Bailando sobre hielo

Jennifer Iacopelli
Jennifer Iacopelli

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

La pareja flota por el hielo, con las manos unidas, y los patines rascan la superficie en perfecta sincronía.

O, por lo menos, eso intentan.

—¡Vale! —grito con la voz ronca tras un largo día de entrenamientos.

A pesar del dolor de piernas, doy vueltas a su alrededor, calzando mis propios patines con un deslizamiento natural que, espero, sean capaces de imitar algún día.

—El agarre tiene que ser firme, pero no demasiado tenso. No tires de ella, Jackson. Recuerda, es más pequeña que tú. Tienes que ajustar la zancada para avanzar con ella.

Los dos niños de ocho años a los que entreno se están acostumbrando a darse la mano y patinar juntos, uno de los movimientos básicos de la danza sobre hielo.

El eco de mi voz llega hasta el techo de la pista de hielo Kellynch, en el área metropolitana de Boston, el lugar en el que he pasado más tiempo que en mi propia casa. De hecho, se podría decir que es mi casa. Mis hermanas y yo nos calzamos los patines antes de poder ver por encima de la valla que rodea el hielo, porque eso es lo que se hace cuando eres una Russo.

—Ya no te está arrastrando, Sadie, ahora tienes que ir a su ritmo —le recuerdo cuando él deja de tirar de su brazo y ella se queda atrás.

Por fin, empiezan a ir a la par. Las piernas más cortas de ella se estiran un poco y él no alarga tanto las zancadas y, desde mi posición ventajosa, parece perfecto.

—¡Eso es! —Levantan la vista hacia mí, radiantes—. Muy bien.

Sadie apenas me llega a la cadera y les lanza una mirada anhelante a mis piernas.

—Ojalá fuera tan alta como tú, Adriana. No tendría que dar pasos tan largos.

—Eres perfecta tal y como eres. No os olvidéis de estirar esta noche, sobre todo los pies y los tobillos. Tenéis que tenerlos bien fuertes la próxima vez que os vea.

—Uf, para eso queda mucho —se queja Jackson cuando los guío para que salgan del hielo.

—Tampoco tanto —digo poniéndome los salvacuchillas en cuanto paso por la puerta—. Nos vemos al terminar el Mundial.

—Eso es una eternidad —contesta Sadie, seguramente porque, cuando tienes ocho años, dos meses son una verdadera eternidad.

La verdad es que, incluso con dieciséis años, a mí también me lo parece, porque, para entonces, el Campeonato Mundial Júnior, la mayor competición de mi vida, habrá terminado. Me muero de ganas de que llegue. Mi pareja de danza sobre hielo y yo nos hemos clasificado por segundo año consecutivo, pero esta vez, por fin, tenemos muchas posibilidades de conseguir el oro. Así que, dentro de dos meses, o seré campeona del mundo… o no.

Sin embargo, ahora mismo soy entrenadora. Estos dos últimos años, he aceptado dirigir cada vez más sesiones de entrenamiento, intentando hacer lo posible para que no tengamos que cerrar.

Saludo con la mano a las madres de Sadie y Jackson cuando nos acercamos a ellas fuera de la pista. Están sentadas en la zona para padres que hay al lado del vestíbulo. Las paredes están cubiertas de estandartes que muestran los éxitos del club de patinaje en el medio siglo que lleva abierto.

—¡Adriana! —dice la madre de Sadie, viniendo hacia mí a toda velocidad, con unas zancadas mucho más rápidas que las que es capaz de dar su hija en el hielo—. ¡Me alegro mucho de poder verte antes de que te vayas!

—¡Ah! —respondo con una sonrisa.

—¡Por favor, dile a Elisa que le deseo buena suerte! ¡Estaremos todos viéndola!

No dejo que la sonrisa se desvanezca, sino que la hago crecer.

—Claro, se lo diré.

—Debes de estar orgullosísima de ella. Tu hermana mayor va a los Juegos Olímpicos, menudo logro. Tu padre estará exultante.

—Sí.

