Baile de ladrones (Baile de ladrones 1)

Mary E. Pearson

Fragmento

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Capítulo uno

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Kazimyrah de Brumaluz

—Los fantasmas siguen aquí.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Cada una era como un espíritu brillante, como una advertencia susurrada, pero no tuve miedo.

Porque ya lo sabía.

Los fantasmas no se van nunca. Te vienen a ver en el momento más inesperado, te cogen de la mano y te conducen por caminos que no llevan a ninguna parte. «Por aquí». Yo había aprendido a no escucharlos.

Cabalgábamos por el valle del Centinela, vigilados desde arriba por las ruinas de los Antiguos. Mi caballo iba con las orejas bien erguidas, alerta, sin dejar de lanzar un ronquido quedo. Él también lo sabía. Le acaricié el cuello para tranquilizarlo. Habían pasado seis años desde la Gran Batalla, pero las cicatrices eran aún bien visibles: carromatos volcados sobre los que crecían los hierbajos, huesos dispersos que las fieras hambrientas habían sacado de las tumbas, las gigantescas costillas de los brezalotes que se alzaban hacia el cielo mientras los pájaros se posaban entre ellas, como en jaulas blancas...

Sentí a los fantasmas presentes, observando, interrogándose acerca de mí. Uno me puso un dedo helado en la cara y me presionó los labios a modo de advertencia. «Shhh, Kazi, ni una palabra».

Natiya, sin el menor temor, nos llevó hacia el corazón del valle. Escudriñamos con los ojos las paredes rocosas y la devastación de una guerra que la tierra, el tiempo y el recuerdo iban consumiendo poco a poco, igual que una serpiente engulle con paciencia a una liebre gorda. Toda aquella destrucción no tardaría en estar en las tripas de la tierra, y entonces ¿quién la recordaría?

A medio camino, cuando el valle ya se estrechaba, Natiya se detuvo, bajó de la silla y sacó una tela blanca doblada de las alforjas. Wren también desmontó, toda brazos y piernas flacas, silenciosa como un pájaro al posarse en el suelo. Synové dudó un momento y me miró, insegura. Era la más fuerte, pero no movió las caderas redondas de la silla de montar. No le gustaban los fantasmas ni siquiera a plena luz. La visitaban en sueños demasiado a menudo. Hice un ademán para tranquilizarla, y las dos bajamos del caballo y nos acercamos a las demás. Natiya se fue hasta un montículo verde como si supiera lo que había bajo el manto de hierba, y frotó con gesto distraído el tejido entre los delicados dedos de piel oscura. Fueron solo unos segundos, pero se nos hicieron eternos. Natiya tenía diecinueve años, solo dos más que nosotras, pero de pronto parecía mucho mayor. Había visto en persona cosas de las que nosotras solo habíamos oído hablar. Sacudió la cabeza y se dirigió hacia un montón de piedras que se habían derrumbado. Empezó a recogerlas y a ponerlas de nuevo en el modesto memorial.

—¿Quién era? —le pregunté.

Natiya apretó los labios.

—Se llamaba Jeb. El cuerpo lo quemaron en una pira porque es la costumbre de los dalbreckios, pero enterré aquí las pocas cosas que tenía.

«Porque esa es la costumbre de los vagabundos», pensé, pero no dije nada. Natiya no solía hablar de su vida anterior a convertirse en vendana y en rahtan, pero la verdad es que yo tampoco hablaba de la mía. Ciertas cosas es mejor dejarlas atrás. Wren y Synové parecían incómodas y no paraban de mover las botas sobre la hierba. No era normal que Natiya mostrara así sus sentimientos, aunque fuera de una manera tan silenciosa, y menos si eso implicaba un retraso en los planes. Pero de pronto parecía haberlo dejado todo suspendido en el aire, como sus palabras al entrar en el valle. «Siguen aquí».

—¿Era especial? —pregunté.

Asintió.

—Todos eran especiales, pero Jeb me enseñó muchas cosas. Cosas que me ayudaron a sobrevivir. —Se volvió hacia nosotras con gesto brusco—. Cosas que os he enseñado a vosotras. O eso espero. —Pero no pudo mantener la expresión severa, y las largas pestañas negras le proyectaron sombras bajo los ojos oscuros. Nos miró a las tres como si fuera un general curtido, y nosotras, su variopinto ejército. En cierto modo lo éramos. Sí, éramos las más jóvenes del rahtan, pero éramos del rahtan. Y eso tenía un valor. Tenía un gran valor. Éramos la guardia principal de la reina. No habíamos llegado a esa posición por ser torpes e incompetentes. La mayor parte del tiempo. Teníamos entrenamiento, teníamos talento natural. La mirada de Natiya se clavó en mí más tiempo que en las otras. Yo estaba al frente de la misión y era responsable de tomar las decisiones. No tenían que ser buenas. Tenían que ser perfectas. Porque no se trataba solo de lograr el objetivo, sino también de protegernos a todas.

—Todo irá bien —prometí.

—Bien —asintió Wren al tiempo que se apartaba con un soplido un rizo oscuro de la frente.

Tenía ganas de ponerse en marcha de nuevo. La expectación empezaba a pesar sobre nosotras.

Synové, nerviosa, se retorció una larga trenza anaranjada entre los dedos.

—Perfecto, de maravilla. Todo irá...

—Lo sé, lo sé. —Natiya alzó una mano para detener a Synové antes de que se lanzara a una larga explicación—. Vale. Acordaos, lo primero es pasar un tiempo en la colonia. La Boca del Infierno, después. Limitaos a hacer preguntas. Conseguid información. Comprad lo que necesitéis. No llaméis la atención hasta que lleguemos.

Wren soltó un bufido. A mí se me daba de maravilla no llamar la atención, pero no en esta ocasión. Para variar, mi objetivo era meterme en líos.

Un galope interrumpió el tenso intercambio.

—¡Natiya!

Nos volvimos hacia Eben. Su caballo se acercaba levantando la hierba con los cascos. A Synové se le iluminaron los ojos como si el sol le hubiera hecho un guiño desde detrás de una nube. Eben describió un círculo, concentrado en Natiya.

—Griz se está poniendo nervioso. Quiere ponerse en marcha ya.

—Ya vamos —dijo.

Sacudió el tejido que tenía en la mano. Era una camisa. Una camisa excelente. Se acarició la mejilla con la tela suave y luego la depositó sobre el memorial de piedras.

—Lino de Cruvas, Jeb —susurró—. El mejor.

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Llegamos a la entrada del valle. Natiya se detuvo y miró atrás por última vez.

—Recordad lo que habéis visto —dijo—. Veinte mil. Veinte mil muertos aquí, en un solo día. Vendanos, morrigheses, dalbreckios. Yo no los conocía a todos, pero a todos los conocía alguien. Alguien que les traería flores silvestres si fuera posible.

O camisas de lino de Cruvas.

Comprendí por qué nos había llevado allí Natiya. Eran órdenes de la reina. «Mirad. Mirad bien y recordad las vidas que se perdieron. Personas reales, con seres queridos. Antes de embarcaros en la misión que os he encomendado, contemplad la devastación, recordad lo que hicieron. Lo que podría volver a pasar. Comprended lo que hay en juego. Al final, los dragones despiertan y salen de sus guaridas negras».

Había visto la insistencia en los ojos de la reina. La había oído en su voz. No era solo por el pasado. Tenía miedo por el futuro. Algo se estaba cocinando, y quería detenerlo como fuera.

