Daisy Haites (Universo Magnolia Parks 2)

Jessa Hastings
Jessa Hastings

Fragmento

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UNO

Daisy

Nada de pistolas en la mesa a la hora de cenar. Esa es mi única regla. Llámame antigua, yo qué sé. Es lo que les he dicho siempre a los chicos. Me dan igual los móviles, me da igual si están mandado mensajes, me da igual si llevan sombrero en la mesa. Pero no quiero pistolas mientras les sirvo una falda de res que he cocinado a fuego lento durante nueve putas horas y media.

Julian nos hace bendecir la mesa (como si el Señor le estuviera escuchando y como si Él nos fuera a bendecir) y luego viene el silencio del momento de comer que hace feliz a la cocinera.

El volumen empieza a subir de nuevo al cabo de un par de minutos. Son verdaderos animales cuando hay comida de por medio, estos Chicos Perdidos[1] míos. Los llamo así porque eso es lo que son. Para ser sinceros, no puedes juntarte mucho tiempo con mi hermano sin acabar saliéndote del caminito del jardín, y todos estos chicos se han desviado que da gusto. Ni uno de esos chicos es un chico, por cierto, ni por edad ni por actitud. Cada uno de ellos tiene su lista de pros y contras, cosas que hacen saltar las alarmas, órdenes judiciales y prohibiciones de salir del país, y juntos representan el santuario del núcleo duro de mi hermano.[2]

—Eh, Caradaisy.[3] —Mi hermano me señala con el mentón—. ¿Cómo te ha ido en el examen de Inmunopatología?

—Inmunofarmacología —lo corrijo y él pone los ojos en blanco.

—¿Has aprobado o no?

—Pues claro que ha aprobado —le dice Kekoa con orgullo. Ya no tengo padre, pero cuando lo tenía, Aleki Kekoa[4] era su mejor amigo.

—¿Sobresaliente? —pregunta Julian.

Lo miro con el ceño fruncido, ofendida.

—Obviamente.

Mi hermano me guiña un poco el ojo y se sirve más vino.

—¿Qué temario te toca ahora?

Me encojo de hombros.

—Creo que vamos a avanzar hacia Enfermedades y Terapéutica. —Estudiante de segundo curso de Medicina en el Imperial College.

Jules hace un ademán.

—No te hace falta estudiar esas mier…

—¡Retíralo! —grita de repente Declan Ellis[5] al tiempo que se aparta de la mesa con fuerza, fulminando con la mirada a TK, que está sentado a mi lado.

Los miro con el ceño fruncido. No tengo ni idea de qué les pasa, no estaba atenta.

—No —ríe Teeks.[6]

Declan se lleva la mano a la espalda y saca su Star Model BM.[7] A él le gusta, a mí no. Es demasiado pesada, tiene un retroceso demasiado lento.

—Decks. —Julian pone los ojos en blanco—. Guarda la pistola.

Ahora mismo, Decks está un poco borracho. Me doy cuenta porque cuando va borracho o tiene resaca, un ojo se le pone un poco bizco.

Miro a TK y ya veo que no le hará ningún caso a Declan, sea lo que sea, le parece demasiado divertido como para retirarlo. Tiene esa risita lisonjera y engreída que pone a Declan como loco porque está siendo irrespetuoso, y Declan está, técnicamente, más arriba en la cadena trófica. Es la mano derecha de mi hermano.[8]

—Retíralo de una puta vez. —Declan recoloca la pistola, ahora apunta a TK de lleno en la cara.

—No. —Teeks se encoge de hombros, indiferente.

—¿Que retire el qué? —Frunzo el ceño.

—Nada. —Declan me mira un instante, pero TK y Booker se echan a reír.

Mejores amigos, idiotas de remate.

Declan amartilla la pistola.

—Declan, no seas estúpido. —Pongo los ojos en blanco.

—No estoy siendo estúpido, él está siendo estúpido.

Intercambio una mirada muy sufrida con Miguel del Olmo,[9] mi guardaespaldas desde que yo tenía catorce años.

—No estoy siendo estúpido… —TK se encoge de hombros—. Es verdad.

—Que no, joder, no lo es.

—¿El qué no es verdad? —Julian frunce el ceño.

Declan achica los ojos retando en silencio al miembro más joven de la banda a atreverse a hablar fuera de tiempo.

Una sonrisa descarada se apodera del rostro de TK.

—Que Decks siempre la tiene empalmada por Dais.

Y entonces…

Disparo.

Parpadeo unas cuantas veces, bajo la mirada hacia mi pecho. Una antiquísima y valiosísima camiseta blanca que hasta hace cinco segundo estaba impecable ahora está mancillada por una gota de sangre californiana.

TK suelta un ruidito de dolor ahogado (apenas audible) como si jamás fuera a darle a Declan la satisfacción de la agonía.

—Puto increíble. —Pego un porrazo en la mesa con los puños apretados—. ¿Cuál es mi única regla? —pregunto a voz en grito a todos los presentes.

Todo el mundo se queda muy quieto. No contesta nadie.

—¿CUÁL ES MI ÚNICA REGLA?

Todos los presentes, incluido mi hermano y el pobre TK (que, por cierto, no se está muriendo) murmuran alguna variante de «nada de pistolas en la mesa a la hora de cenar».

—Esta camiseta vale cuatro mil libras.

Cañón[10] me mira con los ojos achicados.

—Igual pagaste de más por ella, Dais.

—Uy, ¿en serio? —Lo fulmino con la mirada—. ¿Pagué de más por una camiseta promocional original de 1966 de Butcher Cover de los Beatles? —Lo miro con una ceja enarcada—. La semana pasada te vi comprar en eBay un Hot Cheeto con forma de pistola por 560 libras.

Cañón desvía la mirada hacia su mejor amigo, Feliz,[11] que, en cambio, lo mira con expresión de disgusto. Cañón se encoge de hombros como si no pudiera evitarlo.

—Es que parecía mi pistola.[12]

Julian me mira a los ojos y señala con la barbilla a TK.

—Ayúdalo.

Pongo los ojos en blanco al tiempo que señalo a Declan.

—Ve a por mi maletín.

Asiente con cierta timidez.

Miguel ayuda a Teeks a llegar a la cocina y lo sienta en la mesa del desayuno.

Es una casa grande. Mi padre compró una calle sin salida entera en Knightsbridge y la convirtió en una especie de cuartel general. El Recinto, lo llaman.

Miguel echa una ojeada desganada a Declan cuando aparece con mi botiquín y los labios apretados.

—Siento lo de tu camiseta. —Me lanza una mirada de disculpa, se inclina hacia mí, quizá se acerca más de lo que debería—. Te la llevaré a la tintorería.

Asiento una vez, intento dedicarle un ápice de esa sonrisa que se monta a horcajadas en la línea que separa ser una matriarca indulgente y no querer consentir su comportamiento estúpido.

TK enarca una ceja al ver la proximidad que Declan (no) deja entre nosotros y Decks le hace un corte de mangas al salir de la cocina.

