Raylee
—Ya he cumplido los veintiuno, Thomas —le recuerdo, sonriendo de oreja a oreja porque sé lo mucho que eso lo saca de quicio—. Puedo tomarme una copa si quiero.
Mi hermano Thomas se casa. Su prometida Clare y él no querían una ceremonia tradicional, así que se les ocurrió que era mejor arrastrarnos a todos a un pueblecito del sur de California y celebrar el enlace en un lujoso complejo junto al mar. La boda no es hasta dentro de una semana, pero ambos debían estar aquí unos días antes para concretar algunos detalles y me han traído con ellos.
Aunque yo no soy la única a la que han invitado a compartir estas minivacaciones preboda. Blake Anderson, el mejor amigo y padrino de mi hermano, también está aquí. Ahora mismo, mientras Thomas y yo discutimos sobre mi derecho a consumir alcohol como la adulta que ya soy, Blake y Clare están a unos metros de nosotros, bailando en una pequeña pista al aire libre. Descalzos en la arena y rodeados de otras dos docenas de clientes del hotel.
Thomas me dedica uno de sus ceños fruncidos, de esos que reserva para las reuniones de trabajo en las que le encargan un proyecto en un plazo inasumible. Es arquitecto y forma parte de un enorme conglomerado de empresas que se dedican a un número aún mayor de actividades; Blake trabaja con él.
—Que puedas beber no significa que tengas que hacerlo.
Me encojo de hombros y desvío la vista hacia el atractivo camarero que me está preparando un cóctel de nombre impronunciable y aspecto delicioso. Sombrillita de papel incluida.
—Creo que eso es exactamente lo que significa —le digo, solo para fastidiarlo.
Llevarnos la contraria es casi una tradición entre nosotros. Todos los que tengáis hermanos mayores sabréis a lo que me refiero; las discusiones son inevitables.
El camarero regresa, coloca la bebida frente a mí, haciendo caso omiso de la mirada asesina de Thomas, y me dedica un guiño.
—Vas a meterte en problemas —afirma mi hermano con un suspiro. Y no, no es una pregunta.
Me bebo un sorbo y le doy un golpecito con el dedo a su copa.
—No seas hipócrita.
Thomas es siete años mayor que yo y a veces se comporta más como un padre que como un hermano. Supongo que el hecho de que perdiésemos al nuestro cuando yo era demasiado pequeña siquiera para guardar algún recuerdo de él lo marcó de una forma que no soy capaz de comprender del todo.
Cuando le doy otro sorbo más largo a mi copa, él mira a su alrededor como si buscase a alguien que le diese la razón. Pero Clare y Blake siguen bailando y no hay nadie para echarle una mano.
—Mamá va a matarme —murmura para sí mismo, resignado—. No tenía que haberte traído.
Mi madre no llegará hasta el día antes de la boda. Pero, por mucho que proteste Thomas, no va a cargarle el muerto de nada. Al contrario que mi hermano, mamá es muy consciente de que ya no soy una niña.
Bebo un nuevo trago del cóctel para no poner los ojos en blanco, y el alcohol me abrasa la garganta, como fuego líquido derramándose hasta mi estómago y calentándolo todo a su paso.
—Solo es una copa —trato de tranquilizarlo. Mi intención es beberme unas cuantas más, pero él no necesita saber eso—. ¿Por qué no vas con Clare? Seguro que quiere bailar con su futuro marido.
Su expresión se relaja en cuanto menciono a su novia. Llevan juntos desde el instituto y no he visto jamás a una pareja más enamorada el uno del otro.
Tras unos segundos de duda, me brinda una sonrisa repleta de cariño y me dice:
—Prométeme que no te meterás en líos.
El día que repartieron la sensatez, Thomas Brooks se quedó con la suya y con la que me correspondía a mí, así que no lo culpo por preocuparse. Pero, antes de que pueda hacerle una promesa que no sé si seré capaz de cumplir, Blake irrumpe en la conversación. Se abalanza sobre mi hermano al tiempo que ríe a carcajadas y le da unas palmaditas en el hombro.
