UNO
Magnolia
Los hípsters no son mi gente favorita. Antes eran mi clase de gente menos favorita, pero si te soy sincera, los han desbancado.
Los han reemplazado, se podría decir, un subconjunto de los hípsters que es peor de lo que eran en origen, como una mutación de un virus que resulta un grano en el culo más virulento que el original. Este subconjunto suele ir mucho más mugriento y, por desgracia, normalmente al menos medio desnudo. Creo que se llaman a ellos mismos «espíritus libres».
Los veo sin camiseta de pie en terrenos que posiblemente están allanando porque sería difícil ser propietario de algo trabajando cuatro horas a la semana como baristas artesanos. Al parecer, suelen tener los brazos en alto, el pelo despeinado y lleno de nudos, y probablemente una bengala en la mano cuando usan filtros granulados y sobreexpuestos para que parezca que sus fotos no están hechas con, imagino, un iPhone 7 medio reventado, sino con una cámara antigua que consiguieron a cambio de un poema.
Cuando los veo me entran ganas de ponerme unos guantes de látex, alcanzarles una camisa, darles una buena sacudida y gritar: «¿POR QUÉ SONRÍES? TUS VAQUEROS SON DE H&M, POR EL AMOR DE DIOS».
He conocido a mucha de gente así en Nueva York, la verdad. Muchos espíritus libres en el metro, que yo nunca tomaría, claro está. Sin embargo, hay una parada cerca de mi apartamento, así que veo pasar a muchos malhechores.
Aquí se está más solo de lo que pensaba, y eso que ya pensaba que iba a estar muy sola.
No podría haber sido de otra manera, eso ya lo sabía al dejarlo todo atrás. Al dejarlo a él.
Sin maletas, sin despedidas. Tan solo el primer vuelo que salía de Londres para irme tan lejos de todo aquello tan rápido como me fuera posible.
Ha pasado casi un año. No llega, pero casi.
Y ahora todo es distinto.
Están llamando sin parar a la puerta de mi casa.
Vivo en el ático del número 995 de la Quinta Avenida. Escogí vivir aquí porque se parece a Londres, o al menos tanto como la planta dieciséis de un piso en Manhattan puede parecerse a Londres.
Llaman con más fuerza e insistencia que el toc, toc, toc estándar que haría una persona normal. Este es un agresivamente brioso y rítmico toctoc. Toc, toc, toc. Toc, toc. Una y otra vez.
Resulta evidente quién está al otro lado de la puerta incluso antes de abrirla. Lo que no resulta tan evidente es por qué está aquí o cómo ha subido sin que yo le abriera el portal de abajo.
Abro la puerta de par en par y ahí está ella, de brazos cruzados y con el ceño fruncido tras sus gafas de sol Cartier Trinity de ojo de gato con montura de carey que luego se pone de cualquier manera como una diadema y me fulmina con la mirada.
—Te ha costado —gruñe Taura Sax.
—Estaba arriba —me encojo de hombros—. No esperaba compañía. —Bajo la mirada hasta sus pies—. ¿En serio te atreves a llevar esas monstruosidades de Balenciaga en mi presencia?
—Lo sé, lo sé —refunfuña.
La miro negando con la cabeza, horrorizada.
—Parecen…
—… zapatillas ortopédicas —me corta ella—. Lo sé.
—¿Acaso no tienes orgullo, Taura? ¿No tienes autoestima?
—Vale… —Pone los ojos en blanco—. Llevo un calzado que no te gusta, ni que hubiera vendido a mi bebé…
—Casi lo habría preferido.
—Chica, es que son muy cómodas. —Se encoge de hombros como si fuera inocente.
—Pues igual que la desnudez, Taus, pero hay un momento y un lugar para cada cosa. Y por lo que respecta a este par… —Miro con elocuencia sus deportivas de malla y ante Triple S Clear Sole con el logo bordado en cuero—, su lugar es un centro de rehabilitación para personas mayores tras una caída grave. —Me cruzo de brazos y la miro con suspicacia—. ¿Qué estás haciendo aquí, si puede saberse?
Arrastra su maleta de cabina Bric’s y me sigue hasta la cocina.
—Pensé que me necesitarías. —Se encoge de hombros.
Me arrebujo en mi cárdigan Juliet de cachemira blanco de Khaite.
—Menuda consideración.
—Sí. —Me sonríe con suficiencia—. Soy bastante considerada cuando no se piensa que soy una zorra perdida.
Le lanzo una mirada.
—Un poco zorra sí eres.
Ella se ríe animadamente.
—Sí soy. —Hace una pausa y me dice—: He venido para volver a casa contigo.
La miro con el ceño fruncido.
—¿Por qué?
—Porque sí. —Se encoge de hombros—. No has vuelto en un año, y está la boda, y tu madre básicamente se ha convertido en una concursante de su propia versión de La isla de las tentaciones.
Pongo los ojos en blanco, pero sé que es verdad. Mi madre se ha tomado que mi padre se case con mi niñera de toda la vida como una absoluta campeona, si consideramos que hoy día las campeonas son alcohólicas medio rameras altamente funcionales.
—Sigues sin hablar con Jonah. BJ está saliendo con una chica. —Me observa con atención mientras lo dice y yo evito sus ojos.
Bajo la mirada hacia el sujetador deportivo de cuadros de Burberry que llevo puesto. Está saliendo con una chica. Eso es lo que preocupa a todo el mundo. No dejo que se me note, ni siquiera un titileo en mi rostro, y puedes apostarte lo que quieras que la bestia que he vencido, atado y enterrado luchando durante buena parte de un año está tan contenida, controlada y sedada que ni siquiera un atisbo de emoción cruza mi serena carita.
La miro desafiante con una ceja enarcada. Ella, mujer de poca fe, que espera que las rodillas de mi corazón se doblen al oír el nombre de él.
Nunca más.
—Van a ser un par de semanas complicadas para ti —me dice con cautela—. Estoy aquí para llevarte a casa porque eso es lo que hacen las mejores amigas.
La miro de soslayo.
—¿Ahora somos mejores amigas?
Se sube a la isla de la cocina y le ofrezco una copa de pinot gris.
Hans Herzog del 2014. Tinte rubor melocotón. Seco pero no demasiado ácido. Taninos refrescantes.
Estuve cerca de un mes acostándome con un chico cuya familia posee viñedos por todas partes. Napa, Borgoña, Champaña, Marlborough.
El alcohol era un componente importante de la relación.
Durante ese tiempo adquirí algunas cualidades odiosas, propias de un sumiller, que fueron lo único que realmente aprendí de la relación.
—¿No lo somos? —Frunce el ceño—. ¿Quién si no iba a ser tu mejor amiga?
Me encojo de hombros.
—No lo sé. ¿Henry? ¿Mi hermana?
—Las hermanas no cuentan. —Pone los ojos en blanco. De color deliciosamente avellana. Son como los zafiros de Montana. En otros tiempos los odiaba, pero ahora les tengo bastante cariño.
—¿Por qué?
—Porque yo no tengo, así que no es justo.
—Vale. —Pongo los ojos en blanco—. Aparte de Bridget y Henry, tú eres mi otra mejor amiga.
—No se lo digas a Henry. —Me lanza una mirada que yo imito.
No podría.
No se callaría nunca.
El día que Henry apareció en Nueva York con Taura Sax podría haberlo arrojado delante de un taxi.
Yo llevaba aquí unos cinco meses ya.
Henry me visitaba cada pocas semanas. Todavía lo hace. Era su séptimo viaje y para entonces yo ya sabía que ellos dos se gustaban porque él me contó que se estaban acostando cuando nos vimos en Cannes y ya habíamos discutido por ello. Hasta ese momento, nunca habíamos discutido, no de verdad. Bueno, quitando esa vez que él se disgustó tanto cuando se enteró de que Christian y yo estábamos juntos, pero esa discusión fue unilateral y solo duró lo que tardamos en llegar a mi casa en coche, hasta que le dije lo que BJ había hecho y luego todo volvió a la programación regular. Por eso discutir en Cannes fue fuerte. Cannes en general fue fuerte por otras razones menos ideales, así que me fui pronto con Rush sin despedirme y, después, al cabo de unos pocos días se presentó en Nueva York con ella. ¿Te lo puedes creer? La trajo aquí con él como si nada.
A Nueva York.
A mi apartamento. A quedarse. ¡En mi casa!
Me quedé mirándolo en el vestíbulo, parpadeando hasta que le encontré sentido.
Se acercó a mí con manos apaciguadoras.
—No pierdas la cabeza… —empezó a decir—. Ni te pongas tonta.
Le lancé una mirada lúgubre. Negó con la cabeza al tiempo que me abrazaba extremadamente fuerte.
—Es que había pensado… que ahora podéis ser amigas… —Enarcó las cejas, lleno de esperanza—. Ahora que sabes que no fue ella quien se folló a Beej.
Ambos me dedicaron una gran sonrisa incómoda.
Desvié la mirada hacia ella unos pocos segundos, impasible, a continuación, volví a fijarla en Henry.
—Ya, pero sí se folló a BJ, así que…
—Claro. —Taura puso los ojos en blanco—. Pero ¿quién no?
Henry se quedó paralizado.