Reprendo a TK con la mirada.

—¿Por qué lo has dicho?

—Porque es verdad.

Miguel ladea la cabeza, lo admite tácitamente con la mirada. No es precisamente hablador mi Miguel. Se le conoce por ser una presencia constante y por sus palabras azuzadoras. Él y yo hemos pasado años creando el equilibrio perfecto entre tenerlo cerca y que me agobie. Es muy consciente de que nunca estoy sola. Y yo soy consciente de que, en consecuencia, él tampoco lo está nunca. Aunque tampoco hay mucho que decirle, él lo ve todo, de todas formas.

—En fin… —Limpio la sangre que rodea la herida con unas compresas de isopropilo—. ¿De verdad crees que es prudente incordiar al oso?

—No es un oso. —TK pone los ojos en blanco—. Es un cachorro con complejo de inferioridad y una polla pequeña.

Le lanzo una mirada.

—No tan pequeña…

TK se echa a reír.

—Venga, pues sé sincera, ¿quién es mejor en la cama: él o yo?

Declan, cien por cien. Completamente, innegablemente, muy bueno, muy recomendable. Me enfadé mucho cuando Julian nos hizo parar. Hace unos años, justo después de que mi exnovio y yo rompiéramos, y fue enorme y traumático y yo era joven.[13] Julian descubrió que me había estado acostando con Declan, que no era tan joven[14] y que creía a pies juntillas que yo tenía veintiún años,[15] aunque no los tenía, y creo que Julian le dijo que tenía que ayudarle con un trabajo o iría a los federales y no sé lo que pasó en ese trabajo, pero Declan se quedó ahí para siempre después de eso.

Teeks… mira. Fue algo breve que coincidió con Julian tratando de atraerlo a él y a Booker para llevárselos del valle. No hablamos de ello, pero creo que yo fui la guinda del trato. Mi hermano hace todo lo humanamente posible para excluirme de la mayor parte de su trabajo, pero me llevó a California con él en ese viaje y pasamos la mayor parte del tiempo convenciendo y cenando con TK y Booker.

Son los tipos más jóvenes que trabajan para Jules, y por mucho. TK tiene veintiséis años; Booker, veintisiete. Amigos de la universidad. Informáticos que se graduaron como los mejores de su clase en Stanford. Los Malotes de Silicon, así los llamamos. Jules los encontró en la web oscura cuando rastreaban las direcciones de las personas que veían pornografía de «dudosa legalidad» y las enviaban al FBI. Nos gustó su estilo. Jules es un fanático del complejo de salvador, él mismo lo tiene. ¿Y yo? A mí me gusta cualquiera que ve algo torcido e intenta enderezarlo lo mejor que puede.

Son chicos divertidos; y TK es guapísimo, tiene un rostro dulce y más joven de lo que realmente es. Besa bien, tiene unos ojos preciosos, así-así en la cama. Pero me sabe fatal decírselo. No puedo.

Le pincho una inyección de lidocaína en el brazo.

—No lo sé. —Me encojo de hombros tímidamente—. Igual tendrás que refrescarme la memoria.

Es una oferta superficial, pero parece complacido igualmente, levanta la barbilla y todo.

—Quizá lo haga.

Es una aceptación de mierda. No lo hará, los dos lo sabemos, al menos ya no, porque…

Alguien se aclara la garganta en la puerta, detrás de mí.

Miro por encima del hombro.

Christian Hemmes está apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos entornados.

—¿Entonces me voy? —pregunta, enarcando una ceja y metiéndose las manos en los bolsillos.

Me doy la vuelta rápidamente, con las mejillas encendidas (no sé por qué).[16] Parpadeo un par de veces, vuelvo a fijar la mirada en la tarea que tengo entre manos, ignoro a Miguel, que ha puesto los ojos en blanco exagerando mucho, lo cual me parece una traición a nuestra impuesta amistad.

TK me sostiene la mirada, sonríe con complicidad, pero ellos no saben nada… No saben ni siquiera la mitad.

Christian Hemmes se acerca a nosotros, se coloca detrás de mí y me agarra sutilmente el culo mientras inspecciona la herida de bala.

—¿Qué ha pasado aquí?

Exhalo, molesta.

—Declan.

—¿Te ha disparado? —Parpadea, un poco sorprendido.

TK asiente.

—¿Por qué?

Los miro a los dos.

—Teeks estaba siendo hostil.

Miguel entrecierra los ojos, evaluando la validez de mi afirmación.

—Creía que no debían tener armas en la mesa. —Christian se cruza de brazos.

—Pásame las pinzas de veinte centímetros —le digo—. Y no deben.

Christian me acerca unas tijeras de Mayo[17] y Miguel pone los ojos en blanco.

Me aclaro la garganta, cojo la herramienta adecuada y empiezo a rebuscar por el brazo de TK mientras Miguel me da luz.

—¿Va a llevar mucho más rato esto? —pregunta Christian sin miramientos.

—Uy, disculpe usted. —Le devuelvo la mirada—. ¿Te estamos jodiendo los planes?

—Pues sí, la verdad.

Se inclina sobre mí, vuelve a mirar la herida conmigo y se aprieta contra mí.

—Tenía algunos planes para ti.

El estómago me da un vuelco.

—Ah. —Trago saliva, miro el brazo de mi amigo con los ojos achicados y localizo el brillo de una bala alojada en el tubérculo menor del húmero derecho—. A decir verdad, yo también tenía algunos planes para ti, pero entonces va y confundes las pinzas con las tijeras y mi libido se ha evaporado por completo.

Miguel frunce el ceño, no le gusta nuestro acuerdo.[18] No lo ha dicho con esas palabras, pero Miguel tiene la cara de póquer de un niño de preescolar.

—¿Y tú de qué te ríes? —Christian le pega una colleja a TK.

Teeks se echa a reír, pero yo lo miro con fijeza.

—Malas noticias. —Me quito los guantes de látex y él suelta un gruñido—. Se ha alojado a mucha profundidad.

—Mierda. —Deja caer la cabeza.

—Llévaselo a Merrick. —Le hago un gesto a Miguel mientras le vendo el brazo a TK con gasas, que ato por encima de la herida—. Dile que me parece posible que se haya fracturado el hueso o, al menos, fisurado. —Le dedico una sonrisa de disculpa a Teeks—. ¿Ya lamentas haberle regalado tu vida a mi hermano?

—No. —TK aplasta una sonrisa—. Me lo estoy pasando en grande.

Pongo los ojos en blanco.

—Hablando de pasárselo en grande… —Christian me tira de la mano y lo miro con fijeza—. ¿Ya hemos acabado aquí?

—Pues sí. —Bajo la mirada para observar la herida vendada otra vez. Aprieto el esparadrapo contra el brazo de TK una vez más por si acaso—. No incordies al oso.

Me mira con una sonrisita.

—No prometo nada.

—Me alegro de verte, tío. —Christian le pega (medio) con cariño a TK en el brazo herido y él hace una mueca. Yo pongo los ojos en blanco y Miguel se esfuerza para reprimir una sonrisa antes de asentir y dejarme a solas con Christian.

