Río a contracorriente

H. M. Zubieta

Fragmento

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1

Los coches se hundían entre las montañas. La carretera comarcal serpenteaba junto al cauce del Robles, que permanecía oculto, aunque Río se inclinase todo lo posible por la ventanilla para verlo. Solo las sombras de los árboles, dibujando maravillas con cada soplo de viento, revelaban de tanto en tanto que —en dirección opuesta al Citroën de su madre— corría un arroyo junto a elle.

—Te vas a marear —avisó el padre de Río desde el asiento del copiloto—. Yo no digo nada, pero ahora vienen curvas. Deberías mirar hacia delante.

Río suspiró y se puso recte. Nunca había entendido aquella manía de su padre de insistir sin decir nada, para justo después decir precisamente algo.

—Venga, Miguel, no seas aguafiestas —dijo la madre de Río—. Es normal que la niña quiera mirar por la ventana, ¿tú has visto qué paisajes? ¿Qué montañas, qué valles? ¿Cuándo ha podido ver todo esto en Madrid?

—La niñe, Juana, que no te enteras —la avisó Miguel, riendo—. Y en Madrid no, faltaría más, pero recuerda que subimos el verano de hace diez años, ¿a que sí, Río? ¿A que tú sí que te acuerdas?

Río, con los pies sobre el asiento y la frente otra vez pegada al cristal, se tragó la corrección que le habría gustado hacerle a su padre: «Se dice “le niñe”, papá, no “la niñe”; no sirve de nada que digas “niñe” en neutro si después dejas claro que me sigues viendo como a una chica con ese “la” de delante». Pero ¿de qué le habría servido decirlo?, ¿para que la próxima vez no le dijera nada a su madre?

—Me acuerdo un poco —dijo, sin apartar la mirada de la ventana—. Pero muy poco, era muy peque… Tenía cinco años.

—¡De algo te acordarás! —insistió Miguel—. ¿De las casas de piedra? ¿O de la plaza de la Constitución? La que tiene una fuente tan bonita en el medio, y el árbol con los bancos alrededor, que les da sombra… ¡Ya sé! Del Robles te tienes que acordar, ¿no? ¿Cómo no va a acordarse Río de un río tan precioso como este?

Elle negó con la cabeza, dejando una huella aceitosa en el cristal de la ventanilla. Aquel río era un desconocido; ni siquiera se dejaba ver. Bajó la ventana para oírlo, al menos, y le respondió el ruido de los motores. El viento le despeinó el pelo castaño, demasiado corto para hacerse una coleta, demasiado largo para que no se le metiera en los ojos.

—¿Por qué vamos tan lentos? —se quejó—. ¡Qué rollo de atasco!

—Hay un tractor ahí delante que circula muy despacio —señaló Juana—. Como es de doble sentido y no se puede adelantar, tenemos que esperarlo.

—¡Pues vaya! ¿No se podría esperar el tractor, en vez de nosotros? ¿Es que no saben que aquí viaja la nueva médica del pueblo?

Miguel sonrió.

—Es verdad que la plaza de tu madre es muy importante para Ribarrobles, hije. Pero también lo es el señor que va a cultivar su terreno. ¿De dónde crees que sale la comida, si no?

—Ya…

El cuerpecillo de Río se encogió en el asiento. No hacía frío, ni siquiera tan cerca del Pirineo; el verano comenzaba con un junio desolador en el resto de la Península, pero allí, al menos, se podía respirar. No, Río no temblaba de frío; chocaba las rodillas y se abrazaba las piernas sin saber muy bien por qué.

«¿Tenía razón Adrián? —pensó—. No sé nada de la vida. Soy imbécil. Soy une críe. Soy egoísta: me importa más llegar nosotros al pueblo que el señor del tractor. Así que, tal vez, sí que tenía razón en todo…».

—¡Mira, Río! —exclamó su madre, sacándole un momento de sus pensamientos—. ¡Ahora entramos en el valle!

Los cañones profundos por los que habían circulado, paredes casi verticales de pizarra negra, se hicieron más estrechos durante un par de revueltas de la carretera. Los coches trepaban junto a un muro colosal en el que solo había un hueco por el que podían pasar.