Yo la miré fijamente unos instantes.
Y luego resoplé una risotada. De forma forzada, claro está. Yo no resoplo.
Y así fue como sucedió. Así fue como Taura Sax se fue metiendo en mi corazón y en el territorio autoproclamado de mejor amiga.
Se baja de la encimera de un salto y va a hurgar en mi nevera.
La mayoría de las veces solo contiene vino y aceitunas porque sigo sin saber cocinar, pero ya me sé el nombre de la mitad de repartidores de Uber Eats de esta ciudad.
Taura, desolada, saca un tarro de pepinillos y le pega un bocado a uno.
—¿Qué tal está Tom? —me pregunta, y yo la fulmino con la mirada.
—¿Cómo quieres que lo sepa?
Se encoge de hombros con inocencia.
—Podríais hablaros, yo qué sé.
Por si acaso no te has enterado, aquí están los titulares de mis últimos meses:
Me fui de Londres y volé hasta aquí.
Tom llegó al día siguiente para verme, con la única intención de apoyarme, porque él es así. Y entonces volvimos a estar juntos. Hasta que no lo estuvimos.
Le hacía daño. Yo le hacía daño. No solo estábamos en la trinchera. Él era más bien un escudo y una manta de seguridad y un chupete y una tirita y una sutura para mi corazón roto.
Me lo puse como un chaleco antibalas. Soportó muchas cosas por mí, ahora me doy cuenta al mirar atrás. Recibió el impacto de muchas muchas balas. A decir verdad, sospecho que una de esas balas rozó también su corazoncito, que merece muchísimo más de lo que yo pude darle jamás.
Lo paró. Fue repentino.
No lo vi venir.
Apareció, tuvimos sexo, tuvimos una discusión, se fue. Fue terrible y tremendamente inesperado.
No se me da muy bien estar sola. Nunca he sabido. Y entonces esa noche —esa tarde, si nos ponemos específicos, porque recuerdo el hilillo de luz que se filtraba por los estores opacos que habíamos bajado porque no me gusta tener sexo a la luz del día— discutimos por una película y se fue. Se llevó el puñado de cosas que tenía en el piso que técnicamente era solo mío, pero que, en realidad, compartíamos —un cargador de móvil, un reloj en un cajón, su segundo pasaporte— y, tal que así, Tom se fue.
Que se fuera fue comparable a descubrirse a una misma en mitad del círculo ártico con nada más puesto que un cárdigan ligero.
Un dolor lacerante de la cabeza a los pies.
Fue como volver a estar en el Mandarin otra vez.
No podía ver bien, no podía respirar.
Moría, supongo que solo metafóricamente, pero ¿quizá también literalmente?
Mi vecina, Lucía, me encontró. Me arrastró hasta un bar donde procedí a cometer muchos, muchísimos errores con Rush Evans en un guardarropa.
Rush y yo seguimos viéndonos cada vez que estaba en la ciudad.
No sé si fue más rastrero por mi parte o por la suya. Yo, la exnovia de su mejor amigo. Él, el mejor amigo de mi exnovio.
—Técnicamente, mi mejor amigo era Sam —comentaba él de vez en cuando para hacernos sentir mejor después de hacerlo. Nunca funcionó.
Se fue un mes a rodar una película y yo fui a parar literal y ebriamente a los brazos de Stavros Onassis, el hijo del magnate del petróleo. No duró mucho, lo cual me vino bien porque para ese momento Rush había vuelto. Luego volvió a irse para rodar de nuevo algunas escenas, y conocí a ese chico de los viñedos, Dieter Van Lauers.
No hay mucho más que contar, creo que no duramos ni un mes.
Estuve brevemente con un muchacho de Sudáfrica (un hombre, debería decir), Addington Van Schoor, un maestro de Nightingale Bamfords. Muy atractivo, pero poco más. Solo química y un callejón sin salida. Aunque todos ellos son callejones sin salida. Supongo que esa es la gracia.
Rush y yo íbamos y veníamos como amigos con derecho a mucho roce. Él era un desastre y yo era un desastre, ambos lo sabíamos y no nos lo echábamos en cara. Lo que sí hicimos fue apoyarnos mucho. Se convirtió en uno de mis mejores amigos, de hecho, aunque le costó uno muy querido en el proceso. Rush nunca pedía un negroni delante de mí, una vez mandó a la mierda a una chica porque olía a azahar, se peleó con un antiguo compañero de Varley cuando le conté que había lanzado un rumor sobre mí en el internado, me llevaba de compras y me dejaba vestirle y se volvía hacia otro lado por la noche, fingiendo que yo no tenía que echar Dark Rum de Malin+Goetz para dormirme.
Rush y yo lo dimos realmente por terminado en agosto, un poco porque ya hacía tiempo que iba siendo hora; y empezamos a complicarnos. Creo que solo se puede ser lo que se era durante cierto tiempo antes de que ciertas cosas empiecen a aparecer (la posesividad y los sentimientos y estupideces por el estilo), así que le pusimos fin. También le pusimos fin por Jack-Jack.
Jack-Jack era su compañero de piso en ese tiempo. Nos conocimos a través de Rush y nos besamos accidentalmente una noche mientras él estaba fuera de la ciudad. Le jodió bastante aquello, aunque tampoco tanto porque en realidad técnicamente éramos «solo amigos», pero, en cualquier caso, después de que sucediera aquello, Rush dijo que teníamos que ponerle fin en serio porque Jack-Jack es un romántico empedernido y Rush se había dado cuenta de que él ya iba con todo. Por desgracia para Jack-Jack, yo nunca volveré a ir con todo.
—¿Estás lista para decirme lo que pasó con el Enamorado? —Taura pregunta con una mirada afilada.
—No. —Le arrebato el vino de las manos y le pego un trago—. No, no lo estoy.
DOS
BJ
Suelta aire por la boca, nerviosa, se encoge de hombros.
Como si estuviera a punto de entrar en una pelea clandestina, esa cara pone.
Hago un verdadero esfuerzo por no reírme, pero sonrío un poco. Ella frunce el ceño y me pega en el brazo.
—No tiene gracia. —Me fulmina con la mirada.
Sonrío más, pero es por su acento. Australiano. Bastante sexy.
—Me odian —me dice.
—No lo hacen. —Pongo los ojos en blanco.
Odiar es una palabra muy fuerte, y mis padres, evidentemente, no la odian. No odian a nadie. Creo que mi madre ni siquiera podría odiar a Mussolini, mucho menos a Jordan Dames, la única chica que he traído a casa para que la conozca aparte de… bueno, ya sabes a quién. Así que mamá, evidentemente, no la odia.
Mis hermanos, sin embargo…
—¡Jordan! —canturrea mamá en cuanto abro la puerta y J le tiende unas flores y una botella de vino. Ella misma ha insistido en ambas cosas.
Que no hacía ninguna falta, porque a mamá ya le cae bien y pillo a Madeline poniendo los ojos en blanco en un rincón de la sala («Lameculos», le susurra a papá, que le da un codazo para que se calle).
Mamá coge las flores, me da un beso en la mejilla y se marcha.
—¡Qué guapa estás! —exclama mamá, volviéndose hacia ella, mientras las pone en un jarrón.
Y lo está. Lo es. Pelo negro, ojos azules, labios carnosos para ser blanca. Una especie de Blancanieves sexy.
—Sentaos, sentaos, estamos a punto de comer —nos dice mamá.
Jordan se sienta entre mamá y yo.
Chica lista.
Protección por ambos flancos.
Henry se sienta a mi otro lado y la saluda con la barbilla. Es bastante reservado con ella, siempre lo ha sido, probablemente tiene que serlo, supongo, pero al menos no se pone pesado como nuestras hermanas. Al menos, no en su cara.
Madeline se sienta justo enfrente de Jordan.
Le sirvo vino. Me sirvo un poco a mí también.
—Jordan. —Mads le dedica una sonrisa fría.
Nos conocimos a través de las primas de Australia de Jonah, que vinieron a pasar lo que quedaba de verano en Europa. Dos hermanas, Scotland y Taylor Barnes. Me metería si pudiera, pero no puedo. No vale la pena el drama. En fin, que las chicas aparecieron con Jordan.
Nos enrollamos una noche después de que el Man U puto machacara al Bristol y empezamos con buen pie y luego parece que se quedó por aquí.
Decidió quedarse un poco más. Aplazó su último año en la universidad, consiguió un trabajo aquí como relaciones públicas, sustituyendo a alguien que estaba de baja de maternidad.
No le pedí que fuera mi novia. La oí referirse a sí misma como tal una vez en una cena, y al día siguiente me desperté y estaba por todas putas partes. Me gusta, lo nuestro es divertido. Me pareció una conversación complicada decirle que yo no estaba en el mercado para tener novia, así que no la tuve y ahora es lo que es. Es la segunda relación que he tenido en toda mi vida y me la encontré de repente.
Es buena. Ella es buena. Es fácil. En el buen sentido, no en el otro. Es fácil con ella. Y llegó en un buen momento, aunque fuera una llegada muy poco planeada. Yo estaba mejor cuando ella apareció, pero en realidad mi mejoría no tuvo nada que ver con ella y tuvo todo que ver con este artículo que The Sun publicó en septiembre.
