1
Renee Feldman no tenía un buen día y solo eran las tres de la tarde. Se había quedado dormida y había llegado tarde para abrir el Prince’s Coffee, donde un grupo de parroquianos ya aguardaba con impaciencia. Después, la máquina de hacer hielo dejó de funcionar, justo lo que no necesitaba en ese abrasador día de julio. Había tenido que hacer dos escapadas de emergencia a la gasolinera para comprar hielo y había vuelto empapada en sudor cargando veinte kilos de hielo que iba goteando por el suelo.
Renee observaba la multitud de la tarde mientras pesaba los granos para hacer café infusionado en frío. Prince’s había sido uno de los principales puntos de encuentro cuando estaba en el instituto y necesitaba salir de casa. Aún se le antojaba extraño estar detrás del mostrador a los veintisiete años, incluso después de nueve meses trabajando allí. Cuando regresó a Fellows, en Míchigan, desde Nueva York esperaba encontrar un trabajo en el que pudiese sacar provecho de su casi finalizado máster en Bellas Artes en la rama de cine, el MFA. Había solicitado trabajo a todos los videógrafos de los tres condados. La única empresa que le dio una oportunidad no le había enviado nada más después de la edición que hizo de una fiesta de quinceañera. «No parecía divertida», le habían dicho, pero es que Renee no había ido a por lo divertido. Se había decantado por lo auténtico, y resulta que los padres de la cumpleañera habían discutido justo delante de la cámara. Había aceptado el trabajo en el Prince’s como una solución temporal, pero ahora era su trabajo principal.
Dos adolescentes chillaban a pleno pulmón frente a la ventana delantera del local.
«Vamos allá», pensó Renee. Las chicas se estaban sacando selfis, lo que significaba que a Renee le quedaban un máximo de cinco minutos antes de que perturbasen la paz del Prince’s.
Las chicas entraron disparadas en la cafetería. Una era alta y tenía los codos y los hombros huesudos; y la otra, más baja, tenía el pelo rizado y un poco de acné. Ambas tenían la mirada exaltada de los peregrinos que llegan a un lugar sagrado. La más bajita aferraba el móvil contra el pecho, mientras la más alta la grababa aferrando el móvil contra el pecho.
Renee solo esperaba que no se echasen a llorar. Ese tipo de chicas lo hacían a veces.
—¿Sabías que… hay como…? —farfulló la chica más alta.
Su amiga tomó el testigo.
—Resulta que hay una canción de Lola Gray…
—¡La adoramos, la adoramos muchísimo!
La chica más baja prosiguió:
—Escribió una canción: «My Ever-After». Y en ella…, pues como que menciona este sitio, ¿sabes?
Ambas esperaban la reacción de Renee, boquiabiertas.
Cuando Renee se lo confirmó, las chicas empezaron casi a levitar en sus Air Force One blancas.
La más alta preguntó:
—¿Alguna vez… viene Lola por aquí?
Renee negó con la cabeza.
—Es probable que Lola Gray viva bastante lejos de aquí.
—Vive en Hollywood Hills, en Los Ángeles —corrigió la chica, como si fuese la mar de normal saber dónde vivía una completa desconocida.
—Pero ¿ha venido aquí hace poco? —presionó la chica más baja.
—¿Por qué tendría que haber venido aquí hace poco?
Las chicas mantuvieron una conversación silenciosa utilizando una sucesión de microexpresiones rápidas.
—Hemos oído que está aquí este finde porque se casa su hermana y creímos que…
Al final, Renee cedió.
—¿Y se os ha ocurrido que vendría a tomarse un café al lugar en el que un tío le prometió una vez que serían felices para siempre?
La chica más alta dio un gritito ahogado.
—¡Conoces la canción!
—Nos vienen fans como vosotras todo el tiempo —dijo Renee poniendo los ojos en blanco—. La foto que veis allí es lo más cerca que vais a estar de Lola Gray. —Señaló una foto descolorida por el sol que colgaba cerca de la puerta; en ella aparecía el dueño del Prince’s con una joven esbelta de piel bronceada, ojos grandes y una melena en cascada de color chocolate. La chica sostenía una copia de su primer disco y sonreía tanto que podrías hacerle un examen dental completo solo con mirar la foto—. Si queréis estar aquí, tendréis que consumir.
Renee acababa de prepararles a las chicas unos matcha latte de fresa helados cuando entró Kadijah. Llevaba las largas trenzas negras recogidas y el marrón oscuro de sus hombros brillaba por el sudor bajo el top de cuello halter. En las manos traía las bolsas de hielo que tanta falta le hacían.
—¡Kadijah al rescate! —dijo con alegría mientras tiraba el hielo sobre el mostrador.
Renee abrió el congelador, rasgó una bolsa de hielo y lo echó todo dentro.
—Justo a tiempo.
Kadijah señaló con la cabeza a las chicas, que estaban haciéndose selfis con la foto de Lola.
—¿Más Lo-Litas? —preguntó Kadijah usando el mismo nombre que las fans de Lola Gray se habían puesto a sí mismas.
Renee puso cara de fastidio.
—Han aparecido de la nada por lo de la boda.
—¿Se lo has dicho?
Renee frunció el ceño, pero no respondió a la pregunta.
—Fliparían si supiesen que vas a asistir —dijo Kadijah—. Yo lo estoy flipando fuerte y solo soy une fan adulte normal de Lola Gray. Aún estoy enfadade contigo por no haberme conseguido una invitación de acompañante.
