Introducción
El estado actual del cuidado de nuestras partes
Si te caes, ahí estaré.
Suelo
Empieza cuando somos jóvenes, cuando nos viene la regla. La primera vez que vemos sangre, da miedo. Cuando los adultos que nos rodean hablan entre susurros, nos avergonzamos, como si las conversaciones acerca de nuestro cuerpo debieran mantenerse a escondidas. A medida que nos hacemos mayores, nos deslizamos el tampón en la manga cuando vamos al baño y enrollamos los salvaslips usados en papel higiénico para ocultarlos en el cubo de la basura. Si damos a luz o se aproxima la menopausia, empezamos a llevar pantalones negros en lugar de coloridos por si sufrimos alguna pérdida leve de orina. Evitamos las relaciones íntimas a causa del dolor o, quizá peor, soportamos sin decir nada la incomodidad sexual por miedo a decepcionar a nuestra pareja. En lo que se refiere a «nuestras partes», las conversaciones en voz baja se han normalizado demasiado.
Las mujeres sufrimos en silencio porque nuestro suelo pélvico no es una prioridad en el sistema de salud. De hecho, es posible que ni siquiera sepamos qué es el suelo pélvico. Y cuando surge un problema con él, se nos presentan tres opciones:
1. Tratar los síntomas gastando dinero en toda una gama de medicamentos y artilugios complejos.
2. Someternos a cirugía o procedimientos para «rejuvenecer» la vagina.
3. Apechugar.
Si eres mujer, la cultura del silencio en torno a las cuestiones relacionadas con tu vagina se originó en la adolescencia o incluso antes. Y, desde entonces, los problemas de salud pélvica o se minimizan o se abordan con medidas extremas.
Beth, una de mis pacientes, es solo un ejemplo de muchos. La primera vez que vino a verme, sus ojos reflejaban una gran desazón. Cuarenta y cinco años, madre de dos niños y enfermera quirúrgica en un hospital, se pasaba el día levantando a pacientes y la tarde cargando con carritos, compras y críos en su todoterreno. Sus hijos crecían como la mala hierba, algunos pacientes abultaban el doble que ella, y Beth creía que podía con todo… hasta una noche.
Estaba en la ducha tras un largo día, lavándose la parte inferior del cuerpo, cuando notó un bulto en la abertura de la vagina. Cedió al pánico, como siempre que alguien nota un bulto por ahí abajo. Preocupada por si era cáncer o un tumor, pidió cita de inmediato con el ginecólogo. Tras una inspección visual que no duró ni un minuto, su médico tuvo la respuesta. «¡No es nada raro! —proclamó—. Se te está saliendo la vejiga por la vagina. Se llama “prolapso” y ocurre muy a menudo. Tú no levantes nada que pese demasiado».
Y ya está. Tú no levantes nada que pese demasiado.
A pesar del alivio de escuchar «No es cáncer», una vejiga que se sale del cuerpo sigue sin ser una buena noticia. La atención que recibió Beth ese día fue sumamente deficiente, pero tampoco eso se sale de la norma. Ella no es más que una de las numerosas mujeres que han abandonado la consulta del médico sintiéndose desatendidas, frustradas y asustadas.
A lo largo de las dos últimas décadas, en mi consulta de terapia del suelo pélvico he tratado a miles de mujeres como Beth, a quienes, antes de acudir a mí, les denegaron conversaciones abiertas y las herramientas necesarias para tratar los problemas de su suelo pélvico. Por todas partes oímos relatos que deslegitiman los problemas íntimos que experimentamos las mujeres:
• Los anuncios de salvaslips para la incontinencia envían al consumidor el mensaje de que tener pérdidas de orina es simplemente parte de ser mujer (cuando la terapia física puede mejorarla o prevenirla).
• Los médicos de confianza ven el prolapso del suelo pélvico como una parte normal de la maternidad (de modo que incontables mujeres hacen lo que pueden con un dolor pélvico implacable).
• Los medicamentos para la vejiga hiperactiva prometen mejorar la calidad de vida (pero no se preocupan por la lista interminable de efectos secundarios).
• Los jabones perfumados para la zona íntima garantizan una vagina más fresca y limpia (cuando las vaginas no están sucias y lo único que se necesita para lavarlas es agua).
Casi una de cada tres mujeres sufre algún trastorno del suelo pélvico: desde las relaciones sexuales dolorosas hasta el prolapso, desde el dolor de espalda hasta el estreñimiento, y desde las pérdidas de orina hasta la incapacidad para experimentar orgasmos. Aunque los problemas del suelo pélvico son habituales, no son normales. Pero a la mayoría no nos enseñan en qué consiste realmente el suelo pélvico, y mucho menos cómo cuidarlo. De modo que si empezamos a tener problemas, no estamos preparadas para identificarlos e ignoramos por completo que existen multitud de tratamientos no invasivos. Luego, cuando los problemas se manifiestan por completo, nos pillan desprevenidas.