Escudriñé el valle con los ojos. Con la distancia, los huesos y los carromatos se fundían con el mar verde y ocultaban la verdad.

Nada era lo que parecía. Nunca.

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Los gruñidos de Griz para levantar el campamento no eran nada nuevo. Le gustaba acampar pronto y ponerse en marcha temprano, a veces aún en la oscuridad, como si así derrotara al sol. Cuando llegamos, ya tenía el caballo cargado y había apagado la hoguera. Nos miró con impaciencia mientras enrollábamos los petates y cargábamos las bolsas.

Íbamos a separarnos tras marchar una hora a caballo. Griz iba a Civica, en Morrighan. La reina quería comunicar ciertas noticias a su hermano, el rey, y no quería confiarlas a nadie más, ni siquiera al valsprey con el que enviaba los demás mensajes. Otros pájaros podían atacar al valsprey, o alguien podía abatirlo e interceptar el mensaje, mientras que a Griz no lo paraba nada. Quizá, como mucho, daría un rodeo para pasar por Terravin, y por eso tenía tanta prisa. Synové le tomaba el pelo diciéndole que tenía allí una novia, cosa que provocaba encendidas negaciones. Griz era un rahtan de la vieja escuela, pero el rahtan ya no era la élite de diez con sus estrictas normas. Ahora éramos veinte. Desde que la reina se hizo con el poder habían cambiado muchas cosas. Entre ellas, yo.

Cuando empecé a plegar la tienda, Griz se acercó y me observó. Yo era la única que tenía un toldo así. Era muy pequeña, casi no ocupaba espacio. La primera vez que me vio, en una misión a una provincia del sur, se opuso con todas sus fuerzas. «Nosotros no tenemos tiendas», dijo con cara de asco. Recuerdo lo mucho que me avergoncé. Pero, durante los meses que siguieron, transformé aquella humillación en determinación. La debilidad te convierte en objetivo, y hacía mucho que me había jurado a mí misma que no volvería a ser el objetivo de nadie. Enterré la vergüenza bajo capas y capas de la armadura que me había fabricado con sumo cuidado. Los insultos no la podían atravesar.

La imponente estatura de Griz proyectaba su sombra sobre mí.

—¿Qué pasa, no te parece bien mi técnica de doblado de tiendas? —pregunté.

No dijo nada.

Me volví hacia él y lo miré.

—¿Qué pasa, Griz? —le espeté.

Se frotó la barbilla sin afeitar.

—Hay mucho terreno abierto de aquí a la Boca del Infierno. Terreno desierto, llano.

—¿Y qué?

—¿Te las... arreglarás?

Le planté la tienda doblada contra la cintura. Me la cogió de las manos.

—Lo tengo controlado, Griz.

Asintió, titubeante.

—La pregunta es... —seguí, e hice una pausa teatral— ¿lo tienes controlado tú?

Me miró con ceño interrogativo, luego soltó un bufido y se echó la mano al costado.

Sonreí y le entregué su daga.

El ceño se convirtió de mala gana en una sonrisa y volvió a guardar el puñal en la funda vacía. Arqueó las cejas pobladas y asintió con gesto de aprobación.

—Siempre a favor del viento, Diez.

Diez, el sobrenombre que me había ganado. Era su manera de decir que confiaba en mí. Flexioné los dedos, agradecida.

Nadie iba a olvidar cómo había llegado a merecerlo. Y Griz, menos.

—Querrás decir contra el viento, ¿no? —intervino Eben.

Lo miré. Nadie iba a olvidar tampoco cómo llegué al rahtan, y Eben menos que nadie. Fue el día en que escupí a la cara a la reina.

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Capítulo dos

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Kazi

Cuando la vi, la reina iba a pie por los callejones sucios del barrio de Brumaluz. Yo no lo había planeado, pero hasta las cosas que no ideamos nos pueden llevar por caminos que nunca imaginamos recorrer, cambiar nuestro destino y lo que nos define. Kazimyrah: huérfana, rata callejera invisible, la niña que desafió a la reina, rahtan.

Ya me habían empujado por un camino a los seis años, y el día que le escupí a la cara a la nueva reina cambié de golpe a otro. Aquel momento no solo definió mi futuro: la inesperada respuesta de la reina, una sonrisa, también definió su reinado. La reina llevaba la espada en la vaina, colgada a un costado. La gente contuvo el aliento a la espera de lo que iba a pasar. Sabían muy bien lo que habría pasado antes: si hubiera sido el komizar, yo habría acabado decapitada, allí mismo, en aquella calle. Su sonrisa me dio más miedo que si hubiera desenvainado la espada. En aquel momento supe que el antiguo Venda, el reino que conocía y por el que sabía moverme, había desaparecido para no volver. Y aquello me hizo detestarla.

Cuando supo que no podía llamar a mi familia porque no tenía, dijo a los guardias que me habían agarrado que me llevaran a Palacio Santuario. Por aquel entonces yo me creía muy lista, más lista que aquella joven reina. Tenía once años, once años de valor y humillaciones, estaba cerrada a cualquier intruso. La derrotaría con mi ingenio, como hacía con todo el mundo. Aquel era mi reino. Tenía todos los dedos y una reputación a juego. En las calles de Venda me llamaban «Diez» en susurros, con respeto.

Que un ladrón tuviera todos los dedos era cosa nunca vista en un ladrón, o en un sospechoso de ladrón, porque si me hubieran pillado alguna vez con objetos robados mi apodo habría sido «Nueve». Los ocho señores de los barrios que imponían el castigo por robo me llamaban de otra manera. Para ellos era la Creadora de Sombras, porque decían que era capaz de conjurar una sombra para que me ocultara hasta a plena luz del mediodía. Algunos hasta tocaban el amuleto que llevaban escondido cuando me veían. Pero conocer las estrategias de las políticas callejeras y las personalidades era tan útil como las sombras. Yo había perfeccionado mi arte, había enfrentado entre ellos a los señores de los barrios y a los comerciantes. Era como un músico, y ellos, tambores rudimentarios que yo hacía sonar, que alardeaban de que nunca les había robado y por eso se sentían más listos que nadie mientras yo les quitaba lo que me parecía que sería más útil en otras manos. Me servía de sus egos. Aprendí el oficio en los callejones serpenteantes, los túneles y los pasadizos. El estómago era mi capataz. Pero también me movía otro tipo de hambre: hambre de respuestas, que no se aplacaba con nada que pudiera robar a un noble gordo. Esa hambre era mi capataz más intenso, más oscuro.

Mi mundo desapareció casi de la noche a la mañana por culpa de la reina. Llegué a donde estaba a golpe de hambre y de trabajo, nadie me iba a quitar mi lugar. Las calles retorcidas y atestadas de Venda eran lo único que había conocido, su inframundo era lo único que comprendía, poblado por una coalición desesperada que sabía valorar el calor de una bosta de caballo en invierno, el rastro de trigo que dejaba una cuchillada en un saco, el ceño de un comerciante al ver que faltaba un huevo de la cesta... o, si yo tenía motivos de rencor, la gallina que lo había puesto. Me he llevado cosas más grandes y más escandalosas que una gallina.

Ojalá pudiera decir que robaba para comer, pero no es cierto. A veces, robaba a los señores de los barrios solo para que sus tristes vidas fueran aún más tristes. A veces me preguntaba si, de llegar yo a su posición, también cortaría dedos para conservar el poder. Porque ya había descubierto que el poder era tan seductor como una hogaza de pan recién hecho, y la brizna de poder que ejercía sobre ellos era, a veces, todo el alimento que me hacía falta.

