Capítulo 1

Hayden
La verdad no existe, solo es la versión de los hechos que escogemos creer. Y, por lo general, suele ser la que más nos gusta.
Mi trabajo consiste en seleccionar las versiones que gustarán, en complicidad con un tempo impecable y una red de fuentes fidedignas, todo ello sin ensuciarme las manos.
Que soy bueno, no es que solo lo diga yo, lo dicen las cuatro semanas seguidas que mi libro —El Un-Holywood, las confesiones inconfesables de las estrellas— lleva en lo más alto de las listas de superventas; lo dicen los millones de entradas diarias en mi sitio web y lo dice el récord de oyentes de mi pódcast.
Lo dice Los Angeles Times, que en la edición de esta mañana me ha dedicado una doble página en la sección de Cultura. Los intelectuales ya han puesto el grito en el cielo, pero tengo una mala noticia para ellos: el gossip también es cultura.
Que soy bueno, también lo dirá Elsie Kepler, cuando me entreviste dentro de una hora en Show Don’t Tell, su programa de televisión, siempre en la cima de los índices de audiencia. Cuando la Kepler te convoca como invitado principal, quiere decir que lo has conseguido.
Siempre que llegues a la hora.
Biii-biiip. Biii-biiip.
El plasta que tengo detrás no para de tocar el claxon. No debe ser de Los Ángeles. Si lo fuera, sabría que no sirve de nada.
—¡Mueve el culo! —grita asomando la cabeza por la ventanilla.
Confirmado, no es de Los Ángeles.
Se calcula que un angelino pasa una media de sesenta y dos horas en embotellamientos, con lo cual tienes dos opciones: o sufres una crisis nerviosa cada vez que te pones al volante, o te adaptas al ritmo de la ciudad y le sacas el mayor provecho.
Mi receta para sobrevivir es medio litro de iced coffee para llevar, playlist de música para entendidos y la capota del coche bajada: de este modo, hasta el infierno de la Harbor Freeway resulta soportable.
Pero una llamada entrante interrumpe «Break On Through», de The Doors, y la voz de Jim Morrison es sustituida por la de Corey, mi representante.
—Solo buenas noticias —le respondo.
—Pues sí que te parezco previsible. ¿Ni siquiera un triste «Hola, ¿cómo estás?» o un «¿Qué hay de nuevo?»?
—¿Necesitas mimitos, Corey?
—Me conformo con los preliminares.
—Seguro que me perdonas si te llevo a cenar fuera.
—No me parece un gran sacrificio, teniendo en cuenta que lo incluirás en la cuenta de gastos.
—Eso no es cierto —miento.
—Pusiste en la cuenta de gastos hasta mi regalo de cumpleaños, Hayden.
—Soy un hombre práctico —respondo a modo de justificación.
—Pues si eres tan práctico, ¿por qué aún no has llegado a los estudios de Show Don’t Tell? Elsie y yo llevamos media hora aquí esperándote —me regaña, impaciente—. Estoy seguro de que ni siquiera has salido.
—Eso no es verdad, voy de camino. Ya tengo el rascacielos en mi campo visual.
—Seguro que acabas de salir —se reafirma, cortante.
—La culpa es tuya, te pedí que no concertaras citas antes de mediodía —le recuerdo—. Yo trabajo de noche.
—Según el navegador, de Santa Mónica al Downtown se tarda media hora. No te pongas dramático, cualquiera diría que estás atravesando el Gobi a lomos de un mulo.
—¿Aún no entiendes que no debes guiarte por los tiempos que marca tu navegador neoyorquino? Aquí se necesita el tiempo que se necesita, y llegaré cuando llegue —le replico armándome de paciencia, mientras tomo un sorbo de café. Corey hace tres años que vive en California, y aún razona como si siguiera en Greenwich Village.
—¡Podrías coger el metro!
—El metro es para los ratones y para quienes viven en una ciudad húmeda, oscura y apestosa como Nueva York.
—¿Me estás llamando ratón?
—Te estoy diciendo que no existe ningún motivo para enterrarse en el subsuelo prematuramente, cuando puedes gozar del sol, del azul del cielo, de la sombra de las palmeras y del perfume del mar.
—Si tengo que seguir oyéndote declamar versos de tercero de primaria, te aumentaré la comisión. Es que lo tuyo es cosa de locos, ¿de qué te sirve conducir un Porsche si siempre acabas metido en un atasco de tráfico?
—En un atasco de tráfico, pero al lado de un Corvette con dos chicas en biquini —puntualizo mientras las saludo con un gesto que ellas me devuelven.
—En cualquier caso, te llamaba por dos temas importantes: número uno, la Octagon Media quiere comprar espacios publicitarios en tu sitio web.
—Ya tenemos un contrato estupendo con Amazing Streaming —le recuerdo—. Más que estupendo. Con lo que me pagaron en publicidad me he comprado el apartamento en The Palm, una de las zonas residenciales más lujosas de Santa Mónica, con vistas al mar.
—Sí, pero el año que viene vence el contrato, y la Octagon nos ofrece una cifra de seis ceros por promocionar su plataforma.
—Ya sabes que soy un sentimental, y no sé decirle que no a un cheque como ese. —No hace falta insistir mucho para convencerme—. ¿Y el segundo?
—He hablado con el brazo derecho de Larson, el mandamás de ABS. Quiere tenerte como colaborador fijo en su programa estrella del viernes por la noche. Está al corriente de lo que haces, tus profecías sobre quién se casará, quién se divorciará…
—No —respondo tajante—. Las profecías solo son para mi pódcast. Si prescindo de ellas, todo se vendrá abajo.
—¡Pero estamos hablando de Thank God It’s Friday! ¡Tiene casi la misma audiencia que Saturday Night Live!
—No —repito.
—Solo diez minutos por programa.
—Ni aun así.
—Mira que te lo pagarían muy bien.
—Solo faltaría que me pidieran hacerlo gratis.
—Hayden, piénsatelo: televisión, cobertura nacional.
—No y no.
—Me acabarás provocando una gastritis, Hayden. ¿Qué digo?, pero si ya la tengo. Mi trabajo es hacerte saltar a la fama, no dedicarme a recolectar ofertas de los anunciantes, como el párroco al final de la misa. Hoy son diez minutos en televisión, mañana puedes ser el copresentador, y dentro de dos años tendrás tu propio programa… ¿Quieres seguir siendo un personajillo de la web todo el tiempo? Vale, solo tienes que decírmelo, y entonces sabré para quién estoy trabajando. Yo vine a Los Ángeles por ti, te descubrí, te he hecho crecer, pero, si ahora me niegas esa posibilidad, será mejor que haga las maletas y vuelva a Manhattan.