Nunca sabréis lo que es una risa de verdad si no habéis escuchado reír a Blake Anderson. Claro que para él la vida consiste en fiestas, alcohol y un desfile continuo e interminable de chicas despampanantes. Sigo sin saber por qué no lo han despedido aún. Aunque, por lo que suele contar mi hermano cuando me llama, Blake se transforma en un tipo eficiente y capaz cuando está en la oficina. El trabajo debe ser con lo único que se compromete de verdad.
Thomas y él no pueden ser más distintos. Mientras que mi hermano va a casarse con la primera y única novia que ha tenido, a Blake no se le conoce una relación seria desde…, bueno, desde nunca. Mamá siempre le dice que debería encontrar una buena chica con la que sentar la cabeza, pero él no duda en afirmar que las buenas chicas no quieren salir con alguien como él.
Es mentira, claro. Cualquier chica estaría encantada de echarle el lazo a Blake Anderson.
—Vamos, ve con Clare —le dice Blake a mi hermano—. Yo le echaré un ojo a tu hermanita.
No me gusta cómo suena «hermanita», tampoco el «pequeña» o «enana» con el que a veces se refiere a mí. Pero no digo nada. Si consigue que Thomas se largue, me olvidaré del hecho de que él también debe creer que sigo siendo una cría.
Miro a mi hermano con mi mejor expresión de inocencia.
—Me portaré bien —afirmo, y Thomas aún se lo piensa un momento más.
Al final, le pueden las ganas de ir junto a Clare y nos deja a solas. Blake se desliza a mi lado y apoya el codo sobre la barra.
—Raylee —pronuncia mi nombre con una suavidad que me pone los pelos de punta, al tiempo que inclina la cabeza y un mechón dorado resbala sobre sus brillantes ojos azules.
Tiene el pelo alborotado, probablemente porque ha estado saltando junto a Clare al ritmo de la música durante la última media hora. Justo el tiempo que Thomas ha dedicado a sermonearme.
La anchura de su espalda y el casi metro noventa de puro músculo atraen las miradas de todas las chicas que se afanan por conseguir una copa en el chiringuito. Blake siempre ha llamado la atención allá donde va. Incluida la mía. Por desgracia, nunca ha ocurrido a la inversa. Tal vez porque con mi escaso metro sesenta, a su lado, parezco diminuta. Nada de interminables piernas asomando bajo el dobladillo de mi vestido y tampoco rasgos llamativos; solo ojos castaños y una larga melena color chocolate que hoy llevo recogida en una coleta alta debido al calor asfixiante.
Blake se toma la mitad de mi cóctel de un trago y acto seguido yo apuro lo que queda. Ahora que lo tengo delante, mi determinación se tambalea. Es imposible que se fije en mí. Si no lo ha hecho en todo este tiempo, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Claro que los últimos años, tras mi marcha a la universidad, solo hemos coincidido en un puñado de ocasiones, y antes de eso yo sí que era una cría. Al igual que Thomas, Blake tiene ahora veintiocho.
Aprovecho que está intentando llamar la atención del camarero para contemplar de reojo su perfil. Dios, debería ser ilegal que los hermanos mayores tuvieran amigos tan atractivos.
—Necesito otra copa antes de eso —le digo, señalando por encima de mi hombro hacia la zona de baile.
Creo que he visto a Thomas dando saltitos de una forma vergonzosa y sin ningún tipo de coordinación.
Blake suelta una carcajada, pero tampoco él me ha mirado a la cara aún.
—Otra ronda para la dama —le grita al camarero, y yo vuelvo la vista al frente para evitar que me pille observándolo.
Cuando ya nos han servido, le da un largo trago a su bebida y por fin se gira hacia mí. Sus ojos resbalan por mi torso hasta mis piernas con una lentitud perezosa, y me pregunto cuántas copas se habrá tomado ya para permitirse ese derroche de atención. Casi parece que estuviera mirándome de verdad.
—Te veo muy bien, peque —dice, como si supiera exactamente lo que estoy pensando.