Pero los reinos firmaron tratados que permitían las colonias de Cam Lanteux; aquellos con los que había robado, aquellos para los que había robado, se fueron marchando uno tras otro para iniciar una nueva vida en los vastos territorios. Me convertí en un pajarillo desplumado que batía las alas de forma inútil, pero me negué a irme a una granja en medio de la nada. Para mí, era imposible. Lo había descubierto a los nueve años, cuando me alejé un poco del Santuario en busca de respuestas que se me escapaban. Cuando volví la vista hacia la ciudad, ya en la distancia, y comprendí que yo no era más que una mota en medio del espacio desierto, me faltó el aire y el cielo me dio vueltas. Fue como si me pasara por encima una ola arrolladora. No tenía dónde esconderme. No había sombras en las que ocultarme, ni una tienda de lona en la que cobijarme, ni unas escaleras bajo las que pasar desapercibida, ni una cama debajo de la cual meterme si alguien me buscaba. No tenía escapatoria. La estructura de mi mundo, el suelo, los techos, los muros, había desaparecido, y me sentía como si flotara sin ningún asidero. Conseguí a duras penas volver a la ciudad y no volví a salir.

Sabía que, en un mundo al aire libre, no sobreviviría. Escupirle a la reina había sido mi intento desesperado por salvar la existencia que me había creado. Ya me habían robado la vida una vez y no pensaba permitir que sucediera de nuevo, pero ocurrió. Hay mareas que nada puede contener, y el nuevo mundo me lamió los tobillos como el agua en la orilla del mar, y me arrastró con su corriente.

Los primeros meses que pasé en Palacio Santuario fueron turbulentos. Sigo sin saber cómo es que nadie me estranguló. Yo que ellos lo habría hecho. Robé todo lo que me dejaban a la vista y también lo que escondían, y lo acumulé en un pasadizo secreto bajo la escalera de la Torre Este. No había habitación privada a salvo de mí. El pañuelo favorito de Natiya, las botas de Eben, las cucharas de madera del cocinero, espadas, cinturones, libros, alabardas de la armería, el cepillo del pelo de la reina... A veces devolvía las cosas, a veces no. Dispensaba bendiciones como una reina caprichosa. La tercera vez que le robé la navaja de afeitar, Griz me persiguió por los pasillos como una fiera.

Por fin, una mañana, cuando entré en la galería del Consejo, la reina me aplaudió y dijo que era obvio que ya dominaba el arte de robar, pero que era hora de aprender otras habilidades.

Se levantó y me dio una espada que yo había robado.

La miré a los ojos. No sabía cómo la había recuperado.

—Yo también conozco bien ese pasadizo, Kazimyrah. No eres la única que se mueve a escondidas por el Santuario. Vamos a darle buen uso en vez de dejarla en una escalera oscura y húmeda, ¿te parece?

Por primera vez, no me resistí.

Quería aprender más. No quería limitarme a tener espadas, cuchillos, mazas. Quería saber usarlos, y cómo utilizarlos bien.

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El terreno empezaba a ser más llano, como si unas manos gigantescas nos hubieran visto llegar y hubieran alisado las arrugas de las colinas. Las mismas manos debían de haber limpiado las ruinas de esas colinas. Se me hacía extraño no ver nada. Nunca había viajado tanto sin ver algún rastro del mundo pasado. Había ruinas de los Antiguos por todas partes, pero allí no, ni un muro medio derrumbado que proyectara algo de sombra. Solo había cielo abierto y un viento sin trabas que me presionaba el pecho. Me obligué a respirar a bocanadas y a concentrarme en un punto a lo lejos como si fuera una ciudad mágica envuelta en sombras que me aguardara.

Griz se había detenido y estaba hablando con Eben y Natiya para acordar puntos de encuentro. Había llegado el momento de separarnos. Cuando terminó, se volvió y escudriñó con desconfianza la vasta llanura que teníamos por delante, como si buscara algo. Al final, clavó los ojos en mí. Me desperecé y sonreí como si aquello fuera un paseo veraniego. El sol estaba muy alto en el cielo y le dibujaba sombras duras en el rostro marcado por las cicatrices de muchas batallas. Las arrugas que tenía alrededor de los ojos se hicieron más profundas.

—Una cosa más. En este tramo, guardaos las espaldas. Cerca de aquí perdí dos años de vida por no mirar hacia atrás.

Nos contó que los cazadores de brazos los habían atacado a un oficial de Dalbreck y a él, y se los llevaron a un campamento minero.

—Tenemos armas —le recordó Wren.

—Y vamos con Synové —señalé yo—. Lo tienes controlado, ¿a que sí, Syn?

Synové parpadeó como si estuviera viendo una visión antes de asentir.

—Controlado. —Hizo un ademán con los dedos—. Venga, vete a disfrutar con tu novia —susurró alegremente.

Griz soltó un bufido y sacudió las manos como para borrar todo rastro de la idea. Masculló un taco y se alejó a caballo.

Conseguimos reemprender la marcha sin más instrucciones de Natiya. Todo estaba ya planeado, la treta y lo real. Eben y Natiya irían hacia el sur, a Parsuss, la sede del poder de Eislandia, para hablar con el rey y comunicarle que íbamos a actuar en su territorio. Era sobre todo un granjero, como la mayoría de los eislandeses, y su ejército lo formaban unas decenas de guardias que además eran los que trabajaban en sus campos. No tenían medios para hacer frente a un disturbio. Según Griz, el rey era tranquilo y tímido, más dado a preocuparse que a ocuparse e incapaz de controlar los remotos territorios del norte. La reina estaba segura de que no pondría objeciones, pero el protocolo la obligaba a informarle con antelación. También era una precaución diplomática en caso de que algo saliera mal.

Pero nada iba a salir mal. Yo se lo había prometido.

Al monarca eislandés íbamos a contarle la treta, la excusa de la visita, no la verdadera misión. Era un secreto demasiado importante para compartirlo hasta con el rey.

Guardé el mapa, y encaminé a mi caballo hacia la Boca del Infierno. Synové miró hacia atrás para contemplar a Eben y a Natiya, que iban en otra dirección, valorando la distancia a la que cabalgaban y si iban hablando o no. Yo no sabía si sentía algo por él o no, pero no habría sido el primero. Synové estaba enamorada del amor.

—¿A vosotras os parece que lo han hecho? —preguntó en cuanto estuvieron a suficiente distancia.

Wren soltó un gemido.

—¿Quién? ¿El qué? —pregunté con la esperanza de que se refiriera a otra cosa.

—Lo sabes de sobra. Eben y Natiya.

—Aquí la única que tiene el saber eres tú —replicó Wren—. Así que tú sabrás.

—Yo tengo sueños —la corrigió Synové—. Y si os esforzarais un poquito también los tendríais. —Se encogió como si hubiera sentido un escalofrío—. Pero ese sueño en concreto prefiero no tenerlo, gracias.

—No le falta razón —dije a Wren—. Hay cosas que es mejor no imaginar, ni soñar.

Wren se encogió de hombros.

—Nunca los he visto besarse.

—Ni cogerse de la mano —aportó Synové.

—Pero tampoco es que sean muy afectuosos —les recordé.