Ya estamos, el viejo truco de la tentativa de chantaje por dimisión.
—Me lo pensaré —le indico, ventilando el asunto del único modo indoloro que conozco, es decir, sin darle una respuesta.
—¿De verdad? —Su voz suena cargada de esperanza.
—De verdad. —Por fin la fila de coches empieza a circular; fuera cual fuese la causa, el atasco se ha disuelto—. Ya vuelvo a circular; enseguida estoy ahí.
—¡Eh, Míster 911! —grita una voz femenina a mi izquierda. Es una de las chicas en biquini, que se asoma por la ventanilla del pasajero. Extiende un brazo y me lanza un paquete de chicles.
Me subo las gafas de sol hasta la frente, la miro indeciso y ella me indica con un gesto que lo abra. Tras lo cual, el coche, que ya tiene el camino despejado, me adelanta, y las dos chicas desaparecen entre el tráfico.
El paquete no contiene chicles, sino una nota con dos nombres, acompañados de unos números de teléfono. Bethany y Fiona.
¿Esta mañana ya os he dicho que soy el amo de Los Ángeles?

Otro motivo para amar Los Ángeles, aparte de las chicas en biquini, es lo fácil que resulta aparcar. O puede que yo sea un tío con suerte, porque, las pocas veces que dejo que Corey conduzca, nunca encuentra una plaza y se pone paranoico. Aprecio a Corey, pero creo que tendré que buscarle un nuevo psicólogo —el regalo de cumpleaños del que hablaba—, porque tengo la impresión de que no lleva bien lo de su estrés.
Los estudios de Show Don’t Tell están ubicados en un rascacielos que perfora el terso azul de la mañana con su punzante aguja, en la única área de la ciudad donde los edificios crecen en vertical, en lugar de en horizontal.
Al haber nacido y crecido en San Francisco, estaba acostumbrado a ver los rascacielos pegados los unos a los otros, muy juntos, para aprovechar al máximo la lengua de tierra que se extiende sobre el mar, y en la que se agolpan casi diez mil personas por kilómetro cuadrado, pero, cuando llegué a Los Ángeles para estudiar Comunicación y Periodismo en la Escuela Annenberg, adscrita a la USC —la Universidad del Sur de California—, tuve la sensación de que por primera vez entendía lo que realmente significaba respirar.
Esto, entre otros motivos, me indujo a quedarme.
Con mi café en una mano y los números de Bethany y Fiona en el bolsillo de la camisa, me dirijo a la recepción del edificio para obtener una acreditación.
El vestíbulo está atestado de gente que va y viene, dentro y fuera de los ascensores, y subiendo y bajando las escaleras mecánicas, pero me percato de que el equipo encargado de la seguridad se mueve como una masa compacta, en formación de asalto.
—Buenos días —saludo a uno de los vigilantes—. West, para Elsie Kepler. Soy uno de los invitados al programa.
El hombre —en la tarjeta que lleva prendida de la solapa del uniforme pone «Antoni»— consulta el ordenador.
—West… West… Necesito su documentación. Hayden West. —En cuanto acaba de pronunciar mi nombre completo, abre los ojos de par en par y los clava en mi rostro—. ¡¿Hayden West?! ¡¿«Ese Hayden West?! —Señor, te lo ruego, ojalá no haya puesto en ridículo a alguno de sus ídolos. Cuando lancé la primicia del escándalo que habían protagonizado los jugadores de la NFL, por poco pierdo el pellejo, con todos aquellos hinchas enfurecidos. Mi post les costó la descalificación a tres jugadores de los equipos que iban en cabeza, y los Pacific Storm, sin su quarterback estrella, perdieron la Super Bowl.
Estoy vivo de milagro.
Pero yo no tengo la culpa de que unos jugadores que cobran verdaderas fortunas sean codiciosos hasta el punto de amañar los resultados de los partidos para ganar aún más, haciendo apuestas ilegales.
—Sí, soy yo —confirmo sin poder disimular mi pánico.
—¡El rey del chismorreo! —exclama entusiasmado, ahuyentando con ello todos mis temores—. Gracias por darles una buena tunda a esos bravucones de los Pacific Storm.
Sin añadir nada más, se levanta una pernera del pantalón y me enseña un calcetín con el escudo de los San Francisco 49ers. Puede que Los Ángeles sea mi ciudad adoptiva, pero el equipo que llevas en el corazón no lo cambiarías por nada. Y, en cualquier caso, si los hinchas de los Storm, de los Voltage y de los Tornado me quieren ver muerto, todos los aficionados de los equipos rivales me querrían hacer presidente.
—Solo he hecho mi trabajo.
—Mi mujer lo adora, ¡si supiera que usted está aquí…! ¿Me permitiría el atrevimiento de pedirle un autógrafo?
—Voy a llegar tarde al programa.
—Tengo el periódico de hoy —dice, agitando la página que me ha dedicado Los Angeles Times, y me tiende un bolígrafo—. «Para Robyn».
Al parecer no tengo escapatoria, de modo que accedo.
—«Para Robyn» —repito, concentrado en escribir la dedicatoria en diagonal sobre mi foto, que aparece en el centro de la página—. «Con afecto de Hay…».
—¿Puede firmar como «Wild Wild West»?
—Hum, Wild Wild West es el nombre de mi página —objeto.
—Así se entiende mejor.
—Ya está —le digo, devolviéndole el bolígrafo y el periódico—. ¿Puedo irme ya?
—Necesito ver su documentación —me recuerda.
—Yo diría que mi identidad está más que confirmada.
—Si por mí fuera no habría problema, pero esta mañana se ha colado un intruso fingiendo que era un técnico del aire acondicionado que venía a hacer el mantenimiento de las oficinas de Bracknell & Bradbury. Y resulta que, cuando ha llegado, el abogado Bracknell ha dicho que no esperaba a ningún empleado de mantenimiento.
—¿Por eso el equipo de seguridad está en alerta?
—Sí. No lo hemos visto salir, de modo que aún debe de estar en el edificio.
—Vaya, pues se ha metido en la boca del lobo. —Le paso mi carnet de conducir, consciente de que ahora ya se está haciendo muy tarde, y mi elegante retraso se ha convertido en un retraso grosero—. Hasta luego.
Antoni me pasa una tarjeta de esas que se cuelgan del cuello, con la palabra «visitante».
—Planta veinticinco.
Entro en el ascensor bajo la amenazante mirada del personal de seguridad, pulso el botón 25 y espero a que suba. Las puertas se cierran, pero la cabina no se mueve.