A solas con Christian. Todavía se me antoja un poco extraño, a decir verdad, quedarme a solas con alguien. Hace años que no se me permite estar a solas con nadie.

—Eres un idiota —le digo mientras subimos las escaleras.

Él pone los ojos en blanco.

—Está bien.

Sin embargo, me siento un poco mareada porque me da la sensación de que lo ha hecho porque se ha puesto territorial conmigo.

—No nos ponemos celosos, ¿recuerdas?

—No estaba celoso. —Christian frunce el ceño—. ¿A mí qué más me da si te lo tiraste una vez hace unos meses?

Me vuelvo para mirarlo y me descubro barajando no querer no tener el control y que no me apasione la indiferencia que transmite su voz al hablar de otra persona tocándome.

—Más de una vez. —Sigo subiendo las escaleras.

Él achica los ojos y se detiene un minuto antes de continuar siguiéndome.

—Aunque bastante sexy, pequeña Haites.

Pequeña Haites. Así me llaman.

—¿El qué? —Estoy en lo alto de la escalera, con las manos en las caderas.

—Tú. —Me mira fijamente—. Que seas médica.

Le devuelvo la mirada.

—No soy médica.

—Estás en ello. —Me mira con mala cara, casi como si no le gustara que dijera cosas despectivas de mí misma, aunque no me permito pensar eso—. Pronto serás una médica titulada con carnet de conducir.

Pongo los ojos en blanco, me alejo y me adelanto, intento perseguir ese estúpido corazón mío que cabalga hacia el sol poniente con un chico al que no le gusto de esa manera.

Se supone que somos claros y simples, Christian y yo.

Solo sexo. Amigos que lo hacen. «Echar un polvo», como tan delicadamente lo llama mi hermano…

Me gustaría que fuera así, eso es lo que quise desde esa primera noche. Lo he hecho antes, soy capaz de hacerlo. Eso es lo que fue TK, eso es lo que fue Declan. No es lo que fue Romeo, pero nunca nada será lo que fue Romeo, así que en realidad no es justo compararlo con nadie más. En fin, a lo que iba es que sé cómo tener sexo ocasional. Christian sabe cómo tener sexo ocasional. Él y sus mejores amigos son medallistas de oro en el sexo ocasional, pero algo acerca de esa primera noche juntos fue tan sorprendentemente poco ocasional…

—Cuéntame... —me pidió Christian mientras se inclinaba hacia mí un sábado por la noche en su local, hace unos meses—. Un sueño secreto, un objetivo en la vida…, alguna mierda así.

Nos conocemos desde hace años por nuestros hermanos. Jonah Hemmes es uno de los mejores amigos de Julian, pero supongo que aquella noche en particular, hace unos cuatro meses, dejé de parecer la hermana pequeña del mejor amigo de su hermano. Es lo que tiene el top ajustado de Orseund Iris.

Fue un momento de lo más oportuno para mí, porque Romeo acababa de largarse y yo estaba triste, y a decir verdad nunca he sabido qué hacer cuando él no está.

Fruncí los labios, fingí que pensaba como si no tuviera la respuesta en la punta de la lengua, como si no la tuviera siempre, y me descubrí ruborizándome al ver lo cerca que estaba su rostro del mío.

—Te parecerá una tontería.

—Ponme a prueba. —Ladeó la cabeza. Era más guapo de lo que me había percatado antes, como si nunca lo hubiera mirado bien hasta entonces. El pelo rubio dorado, peinado hacia un lado y echado hacia atrás a la perfección. Grandes ojos de color avellana. Gran labio inferior carnoso. Grandes problemas.

Lo miré con los ojos entornados, sintiéndome un poco expuesta.

—Me gustaría mucho ser normal.

Me dedicó una pequeña sonrisa de confusión y asintió un par de veces.

—Me gustaría no tener guardaespaldas, me gustaría sentirme sola a veces, me gustaría caminar por la calle sin preocuparme de que el coche que circula a mi lado está ahí para secuestrarme, me gustaría tener derecho a un seguro de rescate en lugar de ser imposible de asegurar…

—Joder. —Frunció el ceño.

—Me gustaría ir en coche a algún sitio. No que me lleven, conducir yo misma.

—Creo que eso último está al alcance, ¿no?

Fruncí los labios y le cambió la cara, confundido, y le dirigí una mirada avergonzada.

—¿No sabes…? ¿No sabes conducir? —Ladeó la cabeza y me miró con cierta cautela.

Levanté la barbilla, intentando aparentar que me daba igual.

—No.

—Vaya.

Asintió un par de veces. Curvó hacia arriba la comisura de la boca y ahora intento hacerle sonreír de esa manera cada vez que lo veo.

—Yo te enseñaré —me prometió.

Y lo hizo de verdad. Cumplió la promesa, pero ya te contaré más adelante.

Volvamos al presente, un par de horas más tarde,[19] es la una de la madrugada y el móvil de Christian suena por segunda vez en menos de diez minutos. Alargo la mano por encima de su cuerpo desnudo (solo lleva un collar con un corazón que no se quita nunca) y alcanzo su móvil, que está vibrando en la mesilla de noche.

—Kelsey, entre paréntesis Rubia, te está llamando —le digo y él abre los ojos. Se da la vuelta al instante, me quita el móvil y silencia la llamada.

Me lanza una mirada medio de disculpa. Sesenta por ciento de disculpa, cuarenta por ciento de diversión.

Su pelo de ángel ahora está todo despeinado por lo mucho que he tirado de él y sus labios están extrarrosados tras tanto presionarse contra los míos. Alarga un brazo aceitunado y lo coloca detrás de la cabeza.

Estiro la mano hacia su móvil.

—¿Puedo leer tus mensajes?

Él achica los ojos, aunque no está muy enfadado.

—¿Por qué?[20]

—Mira, me gustaría ver qué quieren de ti Kelsey entre paréntesis Rubia y todas sus amigas busconas.

—Es la una de la madrugada. —Se ríe, divertido—. Creo que ambos sabemos qué quieren.

—¿Una carta de referencia? —Me mira mal—. ¿Que les devuelvas la dignidad? —Sonríe mientras vuelve a poner los ojos en blanco—. Era broma —añado al instante—. Todos sabemos que es demasiado tarde para eso. —Suelta una carcajada y me pasa su móvil—. ¿Código?

—6969.

Achico los ojos.

—La viva imagen de la elegancia.

6969…[21] En realidad me parece bastante gracioso, pero me apetece ser borde con él porque le están llamando delante de mis narices para acostarse con él.

Voy a mirar los mensajes.

—Veintidós mensajes sin leer. Al menos quince de ellos son de chicas… —Se me apaga la voz al repasar la lista—. Kelsey entre paréntesis Rubia. Melanie Watson. Melissa Nigh. Natalie Lamburg. Natalie Tetas… —Levanto los ojos para mirarlo—. ¿Este nombre le pusieron al bautizarla? —Ahoga una sonrisa—. ¿Tan grandes tiene las tetas como para que guardes su móvil con este nombre?