«Magnolia en el Met, BJ de vuelta a Inglaterra, borracho y solo».
Eso era el titular del artículo.
Era una verdad a medias. Me pillaron borracho del todo, aunque rara vez solo.
Sabía que Magnolia habría visto ese artículo, sabía que habría visto esa foto mía hundido en la silla, con los ojos desenfocados y esa mierda. Sé que conoce mi boca mejor que nadie la ha conocido ni la conocerá jamás y sé que sabría por esa foto que yo había estado besando a alguien. También sé que ella sabría que yo estaba jodido. Drogado de la hostia. Olvídate de que Parks también aparecía en la portada de la revista, resplandeciente y del brazo del puto Rush Evans, olvídate de que me revolvió el estómago y me entraron ganas de vomitar al ver la mano de él en la cintura de ella; sin que ella dijera siquiera una palabra, supe en lo hondo de mi corazón cómo se habría sentido al verme así. Odié la sensación de que se sintiera avergonzada de mí, porque supe que lo estaría. Seguro que vio el artículo, tragó saliva con esfuerzo, le dio la vuelta y lo tiró a un lado. Probablemente lo remetió debajo de un montón de revistas, tratando de enterrar la verdad de en lo que me había convertido porque le daría vergüenza que la relacionaran conmigo cuando yo estaba así, y siempre nos relacionan, aunque llevemos casi un año sin hablarnos.
Dejé de tomar drogas después de que se publicara esa foto.
Y luego la terapia, ya llevaba un tiempo haciéndola. Obra de Bridget Parks, apostaría mi vida en ello. Aunque ella lo negará.
Bridge lleva sin hablarme directamente desde que todo se vino abajo, pero allá por junio, al día siguiente de la publicación en el Mail de un artículo especialmente condenatorio sobre mí, me llegaron por correo diez sesiones prepagadas con una de los mejores psicólogos de Londres, junto con una nota que decía: «O piérdela para siempre».
Cuatro meses y medio de sesiones semanales de terapia y puedo decirte esto: es probable que la haya perdido para siempre.
Y eso quizá siempre me sentará como un puñetazo en la boca del estómago, pero no pasa nada, creo.
La cagué.
Por muchas razones. Algunas de ellas pueden ser incluso válidas, algunas de ellas pueden incluso expurgar lo que hice, pero aun así la cagué. Nadie me obligó a hacer lo que hice.
E iba a perderla desde el principio yendo por la deriva que iba…
No sé por qué se lo oculté durante tanto tiempo. Iba a descubrirlo tarde o temprano, y siempre cupo al menos la posibilidad de que, cuando lo hiciera, no quisiera saber nada más de mí.
Aquello me dejó jodido un tiempo.
Que quizá hubiéramos estado destinados a terminar a pesar de todo…
Pero entonces creo que lo acepté, que quizá nuestro amor estaba condenado o lo que fuera, fuego y pólvora, morir de éxito, toda esa mierda… Yo estaba mejor de lo que pensaba.
Empecé con la terapia para recuperarla, quería convertirme en el tipo de persona con la que ella querría estar, ser lo suficientemente bueno, ser la clase de persona que una chica como Parks merece. Sin duda alguna, antes no lo era y quizá no lo seré nunca… incluso aunque estemos muertos y enterrados para siempre, en fin, nunca está de más intentar ser lo bastante bueno.
Rodeo a mi novia con el brazo.
Mi novia. Es raro decirlo. Y nuevo, también.
Solo ha pasado un mes desde que se publicó ese artículo y me dejé llevar. Aunque llevamos saliendo un poco más de tiempo. Nos conocimos a finales de agosto y empezamos a enrollarnos a finales de septiembre.
Y ahora aquí estamos. Casi a mediados de noviembre y tengo la novia número dos a la tierna edad de veinticinco años.
—¿Dónde está Taura? —le pregunta Allison a Henry alegremente.
Henry reprime una sonrisa y finge no reparar en la gran diferencia entre su interés por Taura Sax y su desdén absoluto por Jordan.
Mads siempre ha tenido una relación rara con las chicas con las que quedo. A Allie y a Jemima todo suele parecerles bien, pero a ninguna de las dos les parece bien Jordan. Es como si todas hubieran sido poseídas por el fantasma de mi exnovia que vivía en Holland Park y no era muy amable con la gente nueva.
—Pues en Nueva York. —Henry asiente—. Se fue hace un par de días.
—Vaya. —Papá asiente—. ¿Para qué?
Henry me mira, nervioso. Se lame el labio inferior.
—Pues… Para traer a Magnolia a casa.
—¿Qué? —Jordan resopla, divertida y confundida—. ¿No puede volar sola?
Y Henry la mira de una manera que… Si yo fuera un novio mejor, le llamaría la atención al respecto. Vamos, joder, si alguien mirara así a Parks, le pegaría un puñetazo. Pero Jordan no es Parks, de modo que me limito a mirar a mi hermano.
—Ella no ha crecido aquí, Hen.
—Pueden ser muy bordes con ella —explica Jemima, luego da un sorbo de vino.
Jordan frunce el ceño sin comprender.
—¿Por qué?
—Pues porque es preciosa. —Jemima se encoge de hombros como si no estuviera arrojando granadas aquí y allá alegremente.
—Dios mío, ¿la visteis en el Met? —Al sacude la cabeza.
Maddie pone los ojos en blanco.
—¿Otra vez con Rush Evans? Es que tiene una suerte…
—Su vestido era perfecto —suspira Jemima—. ¿Versace? —pregunta a nadie en particular.
Sin lugar a duda era de Gucci. No debería saberlo, pero lo sé. Además, me pareció que podría haber sido por mí. No por mí, ¿contra mí, quizá? Un claro «que te jodan», edición alfombra roja. Echo de menos su cháchara sobre moda. Lo mucho que le encanta hizo que me encantara a mí. Está guapa, claro que siempre lo está. A veces me aparecen fotos suyas. El algoritmo y esas mierdas, ¿sabes? Además, la quiero, así que a veces echo algún vistazo. Es un poco raro, seguramente no debería, pero su cara es su cara y suplica que la miren.
—La gente puede ser bastante cruel con las cosas preciosas. Sin ninguna razón de peso. —Mi madre le dedica una sonrisa cortés a Jordan, pero la expresión le cambia un poco y me doy cuenta de que echa de menos a la misma chica a quien yo siempre echo de menos aunque ya no debería. Mamá niega la cabeza, se lo quita de encima como también debería hacerlo yo—. La fascinación pública por Magnolia siempre ha sido una carga que se lleva en privado.
—¿Por qué a la gente le importa tanto? —pregunta Jordan, y me parece que es una pregunta sincera, aunque Henry la reciba como una pulla.
—Pues porque es Magnolia Parks —contesta Madeline.
Si Parks algún día oyera a esta hermana mía en concreto defendiéndola, probablemente moriría feliz. Ojalá pudiera enviarle un mensaje, contárselo, alegrarle el día. Con suerte, Henry lo hará porqué yo sé que no puedo. De todos modos, no me contestaría. Le escribí un puñado de cartas durante meses. Ni siquiera sé cuántas. Nunca recibí respuesta.
Lleno la copa de Jordan hasta arriba y miro a Henry.
—¿Será un poco un circo, entonces?
—Desde luego que será un circo, BJ. —Allison pone los ojos en blanco con impaciencia—. No ha vuelto a casa desde…
—Allison… —advierte mamá.
—¿Qué? —Se encoge de hombros exasperada—. Él ya sabe que le puso los cuernos. Todo el mundo lo sabe.
—Allison —avisa ahora papá.
—¿Esperan mucha prensa? —le pregunto a mi hermano, haciendo caso omiso del resto.
Henry asiente.
—Vendrá un montón de gente. —Se encoge de hombros—. Ya conoces a Harley.
—Ya.
—Le han comprado un vuelo con British Airways y han contado a un agente de viajes muy bocazas que viene el lunes, pero volará en el jet el domingo.
—Qué listos. —Asiento. Quiero preguntar si está bien, pero no puedo. ¿No puedo o no debo? No lo sé… ambas cosas, supongo.
—Bueno y, a todo esto, ¿por qué viene? —pregunta Jordan con ligereza.
Madeline interviene poniendo una mueca.
—Raro.
Suelto una bocanada de aire y le lanzo una mirada a mi hermana más pequeña.
—Su padre se casa.
—Con la niñera de cuando eran pequeñas —añade Allie con mucho drama—. Venía de vacaciones con nuestras familias. Es tan loco…
—Creo que los pillé una vez —anuncia Jemima.
—No lo hiciste. —Mamá pone los ojos en blanco al tiempo que las pequeñas sueltan una exclamación.
—Sí, cuando estábamos en el agua y él nos ayudaba a subir, le puso la mano en el trasero, pero cuando vieron que yo me daba cuenta, ¡se echaron a reír y dijeron no sé qué de que resbalaba mucho!
—¡Puaj! —Madeline hace una mueca.
—En fin, que la boda es la semana que viene —anuncia Allie—. Iremos todos.
—Bueno. —Madeline le lanza una mirada malintencionada a Allie—. Todos no…
—Madeline —gruñe papá.