Synové frunció el ceño, meditabunda. Ninguna dijimos lo que todas sabíamos. Eben y Natiya estaban unidos de una manera apasionada. Para mí que habían ido mucho más allá de los besos, pero no era un tema en el que quisiera centrarme. Ni lo sabía ni quería enterarme. Supongo que, en cierto modo, era como Griz: éramos rahtan antes que nada, y eso dejaba muy poco tiempo para lo demás, sobre todo si iba a provocar complicaciones. Mis escasas relaciones pasajeras con otros soldados solo habían sido distracciones que no me hacían ninguna falta: distracciones peligrosas, de las que podían provocar anhelos y hacerme pensar en un futuro que no tenía garantizado.

Synové fue la que más habló mientras cabalgábamos, como de costumbre. Llenó las horas de observaciones sobre el mar de hierba que acariciaba las patas de los caballos o la sopa salada de puerros que preparaba su tía. Supe que lo hacía en parte para distraerme del mundo llano y vacío que a veces parecía ondular y dar vueltas, amenazando con engullirme. En ocasiones, la charla me servía. A veces me distraía de otras maneras.

De pronto, Wren alzó una mano en gesto de alerta y nos indicó que paráramos.

—Jinetes. En posición —dijo.

El filo del ziethe hendió el aire cuando lo desenfundó y lo hizo girar. Synové ya estaba poniendo una flecha en el arco.

A lo lejos, una nube negra recorrió la llanura y creció de tamaño a medida que se nos acercaba a gran velocidad. Desenvainé la espada, pero de pronto la nube giró hacia arriba, hacia el cielo. Nos pasó por encima con un antílope todavía vivo entre las garras. El viento que provocaban las alas del ser nos agitó el pelo. Nos agachamos por puro instinto, y los caballos se levantaron sobre las patas traseras. Desapareció en un instante.

—Jabavé! —gruñó Wren mientras intentábamos calmar a los caballos—. ¿Qué demonios era eso?

A Griz se le había olvidado mencionarnos aquellos seres. Yo había oído hablar de ellos, rumores, más que nada, pero pensaba que solo se encontraban muy al norte, por encima de Infernaterr. Por lo visto se movían mucho.

—Un racaa —respondió Synové—. Un pájaro que come valsprey. Creo que no comen humanos.

—¿Crees? —aulló Wren. Tenía las mejillas rojas de ira—. ¿No estás segura? ¿Qué pasa, que no sabemos como los antílopes?

Volví a envainar la espada.

—Con un poco de suerte, no.

Wren recuperó el control y volvió a envainar el ziethe. Llevaba dos, uno a cada lado de la cintura, ambos con un filo perfecto. No tenía ningún problema con un enemigo de dos piernas, pero un atacante alado exigía otra estrategia. Supe que estaba haciendo cálculos mentales.

—Lo podría haber abatido.

No me cupo duda. Wren era tan testaruda como un tejón acorralado.

Los demonios que la espoleaban eran tan exigentes como los míos, y había perfeccionado sus habilidades hasta darles un filo letal. Había visto morir a toda su familia en la plaza Piedranegra cuando su clan cometió el error fatal de aclamar a la princesa. Synové, igual: aunque se hacía la inocente y fingía alegría, tenía una vena letal que la recorría. Había matado a más merodeadores que Wren y yo juntas. Siete, nada menos.

Synové volvió a guardar la flecha en el carcaj y siguió con la charla incesante. Al menos ya tenía tema para el resto del viaje. El racaa iba a ser la nueva distracción.

Pero la sombra del racaa me había hecho pensar en otra cosa. En una semana seríamos nosotras las que proyectaríamos nuestra sombra sobre la Boca del Infierno y, si todo iba bien, saldría de allí con algo mucho más vital que un antílope en mis garras.

Hacía seis años había tenido lugar una guerra, las más sangrienta que había conocido el continente. Murieron miles de personas, pero los arquitectos fueron un puñado de hombres. Uno de ellos seguía vivo, y según algunos era el peor: el capitán de la guardia de la ciudadela, en Morrighan. Traicionó al reino que había jurado proteger e infiltró poco a poco a los soldados enemigos en la fortaleza para debilitar Morrighan y provocar su caída. Muchos soldados a sus órdenes desaparecieron, tal vez porque empezaron a sospechar. Nunca se encontraron los cuerpos. Sus crímenes eran numerosos, entre ellos ayudar a envenenar al rey y asesinar al príncipe coronado y a treinta y dos de sus camaradas. Desde entonces, el capitán de la guardia había sido el fugitivo más buscado del continente.

En dos ocasiones había escapado de las garras de los reinos, y después pareció esfumarse en el aire. Hacía cinco años que nadie lo veía, pero de pronto el azar y un comerciante deseoso de compartir la información se habían aunado para proporcionar una buena pista. «Sacrificó su propio reino y las vidas de miles de personas por codicia, queriendo más —me había dicho la reina—. Los dragones hambrientos pueden dormir durante años, pero no cambian de costumbres. Hay que encontrarlo. Los muertos reclaman justicia, igual que los vivos».

Ya antes de visitar el valle de la muerte entendía el peligro de los dragones al acecho, los que se acercan en medio de la noche, caen sobre el mundo y lo devoran. El fugitivo de la reina tenía que pagar porque había robado sueños y vidas sin siquiera pararse un momento, sin importarle la destrucción que dejaba a su paso. Hay dragones que se escabullen, se van para siempre, pero el capitán Illarion, que había traicionado a sus compatriotas y provocado miles de muertes, seguía allí, la Atalaya de Tor no podía darle refugio. Y yo lo iba a robar, para que pagara las deudas antes de que su hambre causara más muertes.

«Te necesito, Kazimyrah. Creo en ti». La fe de la reina lo había significado todo para mí.

Nadie estaba más cualificado que yo para hacerlo, y aquella misión era una oportunidad que no merecía para redimirme. Hacía un año, había cometido un error que estuvo a punto de costarme la vida y manchó la historia casi inmaculada de la guardia principal de la reina. Rahtan quería decir «nunca el fracaso», pero yo había fracasado de manera estrepitosa. Y no pasaba un día sin que lo recordara.

Al confundir a un embajador de Reux Lau con otra persona, algo se desencadenó dentro de mí. Algo animal, salvaje, que ni yo sabía que existía, o tal vez un animal herido al que llevaba mucho tiempo alimentando en secreto. Mis manos y piernas dejaron de ser mías, me lanzaron hacia delante. No había pensado apuñalarlo, o al menos no de inmediato, pero me atacó de manera inesperada. Sobrevivió. Por suerte, las heridas del cuchillo no fueron profundas y solo requirieron unos puntos. Todo nuestro grupo acabó en prisión. Pronto se determinó que había actuado sola y los liberaron, pero yo me quedé en una celda de una provincia del sur durante dos meses. La propia reina tuvo que intervenir para que me liberaran.

Durante aquellos dos meses tuve tiempo para pensar, mucho tiempo. En una fracción de segundo, había perdido el control y la paciencia, las dos cosas que más me enorgullecían, las que me habían salvado el pellejo durante años. Y lo peor era que el error hacía que pusiera en duda mi memoria. Tal vez ya no recordaba su rostro. Tal vez había desaparecido, como tantas otras memorias disipadas, y la sola posibilidad me parecía aterradora. Si yo no lo recordaba, podía estar en cualquier lugar, podía ser cualquiera.

Cuando volvimos, Eben le contó mi pasado a la reina. Ni siquiera sé cómo se enteró. No se lo había dicho a nadie, y a nadie le importaba de dónde venía una rata callejera. Había muchas.

La reina me hizo llamar a sus habitaciones privadas.

—¿Por qué no me contaste lo de tu madre, Kazimyrah?