—Doble D por lo menos.

—Claro —concedo y vuelvo a mirar el móvil para seguir leyendo—. Aimee Aitkins, Olivia XO… —Lo miro con las cejas enarcadas.

—Lo puse por el club, no por el sentimiento.

—Mucho mejor. —Le dedico una sonrisa tensa y juzgona. Abrazo su móvil contra el pecho—. Recibes muchos mensajes de madrugada. —Intenta disimular una sonrisa mientras coge su copa de vino—. Caray. —Abro mucho los ojos—. Menuda boca tiene Kelsey entre paréntesis Rubia.

Christian suelta una carcajada.

—Pues sí.

Le quito la copa de las manos y doy un buen trago.

—Te gusta hablar así con una chica, ¿verdad?

Esboza una sonrisa al tiempo que intenta parecer arrepentido. Me limpia con el pulgar el vino rosado que se ha deslizado hacia la parte gorda del labio inferior. Todo lo que hace este chico es sexy.

—No puedo decir que hayamos hablado mucho.

No cambio la cara cuando dice eso (me recuerdo a mí misma que no me importa), nuestras dos reglas son que no discutimos y que no nos ponemos celosos, así que no me importa, me lo digo por duodécima vez esta semana y evito los ojos del monstruo de los sentimientos que sigue asomando la cabeza y haciéndome creer que siento algo por una persona por la que no podría sentir nada y no siento nada y, aunque pudiera, no puedo igualmente.

Así que respiro hondo y me armo de valor mientras miro fijamente la cara que me está empezando a gustar demasiado.

—Henry quiere saber si vas a ir a casa esta noche —le digo, con las cejas enarcadas.

Christian me lanza una larga mirada, esperando a que se lo diga.

—No lo sé, pequeña Haites. ¿Voy a casa esta noche?

Me siento, lo miro a la cara, tiro de las mantas para cubrirme el cuerpo casi desnudo. Me encojo de hombros con una indiferencia que no siento.

—No lo sé, Christian Hemmes. ¿Vas?

Me mira achicando los ojos, juguetón.

—Dímelo tú, pequeña.

Mi corazón da un vuelco cuando me llama así, pero sé que no lo dice como yo querría que lo hiciera.

—A ver, creo que la malhablada espera que vayas a visitarla…

Entonces esboza esa mirada. Segura y problemática a partes iguales.

—No quiero ir a visitarla.

—¿No?

Él sonríe y deja vagar la mirada por mi cuerpo al tiempo que niega con la cabeza.

—Estoy bien aquí… —Se le apaga la voz—. ¿Tú estás bien aquí?

—De momento —miento. Y él se ríe.

Para siempre, tengo miedo.

DOS

Julian

No me hizo mucha ilusión que Daisy empezara a follarse a un Hemmes, y eso que quiero mucho a los Hemmes (Jonah es uno de mis amigos más antiguos; su madre es una santa en lo que a mí respecta), pero Christian Hemmes me parece un poco un follador y, como follador absoluto que soy, puedo decir que eso no es lo que quieres para tu hermana.

Sin embargo, en mi época de figura paterna de sustitución aprendí que decirle un no rotundo solo garantiza que haga exactamente lo que yo no quiero que haga. Con Rome me salió el tiro por la culata que no veas y, ahora, ni ella ni yo nos hemos acabado de librar nunca de ese puto capullo.

—Eh. —Christian me saluda con la cabeza al entrar en mi cocina sin camiseta y muy sudado…, como nunca quieres ver al colega que se está tirando a tu hermana. Lleva una toalla colgando del hombro, un pequeño detalle, supongo, mientras se dirige a mi nevera y saca uno de los zumos de mi hermana como si fuera el puto dueño de la casa.

Lo miro. Hago un gesto con la cabeza hacia la toalla.

—Dime que traes estas pintas porque has hecho ejercicio.

Él suelta una carcajada y me mira, divertido.

—Tu hermana acaba de pegarme una paliza.

—Me alegro de oírlo. —Resoplo—. ¿Fuiste suave con ella?

—No, hermano. —Sacude la cabeza y frunce un poco el ceño—. Al principio sí, pero… va como una puta loca.

Sí. Mandé que la entrenara el mejor.

—¿Krav magá? —le pregunto. Doblo el papel.

—Y un poco de sambo. —Asiente—. Me ha dado una patada en la cabeza.

Se la frota sin darse cuenta, yo intento que no se me note demasiado que me complace la idea. Tenemos una tensión extraña porque me cae bien, en realidad. Siempre me ha caído bien. Es bastante buen tío. Pero no me cae tan bien ahora que se está follando a Dais, aunque ella ya es mayorcita y va a hacer lo que quiera. Lo ha hecho toda la vida igualmente.

Un tipo como él es como las arenas movedizas para alguien como mi hermana, no hay mucha gente que tenga las pelotas o el respaldo para decirme que no, pero este idiota, por desgracia, tiene ambas cosas.

Si no fuera el hermano de uno de mis mejores amigos, le habría pegado un puñetazo en la cara el día que me enteré de que se estaban liando.

Booker me lo contó la mañana después de que ocurriera. Me lo dijo como si fuera su deber decírmelo, pero sé que era solo porque llevaba meses intentando tirarse a Dais y Christian había dejado de pasarle hierba. Me enfadó más de lo debido que se acostaran, no fue culpa del chico. No es que él supiera lo que pasó. Pero ella y otro segundo…; no sé, solo quería mantenerla a salvo, ya que no pude hacerlo la última vez.

Después de que me lo contara, entré en su habitación, saqué a Christian de su cama y lo lancé contra la pared. Lo inmovilicé allí, con el antebrazo contra su garganta. Listo para matar al hermano de mi mejor amigo por el honor de mi hermana. Al menos pensé que era por honor en ese momento. En terapia me hicieron comprender que en realidad fue más por seguridad.

—¿Qué cojones estás haciendo? —gruñí.

Él me fulminó con la mirada.

—¿Y a ti qué cojones te parece?

Me sorprendió esa respuesta. No creí que los tuviera tan bien puestos. Así que me volví hacia ella.

—¿Qué estás haciendo con él?

La pregunta iba con segundas. Con él. No podemos hacer toda esa mierda otra vez.

Intenté decírselo con los ojos, pero ella se limitó a arquear esas cejas perfiladas suyas.

—Tener sexo.

Christian sonrió con satisfacción.

—¿Con él? —La miré con fijeza.

—Sí. —Parpadeó, aburrida.

—¿Él? —repetí más alto.

—Él —asintió ella.

—¿Por qué? —pregunté, todavía más alto.

Christian puso una cara que podría haberle partido.

—¿Qué tal porque tiene veinte años y le da la gana? —manifestó Christian. A Daisy le encantó. Se le notaba. Apreté la mandíbula. Fulminé al chico con la mirada antes de salir de la habitación de mi hermana.