—¿Qué? —Se encoge de hombros como si no lo supiera. Lo sabe. Madeline es una manipuladora de primera categoría—. Ella no…
—Gracias, Mads. —Le lanzo una mirada y Jordan me sonríe, incómoda.
—En fin —se mete Henry—. Tampoco se quedará mucho. —Me mira a mí y luego a Jordan, y no sabría decir si me está echando un cable o intentando dejarme mal. Con él cuesta saberlo, así que me bebo el vino.
Está bien, por cierto. Estoy bien, joder.
Sabía que volvía, y Henry tiene razón. Solo serán unos días y luego volverá a irse. Después todo volverá a la normalidad.
O, al menos, volverá a esto… sea lo que sea «esto», supongo.
Parks se ha ido. Eso ahora es normal.
Después de eso, Jordan está bastante callada lo que queda de cena y no nos quedamos mucho rato, un poco porque mis hermanas siguen persiguiendo a Henry para que les dé hasta el último detalle de la información que tiene sobre Magnolia y Rush, y él no piensa decirles nada, así que se están poniendo cada vez más pesadas; de todos modos yo no quiero oírlo, así que le damos las gracias a mamá por la cena y nos vamos bastante rápido.
Pasamos andando ante unas cuantas casas antes de que Jordan se pare en mitad de la calle y me mire con los ojos achicados.
—¿Por qué no me llevas?
La miro.
—Es la boda del padre de mi exnovia. No puedo llevar a mi nueva novia.
Menea la cabeza, molesta.
—En ese caso, ¿por qué te han invitado?
—Porque —me encojo de hombros— es la alta sociedad londinense y esas mierdas. No me sorprendería mucho que su madre estuviera invitada.
Me mira con fijeza, pero creo que me entiende. En fin, eso espero.
Su expresión se suaviza un poco.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
—Porque no es importante. —Me encojo de hombros despreocupadamente.
Es mentira. Lo siento en el pecho nada más decirlo.
Jordan pone los ojos en blanco.
—Parece que ella siempre es importante.
—¿Sí? —Le rodeo la cintura con los brazos—. ¿Y tú cómo lo sabes?
Me mira con fijeza otra vez.
—Todo el mundo en el trabajo pregunta por ella todo el rato, como si yo fuera a saber que está saliendo con el tipo ese de esas pelis ridículas… —Pone los ojos en blanco.
Cuando dice esas «pelis ridículas» se refiere a la franquicia cinematográfica más taquillera del mundo, pero sí, «pelis ridículas» me vale.
Le molesta todo esto. Un poco porque no lo entiende y eso es duro, y otro poco porque al menos una vez a la semana estamos por ahí y se me acerca alguien que tendrá unos dieciséis años, le pide a Jordan que nos haga una foto y luego me pregunta si en serio Magnolia y Rush están juntos. Los comunicados de prensa dicen que solo son amigos, y Henry dice que es verdad. Creo que dice la verdad. No sé por qué iba a mentir al respecto.
Una vez le pregunté si se estaban acostando juntos y me dijo que qué va, pero no sé… esa foto en Cannes, había algo en el modo que Rush le rodeaba la cintura con la mano. Así que tal vez la está cubriendo de una manera que no creo que hiciera por mí.
Jordan suspira flojito, pero yo lo oigo.
—Mira, Jords… —Niego con la cabeza para tranquilizarla—. Probablemente ni siquiera me hable. Me evitará como a la peste.
Parece esperanzada.
—¿En serio?
Asiento con la cabeza.
—Me odia —le digo. Hasta consigo pronunciar la frase sin que el efecto de sonido de la muerte de Super Mario Bros resuene por todo el universo.
Esto la alivia, se lo veo en la cara.
—Y Hen tiene razón: vendrá y se irá. Ni siquiera te enterarás de que está aquí.
También es una mentira evidente, pero me sirve porque Jordan nunca ha conocido un Londres en el que Parks y yo existiéramos al mismo tiempo.
Ella no lo sabe. No lo entiende. No sabe lo de los ojos y las fotos. No sabe cómo somos si estamos en la misma estancia. Cómo somos imanes, cómo nos miramos, cómo nos encontramos.
No sabe que soy un lobo y que Parks es la luna cuyo nombre aúllo desde los quince años.
Jordan no sabe cómo somos Parks y yo.
Éramos.
Quería decir éramos.
Me sonríe más, se relaja, toma mi mano entre las suyas. La besa. La aprieto contra mi coche. La beso. Es algo consciente, pero no pienso en Parks cuando la beso, si puedes creerlo.
Tampoco pienso en Parks cuando me acuesto con Jordan. Intento no hacerlo. Unas veces resulta más difícil que otras (como ahora) cuando hemos estado hablando de ella.
Que quede claro: Jordan está buenísima.
Probablemente también ayuda que no se parezca en nada a Parks, incluso en la oscuridad. Siento sus cuerpos muy diferentes. Jordan es atlética, tiene tetas y culo y curvas. Y es guay y abierta y sociable. Es divertida. Sensata. Bebe cerveza. Lleva vaqueros. Se recoge el pelo haciéndose uno de esos moños descuidados en lo alto de la cabeza.
No es escandalosa.
Confía en mí.
Supongo que no le he dado ninguna razón para que no confíe en mí.
Si te soy sincero, estoy un poco nervioso por ver a Parks.
Nervioso de que me vaya a joder un poco. No me digas que no lo hará, siempre lo hace, incluso si es de formas que me gustan.
Es que es más fácil salir con alguien que no te arranca el corazón del pecho todo el puto rato. Y Parks siempre lo hará. No puede evitarlo. Una mirada a esos estúpidos ojos suyos y me deshago. O me deshacía… Niego con la cabeza, mirando fijamente a mi novia.
Ya no.
Por el amor de Dios. Por favor, ya no.
TRES
Magnolia
Mi hermana se lanza a mis brazos en cuanto entro por la puerta.
La veo muy a menudo. Viene a verme o nos encontramos en algún lugar de Europa por mis viajes de trabajo, pero hacía algo más de quince días que no nos veíamos.
Me levanta del suelo a pesar de ser más baja que yo.
—¡Ya estás en casa! —Suelta un chillido de emoción y yo la despego de mi cuerpo, frunciendo un poco el ceño.
—Esta emoción es excesiva, Fridget. Y me estás aplastando el vestido.
Llevo un vestido de tul estilo bailarina de Miu Miu con unos zapatos de tacón de flores en relieve de Dolce & Gabbana.
Mi hermana pone los ojos en blanco y me pega en el brazo.
—¿Qué tal el vuelo? —Entra una de mis maletas y me echa otra mirada—. ¿Cuántas más has traído?
—¿Mmm? —La miro abstraída—. Oh. ¿Doce quizá?
—Estarás aquí una semana. —Parpadea.
—A decir verdad —desvío la mirada de ella a Taura—, estaré aquí no llega a tres.
—Oh. —Taura mete otra bolsa antes de que nos rindamos y las dejemos en el patio. «¿Acaso no están los padres para esto?». Aunque tampoco sabría decirte, supongo. El mío ha sido terriblemente inútil hasta ahora.
—¿Tres semanas? —pregunta Henry, asomando la cabeza desde el estudio—. ¿Para qué?
—Un par de reuniones de trabajo. —Me encojo de hombros y es un poco mentira, pero ¿qué más puedo decir? ¿El 3 de diciembre?
Nunca lo entenderían, ni siquiera Henry.
Salto a sus brazos y él me envuelve con ellos al tiempo que me besa la cabeza. Me olisquea.
—El pelo te huele raro.
—Oh. —Frunzo el ceño—. Es el champú Philip B de trufa blanca, ¿no te gusta?
Me mira.
—¿Por qué quieres que el pelo te huela a seta?
—Es muy caro. —Frunzo el ceño.
Sacude la cabeza.
—Eso no responde a la pregunta.
—Yo uso Herbal Essences de Clairol… —anuncia mi hermana.
La miro.
—No presumas de eso, Bridget.
Henry la agarra por la cintura y le huele el pelo.
—Presume cuanto quieras, Bridge. Hueles como un puto prado.
Enlazo el brazo con el de Taura y los fulmino con la mirada, en concreto a mi hermana.
—¿Esto te pones para mi gran regreso a casa, bruja horrible?
Se mira a sí misma con su chándal verde a juego y luego me mira a mí, frunciendo el ceño.
—Si llevo puestas esas estúpidas chanclas acolchadas de Chloé que me compraste tú.
—A mí me gusta. —Henry pasa un brazo defensivo alrededor de mi hermana.
—Ya contaba con ello. —Le miro su camiseta Wild Thang de Golf Wang y los pantalones de chándal negros con logotipos de Vetements—. Decidme, ¿habéis hecho algún pacto para poneros chándal y bajarme la moral o es que todo se ha ido al garete en mi ausencia?
Mi hermana intenta darme una patada y yo la insulto en ruso, esquivando su estúpida pierna desgarbada porque no quiero que se me ensucie el vestido blanco.
—¿Dónde está todo el mundo, por cierto? —Me molesta un poco que mi hermana, mi mejor amigo de toda la vida y mi nueva mejor amiga sean el único comité de bienvenida a mi gran regreso a Londres.