Mascullo una palabrota. No por el halago, sino porque lo de llamarme «peque» contradice la idea de que el repaso que me ha dado sea verdaderamente apreciativo.
Blake debe haberme escuchado. Suelta otra carcajada, ronca y sensual, y el sonido hace eco en partes demasiado íntimas de mi cuerpo. El calor se apropia de mis mejillas con sorprendente rapidez, algo que no suele ser habitual en mí, cuando percibo sus ojos fijos en mi rostro.
—Odio que me llames «peque».
—Es que lo eres. Tamaño bolsillo —bromea, y, ahora sí, me giro en el taburete para encararlo y fulminarlo con la mirada de una forma adecuada.
Me lo encuentro más cerca de lo que esperaba, inclinado sobre mí y con una sonrisa bailando en los labios. Tan tan tentadores. Tiene la mirada algo turbia, seguramente debido al alcohol, pero incluso así es el tipo más guapo que he visto jamás. Pómulos altos y bien formados, nariz recta, largas pestañas de un tono algo más oscuro que el de su pelo. Y sus hoyuelos…, una marca a cada lado de sus labios que dan ganas de lamer…
Un triángulo de piel morena asoma bajo el cuello desabrochado de la ridícula camisa hawaiana que lleva. Solo él podría vestir algo así y estar encantador igualmente. Aunque no pueda verlo, soy muy consciente de que bajo la prenda hay un estómago firme, trabajado y delicioso.
De mi boca brota un bochornoso gemido que empeora la rojez de mis mejillas.
—¿Estás bien, enana? —me pregunta, y su mirada se demora más de la cuenta sobre mis labios.
Se inclina un poco más hacia mí. Su aroma, mezcla de sal, playa y algún tipo de perfume con toques cítricos y amaderados, me deja aturdida durante un momento.
Como no respondo, gira mi taburete para colocarme de espaldas al chiringuito y apoya las manos en la barra, a los lados de mi cuerpo, dejándome acorralada. Normalmente no suele acercarse tanto; claro que mi hermano siempre está pululando a mi alrededor para evitar que cualquiera de sus amigos se tome excesivas confianzas conmigo. Thomas lleva todo eso de la sobreprotección a niveles realmente ridículos.
—¿Enana?
—Estoy bien. —Le sonrío con una seguridad que no siento—. ¿No estás demasiado cerca?
Sus cejas se elevan hasta formar dos arcos perfectos. ¿Por qué tiene que ser tan absurdamente atractivo?
—¿Te incomodo? —inquiere, y esboza una sonrisa ladeada, marca de la casa.
—Invades mi espacio personal.
Y allá vamos…
Si Thomas y yo discutimos, la dinámica entre Blake y yo no es muy distinta; o al menos así ha sido desde que recuerdo. Me pone nerviosa, y eso hace que no me pare a pensar demasiado en lo que digo. Y, cuando no pienso lo que digo, acabo soltando barbaridades por la boca.
—Y eso te incomoda —insiste, sin dejar de sonreír. Pongo una mano sobre su pecho y lo empujo; no soy capaz de pensar teniéndolo tan cerca. Pero él no se retira ni permite que yo lo mueva—. No es mi intención.
—Sigues haciéndolo. Invadir mi espacio —aclaro, y vuelvo a empujarlo, esta vez con las dos manos.
Ni él cede ni yo retiro las manos. Así que, por un momento, permanecemos inmóviles, observándonos. Hasta que él baja la mirada hacia el lugar donde mis manos se apoyan en su pecho y deja escapar un ruidito desde el fondo de la garganta. Puede que sea lo más erótico que he escuchado jamás. O igual es el alcohol, que me hace escuchar lo que quiero. No me extrañaría.
Cuando por fin retrocede, me bajo de un salto del taburete. Una pésima idea, si me permitís, porque el alcohol de las dos copas que me he bebido sentada se agita en mi estómago y luego se me sube directo a la cabeza. Lo siguiente que sé es que Blake me tiene sujeta por la cintura y estamos aún más cerca que hace unos segundos. Su aliento me acaricia la mejilla y el calor de sus dedos traspasa la fina tela de mi vestido.