—Vamos a tener una buena charla, tú y yo.

—Me muero de ganas —contestó Christian.

—Tú no, gilipollas. —Escupí—. Ella.

No fue una gran charla, en realidad. Le dije que era peligroso, ella contestó que no lo era. Él tiene seguridad, ella tiene seguridad, ahora ella sabe pelear, me vino con una pequeña charla sobre por qué me equivocaba y no era lo mismo. No son pareja, no hay sentimientos, no hay más razones que las habituales para que nadie la mate, etcétera, etcétera. Le dije que no me gustaba y me mandó a tomar viento. Va bien para la autoestima, mi hermana. Te mantiene humilde.

Eso fue hace unos meses y esos dos siguen follando. Daisy aparece vestida de deporte. Lleva las vendas de boxeo Everlast alrededor de los nudillos y se las va desenrollando frente al fregadero. Nos mira a Christian y a mí.

—¿Qué? —Frunce el ceño.

Me encojo de hombros.

—Que me alegro de que uno de los dos le pegue.

Él suelta una risita y yo le doy un golpe juguetón en el estómago. Agarro a mi hermana por la cabeza y le beso la coronilla.

—Venga, me voy —digo.

—¿Adónde? —me pregunta ella.

Señalo a Christian con la barbilla.

—Almuerzo con los chicos. —Jonah Hemmes y Carmelo Bambrilla. Señalo a mi hermana—. Tú tienes clase por la tarde, ¿verdad?

Ella asiente con la cabeza.

¿Cuántos hombres en mi posición crees que tienen memorizado el horario semanal de su hermana pequeña?

No los suficientes, probablemente. Aunque probablemente por eso la mía sigue viva.

Kekoa entra en la cocina y yo le pego un cate.

—Tómate la mañana —le digo—. Ya conduzco yo.

Él niega con la cabeza, tiene la cara un poco seria para mi gusto.

—¿Qué? —Frunzo el ceño.

Se encoge de hombros como si nada, pero hay algo que acecha bajo la superficie.

—Nada, habladurías.

Daisy se detiene junto al fregadero y nos mira. Parece molesta y asustada a la vez. Odio esto último, pero siempre está molesta, así que…

—¿Dónde? —le pregunto a Koa.

—He estado escuchando por ahí, Jules, no me ha gustado lo que he oído.

Está siendo evasivo. Intento mantener a raya mis niveles de estrés. Espero a que Daisy mire hacia otro lado y luego hago un gesto entre mi hermana y yo, preguntando sin palabras: ¿ella o yo?

Se vuelve a encoger de hombros, pero sé que sabe la respuesta.

Sea como fuere, si alguien quisiera llegar a mí, iría a por ella. Otra vez. Joder.

—Vale. —Asiento con la cabeza—. Dais, tú te llevas a Feliz.

—Tengo a Miguel —gimotea, porque nunca nada es fácil con ella.

—Y ahora también tienes a Feliz. —Le lanzo una mirada y ella me mira a la cara durante unos segundos, se plantea replicar y resistirse, pero tengo la sensación de ver esa noche de la que no quiere hablar rebotándole por la cabeza, y entonces suspira y dice:

—Vale.

Señalo a Christian.

—¿Vienes al almuerzo?

Él niega con la cabeza.

—No, me voy a hacer ejercicio con tu hermana arriba.

Lo dice sin inmutarse, ese puto engreído. Aprieto la mandíbula y lo miro negando con la cabeza.

—Sé dónde vives, hermano…

Sonríe.

—Me muero de miedo.

—La cara —le digo a mi hermana—. Pégale otra patada en la cabeza.

Ella me hace un gesto con el pulgar hacia arriba.

Llego al Invernadero al cabo de cuarenta minutos. Kekoa se queda atrás, junto a la puerta, intenta dejarme espacio, cosa que agradezco. Veo a los chicos en la parte de atrás y voy hasta ellos. BJ Ballentine se levanta para irse cuando me ve.

Me tiende una mano y se la estrecho con las dos.

—Jules. —Sonríe—. Me alegro de verte, tío.

Señalo la puerta con la cabeza.

—¿Ya te vas?

—He venido a dejar a Jo de camino a una cosa. —Señala a su mejor amigo con la cabeza.

—Se va para tirarse a una modelo de Miu Miu —anuncia Jonah Hemmes.

Carmelo Bambrilla se echa a reír, pero Ballentine pone los ojos en blanco.

—No es verdad. —Niega con la cabeza mientras yo me siento junto a Jonah—. Solo le estoy dando algún consejo profesional —nos dice, y todos nos echamos a reír. Se va y nos hace un corte de mangas por el camino.

Me quedo mirándolo un par de segundos y espero a que no pueda oírme.

—¿Ya vuelve a follarse a todo el mundo?

Jo niega con la cabeza. Siempre tan leal.

Carmelo parece confundido.

—¿No está con esa tía buena de la que el Daily Mail no se cansa nunca de hablar?

Jonah se encoge de hombros.

—No están juntos.

—Y una mierda —le digo a mi amigo más antiguo.

—Que no. —Jo niega con la cabeza—. Ella acaba de dejar a su novio de la semana, hace un par de días.

—¿En serio? —se mete Carmelo con las cejas arqueadas—. Oye, ¿puedo ir a por ella?

Jonah pone los ojos en blanco y Carms se alegra de haberlo hecho enfadar. Se burla más de él.

—La trataré bien…

Jonah se cruza de brazos.

—Estoy seguro de que lo harías, tío, pero sigue siendo un no firme por mi parte.

Carmelo frunce el ceño.

—¿Qué eres, su cinturón de castidad?

Podría ser algo así, en realidad. Forma parte de una mezcla graciosa, ese grupito de la alta sociedad londinense, la Colección Completa es como los llaman los periódicos. Todos Viejos Valarios que se tienen los unos a los otros en el bolsillo porque se volvieron codependientes cuando eran adolescentes. Problemas de apego en el internado. No saben cómo procesar la mierda si están separados los unos de los otros.

Aparte, Magnolia Parks es una de esas chicas que tiene a todo el mundo en el bolsillo, y uno puede vivir muy feliz en él. Al menos yo lo hago. Tiene a todos esos chicos comiendo en la palma de su mano, y Jo pierde rápido la paciencia cuando se trata de ella. Es ir a lo fácil, pero me encanta.

—Yo voy a intentarlo —le digo, sentándome más erguido.

Y al oír eso, Jonah empieza a partirse de risa. Suelta una buena carcajada desde lo hondo de la barriga, el muy imbécil.

Lo miro con los ojos achicados, molesto.

—Lo siento, tío. —Jonah se ríe, le parece genuinamente divertido—. Pero ella jamás lo haría.