Mantengo la sonrisa, ancha y tensa, en toda la cara. No es la primera vez que me pasa y no será la última. Los Juegos Olímpicos están por encima del Mundial Júnior, claro. Elisa compite en patinaje individual femenino, y esas patinadoras suelen llegar a la cumbre de su carrera mucho más jóvenes que las bailarinas sobre hielo. Dentro de cuatro años, si todo va según lo planeado, yo estaré de camino a mis primeros Juegos Olímpicos.

—Bueno, no quiero entretenerte —dice la madre de Sadie mientras su mirada va de una punta a otra del vestíbulo; imagino que para asegurarse de que no pasa Elisa o mi padre sin que se dé cuenta.

Jackson y su madre ya se han marchado.

—Sadie, hoy lo has hecho muy bien. Te veo a la vuelta.

Cierro las puertas de la pista cuando salen. Es el último entreno que haremos hasta dentro de un tiempo. Es triste, pero necesario. Apago las luces del vestíbulo antes de darle la vuelta al cartel de entra, está abierto para que ponga lo sentimos, está cerrado.

Cuando mi padre y Elisa se vayan a Pekín, aquí acogeremos a los otros deportistas y a sus entrenadores en los días previos al Mundial Júnior. A mi padre siempre se le ha dado bien persuadir a la gente, en especial a quienes entienden el legado de nuestra familia. Aquí hemos organizado campamentos de élite durante años, y, antes de que muriese mi madre, ella se encargaba de organizar los intensivos de verano que eran conocidos por preparar a los deportistas para pasar al siguiente nivel. La tentación de entrenar en nuestra legendaria pista era demasiado fuerte para resistirse a ella.

Las tarifas que mi padre ha negociado con cada entrenador son casi el doble de las que solemos ganar dando clases de patinaje y celebrando fiestas de cumpleaños y partidos de la liga de hockey. Y, por mucho que odie decepcionar a nuestros alumnos y a toda la gente que ha apoyado Kellynch durante años, no podíamos permitirnos de ningún modo renunciar a ese dinero, porque, por mucha fama y éxitos que haya logrado mi familia, tenemos la malísima costumbre de gastar mucho más de lo que conseguimos ganar. Y quiero decir MUCHO más.

Mis bisabuelos fueron los que abrieron Kellynch antes de que mi padre empezase siquiera a patinar. En los últimos cincuenta años, se ha convertido en el club más prestigioso del país. Hemos ganado más medallas mundiales y olímpicas que algunos países —la mayoría de ellas las consiguieron mis padres— y tenemos unas instalaciones punteras. Mi padre no se conforma con menos.

Sería imposible para él trabajar en un lugar que no fuese lo que alguien esperaría de un medallista de oro olímpico, el patriarca de la familia más famosa del patinaje artístico. Y no habría ningún problema con eso si no fuera imposible también que Walter Russo tuviese un coche que no fuese lo que alguien esperaría de un medallista de oro olímpico o que viviese en una casa que no fuese la que alguien esperaría de un medallista de oro olímpico.

Ni todos los alquileres de pista y clases de patinaje del mundo pueden compensar esos gastos, y la situación no ha hecho más que empeorar a medida que nos hemos acercado al año olímpico de Elisa. El patinaje artístico es un deporte caro estés en la categoría que estés, pero los Juegos Olímpicos son otro nivel. Hay que pagar a los entrenadores, a los coreógrafos y a los asesores de vestuario y maquillaje, por no hablar de la agencia de publicidad que mi padre contrató para sacarle el mayor partido a las circunstancias. Todo eso cuesta un montonazo de dinero que no tenemos. Por mucho que ingresemos, se gasta todo.

El negocio tiene una deuda enorme y necesitamos soluciones creativas. Hasta yo puedo admitir que dejar que todos los patinadores júnior y sus entrenadores nos invadan ha sido una de las mejores ideas que se le han ocurrido a mi padre.

Nuestra casa está en los terrenos de Kellynch, a unos pasos de la pista de hielo, pero estaba ahí mucho antes que esta. Empezó siendo una casa pequeña a la que se mudaron mis bisabuelos cuando ahorraron el dinero suficiente tras emigrar de Italia, pero cada generación la ha ampliado y ha añadido habitaciones, baños, una piscina enorme en el jardín de atrás, un gimnasio en el sótano y una sala de juegos en el último piso. Hasta hay una plataforma en la azotea desde donde se ve nuestro pequeño pueblo de Kellynch ante el río Charles y, luego, al otro lado del río, la enorme silueta de Boston a lo lejos.