Río contuvo la respiración; parecía que la piedra estuviera a punto de atraparlos, de agarrar el coche por los dos costados y aplastarles a todes dentro: a elle, a su padre, a su madre, incluso a Genaro, que roncaba en su transportín tranquilamente.

—¡Hala!

Las montañas se abrieron hacia los lados, entonces, dándoles la bienvenida. El pequeño Citroën blanco se deslizó, con el resto de la caravana, en un valle recogido entre las faldas de los montes, llano y amable como un cuenco de barro.

En el fondo plano del cuenco se extendían praderas amplias, lisas, en una ligerísima pendiente hacia el Robles, que lo cruzaba de un lado al otro. La hierba, tan verde que duele. Puñados de vacas castañas paseaban junto a las lindes, y todo formaba un mosaico entre prados y cereales aún tempranos.

Y, junto al río, las casas.

Piedra desnuda, gris y negra, la misma pizarra oscura que encerraba la carretera. Tejas también de pizarra, elegantes y frías; tejados con pendientes fuertes, como de torre de iglesia. Casas, casitas, casonas; más de las que Río esperaba, encajonadas entre estas moles de piedra, repartidas por los campos y apiñadas contra el agua. Arcos que se abrían al paso de los coches bajo las casas, entre las calles de fiesta; los adoquines relucían, recién lavados, al sol de un verano incipiente que el pueblo de Ribarrobles había echado de menos. Y se notaba: las risas claras de las gentes hacían eco en las calles, en las montañas, incluso. Paseaban, personas y coches, bajo cintas de banderines de los colores del arcoíris.

—¿Pero ya son fiestas? —preguntó Miguel, quitándose las gafas de sol para ver mejor los carteles—. Madre mía, esta gente está de fiesta trescientos días al año, cualquier excusa es buena para celebrar. En eso no han cambiado nada desde que marché, y diría que incluso cuando nació la abuela ya eran así los ribarrobleños…

Río no decía nada. A través de la ventana, que había vuelto a subir, contemplaba aquel paisaje con una expresión indescifrable.

Alguien reconoció a Miguel desde la terraza de un bar; un señor que, carajillo en mano, se puso a gritar al resto de los señores idénticos que lo acompañaban —y a toda persona con oídos funcionales a doscientos metros a la redonda— que el hijo de la Fina había venido de veraneo.

—¡Pero, mocico, que pensábamos que ya no nos querías! —reía uno de los señores, agitando el cigarro pegado a los dedos amarillos—. ¡Que llevas dos lustros sin aparecer por aquí! Te haces más de rogar que el proyecto… ¿Se puede saber qué te ha pasado? ¡Baja y cuéntanos!

El padre de Río murmuró algo sobre el trabajo de su mujer que no le dejaron acabar.

—¡No, no! No nos podemos quedar al aperitivo; tenemos que descargar el coche, sacar al gato, colocar las cosas…

—¡Ya lo harás luego, chaval! ¡Si el verano es muy largo! O muy corto, así que más te vale aprovecharlo, ¡jo, jo, jo!

Río no pudo contenerse más. Bajó la ventanilla y les espetó:

—¡Es que no venimos a pasar el verano! Venimos a quedarnos a vivir aquí…

La mesa de los señores se calló un instante, lo cual era inaudito; Río no pensaba que fueran capaces de cerrar la boca. Duró bien poco:

—¿Es la nena? ¿Es tu hija, mozo? ¡Pues sí que está cambiada!

—¡Vamos, y yo que pensaba que era un niño!

—Con los pelos que llevan las zagaletas ahora, no me extraña, ¡ya nunca se sabe nada! O a lo mejor es por una promesa, o que ha tenido piojos…

—¡Venga, venga, que esas cosas ya no se gastan! ¿Cómo te llamabas, preciosa?

—¿Y qué es eso de que venís para quedaros? ¡No me digas que has cambiado la gran ciudad de tus sueños por esto, Miguelico!

—¡Ya se cansará otra vez! ¿No os acordáis? Que quería ver mundo, ¡y vaya si lo vio! Pero ahora vuelve a casa con el rabo entre las piernas. Es eso, ¿eh? ¡Es eso, a mí no me engañas!

Entre los gritos, las preguntas y la bilis subiéndole por la garganta, Río se vio incapaz de contestar. Se hundió en el asiento con la cara ardiendo, intentando tragar saliva y respirar.