Suelto una carcajada. Sopeso mentalmente si le voy a decir algo que le deje jodidamente alucinado. Decido guardármelo en la recámara para otro día…

Fue hace unos años, ha prescrito y esas mierdas. Además, de todos modos, creo que dice más de mí que de ella. Que íbamos camino de una noche espectacular y se puso a llorar por su exnovio, así que comimos tortitas en mi cama y vimos Nick at Nite. Jodidamente malo para el negocio. No puedo permitirlo. Prefiero no tener el poder que me daría aquello antes que arriesgarme a que alguien se entere de que en realidad hasta tengo corazón.

—Sí. —Asiento con la cabeza—. Supongo que tienes razón. Las chicas como ella odian a los hombres más mayores y poderosos.

—Tienes veintinueve años, tío. —Carmelo me mira—. Yo todavía no empezaría a escribir tu necrológica.

Carmelo Bambrilla. Hijo de Santino. Son los grandes de Liverpool. Es un romántico que te cagas, achácalo al italiano que lleva dentro. Es uno de mis amigos más antiguos. El mejor, incluso. ¿Tal vez? Amigos es una palabra rara para todos nosotros, pero es lo más cercano a lo que somos. Es una vida extraña. Ninguno de nosotros la pidió, todos nacimos en ella. Como la realeza. Probablemente, con menos beneficios. Pero más diversión.

Salí con su hermana por un segundo cuando era niño. Gia. Un gran error (enorme, en realidad), pero el hermano pequeño de Carmelo y Daisy fueron novios de críos… Hay mucha historia ahí. Más de la que querría que hubiera y definitivamente más de la que debería haber.

Le lanzo una sonrisa a la camarera mientras me tiende otra copa. Muy guapa. Luego me la llevaré a casa.

Carmelo me atiza en la espalda.

—¿Algo destacable en el horizonte?

Niego con la cabeza.

—Reunión la semana que viene. No sé de qué. Un posible trabajo.

—¿Arte o armas? —Carms se rasca la barbilla.

—Arte, creo —le digo encogiéndome de hombros.

—Oye. —Jo echa la cabeza hacia atrás para señalar a Kekoa—. ¿Qué hace tu sombra aquí? ¿Todo bien?

Hago un ademán en el aire.

—Todo fetén.

22.39

Daisy

Pequeñaaa

Dónde estás?

De camino

Date prisa.

Qué quieres de beber

Lo de siempre

Gin-tonic?

Sí, por favor

Estás flipando porque me he acordado?

No mucho.

Hace unos días memoricé las bases de la enfermedad.

Sí, pero tú eres un genio

Sí. Y tú no.

Jaja

Estoy aquí. Dónde estás?

En mi despacho

Sin mí?

Te estoy esperando.

Voy corriendo.

Ahora sí que lo harás.

!

TRES

Daisy

Me gusta hacer la colada. Es raro, lo sé. Sé que podría mandar a lavarla, pero no lo hago, es que me gusta hacerla. Me parece algo que hace la gente normal. Los profesores hacen la colada. Los trabajadores sociales hacen la colada. Los secretarios hacen la colada. Los mecánicos hacen la colada.

Hace unos años le pedí a Julian que mandara construir mi lavadero de ensueño. Tengo dos lavadoras Samsung Smart Washer de doce kilos con FlexWash[22] además de la secadora Samsung de quince kilos Smart Electric Dryer con FlexDry, ambas de acero inoxidable negro antihuellas. Una tabla de planchar y una mesa de estilo ranchero para doblar la ropa en el centro, alguien pone ahí tulipanes blancos cada día, pero no sé quién.

Es mi refugio aquí.

Las lavadoras, a decir verdad, ahora mismo son dolorosamente silenciosas.

Cuando era una cría, si estaba pasando algo en la casa que nadie quería que yo viera u oyera, Julian me llevaba al lavadero. Encendía la lavadora vieja, aunque estuviera vacía. A veces hasta echaba monedas dentro para que hiciera más ruido.

En ese tiempo me parecía una cosa guay y un poco rara que mi hermano y yo hacíamos juntos, pero ahora creo que lo más probable es que hubiera una persona moribunda en la casa y esa era su manera de mantenerme al margen de todo. Cuesta bastante olvidar a alguien muriendo una vez lo has oído. Oigo a mis padres muriendo casi todos los días, aún hoy, por ninguna razón en particular más que, sencillamente, porque es la clase de recuerdo de mierda que mi cerebro usa para llenar el silencio. Casi siempre es el ruido que hizo mi padre al caer sobre la arena. Casi todo quedó ahogado por la arena, pero se oyó un golpe sordo que suena en bucle en mi cabeza.

En fin, también tengo una butaca de cuero reclinable y un montón de revistas de cocina junto a la gran ventana mirador del lavadero que da a parte de los terrenos de atrás, Feliz los cuida[23] aunque no forme parte de sus tareas como mercenario.

Una taza de té, el rumor casi imperceptible de mi lavadora[24] y puedo tirarme horas aquí.

Creo que es la recompensa instantánea de los chorros prelavado.

O quizá es que aquí todo se está limpiando.

Esta tarde estoy lavando ropa blanca.

Voy escogiendo y tratando las piezas del cesto.

Ahora mi quitamanchas favorito es el Vanish Gold para ropa blanca. Además, me gusta la pastilla de jabón que hacen, por su textura. Y la lejía. Adoro la lejía. Absolutamente todo. Cómo huele. Cómo devuelve el brillo. Cómo elimina todo rastro de pecado.

¿Sabes qué es el pecado original?

Es el concepto teológico de que todos nacemos pecadores de manera innata y a mi hermano le encanta.[25] Dice que es uno de sus dos «vales para escapar de la cárcel».[26]

Que como todos hemos nacido ya pecadores, él solo está viviendo acorde con su naturaleza.

Pero a mí no me gusta. No me gusta la idea de que nacemos malos porque si todos naciéramos pecadores, no sé si podríamos lavarnos hasta llegar a quedar limpios.

¿Tú crees que los hijos cargan con los pecados de sus padres? ¿Lo habías oído? Pecados generacionales, pecados ancestrales… ¿Tú crees en ellos? Mi hermano sí. Como nuestro padre hizo lo que hizo, Julian toma el relevo. De hecho, ya que lleva los pecados de papá, ¿qué importan unos pocos más?

Él dice que no es más que el negocio familiar, pero yo lo llamo el pecado familiar. A él no le gusta que diga eso, pero me parece que cree que tengo razón, solo que no sabe qué hacer al respecto. Ni él ni yo lo sabemos. Somos quien somos y lo que somos es lo único que hemos conocido.

Tenemos unas reglas que me inventé yo cuando era pequeña y que no rompemos, cosas que Julian prometió no hacer nunca y logran que todo lo que hacemos parezca algo menos malo.

Personas con las que no trabajará nunca, bajo ninguna circunstancia. Sapanta Asad, Mata Tosell, Roisin MacMathan…, personas que joden a la gente y de la manera que la joden son zona prohibida para nosotros. Julian jamás lo haría. Necesito que así sea.

Y es entonces cuando saco del cesto de la ropa una camiseta blanca de mi hermano.