El corazón me latía a toda prisa y noté un mal sabor salado en la boca. Tragué saliva y apreté las rodillas para que no se me doblaran.

—No hay nada que contar. Mi madre está muerta.

—¿Seguro que está muerta?

Estaba segura en lo más profundo de mi corazón, y todos los días rezaba a los dioses para que así fuera.

—Si los dioses son misericordiosos, sí.

La reina me preguntó si me importaba hablar del tema. Yo sabía que solo quería ayudarme, y le debía una explicación, después de todo lo que había hecho por mí, pero se trataba de un nudo confuso de recuerdos y rabia que ni yo había sabido desenmarañar. No respondí y le pedí permiso para salir.

Luego, rabiosa, arrinconé a Eben en la escalera.

—¡No te metas en mis asuntos, Eben! ¿Entendido? ¡No te metas!

—Querrás decir que no me meta en tu pasado. No tienes nada de lo que avergonzarte, Kazi. Tenías seis años. No fue culpa tuya que...

—¡Cállate! ¡Como vuelvas a hablar de mi madre, te cortaré el cuello tan rápido que ni sabrás que estás muerto!

Estiró un brazo para cerrarme el camino y que no me alejara.

—Tienes que hacer frente a tus demonios, Kazi.

Me lancé contra Eben, pero yo estaba fuera de mí y él conservaba el control. Esperaba el ataque, me agarró, me hizo dar la vuelta y me sujetó contra su pecho con tanta fuerza que no pude ni respirar mientras forcejeaba.

—Te entiendo, Kazi, de verdad. Entiendo lo que sientes —me susurró al oído.

Grité. Chillé. No, nadie me entendía, y Eben, menos. Aún no había conseguido hacer frente a los recuerdos que él me había hecho revivir. No podía saber que, cada vez que le miraba el mechón de pelo negro que tenía sobre la frente, o la piel pálida y blanquecina, o la mirada oscura y amenazadora, yo solo veía al carretero previzio que se había colado en la choza a medianoche, con un farol en la mano. «¿Dónde está la mocosa?», había preguntado. Solo me veía a mí misma, sentada en un charco de mi propia orina y heces, tan asustada que no podía moverme. Y ya no estaba asustada.

—Se te ha concedido una segunda oportunidad, Kazi. No la desperdicies. La reina ha apostado por ti, y eso solo sucede un número limitado de veces. Ya no estás impotente e indefensa. Ahora puedes hacer cosas.

Me siguió abrazando hasta que perdí las ganas de pelear. Cuando por fin me soltó, me sentía débil, todavía furiosa, y me escabullí a un pasadizo oscuro del Santuario donde nadie podía dar conmigo.

Luego supe por Natiya que tal vez Eben sí me entendía. Tenía cinco años cuando vio cómo le clavaban un hacha en el pecho a su madre, cómo quemaban vivo a su padre. Su familia había intentado asentarse en Cam Lanteux antes de que se firmaran tratados para protegerlos. Eben era demasiado pequeño para identificar a los que lo hicieron, hasta para saber de qué reino eran. No podía buscar justicia, pero tenía grabada en la memoria la muerte de sus padres. Cuando fui conociendo a Eben y trabajando con él, dejé de verlo como un carretero previzio. Vi solo a Eben, con sus manías y costumbres. Vi a alguien que también tenía cicatrices del pasado.

«Ahora puedes hacer cosas».

Para mí, fue un punto de inflexión, otro nuevo comienzo. Lo que más deseaba en el mundo era demostrar mi lealtad a quien me había dado una segunda oportunidad a mí, y a todo Venda. A la reina.

Había una cosa que no podía hacer.

Pero tal vez hubiera cosas que sí.

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Acercaos, hermanos, hermanas.

Hemos rozado las estrellas,

nuestro es el polvo de la posibilidad.

Pero la misión no acaba nunca.

El tiempo se mueve en círculos. Se repite.

Estemos siempre alerta.

Sí, duerme el dragón, ahora,

pero despertará

y asolará la tierra

con el vientre repleto de hambre.

Y así será

por siempre.

Canción de Jezelia

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Capítulo tres

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Jase Ballenger

«Esta tierra es nuestra hasta donde abarca la vista. No lo olvides jamás. Fue de mi padre y, antes, de su padre. Es territorio Ballenger; siempre lo ha sido. Nos remontamos a los tiempos de los Antiguos. Somos la primera familia y todo pájaro que surca el cielo, todo aliento que se respira, toda gota de agua que cae nos pertenece. Somos los que hacemos las leyes. Somos dueños de todo lo que se ve. No permitas que se te escape entre los dedos ni un puñado de tierra o lo perderás todo».

Puse el brazo de mi padre a su costado. Tenía la piel fría y los dedos rígidos. Llevaba varias horas muerto. Parecía imposible. Hacía solo cuatro días que estaba fuerte y sano, pero se llevó la mano al pecho al subirse al caballo y se desplomó. La vidente dijo que un enemigo le había lanzado un hechizo. El curandero dijo que era el corazón y no había nada que hacer. Fue cuestión de días.

Había una docena de sillas vacías en torno a la cama. El velatorio había terminado. Los sonidos de las largas despedidas se habían transformado en silencio incrédulo. Aparté mi asiento y salí al balcón, y respiré hondo. Las colinas envueltas en neblina ondulaban hacia el horizonte. «Ni un puñado». Se lo había prometido.

Los demás esperaban a que saliera de la habitación con su anillo puesto. Ahora era mi anillo. El peso de sus últimas palabras me recorría el cuerpo con la fuerza y el poder de la sangre Ballenger. Miré el paisaje infinito que era nuestro. Conocía hasta la última colina, hasta el último desfiladero, todos los acantilados, todos los ríos. «Hasta donde abarca la vista». De pronto todo parecía diferente. Me alejé del balcón. No tardarían en llegar los desafíos. Siempre pasaba lo mismo cuando moría un Ballenger, como si la falta de uno en nuestras filas bastara para derribarnos. La noticia llegaría a las muchas ligas más allá de nuestras fronteras. Había elegido un mal momento para morir. Era la época de las primeras cosechas, y los previzios querían más parte, y Fertig había pedido a mi hermana en matrimonio, y ella aún no se había decidido. Yo quería a mi hermana, aunque Fertig no me gustaba. Sacudí la cabeza y me aparté de la baranda. Patrei. Ahora todo dependía de mí. Cumpliría lo que había jurado. La familia seguiría fuerte, como siempre.

Desenfundé el cuchillo y volví junto al lecho de mi padre. Le saqué el anillo, cortándole el dedo hinchado, me lo puse y salí al pasillo donde todos aguardaban.

Me miraron la mano, con la sangre de mi padre en el anillo. Ya estaba hecho.

Se oyó un murmullo de reconocimiento solemne.

—Vamos —dije—. Tenemos que emborracharnos.

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Nuestros pasos resonaron en la sala cuando más de una docena de hombres nos dirigimos hacia la puerta. Mi madre salió de la antecámara oeste y me preguntó a dónde iba.

—A la taberna, antes de que corra la noticia.

Me dio un palmetazo en la sien.

—La noticia corrió hace cuatro días, idiota. Los buitres huelen la muerte antes de que llegue y empiezan a describir círculos. La semana que viene nos querrán picotear la carne de los huevos. ¡Venga, vete! Pero lo primero es la limosna en el templo. Luego ya te puedes ir a emborrachar. Y no os separéis de los strazas. Corren malos tiempos.