—Los acompañantes son para llevar a alguien con quien sales, no a tu compañero de trabajo; aunque sea tu compañere favorite. —Kadijah era la persona no binaria poliamorosa más atractiva en un radio de cincuenta kilómetros, pero Kadijah y Renee eran buenas amigas y nada más—. Preferiría ir contigo que con mi madre y su novio. Las bodas son un montón de tradiciones sexistas performativas, como cuando un padre te entrega a otro hombre, o…
Kadijah la interrumpió con una mirada seria.
—Renee Feldman, no me uses el feminismo como arma para distraerme del hecho de que vas a salir por ahí con Lola Gray. Esta noche. Sin mí.
Renee se puso un dedo en los labios y miró a las Lo-Litas.
—No voy a «salir por ahí» con ella. Hace como diez años desde la última vez que hablamos e, incluso antes de eso, no somos amigas desde la secundaria. Es probable que ni se acuerde de mí.
—Pero si te criaste en la casa de al lado —objetó Kadijah, como si Renee no fuese perfectamente consciente de ello—. ¿Cómo no se va a acordar de ti?
—Pero, aunque así fuese, es la boda de su hermana. Estará ocupada.
Kadijah soltó un suspiro dramático.
—Me parece fatal que tú vayas a un concierto privado de Lola Gray cuando yo, une fan verdadere, nunca la haya visto en directo. Las entradas de su última gira se acabaron en minutos.
—Lola no va a actuar. Sé que me repito, pero es la boda de su hermana.
—¡Exacto! Cantará para el baile nupcial. Tienes que llamarme por FaceTime. —Kadijah la azotó con un trapo—. No me mires así, doña «yo nunca he sido fan de nadie». Lola es la mejor estrella pop de nuestra generación.
—No presto atención a esas cosas —replicó Renee.
—Necesito que dejes de decir ese tipo de cosas si vamos a seguir siendo amigues. Sigo a Lola desde You’re Next! Le rogué a mi madre que me dejase votar por ella.
—Casi no lo recuerdo —dijo Renee, que lo recordaba con todo detalle. El segundo puesto de Lola en el concurso de talentos había sido el único tema de conversación en Fellows durante su penúltimo año de instituto. Kadijah, que aún iba al colegio en Dearborn por aquel entonces, se había perdido todo el frenesí—. Tengo mejores cosas que hacer que seguir la vida de Lola.
Sin duda, Lola era una estrella de pop que encabezaba todas las listas habidas y por haber y componía todas sus canciones. Había ganado el Grammy a la mejor artista novel con dieciocho años y, después de eso, la habían nominado por todos y cada uno de sus álbumes. Al principio, la revista Rolling Stone la había apodado como «la santa patrona de las adolescentes» y, cuando sus últimos álbumes demostraron que había venido para quedarse, elevó el título a «la nueva princesa del pop».
En los mismos veintisiete años que llevaba en el planeta Tierra, Renee solo había logrado sacarse una licenciatura en la Universidad de Kalamazoo y que la admitieran en el MFA, un máster en cine documental (después de haberla rechazado el año anterior). Esperaba añadir otro título de máster a esa lista, pero había pedido una excedencia justo antes de presentar el trabajo de fin de máster, y durante ese período se había mudado de nuevo con su madre. Si amontonaras los logros de los antiguos vecinos, la balanza se inclinaría ligeramente a favor de Lola.
Aunque tampoco le importaba mucho, ya que era muy probable que Lola se hubiese olvidado de su existencia.
Renee se quitó el delantal por la cabeza y cogió la bolsa de tela.
—¡Haré el turno de mañana durante una semana entera si me prometes que me contarás todo lo que pase esta noche! —gritó Kadijah, pero Renee ya había salido de la cafetería.
Dos horas después, Renee estaba sentada en su coche frente a un edificio de ladrillo, una antigua fábrica de botellas que ahora era un salón de bodas llamado Bottle Factory. El calor irradiaba del asfalto del aparcamiento. Bajo la capa caliente y mojada de la humedad, todo parecía demasiado brillante y borroso. Renee visualizaba ya cómo lo capturaría en vídeo: un toque de sobreexposición para transmitir el calor, los dos hombres fumando al borde del encuadre y el foco en la mujer mayor del vestido de lentejuelas que se abanicaba en las escaleras. Quizá podría hacer su documental para el trabajo de fin de máster sobre cómo los salones de bodas eran puros espacios liminales construidos para crear la ilusión de que las historias de amor eran reales.
«Qué concepto más insulso», murmuró la voz crítica de su cabeza. Asinino. Plebeyo. Anémico. Lo primero que Renee había aprendido de cine en la universidad era una buena retahíla de insultos sofisticados. Ahora no solo sabía lo que significaban esas palabras, sino que además las utilizaba de forma habitual.
Se acordó de las chicas que había visto antes en el Prince’s y la forma en que se grababan a sí mismas: sonriendo y ocupando el cuadro con ambas caras. Sacaban la cámara para cualquier cosa. Si estuviesen aquí ahora, estarían grabando algo, y no sentadas en un coche ardiendo pensando en grabar.
Se echó hacia delante y apoyó la frente en el volante. ¿A esto había llegado? ¿De verdad estaba celosa de unas adolescentes que creaban contenido para las redes sociales?
Le vibró el móvil. Era su madre.
¿Llegas tarde?
Te guardamos un sitio.
Renee quería pulsar el botón de adelantar y saltarse la boda de una vez. Desde que sus padres se divorciaran cuando ella tenía catorce años, había comprendido que la vida real no era como una canción de Lola Gray, con todo ese romanticismo cursi y un final feliz. Puede que la melodía fuese pegadiza, pero al final las palabras carecían de significado.