Tendría que prohibirle comprar blanco; es lo que me lo digo a mí misma cada vez que hago la colada, basta de permitirle que se compre prendas blancas. Es que en realidad no tiene ningún sentido, es dinero que tira por el agujero del retrete, es una pérdida de tiempo y el blanco es irrecuperable hagamos lo que hagamos. Ya se sabe cómo son los chicos, solía decirme a mí misma. Ya se sabe cómo son los chicos… y ya se sabe cómo son los capos.

Es una camiseta bonita. Se la compré yo.

Es de Mastermind Japan. Blanca y lisa.

Y trato de que no me dé un vuelco el corazón cuando la repaso y la encuentro toda manchada.

No hace falta ser estudiante de Medicina para darse cuenta, alguien con un par de ojos que funcionen te lo podría decir: hay demasiado rojo en la camiseta para que la persona de la que viene siga viva.

16.04

Julian

La chica del desayuno no era la misma que la chica de la comida.

Qué astuta, Caradaisy… muy bien.

Eso te enseñan en la facultad de Medicina?

No

Sabes qué nos enseñan en la facultad, Julian?

Enfermedades venéreas.

Estoy limpio y puro.

Eso me parece tan falso como erróneo.

Entiendo que hoy no puedo traer a casa a la camarera buenorra de la cena?

3 por 3?

Estás de broma?

… sí.

Entonces no, no?

UGH!!!

CUATRO

Christian

Estoy tumbado en el sofá de casa cuando llaman a la puerta. No esperábamos compañía, no que yo supiera al menos. Henry se levanta de su butaca y va hacia la puerta, la abre de par en par.

Magnolia Parks entra, seguida de Paili Blythe; aunque apenas la veo porque, joder, Magnolia es preciosa.

Nuestras miradas se encuentran, aunque no deberían. Ella desvía los ojos al caminar hacia mí antes de abrazarse a Henry.

Ella cree que no es cariñosa, pero siempre está tocándonos a unos u otros. Su hermana dice que es porque todos somos codependientes. Yo estoy convencido de que es porque Magnolia no sabe estar sola.

—¿Dónde están los chicos? —pregunta Magnolia echando un vistazo por el salón, toda inocente y esas mierdas. Lo que en realidad quiere decir es: «¿Dónde está BJ?», y la pregunta me cabrea, así que me siento, me crujo la espalda y bostezo antes de responder.

—Jo ha salido con Banksy y BJ está intentando hacerse a Feaven Lusk.

A Magnolia se le paraliza el rostro, lleno de dolor y tensión como si alguien le hubiera dado una bofetada, y me genera un pinchazo de satisfacción (lo cual está fatal por mi parte, lo sé), no puedo evitarlo, pero…

—¿La modelo? —aclara ella parpadeando. Yo asiento—. Pero es estadounidense —balbucea, como si eso significara una buena mierda. Me encojo de hombros y Henry me está mirando de una manera que prefiero ignorar porque sé lo que pasa cuando BJ la hiere—. Bueno, pues muy bien… —Se aclara la garganta.

Y actúa como un puto hechizo. Activa lo que Hen y yo llamamos el modo QTJBJ (que te jodan, BJ) y está sedienta de sangre. Me busca con los ojos como yo ya sabía que haría porque ella es así.

Se cruza de brazos sobre ese precioso pecho suyo y se deja caer a mi lado. Se acerca mucho más de lo que es estrictamente necesario. Me coloca la cabeza en el brazo.

Frunce los labios, dedica unos segundos a recuperar la compostura.

Casi me siento mal por ella un momento porque se le ve en la cara lo herida que está; imaginarte lo que está haciendo la persona que amas con otra persona te jode mucho. Pero ¿sabes qué? Únete al puto club, Parks.

Llevo tres años sintiéndome así y quiero compañía, así que me encojo un poco de hombros y digo:

—Está bastante buena.

Paili me tira un libro a la cabeza desde la otra punta del salón (no me duele mucho porque es de tapa blanda, pero no me hace gracia) y Henry resopla por la nariz. Bastante mala señal viniendo de él, deja que me porte como un capullo solo hasta cierto punto.

Parks tiene los ojos vidriosos. Mierda. Si la hago llorar, entonces Henry se peleará conmigo, aunque no me ganaría. No sería una pelea justa, sin embargo, porque él jamás ha necesitado aprender a pelear como yo. Él se las apaña bien en una enganchada tonta, eso sí, incluso para ser un chico que creció en Belgravia.

Estiro los brazos hacia arriba y apoyo uno detrás de Magnolia, pero sin abrazarla. Una aclaración importante.

Henry me mira con los ojos entrecerrados. Me conoce demasiado bien. Sé que esta mierda entre nosotros le pone en una situación complicada. Beej y yo. Parks y yo. La amo y punto. Y no todo es una mierda todo el rato.

Magnolia y Henry se hicieron mejores amigos en el jardín de infancia, llevan un rollo muy de hermanos. A veces le resulta difícil, creo, decidir a quién tiene que serle más leal. ¿A su hermano o a su mejor amiga? Normalmente es a ella. De vez en cuando le cubre las espaldas a BJ, pero sospecho que tiene más que ver con lo que pasaría si Magnolia se enterara.

Ahora bien, nosotros cuatro (Henry, Magnolia, Paili y yo) somos los originales. Los tres nos hicimos amigos el primer año. Paili llegó a nuestro colegio el segundo año. Y fuimos solo nosotros cuatro hasta que entramos en Varley. Jo y Beej estaban por ahí, pero eran mayores, iban un curso por encima. No les importaba una mierda. A ver, a BJ sí le importaba Magnolia porque lleva puto obsesionado con ella desde que tenía seis años.

Parks antes me quería a mí. Me quiso a mí primero, en realidad.

Henry era mi mejor amigo y ella era la mejor amiga de Henry, y Parks me seguía como un cachorrito. La besaba a la hora de la comida y en las fiestas y cuando estaba aburrido como se aburre un chiquillo rústico que mandan al internado. Y entonces solo nos hizo falta un puto verano para que todo se fuera a la mierda.

Lil y Ham nos llevaron a todos a San Bartolomé durante tres largas semanas.

Ese fue el verano que Parks se colgó de BJ. También resultó ser el verano que yo me enamoré de Magnolia. Sí, sí, menuda coincidencia, lo sé. Es mi culpa. Lo dejé demasiado tiempo, en fin.

Siempre me ha gustado que yo le gustara antes que él, hacía que la sintiera un poco menos suya en mi lógica mental por sentir lo que siento por ella, lo cual es (para que conste) amor, pero bastante jodido ahora mismo.

—¿Qué estamos viendo?

Henry señala la tele con la cabeza.

Paso de mirarlo a él para mirar a Magnolia.

—Pelis de m…

—¡No! —gimotea ella—. ¡Odio las pelis de miedo!

Mira a Paili en busca de ayuda, ella se encoge de hombros, pobre muchacha.

—A mí me gustan.

—Bueno, pues a mí no. —Magnolia se cruza de brazos, resoplando—. Y luego tendré miedo y tendré que irme sola a casa.