—¿En qué momento has crecido tanto, Raylee? —susurra muy bajito, tanto que no estoy segura de que sea eso lo que ha dicho.
Pero quizá sí que lo haya escuchado bien. Y tal vez, después de todo, mi plan de vivir una noche loca con Blake Anderson no sea tan descabellado.
Blake
«¿Qué demonios estás haciendo, Blake?», me digo, mientras mantengo a Raylee apretada contra mi cuerpo.
¡Es la hermana de Thomas! ¡Su hermana pequeña! Aunque ese detalle parece haber perdido importancia hace rato; en concreto, en el momento en el que ella se ha girado para mirarme con los labios entreabiertos y expresión indignada.
Estoy borracho. Tiene que ser eso. Además de ser un gilipollas. Pero hasta ahora nunca había sido un gilipollas cerca de Raylee. A lo mejor porque no la he visto demasiado desde que se fue a la universidad y me ha pillado desprevenido.
No es que haya crecido ni nada de eso, sigue siendo ridícula y encantadoramente bajita.
—¿Qué es lo que has dicho? —exige saber. Para ser tan pequeña, se gasta un humor de mil demonios.
Tiene las mejillas sonrojadas y, aun así, me observa con una expresión tan desafiante como deliciosa y de la que no estoy muy seguro de que ella sea consciente.
—¿Blake?
En algún momento, mis manos han resbalado hasta sus caderas y continúan aferrándose a ella casi con desesperación. No tengo ni idea de lo que me ha preguntado, pero sí de lo fina que es la tela de su vestido y de que, bajo ella, puedo notar el elástico de sus bragas rodeándole la cadera. También sé que no lleva sujetador, porque los pezones se le marcan de tal forma que me hacen desear alzar la mano y comprobar si están tan duros como parece.
Yo sí que lo estoy, y ni siquiera sé cómo cojones ha ocurrido. Joder, soy un puto pervertido.
—Nada. Olvídalo —murmuro, esperando que eso me libere de lo que sea que he dicho antes.
—Sigues invadiendo mi espacio personal —señala, tras unos tortuosos segundos, sin que ella haga nada para interponer distancia entre nosotros.
Se me curvan los labios de forma maliciosa. Si supiera lo que de verdad me gustaría invadir en este momento…
Me aclaro la garganta antes de contestarle, pero la voz me sale mucho más ronca de lo que suele ser habitual de todas formas. Rezo para que no se dé cuenta.
—Soy un poco sobón, ya deberías saberlo.
Otra mentira.
Normalmente espero a que una tía me dé pie para ponerme cariñoso, pero nunca he sido un sobón con Raylee. Primero, porque no era más que una cría (algo que, al parecer, ha cambiado radicalmente sin que yo me percatara); y segundo, porque Thomas me habría cortado las pelotas si se me hubiera ocurrido acercarme a su hermana. Algo que, con toda probabilidad, sigue vigente hoy. Mi historial de citas rápidas y revolcones de una noche no habla precisamente en mi favor, y Thomas es mi mejor amigo, así que conoce de sobra mi política de no comprometerme con nada salvo con mi trabajo. Además, siempre ha actuado como un padre con Raylee, uno de esos que cree que su hija no debería tener relaciones sexuales al menos hasta los treinta; si es con una boda previa, mejor que mejor.
—Invítame a un chupito, anda —me dice, dando un paso atrás. Mis manos se deslizan y caen a los lados de mi cuerpo; no estoy muy seguro de qué hacer ahora con ellas—. Nunca me he tomado uno.
El aire vuelve a entrar en mis pulmones y me doy cuenta de que he estado conteniendo la respiración, aunque mi sangre sigue concentrada toda en el mismo sitio.
«Quítatelo de la cabeza».
Como si fuera tan fácil.
Me sitúo a su lado y hago lo posible por no mirarle las piernas; al inclinarse sobre la barra se le ha subido el bajo del vestido y muestra un montón de piel suave y cremosa.
—¿Se puede saber qué has estado haciendo en la universidad entonces?
Raylee se encoge de hombros antes de contestar a mi pregunta.
