El precio a pagar (Game Changers 3)

Rachel Reid

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Septiembre de 2018

—¿Eres feliz?

Ryan Price no sabía si el entrenador Cooper le estaba haciendo esa pregunta a él o al ordenador del que no había apartado la vista. La respuesta más sincera era que Ryan no podía recordar muy bien qué se sentía al ser feliz, pero eso habría sido incómodo de admitir, así que se limitó a responder:

—Claro.

—Bien —dijo el entrenador sin hacer mucho caso—. Me alegra oírlo. ¿Sabes ya dónde vas a vivir?

—Sigo en el hotel, pero estoy buscando…

—Supongo que eres todo un experto en cambiar de ciudad. —El entrenador por fin volvió la mirada hacia Ryan y le sonrió como si se le acabara de ocurrir el chiste más gracioso del mundo—. Ya habrás llenado el cartón para cantar bingo, ¿no?

—Sí. —Ryan ni siquiera se molestó en devolverle la sonrisa—. Más o menos.

El entrenador se recostó en la silla y cruzó los musculosos brazos sobre el pecho. Era probable que Bruce Cooper estuviera en mejor forma que cualquier jugador de la plantilla de los Toronto Guardians. Él nunca había jugado en la NHL, pero se mantenía en plena forma, como si quisiera sugerir a los jugadores que podía ponerse los patines y sustituir a cualquiera de ellos en cualquier momento.

—Bueno, ya sabes por qué estás aquí. No hace falta que te diga qué clase de jugador eres y qué esperamos de ti. Estoy seguro de que entiendes lo que quiero decir. —Dejó de sonreír y miró fijamente a Ryan.

Este entendió a la perfección lo que quería decir. Era lo mismo que le habían dicho todos los entrenadores que había tenido desde los dieciséis años: «Necesitamos que les des una paliza a los contrincantes que amenacen a nuestros jugadores de verdad».

—Sí, entrenador —dijo Ryan.

Acababa de terminar su primer entrenamiento con los Guardians y había ido… bien. Algunos jugadores lo habían mirado con curiosidad, pero ninguno había sido muy amable con él. Era obvio que la reputación de Ryan le precedía.

—La prioridad es proteger a Kent —dijo el entrenador—. Es un bocazas, pero no queremos que le hagan daño. Los chicos se lo pensarán dos veces antes de meterse con él sabiendo qué es, ya me entiendes, lo de «Paga a Price». —Sonrió.

Ryan se agachó.

—Sí. Entendido.

—Bien —dijo el entrenador con alegría—. Ahora, la otra cosa de la que quería hablar era de tu historial sobre no llevarte bien con tus compañeros de equipo.

Ryan Price se pasó la lengua por la parte inferior de los dientes frontales, raspando los restos de las cuatro pastillas antiácido que se había tomado antes de entrar en la oficina de su nuevo entrenador. Necesitaba la mayor cantidad de antiácidos posibles para enfrentarse a algo así.

—No es eso —intentó explicar Ryan—. O sea, no es que no me lleve bien con ellos. Es solo que… soy reservado. Supongo.

El entrenador frunció el ceño.

—Los Guardians son un equipo, Ryan. Tanto dentro como fuera de la pista. Los equipos se crean a partir de la confianza y el compañerismo.

—Lo sé. Me esforzaré más.

—Me alegro de oírlo —dijo el entrenador, como si el asunto estuviera resuelto.

Ryan no esperaba establecer vínculos muy estrechos con ninguno de sus compañeros de equipo. El hecho de ser torpe por naturaleza, tímido, con trastorno de ansiedad diagnosticado, con miedo a volar y, ah, claro, gay, no le convertía precisamente en un imán para los amigos en el típico vestuario.

Pero lo intentaría.

—Y otra cosa. —El entrenador bajó la voz y se inclinó hacia delante—. No se te va a ir la pinza con nosotros, ¿verdad? Como te ha pasado antes…

Ryan levantó las cejas.

«Guau. Qué directo».

—Pues… he estado trabajando en eso.

El entrenador entrecerró los ojos.

—Trabajando en eso, tipo, ¿cómo? ¿Meditación, yoga o algo así?