—Se llama Río, y tiene razón —dijo Juana, arrancando el coche—. Por fin me han dado plaza en el centro de salud de Ribarrobles. ¡Nos vemos el lunes, caballeros!

Sin dar tiempo a que respondieran, la madre de Río dejó atrás la plaza del bar, acelerando sobre los adoquines que hacían rebotar las ruedas.

—Perdona, hija… Digo, hije. —Miguel le dedicó una mirada compasiva—. Ya imaginas cómo son por aquí. Son gente mayor, y unos cotillas de cuidado. Pero no tienen mala intención.

—¿Y tenían que cotillear sobre mí? —murmuró Río, procurando que no se le notaran en la voz las ganas de llorar.

Mientras el coche subía por las callejuelas empedradas hacia la vieja casa de los abuelos, Río metió los dedos entre las rejas del transportín de Genaro, que seguía durmiendo sin enterarse de nada, ni siquiera de las caricias de Río.

Todo era igual, aquí y en todas partes; en Madrid, en Zaragoza, en Ribarrobles. Aunque el pelo corto, la ropa ancha y el cuerpo canijo despistasen a alguna gente de primeras, en cuanto abría la boca, de inmediato todo el mundo estaba de acuerdo en que Río era una chica. Y lo contrario tampoco habría sido mejor; si hubiera tenido la voz grave, como la que habían comenzado a tener ya sus compañeros este pasado tercero de la ESO, y le hubieran tratado absoluta e inequívocamente de chico, Río seguiría sin ser viste como elle misme.

¿Por qué pensaba que iba a ser diferente aquí? ¿Por qué se había hecho ilusiones con empezar de nuevo, desde cero, en un lugar donde nadie le conociera? La gente no era distinta en Ribarrobles; era igual de indiscreta que en el barrio, igual de maleducada, igual de insoportable.

—Qué suerte tienes, Genaro —le susurró al transportín cerrado—. Si alguien te dice que eres una gata muy bonita y yo le respondo que eres un gato, no pasa nada, ni se enfada ni pone caras raras… ¡A nadie le importa! En cambio, a todo el mundo le importa cómo me llamo yo, y qué soy, y por qué tengo el pelo así o asá…

Genaro abrió un ojo amarillo, bostezó y lo volvió a cerrar. El coche se detuvo ante la puerta inmensa de madera, con su marco de piedra gris, que Río debería recordar de diez años atrás.

No recordaba la puerta, pero el olor del interior, la humedad fresca de cueva, el serrín acumulado en montañitas bajo el quicio… Algo, había algo allí que conocía. Faltaban la lejía de limón y el limpiacristales dulzón. Faltaban unos pies arrastrando dos paños por las baldosas de barro. Faltaba una voz dándoles la bienvenida a aquella casa cerrada.

—Miguel, abre las ventanas —dijo Juana—. Tenemos que ver en qué condiciones está todo.

Las contraventanas de madera maciza, hinchadas, chirriaron cuando Miguel las sacó a la fuerza de los pestillos oxidados. El sol entró tentativo en el salón, pintando rayos de polvo en el aire y dejando manchas doradas sobre las sábanas que aún cubrían los muebles.

Unos chillidos agudos huyeron de la luz.

—¡Tenemos ratones! —maldijo el padre de Río.

—Y espérate, que en la buhardilla no haya algo peor —añadió Juana.

Río lo observaba todo, atónite, incapaz de encontrar un recuerdo sólido al que aferrarse. Alcanzó a ver una bolita gris, diminuta, escabullirse fuera de la casa por la puerta de la cuadra, y siguió al ratón.

—¡Río! ¿A dónde vas? ¡No te alejes mucho, que…!

—Déjala, hombre, que esto no es Madrid. ¿Qué le va a pasar? Que salga y le dé un poco el aire, por una vez en la vida.

Al salir al jardín, Río ya no oía a su madre tratarle en femenino, y respiró hondo. Allí solo había tierra empapada, una hiedra que cubría cada milímetro de pared, y capas de hojarasca hundiéndose bajo sus pies. El ratoncito había desaparecido; elle deseó hacerlo también.

Sacó el móvil del bolsillo.