—¿Estudiar?
Lleva tres años lejos de casa; dudo mucho que no haya ido a fiestas de fraternidades en las que beber y follar es casi lo único que se puede hacer.
Vuelvo a mirarla. Tal vez no beba cuando sale, aunque el límite legal para hacerlo no se respeta en ningún campus. Pero imaginarla en una fiesta, rodeada de idiotas intentando quitarle las bragas, por algún motivo me pone de mal humor.
«Como si eso no fuera lo que quieres hacer tú», me reprocho mentalmente.
—No —suelto en voz alta.
—No ¿qué?
Agito la cabeza.
—Digo que no puede ser que no te hayas bebido un chupito nunca en la universidad.
Se muerde el labio y me mira desde abajo, la barbilla alta para poder alcanzar mis ojos.
—Tengo un montón de clases, un trabajo y una beca que no puedo permitirme perder. No me queda tiempo para mucho más. Pero no estoy aquí para hablar de mis miserias contigo, Blake —se apresura a añadir—. Vamos, pide un par de chupitos de una vez.
A pesar de que sé que es un error, obedezco. El camarero nos pone dos tequilas y le digo que lo cargue todo a la habitación de Thomas.
—¿Sabes cómo va? —le pregunto, señalando la sal y el limón.
—Tú primero.
Me lamo el trozo de piel entre el pulgar y el índice, y echo la sal por encima; luego paso la lengua sobre ella, me trago todo el tequila de una sola vez y me meto el limón en la boca. El líquido me arde en el estómago al asentarse.
—Tu turno.
En vez de usar su mano, Raylee echa la sal en la mía; y yo, como soy un idiota y un pervertido, no hago nada a pesar de estar bastante seguro de lo que se propone.
«Vas a ir directo al infierno de los peores mejores amigos».
Me agarra los dedos y se inclina para lamer la sal de mi piel, y mi polla responde con una sacudida. A continuación, Raylee se traga el chupito también de golpe y aprieta el limón entre los labios. No es precisamente lo que yo quiero que se meta en la boca en este momento, la verdad.
Doy un paso atrás y echo un vistazo por encima de mi hombro a la pista de baile.
—Tu hermano me va a matar —le digo, aunque no tiene nada que ver con el hecho de que esté ayudándola a emborracharse y sí con mis sucios pensamientos.
—No vamos a decírselo. —Raylee me guiña un ojo, aunque es más bien un amago de mueca.
No puedo evitar sonreír.
—Me parece que ya has bebido más que suficiente por hoy, enana —digo, aunque sé que se pondrá como loca por llamarla así.
Tal vez de esa forma me mande a paseo y yo deje de comportarme como un imbécil. Pero, en vez de eso, Raylee se apoya en el taburete y desliza la mirada por mi cuerpo con el despreocupado descaro que le proporciona el alcohol. Doy gracias por llevar la camisa por fuera de las bermudas, al menos así no se dará cuenta del lío que tengo montado en los pantalones.
De repente, una mano me aferra del hombro y tira de mí hacia atrás, y estoy convencido de que es Thomas que viene a partirme la cara. O al menos a darme el consabido sermón sobre la distancia mínima que debo mantener con su hermana. No puedo decir que no me lo merezca.
—¡Ey! Clare quiere ir a ese pub del pueblo que le recomendaron sus amigas. —Es Thomas, sí, pero no parece hostil; más bien, achispado.
Escucho resoplar a Raylee a mi espalda. Debe ser la primera vez en su vida que ve a su hermano borracho. Thomas tampoco bebe mucho, quizá sea cosa de familia.
—Yo no voy —dice ella.
Thomas esboza un mohín más propio de Clare que de él. Dios, me reiría un poco a su costa si no tuviera demasiado presente la presión que ejerce mi polla contra la bragueta y lo incómoda que resulta la situación.
Supongo que mi amigo contaba con no tener que vigilar a su hermana pequeña, y si ella no va…
—Id vosotros. Yo me quedaré con Raylee y la acompañaré luego hasta su bungaló.
Mala idea.