Pulso varias veces el botón, que sigue rojo, sin que en la pantalla aparezca la cuenta atrás del ascenso. Puede que no necesiten un técnico para el aire acondicionado, pero sin duda sí que necesitan uno para los ascensores.
Doy un brinco del susto que me provoca un estruendo inesperado que resuena en la caja del ascensor, seguido de un golpe y la consiguiente sacudida que hace temblar la cabina.
Un terremoto, ahora, no. Quienes viven en California saben que lo hacen en una zona sísmica, están acostumbrados, y todos sabemos que, durante esta década, o en la próxima, habrá «uno muy bestia», pero esperárselo no significa que este sea el mejor momento para verificarlo.
Existen tres lugares en los que nadie querría encontrarse durante un terremoto: en la última planta de un rascacielos, sentado en el váter o atrapado en un ascensor. ¿Y dónde estoy yo? Exacto.
En cuanto cesa el temblor, la cabina empieza a ascender, pero, una vez que llega a la planta, las puertas no se abren. Fantástico.
Pulso el botón de emergencia para que alguien me saque de aquí. Ya tengo un mensaje de Corey en el móvil.
«¿Dónde narices estás? Elsie empieza a impacientarse».
«El terremoto ha bloqueado el ascensor», respondo.
«¿Un terremoto? No me vengas con gilipolleces».
Corey está al límite de sus fuerzas.
Me dispongo a responderle cuando uno de los cuatro paneles del techo del ascensor se mueve, cae a mis pies y lo esquivo de milagro. Por un centímetro, no me da en la cabeza.
Pero mi sorpresa aún es mayor cuando una persona aparece en el hueco del techo.
Bueno, sería más correcto decir media persona, puesto que está colgando cabeza abajo, debatiéndose como si hubiera quedado encallada: es un tío con sombrero, bigote y un peto azul de Super Mario, que farfulla para sí frases tipo «Mierda», «Joder», «Ya casi lo tenía».
—¿Necesita que le eche una mano? —le pregunto.
—Todo bien, gracias —responde con una voz que suena muy poco masculina.
—Si usted lo dice…
Que conste que yo me he ofrecido.
Super Mario se sacude de nuevo para tratar de liberarse, pero lo único que consigue es que se le salga el pelo de la gorra, dejando al descubierto cuando lo hace una larga cabellera castaña. ¿Quién soy yo para juzgarlo?
Se le acaba de caer el móvil del bolsillo frontal del peto.
A modo de salvapantallas lleva una foto de Katherine Graham, la histórica directora del Washington Post.
Solo conozco a una persona tan obsesionada con Katharine Graham como para llevarla de fondo de pantalla en el móvil. Una persona con una larga melena castaña. Y es la segunda catástrofe más destructora de Los Ángeles después de un terremoto.
—¡Cortez! —exclamo—. Veo que después de todos estos años por fin has decidido dejarte crecer el bigote. Te queda bien. Puede que un poco demasiado a lo Groucho Marx, pero al menos te hace parecer mayor de edad.
Capítulo 2

Sofía
¡Ay, Dios…!
Ojos azules, cabello oscuro, camisa azul celeste, mueca de complacencia. Lo reconozco incluso cabeza abajo.
Hayden West, no. Hoy, no.
Capítulo 3

Hayden
Ella, que aún sigue cabeza abajo, me mira fijamente, boquiabierta, y murmura:
—¡Ay, Dios…!
—Tampoco hay que exagerar; con Hayden es suficiente.
—Que te jodan, West —me suelta, con ese aire aguerrido que es su marca registrada.
—Ahora sí te he reconocido
A causa del calor y del sudor, el bigote postizo se le despega del labio y revolotea hasta el suelo como una mariposa negra.
Nuestro amistoso reencuentro se ve interrumpido por el equipo de seguridad, que fuerza la puerta del ascensor.
—¡Aquí está el intruso! —exclama el primero que entra, señalando a Sofía—. La intrusa.
Sumo dos más dos y ya lo veo claro.
—¿Técnico de aire acondicionado? —le pregunto—. Has tardado lo tuyo, pero por fin has decidido renunciar al periodismo y emprender una carrera sólida y seria.
—¿Tú, precisamente, me hablas de seriedad? ¿Con tu página web de clasificación de residuos?
—Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.
—Le pido disculpas, señor West —me interrumpe el segundo miembro de la seguridad, aún más confuso que el primero—. Pero… ¿Se conocen?
—¡NO! —exclama ella.
—De la universidad —respondo—, pero creo que miss Cortez preferiría quedarse en ropa interior antes que reconocer que me conoce.
—Puedes apostar lo que quieras, West.
—Entonces ¿no es su cómplice? —trata de aclarar Seguridad 1.
Doy un paso atrás y alzo las manos.
—Jamás.
—Sigo aquí arriba, por si no lo habéis notado —protesta ella.
—¿Te has metido ahí tú sola, o me equivoco? Entonces no sé de qué te quejas. Bajas, y punto, ¿no?
—¡Estoy atascada! La cinturilla del peto se me ha enganchado en las molduras de metal del techo del ascensor.
—Adelante, bajémosla —se dicen entre sí los otros dos miembros de seguridad. La sujetan por la cintura y tiran de ella, sin resultados—. Está muy atascada.
—Ya os lo dije —comenta ella con un suspiro.
—Démosle un tirón fuerte y seco, a la de tres —ordena el jefe del grupo.
—Uno, dos… ¡¡¡Tres!!!
¡Raaasss!
Sofía aterriza en el suelo, tras oírse un ruido de tela rasgada, solo con la mitad superior del peto puesta, totalmente deshilachada. La parte inferior, que sigue en el techo, ahora cuelga del agujero.
Sofía trata de estirar todo lo que puede los jirones que aún conserva de la prenda, pero resultan insuficientes para cubrirle las bragas.
«All you can eat» —Come cuanto quieras—, reza una inscripción bordada en la zona del pubis, sobre una fresa situada estratégicamente.
Miro a Sofía, Sofía me mira a mí, y se sonroja hasta las orejas. Sabe que lo he leído.
—Vamos, señorita Cortez, el director quiere verla —le ordena Seguridad 2—. Por favor, entréguenos su móvil para que podamos revisar el contenido.
—No lo tengo, lo he perdido —miente ella—. Registradme, si no me creéis.
Esa es la Sofía Cortez que conozco: altiva y desafiante, incluso con el culo al aire.
Me agacho, recojo el teléfono del suelo y se lo paso a los agentes.
—¿No será este, por casualidad?