—No. O sea, un poco. Pero, tipo, yendo a terapia. Y me recetaron…

—Bueno, o sea que lo tienes bajo control. Estupendo. —El entrenador hizo un gesto con la mano, contento de haber terminado la conversación—. Venga, sigamos con los entrenamientos de pretemporada y así veremos dónde encajas en este equipo.

—De acuerdo, entrenador.

Cuando el entrenador volvió a prestar atención a su ordenador, Ryan se levantó, asintió con la cabeza y salió de la habitación. La pequeña charla no había sido muy diferente de la que había tenido con su último entrenador. O con el anterior. «Queremos que des miedo en la pista y que seas normal fuera».

Ryan volvió al vestuario para prepararse para las pruebas físicas que los Guardians tendrían esa tarde. Estando ahí, vio al jugador estrella de Toronto, Dallas Kent, hablando con otro jugador estrella, Troy Barrett. Kent era bajo para ser jugador de hockey, rubio y de ojos azules. No era lo que Ryan llamaría atractivo, pero eso se debía sobre todo a que se le veía la arrogancia desde lejos. Barrett era más guapo, con unos ojos azules penetrantes y pelo oscuro, pero aun así no era mucho el tipo de Ryan.

Ryan pensó que no estaría mal presentarse a los hombres a los que se suponía que debía proteger. Al acercarse, pudo oír a Kent describir con gran detalle a Barrett sus hazañas sexuales de la noche anterior. Kent ni siquiera miró a Ryan cuando llegó, dejándolo ahí de pie, incómodo, mientras terminaba su asquerosa historia.

—¡Te lo juro por dios, pensaba que se iba a desmayar!

Barrett se rio. Ryan carraspeó y Kent, por fin, alzó la vista.

—Ah. Hola. —Había un poco de sarcasmo en el tono de Kent.

—Hola —dijo, como un tonto. Le tendió la mano—. Soy Ryan.

Kent se quedó mirando la mano de Ryan y luego miró a Barrett. Al final, le estrechó la mano rápido y dijo:

—Creía que te habías vuelto loco.

—No —dijo Ryan, que sentía cómo las mejillas y el cuello se le ponían rojos—. Está todo en orden.

Barrett resopló. Kent miró a Ryan con expresión de asco.

—Joder, más te vale, Rojito.

Ryan apretó la mandíbula. Ese no era un nombre al que fuera a responder.

—Ryan —le corrigió. Enderezó la espalda y echó los hombros hacia atrás para mostrar toda su estatura. Dejó salir lo justo del monstruo que llevaba dentro para demostrarle a Dallas Kent que Ryan no era alguien con quien se pudiera jugar—. No Rojito.

Kent levantó las manos en señal de paz.

—Lo que tú digas, tío.

Se volvió hacia Barrett y siguió con su historia como si Ryan ya no estuviera allí.

Ryan sintió que se le oprimía el pecho mientras se iba a su puesto. Por suerte, había aprendido a calmarse solo durante esos ataques leves.

«Inhala dos, exhala tres. Inhala tres, exhala cuatro. Inhala cuatro, exhala cinco…».

Estaba bien. Se encontraba bien. Quedaba claro que Dallas Kent era un puto gilipollas, pero Ryan estaba bien.

«Esto es solo un trabajo. No eres tú. Tú eres más que este trabajo».

En todos los trabajos hay compañeros de mierda, ¿no?

Contó una respiración más; inhaló y exhaló y luego empezó a rebuscar en su bolsa de deporte, solo para distraerse con algo.

—¿Quieres saber un secreto?

Ryan se sorprendió por la pregunta inesperada. Se volvió y vio a Wyatt Hayes, que llevaba años siendo el portero suplente de Toronto.

—¿Cuál?

—Dallas Kent es —Wyatt se inclinó y bajó la voz hasta susurrar— un poco gilipollas.

Ryan balbuceó, sorprendido.

—¿Entonces no es solo cosa mía?

—Dios, no. Pero es una superestrella, ¿no? ¿Qué le vas a hacer?

A Ryan se le ocurrían un par de cosas que le gustaría hacerle.