Aun así, Claudia le importaba a Renee lo suficiente como para aparcar las dudas por una noche. Conocía a los Grigorian casi desde que nació, mucho antes de que Lola se cambiase su apellido legal por el más escénico Gray. Lola tenía la edad de Renee, y Claudia, dos años más. Cuando eran pequeñas, las hermanas Grigorian habían aliviado la soledad que sentía Renee como hija única. Y hubo momentos en los que Lola y Claudia vivieron prácticamente en su casa, cuando el padre de ambas estaba de viaje con el camión y a su madre le costaba organizarse, sobre todo entre los huecos de las actuaciones de la pequeña Lola en iglesias y ferias estatales.
Sin embargo, y por mucho que se alegrara por Claudia, no podía dejar de pensar en lo incómoda que iba a ser la noche.
Renee estaba destinada a salir de Fellows. Todo el mundo lo sabía. Era demasiado inteligente, no hacía buenas migas con la autoridad, le sacaba de quicio la insustancialidad del Medio Oeste y, además, era lesbiana. Soñaba con mudarse a una ciudad tan grande que pudiera ser quien quisiera, crear arte con el que la gente conectase y vivir una vida emocionante y queer. Por muy claros que fueran los sueños de Renee, nunca conoció a nadie con quien compartirlos, salvo Lola…, más o menos. Cuando Renee se marchó a Nueva York, se suponía que volvería convertida en una reputada directora de documentales molona. En lugar de eso, había vuelto con el rabo entre las piernas para vivir en el apartamento del garaje que su madre había reconvertido para alquilarlo por Airbnb. Esta noche tendría que explicar su fracaso cada vez que alguien le preguntara qué había estado haciendo.
Te estoy viendo sentada en el coche.
Renee levantó la cabeza y vio a su madre delante de la entrada de Bottle Factory con los brazos en jarra y los rizos encrespados por la humedad.
«Mierda». Renee se miró en el retrovisor para ver si llevaba los labios bien pintados de rojo y salió del coche. Llevaba el mono negro. Era el único conjunto lo bastante bonito como para llevarlo a la tintorería de vez en cuando, y le daba un aspecto (lo más importante) sexi y (en segundo lugar) demasiado sofisticado para un lugar como Fellows, en Míchigan. Al pillar el cinturón del asiento con la puerta, esta rebotó y le dio un porrazo en la espinilla. Tenía el mismo coche desde el instituto y, por aquel entonces, el cinturón ya se le quedaba enganchado en la puerta, pero nunca se acordaba. Maldiciendo su suerte, su coche, el calor y el trauma de la existencia humana, Renee se encaminó a la boda.
Lola se estaba divirtiendo en la boda de su hermana mayor.
Se estaba divirtiendo… muchísimo.
Se había divertido en la cena de ensayo a pesar de lo agotada que estaba y de haber venido directa desde el avión. Sonreía educadamente cada vez que algún miembro de la familia de Josh decía: «Esta debe de ser la famosa hermana pequeña». Se había divertido esa misma mañana durante el almuerzo con sus padres y Claudia. Había hecho todo lo posible para que su madre estuviese contenta y no le entrara el bajón. Se había divertido con Claudia y con las ocho damas de honor mientras el equipo que Lola había traído las preparaba y mientras posaban para las fotos vestidas con batas rosas a juego. Había hecho caso omiso de la vocecilla de su cabeza que se preguntaba si debería haber seguido la recomendación de su equipo de hacer que todo el mundo firmase un acuerdo de confidencialidad.
Ahora se divertía en el salón nupcial mientras esperaba a que llegasen los invitados. Junto al espejo, Claudia y su madre revisaban por última vez el aspecto de la novia. Lola esperaba que esa fuera una de las ocasiones en que la atención de su madre fuese bienvenida y no el preludio de un desastre.
En uno de los extremos del círculo de damas de honor, Lola sincronizó perfectamente su risa para el momento en que la compañera de cuarto de Claudia en la universidad terminara una historia graciosa sobre un brunch con alcohol que había salido mal.
El móvil le vibró en la mano. Miró la pantalla y se obligó a rechazar la llamada, aunque no le habría importado tener una excusa para salir un momento del salón; aunque fuera para hablar con su representante, Gloriana.
Lola detestaba tener los nervios a flor de piel. Tenía muchas ganas de que llegara la boda desde que Josh le pidió matrimonio a su hermana. Las amigas de Claudia le caían bien. El grupito principal había estado muy unido desde el instituto, pero había sido lo bastante abierto como para acoger a las compañeras de universidad, amigas nuevas y hasta a la hermana de Josh, aunque nunca habían incluido a Lola. No era muy sorprendente, ya que ella no solía andar por ahí. Incluso en la despedida de soltera que pasaron en Tulum, y que ella misma había organizado y pagado, solo había podido quedarse una noche.
Era la simple intimidad lo que le pesaba. Se sentían cómodas entre ellas charlando sobre sus prometidos y sus novios, sobre un ascenso o una anécdota divertida en clase de spinning. Hacía que la vida de Lola pareciera tan remota que apenas existiera, como si no fuera más que una canción en la radio o una foto en la página de una revista del corazón. O se sentía invisible o lo más evidente del lugar. Era como volver al instituto: aún era la rara, tolerada pero no aceptada y, desde luego, incomprendida.
Tal vez estaba tensa porque cuando Claudia se había comprometido un año y medio antes, Lola no esperaba ir sola a la boda. En lugar de eso, había marcado su propio aniversario: un año desde la peor ruptura de su vida.
Respiró hondo y se obligó a sonreír de oreja a oreja. Empezaban a dolerle las mejillas.