Seguridad 1 lo coge y lo examina.
—Conque lo había perdido, ¿eh? Vamos, tenemos algunas preguntas que hacerle, y será mejor que las responda —le advierte mientras tira de ella para sacarla del ascensor.
Sofía se vuelve hacia mí.
—Capullo —masculla entre dientes.
—De nada —le respondo guiñándole un ojo antes de que abandone la cabina, en la planta veinticinco.
Detrás de aquel caótico grupo distingo a Corey, que me mira perplejo.
—¿Qué estabas haciendo en el ascensor con una tía en bragas? Espero que tengas una buena explicación.
Capítulo 4

Sofía
—Recuérdamelo, Sofía, ¿de cuántos edificios te han echado en Los Ángeles? —me pregunta Oliver, el director del periódico para el que trabajo.
Estamos en su despacho, después de que haya acudido a «rescatarme» de los guardias de seguridad del cuartel general de Bracknell & Bradbury.
—De cuarenta y uno —respondo mirando al suelo.
—De cuarenta y dos, si contamos aquel café de Venice Beach.
—Que conste que estaba fuera del Brunchies —puntualizo, ofendida—. ¡Y, además, no podían echarme de la playa, que es suelo público!
—Te hiciste pasar por malabarista.
—Sé voltear naranjas en el aire. —Hasta cuatro, para ser precisos.
—¡Y esta vez te colaste en los conductos de ventilación! Te lo advierto, Sofía, otro de tus numeritos circenses y te meto en la sección de Meteorología —me dice a modo de amenaza—. Cúbrete con esto —añade, pasándome su impermeable negro—. En un cuarto de hora tenemos consejo de redacción.
No es la primera vez que hago frente a un contratiempo, pero soy una periodista de investigación, ¡mis métodos no son convencionales! Puede que haya cometido algún error de cálculo, pero estaba a un paso de salir indemne y con una exclusiva de primera página.
Desde luego, si hubiera sabido que iba a destrozarme el peto y a quedarme atrapada en el hueco de un ascensor, habría escogido mejor mi lencería esta mañana, pero resulta imposible calcular todas las variables.
Y, por supuesto, no podía imaginarme que Hayden West estaría en aquel ascensor.
El condado de Los Ángeles tiene una extensión de doce mil puñeteros kilómetros cuadrados, en los que viven casi trece millones de personas, pero hoy él tenía que estar justamente allí, en mi ascensor. Esta vez Michelle me la paga. Michelle, mi compañera de piso —no somos amigas, solo nos une la necesidad de tener un techo bajo nuestras cabezas y de pagar a medias un alquiler que no nos obligue a vender nuestros órganos en el mercado negro—, tiene la mala costumbre de usar todas mis cosas como si fueran suyas. Incluidas las bragas. En el cuarto de baño tenemos una cómoda con la ropa interior, con un cajón para ella y otro para mí. En teoría.
—¿Has cogido tú las últimas bragas limpias? —le he preguntado cuando he salido de la ducha y he visto que mi cajón estaba vacío.
—Es que todas las mías estaban sucias.
—¿Y no se te ha ocurrido lavarlas?
Claro que no, y por eso he tenido que ponerme un tanga de lo más vulgar, que me regalaron en la inauguración de un sex shop. ¿Y por qué estaba yo en la inauguración de un sex shop? Pues… porque había bufet libre, no creo que sea necesario dar más explicaciones.
Yo soy de llevar ropa interior sobria, pero conservaba esta prenda debido a una fatal combinación de premisas que mi madre y mi abuela me inculcaron desde niña: «es gratis» + «nunca se sabe». Y, por desgracia, lo del «nunca se sabe» ha tenido que cumplirse precisamente hoy. Y él lo ha visto. Me ha visto en bragas, y con un bigote postizo, por si fuera poco.
En la sala de reuniones ya están todos los colaboradores alrededor de la mesa. Oliver es el único que permanece de pie. Me fijo en que los colegas me miran y a su vez intercambian miradas fugaces entre ellos, de modo que ya se ha corrido la voz.
—Te he guardado una silla —me susurra Cindy, la única a quien había informado de mi misión. No solo me ha guardado la silla, sino que también me tenía preparado un bloc de notas, un bolígrafo, un paquete de pañuelos de papel, gel desinfectante y un zumo. Al parecer, como tiene cinco hijos, sabe anticiparse perfectamente a las necesidades de los demás. Se ocupa de la sección de Economía, pero empezamos a trabajar en Hollywood y Alrededores al mismo tiempo, hace cuatro años, y es la primera vez desde entonces que no la veo embarazada.
—¿Estás bien, Sofía?
—Más o menos —farfullo semioculta tras el vaso de zumo.
—Bien, ahora que ya estamos todos, podemos empezar —dice Oliver—. El punto fundamental de esta reunión es el siguiente: la Octagon Media nos ha dejado, y era nuestro principal anunciante. Aunque la verdad es que todos los demás también se están marchando. ¿Y quién paga nuestros gastos? Los anunciantes que compran los espacios publicitarios en la web. ¿Y qué exigen los anunciantes para comprar espacios publicitarios en nuestra web?
—¡Yo lo sé! —exclama Kim levantando la mano—. Clics. Quieren clics.
—Era una pregunta retórica, Kim —le explico—. Todos sabemos qué quieren los anunciantes.
—Clics —corrobora Oliver—. Y están en continuo descenso.
El jefe está haciendo hincapié en una obviedad. Hace meses que lo sabemos, pero hacemos como las azafatas durante una turbulencia: sonreímos y nos mostramos tranquilos. Mientras ninguno de nosotros entre en pánico, la impresión general es que no hay de qué preocuparse.
Pero ahora ya no sonríe nadie.
—El consejo de administración del grupo editorial se reunió el miércoles: nos dan seis meses para recuperar el cincuenta por ciento de los contratos que teníamos el año pasado, o cierran el periódico —nos informa Oliver—. Se admiten ideas.
—Yo podría encargarme a tiempo completo de los temas de sociedad —se ofrece Kim.
Abro la boca para decir algo al respecto, pero Cindy apoya la mano en mi brazo y me lanza una mirada elocuente. Sabe lo que pensaba comentar: que Kim ya pasa todo su tiempo con temas de sociedad, por lo que no sería un gran cambio. Y siempre acaba endilgándole trabajo a alguien para poder terminar sus artículos de salud, bienestar y belleza. Y ese alguien soy yo, y podrían darme un título por todo lo que he aprendido sobre inyecciones de colágeno, ácido hialurónico de alto y bajo peso molecular, todas las clases de péptidos existentes y vitaminas, hasta para realzar los senos.