No sé a quién más esperaba. ¿A Christian, tal vez? No he hablado con Jonah desde entonces. Aunque tener a Marsaili aquí con unas flores y una pancarta habría estado bien, ¿no crees?
—Aquí. —Señala con la cabeza hacia la puerta del comedor, luego se detiene—. La cena está en la mesa. Llegas casi una hora tarde, típico de ti.
Me encojo de hombros, imperturbable.
—Harley debería haberme enviado el G700, entonces, y no el Bombardier, y eso es una consecuencia que va a tener que asumir.
Taura se pone delante de Henry y él desliza la mano bajo su jersey de algodón estampado Get Back de la colaboración Stella McCartney x The Beatles.
—¿Y qué consecuencia es esa? —Ella parpadea—. ¿Que se enfríen las patatas gratinadas?
La miro con el ceño fruncido, juguetona.
—¿Qué es una patata?
Henry me rodea con un brazo.
—Es de donde viene el vodka.
Bridget nos mira a todos, bloqueando el paso.
—A ver, mira, al otro lado de esta puerta hay un montón de drama familiar…
Pongo los ojos en blanco.
—Genial.
—Bushka no se habla con Marsaili…
—¿Por qué? —interrumpo.
—Porque Marsaili no le deja ser dama de honor —me contesta Taura.
Me han dicho que pasa algo de tiempo con Bridget. Qué bien. Me alegro de que se tengan la una a la otra aquí en mi ausencia.
—El culo nuevo de mamá está aquí…
—¡Bridget! —La golpeo en las costillas—. Si insistes en llamar «lameculos» al nuevo novio del mamá, te lo ruego, por favor, al menos no lo acortes.
Henry se echa a reír.
—Papá odia al culo…
Henry ladea la cabeza.
—Interesante.
—No para de preguntar por qué está aquí…
—Me parece justo —considera Taura.
—Y, luego, mamá está enfadada porque el tío Aleksey está dolido porque no le han invitado…
—¿El hermano de tu madre está enfadado porque el exmarido de ella no le ha invitado a su segunda boda?
Bridget se encoge de hombros, impotente.
—Yo solo os pongo al día.
—Vaya. —Parpadeo—. Realmente yo era el pegamento por aquí, ¿eh?
—Sí. —Mi hermana me mira con desgana—. Eso es.
Y, en ese momento, Henry empuja para abrir la puerta.
Mi madre es la primera.
Me pone las manos en los hombros, me planta un beso en cada mejilla chocándolas con las suyas.
—Bienvenida a casa, tesoro.
—No estoy en casa. —Le sonrío con cortesía.
Mi padre se levanta, me da un abrazo que nos resulta rígido e incómodo a los dos.
—Me alegro mucho de que estés en casa, cielo.
—No estoy en casa —repito con una sonrisa cortante.
Marsaili me toca la cara con las manos y sonríe con ternura antes de abrazarme.
(—Bienvenida a casa, Magnolia —susurra.
—No estoy en casa —le contesto con otro susurro.
Ella me mira.
—Sí lo estás).
Me siento entre Henry y Bushka y la saludo con un apretón en el brazo.
—¿Dónde estabas? —Me mira molesta.
Me cambia la cara.
—En Nueva York.
—¿Desde cuándo? —Frunce el ceño.
Paseo la mirada por la habitación, incómoda.
—Desde hace casi un año. —La reprendo un poco con la mirada—. Me visitaste el mes pasado, ¿recuerdas? Fuimos a Bedford a ver a Martha Stewart. Te hizo unos Moscow Mules especiales.
Marsaili me mira.
—¿Quizá le dio algún que otro de más?
—Para ser justos —Taura se encoge de hombros—, tiene buen saque, Martha. Le encanta echar un buen trago.
—¿Y a quién no? —Mamá asiente apreciativamente—. Ah, Magnolia, tesoro, Henry… este es Enzo. —Señala con un gesto a su nuevo novio, que estaba allí sentado, sonriendo agradablemente.
Está encantado de estar aquí, pobre Enzo.
Más o menos atractivo, supongo. Si te gusta la basura europea y el bratwurst. No sé exactamente lo que quiero decir con eso, pero funciona.
—Magnolia —canturrea mi nombre con un acento italiano muy fuerte—. Es un gran placer conocer a la frondosa it girl…
(—¿Qué? —le susurro a mi hermana, parpadeando mucho.
Ella niega con la cabeza y se frota una oreja.
—No se apaña muy bien con el idioma).
Enzo se pone de pie para darme un abrazo, pero yo levanto una mano para frenarlo.
—Uy, no, no… —Niego con la cabeza mientras, en lugar de abrazarlo, le doy unos golpecitos en el brazo con cautela—. Gracias, Enzo. No hace falta que nos abracemos. Pero me alegro mucho de conocerte… aquí. Ahora. Nada menos que la primera noche que paso en Londres, en una cena íntima con mi familia y mis mejores amigos. —Le dedico una sonrisa cordial.
Él hace una pequeña reverencia.
Marsaili y yo intercambiamos una mirada.
—Enzo es el número… —empieza a decir mi padre, contando con los dedos.
—Harley… —advierte Mars.
—Bocemb —dice Bushka.
—Ocho —dice Bridget a la vez.
Mamá se bebe el vino con las cejas enarcadas y hace un solo ademán con la mano para mandarnos callar a todos.
—Bueno, ¿has sabido algo de BJ, tesoro?
—Pues no —le contesto con la nariz levantada—. Ni lo haré.
Bridget pone los ojos en blanco, pero me doy cuenta.
—¿Qué? —le digo con mala cara—. No he sabido nada. Y no lo haré. Y le odio y, a decir verdad, nuestro amor está muerto…
—¡…Oh! —suspira apenado el nuevo novio de mamá.
—No, no, Enzo… —Lo miro negando con la cabeza y le lanzo una sonrisa rápida—. No es algo triste, es algo que empodera.
—Ah, ¿sí? —Henry ladea la cabeza y yo le pego un codazo para que se calle.
—Estoy muy empoderada. Es como esa escena de esa película, la del helecho, ¿sabéis? Que se muere. Y la chica está bien. Aliviada, incluso…
—¿También es muerta tu planta? —pregunta Enzo, todavía más triste.
Taura niega con la cabeza.
—¿Y ella no se volvía loca cuando el helecho se muere en la peli?
Le lanzo una mirada.
—Eh… no. No, a ver, escuchadme. Yo, metafóricamente… —intento aclararlo solo para él— arrojé la planta, metafórica, de nuestro amor en el desierto y la abandoné allí por voluntad propia. Así que, solo para dejarlo claro: no es triste… —Miro a Henry muy severa—. Empodera mucho.
Lanzo una mirada de exasperación a Taura.
Bridget reflexiona unos segundos.
—Solo por curiosidad, ¿qué clase de planta era? La planta metafórica de vuestro amor, digo.
Le saco la lengua y me encojo de hombros, desdeñosa, ante su estúpida pregunta antes de darle una estúpida respuesta.
—No lo sé… algo superaburrido como un arbusto feo. Como… como un seto de boj redondo. Feísimo.
—Oh. —Me mira achicando los ojos—. ¿Te refieres a un arbusto de hoja perene? ¿Las plantas que nunca se marchitan?
Levanto la mirada, alarmada.
—¿Qué? —Niego con la cabeza. Hen me mira de reojo, divertido—. ¡No! Vamos a ver… no, eso no es… Entiendo las implicaciones de ello y no. —Mierda—. He cambiado de opinión. Es una rosa inglesa. Muy frágil, una flor estúpida. No pueden sobrevivir a una mierda.
—Oh. —Asiente con sarcasmo—. Entonces, la planta metafórica de vuestro amor no es más que la flor más hermosa y simbólica… de todos los tiempos.
La miro parpadeando.
—¿Qué cojones, Bridget? ¿Te has convertido en una puta botánica en tus ratos libres ahora o qué?
Taura se echa a reír.
—Y además, no… Aunque sí, pero no. —Miro severamente a mi hermana—. Claro. Tal vez es muy bonita por fuera, pero tiene un montón de espinas. Muy espinosas. Además, ahora está en el desierto. Donde nadie puede verla. Ni regarla. No tiene ninguna posibilidad en el desierto. Ahí fuera está condenada, está claro. Cien por cien muerta. Y no existen las rosas fantasma, así que todo genial.
Apuro de un trago mi copa de vino y después también la de Henry y mantengo la cabeza gacha lo que queda de cena.
Mi cuarto está como lo dejé.
Perfectamente preservado y, por un segundo, hace que sienta un centenar de cortes de papel en el corazón —todas las maneras en que mi cuarto me hace pensar en él— y entonces bebo un poco más de vino y se lleva consigo esos sentimientos.
O los ahoga.
Bridget se tumba en mi cama justo donde lo hacía él.
—¿Estás bien?
Parpadeo unas cuantas veces, supongo que un par de veces más de la cuenta porque supongo que no lo estoy, pero miento de todos modos porque es más fácil.
—Genial —asiento.
Ella asiente también y sé que sabe que miento.
Y luego esboza una risita.
—Rosas fantasma…
21.52
Henry 
Llevas bien tener que verlo?
A quién?
…
…
No hagamos esto, va
De acuerdo
Respóndeme y listo
No, no llevo bien tener que verlo
Él lleva bien tener que verme?