«¿Qué demonios haces, capullo?».
—¿No te importa? —pregunta él, esperanzado.
Al infierno de cabeza…
—Nah, no te preocupes.
Hace amago de darme un abrazo, porque supongo que ya ha llegado a ese punto de la borrachera, pero lo distraigo con un golpecito conciliador en el hombro. Sería un poco violento que me abrazara y acabara frotándose contra la erección que me ha provocado su hermana.
Evito el desastre por poco. Thomas se vuelve hacia Raylee y la apunta con el dedo.
—No le des la lata a Blake, ¿me oyes? —Ella asiente, y Thomas se relaja visiblemente—. Os veo mañana en el desayuno.
Thomas regresa con su novia dando vergonzosos saltitos y no puedo evitar echarme a reír. Aunque fuimos juntos a la universidad, nunca lo había visto tan desmadrado. Él estudiaba a todas horas, como, por lo visto, también hace Raylee. Perdieron a su padre cuando ella acababa de cumplir tres años y desde entonces la economía de su familia nunca ha sido demasiado buena. Solo ahora, que Thomas por fin ha afianzado su puesto en el despacho de arquitectos para el que ambos trabajamos, ha podido permitirse casarse y establecerse con Clare.
Y aquí estoy yo, pensando en su hermana de una forma en la que no debería pensar. Soy un capullo, joder.
—Vamos, te acompaño —le digo sin atreverme a mirarla.
Casi espero que se ponga a protestar porque le he dicho a Thomas que nos quedaríamos un rato más, pero no creo que eso sea una buena idea. No confío demasiado en mí mismo esta noche. Pero Raylee echa a andar hacia el caminito adoquinado que discurre a lo largo del complejo y que lleva a la zona de los bungalós.
Caminamos el uno junto al otro en silencio. Voy a llevarla hasta su habitación, esperaré a que entre y luego me iré a la mía. Así de sencillo. Sin embargo, Raylee parece dispuesta a cargarse mis planes. Al llegar, asciende los tres escalones de madera y se da la vuelta para mirarme. Tiene las mejillas encendidas, no sé si por el alcohol o debido al bochorno y la humedad.
—¿Quieres entrar?
La pregunta tiene un tono inocente y casual, pero yo niego. Ella ha bebido y yo he bebido; mis intenciones esta noche son una mierda, así como mi voluntad para resistirme a ellas.
—¡Blake! ¡Espera! —me dice cuando empiezo a darme la vuelta para marcharme—. ¿No vas a esperar a que entre?
Hago un gesto con la mano, indicándole que abra la puerta, aunque hay algo en su expresión que me hace pensar que debería salir corriendo. Se lleva las manos al dobladillo del vestido y…
No lleva bolso ni tiene bolsillos.
«Mierda».
—¿Qué haces? —le pregunto, mientras tira hacia arriba de la tela y deja a la vista uno de sus muslos. Un muslo torneado y delicioso.
Sé que debería darme la vuelta y no mirar, pero mi cuerpo no responde. Así que me quedo aquí plantado. Contemplándola. Mientras, sus dedos siguen empujando más y más tela hasta que alcanza la cadera. Mis ojos se pierden en la tira de encaje blanco bajo la cual se encuentra la tarjeta magnética del bungaló.
—No tenía dónde guardar la llave.
Trago saliva sin dejar de observar cómo la desliza por su piel para sacarla. El vestido vuelve a caer y la tapa. Pero, aun entonces, no logro apartar la mirada. Mi polla vuelve a estar en forma, lista y dura.
—Entra —atino a decirle, sin pararme a suavizar la orden, mis ojos aún fijos en su cadera.
—¿Blake?
—¿Qué?
—Aquí arriba —se ríe, y solo entonces consigo levantar la vista hasta su rostro.
Parece a punto de añadir algo más; Dios sabe que a mí no me sería posible decir algo coherente ni aunque mi vida dependiera de ello. Pero su expresión se vuelve titubeante. Y, en vez de eso, desciende los tres escalones y avanza hasta mí.
—Hay algo que quiero que hagas por mí —murmura en voz baja, y casi parece avergonzada.
