y cambia la dirección de tu existencia, y para mi Isabel es uno de esos seres humanos. Pero antes de entrar en detalle, permíteme abrir la puerta de mi casa: desde hace mucho tiempo, me presento como el hermano de Isabel, Carlos ¿Hay algo más que eso? Seguro, pero nada de tal importancia.
Cuando era pequeño, tuve el delirio dulce y arrogante, propio de la edad, de pensar que algún día escribiría un libro. Incluso tenía el título. Habría sido un libro de brocha gorda, tosco, más de ruido que de música. Nada que interesara a muchos, tal vez a un par de locos a lo sumo. Así que ver que hoy tengo la oportunidad de escribir el prólogo de este es un regalo invaluable. La vida, caprichosa siempre, me ha brindado este obsequio maravilloso.
Pero basta ya de hablar de este pobre diablo. Sería muy atrevido detallar el contenido de este libro; recordad: soy pintor de brocha gorda. Sin embargo, estoy seguro de que, al navegar por sus capítulos, enseguida entenderéis, como lo hice yo, la maravilla que se esconde detrás de las hormonas, cómo conectan el entramado de nuestro cuerpo y lo hacen funcionar como lo que realmente es: una máquina afinada casi a la perfección. Somos, al fin y al cabo, un milagro. Y saber contarlo con el estilo y esa manera tan única que tiene Isabel es una proeza excepcional.
Lo que sí puedo hacer bien es hablaros de Isabel y espero que mis palabras sean capaces de transmitir lo que siento por ella, de detallaros sus virtudes y su lucha incansable por ser, cada día, una versión mejor de sí misma. Porque Isabel nació para pelear, y su fuerza de carácter es algo que rara vez he visto en otros.
Conocí a mi hermana el mismo día en que nació, sí, el mismo en que llegó a este mundo. Jamás lo olvidaré. Cuando la vi por primera vez, rompí en lágrimas, no por ella, sino por ver a mi madre conectada a un gotero. Tenía apenas cuatro años, y aquel gotero me pareció una maraña infinita, como si, en lugar de uno, hubiese cientos. Recuerdo no prestar demasiada atención a Isabel en ese momento; mi madre lo era todo para mí… Hoy también; no sé a quién quiero engañar. Ahora bien, poco podía imaginar que, desde ese preciso instante, Isabel se convertiría en una parte esencial de mi vida.
Isabel nació con algo distinto, tenía eso que algunos llaman estrella. Recuerdo que mi abuelo Elo me decía que las estrellas eran átomos de hidrógeno fusionándose entre sí. Tal vez fuera eso o tal vez no, pero había algo en Isabel que la hacía brillar a mis ojos. Su carácter y carisma eran algo poco común. Desde muy pronto supo lo que le gustaba, lo que no la atraía y sobre todo lo que quería conseguir. Su forma de pensar siempre fue peculiar, tenía una manera de mirar lo cotidiano que incluso hoy sigue sorprendiéndome. Su risa era la moneda de cambio por la que todos peleábamos en casa: una sonrisa suya te daba alas para afrontar el día. Lo que es seguro es que su llegada nos iluminó a todos en casa.
El tiempo ha pasado desde entonces, y, como es natural, muchas cosas han ocurrido. Hemos vivido etapas muy unidos y otras de cierta distancia; épocas en las que hablábamos sin parar y otras en las que apenas cruzábamos unas palabras. Hemos atravesado momentos difíciles, otros buenos y muchos, muchísimos, extraordinarios. Seguimos conociéndonos y aprendiendo el uno del otro, aunque debo admitir que sigue habiendo cierto desequilibrio, pues soy yo quien más provecho saca de esta suerte inmensa de ser hermanos.
Permitidme deciros algo: los hermanos mayores también pueden, y deben, aprender de los que llegaron después. A veces de forma directa, otras veces observando sus errores, sus aciertos, sus luchas, sus victorias, incluso sus inseguridades, porque son una fuente de inspiración y aprendizaje, creedme. Así que, si estáis leyendo estas líneas, da igual si soy hermanos mayores, pequeños o coetáneos, coged el móvil, llamadles y decidles que los queréis. Pura fusión de hidrogeno.
¿Y qué puedo deciros de lo que he aprendido de Isabel? Que somos meros visitantes en todo esto, que estamos aquí para observar, para aprender, mucho, y hasta el final. Que nadie os diga nunca lo contrario. Que, si os caéis, hay que levantarse y volver a intentarlo. Que no importa cuántas veces fallemos porque cuando uno hace aquello para lo que sabe que ha venido, lo único que importa es intentarlo. Y si no lo consigues… al menos lo probaste y disfrutaste del proceso. Así, cuando todo esto acabe, no habrá fantasmas disfrazados de arrepentimiento susurrándonos al oído que no lo procuramos.
Aprendí también, hace muchas lunas, cuando aún deliraba con la quimera de escribir un libro y hacía las cosas solo por mí, por demostrar que podía, que sabía, que lo merecía, que el éxito, si llega, es tremendo embustero, que solo somos humanos luchando. Gracias a una conversación con mi padre, cuando me pidió que cuidara siempre de mi hermana, entendí que la verdadera lucha no es por uno mismo, sino por quienes amamos. Y fue gracias a Isabel que comprendí, al fin, de qué va todo esto.
Así que ahora me dirijo a ti, Isabel.
Te quiero. Te quiero de manera sencilla, sin ego, con la pasión de quien no encuentra palabras suficientes para explicar lo que siente y con la ambición serena de quien no desea nada más que lo mejor para el otro.
Hay una frase que se me quedó grabada hace muchos años: «Sé una persona de gustos sencillos y mente compleja, y no al revés». Vivo bajo ese lema siempre y te confieso que pocas cosas me gustan más que escucharte explicar el mundo. Verte, aunque sea en un vídeo hablando de procesos hormonales, o seguirte en tu empeño incansable por aportar tu granito de arena para que la gente sepa más, tema menos y elija mejor. Gracias a ti, disfruto de esas cosas pequeñas que siempre he perseguido; placer en vena para mí.
Como le dije una vez a alguien muy cercano a ti, y a mí, hace unos años inventé una unidad de medida para contabilizar la felicidad: «el felivatio». No está reconocida como medida internacional… quizá algún día lo estará. Quién sabe. Ya ves: un pintor de brocha gorda escribiendo el prólogo de un libro. Pero hoy te digo, gracias, Isabel, por hacerme vivir en un mundo brillante de átomos que se fusionan entre sí y generan una corriente continua de 220 felivatios diarios; para mí, pura felicidad. Porque al final comprendí que no eras tú quien brillaba. Éramos todos nosotros, los que tenemos la suerte de estar cerca de ti, porque tienes el don de hacernos relucir en este viaje que es la vida.
Macarena, mamá, papá, tu ahijada y el resto de nuestra familia te queremos y estamos orgullosos de ti.
Y a vosotros, lector y lectora que abrís estas páginas, solo puedo desearos que disfrutéis de este libro y recordéis siempre que todo comienza en vosotros. El camino hacia el bienestar nace del convencimiento íntimo de que, por más incierto que parezca, siempre es posible.
Carlos
INTRODUCCIÓN
Nuestro cuerpo está vivo, en constante movimiento. Nada en él es estático, ni siquiera por un momento. Desde moléculas que duran apenas unos segundos, como el óxido nítrico, hasta otras que se mantienen semanas, como el colágeno, todo funciona con tiempos distintos. Y gracias a esa diversidad de «vidas» y ritmos, el cuerpo puede adaptarse y regularse constant