Estas afecciones comprometen nuestra autoestima, nuestra salud mental, nuestras relaciones íntimas, nuestra capacidad para hacer ejercicio e incluso nuestro bolsillo. La incontinencia femenina supone un gasto de más de veinte mil millones de dólares al año solo en Estados Unidos. Algunos de los tratamientos son eficaces, sobre todo de manera temporal, pero la mayoría se limitan a aliviar los síntomas sin abordar la disfunción del suelo pélvico subyacente. Es el equivalente de poner una tirita al problema y el motivo por el que el 30 % de las mujeres que se someten a cirugía para solucionar un problema del suelo pélvico requerirán una nueva intervención para tratar la misma afección.
Con excesiva frecuencia nos topamos con respuestas que perpetúan la cultura de la derrota en lugar de empoderar. Como resultado, comenzamos a aceptar que la incontinencia, el dolor y el prolapso son solo una parte normal de la vida para la gente con vagina. (No lo son). Nos sentimos avergonzadas o rotas. (No lo estás). Ya no confiamos en nuestro cuerpo. (Volverás a hacerlo). Y creemos que no hay alternativa. (La hay).
El negocio con nuestras cosas
Con el aumento del uso de las redes sociales y del interés en el autocuidado de la era post-#MeToo, ha surgido un aluvión de productos, procedimientos e incluso ropa formal que pone el foco en la vagina y la vulva y conciencia sobre el hecho de que las mujeres sencillamente no recibimos la atención que merecemos. En 2018 abrió en Londres el Museo de la Vagina, el primer museo físico dedicado al sistema reproductor femenino. En 2020, la marca de bienestar femenino Goop lanzó una vela con aroma a vagina por 75 dólares la unidad… ¡y agotó existencias! En 2024, la actriz Gillian Anderson llevó un vestido cubierto de imágenes de vulvas a una entrega de premios y se hizo viral.
Cada año que pasa, veo más y más marcas que ofrecen artilugios y cremas que prometen la vagina ideal. Se calcula que la industria del bienestar íntimo femenino en Estados Unidos ya ronda los cinco mil millones de dólares, y continuará creciendo. La vagina se ha convertido en un gran negocio, y cualquiera diría que cuanta más cobertura reciban las vaginas y las vulvas, mejor, ¿no?
Mi respuesta es que, en teoría, sí. Una mayor conciencia impulsa a nuestra sociedad y a nuestro sistema sanitario a reconocer los déficits en el cuidado de la salud femenina y a dar los primeros pasos para mejorarla. Aun así, al mismo tiempo, esta conciencia ha producido una industria de la salud vulvovaginal y del suelo pélvico centrada en mejorar las sensaciones, el olor, el sabor o el aspecto de la vagina, pero no necesariamente su funcionamiento. Da la impresión de que a veces se pone el acento en que tu vagina esté más de moda en lugar de más sana. Los problemas reales siguen sin abordarse de forma abierta. Hemos pasado de recurrir a medicamentos y a la cirugía, o del rechazo absoluto de los problemas de salud vaginal y del suelo pélvico, a usar sillones de masaje, geles aromatizados y gominolas para la libido como opciones alternativas para la atención sanitaria.
Algunas marcas de salud femenina y salud pélvica perpetúan el relato de que las vaginas están sucias, huelen mal o son poco atractivas bombardeando constantemente a las mujeres con productos y procedimientos cuyo objetivo es mejorar las vaginas cuando, de hecho, es posible que sus vaginas no tengan nada de malo. Muchos de estos productos de moda en realidad pueden perjudicar tu salud pélvica en lugar de mejorarla, llevando a una alteración del microbioma vaginal, un incremento del riesgo de infección, la aparición de tensión en el suelo pélvico o no tener ningún efecto en absoluto. Y pueden ser una pérdida de dinero… y esperanza. Por no mencionar que a menudo estas tendencias se centran por completo en nuestra vagina, cuando para tener salud ahí abajo debemos estar pendientes de todo el suelo pélvico.
Las mujeres nos sentimos cada vez más cómodas hablando de nuestra vagina, pero nos queda un largo camino por recorrer. Muchas siguen cargando con una gran vergüenza y no reciben consejos útiles sobre cómo tratar o prevenir los problemas. Si bien es genial que se preste mayor atención a la vulva y a la vagina, debemos aclarar qué prácticas constituyen realmente atención sanitaria. La salud hace referencia al estado del cuerpo cuando se encuentra libre de enfermedades. El bienestar es un poco como poner lámparas elegantes en una casa cuando es posible que aún no tenga paredes siquiera. Como cultura, necesitamos desviar la atención hacia la verdadera atención sanitaria femenina. Así que deja que me ponga mi bata de terapeuta del suelo pélvico para ofrecerte buenos consejos para tu vagina y tu suelo pélvico.