«No. Dile que no. Sea lo que sea. No te metas en líos».
—¿El qué? —me encuentro preguntando.
Vuelve a dudar, y estoy seguro de que eso no es buena señal. Debería largarme antes de que haga alguna gilipollez de las mías. No soy conocido por mis buenas decisiones.
—Raylee, ¿qué quieres que haga por ti? —Prácticamente le estoy suplicando que me lo diga.
Esto está mal. Todo esta noche está yendo como el culo.
—Hay algo…, algo que tampoco he hecho en la universidad. Nunca, en realidad.
«¡Oh, joder, no! No, no y no. Thomas va a matarme».
No.
Daré por zanjada la conversación y me marcharé ahora mismo. No preguntes, es mejor no saber.
—¿El qué?
«Mierda, Blake».
Es virgen, tiene que ser eso. No se ha acostado con nadie y va a pedirme que me lo monte con ella. Una parte de mí quiere reírse. No por el hecho de que sea virgen, sino porque solo un capullo como yo puede creer que alguien como Raylee le pediría tal cosa.
—Tú tienes experiencia —prosigue, mirándome entre las pestañas—. Así que he pensado…
Raylee ya era en su momento una niña dulce y bonita, pero ahora se ha convertido en una mujer preciosa. Es pequeña, diminuta en realidad, aunque eso solo consigue que sea aún más sexy, a pesar de que yo no me haya dado cuenta hasta hoy. Tiene unas tetas que apuesto a que puedo abarcar con la mano y unas caderas curvilíneas, además de unos labios increíblemente apetecibles y una sonrisa por la que cualquier tío se dejaría hacer cosas horribles.
Pero no pienso comportarme como un cabrón con ella. Con Thomas o sin él, da igual. Se merece a un tipo decente y tengo muy claro que ese no soy yo. Si así fuera, no estaría aquí imaginándome cómo sería alzarla en vilo y follármela contra la puerta del puto bungaló.
—¿Eres…, eres virgen? —consigo decir.
Se parte de risa en mi cara, o en mi pecho para ser más exactos, porque esa es a la altura que me queda su rostro. ¿Por qué mierda se está riendo así?
—Tengo veintiuno, Blake. No soy virgen —me dice, sin parar de reír, aunque su sonrisa se va apagando hasta desaparecer segundos después y convertirse en otra cosa.
De repente, la idea de otro tío empujando dentro de ella me pone de los nervios. A punto estoy de interrogarla al respecto. Hasta que me recuerdo que eso no es asunto mío, ni de nadie. Ni siquiera de Thomas. Salvo de Raylee. Ella es la que decide qué hacer con su cuerpo.
—No quiero que me desvirgues —repite, por si no me ha quedado claro, y no puedo evitar esbozar una mueca de dolor—. Pero quiero que me ayudes con otra cosa.
—Lo que sea —replico en un impulso estúpido.
«Vete. Vete de una puta vez», me digo. Pero, por lo que se ve, hoy no es el día en el que hago caso de mis propios consejos.
—Me da vergüenza. —Hay una nota de pánico en su voz que despierta algo en mi interior, pero no me paro a pensar de qué se trata. Este es un momento pésimo para ponerme a descifrar mis emociones.
Alzo la mano y le paso uno de sus mechones rebeldes tras la oreja con lentitud, para luego dejar la palma contra su mejilla. Hace al menos diez años que la conozco, cuando Thomas y yo coincidimos en la universidad y nos hicimos amigos. Por aquel entonces, ella solo tenía once y las veces que iba de visita a su casa no dejaba de perseguirnos para que jugásemos juntos. Sigo sin entender en qué momento se ha convertido en una mujer.
Teniendo en cuenta que no me está ofreciendo su virginidad, y que soy un completo cabrón por haber creído que así era, no entiendo por qué se avergonzaría.
—Vamos, no pasa nada —le susurro al oído, mientras repaso la línea de su pómulo con el pulgar. Tiene la piel endemoniadamente suave—. Puedes contarme lo que sea.