Le vibró el móvil otra vez cuando las chicas se echaron a reír a carcajadas por algo que no había oído, y sintió que se venía abajo. Con el teléfono en una mano, se encaminó a la puerta. Saldría y recuperaría la compostura mientras hablaba con Gloriana. Pero por el camino se topó con Claudia.
Su hermana, que llevaba un pañuelo manchado de pintalabios, le preguntó:
—¿Adónde vas?
—Tengo que hacer una llamada rápida —respondió como si tal cosa.
—¿En serio?
—¡Deja que tu hermana se ocupe de sus asuntos! —Su madre le quitó el pañuelo a Claudia, y después le dijo a Lola—: Ve, cielo. Haz lo que tengas que hacer.
Donna Grigorian nunca había interferido en los asuntos laborales de Lola, y probablemente nunca lo haría. Lo que necesitaba Lola no era su permiso.
—Seré superrápida, Claudia. Me está llamando Gloriana y mejor responderle ahora que luego, ¿no? —Agarraba el móvil tan fuerte que se preguntó si podría saltar la pantalla—. Lo siento. Mira que le pedí que no me llamase hoy, pero…
—¿Pero no te hizo caso? —Claudia frunció el ceño. Tenía el doble de instinto protector que una hermana mayor normal para compensar el que le faltaba a su madre. Incluso después de diez años, no terminaba de confiar en Gloriana—. Hay que ver cómo te mangonea…
—Qué va —respondió Lola mientras se obligaba a sonreír.
—Claro que sí. Dices que no te dejas pisotear, pero luego cedes y acabas con esa cara.
—¿Te refieres a sonreír porque estoy contenta?
Claudia le lanzó una mirada de hermana que transmitía más censura que la terrible industria sensacionalista británica.
—Lo que tú digas. Habla con ella, anda.
—Gracias. Y deja de toquetearte el pintalabios. Está perfecto.
Claudia puso morritos.
—¿De verdad?
—Sí, lista para la alfombra roja. —Lola abrió la puerta—. Ahora mismo vuelvo. Lo prometo.
En el vestíbulo vacío, seguía hecha un manojo de nervios. No era justo que Claudia la hiciera sentir mal por su trabajo cuando era consciente de lo duro que había luchado por su sueño. Ese sueño les había pagado una casa a sus padres y también a los abuelos por ambas partes. Había pagado casi toda la boda, desde el vestido a medida hasta las preciosas flores y la barra libre de cócteles de autor.
Cuando Lola estaba empezando su carrera como cantante, se había imaginado que, en algún momento, alcanzaría cierto nivel de éxito y sabría que estaba segura, a salvo. Pero no había llegado a ese punto… o, por lo menos, todavía no. Cuatro álbumes compuestos por ella misma, siete números uno, giras mundiales, decenas de premios y nominaciones, y aún sentía que todo podía esfumarse con un solo paso en falso. Y mientras se sintiera así, no podía desatender llamadas, ni saltarse reuniones, ni relajarse.
Lola llamó a su representante por FaceTime. Mientras esperaba a que Gloriana le contestara, Lola se miraba a sí misma en la pantalla. Llevaba su sonrisa patentada de Lola Gray, que acompañaba con unos ojos ligeramente brillantes para que pareciese auténtica. Esa sonrisa era una vieja costumbre que tenía desde que tuvo su primera reunión con un agente a los doce años. El hombre le había pedido que sonriese y ella le había ofrecido la enorme sonrisa que había aprendido desfilando. El tipo había negado con la cabeza y le había dicho que quería una sonrisa de verdad. Le resultaba extraño, y le emocionaba un poquito también, que le pidiera que fuese ella misma. Sin embargo, su sonrisa de verdad tampoco lo había satisfecho. No quiso representarla y le recomendó que practicara una cara de felicidad convincente frente a un espejo.
Entonces apareció Gloriana con su característico mechón gris en su pelo oscuro.
—Hola, cielo. ¿Qué tal la boda?
Lola reprimió su enfado porque Gloriana sabía perfectamente de qué la estaba alejando. Al fin y al cabo, había sido ella quien la había llamado.
—Está a punto de empezar. Te dije que nada de llamadas hoy.
—Lo sé, pero el mundo no se detiene porque se case tu hermana. ¿Quieres que le diga al equipo que hagamos una pausa porque tú estás ocupada? Lo haré, pero no sé cómo se lo tomarán.
—No. Lo digo para la próxima: si digo que no me llaméis, no me llaméis.
Gloriana enumeró una serie de cosas que Lola tenía que aprobar, correos que no había leído y planes para los que Gloriana necesitaba una confirmación…, siempre hablando en primera persona de plural. «Necesitamos» un visto bueno; «tenemos» que avanzar. A veces, Lola tenía que recordarse que ella también formaba parte de ese plural. Ese plural era su equipo, que se dejaba la piel por ella. Cada miembro del equipo era el radio de una rueda de la que ella era el centro, aunque a veces se sintiera más como un peso muerto que los lastraba.
—Estamos esperando tu aprobación del calendario de rodaje del documental —dijo Gloriana—. Tenemos que ponernos en marcha.
Se le hizo un nudo en el estómago como cuando el equipo había presentado el proyecto. Habían pasado tres años desde el lanzamiento del último álbum de Lola. Los fans sabían que se estaba tomando un descanso después de sacar cuatro álbumes antes de cumplir veinticuatro años, pero para el público general se estaba alejando del foco mediático. Era hora de recordarle al mundo quién era Lola Gray con un documental que siguiera la producción de su quinto álbum. Además, ganarían mucho dinero con él. Lola solo tenía que dejar que las cámaras la siguiesen durante unos meses. Cuando se lo habían sugerido, se le cerró el estómago como si lo hubieran ceñido con una soga. Era generosa con sus fans, complacía a los paparazzis y le hizo una visita guiada a Vogue de su casa reformada en The Hills incluso antes de que ella tuviera la oportunidad de dormir allí. Ya casi no tenía privacidad; no solo por sus fans y la prensa, sino también por el gran equipo de personas que hacían que Lola Gray, S. A. fuese una máquina bien engrasada.