—Tendríamos que ser los primeros en obtener las exclusivas —sigue diciendo Oliver, dirigiéndose a quienes nos encargamos de la sección de Actualidad: Norton, Drew, Trish y yo. Norton cubre Sucesos, Drew, Política, y Trish, Extranjero.
—¡Ya lo tengo! —exclamo.
Oliver alza los ojos al techo.
—Como ya sabes, estoy siguiendo la alarmante falta de viviendas que está asolando Los Ángeles desde hace diez años. La soga se estrecha cada vez más y los precios de las viviendas están por las nubes. Tenemos viviendo en nuestras calles a un cuarto de los sintecho de todo Estados Unidos; familias enteras pernoctan en sus coches, en los aparcamientos de los supermercados…
—Gracias, Sofía, pero ya lo sabemos. Todos vivimos en Los Ángeles, por si no lo recuerdas.
—Pues entonces sabrás que la Administración se comprometió a construir viviendas subvencionadas, pero ya ha pasado el doble del tiempo que dijeron que tardarían en edificarlas, y no están acabadas ni la mitad; además, los costes se han disparado. Bien, pues sospecho que Bracknell & Bradbury, el despacho de abogados, está actuando de intermediario para adquirir un terreno que debería destinarse a viviendas subvencionadas, y en el que su cliente, por el contrario, pretende edificar el enésimo complejo residencial de superlujo. Esta mañana he estado allí, me he identificado como «técnico de aire acondicionado», y cuando he llegado a sus oficinas me he metido en los conductos de ventilación del falso techo para poder grabar sus conversaciones —les explico entusiasmada—. Nadie lo sabe, seremos los primeros…
—La crisis de la vivienda no es ninguna novedad. Cualquiera te respondería que el complejo de superlujo activa la economía, y las viviendas de protección oficial, no —concluye Norton en tono fúnebre.
—Es un artículo que ya está muerto antes de que empieces a escribirlo —remata el jefe—. Si tanto te importa, úsalo para tu blog, como has hecho con otros artículos.
—Nunca me tomas en serio —mascullo cruzándome de brazos.
—Me las tomo demasiado en serio tus batallas, pero, por muy nobles que sean, no tienen ningún interés para los lectores: la crisis del fentanilo, la degradación de Skid Row…
—¡He hablado con una sintecho que toma anfetaminas todas las noches para mantenerse despierta, para que nadie entre en su tienda y la viole mientras duerme! —le replico, apuntándole con el dedo.
—La suciedad en los bosques… —sigue enumerando.
—La maleza y los árboles muertos los convierten en barbacoas a punto de arder… —argumento en mi defensa. Disfruté mucho con aquella investigación: me hice pasar por agente forestal durante una semana—. ¿Me estás diciendo que los incendios forestales no le interesan a nadie?
—Lo dicen los números, Sofía, no lo digo yo, y, aunque aprecio tu perseverancia, aquí debemos mantener en pie un periódico, y nosotros no decidimos lo que quieren los lectores. Los delitos y los crímenes sostienen las columnas; siempre hay algún escándalo político al que Drew puede recurrir, y a Trish no le faltan las tensiones internacionales —responde con cara seria—. Entre los NFT, los bitcoin y Dios sabe qué más, Cindy sigue prometiendo nuevos modos de hacerse rico, y Kim, con la salud y la belleza, ya va servida. Estamos en Hollywood y Alrededores, ¡todo el mundo anda tras la receta de la belleza y la juventud eternas! El círculo se estrecha, Sofía.
—¿Esta reunión no será para decirme que ya no sirvo para nada? Porque no me parece muy elegante echarme a la calle delante de todos.
—No, pero debes pensar en lo que puedes ofrecer realmente al periódico para que salga a flote —me replica Oliver, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa.
—Te he recitado todo mi historial, ¿qué más quieres?
—Chismorreos —responde sin pestañear.
—¿Qué chismorreos?
—Desde que Devin fue trasladado a Florida, no contamos con nadie que se dedique a los escándalos, a los cotilleos y los dramas de las estrellas, dentro de lo que llamamos Hollywood y Alrededores. ¡Y ya no digamos en el mismo Hollywood!
—¿No te parece que ya hay bastantes sitios que se dedican a eso? —objeto.
—No, puesto que los que ya existen obtienen unas cifras astronómicas y crecen de día en día. ¡Mira Wild Wild West!
¡No, por favor! Otra vez, West, no.
—Estoy abonada a su canal exclusivo con los espóileres incluidos —exclama Kim—. Se entera de todo antes que nadie.
—Necesitamos hacer lo mismo que hace West —sostiene Oliver con mucho convencimiento.
—Muy bien, pues que lo haga Kim —propongo.
—Yo ya me encargo de Sociedad —me replica ella—. No puedo hacerlo todo.
—Sofía. —Oliver parece estar al límite de sus fuerzas.
—Todos debemos pagar impuestos, hacer la compra, enviar a los hijos al colegio…
—No pretendas hacerme pasar por una heroína solo para incitarme a escribir de traseros reconstruidos y de traiciones. Mi ego no lo precisa.
—Tu ego no, pero el periódico sí. O lo haces tú, o encontraré a otro que lo haga, y entonces sí que ya no servirías para nada.
—Sofía —me susurra Cindy. No dice nada más, pero tampoco hace falta. El tono de su voz es una mezcla de «tranquilízate» y «sé razonable».
—Vale. La investigación de Mar Vista me la reservo para mi Telegram en streaming. Después no me vayáis detrás pidiéndomela cuando se convierta en un contenido de interés. ¿Quieres chismorreos? Pues te daré chismorreos —claudico, con la boca del estómago luchando desde ya contra la acidez—. Pero con una condición: si dentro de seis meses la cantidad de clics vuelve a ser aceptable para permitir que el sitio siga abierto, volveré a mis investigaciones.
—Entretanto, concéntrate en los cotilleos y ya hablaremos dentro de seis meses —responde Oliver, inamovible.

Volvemos a nuestros escritorios con las instrucciones claras, todos a una en busca de titulares sensacionalistas.
En caso de duda, hay que preguntarle a Kim, la reina del clickbait: con las palabras «sexo», «sangre» o «tragedia» siempre encuentra el modo de convertir un artículo flojito en el Armagedón.
Todos hemos leído el código ético sobre la transparencia en los titulares, pero en realidad nadie lo respeta.
—¿Cómo lleváis lo de los bailecitos? —nos pregunta Kim, irrumpiendo en el despacho que compartimos Cindy y yo.