Clavó los ojos en mis hermanos en una muda advertencia y ellos asintieron, obedientes. Luego volvió a mirarme a mí. Era una mirada de hierro, espinas y fuego, clara, pero sabía que, tras ella, había tenido que construir un muro con mucho dolor. Cuando murieron mi hermano y mi hermana, no lloró, sino que canalizó las lágrimas en una nueva cisterna para el templo. Miró el anillo que llevaba en el dedo. Se tambaleó por un momento. Yo sabía lo que le afectaba aquello, tras veinticinco años de vérselo a mi padre. Ellos, juntos, habían fortalecido la dinastía Ballenger. Tuvieron once hijos, de los cuales aún vivíamos nueve, y uno adoptivo. Éramos la promesa de que su mundo sería cada vez más fuerte. Eligió concentrarse en eso, y no en lo que había perdido demasiado pronto. Me cogió la mano, se la llevó a los labios, me besó el anillo y, luego, me empujó hacia la puerta.

Bajamos por los peldaños del porche.

—¡Lo primero es la limosna, idiota! —me susurró Titus.

Le di un empujón que casi lo tiró y los demás se echaron a reír. Estaban preparados para una noche de jaleo. Una noche de olvido. Ver morir a alguien, a alguien tan lleno de vida como mi padre, que aún debería haber vivido muchos años más, nos recordaba que la muerte nos seguía a todos de cerca.

Gunner, mi hermano mayor, se me acercó mientras íbamos hacia los caballos.

—Paxton vendrá —me dijo.

Asentí.

—Pero va a tardar.

—Te tiene miedo.

—No el suficiente.

Mason me dio una palmada en la espalda.

—Que se vaya a la mierda. No vendrá hasta el entierro, y eso si viene. Por el momento, tenemos que ponerte como una cuba, patrei.

Estaba preparado. Me hacía falta, tanta como a Mason y a los demás. Me hacía falta para pasar página y seguir adelante. Pese a lo débil que estaba antes de morir, mi padre había conseguido decirme muchas cosas. Mi deber había sido escuchar y jurar lealtad aunque ya lo hubiera dicho todo antes... Y ya lo había dicho. Llevaba diciéndomelo toda la vida. Lo llevaba tatuado en las entrañas igual que llevaba el sello Ballenger tatuado en el hombro. La dinastía familiar, la de sangre y la adquirida, estaba a salvo. Pero las últimas instrucciones que me había transmitido con palabras entrecortadas se me habían clavado hondo. No estaba preparado para entregarme las riendas tan pronto. «Los Ballenger no se inclinan ante nadie. Que venga ella. Los demás lo verán». Eso me iba a resultar más difícil.

Antes tenía que acabar con los otros buitres, los que ya sobrevolaban en círculos con la esperanza de hacerse con nuestras tierras, y el primero era Paxton. No importaba que fuera mi primo, seguía siendo el bastardo de mi tío, que había traicionado a su familia. Paxton controlaba un territorio pequeño, Ráj Nivad, en el sur, pero no se conformaba con eso. Lo consumían los celos y la codicia, como a todos los de su estirpe. Pero seguía llevando nuestra sangre y acudiría a honrar a mi padre... y a sopesar nuestras fuerzas. Ráj Nivad estaba a cuatro días a caballo. Aún no le había llegado la noticia y, de haberlo hecho, iba a tardar otro tanto en trasladarse. Me daba tiempo a hacer preparativos.

Nuestro straza gritó a la torre, desde donde a su vez llamaron a los guardias de la puerta para que nos abrieran el paso. Las pesadas puertas de metal crujieron al abrirse y salimos a caballo. Sentí todos los ojos clavados en mí, en mi mano. Patrei.

La Boca del Infierno estaba en el valle, al pie de la Atalaya de Tor, apenas visible bajo el manto de árboles tembris que la rodeaban como una corona. En cierta ocasión le había dicho a mi padre que pensaba trepar hasta la copa de todos y cada uno de ellos. Tenía ocho años y no comprendía lo altos que eran; ni siquiera lo entendí cuando mi padre me dijo que las copas de los tembris eran dominio de los dioses, no de los hombres. No llegué a subir mucho, y menos hasta la parte superior de la copa. Eso nadie lo había logrado. Y los árboles eran altos, pero las raíces llegaban hasta los cimientos del mundo. Eran lo único más arraigado que los Ballenger en aquella tierra.

Una vez al pie de la colina, Gunner soltó un grito y se lanzó al galope. Los demás lo seguimos, con el retumbar de los cascos de los caballos palpitando en nuestros huesos. Nos gustaba hacerlo saber cuando llegábamos al pueblo.

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La campanilla tintineó con la delicadeza de dos copas de cristal que se unieran en un brindis. El sonido reverberó entre los arcos de piedra del templo. No se oía otra cosa. Podíamos llegar al pueblo armando el caos, pero la familia respetaba la santidad del templo aunque solo estuviéramos pensando en naipes, ojos rojos y barriles de cerveza. Nos faltaban cinco campanas para acabar. Gunner, Priya y Titus estaban de rodillas a mi izquierda, y Jalaine, Samuel, Aram y Mason, a la derecha. Ocupábamos toda la fila delantera. Nuestros strazas, Drake, Tiago y Charus, se habían arrodillado detrás de nosotros. El sacerdote habló en la antigua lengua al tiempo que removía las cenizas con sangre de becerro y nos ponía una huella húmeda en la frente a cada uno. Los limosneros de rostro severo se llevaron nuestro donativo a las arcas una vez que los dioses lo consideraron digno. Más que digno, diría yo. Con aquello podían pagar a otro curandero para la enfermería. Tres campanas más. Dos.

Una. Nos levantamos, el sacerdote nos bendijo y salimos con paso solemne, en fila, de la oscura estancia. Los santos tallados se alzaban en sus pilares de piedra y nos contemplaban desde las alturas mientras la bendición de la sacerdotisa nos seguía con sus tonos musicales como un espíritu protector.

Una vez fuera, en cuanto bajamos las escaleras, Titus lanzó un silbido agudo para avisar a la taberna. El nuevo patrei invitaba a beber. El decoro ante la muerte hacía que las emociones estuvieran demasiado a flor de piel para Titus. Puede que para todos nosotros.

Sentí que me tiraban de la ropa. La vidente estaba a la sombra de una columna, con la capucha sobre la cara. Deposité unas monedas en su cesta.

—¿Qué noticias traes? —pregunté.

Volvió a tirarme de la ropa hasta que me arrodillé para quedar a su altura. Sus ojos eran como dos piedras azules que flotaran en las sombras de la capucha. Me clavó la mirada e inclinó la cabeza como si estuviera escudriñando en mi interior.

—Patrei —susurró.

—Te has enterado.

Negó con la cabeza.

—No me ha llegado de fuera. Me ha llegado de dentro. Tu alma me lo dice. De fuera... oigo otras cosas.

—¿Por ejemplo?

Se acercó más a mí y habló en voz baja, como si no quisiera que la escucharan.

—El viento susurra que vienen ya, patrei. Vienen a por ti.

Me cogió la mano entre los dedos nudosos y me besó el anillo.

—Los dioses te guarden.

Me aparté de ella con delicadeza y me levanté sin dejar de mirarla.

—Y a ti.

Las noticias no eran precisamente nuevas, pero no lamenté haberle dado las monedas. Era bien sabido que íbamos a hacer frente a muchos desafíos.