Aun así, había aceptado hacer el documental igualmente. Esa era su norma: di que sí siempre que puedas, porque nunca sabes cuándo dejarán de pedírtelo. Por mucho que temiera la grabación, la posibilidad de que sus fans la olvidasen y de que su carrera se desvaneciese era mucho peor. Claro está, cuando aceptó la propuesta unos meses antes no tenía ni idea de que el siguiente álbum seguiría acechándola como un nubarrón oscuro y tormentoso.
—Seguro que lo que has planificado está bien —dijo Lola—. No me hace falta verlo.
—Genial —respondió Gloriana.
Justo en ese momento, se abrió la puerta de la entrada del salón y apareció una mujer con un mono negro. Tenía la piel morena y un corte pixie despeinado y algo crecido, teñido de platino, pero con las raíces oscuras. Llevaba los labios pintados de rojo, tenía el semblante serio y la mandíbula angulosa. Lola siguió con la mirada a la mujer que caminaba ahora por el vestíbulo y se fijó en cómo el corte de la prenda resaltaba sus fuertes hombros —uno de ellos surcado de tatuajes—, y en cómo la tela se ceñía a sus curvas.
Llevaba años sin verla, pero la reconoció al momento.
Renee Feldman.
—Ay, no —se le escapó a Lola en un susurro.
—¿Qué pasa? —preguntó Gloriana.
—Nada —farfulló Lola—. Va a empezar. Me tengo que ir.
2
Sentada en la mesa 14 al lado de su madre, Deborah, y del novio de esta, Dave, Renee se arrepintió de no haber llevado acompañante. No tenía nadie a quien invitar en plan romántico, pero si hubiera llevado a Kadijah, no se habría sentido una sujetavelas entre personas que le doblaban la edad.
Así las cosas, Renee se había visto obligada a visitar varias veces la barra para pedir más cócteles de la casa, el Joshinator, a fin de escapar de los consejos que le daba su madre para que socializara. Deborah no dejaba de hacerle preguntas. ¿Reconocía a alguien del instituto? ¿Tenía pensado salir a bailar? ¿Por qué no intentaba ser simpática por una vez?
No quería ser simpática. Las amigas de Claudia eran un poco mayores e irradiaban la heterosexualidad y la mentalidad típicas del Medio Oeste, cuyo rechazo había conformado la personalidad de Renee. Además, al evitarlas se ahorraba tener que explicar por qué, a sus veintisiete primaveras, no tenía dinero ni perspectivas de futuro y se había convertido en una carga para sus padres.
—¡Ahí está Lola! —Deborah señaló con el dedo al otro lado de la sala mientras servían los entrantes—. ¡Anda, ve a saludar, Ree-Ree!
Renee no giró la cabeza.
—Mamá, es de mala educación señalar a una famosa.
—Entonces, ¿cómo te puedo decir dónde está? Si ni siquiera estás mirando.
—Ahora no puedo mirar. Se dará cuenta de que estamos hablando de ella.
La paciencia de Deborah con los consejos sobre modales de su hija era casi tan escasa como la de Renee con los de su madre.
—¿Y qué? Siempre le has caído bien a Lola. ¡Anda, qué guapa está!
Renee le dio un sorbo al Joshinator. Los invitados a la boda de Claudia, incluida su hermana como dama de honor, se habían sentado durante la ceremonia, y el sitio de Renee en la mesa 14 daba al fondo del salón. Aún no había podido ver bien a Lola. Justo era reconocer que sentía cierta curiosidad.
Por fin, Deborah se excusó para ir al baño, lo que la libró de la supervisión maternal directa. Renee se giró en su silla para buscar entre la multitud.
No le costó localizar a Lola.
Era tan menuda que el caos de los invitados podría haberla eclipsado, pero Lola atraía la atención de todas las miradas mientras se movía con elegancia por el salón. El vestido le quedaba como un guante y algunos mechones de la melena marrón chocolate se le habían escapado del recogido romántico y desenfadado que llevaba.
En una mano, esbelta y con la manicura hecha, sostenía una copa de champán que estaba dos tercios llena. No le dio ni un sorbo. Parecía que, a cada rato, alguien le pedía una foto, así que Lola le cogía el teléfono con total naturalidad y se sacaba el selfi. Hasta desde esa distancia, la veía poner la misma sonrisa todo el rato, estuviera posando o no: una sonrisa afable que le marcaba arruguitas en el rabillo de los ojos.
Renee no acababa de entender esa sonrisa. ¿Cómo podía parecer tan auténtica y, a la vez, tan falsa? Aunque Lola había sido siempre así: de pequeña participaba en concursos de belleza y tenía una necesidad constante de aprobación ajena. Se sonrojaba cuando decía alguna palabra ligeramente malsonante y se ponía roja como un tomate cuando Renee decía «joder».
Renee se preguntó si le seguiría pasando.
Deborah volvió a la mesa y puso el móvil delante de la cara de su hija. En la pantalla había una foto borrosa.
—¡Son Claudia y Josh! ¿A que parecen felices?
—De momento —contestó ella mientras toqueteaba el tenedor de postre. Deborah frunció el ceño. Renee no entendía cómo su madre podía ser tan optimista con un matrimonio ajeno cuando el suyo se había roto de un día para otro—. ¿Qué? Soy realista.