La parte original de la casa es tradicional, con paredes de ladrillo y postigos oscuros a ambos lados de las ventanas, pero el resto es un batiburrillo de estilos y modas, ultramoderna a un lado por la renovación que hicieron mis abuelos en los noventa y luego estilo granja chic al otro lado, de cuando mis padres construyeron un anexo antes de que naciéramos mis hermanas y yo. Es un poco loco cuando la miras, pero me encanta.

Lo que ya no me gusta tanto es que, en cuanto entro por la puerta, me doy contra un muro de ruido que rivaliza con las multitudes más alborotadoras delante de las que he patinado. Hay, por lo menos, diez o doce personas rondando por el recibidor. Dos sujetan micros de pértiga grises y peludos por encima de las cabezas de los demás y otros dos van con cámaras subidas al hombro que apuntan a mi padre desde distintos ángulos.

Alquilar la pista es una cosa. Este circo, por mucho dinero que nos dé, es otra completamente distinta. El equipo de rodaje lleva meses con nosotros ahora que se acercan los Juegos Olímpicos. Cuando Tamara Jackson, la presidenta de la Federación Olímpica Estadounidense, abordó a mi padre con la oferta de un reality con Elisa y él como protagonistas, mi padre no dudó. El dinero no estaba mal, aunque no bastaba para saldar nuestras deudas, pero era demasiada publicidad para que mi padre o Elisa dijeran que no. Les encanta la publicidad.

Sin embargo, esto ha convertido mi vida en una locura total. Siempre hay alguien observando, y eso hace que mi padre y mi hermana todavía presten más atención a lo que llevan puesto y a cómo se los ve en pantalla. Estoy bastante segura de que ninguno de los dos ha repetido un modelito en los últimos seis meses.

Esquivo a los ajetreados trabajadores del catering que mueven nuestros muebles y plantan mesas, sillas y una barra en el rincón más alejado de la sala, donde suele estar la mesa del comedor. Están preparando la fiesta de despedida de Elisa de esta noche y, entre el catering y el equipo de rodaje, esto parece un zoo. Mi padre dirige el tráfico mientras estudia, a la vez, su reflejo en el espejo que hay encima de la chimenea.

—¿Qué lado te parece mejor? —dice con el pelo rubio peinado hacia atrás mientras se da toquecitos en la frente con un pañuelo de seda.

Tardo un rato en darme cuenta de que me habla a mí. Ladeo la cabeza, pensando, mientras él gira la cara hacia un lado y otro para que lo pueda juzgar.

—El derecho —contesto señalando ese lado de su cara antes de escabullirme entre la gente e ir directa hacia las escaleras.

Él asiente y luego se queda mirando fijamente mi pelo recogido en un moño descuidado y mi ropa sudada de patinar.

—¿Qué llevas puesto, Adriana? Vienes a la fiesta esta noche, ¿verdad?

—Claro. Es que acabo de terminar la última clase.

—¿De danza sobre hielo? —aclara con lo que, estoy convencida, cree que es una voz de lo más neutra.

Pero mi padre nunca es neutro, por lo menos cuando se trata de lo que considera patinaje artístico de verdad y lo que no. Y la danza sobre hielo no entra en esa categoría. Nunca ha entrado.

—Sí. Bueno, iba a echarme la siesta, y luego ducharme y arreglarme —le digo con pocas ganas de retomar esa vieja discusión.

Estoy demasiado cansada.

—¡Madre mía! ¿Y Adriana? ¡La necesito! —Se oye la voz de Elisa por encima del barullo antes de que llegue ella apartando a la gente.

Elisa es lo opuesto a mí en todos los sentidos. Aunque yo soy un año más pequeña, con mi metro setenta y tres de alto le saco más de quince centímetros. Su cabello cae en ondas de color miel sobre sus hombros, lo cual contrasta mucho con mis rizos oscuros. Lo único que tenemos en común son los ojos de color avellana, que son iguales que los de nuestra madre.

—Estoy aquí —contesto saliendo de detrás de un cámara corpulento, que se da la vuelta para que las dos entremos en el plano.