Wyatt se rio.

—Hostia puta, Price. ¡Tu cara! ¡No puedes pegarle!

—Lo sé. No iba a hacerlo.

—Bueno, pero, si cambias de opinión, avísame. Yo quiero verlo.

Ryan negó con la cabeza, pero sonreía. Había decidido que Wyatt Hayes le caía bien. Así que eso ya era algo.

Había creído que quizá esta temporada sería diferente. En retrospectiva, no tenía ni idea de por qué. Desde que estaba en la liga júnior, Ryan había desempeñado sin quejarse el papel de enforcer en todos los equipos en los que había jugado. Nunca le había entusiasmado; si hubiera querido ser boxeador, habría podido seguir los pasos de su padre y haberse convertido en uno. Ryan quería ser jugador de hockey.

El verano anterior, tras enterarse de que lo habían traspasado una vez más, Ryan había decidido dedicarse por completo al entrenamiento. Había trabajado su forma de patinar, su velocidad y el acondicionamiento de la parte inferior de su cuerpo. Encontró un entrenador en Buffalo, donde aún vivía, y se mató a hacer esprints, zancadas, sentadillas y toda una pesadilla de actividades inhumanas similares.

Se había presentado en esa pista de entrenamiento en Toronto en la mejor forma en la que había estado en su vida, con la esperanza de que lo tomaran en serio como defensa. Daría todo lo que tenía en esas pruebas de aptitud física, pero dudaba que eso cambiara la opinión de alguien sobre el papel que desempeñaría en este nuevo equipo.

Dios. Ryan no estaba seguro de poder seguir con eso. Lo haría porque ¿qué otra cosa podía hacer? Su currículum era bastante escueto.

—¿Preparado para pasar por el infierno? —preguntó Wyatt.

Ryan sabía que se refería a las pruebas físicas, pero él estaba pensando en toda la temporada.

—Claro —respondió—. Acabemos con esto de una vez.

Capítulo 1

Fabian Salah odiaba el hockey.

Era evidente que ese día había partido, porque el metro estaba abarrotado de gente con jerséis azules de los Toronto Guardians. Fabian tenía ganas de sentarse; no le gustaba estar de pie en medio de toda esa gente mientras le juzgaban con su mente simple e ignorante. Había al menos un hincha con pocas luces que sin duda estaba burlándose de Fabian con desprecio.

Fabian mantuvo la mirada baja y resistió el impulso de burlarse de él también.

«Tres paradas más y ya llegas a casa», se dijo a sí mismo.

Una niña pequeña que llevaba un jersey rosa de los Guardians (porque era obvio que una hija no puede llevar otra cosa que no sea de color rosa chicle) le sonrió. Y él se obligó a devolverle la sonrisa.

No era culpa de la niña que él estuviera de mal humor. No era culpa de la niña que él odiara el hockey y que hubiera gente a la que le encantase, ni que sus padres estuvieran tan preocupados por imponer la reafirmación de género a su hija. Ella solo estaba disfrutando de una tarde con sus padres, animando a los chicos de su ciudad.

Fabian estaba seguro de que el equipo estaba lleno de jóvenes heroicos y honrados. Estaba claro que no era un grupo de imbéciles homófobos con complejo de machos alfa que fuera a celebrar esa noche su victoria haciendo cosas bastante repugnantes típicas de machotes. De todos los jugadores de hockey que Fabian se había visto obligado a conocer en su vida, solo uno no era una completa pesadilla.

—¿Es una guitarra? —le preguntó la niña del jersey rosa.

Fabian parpadeó.

—Es un violín —respondió tratando de ser lo más cordial posible.

—¿Y es tuyo?

—Sí.

—¿Y sabes tocarlo?

Fabian sonrió.

—Sí, claro. Creo que cuando empecé a aprender a tocarlo tenía más o menos tu edad. ¿Tú tocas algún instrumento?

Ella negó con la cabeza, pero luego dijo:

—Me gusta cantar y bailar.

—A mí también.

La madre de la niña la acercó hacia ella en los asientos contiguos y le susurró algo que seguro que era inofensivo, tipo «No molestes al pobre señor» o «No hables a desconocidos», pero Fabian no pudo evitar imaginarse que era algo más bien como «No hables con hombres que se pintan los ojos y las uñas».