Estaba acostumbrade a estar sole. Estaba acostumbrade a no tener a nadie; nadie de carne y hueso en quien confiar, sobre todo después de Adrián. Pero, por lo menos, tenía en sus manos una puerta al mundo que le esperaba ahí fuera, el día que dejase de ver la vida desde la ventana y comenzase a vivirla.

La pantalla del móvil le devolvió un mensaje que bien podría haber sido una bofetada.

—¿Sin cobertura…?

«Quizá sea por los muros tan gruesos del corral», pensó Río, así que salió al patio. Tampoco allí llegaba la cobertura, ni en la cocina, ni asomándose a una de las ventanas recién abiertas.

—No estés por aquí, que hay mucho polvo —dijo Miguel—. Ayúdanos a traer las cosas del coche.

Como une autómata, Río obedeció; sacó los bultos del maletero y las bolsas que ocupaban los asientos traseros. Abrió el transportín de Genaro, que se asomó receloso y salió trotando hacia la planta de arriba.

—¡Genaro! —exclamó Río.

—¡Espera, no subas aún! —dijo Miguel—. Tenemos que comprobar si las escaleras están en buen estado. Mientras tanto, hije, puedes… Eeeh… No sé. Descansar, de momento.

Río asintió, con el cerebro entumecido. Volvió a intentar conectarse, sentade en los escalones de piedra de la entrada, pero sin éxito.

—Papá, ¿puedo dar un paseo? —preguntó, sintiendo que la voz que le salía por la boca no le pertenecía, que era de otre—. No me voy a alejar, solo quiero dar una vuelta, ver qué hay por aquí…

—Vale, está bien, pero ten cuidado. Tu madre y yo estaremos ocupados, no podremos hacerte caso. La casa está en peores condiciones de lo que pensaba…

—¡Eh, que tampoco es para tanto! —dijo Juana desde el pasillo—. Solo le hace falta un poco de… Bueno, de todo. Después de tanto tiempo cerrada, es normal. Pero acabaremos ahora lo más gordo; como mínimo, la cocina, para que podamos cenar. ¿Qué te parece?

—Me parece que eres demasiado optimista —suspiró Miguel, y volvió adentro, dejando a Río sole frente a la puerta abierta.

Juana añadió:

—¡Y mañana podemos ir a dar un paseo! A ver pájaros, plantas, flores…

Río ya no lo oía. Se había marchado corriendo, camino abajo, por la pendiente que conducía hacia la plaza del pueblo.

2

Todo olía a humedad en Ribarrobles. El cielo estaba sereno, pero aquel recipiente de barro que formaban las montañas alrededor de su valle recogía la niebla todas las mañanas y no la soltaba hasta bien entrada la tarde. A la luz del sol dorado que ya comenzaba a caer y a esconderse tras los montes, el río Robles parecía una grieta de oro en un cuenco japonés.

Río se había sentado en un banco de piedra destartalado, a las afueras del pueblo. Le daba sombra una higuera gigantesca, desmedida, que crecía desde una finca abandonada. Si hubieran esperado veinte años a volver, en vez de diez, quizá la casa de los abuelos tendría aquella misma pinta: los cristales reventados, las vigas hundidas, el tejado inundado de musgo. ¿Cómo se podía recuperar algo así? Si ya le daba la impresión de que el plan de sus padres de convertir la vieja casa en un lugar habitable estaba destinado al fracaso, aquello era aún peor.

Un maullido ronco le sobresaltó. A sus pies había una gata tricolor que le miraba fijamente, exigiendo mimos con la mayor naturalidad del mundo.

—Pero bueno, ¿y tú de dónde has salido? —dijo Río—. ¿Te dejas tocar? Hola, bonita, hola… ¿Cómo te llamas? Ven, toma.

La gata no necesitaba más: se le refregó por las piernas y le dio un cabezazo contra la mano que Río le alargaba, reclamando las caricias que eran suyas por derecho, como bien sabe cualquier gato.

—¿Qué haces aquí tan solita? Creía que eras Genaro, pero no, claro, ese bobo aún estará escondido debajo de alguna cama sin atreverse a salir… ¿Vives aquí?, ¿en esta casa abandonada? Ah, mira —añadió Río, fijándose en unas fiambreras de plástico con agua y pienso—. Hay alguien que te pone de comer, menos mal…

—Sí, yo —dijo una voz cantarina—. ¡Hola!