Mi hermana me coge de la muñeca y tira con insistencia hacia las escaleras e, incluso con la ventaja de tener las piernas más largas, tengo que darme prisa para seguirle el ritmo.

—Necesito que le eches un vistazo a mi equipaje. No sé cómo pueden esperar que haga las maletas y encima me prepare para la fiesta de esta noche. Es que es imposible que me acuerde de lo que me hará falta. La lista que nos han mandado es superagobiante —dice cuando entramos por la puerta de su habitación.

Coge la lista de la cómoda y me la lanza antes de cerrar la puerta de golpe en las narices del cámara que nos seguía a duras penas. Supongo que no quiere que graben esto.

Cojo la lista y contemplo el panorama de su habitación. Es un desastre total. Hay ropa por todas partes, por el suelo, la cama y los muebles. Todos los cajones de la cómoda están vacíos y las perchas de su armario no tienen nada colgado.

—Eh…, ¿cuánto has hecho? —le pregunto, pero puedo contestarme la pregunta yo sola.

Tiene las dos maletas en el centro de su cama completamente vacías. Nada. No ha hecho nada.

—Lo he sacado todo —dice dejándose caer en el diván que hay en un rincón de la habitación.

Con un suspiro, miro la lista. No es nada del otro mundo. Solo un itinerario de los planes de entrenamiento hasta los Juegos Olímpicos y de los eventos para los que necesitarán ropa elegante durante ese tiempo. Mi madre siempre se sentaba con nosotras cuando hacíamos las maletas para las competiciones, pero, después de que se pusiera enferma y cuando ya se había ido, empezamos a ayudarnos la una a la otra. Sin embargo, en el caso de Elisa, el resultado suele ser que yo le hago las maletas mientras ella me supervisa.

Dejo la lista en un pequeño espacio que queda libre en su cama.

—Vale, te ayudo, pero estás sentada sobre un montón de leggings.

Con una risita, se agacha, saca de debajo de ella una bola de tela negra y me la lanza. Antes de que pueda cazarla al vuelo, mi hermana ya tiene el teléfono en la mano y está tecleando en la pantalla.

—¿Te ha dicho algo Brayden? —pregunta, sin levantar la vista mientras yo desenredo los leggings y los coloco bien ordenados y enrollados sobre sí mismos en un rincón de la maleta.

—¿Sobre qué? —le pregunto arrugando la nariz.

Brayden Elliot es mi pareja de danza sobre hielo. Tiene dieciocho años y él y Elisa tuvieron algo cuando él y yo empezamos a patinar juntos hace dos años.

No acabó bien.

Aunque nada de lo que Brayden haya tenido con ninguna chica ha terminado bien. No conozco los detalles exactos —y no quiero conocerlos nunca en la vida, gracias—, pero sé que fue él quien lo dejó. Él siempre es quien lo deja. Y, a pesar de eso, mi hermana, que seguramente podría tener a cualquier chico que quisiera, nunca parece perder la esperanza de que Brayden cambie de opinión.

Personalmente no lo entiendo. Brayden es muy buena pareja de patinaje, es guay y, sin duda, está bueno, pero, si buscas la palabra pichabrava en el diccionario, saldrá su foto justo debajo.

—¿Te ha preguntado por mí?

—No lo he visto desde el entreno de esta mañana.

En realidad no es una respuesta y espero que no se dé cuenta. No tengo ningunas ganas de decirle que no, que Brayden no me ha dicho nada porque Brayden ya no está interesado en ella.

—No deberías preocuparte por él. Te vas a los Juegos Olímpicos.

—Sí, y ahora mismo estoy intentando no pensar en que llevo el legado entero de nuestra familia a la espalda, gracias. Entonces… ¿Brayden ha preguntado por mí?

Bueno, pues se ha dado cuenta. Y sí, tiene razón. Bienvenidas sean las distracciones.

—No me ha dicho nada —le contesto—, pero la madre de Sadie Mortenson te desea buena suerte.

Puede que eso no sea de mucha ayuda.

Elisa sorbe por la nariz y sigue bajando por la pantalla del móvil.

—No me ha llegado a decir si iba a venir esta noche. ¿Ha mencionado la fiesta en el entreno?

—Me ha dicho que intentaría pasarse.