La niña dejó de hablar con él, pero lo observó con atención durante todo el trayecto hasta la estación de Wellesley, en la que por fin Fabian se separó de la multitud de aficionados al hockey.

Mientras caminaba por Church Street, Fabian sintió cómo la tensión residual del viaje en metro abandonaba su cuerpo. Tenía cosas mejores en las que pensar que en estúpidos hinchas. Por un lado, la noche anterior había roto por fin su relación con Claude para siempre. Claude había sido el último de una larga lista de esnobs egocéntricos a los que Fabian, por la razón que fuera, había invitado a su cama. No diría que lo que habían tenido fuera una relación, sino que más bien habían estado viéndose en distintos eventos y, de un modo inevitable, habían acabado follando. Pero Fabian había terminado con esa gilipollez.

Ahora estaba en un buen momento. Tenía programados algunos conciertos muy prometedores, casi había terminado su nuevo álbum y la semana anterior había grabado una entrevista y una actuación en el estudio para la CBC Radio. Incluso sus padres se habían molestado en escucharla, así que sin duda había conseguido algo. Si las cosas seguían así, podría dejar su trabajo de media jornada, hacerse superrico y famoso, mudarse a una isla privada y no volver a ver nunca más a nadie con un jersey de hockey.

Ryan estaba convencido de que tenía la polla fea.

El tío que se la estaba meneando en la pantalla del portátil de Ryan tenía una polla impresionante. Era larga y recta y no muy gruesa. Era lisa y la tenía circuncidada, con los huevos depilados a la perfección. La polla sobresalía con orgullo de un cuidado puñado de rizos oscuros.

La polla de Ryan era gruesa y roja, y el vello que la rodeaba, naranja. Intentaba mantener esa zona bien cuidada, pero su vello púbico era tan rebelde como el que le cubría la cabeza y la cara. Sus huevos le parecían demasiado grandes y algo caídos. Su polla sobresalía de un prepucio abultado. La punta era gruesa y oscura y una vena muy prominente rodeaba todo el miembro.

Y, a diferencia del tío del vídeo que estaba viendo, Ryan tardaba una eternidad en correrse. Siempre había sido un poco lento en el sexo, pero el último año le había costado mucho más esfuerzo conseguirlo. Era consciente de que parte de culpa la tenían los ansiolíticos.

Cerró los ojos, anulando la imagen del señor Polla Perfecta, pero no los sonidos que producían sus gemidos. Ryan respiró lento, inspiró y espiró, y luego se miró la polla.

—Muy bien, colega. Podemos conseguirlo. Sin presión, cuando sea que llegues. Pero vamos a intentar hacerlo esta vez, ¿vale?

Se lo tomó con calma, acariciándose sin apretar y habiéndose echado mucho lubricante. Últimamente, el sexo, incluso consigo mismo, requería mucha paciencia. Por esa razón, rara vez arrastraba a alguien más a tener que pasar por ese calvario.

El tío de la pantalla estaba disfrutando mucho, soltaba palabrotas y jadeaba, además de prometer que iba a echar una gran corrida pronto.

—Chulo —murmuró Ryan.

Empezó a deslizar entre los vídeos recomendados que le aparecían debajo de ese porque sabía que iba a necesitar otro.

Ni siquiera estaba seguro de lo que estaba buscando. Le gustaban los vídeos de pajas porque podía fingir que estaba compartiendo una experiencia con alguien. Podía fingir que era él quien hacía gemir de placer al precioso tío que aparecía en la pantalla.

En cambio, estaba solo en su apartamento, soltando palabras de ánimo a su polla, que apenas mostraba interés.

¿Por qué no podía hacerlo? Estaba la hostia de cachondo, eso estaba claro. Llevaba meses sin acostarse con nadie. No se había corrido desde hacía más de dos semanas. La situación se estaba volviendo desesperada.

—Solo un pequeño orgasmo, colega. ¿Qué te parece?