Río dio un respingo y se puso de pie, avergonzade de repente, como si le hubieran pillado haciendo algo mal. La gata maulló ante la repentina ausencia de mimos.

—¡Ah! ¡Perdona! No quería… Esto…

La persona que había hablado apareció de detrás de la higuera, dando un salto para bajar del muro. Parecía más o menos de la misma edad que Río.

—Se llama Sobrasada —dijo, sonriendo de oreja a oreja—. ¿No te parece el mejor nombre del mundo?

—Eh… Sí. Sí, es muy bonito… —Río asintió, rehuyendo su mirada y volviendo a agacharse para acariciar a la gata.

—Y yo soy Esperanza. Pero no me llames Espe, que no me gusta. ¿Y tú? ¡No te había visto nunca por aquí! ¿Estás de vacaciones?, ¿cuándo has venido?

Ante el bombardeo de preguntas, Río dio un paso atrás. La gata le siguió, determinada a obtener sus mimos.

—Me llamo Río —murmuró—. Encanta…, digo, un placer.

Esperanza se le quedó mirando, con una ceja arqueada y media sonrisa. Río se atrevió a mirarla también. Era alta y desgarbada, con el pelo largo y rubio recogido en una coleta que no había visto un peine en días. Llevaba una camiseta de propaganda, las rodillas de los pantalones manchadas de verdín, y restos de barro bajo las uñas.

—¡Es un nombre muy bonito! —Esperanza sonreía tanto que los ojos se le convertían en dos arrugas—. ¿Lo has elegido tú? ¡Yo el mío sí!

Río tardó unos instantes en entender lo que significaba aquello.

—¿Quieres decir que…? ¡Oh! ¡Sí! Yo también… Yo también elegí mi nombre —dijo, y se atrevió a añadir en voz muy baja—: Encantade.

—¡Encantada! ¡Mira, le has gustado a Sobrasada! En realidad, ojalá haberme puesto Sobrasada de nombre, pero en el Registro Civil no me dejaron. Así que me puse el segundo mejor nombre del mundo. ¡El tuyo también está muy bien, no creas! Deberíamos hacer una competición de nombres chulos, a ver quién gana. ¡Aparte de Sobrasada, claro está! ¿Tú me votarías a mí? Aunque reconozco que hay otros que casi casi están a la altura… El de Margot, por ejemplo, o el de Celinda, o el de Krystal… ¡Te las tengo que presentar! —Esperanza se dio cuenta de que estaba hablando demasiado rápido—. ¡Uy! ¡Al final no me has dicho qué haces aquí!

Abrumade, Río parpadeó, intentando reunir los pensamientos que se le desbordaban.

—Ah… Esto… Mis abuelos eran de aquí —consiguió decir—. Vamos a vivir en su casa… Mis padres y yo, quiero decir. Vendieron la de Madrid porque a mi madre le dieron trabajo de médica aquí. Los abuelos se murieron hace años y no habíamos venido desde entonces…

La cara de Esperanza se iluminó de alegría.

—¡Qué bien! —exclamó, e inmediatamente añadió—: No digo «qué bien» porque se hayan muerto tus abuelos, ¿eh? ¡Sino que es genial que te mudes aquí!

—¿Sí? ¿De verdad…? Quiero decir… Los pueblos, ya se sabe cómo son, ¿no? Mi padre me ha dicho que tenga mucho cuidado, que la gente es un poco… Bueno…

—¿Cotillas?, ¿cabezotas? Pues sí —rio Esperanza—. Bastante, para qué mentir. ¡Y nosotres también!

—¿Vosotres…? —preguntó Río, que seguía sin saber si había entendido bien nada de aquello—. ¿Usas el neutro?

—¡A veces! Aunque prefiero el femenino —aclaró Esperanza—. Pero me refería a mis amigues. ¡Que no todo el mundo en este pueblo tiene más de setenta años, ¿eh?! ¡Ven! ¡Creo que te van a caer bien!

Como un huracán, Esperanza agarró a Río de la muñeca y tiró de elle. Corrió carretera abajo, hacia el río; se metió por la callejuela que serpenteaba junto a la orilla, arrastrándole consigo.