No rompas las reglas.
Lo siento.
Nos vemos mañana.
Todo irá bien.
CUATRO
Magnolia
Ayudé a organizar muchas cosas de la boda desde la distancia.
La paleta de color, las flores, los vestidos… Marsaili tiene dos hermanas, ambas también son damas de honor. La mayor, que de algún modo se las ha arreglado para arrebatarme el título de dama de honor principal tiene el estilo de Christopher Walken y viene a ser tan visionaria como un ladrillo. La pequeña (o «la merdosa», como Bridget y yo hemos acabado llamándola) también es inútil.
Igual que Bridget. Intentó ser de ayuda, pero sugirió rosas y ranúnculos en un mismo ramo, de modo que, obviamente, se ganó el descarte absoluto e inmediato.
A pesar de todo, organizar tantas cosas me ha venido bien. Me ha mantenido ocupada. Porque, al parecer, resulta que pasaba mucho rato con mis amigos en Londres, y en Nueva York no tenía a tanta gente que estuviera conmigo todo el rato.
Tenía a Rush siempre que estaba en la ciudad. Y a Lucía Nieves-Navarro, mi extravagante vecina de rellano, heredera de un imperio de telecomunicaciones de México. Luego también tuve a un par de personas más que conocí a lo largo del año, pero Nueva York es de lo más de paso.
Seguí viajando mucho por el trabajo, estaba ocupada, tenía cosas que hacer. Supongo que nunca había sido verdaderamente consciente de la enorme cantidad de tiempo que llenaba con BJ y con Paili.
He oído que ahora ella vive en España. Estoy bastante convencida de que la gripe española ya no tiene la virulencia de antaño, pero si la tuviera, espero que se contagie.
En fin.
La boda es en Saint George’s. Evidentemente. Como si hubiera otro sitio en Londres para casarse aparte de la catedral de San Pablo, pero ahí es donde yo quiero casarme, de modo que me aseguré de que Marsaili se decantara por otro lugar.
Llegamos a Hanover Square veinticinco minutos más tarde de la hora a la que se suponía que tenía que empezar la boda, pero eso no tuvo casi nada que ver conmigo y casi todo que ver con el horrible tráfico londinense y también un poco que ver con que Bridget decidiera «maquillarse ella sola». Si algún día la has visto intentar maquillarse ella sola, entenderás por qué llegamos tarde y tú también habrías llegado a las manos para arrebatarle esa parodia de fucsia intenso de alto pigmento de sus daltónicas manitas.
El vestido de Marsaili es una preciosidad.
De la colección SS2022 The New Oasis de Pronovias. El vestido Kufra.
Escote asimétrico con una manga larga y la otra sin manga, corte de sirena entallado con detalles de pedrería muy sutiles, y una cola muy discreta pero con mucha clase.
La dama de honor principal lleva un vestido de gala de Marchesa de color azul petróleo con detalles en tul arrufado en el hombro y la falda, que si se lo hubiera puesto mi madre parecería un vestido para ir a los Óscar, pero puesto en esta señora es un auténtico desastre. Como si fuera al Baile de Invierno de Hogwarts.
La Merdosa lleva un vestido con capa sencillo de Valentino que es muy elegante, bastante sutil… No quiero decir en lila porque las lilas son estúpidas, pero no no en lila.
Discutí con Bridge para que se pusiera un vestido de gala de Tony Ward en tono azul pastel con una fluida falda de tul y unas mangas abullonadas preciosas y la obligué a calzarse los tacones Anilla 100 con apliques de cristal de Jimmy Choo y, si te soy sincera, parece un poco la Cenicienta y casi estoy celosa, pero me doy cuenta de que se siente hermosa y por eso mis celos se atenúan hasta llegar a un saludable treinta por ciento.
¿Y yo? Llevo un vestido de Elie Saab del desfile de alta costura de la primavera de 2011 que le pedí que recreara para mí. Bonito, pastel, de un lavanda intenso. Con paneles de encajes y transparencias, ceñido, con un sutil cinturón de seda drapeada y realzado con cristales de organza que he combinado a la perfección con los tacones Carrie Crystal Bow Mule 75 de Aquazurra.
Todas llevamos ramos de hortensias, lavanda y rosas blancas, y el tema cromático de la boda es para morirse, si se me permite decirlo.
Estoy nerviosa, ahí fuera de pie, esperando para entrar.
Bridget va primero, luego voy yo.
Sé que voy a verlo. Sé que va a estar aquí. Fue un temazo, una tremenda discusión familiar. Todo el mundo voló a Nueva York para hablarme de ello.
Me llevaron a Nobu para hacerme la pelota. Bridget pensaba que era terriblemente inapropiado invitarlo. Mi padre y mi madre dijeron que había que invitarlo porque iban a invitar al resto de la familia Ballentine, y entonces mi padre le dijo a mi madre que tenía que largarse y que, para empezar, qué estaba haciendo ella ahí. Y luego Bushka dijo que tiene un culo estupendo y que le pasáramos los camarones de roca en tempura. Marsaili dijo que sería de mala educación no invitarlo y que si yo lo había superado tanto como iba contándole a todo el mundo, no debería parecerme mal que él estuviera allí, pero que si yo insistía en que no se le invitara, que entonces ella también insistiría.
De modo que lo invitaron porque no podía decirles que, en realidad, él es el desagüe que hay en el centro de mi ser por el que desaparecen todas las cosas felices y que siento su ausencia en todo. Todo. El desayuno, las tazas de té. Los abejorros. La miel. Las estrellas. Gucci. El Discovery Chanel. Los viajes largos en coche. Conducir en general. Los sauces. El Uno. Las Vans Old Skool. Tiffany’s. Los Maserati. Los chicos con tatuajes.
Y ahora aquí estoy, de pie en las escaleras de Saint George’s con el corazón retumbándome en la garganta y sin saber dónde fijar la vista porque me da miedo ver lo que muero por ver.
Henry y Taura aparecen en lo alto de las escaleras y luego él las baja corriendo para rodearme con los brazos.
—¿No es maravilloso tenerte aquí en Londres? —Me levanta del suelo y me hace girar.
Lo fulmino con una mirada irónica y le pongo bien la pajarita. Azul y monísima de Tom Ford. Lo sé, yo misma la escogí. Esmoquin clásico de Giorgio Armani, gemelos con una lunita en cuarto creciente y una estrella, con los mocasines Elkan Penny también de Tom Ford.
—Bueno, será mejor que no te acostumbres —le digo al tiempo que Taura me abraza pasándome los brazos por el cuello.
Maxivestido Sky Rocket (The Vampire’s Wife) en tono rojo oscuro. Muy elegante.
Si no fuera (al parecer) mi mejor amiga y si no se estuviera acostando con mi verdadero (otro) mejor amigo, me haría sentir insegura.
Me repasa con la mirada de arriba abajo.
—¿Intentas matarlo?
Levanto la nariz.
—No sé de qué hablas.
Me ignora.
—¿Nerviosa?
La miro, luego se me van los ojos hacia Henry, y asiento.
Me pasa con disimulo una botellita de vodka.
—Bébete esta ahora, y esta —la esconde en el ramo—, después.
Me guiña el ojo y vuelve a subir por las escaleras.
—Estamos en el lado de tu padre. En el medio, un poco más adelante. Hacia la izquierda.
—Me da igual… —miento.
—No la ha traído —me dice Henry mientras sube las escaleras de espaldas.
Hago una pausa.
—Sigue dándome igual.
Enarca una ceja y me señala con el dedo.
—Y una mierda.
Luego vuelven a entrar corriendo.
—Bueno, bueno, qué interesante —comenta Bridget, apareciendo a mi lado.
—No, no lo es —le contesto al instante.
Me mira de soslayo, molesta e intrigada.
—¿No ha venido la novia? —repite.
La ignoro.
(—Muy interesante —dice con un hilo de voz, pero siempre respira por la boca, de modo que le sale muy fuerte).
Arranca la música. «Ave verum corpus».
Bridget empieza a andar hacia el altar.
Luego voy yo.
Y tengo la vista fija al frente. No se me va hacia la izquierda, no se me va hacia la derecha. Y aun así, puedo sentir sus ojos en mí; está a la derecha de la iglesia, no solo porque el lado derecho sea tradicionalmente el del novio, sino porque lo sé.
Esa atracción que tenemos, esa resaca del universo que siempre nos arrastra de vuelta el uno hasta el otro, tiene que significar algo, ¿no crees? Esta inmensa fuerza magnética con la que me he pasado buena parte del año (o la peor) luchando y desafiando y que sigo sintiendo, las piernas intentan llevarme de vuelta a su órbita… creo que eso significa algo.
O tal vez no y solo quiero que lo haga porque eso daría un propósito a todo nuestro dolor.
No escucho demasiado el sermón de la boda.
Son todos más o menos iguales, ¿no crees?
El amor es paciente, el amor es amable. No envidia, no se jacta, no es orgulloso. No deshonra a los demás, no es egoísta, no se enfada con facilidad, no guarda rencor. El amor no se complace en el mal, sino que encuentra alegría en la verdad. Siempre protege, siempre confía, siempre tiene esperanza, siempre persevera. El amor nunca falla.