Lo que no le menciono es que Brayden me ha dicho que intentaría venir después de quedar con la chica con la que tiene algo últimamente. Pero eso no puedo contárselo a Elisa sin que haya una implosión total.

—Hemos estado entrenando a tope, puede que esta noche necesite descansar.

—Por lo menos tiene que desearme buena suerte. Me voy a los Juegos Olímpicos. —Suelta un fuerte suspiro, pero luego recuerda que no quiere pensar en eso y cambia de tema—. ¿No te gustaría ahora no haberte pasado a la danza sobre hielo? No tendrás la oportunidad de ir a los Juegos hasta por lo menos dentro de cuatro años.

Esa es una conversación muy antigua en la que siempre acabamos topando con una cuestión importante.

—Sabes que soy demasiado alta para cualquier otra cosa que no sea la danza sobre hielo —respondo sin entusiasmo, como todas las otras veces que alguien ha sacado el tema a relucir durante la última década.

La mirada de Elisa se aparta de la pantalla.

—Lo que tú digas. Si no viene esta noche, dile a Brayden que…

Sea lo que sea que tengo que decirle a Brayden queda en el aire porque, de pronto, se abre la puerta de la habitación. Nuestra hermana pequeña, Maria, entra corriendo y la cierra tras ella con tanta fuerza que las paredes tiemblan.

—Charlie es lo peor y estoy harta de él —se queja yendo directa hacia Elisa y tirándose a su lado en el espacio vacío que queda en el diván.

Maria solo tiene dos años menos que yo, pero a veces esos dos años me parecen veinte. Charlie es Charles Monroe hijo, su pareja de patinaje.

Maria hace patinaje artístico por parejas, que es casi tan aceptable como el patinaje individual, por lo menos según mi padre. Mis hermanas han heredado el pelo rubio de mi padre, la estatura diminuta de mi madre y el convencimiento de que la danza sobre hielo no debería formar parte del deporte del patinaje artístico. Al parecer, solo participas en un deporte de verdad si lanzas tu cuerpo por el aire mientras das vueltas como una peonza. Sin embargo, a diferencia de mi padre, a las dos les parece perfecto que yo haya elegido esa disciplina porque así, oportunamente, ninguna de nosotras entra en competencia directa con las demás. A mi madre le encantaba eso también, que nunca tenía que preocuparse por a quién tenía que animar en la pista, que, si sus hijas salían al hielo y lo hacían lo mejor posible, ella volvería a casa con tres medallas de oro.

—¿Y ahora qué ha pasado? —le pregunta Elisa a Maria mientras esta se acurruca a su lado, pero me mira por encima de la cabeza de nuestra hermana con exasperación.

Elisa no suele tener paciencia para los dramas de nuestra hermana pequeña, pero, por lo visto, ahora mismo le ha parecido una buena distracción.

—Es que está ahí y está tan bueno y es tan majo… ¿Por qué tiene que ser gay?

—Sé que es duro —dice Elisa apretándole los hombros a nuestra hermana—. Pero tal vez es mejor así. Mezclar el deporte con el amor puede ser complicado. Nunca funciona, ¿verdad, Adriana?

Me quedo quieta de pronto. Me da una sacudida el estómago y el ambiente se tensa a mi alrededor. Elisa se queda mirándome, esperando que le dé la razón y le diga a Maria que estará mejor si no sale con su pareja de patinaje, porque es un buen consejo. No me parece que su tono vaya con segundas. No está hablando de… él. Es probable que ni se acuerde de que me gustaba antes de marcharse, antes de que yo lo echara. De hecho, conociendo a Elisa, es probable que ni siquiera se acuerde de él.

Él es Freddie O’Connell, mi ex pareja de baile, mi ex mejor amigo y mi primer amor.

Hace dos años, di el estirón hasta llegar a mi altura actual y él apenas me igualaba, sin que hubiera garantías de que fuera a crecer lo suficiente para que tuviéramos éxito juntos. Así que tuve que decidir.

Dejar a Freddie e irme con Brayden Elliot fue la decisión más dura que he tomado en mi vida.

Ahora él patina con una buena amiga mía, Riley Monroe, y les ha ido bastante bien. Tanto que ellos también irán al Campeonato Mundial Júnior tras entrenar aquí, en Kellynch, a partir de mañana.