Dave levantó la mirada del móvil de Deborah y dijo:
—No te preocupes, Renee. Ya encontrarás a alguien.
Renee lo miró boquiabierta, horrorizada de que el tipo hubiera entendido ese deseo tan tradicional en su comentario tan sumamente racional. ¿Cuánto tiempo llevaba saliendo con su madre? ¿Cuatro años? ¡No sabía nada de ella!
—No busco a nadie —lo corrigió—. Y no estaría bien por mi parte liarme con alguien de aquí. En cuanto tenga listo el TFM, me vuelvo a Nueva York.
Dave y Deborah se miraron con incredulidad. Era una mirada que les había visto muchas veces durante el último año y que siempre la hacía encogerse.
En un débil intento por autodefenderse, añadió:
—Pensar que haya alguien para mí en Fellows, en Míchigan, es bastante heterocentrista. Las personas queer no pueden entrar en cualquier espacio hetero y conocer a alguien porque…
—Venga, déjalo ya —la interrumpió Deborah—. Dave ya lo sabe, es aliado.
Renee clavó el tenedor de postre en el mantel. Dave era aliado y Deborah también, sí, pero bien que, cuando salió del armario, lo que más le preocupaba era que ser lesbiana le haría la vida más difícil a su hija. Tardó años en darse cuenta de que el problema era de la sociedad, no suyo. El verano anterior, Deborah y Dave se habían ido sin ella a celebrar el desfile rancio del Día del Orgullo de Fellows.
—Da igual —dijo Renee con tono malhumorado mientras el DJ de la boda cogía el micrófono.
—¡Un minuto de atención, gente! La hermana de la novia pide que os acerquéis a la pista de baile para un momentazo único.
Renee gruñó. Kadijah tenía razón: Lola iba a actuar. La emoción inundó el salón mientras todos corrían hacia la pista de baile, donde habían colocado una especie de telón. Nada más abrirse, apareció Lola Gray con su emblemática guitarra acústica de color lavanda colgada al hombro. Estaba radiante en el escenario, como si brillara incluso sin los focos.
Aquello fue la señal para que Renee se acercara a la barra. Lo que menos necesitaba en ese momento era escuchar una oda al amor verdadero, y ya había visto suficientes actuaciones de Lola Gray en el instituto como para toda la vida.
Lola se inclinó hacia el micrófono.
—Seguro que esperabais un brindis, pero aprovechando que he compuesto un par de canciones de amor, he pensado en tocar algo. Claudia y Josh, esto va por vosotros.
Renee se pidió otro Joshinator mientras el hombre que había inspirado el nombre del cóctel sacaba a bailar a Claudia.
Y entonces Lola empezó a cantar.
Renee dejó de mirar a los recién casados para fijarse en el escenario. Se le puso la piel de gallina. No era la Lola que recordaba. Aquella chica siempre se ponía nerviosa delante del público y se le tensaba la voz en las notas más altas. Pero en ese momento, ocupaba el escenario como si fuese suyo, como si urdiera un hechizo con los dedos, que se movían ágiles sobre los trastes de la guitarra. Tenía una voz tan melosa y fluida, como la miel tibia, que a Renee la conmovió. Se sentía hipnotizada. Lola elevó el tono en el interludio de la canción; la emoción en su voz era como una corriente que arrastraba a Renee mar adentro. Lola tenía los ojos entrecerrados, absorta en el sonido. Cuando los abrió, Renee habría jurado que la estaba mirando directamente.
Y ella le devolvió la mirada a la mujer del escenario.
¿En quién se había convertido Lola?
Lola tocó solo tres canciones, pero para cuando concluyó con una versión de «Stand by Me», cualquiera que tuviese pareja y la capacidad física que requiere bailar estaba viviendo el momento más romántico de su vida, incluidos Deborah y Dave. Cuando Lola salió del escenario, el DJ introdujo de manera irreprochable una transición a Bruno Mars. Esos pobres idiotas ya no podrían volver a sus asientos.
No pensaba unirse a ellos. Se apoyó en una pared que quedaba en penumbra cerca de la barra y esperó a que el Joshinator a medio beber que llevaba en la mano la hiciera parecer menos chavala sin amigos en un baile de instituto y más chica mala segura de sí misma.
—Un agua con gas, por favor —dijo una voz desde la barra.
Y ahí estaba Lola, exprimiendo una lima en su vaso. Sola.
Tendría que haberla saludado. Habría sido la opción más educada, pero no fue la que escogió.
Era la primera vez que veía de cerca a Lola desde que tenían dieciocho años. Los ojos grandes y oscuros de Lola resaltaban bajo el encantador rizo de las pestañas, el tono dorado de su piel y su rostro de forma de corazón. Aunque también advertía en ella un aire de fragilidad. Cuanto más la miraba, más cansada, y hasta un pelín triste, le parecía.
No le cuadraba que la mujer adulta que tenía delante fuera la misma niña que iba por ahí con una libreta llena de letras de canciones forrada de terciopelo, la que hacía ejercicios vocales en el baño del insti porque según ella tenía una acústica perfecta o la que una vez había llorado en una fiesta de pijamas porque nadie quería ver El fantasma de la ópera.
Cuando eran pequeñas, ser las raritas y las creativas las había unido, pero al empezar el instituto perdieron el hilo de lo que tenían en común. Lola redobló sus esfuerzos por alcanzar el sueño de convertirse en una estrella del pop, y eso la distanció de todos sus compañeros del Fellows High. Era guay ser una estrella que encabezaba las listas de Billboard cuando ya lo habías conseguido, pero, cuando eras una adolescente que le decía a quien te quisiera escuchar que un día llegarías a lo más alto de las listas…, eras la rarita. Aun así, Renee había estado demasiado liada en su propia vorágine de depresión existencial como para pensar en la vecina, que era tan audaz como una girl scout.