No había llegado al pie de la escalera cuando Lothar y Rancell, dos capataces, tiraron a mis pies al hombre que llevaban a rastras. Lo reconocí: Hagur, de la subasta de ganado.

—Ha estado falseando las cuentas —dijo Lothar—. Lo que sospechabas.

Lo miré. No lo desmintió. Tenía los ojos llenos de miedo. Saqué el cuchillo.

—Delante del templo, no —suplicó mientras las lágrimas le corrían por las mejillas—. Te lo suplico, patrei. No me avergüences delante de los dioses.

Se me agarró a las piernas entre sollozos.

—Tú mismo te has avergonzado. ¿Pensabas que no lo íbamos a descubrir?

No respondió. Se limitó a llorar pidiendo misericordia con el rostro contra mis botas. Lo aparté de un empujón y sus ojos se clavaron en los míos.

—Nadie engaña a la familia.

Asintió con desesperación.

—Pero los dioses se apiadaron de nosotros —dije—. Una vez. Y esa es la costumbre de los Ballenger. Hacemos lo mismo. —Guardé el cuchillo—. Levántate, hermano. Si vives en la Boca del Infierno eres parte de nuestra familia. —Le tendí la mano y me miró sin moverse, como si pensara que era un truco. Me acerqué, lo puse de pie y lo abracé—. Una vez —le repetí al oído—. Recuérdalo. Durante un año pagarás el doble de diezmo.

Se alejó caminado de espaldas sin dejar de asentir y dar las gracias, a trompicones por la escalera, hasta que se dio la vuelta y echó a correr. No volvería a engañarnos. Recordaría que era parte de la familia, y nadie traiciona a los suyos.

O así debería ser.

Pensé en Paxton y volví a oír a la vidente. «Vienen a por ti».

Paxton era una molestia, una sanguijuela que había aprendido a disfrutar del vino. Nos encargaríamos de él igual que nos encargábamos de todo.

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Los carroñeros han huido. Se han llevado los suministros.

—¿Se han ido? —pregunta.

Asiento.

Está agonizando entre mis brazos. Ya es polvo, ceniza, un atisbo de grandeza.

Me pone el mapa en la mano.

—Este es el verdadero tesoro. Llévalos allí. Ahora todo depende de ti. Protégelos.

Me promete que hay comida, seguridad. Lo ha prometido desde que cayeron las primeras estrellas. Ya no sé qué es la seguridad. Algo de antes de que yo naciera. Con sus últimas fuerzas, me aprieta la mano.

—Pase lo que pase, que siga contigo. No lo entregues. Que no vuelva a pasar.

—Sí —respondo porque quiero que, en sus últimos momentos, crea que tanto esfuerzo y sacrificio no han sido en vano. Que su empeño nos va a salvar.

—Tienes que llevarte mi dedo —dice—. No hay otra manera de entrar.

Se saca una navaja del chaleco y me la entrega. Niego con la cabeza. No le puedo hacer una cosa así a mi abuelo.

—Ahora mismo —ordena—. Vas a tener que hacer cosas peores para sobrevivir. A veces tendrás que matar. Esto —me dice, y se mira la mano— no es nada.

¿Cómo puedo desobedecer? Es el comandante jefe de todo. Miro a los que nos rodean, las ojeras, los rostros manchados de tierra y miedo. A la mayoría casi no los conozco. Me obliga a coger la navaja.

—De los muchos, solo queda uno. Tú. Tú eres la familia. La familia Ballenger. Protegeos unos a otros. Sobrevive. Eres el remanente, el superviviente para el que se construyó la Atalaya de Tor.

Solo tengo catorce años y los demás son aún más jóvenes. ¿Cómo vamos a enfrentarnos a los carroñeros, a los vientos, al hambre? ¿Cómo podemos hacerlo solos?

—Ahora mismo —me repite.

Obedezco.

No hace el menor ruido.

Solo me sonríe, cierra los ojos y exhala el último aliento.

Y yo inhalo mi primer aliento como jefe de un remanente, con la misión que me ha encomendado mi abuelo, mi comandante, de aferrarme a la esperanza.

No sé si podré.

Greyson Ballenger, 14 años

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Capítulo cuatro

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Kazi

Los corrales estaban desbaratados y dispersos como palos secos. El hedor de la hierba quemada nos abrasaba los pulmones. La rabia me hervía bajo la piel al pasear la vista por aquella desolación. Wren y Synové rugían de ira. De pronto, la misión se había fracturado y multiplicado, como la imagen en un espejo roto. La furia nos iba a ser útil, eso ya lo sabíamos. La falsa excusa para aquel viaje, investigar unas violaciones del tratado, había crecido de repente, era inmensa, afilada, todo dientes, garras y veneno.

El asentamiento consistía en cuatro casas, una casa comunal, un granero y varios cobertizos. Todos los edificios estaban dañados. El granero, destruido por completo. Vimos a un hombre inclinado sobre la azada, trabajando en un jardín como si no estuviera rodeado de desolación. Al vernos llegar, levantó la azada como si fuera un arma, pero la volvió a bajar al reconocer la capa de Wren, hecha con retales de tejido del clan Meurasi. Yo llevaba grabados en el chaleco el reverenciado thannis del escudo de Venda, y el caballo de Synové lucía el chaflán con borlas de los clanes que vivían en los terrenos pantanosos del este. Todo señales de que éramos vendanas.

—¿Quién ha sido? —le pregunté cuando llegamos junto a él, aunque ya sabía la respuesta.

Se irguió y estiró la espalda encorvada. Tenía el rostro lleno de arrugas, curtido por el sol, con pómulos como colinas cansadas en un paisaje de piel. Unos rostros se dejaron entrever por las rendijas de las puertas y entre las ranuras de los postigos de las casas. Más colonos, asustados de salir. Nos dijo que se llamaba Caemus y que los merodeadores habían llegado en mitad de la noche. No pudo ver sus rostros en la oscuridad, pero eran los Ballenger, sin duda. Ya habían estado allí hacía una semana para avisar a los colonos de que el ganado no podía entrar en sus tierras. Se llevaron un buey como pago.

Wren miró a su alrededor.

—¿Sus tierras? ¿Aquí? ¿En medio de Cam Lanteux?

—Todo es suyo —respondió—. Hasta donde alcanza la vista, o eso dicen. Cada brizna de hierba les pertenece.

Synové tenía los nudillos blancos de rabia.

—¿Dónde está el ganado? —pregunté.

—No tenemos. Se lo han llevado todo. Como pago por el aire que respiramos, me imagino.

Me fijé en que tampoco se veía ningún caballo.

—¿Y los ravianos que Morrighan os entregó?

—Se lo han llevado todo menos el caballo viejo que tira de la carreta. Unos cuantos han ido al pueblo a comprar provisiones. No traerán gran cosa. Para los vendanos todo es más caro.

Apretó los dientes y cerró los dedos en torno al mango de la azada. Los vendanos no se asustaban fácilmente, pero dijo que tenía miedo de que alguno no quisiera volver al asentamiento.

—No vais a pagar nada más caro, y tampoco vais a pagar el aire que respiráis —dije. Miré una última vez el asentamiento devastado—. Puede que no sea de inmediato, pero os compensarán.

—No queremos más problemas con...

—Los demás colonos volverán, y vosotros seréis los que recibiréis un pago.

Me miró, dubitativo.

—No conoces a los Ballenger.

—Cierto —respondí—. Pero ellos no nos conocen a nosotras.

Eso estaba a punto de cambiar.