Pero es una gilipollez. Es todo mentira.
Nosotros no éramos ninguna de esas cosas, pero ni por un segundo intentes decirme que no estábamos enamorados. Lo amé más que a nada y al final de todo, es lo único que teníamos y no perseveró. Fracasó.
La recepción es en el Royal Hospital Chelsea; precioso, por supuesto.
Hago las rondas pertinentes y paso un rato con mi padrino y con el de Bridget. (Graham Norton. Lo sé, yo también estoy celosa). Ha venido mucha gente de Estados Unidos. Chris Martin, los Timberlake, Usher. La boda está vergonzosamente abarrotada de estrellas, pero Marsaili y mi padre parecen contentos, así que está bien, supongo. Si insistimos en ver el lado positivo, supongo que está bien que estén contentos… Ahora son unos viejos enamorados asquerosos. Aunque no les gusta que se lo diga.
—Guárdate algo para el discurso, tesoro. —Mi padre miró a su nueva esposa.
—Uy, no voy a dar un discurso —le digo—. Lo dará la Merdosa.
—¿Quieres dejar de llamarla así? —resopla Marsaili—. Es mi hermana.
Mi padre la mira con elocuencia.
—Mujer, un poco merdosa sí es…
—¡Harley! —gruñe Marsaili.
—Pregunta… —les interrumpo, mirándolos fijamente a los dos—. Arrie Parks está aquí…
Clavo la vista en mi madre, que lleva el traje más llamativo de toda la ceremonia: un vestido de Carolina Herrera largo hasta el suelo con dos tonos de rosa. Marsaili me mira con impaciencia.
—Eso no es una pregunta, Magnolia.
—Menuda movida que ella esté aquí, ¿no? —paseo la mirada entre ambos.
—No —dice Marsaili.
—Desde luego —responde mi padre a la vez.
Nos quedamos todos mirando a Enzo apretándole el culo como si fuera un puto limón en un rincón de una ceremonia en la que, a nadie le cabe la menor duda, no tendría que haber asistido.
Marsaili hace un gesto con la mano para quitarle hierro al asunto.
—Habría sido de mala educación no…
—Ah, ¿sí? —preguntamos mi padre y yo al unísono y me trae sin cuidado la sincronización.
Y, entonces, alguien me toca el hombro.
Me pone nerviosa darme la vuelta, pero lo hago porque soy así de valiente. Aunque debería haber sabido por el golpecito que no era él.
De haber sido él, lo habría sentido.
Sin embargo, es otra persona a la que quiero.
—Bueno, bueno —sonríe Gus Waterhouse—. Si es mi rompecorazones favorita…
Le frunzo el ceño, juguetona.
—Qué borde.
Me mira.
—Y qué cierto.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Cómo lo llevas? —pregunta con cautela.
—No es mi mejor día. —Me encojo de hombros—. Aunque tampoco es el peor…
Gus asiente.
—¿Lo has visto?
—No.
Ladea la cabeza.
—¿Intencionadamente?
Lo reprendo con la mirada por ser así de irritante.
—Sí.
Me dedica una pequeña sonrisa, satisfecho por haber acertado. Cojo la copa que lleva en la mano y le doy un sorbo.
—¿Cómo está Tom?
—Bien. —Asiente—. Sí, bien. Mejor.
Esto me hace feliz. Se merece estar bien.
—Me alegro.
—Le encanta Hawái.
—Pues claro. —Sonrío al pensar en él—. Todas esas montañas para escalar, el surf…
—Las chicas… —Gus me lanza una mirada mordaz. Creo que quiere dejar claro que Tom está bien sin mí, asegurarse de que soy consciente de ello.
Nunca pensé que no lo estaría. Tom es Tom England. El hombre más maravilloso, íntegro y hermoso que jamás haya adornado el planeta. Nunca me necesitó y nunca tuve la impresión de que él tuviera suerte por tenerme; siempre supe que era al revés. Lo que ocurrió después de que se fuera demuestra que yo tenía razón. Clavo los ojos en Gus porque me parece grosero que me haga reproches en la estúpida boda de mi propio padre.
—Hace tiempo que no vienes a verme —le digo. Él ladea la cabeza y arquea una ceja—. ¿Idea de Hawái? —supongo.
Gus exhala por la nariz.
—Es mi mejor amigo…
—¿Y yo qué soy? —Frunzo el ceño, ofendida—. ¿Mierda con cebolla?
—Qué va… —Se encoge de hombros, indiferente—. Solo eres la chica que le rompió el corazón. —Enarca las cejas y añade—: Y se folló a su mejor amigo heterosexual.
Au.
Me lo merecía, supongo.
Lo hice y es cierto.
Clara ayudó (con lo de romperle el corazón, digo, no con lo de follar), pero al final fui principalmente yo, creo. Yo y BJ. Yo y Rush.
—Debería volver con mi acompañante —me dice, señalando con la cabeza hacia una persona que reconozco y que me saluda con la mano, discreto e incómodo.
—¿Jack Giles? —parpadeo. Es una hermosura absoluta: ojos de color chocolate que siempre parecen arder a fuego lento, como si los llevara maquillados aunque no los lleve, pelo castaño peinado hacia atrás, tremendamente sexy, y una mandíbula sensacional. Me lleva a desear ser un hombre gay. O que él fuera hetero—. No lo sabía… —Niego con la cabeza—. ¿Cuándo?
—Es reciente. —Asiente, sonrojándose un poco—. Tomemos una copa antes de que vuelvas a Nueva York. Te pondré al día…
Me da un beso en la mejilla.
Después se pronuncian los discursos y hay un baile padre-hija que esquivo lanzando a mi hermana a los brazos de mi padre y obligando a Henry a bailar conmigo. Me mantengo cerca de mi Tríada de Seguridad porque todo el mundo quiere hablarme de Nueva York y de Rush, y de por qué desaparecí en plena noche de la forma en que lo hice.
Como si no lo supieran ya todos. Todo el mundo lo sabe.
Estaba en todas partes. Todo Rosebery lo escuchó. Hay vídeos que lo muestran en internet. ¿Tienes idea de lo que se siente cuando todo el mundo ve tu quizá peor momento, cuando se te ve en la cara que te rompen el corazón delante de las narices de todo el mundo, y que encima luego sea la comidilla en las fiestas cuando la conversación se vuelve aburrida?
Me voy hacia la barra.
—¿Me pone un martini, por favor? —le pido al camarero—. Vodka.
Y en ese preciso instante siento un cuerpo aparecer a mi lado.
Lo siento.
Aunque no me está tocando en absoluto, lo siento en los huesos. Un curioso y profundo dolor y un leve episodio de taquicardia supraventricular.
Se apoya en la barra.
—¿Qué tiempo hace por allí, Parks? —me pregunta y no me giro para mirarle.
No puedo. El corazón me late demasiado deprisa, se me ha subido a la garganta.
Hago todo lo que puedo para calmar la respiración.
Doy un largo sorbo, sin apartar la vista de la copa.
—¿Te acuerdas de Geostorm? —respondo con frialdad.
Él resopla, pero creo que es una risa.
—Claro, te fuiste.
Sigo sin mirarlo.
—Bueno, era terrible.
—Me estás evitando —me dice, buscándome los ojos.
—Sí —confirmo. Y ahora lo miro.
Ay, Dios mío. Es precioso.
Me golpea en el pecho, se extiende por mi ser como una tela de araña. Parece distinto, pero a la vez está igual. Mayor, creo. ¿Pero más sano, quizá?
Algunas pecas nuevas.
Más barba que la última vez que lo vi. Solo un poquito.
Mi cordel finito de no me olvides favorito sigue en su pulgar.
Lucho contra el viejo impulso de pasarle la mano por su pelo perfecto, un impulso que creía haberme quitado, pero supongo que en realidad nunca se consigue, no con un chico como él.
Y su estúpida boca de labios carnosos rompe las costuras de mi determinación de no amarlo como me preocupa que siempre lo haré, y mi mente recorre una infinidad de recuerdos que he tenido con él y que pensaba que tendría con él y que me preocupa no volver a tener con él nunca más.
Trago saliva. Cuento hasta tres, respirando por la nariz.
No permitiré que sepa que todavía me hace esto. Preferiría morir.
—Lo hago. —Levanto la vista hacia sus ojos y asiento despacio—. Muchas gracias por respetar mis deseos y no acercarte a mí…
Esboza una sonrisa de suficiencia y suelta un «ja, ja» y lo echo de menos.
—Venga ya —me reprende con una media sonrisa—. Tenía que saludarte. Hubiera sido de mala educación no…
Doy un sorbo considerable de mi copa.
—Supongo.
Traje de lana con solapa de pico y pajarita de seda y raso preanudada, ambos de Tom Ford. Camisa blanca abotonada formal de Dolce & Gabbana y mocasines Jordaan Horsebit de Gucci. Me encanta con traje.
BJ se pasa la lengua por el labio inferior y ladea la cabeza para mirarme.
—Oye, ¿vas de lila?
Mierda. Frunzo los labios un segundo y pongo los ojos en blanco.
—Yo no elegí la paleta de colores. —Me encojo de hombros con recato.