Aparto ese pensamiento, como he hecho desde que mi padre nos contó lo del acuerdo con el resto del equipo del Mundial Júnior, e ignoro el hecho de que Freddie estará aquí dentro de nada, en la misma pista que yo. El mundo de la danza sobre hielo es muy pequeño. No he podido evitar a Freddie por completo, pero ya no somos amigos. Creo que podría contar con una mano las palabras que hemos intercambiado desde su último entreno en Kellynch.

La última vez que lo vi fue en el Campeonato Nacional, cuando Brayden y yo les ganamos el oro a Riley y a él. Hizo lo que tenía que hacer, me estrechó la mano y murmuró una felicitación antes de que yo me subiera al podio a por mi medalla. Ni siquiera me miró a los ojos. Aunque la verdad es que lo entiendo.

—¿Qué piensas tú? —La voz de Maria interrumpe mis pensamientos.

Solo han pasado unos segundos. Parpadeo para alejar los recuerdos y me fijo en ella.

Cojo un vestido de la cama de Elisa, uno muy corto de lentejuelas rojas que estoy casi segura de que en realidad es mío. Lo doblo meticulosamente formando un cuadrado, lo meto en la maleta de mi hermana mayor y después me giro hacia la pequeña.

—Te mereces a alguien que quiera estar contigo tanto como tú quieres estar con él.

Maria se me queda mirando y parpadea una vez y luego dos antes de que se le arrugue la cara y las lágrimas empiecen a agolpársele en las comisuras de los ojos y se le sonrojen las mejillas.

—Pero no puedo evitarlo, lo quiero.

Se levanta de la silla de un salto y empieza a dar vueltas por la habitación.

Elisa se pone de pie y pasa por mi lado con su gracia de patinadora artística olímpica. Mete la mano en la maleta y saca el vestido que yo acabo de colocar ahí.

—Toma —dice tendiéndoselo a Maria—. Ponte esto para la fiesta de esta noche. Yo voy de blanco y el vestido que le compré a Adriana es azul. Quedará perfecto en las fotos. Te peinaré y te maquillaré, y encontraremos a alguien que aprecie lo preciosa que eres.

Maria saca a Elisa de la habitación y la lleva a la suya al otro lado del pasillo, y me dejan con dos maletas casi vacías. Echo un vistazo a las cosas que deben estar dentro de las maletas antes de mañana por la mañana y que ahora siguen tiradas por todas partes. Suspiro antes de ponerme manos a la obra.

 

Capítulo 2

La fiesta está en su apogeo cuando consigo volver a bajar por las escaleras, duchada y tras haberme cambiado mi ropa de patinaje por el vestido azul que Elisa eligió. El gusto de mi hermana es demasiado caro, pero es muy bueno. La tela sedosa hace un agradable frufrú a la altura de medio muslo y llevo el pelo recogido en un moño de bailarina porque no he tenido tiempo de secármelo.

Un bostezo se apodera de mi cara e intento esconderlo detrás de la mano. Tampoco he tenido tiempo de echarme la siesta.

Hay un montón de caras que reconozco: los amigos de Elisa, los amigos de mi padre, los patrocinadores, los agentes, los directivos del Comité Nacional de Patinaje Artístico y la Federación Olímpica Estadounidense y el equipo de rodaje, con las cámaras que captan el espectáculo vertiginoso que es una fiesta de despedida para una deportista que se marcha a los Juegos Olímpicos, pero que podría ser perfectamente para una reina. La música retumba en los altavoces del equipo de sonido, un recopilatorio de jazz instrumental que me suena, pero que soy incapaz de identificar.

Los camareros van cargados de bandejas de bebida y aperitivos con un aspecto más sofisticado que el de los palitos de mozzarella rebozados y los fingers de pollo que vendemos en el puesto de comida de la pista de hielo. Hojaldres que deben de estar rellenos de langosta y regados con aceite de trufa o alguna de esas cosas caras que a Elisa y a mi padre les han parecido necesarias.

Estoy a punto de dar el último paso y saltar al ruedo cuando dos voces susurrantes suben hasta la escalera. No veo a quienes hablan y ellos están a un lado de las escaleras y, sin duda, tampoco me ven. Sin embargo, conozco una de las voces casi tan bien como la mía.