El suyo está enfrente del nuestro, pero casi siempre está aquí con nosotras.
—¿Por qué? —me intereso, temiéndome lo peor
—Como nueva social media manager de HeD, quiero asegurarme de que todos estamos a la última para poder ser virales. Sería conveniente que nos aprendiéramos algunas coreografías para publicarlas, sobreimpresionando nuestras noticias.
—No —le respondo.
—¿No sabes bailar? —me pregunta, parpadeando de asombro—. Los puertorriqueños deberíais llevar la música en la sangre.
—Costarricense —la rectifico—. Mi madre es de Costa Rica, no de Puerto Rico.
Kim me mira frunciendo el ceño.
—Bueno, en cualquier caso, eres latina.
—Costa Rica se encuentra entre Panamá y Nicaragua. Puerto Rico es una isla del Caribe; ni siquiera están cerca.
—¡Ahora no me sermonees en plan racista! ¡Que yo soy medio china!
—Pues por eso, es como si yo dijera que China y Japón son lo mismo…
Mi explicación cae en el vacío, a juzgar por su mirada carente de interés.
—Kim, ¿no crees que podríamos emplear las redes sociales de un modo más orgánico, en lugar de bailando? —interviene Cindy para apaciguar el enfrentamiento que está a punto de producirse.
—Si «Nuestra Señora de las Investigaciones» aquí presente no despreciara tanto los cotilleos y se dedicara a encontrar noticias jugosas, incluso podríamos llegar a tener una columna fija.
—No los desprecio. —Mentira—. Lo que pasa es que no me interesan.
—Para empezar, podrías echarle un vistazo a Wild Wild West —me sugiere Cindy. Antes o después, su espíritu constructivo acabará matándome.
—O también podríamos echarle un vistazo directamente a Hayden West. —Kim se apropia del teclado de mi ordenador y teclea el nombre. Estupendo, ahora Hayden West aparecerá en mi cronología—. ¡¿Eh?! ¿Qué me decís? —West me guiña un ojo, apoyado en el lateral de su Porsche Carrera azul, a toda página.
—Ya sé qué pinta tiene West. Una pinta de mierda —respondo ignorando la pantalla.
—Gira un poco el monitor —le pide Cindy, y de pronto me siento molesta porque esta vez no está de mi parte. Kim la complace, y mi amiga resplandece de admiración.
—Felicidades a su madre.
Le lanzo una mirada cargada de despecho que ella no capta.
Dejo que Cindy y Kim se deshagan en halagos, que me hacen sangrar los oídos, sobre lo elegante que es West —ya puede serlo: con una familia tan rica como la suya, yo también parecería el heredero al trono británico—, sobre lo anchos que tiene los hombros, sobre el marcado perfil de su mandíbula y la boca tan bien delineada…
—La belleza no es un mérito en sí mismo —sentencio, esperando que mis palabras sean tomadas en serio.
—¿Sabes cómo lo llaman? —le pregunta Kim, ignorándome—. Míster 911.
—¿Como su coche? Qué patético —refunfuño.
—911 no es un modelo de coche. —Kim deja escapar una sonrisita maliciosa, con los labios tensos y un mohín pícaro—. 911 es una medida, Sofía.
—¿Una medida? —pregunta Cindy.
—Añade una coma detrás del 9 y la palabra «pulgadas» detrás del 11.
—¿Qué es lo que mide 9,11 pulgadas? —inquiere mi amiga.
—Has tenido cinco hijos, usa un poco la imaginación.
Cindy me mira primero a mí, después a Kim, y por fin coge una regla de plástico y señala con los índices cuánto son 9,11 pulgadas.
—911 no es una medida. Es el número de teléfono que deberás marcar a la mañana siguiente, porque seguro que no podrás sostenerte sobre tus piernas.
¿De verdad estamos hablando de las proporciones del pene de Hayden West? La jornada no podría estar yendo peor.
—Me lo han confirmado distintas fuentes —insiste Kim—. Claro que lo bueno sería poderlo comprobar en persona. Sé que suele ir a El Cielo Club, donde se reúnen las celebridades, pero solo he logrado entrar una vez, y esa noche no estaba. ¡Qué lástima!
—Perfecto, ¡ahí va una idea, Sofía! —exclama Cindy—. ¡Esta noche te presentas en El Cielo!
—¿Para hacer qué? ¡Además, esta noche tengo mi Telegram en streaming!
—No creo que nadie lo eche de menos —me replica Kim, muy tajante.
—Ve a recoger el material para escribir tus artículos de chismorreos —me apremia Cindy—. ¿Recuerdas? El periódico, pendiendo de un clic, despidos…
Una vez finalizados tan convincentes argumentos, Kim se baja de mi escritorio y sale del despacho.
—Felicidades, en caso de que logres salir en la lista.
—¿Y qué debo hacer para que me pongan en ella?
—Te pasaré mi contacto, pero tú reza todas las oraciones que sepas.
—Gracias, Kim.
—Oh, no. Esto no es un favor. Es un intercambio: tú harás los bailecitos para mí.
Capítulo 5

Hayden
Elsie me muerde el labio inferior con ferocidad. Me ha arrastrado hasta su camerino y, tras cerrar la puerta con llave, se ha abalanzado sobre mí.
Estoy bastante seguro de que podría hablarse de falta de consentimiento por mi parte, pero también es cierto que, durante las pausas, entre una toma y otra, hemos flirteado sin pudor.
Sobre todo ella, y yo le he seguido la corriente.
—Tengo tu libro en mi camerino. ¿Te importaría firmarme un autógrafo? —me ha preguntado mientras nos quitaban los micrófonos. He aceptado su invitación, pero reconozco que no soy tan ingenuo como para haberme creído que realmente quería que le firmase El Un-Holywood.
Elsie es una exniña prodigio de programas infantiles y una exreina de series para adolescentes, en las que trabajó hasta que fue imposible hacerla pasar por una jovencita de diecisiete años. Finalmente, se casó con el productor de la serie, pasando de novia de América a esposa ideal de América, y acabó volviendo al candelero como presentadora de talk shows, en los que sigue contando con el cariño del público, que nunca ha dejado de quererla.
Ella y su marido se ponen los cuernos mutuamente desde hace años, pero son una pareja demasiado poderosa para divorciarse; son ricos, pero no tontos.
Elsie era el sueño de todo chico de mi generación en plena tempestad hormonal —incluido yo—, y, aunque solo era cinco años mayor que yo, parecía que fueran veinte.