¿Tal vez por eso nunca se había fijado en lo preciosa que era Lola?
Lola metió con disimulo algo de dinero en el bote de propinas que había dispuesto la empresa de catering, a pesar de que había barra libre. Luego, dijo:
—¿Vas a saludar, Renee, o solo acechas desde las sombras?
Renee se enderezó.
—No estoy acechando. Estoy aquí a un lado, sin molestar a nadie. Tú y tu agua con gas estabais teniendo un momento especial. Habría sido de mala educación interrumpir.
Lola se acercó a ella y apoyó un hombro en el mismo lugar de la pared en el que Renee acababa de apoyarse.
—Necesito un ratito para volver en mí cuando bajo del escenario —dijo Lola.
—Todavía te absorbe la música, ¿eh? —señaló Renee. Lo había dicho en broma, pero Lola se puso un poco tensa. Le dio la sensación de que estaba a punto de volver a poner la misma sonrisa forzada de antes. No quería ver esa sonrisa otra vez. De pronto, dijo—: Cantas mucho mejor que antes.
Por suerte, Lola no sonrió. Torció los labios a un lado y enarcó las cejas.
—Vaya, un cumplido de Renee Feldman.
Renee se sonrojó, aunque quizá fuera por el cóctel.
—Sí, en fin. Apúntalo en tu diario, Lo.
—Ah, no me hace falta. Lo recordaré siempre —repuso Lola—. No esperaba verte por aquí.
Renee se encogió de hombros.
—Hay tan pocas oportunidades en la vida de bailar el electric slide que pienso aprovechar siempre que se presente la ocasión.
—Pues estás de suerte. La familia de Josh es muy fan del electric slide. Se ponen la corbata en la cabeza y todo.
—Ojalá llevara un traje —dijo Renee.
Lola bajó las pestañas mientras recorría con la mirada el cuerpo de Renee.
—A mí me gusta lo que te has puesto.
Fue la forma en que Lola lo dijo, bajando un poquito la voz, lo que hizo que a Renee se le erizara la piel. Los cumplidos platónicos que se hacían las mujeres entre sí solían ser en tonos más agudos y amistosos. Si hubiera sido cualquier otra persona —cualquier persona queer—, Renee habría pensado que estaba coqueteando. Pero se trataba de Lola. Debía de ser un intento fallido de sarcasmo. A diferencia de la mayoría de la gente, que tenía sentido del humor, Lola tenía una ética de trabajo profundamente malsana.
Nada de eso explicaba por qué Renee notaba ese calor intenso en el pecho.
Puede que fuera el montón de Joshinators que llevaba encima, pero de repente Renee sintió que podrían estar en el rincón oscuro de un bar o en una fiesta en casa; en cualquier lugar que fuera divertido. En cualquier lugar donde coquetearía de verdad.
Tampoco es que fuera a coquetear con Lola, que había pasado por alto ese comentario como si no hubiera existido.
—Me habían dicho que te habías mudado a Nueva York. A la escuela de cine, ¿no? Me sorprende que hayas vuelto solo por esto.
Renee apuró la copa de un trago, sin inmutarse.
—Ya estaba por aquí. Me estoy tomando un descanso para recuperar la inspiración antes de empezar con el trabajo de fin de máster. Ya sabes, a ver si encuentro a las musas.
—¿Acabas de decir «encontrar a las musas»? La Renee de quince años estaría poniendo los ojos en blanco ahora mismo.
—¡Es una manera de hablar! —protestó Renee, aunque se estaba riendo. Apoyó la mano en el hombro de Lola. No lo había hecho de forma intencionada. Al igual que no había querido darse cuenta de lo suave que tenía la piel, ni tampoco utilizar ese contacto como excusa para acercarse, justo antes de rozar el brazo de Lola con la palma de la mano al dejarla caer.
—Ahora en serio, suena genial. Ojalá pudiera tomarme yo unas semanas libres —dijo Lola con un suspiro.
Renee no le contó que su descanso había terminado el año pasado.
—¿Qué diría la Lola de quince años a eso? No me digas que por fin has aprendido a relajarte.
—Claro que sé relajarme. Ahora mismo estoy en una fiesta, ¿no?
—¿Y qué te has tomado? ¿Una copa de champán en toda la noche?
Lola abrió los ojos de par en par; tenía los iris de color marrón dorado y, alrededor, un anillo algo más oscuro.
—¿Me has estado observando, Renee?
—Como todo el mundo —respondió en voz baja.
—Por eso no bebo si hay mucha gente cerca. No puedo hacer nada demasiado… —Lola hizo una mueca y volvió a abrir mucho los ojos, a propósito. Era un gesto francamente encantador.
—Si pudieras, ¿qué clase de… —Renee repitió la mueca y abrió los ojos igual— cosas harías?
Renee se lo tendría que haber imaginado. Los Joshinators le habían alterado la percepción de la realidad, porque parecía que Lola había pestañeado y que, acto seguido, se mordía el labio con sutileza.
—Tengo una botella de champán en mi habitación para después —dijo Lola—. Aunque lo que de verdad me apetece ahora mismo es meterme en la cama.
De pronto, Renee se notó la boca seca y se vio acercándose a Lola como bajo los efectos de un imán.
—A mí también —respondió Renee.
—¡Lola, más te vale que no estés al teléfono! —dijo Claudia mientras iba hacia ellas.
Lola se apartó de Renee.
—Me estaba poniendo al día con Renee. ¡No me habías dicho que estaría por aquí!