—¿Y no costará conseguir una hipoteca? —pregunta mi padre, aunque apenas suena a pregunta.

—La propiedad en sí misma tiene un buen valor, además, una casa en esta zona, teniendo en cuenta el distrito escolar y la proximidad a Boston… Si en algún momento tuvieras que venderla, recuperarías más que lo que te ha costado.

Una hipoteca. El lugar donde vivimos. El lugar donde entrenamos. Mi casa.

El único consuelo durante estos años cuando las facturas se iban acumulando era que la casa, la pista y el terreno eran nuestros y estaban libres de cargas.

¿Tan mal van las cosas que tenemos que arriesgarnos a perderlos?

La piel se me eriza y me recorre una ola de calor incómodo. Me seco el sudor de las manos pasándolas por la seda de la falda, pero entonces las cierro y me clavo las uñas en las palmas. Este vestido es estúpido. Esta fiesta es absurda. Todo esto es del todo innecesario y, mientras tanto, podríamos perderlo todo. La sangre me retumba en las orejas.

Sus voces se apagan al tiempo que yo intento tranquilizarme desesperadamente. Necesito un vaso de agua bien fría. Veo la barra en la otra punta de la sala y voy directa hacia ella. El camarero arquea las cejas cuando solo pido agua con hielo, pero me la pone delante y me la bebo de un trago y pido otra. Esta vez, el camarero se ríe por la nariz. Debe de estar acostumbrado a que la gente trague así el tequila y el vodka. Me termino el segundo vaso y respiro hondo, despacio, y voy soltando el aire poco a poco.

Tengo que controlarme. Hay cámaras por todas partes y todavía más ojos. Hay gente que me conoce lo suficiente para saber con una sola mirada que algo va muy mal.

—Ya tengo que decirte bastante que sonrías en la pista, ¿ahora también tendré que hacerlo fuera?

Me vuelvo hacia la izquierda. Mi entrenadora, Camille Radinski, está a mi lado y en la mano lleva una bebida que, claramente, no es agua. Un paraguas rosa chillón atraviesa el luquete de naranja que está sujeto al borde del vaso y hay una mezcla rosa burbujeante dentro. Camille es mi entrenadora desde hace un montón, pero todavía hace más tiempo que forma parte de mi vida. Mi madre y ella eran mejores amigas. Es mi madrina y también la de Elisa y Maria, aunque con ellas nunca se ha llevado tan bien.

—Menuda fiesta —digo apretando los dientes.

—A tu madre le habría encantado.

Resoplo incrédula. A mi madre no le habría gustado lo increíblemente cara que es, pero lo cierto es que, si mi madre la hubiera organizado, nunca habría llegado a este punto.

—Adriana, se te olvida que yo la conocía mejor que nadie, incluso mejor que tú. A tu madre le encantaba una buena fiesta.

—¿No deberían reservarse para cuando vuelvan? Es decir, ¿hasta que ella gane algo?

Camille arruga los labios, una señal clara de que está de acuerdo conmigo, pero no quiere hablar mal de mi padre delante de mí. Elisa tiene bastantes posibilidades de ganar una medalla en Pekín. Tendría mucho más sentido dar una fiesta cuando haya ganado y tal vez nos lo podamos permitir de verdad. Las medallas olímpicas conllevan patrocinios de grandes empresas con dinero que derrochar. Y eso es lo que podría sacarnos por fin de esta crisis. Mi padre no tendría que hipotecar la casa y…

—Pero piénsalo —dice Camille, sacándome de mi espiral, una habilidad que ha perfeccionado en la década que llevamos trabajando juntas—, dentro de cuatro años estaremos haciéndote una fiesta de despedida a ti.

—No.

Niego con la cabeza. Las fiestas como esta no son lo mío. Ni siquiera estoy segura de querer una si gano una medalla. Solo de pensarlo me pongo nerviosa y me seco una palma sudada en la falda del vestido.

—Celebrar las cosas es importante, Adriana, sobre todo algo tan grande y que te cambia tanto la vida como tus primeros Juegos Olímpicos. Si Elisa no se fuera a Pekín, yo habría insistido en organizar una fiesta como esta para ti y tus compañeros de equipo que vais a París.