—Nunca he tenido un orgasmo —escupe de forma apresurada. Algo así como nunquetenidunorgasmo.
Mi mente tarda unos segundos en procesar la información; mi cuerpo, en cambio, vuelve a ir por libre.
—¡¿Qué?! —pregunto, convencido de que no la he entendido del todo bien.
—Que nunca me he corrido.
De algún modo consigo atragantarme con mi propia saliva.
—Es… No… —Joder, esto es surrealista—. No te has corrido.
Ella asiente; aunque parece abochornada, no aparta la mirada ni se separa de mí.
—Tú tienes mucha experiencia, ¿no? —continúa, dado que mi capacidad de formar frases coherentes parece haberse ido de vacaciones—. Esperaba que pudieras ayudarme. Solo esta noche. Solo eso —prosigue, envalentonándose—. Nadie va a enterarse, y mañana podemos hacer como si no hubiera sucedido nada.
Tiene que ser una broma. O tal vez sea uno de esos sueños estrafalarios que no tienen ni pies ni cabeza. No puede ser que Raylee me esté ofreciendo sexo sin ataduras tan alegremente.
Aunque sigo sin dar crédito a lo que está sucediendo, mi cuerpo está encantado con la oferta, más incluso que hace un rato. Tengo que marcharme a mi bungaló, darme una ducha de agua fría y fingir que esta conversación no ha tenido lugar. Eso es lo que tengo que hacer.
O al menos es lo que creo que tengo que hacer hasta que Raylee avanza un poco más y nuestras caderas se encuentran. Su estómago se aprieta contra mi polla y a mí se me escapa un gemido.
Un-puto-gemido.
Esto no me puede estar pasando; no con Raylee, por Dios. ¿Qué se supone que me está pidiendo? ¿Que haga que se corra? ¡Joder!
—Yo te gusto —me dice, y sus labios están tan cerca de los míos que tengo que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no agarrarla de la nuca y devorar su boca.
Contonea las caderas contra mi erección para dejar claro cómo ha llegado a esa conclusión.
Definitivamente, voy a morir. Si Thomas se entera de que mi polla ha rozado siquiera a su hermana, me la cortará y la tirará al mar.
Y luego me matará.
—Joder, Raylee.
—Precisamente eso es lo que quiero que hagas. Joderme.
La palabra sale de su boca y va directa a mi polla. A estas alturas, la ducha fría no va a servirme de nada. Voy a tener que ocuparme yo mismo del asunto.
—Esto no está pasando —murmuro, con Raylee aún entre los brazos, dolorosamente consciente de cada centímetro de su cuerpo apretado contra el mío.
—Solo te estoy pidiendo que me folles, Blake —insiste, sin rastro de la vergüenza que ha mostrado hace unos minutos—. Y que te apliques un poco cuando lo hagas.
Le pongo los dedos sobre los labios para silenciarla.
—Vaya boca te gastas, enana.
Ella se ríe.
Empiezo a pensar que me la está jugando de alguna manera. De un momento a otro me dirá que esto es solo una broma y aparecerá Thomas y me arrancará la cabeza.
—Solo llamo a las cosas por su nombre. —Hace una pausa—. No te gusto —añade, y su sonrisa se desvanece.
Por extraño que parezca, en este instante lo único que me viene a la mente es que no quiero que deje de sonreír. Quizá por eso suelto lo primero que se me pasa por la cabeza.
—Desde el momento en el que te he visto en el chiringuito, no he podido dejar de pensar en desnudarte y follarte contra la pared.
«Qué-mierda-haces-Blake». No puedo creer que haya admitido eso en voz alta.
—Entonces… —Agita la tarjeta del bungaló frente a mi rostro a modo de invitación. Thomas le ha conseguido uno para ella sola, ya que él se queda con Clare y no quería meter a Raylee en la misma habitación que yo. Por un buen motivo, al parecer—. Por favor…
No. No puede estar suplicándome que me acueste con ella. ¡Como si necesitase rogar, por el amor de Dios! ¿Con qué clase de capullos inútiles se ha acostado para que no sean capaces de conseguir que tenga un orgasmo?