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La Boca del Infierno estaba a treinta kilómetros. Era una ciudad lejana, misteriosa, lejos del centro del poder de Eislandia, de la que poco se sabía aparte de que era un eje comercial cada vez más importante. Hasta hacía unos meses yo ni siquiera la había oído nombrar. Pero tenía importancia suficiente como para comprar la producción de los colonos y comerciar con ellos. Mientras cabalgábamos, estaba cansada e irritable. La noche anterior había dormido mal a pesar de la tienda. Aquella llanura extensa y monótona me roía como los picotazos de un pájaro incansable, y me parecía imposible que allí hubiera un pueblo, aunque fuera pequeño. Tenía la sensación de que llevaba días sin respirar hondo. Synové no paraba de parlotear y, cuando volvió a mencionar al racaa, le pegué un grito brusco.

—Lo siento —dije al cabo de un rato—. No tendría que haber saltado.

—Es que se me han acabado los temas —respondió Synové.

Me sentía fatal. Synové lo sabía. Yo no soportaba el silencio, y ella era la única que intentaba llenarlo. Estaba acostumbrada a los sonidos de la ciudad, al murmullo constante, a los estrépitos, los gritos, los ruidos de las personas y los animales, el golpeteo de la lluvia contra los tejados, el chapoteo de las ruedas en el barro, las voces de los vendedores ambulantes buscando comprador para un pichón, un amuleto o una taza de thannis bien caliente. Quería con todas mis fuerzas oír el rumor del río, el tintineo de las armas de los soldados al desfilar por una calle, el jadeo de cien hombres al hacer girar el puente, el traqueteo de los huesos del recuerdo colgados de un millar de cinturones, todo aunado para formar algo así como un ser vivo.

Todas esas cosas me ayudaban a esconderme. Eran mi armadura. El silencio y el espacio abierto me dejaban desnuda.

—Por favor —dije—, cuéntame otra vez cómo tienen crías.

—Con huevos, Kazi —intervino Wren—. Tienes que prestar atención.

Synové carraspeó para que nos calláramos.

—Mejor os voy a contar una historia.

Wren y yo arqueamos las cejas en gesto de duda, pero para mis adentros le di las gracias.

Era una historia que ya nos había contado muchas veces, pero siempre añadía un giro inesperado para hacernos reír. Era la historia de la devastación tal como la narraban los fenlandeses. Recuperó su acento fuerte, con las vocales arrastradas. En esta versión, el ángel Aster tenía un papel fundamental. Los dioses se habían vuelto perezosos y no cuidaban del mundo como era debido, y los Antiguos habían ascendido a posiciones divinas, con lo que surcaban los cielos hambrientos de poder, pero escasos de sabiduría, aplastándolo todo a su paso. De manera que Aster, la guardiana de los cielos, pasó la mano por la galaxia y cogió un puñado de estrellas, y las tiró a la tierra para acabar con tanta maldad. Pero en la tierra quedaba un remanente puro de corazón, y el ángel fue misericordiosa y los apartó de la destrucción llevándolos a un lugar seguro tras las puertas de Venda.

—Y a los fenlandeses, que eran los mejores de todos, les dio un cerdo asado bien gordo con una estrella en la boca.

Cada vez que contaba la leyenda, Aster hacía un regalo diferente a los fenlandeses, y por lo general era un regalo gordo y jugoso si en ese momento Synové tenía hambre.

Le tocó el turno a Wren, que contó la historia con los detalles de su clan. En su versión no había cerdos asados, pero en cambio abundaban las armas afiladas. Yo no tenía ninguna versión propia ni pertenecía a ningún clan. Estaba desarraigada hasta entre los vendanos. Pero veía una constante en todas las variantes de la narración: los dioses y los ángeles destruían el mundo sin piedad cuando los hombres aspiraban a ser dioses.

Nadie escapaba excepto el pequeño remanente del que se apiadaban, y así era siempre como nacían los reinos. Pero, como decía siempre la reina, «el trabajo no acaba nunca. El tiempo es circular. Se repite. No podemos bajar la guardia».

Por lo visto, en ese momento había que estar en guardia contra los Ballenger.

Wren, que tenía vista de águila, fue la primera en verlo.

Las colinas ondulaban en la llanura a lo lejos, y por fin se divisaron ruinas dispersas que salpicaban el paisaje con sombras densas, exuberantes, pero más allá, a lo lejos, al pie de una montaña neblinosa color lavanda, iba creciendo una mancha oscura. A medida que nos acercábamos fue cobrando forma y color para extenderse como una bestia gigante tumbada a los pies de su imponente amo. ¿Qué clase de bestia era la Boca del Infierno? Y, más importante aún, ¿quién era su amo? Un óvalo color verde oscuro parecía suspendido sobre la ciudad como una tiara de púas premonitorias. ¿Árboles? Árboles extraños, sobrenaturales. Jamás había visto nada igual.

Synové apenas contuvo una exclamación.

—¿Eso es la Boca del Infierno?

Se me aceleró el pulso y me levanté en los estribos. Mije bufó y se dispuso a emprender el galope.

«Todavía no, todavía no».

Empezamos a ver las antiguas calles como el lomo de serpientes subterráneas que se movieran bajo nosotras.

—Por todos los dioses —dijo Wren—. Es tan grande como Ciudad Santuario.

Respiré hondo y volví a sentarme en la silla de montar, relajada. Aquello iba a ser sencillo.

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La ciudad estaba en Eislandia, justo en la frontera. Eislandia era un reino menor con forma de lágrima con la parte redondeada hacia abajo, y la Boca del Infierno se encontraba en la punta de arriba, muy lejos del resto del reino. Justo al otro lado de la frontera, la fortaleza Ballenger lo dominaba todo. Según el informe que había recibido la reina, era una ciudadela impenetrable. Ya veríamos.

No era como el Santuario, en Venda. La ciudad no tenía murallas, ni un Río Grande que la aprisionara. Se presentaba con la osadía y la tranquilidad de un señor de la guerra sin nada que se atreviera a cruzarse en su camino. Las casas de las afueras se proyectaban hacia el exterior como dedos fuertes y retorcidos, y lo único que constreñía la ciudad era el círculo de árboles que se alzaban sobre ella como una corona mística. Había varios puntos de entrada, y desde lejos vimos a otros muchos viajeros que se dirigían hacia la ciudad. Cuando aún estábamos a buena distancia, Wren señaló unas ruinas abandonadas junto a las que pasamos, y Synové y ella escondieron unos cuantos fardos antes de seguir adelante.

Muchos viajeros entraban en la ciudad, pero aun así nosotras llamamos la atención. Tal vez fuera por el emblema de Venda en los arneses, o por algo que se nos veía en la cara. No estábamos allí para vender o comprar. No estábamos allí para nada que a ellos les pareciera bueno. Y tenían razón.

Wren siseó entre dientes, negó con la cabeza, gruñó.

—Esto no me gusta.

Desenvainó el ziethe, lo hizo girar y volvió a envainarlo. El puño restalló contra el cuero. Synové y yo nos miramos. Sabíamos que iba a llegar ese momento. Era el ritual de Wren cuando volvía a calcular todos los riesgos minutos antes de correrlos.

—¿Estás segura? Son una familia poderosa. Si te encierran...

—Sí —respondí antes de que propusiera otra cosa. No iba a funcionar de otra manera—. Como le dije a Griz, lo tengo controlado. —La miré—. Y tú, también.

Asintió.

—El último en parpadear.

—Siempre —confirmé.

En las calles teníamos todo tipo de

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