Las casas a ambos lados tenían tapias con huertos y jardines, o bien terrenos despejados con un vallado ligero; aquel mediodía de junio estaban llenas de vida, inundadas de sol y viento que pasaba a través de las puertas y las ventanas abiertas. Una mujer con dos niños pequeños tendía las sábanas a secar, que ondeaban como cortinas; una señora vestida de negro arreglaba la hierba del paseo con un cortabordes; un hombre lavaba el coche a manguerazos mientras el perro se intentaba meter debajo.

Se detuvieron ante una de las últimas casas.

—Antes era un molino —explicó Esperanza—. ¿Ves esa parte que casi se mete en el río? Estaba hecha polvo, pero Desi y Celinda la restauraron. La compraron muy barata porque se estaba cayendo a cachos; de hecho, fue así como conocieron a Krystal, con todo el tema de la reforma, porque Krys es albañile y su padre también lo era, trabajaban juntos… De hecho, no sé si hoy estaba fuera. ¡Bueno, da igual, ya la conocerás otro día! ¡Si te vas a quedar a vivir aquí!

Río habría querido preguntar quién era toda aquella gente de la que le hablaba, pero le resultaba imposible interrumpir a Esperanza cuando soltaba aquel torbellino de palabras. La contempló mientras llamaba a la puerta una y otra y otra vez, sin rendirse ante el silencio.

—¿Seguro que están en casa? —dijo—. ¿No estarán ocupadas? Yo no querría molestar a nadie…

—¡Que no, que no! Estarán durmiendo, tranqui. Los días que no trabajan, se despiertan a la hora de comer…

Tras lo que a Río le pareció una eternidad, algo se agitó en el interior del antiguo molino. La puerta se abrió con un quejido de bisagras completamente oxidadas, y en el marco apareció una figura en pijama y pantuflas de invierno, bostezando y quitándose las legañas. Llevaba un moño negro que a duras penas le contenía los rizos enredados, y algunos se le desparramaban por la cara y la papada.

—¡Celinda, hola! —exclamó Esperanza—. ¡Mira lo que me he encontrado!

—Es muy temprano, corazón… No son ni las dos, ¿qué sucede? —bostezó la tal Celinda, con un acento dulce que Río no sabía identificar.

—¡Mira! ¡Se llama Río! ¡Es nueve en el pueblo! —Esperanza se volvió para mirarle—. ¿Qué tendrás?, la misma edad que yo, más o menos, ¿no? ¿Dieciséis?

—Eh… Voy a cumplir quince la semana que viene…

—¡Celinda, que va a ser su cumple! Se acaba de mudar aquí, ¡tenemos que celebrarlo! ¡Dile a Desi que avise a todo el mundo! Ay, te va a encantar Desirée, ya verás, ¡qué pena que no te dará clase hasta septiembre! Estarás un curso más abajo, entonces, con la hermana pequeña de Margot, ¿cómo se llamaba?

Una voz grave respondió desde las profundidades de la casa.

—Blanca —dijo—. Blanca Lázaro y Margot Lázaro, las he tenido a las dos.

La mujer que estaba en la puerta se volvió hacia atrás, sobresaltada.

—Cariño, ¿te hemos despertado? Debería haber cerrado…

Esperanza se asomó hacia dentro.

—¡Desi, Desi, ven a conocer a Río! ¡Ven, corre!

Desirée apareció, esbelta y elegante incluso en ropa de dormir, con unas ojeras hundidas y oscuras que a Río le intimidaron casi más que su altura.

—Como nos volváis a despertar en sábado, pido el traslado a Huesca capital y os va a dar clase de inglés el guiri alpinista del otro día —amenazó, quizá no del todo en broma, con una sonrisa cansada—. Hola, Río. Encantada de conocerte. Y hasta luego, Río, que mi novia y yo nos volvemos a la cama.

Insistente, Esperanza agarró a Río por el brazo y le colocó delante de la puerta. Elle se dejó hacer; ya hacía un buen rato que no estaba oponiendo ningún tipo de resistencia a los acontecimientos, que se desbordaban a su alrededor como una catarata imparable.

—¡Pero deja que se presente elle antes de irte! —dijo Esperanza—. ¡A ver, Río! Cuéntanos algo de ti. ¡Rápido! ¿Quién eres y qué has venido a hacer a Ribarrobles?

Pronunció la frase con solemnidad, con cierto tono humorístico que a Río le pasó casi desapercibido, opacado por la presión de verse obligade a responder quién era y qué hacía con su vida: a duras penas tenía excusa para no contestar.