Henry la mira con fijeza, atónito.

—Tu padre mide metro noventa. Y entrena cada semana con Leon Edwards.

—¡Está en Atlanta! —exclama al tiempo que deja caer la cabeza hacia atrás en el sofá. Aterriza en mi brazo. La deja ahí durante unos segundos. Traga saliva. Se yergue—. Y Bridget dice que sabe taekwondo, pero yo nunca lo he visto con mis propios ojos, y según se dice… —Ella pone una cara muy seria y yo me echo a reír porque está zumbada—. Bushka desertó de los soviéticos, así que quizá es útil, pero es que está bastante vieja y además tal vez son ellos los que vienen a por nosotras.

—Claro. —La miro con fijeza—. Mis contactos me dicen que los soviéticos justo están al acecho de los ancianos que sufrieron la Segunda Guerra Mundial… —Parks me fulmina con la mirada—. Quédate aquí —digo encogiéndome de hombros. Se le congela la expresión al oírlo. Henry alarga el cuello y me mira con los ojos como platos—. Con Henry, digo —añado enseguida.

Ya noto que me pongo colorado.

Ella vuelve a tragar saliva y mira a Henry.

—¿Puedo, Hennypen?

Él resopla por la nariz, irritado.

—Vale.

Como si fuera capaz de decirle que no. Como si cualquiera de nosotros lo fuera. No sé qué es, por qué no podemos, por qué hacer que Magnolia Parks se ponga triste parece equivalente a traicionar a tu país. Nos pasa a todos, por eso, incluso a Jo, y a Jo le importa una mierda hacer que quien sea se ponga triste.

—¡Hurra! —Da una palmada—. ¡Fiesta de pijamas!

—Buena suerte, Henry. —Paili asiente con solemnidad. Magnolia la mira con el ceño fruncido—. Lo siento, cielo, es que… Es un suplicio compartir la cama contigo.

Magnolia mira a Henry y luego a mí, pidiendo un salvavidas. Henry le dedica una sonrisa de disculpa.

—Sí, es verdad.

Magnolia me mira de nuevo a mí, parpadeando fuerte. Ya veo el dolor en sus ojos.

—Es verdad —le digo.

Se vuelve hacia la tele, se cruza de brazos y le da un berrinche.

—Nunca me pareció que te quejaras antes —dice con un hilo de voz y los ojos fijos en el televisor.

Me inclino hacia su oreja, con la vista fija al frente y le susurro:

—Tampoco me quejaría ahora.

Vemos La matanza de Texas, Parks se asusta por cualquier mierda todo el rato. Es tierno. Me agarra la mano un montón de veces y luego me la suelta cuando se da cuenta de que lo hace.

A media peli se le cae un M&M’s en la camiseta.

Baja la mirada para observarlo con el ceño fruncido.

Me fijo unos segundos yo también, miro a Henry y a Paili (ni el uno ni la otra nos hacen caso) y entonces lo cojo.

Lo pesco con el índice y el pulgar y me lo meto en la boca con una risita.

Ella me mira con fijeza, los ojos grandes y brillantes.

Pienso en su cuerpo contra mí toda la tarde, no presto atención a la película.

Es una versión de lo más inofensiva del contacto físico, lo sé: su cabeza sobre mi hombro y toda acurrucada contra mí, uno de sus amigos de toda la vida. Probablemente estoy buscando más significado que el que tiene, pero tal vez no.

Daisy me manda un mensaje a media peli y yo miro el móvil, me doy cuenta de que Magnolia ve que me están mandando un mensaje. Ella aparta la mirada a consciencia, intentando darme intimidad o una mierda por el estilo, pero yo no lo oculto. Me gusta que vea que otras personas me desean en las formas en que ella no quiere tenerme.

También es falso porque Magnolia Parks es la chica más jodidamente entrometida del mundo. Ha inclinado la cabeza, pero está intentando leer mis mensajes por el rabillo del ojo, me doy cuenta. Se está esforzando tanto que le va a dar una puta migraña.

qué haces

Le doy un minuto. No sé por qué. Porque soy un poco capullo, supongo.

Viendo una peli

vienes a casa?

quizá?

No, quizá no… No voy a ir a ninguna parte…, no teniendo a Magnolia así.

qué haces, pequeña Haites

Imbécil, lo sé, pero es lo que hay, y somos lo que somos.

¿Daisy y yo? Somos amigos. A decir verdad, últimamente somos buenos amigos. Amigos que follan. A mi madre le daría un puto colapso si se enterara, pero aquí estamos. Me estoy tirando a la hermana del capo más conocido de Gran Bretaña y la estoy rechazando, pero somos amigos, así que no pasa nada. A Daisy le da igual, ya llevamos unos meses liados; no somos exclusivos, eso está claro. A los Haites no les va el estar con una sola persona.

Joder, a mí no me va el estar con una sola persona. Excepto esa única vez y todo se fue a la mierda. Está sentada justo a mi lado tres años más tarde como un peso muerto atado al tobillo de mi puto corazón.

nada.

jugando al GTA con los chicos

qué chicos

Booker y TK.

Frunzo el ceño y siento una punzada de celos. Qué raro.

Se ha acostado con TK. ¿También se ha acostado con el otro? No me acuerdo, son los más jóvenes de los Chicos Perdidos. Los estadounidenses. Bastante atractivos. Creo que lo hace para cabrear a su hermano. Creo que por eso se acostó conmigo.

Siento una opresión en el pecho un instante. Qué raro.

quién gana?

tú qué crees?

Es solo mi amiga, pero está muy muy buena.

jaja. Hoy no puedo

vale

mañana?

quizá

Me guardo el móvil y veo que Magnolia me está mirando, tiene una expresión en la cara que adoro, pero, bueno, es que adoro todas sus caras.

—Bueno, bueno, bueno. —Frunce los labios. Yo me río por la nariz—. Entonces ¿hay algo ahí? —pregunta con las cejas enarcadas.

Y como soy un mierda, dejo que la pregunta penda un segundo y deseo que la haga sentir como me siento yo siempre que está con otro. Luego hago una mueca.

—Nah.

—Eh, Parks —nos interrumpe Henry, mirándonos de hito en hito—. Hora de irse a la cama.

—Venga ya, tío. —Me río—. Creo que es mayorcita para saber a qué hora tiene que irse a la cama.

Henry me mira de una manera que me hace sentir como una mierda, me hace sentir como el capullo soy yo.

Me ignora y mira a Parks a los ojos. Señala con la cabeza hacia las escaleras y luego echa a andar hacia ellas.

—Buenas noches, Pails —añade con voz fuerte—. Manda un mensaje cuando llegues a casa, ¿vale?

Ella se levanta, nos besa a mí y a Parks en la mejilla, y se va.

Bajo la mirada hacia Magnolia y ella la levanta hacia mí. Hago todo lo que puedo por no besarla. Me descubro preparándome para hacerlo de todos modos, me lamo el labio inferior, me trago la sensación de lo mucho que la deseo. Aunqu

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