La Mujer que Susurra a las Vaginas
En 2017, empecé a grabar vídeos para las redes sociales ataviada con un disfraz acolchado de vulva con el fin de visibilizar la extrema falta de calidad en el cuidado de nuestras partes bajas. Llamé a esta cuenta lo que mis amigos llevaban años llamándome: The Vagina Whisperer («la Mujer que Susurra a las Vaginas»). Embarazada de mi segundo hijo por aquel entonces, compartía todo tipo de información, desde consejos sencillos como «aprieta cuando estornudes» hasta estiramientos para aliviar el dolor durante las relaciones sexuales y protocolos más avanzados para prepararse para el parto. Quería instruir a las mujeres acerca de su suelo pélvico, proporcionarles las herramientas que precisan para mantener la salud pélvica y ofrecerles ideas sobre cómo abogar por sí mismas ante los profesionales de la salud. Es mucho lo que las mujeres pueden hacer a diario para abordar y mejorar los problemas de suelo pélvico, e incluso para evitar que surjan. El seguimiento inmediato y significativo en las redes sociales evidenció que las mujeres querían —no, necesitaban— esta información tan desesperadamente que recurrían a una vulva bailonga en internet para conocer mejor su cuerpo.
Cuando empecé a «susurrar a las vaginas», ya llevaba más de una década trabajando de fisioterapeuta del suelo pélvico, pues había escogido la salud del suelo pélvico como especialidad inmediatamente después de graduarme. Una de mis profesoras era una pionera en el campo e impartió algunas charlas sobre la musculatura del suelo pélvico que me dejaron boquiabierta.
¿Unos músculos tensos pueden causar estreñimiento? ¡Que me explota la cabeza!
¿Hacer pis con fuerza es malo? ¡¿Quién lo habría dicho?!
¿Los orgasmos son contracciones musculares del suelo pélvico? ¡¿En serio?!
¿La tensión del suelo pélvico puede influir tanto en nuestro placer sexual como en nuestra capacidad para dar a luz? Espera, espera, espera, ¿quééé?
Me encantaba aprender cómo funcionaba mi cuerpo. Una vez que empecé a trabajar con pacientes, me encantó enseñarles cómo funcionaba su cuerpo. Sufrieran prolapso, incontinencia, hemorroides, relaciones sexuales dolorosas o incluso dolor de coxis, había unos músculos en su suelo pélvico que eran los responsables de ello. Así de sencillo… ¡músculos! Nada estrafalario. A estas alturas, tras décadas como fisioterapeuta del suelo pélvico, sigue pasmándome el número de mujeres que aún sufren alguna disfunción del suelo pélvico cuando hay tantas cosas que pueden hacerse para ayudarlas.
El 45 % de las madres primerizas experimentarán traumas durante el parto, como mi paciente Claire, que quería tener otro hijo pero se quedó aterrada después de que su primer parto implicara horas empujando y una cesárea de urgencia.
Una de cada cuatro mujeres sufrirá dolor con el sexo en algún momento de su vida, como mi paciente Deidre, que no podía consumar su matrimonio porque el sexo era muy doloroso. Una vez que reunió el valor para contárselo a su ginecólogo, este le aconsejó «relajarse y usar más lubricante».
Más del 70 % de las mujeres menopáusicas se despiertan con frecuencia durante la noche para orinar, como mi paciente Marsha, que se levantaba entre ocho y diez veces por la noche para hacer pis y en una ocasión se cayó al correr hacia el baño a oscuras.
Estas tres mujeres encontraron el camino hasta la terapia del suelo pélvico. Aprendieron ejercicios y cambios de hábitos sencillos para paliar el malestar y mejorar el funcionamiento del suelo pélvico y su calidad de vida. Las tres se sintieron por fin comprendidas y optimistas durante el tratamiento. Pero todas y cada una de ellas formulaban la misma pregunta: «¿Por qué no me había hablado nadie antes de la terapia del suelo pélvico?».
En las páginas que siguen te lo contaré todo sobre el suelo pélvico. Al contrario de lo que se suele creer, los problemas de suelo pélvico no afectan únicamente a las mujeres maduras o que dan a luz. Pueden perjudicar a cualquier persona con suelo pélvico, es decir, a todo el mundo. En mi consulta, y por cartas que he recibido de pacientes y seguidoras, he visto y oído incontables historias de éxito sobre cómo aprender a orinar y defecar de la forma correcta las ayudó a lidiar con el prolapso, cómo los estiramientos y los dilatadores vaginales las llevaron a un sexo placentero tras años de dolor, cómo volvían a sentirse seguras al viajar y ya no temían estar lejos de un lavabo, y cómo podían coger a sus bebés sin dolor de espalda y sin pasar las noches con una almohadilla térmica