—Eh… Ah… Me llamo… —El sudor le encharcaba el pecho—. Me llamo Río, y he venido a…

—Pero, corazón, tranquile —dijo Celinda, tendiéndole unas manos cálidas y morenas—. Pasad, ¿sí? No hagáis caso a Desi, era una broma. Venga, corazón, no te preocupes. Pasa, ¿quieres un té? Tenemos tés de frutas, los hago yo… Te parecerá bonito, Esperanza.

—¿Eh? ¿El qué?

—No todo el mundo tiene tanta facilidad de palabra como tú —aclaró Celinda.

—Sobre todo, no en medio de clase —añadió Desirée.

Río habría querido salir corriendo. Habría corrido de vuelta por la calle del río, habría subido la carretera hasta la casa de los abuelos, habría trepado por las escaleras del piso de arriba igual que el gato Genaro y se habría escondido dentro de uno de los armarios apolillados con él.

Había demasiada gente mirándole, demasiada gente pendiente de elle, y solo eran tres personas. Río estaba acostumbrade a ser objeto de miradas y comentarios; la novedad, en este caso, era que se trataba de comentarios buenos.

3

Alguien llamó a la puerta cuando ya estaban sentándose —y sentando a Río— a la mesita baja del comedor. El salón de aquella casa era una bombonera: el papel pintado con damascos de oro y los sofás tapizados de cuero falso en granate le daban un aire de tetería árabe o de casita de muñecas extravagante, o de interior de botella de coñac. O todo a la vez, quizá. Río no sabía a dónde mirar; cada esquina estaba cubierta de abalorios brillantes, todos impecablemente limpios, y la atención le rebotaba entre las cuatro paredes.

—¿Estás bien? —repitió Celinda—. Río, ¿me escuchas?

—¿Eh? ¡Oh!, sí —mintió elle—. Sí, claro que sí…

Desirée fue a abrir la puerta, mascullando algo sobre una pena de prisión para la gente que no deja dormir los sábados, mientras Esperanza se disculpaba profusamente. Todo lo hacía de manera profusa, según parecía.

—Lo siento un montón, de verdad, no quería agobiarte —decía—. Es que me he emocionado, ¡me hacía mucha ilusión presentártelas! Me he puesto muy contenta cuando he visto que, bueno, que seríamos une más…

Río negó con la cabeza.

—Tranquila, está bien, si no pasa nada —dijo; aunque claramente pasaba, pero antes que admitirlo se habría arrancado un pie a mordiscos—. Entonces ¿cómo era?, Desirée y Celinda, ¿no? Y Desirée es profe… ¿de inglés?

—¡Sí! ¡Eso es! —contestó Esperanza alegremente—. Si vas al instituto del pueblo, te dará clase ella. Lo del guiri ese que dijo es porque la otra semana pasó por aquí un irlandés que se había perdido, que había intentado meter la caravana por el puerto de montaña. ¡Tuvo que salir todo el mundo a ayudarlo!, no la sacaba ni para delante ni para atrás… Ay, ya me estoy enrollando otra vez, perdona.

Unas voces desde la puerta de la casa interrumpieron la conversación; entre ellas, la de Desirée, que exclamaba:

—¡Esto ya es el colmo! ¿Es que tenéis que venir todes a visitarnos hoy? ¿Voy a tener que poner un cartelito en la puerta? «No molestar», dirá; nos hemos ido a dormir a las cinco de la mañana y no seremos personas hasta las tres de la tarde…

—¿Pero no te acuerdas? —contestó otra persona—. ¡Me cago en Dios, si habíamos quedado para mirar lo de Margot!

—¿Un sábado? ¿De verdad fui tan imbécil de quedar el sábado por la mañana con vosotras?

—Venga, Desi, que son casi las dos, por la mañana ya no es…

—¡Es por la mañana hasta que me levanto a comer!

Celinda le retiró a Río la bolsita de té gastada, y mientras pasaba un paño por la mesa aprovechó para explicar:

—Tienen razón —dijo—. Ahora me acuerdo. Margot quería pedirle ayuda a Desi con el inglés, y Krystal le dijo de acercarse un día de estos… No debió de apuntarlo, y mira ahora. ¡Pobres mías!

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