Hoy en día, la diferencia de edad no se nota, y gracias a las evidentes ayudas de la cirugía estética conserva su imagen de entonces; por mi parte, aunque ya no estoy enamorado de Elsie, esta cita improvisada satisface las ansias de mi yo adolescente. Puede que resulte patético, pero desafío a cualquiera que esté en mi lugar a decir «No, gracias, no me interesa».
Sus manos me hurgan por todas partes, famélicas, mientras la sujeto por la cintura y la apoyo en la puerta, invirtiendo nuestras posiciones, con sus piernas rodeándome las caderas.
—¿También pondrás esto en tu dedicatoria? —me pregunta entre jadeos.
—Nunca escribo sobre mí.
—¿Con cuántas mujeres has estado?
Esta pregunta también me la ha hecho durante la entrevista, pero no he respondido.
—Tienes ganas de saberlo, ¿eh? —le digo en broma, mientras la ayudo a desabrocharme el pantalón, pues le está costando con esas uñas tan largas que lleva—. ¿Por qué te interesa tanto?
—Porque quiero saber si soy la cazadora o la presa.
—¿Tú qué quieres ser?
—Creía que era la cazadora, pero ahora ya no estoy tan segu… Ah…
Se le rompe la voz cuando la acaricio a través de las bragas.
Y, de pronto, mi cerebro me retrotrae a la imagen de Sofía con el peto de electricista y su tanga con la inscripción «All you can eat».
Vuelvo a verla colgada cabeza abajo, con el bigote, y a Katharine Graham, impetuosa y altanera a pesar de estar con el culo al aire, rodeada de cuatro hombres…, y estallo en una carcajada.
—¿De qué te ríes? —me pregunta Elsie.
—De nada… Yo…
—¿Te ríes de mí? He hecho algo que…
—¡No! Es que me he acordado de algo que ha pasado esta mañana en el ascensor —la tranquilizo—. Había una tía que…
Elsie me planta las manos en el pecho y me atrae hacia sí.
—Estás pensando en una tía que te has encontrado en el ascensor cuando estás a punto de follarme —me suelta, indignada.
—No era en ese sentido; ha sido una situación extraña. Ella iba en bragas… —sigo explicándole, pero Elsie libera las piernas de mis caderas y se baja la falda.
—¡Y encima iba en bragas!
—No me hacía nada.
—Muy considerado por su parte.
Desbloquea la cerradura y abre la puerta, tras la cual aparece Corey con el puño en alto, como si estuviera a punto de llamar.
—Eres un imbécil, Hayden. Vete con la tía de las bragas.
Y se marcha, desapareciendo por el pasillo sin volverse.
Corey se la queda mirando, después me mira a mí y a continuación la bragueta de mis pantalones.
—No sé si quiero saberlo.
Me subo la cremallera de un tirón y me abrocho los pantalones.
—¿Vamos a almorzar?

—Has estado muy bien con las respuestas en la entrevista. Esta noche prevén que se disparará la audiencia —me informa Corey mientras nos sentamos frente a dos platos de ensalada de aguacate—. Lástima que ahora también te hayas granjeado la enemistad de Elsie.
—De enemistad, nada. Ha sido un malentendido. Mándale unas flores, junto con mis excusas.
—Su cara no me ha parecido de esas que se suavizan con un ramo de flores. ¿Qué lío has montado esta vez con la tía del ascensor? ¿Quién era esa chiflada?
—Una a la que hacía años que no veía —respondo mientras tomo un bocado, a la espera de que Corey diga algo, pero él está esperando a que contextualice—. Ambos íbamos a la Escuela Annenberg de la USC.
—¿Una periodista? —pregunta, sorprendido—. ¿Y os habéis acostado?
—Pero ¡qué dices! ¡¿Yo, acostarme con Cortez?!
—¿Y yo qué sé? Solo pregunto…
—Sofía Cortez es una plasta de campeonato. Dirigía el periódico universitario, el Daily Trojan, y publicaba artículos en mi contra, un día sí y otro también.
—¿Qué me dices? ¿De entre todas las chicas del campus había una que no idolatraba al presidente de los Eta-Delta-Theta?
—Si había alguien que odiaba las fraternidades, era precisamente ella. ¿Sabes? Era una de esas activistas obsesionadas con la abolición de los privilegios y otras gilipolleces por el estilo. Ya te digo. Imagínate, al día siguiente de que me nombraran presidente de Eta-Delta-Theta, le puso el siguiente título al artículo: «“Waste” es el nuevo presidente». «Waste», es decir, «desecho» —le aclaro, para que capte mejor el concepto.
—¿El nuevo presidente es «basura»? Me parece un juego de palabras genial.
—¿Puedes hacerme el favor de no ponerte de su parte? Eres mi representante; yo soy quien te paga.
—Tienes razón, perdona… Pero ¿qué hacía la tal Cortez dentro del ascensor, y en bragas?
—No lo sé, pero, fuera lo que fuese, era ella. —Me doy golpecitos en la sien con el dedo—. Nunca ha estado muy bien de la azotea.
—¿Dónde trabaja ahora?
—Con seguridad, en una de esas redacciones de poca monta —respondo encogiéndome de hombros—. ¿Dónde están mis nachos con queso?
—Le he dicho a la camarera que no los trajera mientras estabas en el cuarto de baño.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Me preocupa tu colesterol: solo comes porquerías y apenas te mueves. No necesitas perder peso, pero debes mejorar tu estilo de vida: desde mañana vendrás a entrenar conmigo.
—Yo ya practico deporte: con la ansiedad que me provocas, es como si hiciera cardio. ¿Lo oyes? —Me acerca la muñeca—. Seguro que estoy a ciento veinte.
—No te lo crees ni loco.
—Pues no pienso hacerlo. Los calisténicos me dais miedo. ¿Cómo lográis levantar todo el peso de vuestros cuerpos con los dedos?
—Pasaré por tu casa a las nueve. Hoy irás a comprarte un chándal —me ordena, y le respondo con un gesto amenazante.
De pronto, me suena el teléfono, interrumpiendo la conversación.
—Mi madre.
—¿Por qué le contestas siempre, si no la soportas?
—Porque es más fácil responder y darle la razón que desviar doscientas veces sus llamadas. Contigo también lo hago. ¡Hola, mamá!
—Hayden, ¿cómo estás? ¡Te he visto en el periódico de esta semana!
—Deja que lo adivine, has enviado a tu asistente a secuestrar todos los ejemplares de Los Angeles Times para que no lo vea ninguno de tus amigos.
—No seas tonto, sabes que estoy contenta de tu éxito; siempre has sido un chico inteligente y determinado. También es cierto que hubieras podido emplear mejor tu inteligencia y tu determinación, como hizo tu primo Nathan.