—París —repito, incapaz de borrar la sonrisa de mi cara—. Será, con diferencia, el lugar más grande y más guay al que habré viajado para patinar.

—Así es —dice Camille, y da un sorbo a su bebida, haciendo un ruido de apreciación por el sabor de aquel líquido rosa burbujeante, y su pausa hace que mi mente vuelva directa a donde estaba antes.

—¿Sabías que mi padre está pensando en hipotecar la casa?

Camille tose y se lleva una mano a la nariz, donde sospecho que ha terminado parte de la bebida.

—¿Eso te ha dicho?

—Lo he oído decirlo —respondo evasiva, con pocas ganas de recibir una lección sobre lo mal que está escuchar las conversaciones ajenas que desvíe la conversación actual.

—No es algo de lo que tú tengas que preocuparte —dice ella, pero tiene el ceño fruncido y su boca se convierte en una fina línea.

Confusión.

No lo sabía. Eso significa que mi padre no se lo ha dicho, lo cual, a su vez, significa que no quiere su opinión porque sabe que es una idea de mierda.

—No podemos permitir que lo haga —digo mientras el pánico vuelve a aumentar—. Podríamos perder la casa, la pista y todo.

—Adriana, respira. Nada de esto es responsabilidad tuya. Yo hablaré con él, ¿vale?

Siento que el nudo que tengo en el pecho se afloja. Camille siempre consigue hacer entrar en razón a mi padre. Lo cierto es que es la única a quien escucha últimamente.

—Ahora sonríe, que viene tu hermana —me avisa Camille con los ojos puestos en algún punto detrás de mí.

Me vuelvo y veo que la multitud se separa cuando Elisa se desliza hacia nosotras con su mono blanco nieve y su pelo rubio brillándole sobre los hombros.

Le dirige una sonrisa a Camille antes de volverse hacia mí.

—¿Ha llegado ya Brayden?

—No lo he visto.

—Es que quería asegurarme de que estuviera aquí para el brindis, para que las cámaras lo grabasen. Porfa, ¿vas a la cocina y les pides que esperen una hora o hasta que Brayden aparezca?

Eleva el tono al final de la frase, pero no es una pregunta.

—Yo… —empieza a decir Camille, pero yo niego con la cabeza.

—Gracias —dice Elisa, y en ese momento ve algo por encima de mi hombro—. ¡Oh, son los representantes de Nike! Debería ir a hablar con ellos.

Y se marcha antes de que ninguna de las dos pueda contestarle.

Pongo los ojos en blanco para que Camille los vea y dejo el vaso vacío en la bandeja de un camarero que pasa cerca. Me abro paso entre el gentío hacia la cocina, que está en la parte trasera de la casa. Los camareros, que llevan pantalones negros de vestir y camisa a juego, pasan casi esprintando bajo el arco de la puerta y vacían sus bandejas y las vuelven a llenar mientras una encargada frenética vocifera órdenes.

—Hola —le digo intentando llamar su atención, pero es evidente que no me oye mientras recoloca una fuente de champiñones rellenos antes de ofrecérmela sin mirar—. Eh, no, lo siento —me disculpo sin coger la bandeja.

Se vuelve hacia mí confundida.

—Soy Adriana, la hermana de Elisa. Me ha pedido que no saquen las copas de champán de momento. Todavía está esperando a que lleguen algunas personas.

La encargada del catering se pone roja.

—Ya hemos servido el champán en las copas. Va a perder las burbujas. ¿Cómo se supone que tengo que…? —Se le apaga la voz mientras mira al infinito como si yo hubiera destrozado cualquier esperanza de que aquella noche fuera bien.

—Lo siento mucho —digo, y me muerdo el labio intentando pensar en una solución que no haga que a Elisa le dé una apoplejía—. No debería tardar mucho.

Saco el teléfono, escribo un mensaje y lo mando esperando, aunque sea poco probable, que el destinatario lo vea pronto.

Una vibración responde casi al instante. Me doy la vuelta y al otro lado de la estancia está Brayden apoyado en la mesa de la cocina con una sonrisa encantadora en la cara y una copa de champán colgándole ya entre los dedos. Es alto, fácil de ver entre la multitud de camareros moviéndose con prisas por la cocina, tiene el pelo rubio arena algo desgr

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