Se sentía bien meneándosela así. Desde luego, no se sentía mal. Podía seguir así durante mucho rato y limitarse a disfrutar de las oleadas de placer que nunca llegaban a su punto álgido. A veces hacía eso: meneársela durante una hora o más sin llegar a correrse. Pero le resultaba frustrante y, además, esta vez estaba decidido a acabar.

—Ay, mierda —jadeó el chico del vídeo—. Joder, que me corro, me voy a correr…

Y entonces lo hizo. El muy cabrón.

—¿Sabes qué? —le gritó Ryan a su polla—. Hoy mando yo. Voy a poner otro vídeo, y lo vamos a ver los dos y voy a empezar de nuevo. Iré despacio, pero esta noche nos vamos a puto correr, joder.

No es que llegar le resultara imposible, pero tenía que estar relajado. No podía distraerse con nada, pero tampoco podía concentrarse de más. Las circunstancias tenían que ser las óptimas, todo tenía que encajar a la perfección como en un tiro a puerta vacía. Si conseguía encontrar ese punto ideal, podría alcanzar el orgasmo. Pero era un trabajo difícil de cojones.

Era hora de sacar la artillería pesada. Fue a su carpeta de favoritos y abrió un vídeo de una estrella porno que le gustaba en especial, llamado Kamil Kock. Era pequeño y delgado y un poco afeminado y llevaba un tatuaje de plumas de pavo real en el lado izquierdo del torso. Tenía unos preciosos ojos oscuros y la piel marrón claro. Ryan tenía muchos vídeos suyos guardados.

—Mira —le dijo a su polla—, es Kamil. Nos encanta Kamil.

Su polla se movió sin mucho entusiasmo. Algo era algo.

Ryan se pasó los siguientes veintisiete minutos viendo a Kamil Kock dar placer a su delgado y elegante cuerpo mientras él castigaba el suyo. Kamil tenía una entonación cantarina y sus largos y delgados dedos estaban cubiertos de anillos sobrecargados. Era bonito de un modo en que Ryan jamás podría serlo.

Ryan tenía un tipo, sin duda. Le gustaban los hombres que… difuminaran un poco los límites. La androginia le parecía muy sexy, y no era solo la belleza física de un hombre deslumbrante y arreglado lo que le atraía, le asombraba la seguridad en sí mismos. La valentía que tenían para ser ellos mismos y desafiar a cualquiera que dijera cualquier cosa al respecto. Nada excitaba más a Ryan que eso.

Hacía años que había salido del armario y eso significaba que no ocultaba adrede su orientación sexual, pero tampoco hablaba de ella. El modus operandi de Ryan durante la mayor parte de su carrera como jugador de hockey era a través de chats por internet o ligando en las distintas ciudades a las que iba. Sus compañeros de equipo no le hacían muchas preguntas sobre con quién se acostaba porque lo más probable era que no les importara. De todos modos, el hecho de jugar en un equipo diferente cada temporada había hecho que a Ryan le resultara difícil establecer vínculos estrechos con sus compañeros de equipo.

Y así era como Ryan había pasado desapercibido como jugador gay sexualmente activo de la NHL durante casi una década. Y ahora, en esta nueva era en la que Scott Hunter había besado a su novio en directo por televisión justo después de ganar la Copa Stanley, no parecía tan necesario esconderse. Hunter había tenido la suficiente valentía como para salir del armario el primero, y ahora ser un jugador queer de la NHL apenas resultaba interesante. Uno de los porteros de Vancouver se había casado con su novio ese verano, un hombre mayor y fornido que se ganaba la vida construyendo cabañas. Y un chico sueco que jugaba en Los Ángeles había empezado a publicar fotos en Instagram de él y su novio modelo. O modelo de Instagram. O algo así. En cualquier caso, era un tío buenorro que estaba fuerte.

Una cosa que Ryan había notado sobre los novios de los jugadores de la NHL era que todos eran muy masculinos. El novio de Scott Hunter era mono, pero no era lo que Ryan llamaría un twink. Y el tipo que le gustaba a Ryan tampoco encajaba de forma precisa con ser twink.