Renee felicitó a Claudia y luego rechazó las invitaciones de acompañarlas a la pista de baile. Seguía con la mirada clavada en Lola, aunque esta ya había vuelto a poner aquella sonrisa que no sabía si era auténtica o no.
Volvió a su mesa, sacudiendo la cabeza. ¿Lola había coqueteado con ella… y ella le había devuelto el flirteo? La sola idea era una blasfemia. Era Lola Gray, no una femme sexi en un bar de ambiente de Brooklyn. Lola era una estrella internacional del pop. En comparación, Renee era un callo.
Y, por si fuera poco, era mujer.
¿A Lola le gustaban las mujeres? Que Renee supiera, no, y por poco que le interesara la cultura pop, se habría enterado si la princesa del pop hubiera salido del armario.
La idea de que Lola fuera queer en secreto era absurda.
Pero hasta hacía unos minutos también le había parecido absurdo imaginarse a Lola desnudándola con la mirada, y, a pesar de los Joshinators, Renee estaba bastante segura de que eso era lo que había pasado.
Era casi tan absurdo como el hecho de que Renee, que se enorgullecía de no haber escuchado nunca un álbum de Lola Gray, había estado a punto de caer rendida a sus pies.
3
Lola no tenía ni idea de qué mosca le había picado.
No tenía por qué coquetear con Renee; Renee Feldman, con quien hacía años que no hablaba y a quien contó por última vez de verdad entre sus amigas cuando estaban en secundaria. Pero al bajar del escenario se había sentido vulnerable. Llevaba semanas preocupada por ese repertorio de tres canciones: una canción de su primer álbum que había escrito después de que Claudia y ella vieran 10 razones para odiarte; la canción de amor favorita de Claudia de entre las suyas, «Unwritten Letter», de su segundo álbum; y una sorpresa, una versión de «Stand by Me». La consideraba una de las canciones más románticas de la historia, y había trabajado mucho en la mejor manera de interpretarla en solitario. Cuando los invitados dejaron de mirarla y empezaron a bailar lento, con la cabeza apoyada en el hombro del otro, supo que lo estaba consiguiendo.
Se había imaginado que cuando oyera «Stand by Me» en una boda, la estaría bailando con alguien a quien amara.
Actuar era una de las pocas cosas que sabía hacer y que siempre la hacía sentir bien. Las distintas versiones de sí misma, que tanto esfuerzo le costaba equilibrar en condiciones normales, confluían cuando estaba en el escenario. Pero esa noche, al acabar el repertorio, notaba incluso más de lo habitual su corazón como una herida apenas restañada sobre el pecho; como si estar rodeada de tanto amor le hubiera abierto sus recientes y frágiles cicatrices.
Lola ya había sorteado el convite en una desacostumbrada bruma de incomodidad pública. Su madre, como siempre, la había puesto de los nervios. Nunca sabía cómo iba a reaccionar Donna cuando sus hijas eran el centro de atención. Por suerte, parecía disfrutar del papel de madre de la novia, así que había estado sonriendo orgullosa, y no poseída por los celos. Pero eso podía cambiar de un momento a otro y, siendo como era el día de Claudia, recaía en Lola la responsabilidad de apaciguarla.
Por si fuera poco, algunos de los invitados la habían conocido de niña cuando llevaba aparatos…, y es que, literalmente, su madre había insistido en invitar hasta al dentista. Podrían acordarse de la época en que se olvidó de la letra del himno nacional en un partido de hockey. Ahora, todos querían pasar un momento con Lola Gray, la estrella. No quería decepcionarlos, claro, pero tampoco podía permitir que su presencia eclipsara a Claudia y a Josh.
Todo habría ido mejor de haber tenido a alguien allí a su lado, apoyándola. Alguien que pudiera ver, incluso a través de la sonrisa, que estaba perdiendo el control, alguien que le diera un apretón en la mano y le dijera que lo estaba haciendo bien.
Pero no era el caso, y allí no lo iba a encontrar.
Lo que sí podía encontrar, en cambio, era una distracción, un desfogue.
No había ido a buscar expresamente a Renee cuando rodeó la pista de baile hasta la barra, pero sabía que estaría allí. La había divisado desde el escenario: apoyada en la pared para exhibir los tatuajes que le recorrían desde el codo hasta el hombro. Renee tenía esa especie de energía, como si se la sudara todo, y a Lola, que se preocupaba demasiado por todo el mundo, eso siempre le había parecido magnético.
Mientras bailaba con Claudia, se le encendieron las mejillas al revivir lo que le había dicho a Renee. Cada vez que se permitía coquetear con una mujer, escogía las palabras con mucho cuidado, para maximizar la posibilidad de negarlo todo si algo salía a la luz. Pero, por la manera en que Renee había abierto los ojos y por cómo se le había acercado, sabía que la había entendido a la perfección.
Era patético que una conversación de dos minutos la excitara hasta tal punto. Seguro que la tensión sexual eran imaginaciones suyas. Renee se había puesto más cañón en los últimos diez años, y Lola estaba sola…, sola y cachonda.
Que seguro que era esa la razón por la cual, mientras los invitados se subían al autobús que los llevaría a la posfiesta en el hotel, no podía dejar de pensar en Renee.
—¿De verdad que no vas a venir? —le rogó Claudia mientras los primos de Josh salían triunfantes del salón de bodas cargando con cajas de alcohol sobrante—. Te lo vas a pasar bien.
Lola le sonrió a modo de disculpa.
—Sabes que me encantaría, pero mañana vuelo temprano y me alojo en otro hotel.
Agradeció tener aquella excusa. Por mucho que quisiera com