—Ya, claro —se mofa—. ¿Me vas a decir que Marsaili eligió ella sola esta obra maestra monocromática?
Tengo la sensación de que intenta halagarme, pero pongo los ojos en blanco de todos modos porque no quiero ponerle nada fácil.
Me hace un gesto juguetón con la cabeza.
—¿Qué nombre le has puesto al tablero de Pinterest?
—Ninguno —le contesto con la nariz levantada.
—Dímelo… —insiste.
—No. —Me cruzo de brazos.
—¿Supernova violeta? —intenta adivinar.
Lo miro con los ojos entornados, divertida e irritada a partes iguales.
—Crepúsculo amaranto —concedo.
Esboza una amplia sonrisa.
Frunzo el ceño, hoy no me apetece que nadie se meta conmigo, y él menos todavía.
—Me queda bien el lila.
Suaviza un poco la expresión del rostro.
—Sí, mucho.
Nos miramos a los ojos.
—Lo sé —le digo, con la nariz levantada.
Vuelve a hacer ese «ja, ja» y los años silban alrededor de nuestros tobillos como hojas llevadas por el viento y somos amantes en otoño bajo un árbol que llueve naranja y arrepentimiento, y en ese momento seguimos siendo el uno del otro y el tiempo nos envuelve en el infinito que creíamos tener pero que ya no tenemos porque él nos rompió.
Sonríe un poco, me observa con atención.
—¿Estás bien?
—Sí. —Le dedico una sonrisa superficial—. Estoy sencillamente encantada de estar aquí celebrando un amor nacido en el seno de la infidelidad.
Él se ríe y, por alguna razón, suena como si yo estuviera tocando el timbre de la casa en la que crecí.
—¿Te quedarás mucho tiempo? —pregunta sin dejar de mirarme a los ojos.
—Solo unas semanas.
—¿Te quedas hasta…?
—Sí —le interrumpo.
Él asiente, yo asiento. Me siento mareada. Cojo mi copa y bebo un par de sorbos para calmar los nervios.
—Bueno —bebo otro trago—, he oído que tienes novia.
Pone una cara rara. Tensa. ¿Incómoda? ¿De arrepentimiento? ¿De decepción? ¿De frustración? Tal vez ninguna de las anteriores…, tal vez solo se compadece de mí.
Asiente una vez.
—Pues sí.
Me pregunto si hemos perdido nuestra conexión. La mera idea me da pánico. ¿Un año separados nos ha cambiado los canales? Creo que ya no puedo escuchar sus pensamientos.
—No está aquí. —Miro a mi alrededor.
Él niega con la cabeza.
—Me pareció que resultaría inapropiado…
—Y, sin embargo, aquí estás. —Le dedico una sonrisa cortante como si no estuviera aferrándome a cada una de sus palabras.
—Me han invitado. —Hace un gesto imperceptible de defensa con las cejas y se encoge un poco de hombros—. Mamá me obligó —miente.
Y me doy cuenta de que miente porque su boca dibuja un ángulo especial cuando miente. Ni siquiera me importa que esté mintiendo, me alegro de que aún sepa darme cuenta. Me alegro de no haberlo perdido del todo.
—Además —vuelve a encogerse de hombros—, no quería que Mars se abalanzara sobre ella y la placara en mitad de la iglesia. Los periódicos de sociedad han sido sorprendentemente pacíficos en tu ausencia —me dice con una mirada.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Estás saliendo con alguien? —me pregunta.
Ojalá pudiera contestar que sí. Ojalá tuviera un chico al que pudiera ponerme como un casco para el corazón, pero no lo tengo.
—Estaba —digo, porque es ligeramente menos patético que un simple y rotundo «no».
—¿Qué pasó?
Le dirijo una mirada fría.
—No es asunto tuyo.
Asiente una vez.
—¿Lo conozco? —pregunta al cabo de unos segundos de silencio.
Me lo planteo durante un segundo: todo el mundo conoce a Rush, pero no es con él con quien he estado saliendo. Al menos, no desde hace un tiempo. Eso si a lo que hacíamos se le podía llamar «salir», cosa que yo no haría, aunque mi abuela tal vez sí. Rush y yo hemos permitido que piensen que estamos juntos porque la gente siempre habla y, a veces, resulta más fácil que hablen de lo equivocado. Me dio un poco de margen para averiguar si lo otro era lo correcto, pero no lo era. Él no lo era. No creo que nadie más lo sea nunca. De todas formas, no importa. Me encojo de hombros y frunzo los labios a la vez.
—No estoy segura… No lo sé. Probablemente no.
Vuelve a asentir, algo aliviado, quizá, y los ojos se me van justo debajo de su pulgar derecho.
Lo señalo con la barbilla, lo cual me hace sentir extraña porque hace una eternidad me habría acercado para tocarlo solo con tal de poder tocarlo.
—¿Es un tatuaje de dos abejas muertas?
Parece sorprendido y se lo tapa con la otra mano al tiempo que me lanza una sonrisa de disculpa. Vuelvo a levantar todos mis escudos.
—Sí. —Se encoge de hombros como si fuera una tontería y no una crueldad.
Asiento una vez.
—Vale.
Baja la mirada hacia el tatuaje y esboza un gesto raro con la boca.
—Una vez una chica me dijo que no se extinguirían nunca. —Me mira—. Mintió.
Le dirijo una sonrisa cortante.
—No fue ella quien las mató.
Los ojos se le ponen tristes y traga saliva, respirando por la nariz.
—En fin —canturreo alegremente mientras hago girar mi anillo de diamantes en forma de flor de Jennifer Meyer—, debería volver a los deberes de dama de honor. —Se lo digo deprisa, no sé por qué, quizá porque, aunque ha matado en sentido figurado nuestra metáfora y la ha exhibido permanentemente en su cuerpo, no creo que pueda soportar la idea de que él me deje primero.
Aprieta los labios y asiente.
—Claro.
Me alejo un paso de él.
—Adiós… —Hago un gesto extraño con la mano, como de despedida pero pasivo.
Hace un rictus con la boca, le ha parecido divertido.
—Adiós.
Me doy la vuelta.
—Eh, Parks —me llama y vuelvo la mirada—. ¿Podemos vernos antes de que vuelvas? ¿Y charlar?
Se me acelera el corazón.
—Claro. —Asiento con la cabeza muy muy despreocupadamente—. Supongo que… podemos hacerlo.
—Vale. —Sonríe un poco—. Te llamaré.
—Ya no tienes mi número —le digo porque quiero, pero no sé por qué.
—Se lo pediré a Hen —contesta sin dejar de mirarme a los ojos.
Vuelvo a asentir y me alejo ignorando todas las miradas fijas en él y en mí. No he echado de menos esto, el efecto pecera, pero no me importa porque es BJ y algo en él siempre valdrá la pena.
Me meto en el baño, echo el pestillo y me apoyo en la puerta al tiempo que me asalta una terrible revelación. Es como el sol de la mañana cuando te olvidas de echar la cortina: es culpa mía, tendría que haber echado la cortina, sabía que el sol estaba ahí, sabía que el sol acabaría saliendo de nuevo, pero no eché la cortina y ahora esta luz invasiva, brillante y resplandeciente me despierta del letargo que estaba usando para evitarlo.
Todavía lo quiero.
CINCO
BJ
—¿Qué tal fue la boda? —me pregunta Jordan al día siguiente.
Estamos desayunando en una cafetería que hay cerca de su casa, en Fulham.
A ella le gusta. A mí, no.
El café siempre es una mierda y los huevos están pasados, pero está enfrente de su casa, así que lo llama su sitio.
Un poco triste.
Más triste para mí que para ella, porque ella toma el café con leche, pero yo lo tomo solo. La leche oculta muchos pecados cuando se trata de café quemado.
Le echo un poco de azúcar porque el café ha salido especialmente asqueroso esta mañana.
—Bueno, bien… —me encojo de hombros.
Es un nivel de restar importancia necesario respecto a cómo fue la boda en realidad.
Una mierda. Eso fue la boda. Al menos para mí.
Dios, es preciosa, es que no puedo pensar en otra cosa. Parks, no mi novia, por desgracia. ¿Y de lila? Vaya cabronada por su parte, joder. Lo hizo a propósito, lo sé. La conozco. Ese es el tipo de gilipolleces propias de ella para mandarme a la mierda.
Por fin estoy bien, me está yendo bien, ella vuelve y se viste de puto lila, la muy imbécil.
—¿La viste? —pregunta Jordan, observándome con atención.
Me hace sentir más mierda aún.
Levanto la vista hacia ella, intento sonreír de tal manera que se sienta bien.
—Sí. —Me encojo de hombros otra vez—. Solo un momento…
—¿Hablasteis? —pregunta con la barbilla apoyada en la mano.
—Sí… —Doy un trago del asqueroso café y luego asiento—. Un poco. Nada del otro mundo.
Eso es mentira y lo sé porque esa insignificante conversación con Parks fue lo más emocionante que he hecho en los últimos diez meses y literalmente hablamos del color lavanda.
Jordan aprieta los dientes sin darse cuenta.
—Se va —le recuerdo, finjo que esa idea no se me antoja como un placaje.
—Claro. —Hace un gesto con la mano—. Y tampoco es que vayas a volver a verla…
Entorn