Así que quizá de golpe no estuviera mal visto que un jugador de la NHL tuviera novio, pero Ryan sospechaba que se esperaba que los jugadores de hockey tuvieran un cierto tipo de novio. Y, aunque a Ryan en general no le importaba lo que pensaran los demás (ni siquiera tenía cuenta en Instagram), la verdad era que no quería tener que dar explicaciones sobre sus elecciones.

Su otro problema era que era tímido de la hostia cuando había hombres guapos. No podía imaginar que quisieran mirarlo, y mucho menos tocarlo, así que rara vez conseguía estar con el tipo de hombres que a él le gustaban de verdad. Se conformaba con tíos que para él estaban más a su nivel.

Había habido un chico en Nueva Jersey (Anthony, un joven impresionante), que, aunque pareciese mentira, se había sentido atraído por Ryan. Parecía que le encantaba el físico de Ryan y su fuerza, así que durante un tiempo fueron una buena pareja. Pero él quería que Ryan le hiciera daño cuando se acostaban. No que le lesionara de verdad, pero sí que le causara dolor, y Ryan no podía hacer eso. Ryan había invertido demasiado tiempo en su vida causando dolor físico a los demás y pensar en llevarlo también a la cama le repugnaba.

Así que lo de Ryan y Anthony se acabó.

Esperaba que Anthony hubiera encontrado lo que necesitaba con otra persona. Alguien que no cargase con la misma mochila que él.

Ryan se dio cuenta de que se había quedado en blanco y se limitaba a mirar fijamente la pantalla, en la que Kamil se estaba estimulando el ano con un vibrador. La mano de Ryan sujetaba sin fuerza la polla, que se iba ablandando y no se movía.

Mierda. Se había distraído. Se acabó.

Se soltó la polla y esta cayó, exhausta, contra el muslo. Quitó el vídeo y cerró de un golpetazo el portátil. «Puta mierda de pastillas. Puta mierda de ansiedad. Puta mierda de actores porno con sus pollas perfectas y funcionales».

Se frotó la cara con la mano. Menudo partidazo de mierda estaba hecho. Hacía unos meses que había borrado su perfil de Grindr y ahora se preguntaba si debería reactivarlo. Quizá actualizar su descripción con algo tipo: «¿Buscas un rato decepcionante con un torpe peludo que lo más probable es que no se corra, aunque se la chupes durante una hora?».

A la mierda. Necesitaba irse a dormir.

—Mañana por la noche lo volvemos a intentar —advirtió a su polla—. Tú, Kamil y yo. Lo vamos a conseguir.

Su polla pareció retraerse aún más dentro del prepucio.

—Debería cortarte, con lo poco que colaboras —refunfuñó Ryan.

Capítulo 2

Fabian se preguntaba si le quedaría bien la sombra de ojos líquida «Enchantress» de la gama Glitter & Glow de Stila. Era la hostia de bonita.

Se aplicó un poco del producto de muestra en el dorso de la mano.

«Qué preciosidad».

Inclinó la mano bajo las luces fluorescentes de la tienda y observó cómo brillaba la sombra de ojos. El color le sentaba de maravilla con su piel morena.

Dejó la muestra en la estantería y volvió a su taburete detrás del mostrador de cosméticos. Se sentó en el borde y se balanceó hacia delante y hacia atrás, aburridísimo. Solo le quedaban cuarenta minutos de su turno de noche en el Savers Drug Mart, pero la tienda había estado prácticamente muerta durante la última hora y Fabian estaba más que listo para irse a su casa.

Se miró el maquillaje en el espejo que había sobre el mostrador frente a él. Todo seguía impoluto. Hoy había hecho un trabajo sobresaliente con el delineador líquido.

Suponía que estaba agradecido de tener un trabajo que le permitiera maquillarse de un modo bastante atrevido y experimental. Llevaba camisa y pantalones negros (que era el uniforme de todos los trabajadores de la sección de belleza de Savers), pero podía dar rienda suelta a su creatividad en la cara. El trabajo distaba mucho de ser glamuroso, ni siquiera llegaba a la elegancia que tenía una tienda de maquillaje de un centro comercial, pero había trabajos que le habrían resultado mucho más desmoralizantes. Al menos ahí podía ser él mismo.