—¿Para qué me has llamado, mamá? —le pregunto sin rodeos. No me apetece escuchar un panegírico de Nate. Lo quiero como si fuera mi hermano mayor, y le daría un riñón si lo necesitase, pero, de los dos, él es el que siempre lo hace todo bien, y el modelo a seguir.
—Necesitaría que comprobases algo por mí —responde, yendo directa al grano.
«Comprueba», en su idioma, significa «pásame chismorreos bajo mano acerca de ciertas personas sobre las cuales necesito obtener información reservada». No soy el hijo del que presume en las cenas con sus amigas, pero, cuando lo necesita, sabe a quién recurrir.
—¿Sobre quién?
—La sobrina de Abrahams.
—¿Vuestro competidor en las primarias del partido a las presidenciales?
Sé de quién está hablando, pero quiero que me lo confirme.
—Sí. Al parecer, la dulce Celine, que es la novia de uno de los delfines del ala católica, tiene una aventura con un personaje poco recomendable. Un rapero.
Eso también lo sé. A Celine le queda pequeña la vida de buena chica, siempre de casa a la iglesia, y viceversa, y la he visto moverse en el círculo de Kit Supreme, un rapero con unas letras y un pasado muy controvertidos.
—¿Buscas una confirmación o un desmentido?
—Abrahams no es el candidato adecuado, tiene ideas anticuadas y no confía en las bases. Sería imposible gestionar su campaña. No tiene madera para llegar a Washington. Los West nunca apostamos por el caballo perdedor.
—Ya lo he pillado, necesitas que pierda votos en las primarias —concluyo sin que ella lo diga—. ¿Y crees que bastará con Celine?
—Cuenta con muchos apoyos, así que toda ayuda es poca para despejarle el camino a Johanna Mosly. ¿Podrías hacérmelo saber cuanto antes?
—A ver qué encuentro. —¿Para qué decirle que ya tengo un abultado archivo con material sobre Celine? Mejor hacerla esperar; si no, pensará que mi trabajo es demasiado fácil.
—Gracias, tesoro.
—Esta noche soy el invitado de Show Don’t Tell —le informo—. Échale un vistazo, si te apetece.
—Oh, Hayden, esta noche ceno con los patrocinadores de la campaña de Johanna, así que no podré. Puede que recupere el programa en streaming.
—Sí, puede —respondo cuando ella ya ha colgado.
Corey me mira con aire culpable: mientras yo hablaba con mi madre, ha hecho que le traigan unos nachos, y le cae un hilillo de chédar por los labios. No lo reprendo por ello; es más, yo también cojo uno.
—¿Lady West Wing está tramando la caída de un rival político? —me pregunta.
—Como siempre.
—¿Entonces ¿para afianzar la campaña de la mujer candidata, necesita destruir la reputación de otra mujer? —farfulla mientras mastica—. ¿Eso no es un contrasentido?
—La política se rige por una lógica, que no puede explicarse de forma lógica.
—¿Qué tal es haber nacido en el seno de una de las familias que mueven las piezas del tablero político del país? Los West Wing.
—Una mierda —le respondo con total sinceridad.
—Es un ambiente que a mí siempre me ha fascinado. ¿Sabías que durante mi etapa universitaria fui voluntario de la campaña presidencial de los demócratas? Pero después cambié de entorno.
—Tú mismo te has respondido.
«West Wing» es un apodo que mi familia se ha ganado por su capacidad de identificar y fabricar al perfecto candidato ganador. Cualquier político que haya estado bajo la tutela de los West ha llegado a la Casa Blanca —presidentes, portavoces de la Cámara, secretarios de Estado—, de ahí lo de «West Wing», como el ala oeste de la Casa Blanca, donde se encuentra el Despacho Oval. Mis padres son estrategas políticos, gestionan las comunicaciones, la imagen, la financiación de los candidatos. Mi primo es congresista.
Pero yo estoy mejor aquí.
Sin embargo, lo que hago a menudo también resulta útil en su campo.
—¿Esta noche veremos tu entrevista? —me pregunta.
—Esta noche iré a El Cielo. Tengo trabajo que hacer.
—Tú siempre tienes trabajo que hacer, Hayden.

El Cielo Club es uno de los locales más exclusivos de West Hollywood, adonde la élite acude para mirar y ser mirada.
Un poco como sucede en todos los locales A-list de esta parte de la ciudad, salvo que este es famoso por lo que no puede hacerse dentro: ni fotos ni vídeos. Si te pillan in fraganti, te echan y entras en la lista negra.
Cuando abrieron el club basándose en esta premisa, todo el mundo pensó que cerraría sus puertas tras la segunda velada: en la era de las redes sociales, del «si no lo posteas, es que no ha sucedido», ¿a quién se le ocurriría frecuentar un club donde uno no pudiera compartir el mero privilegio de encontrarse allí con quien está en su casa muriéndose de envidia? El mundo gira en torno al «yo lo tengo, y tú no; yo estuve allí, y tú no».
Sin embargo, es como si las estrellas hubieran suscrito un acuerdo tácito: lo que pasa en El Cielo, se queda en El Cielo, y el único modo de saber quién asistirá a las veladas es apiñarse a lo largo de Santa Monica Boulevard y esperar a ver cómo desfilan los coches que acompañan a las celebridades hasta la entrada. Cuatro noches de cada siete, una hilera de paparazzi apunta sus objetivos hacia las puertas negras, con la esperanza de ver si quien entró acompañado saldrá solo, o si, por el contrario, quien llegó solo saldrá con alguien, convirtiendo la acera en una alfombra roja permanente.
Entonces ¿por qué dejan entrar a un vampiro de los chismorreos en una reserva protegida? Pues porque yo he intercedido en la cesión del local a los nuevos administradores. En la práctica, soy un socio in pectore.
Cuando aparco mi coche y dejo atrás toda la fila de aquellos que esperan ver cómo desenganchan el fatídico cordón de terciopelo y son admitidos en el Empíreo, una figura femenina parada ante el atril, de espaldas, capta mi atención. La brisa nocturna hace ondear su largo vestido verde semitransparente, revelando la silueta de unas piernas que prometen ser la puerta de entrada al paraíso. Ya lo sé, no hay que mirar a las mujeres como si fueran objetos, bla, bla, bla; si se volviera hacia mí, podría admirar su rostro, pero ahora solo distingo su cara B, que es una obra de arte. Lleva el pelo recogido en una cola altísima, que en mi imaginación perversa ya se ha convertido en la protagonista de una escena prohibida a los menores, y, si me apuran, también a muchos mayores.