Las puertas correderas automáticas se abrieron y Fabian levantó la vista. Su trabajo consistía en saludar cordialmente a tantos clientes al entrar en la tienda como pudiera, pero tenía la sensación de que ese tipo no estaba allí para comprar maquillaje. Era un hombre enorme, con una barba tupida y espesa y una larga melena pelirroja que sobresalía por debajo de su gorro de lana gris. Parecía un Papá Noel otoñal.

—Buenas noches —dijo Fabian con alegría. El hombre pareció sorprendido y miró a su alrededor hasta que sus ojos se posaron en Fabian—. ¿En qué puedo ayudar…?

«Hostia. Puta».

—¿Ryan? —soltó Fabian antes de tener tiempo de pensarlo. Aunque fuera Ryan Price, lo más seguro era que no reconociera a Fabian. O que ni se acordara de él.

El tipo que quizá era Ryan Price se quedó mirando a Fabian, con la boca abierta y los ojos muy abiertos. Y, por fin, dijo:

—¿Sí?

—Perdona —respondió Fabian rápido—. Seguro que no sabes quién soy. Es que…

—Fabian —dijo Ryan casi susurrando.

La cara de Fabian se iluminó.

—¡Sí te acuerdas!

Ryan asintió.

—Fabian —repitió.

Fabian salió de detrás del mostrador y se detuvo a un par de metros delante de Ryan, que no se movió en absoluto.

«Es. El. Puto. Ryan. Price».

—Mírate —dijo Fabian—. Eres… gigante.

Era incluso más alto de lo que Fabian recordaba. Era obvio que lo más seguro fuera que hubiera crecido desde que tenía diecisiete, pero Fabian también. Más o menos. Fabian seguía siendo unos treinta centímetros más bajo que Ryan. Y la barba —en realidad, todo él— le daba a Ryan un aire de motero rudo o vikingo. La última vez que Fabian lo había visto, llevaba la melena pelirroja corta y la cara sin vello.

La cara de Ryan por fin se relajó y sonrió con timidez.

—Casi no te reconozco —dijo en voz baja.

Entonces Fabian cayó en que quizá a Ryan le resultara un poco extraño que llevara delineador (que estaba perfecto) y sombra de ojos. El hecho de que se le pasara eso por la cabeza hizo que Fabian se pusiera más recto, como si retara a Ryan a que dijera algo al respecto.

Pero lo único que dijo Ryan fue:

—Te ves bien.

«Ah».

Fabian relajó los hombros, ya que parecía que no iba a haber pelea, y dijo:

—¿Y qué trae a Ryan Price a Toronto?

La sonrisa de Ryan se amplió y la mirada parecía más cálida.

—El hockey. Juego en los Guardians.

«Pues vaya, menudo corte».

—Quizá debería haberlo sabido —dijo Fabian—. Lo siento. Me temo que sigo sin ser fan del hockey.

Ryan se rio.

—No pasa nada. —Durante un rato, se quedaron allí de pie en un silencio incómodo, y luego Ryan dijo—: ¿Sigues tocando?

Fabian se animó.

—Ah, sí. Esto —Señaló la tienda que los rodeaba— es solo mi trabajo extra. El principal es la música.

—Tipo…, ¿tus propias canciones? ¿Las compones tú?

—La mayoría sí.

—¡Qué guay! ¿Y das conciertos?

—Sí. Toco mucho aquí, en el Village. Pero también por toda la ciudad. Y a veces en otras ciudades. El próximo sábado tengo un concierto en el Lighthouse.

Ryan frunció el ceño.

—¿«Lighthouse»? ¿Hay algún faro por aquí?

«Ay, no. Ryan Price sigue siendo adorable».

—No —dijo riendo Fabian—. Es el nombre de un bar que hay por aquí.

—Ah. —Ryan se sonrojó—. Sí, eso tiene más sentido.

—Sí. El concierto es para recaudar fondos para un albergue, y es en un local grande. Imagino que estará bien.

—Ah. Guay. —Ryan miró al suelo. Luego a Fabian. Después, detrás de él—. Eeeh, tengo que ir a recoger una receta, así que…

—¡Claro! ¡No te distraigo más!

—Sí. Bueno, eeeh… Me alegro de volver a verte.

—Yo también. Y ¿enhorabuena? Por jugar en los Guardians. Tengo entendido que es como la gran cosa.

Al decir eso, Ryan le volvió a sonreír con calidez.

—Gracias.

Entonces, Ryan se dio la vuelta y se dirigió hacia la parte trasera de la tienda.

Fabian se abrazó el cuerpo porque, de golpe, se sentía muy vulnerable y extraño. No esperaba volver a ver a Ryan nunca más, pero, de pronto, se vio transportado de vuelta a cuando tenía diecisiete años, cuando sentía ese enamoramiento confuso y ridículo por el jugador de hockey que había vivido con su familia durante menos de un año.

Los padres de Fabian habían alojado a miembros del equipo juvenil de hockey Halifax Breakers durante años. Al joven Fabian siempre le había molestado y había evitado a toda costa relacionarse con los odiosos obsesos del deporte que invadían su casa cada invierno. En realidad, los jugadores de hockey tampoco parecían haber tenido interés en Fabian.

Excepto Ryan.

Ryan había sido diferente y eso había desequilibrado por completo a Fabian. El Fabian adolescente era todo espinas, incapaz de ocultar lo queer, así que se protegía comportándose como un gruñón engreído. Sobre todo, se mantenía al margen, practicaba su música y rechazaba a cualquiera que intentara hablar con él. Un jugador de hockey grande y tonto no podía hacerle daño si a Fabian no le importaba una mierda.

Por eso Ryan había sido tan puto peligroso.

Ryan, que justo en ese momento estaba en la tienda de Fabian.

Fabian cayó en la cuenta de algo: si Ryan iba a buscar una receta a esa farmacia, significaba que lo más probable era que viviera en el barrio, que no solo era donde también vivía Fabian, sino que además era el barrio queer más grande de Canadá.

Lo cual no tenía por qué significar nada. Pero era interesante. Quizá.

Fabian vio a Ryan cuando salía de la tienda, con una bolsita de papel en la mano. Justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta, Ryan se detuvo y miró a Fabian. Ryan le dedicó una tímida sonrisita, le hizo un gesto con la mano y luego se fue.

Capítulo 3

Ryan miró al frente al subir al avión. Lo que no miró fueron los tornillos exteriores de la aeronave ni los complejos mecanismos que había visibles alrededor de la puerta abierta. No pensó en lo crucial que era que cada uno de esos tornillos, cables y finas placas de metal permanecieran en su sitio, ya que el más mínimo fallo podía provocar la muerte en llamas de todos los que iban a bordo.

Ryan no podía pensar en nada de eso. En su lugar, repasó su habitual lista previa al vuelo de pensamientos sensatos y que le tranquilizaban.

«Millones de personas vuelan cada día sin problemas».

«Lo más probable es que este avión haya despegado, volado y aterrizado cientos, si no miles, de veces sin problemas».

«El piloto no pilotaría este avión si no fuera seguro».

«El personal de cabina está tranquilo, contento y sonriente. Este es su trabajo diario».

«Tus compañeros están tranquilos».

«Volar es más seguro que conducir».

Ryan sabía que todo eso era cierto, pero no podía evitar el intenso temor que se apoderaba de él cada vez que subía a un avión. No podía dejar de pensar que era el único que sabía que todos a bordo estaban condenados. ¿Nadie se daba cuenta de que tenían que bajarse de ese avión ahora mismo porque estaba claro que era muy peligroso?

Ryan exhaló mientras se abría paso con su gran cuerpo por el estrecho pasillo. El traje le quedaba demasiado ajustado. ¿Por qué tenían que llevar traje cada vez que volaban? Se ajustó la corbata mientras buscaba un asiento libre en el pasillo.

—¡Pricey!

Ryan miró hacia la parte trasera del avión y vio a Wyatt Hayes saludándole con la mano desde detrás de un asiento. Ryan asintió con la cabeza y se acercó hacia donde estaba él.

—¿Cómo estás? —El tono de Wyatt era alegre. Sin duda, no parecía ser alguien que estuviera preocupado por

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