El bucle infinito

Isabel Martín

Fragmento

Capítulo 1

1

Cuando la puerta se abrió con su tintineo característico, supe que era ella, a pesar de la capucha que casi le ocultaba la cara. Se quedó allí, de pie, sacudiéndose el agua del abrigo, como un perrillo mojado, encogida por el frío y por la mirada un tanto desdeñosa del camarero que estaba junto a la entrada. O eso supuse. Se la veía tan fuera de lugar, tan indefensa, que me equivoqué completamente al juzgarla.

—El paraguas, en el paragüero.

Imaginé por el gesto que el camarero le decía algo parecido y que ella le contestaba sin mirarle que no tenía paraguas mientras me buscaba entre las mesas.

La lluvia y el viento habían convertido el paseo de Recoletos en un páramo inhóspito y El Pabellón del Espejo, una burbuja de otro tiempo en medio del tráfico de Madrid que yo solía utilizar de escondrijo, estaba más concurrido que de costumbre, pues servía como refugio a los transeúntes que habían desafiado al dios de la tormenta.

Me gustaban esos días. El mal tiempo me ofrecía la coartada perfecta para permanecer más de lo previsto en el trabajo. Mi madre no iba a llamarme, ni mis amigos, ni aquella novia casi invisible que aparecía de vez en cuando en mi vida y que cada vez me fastidiaba más. Estaba lloviendo y, cuando llueve en Madrid, los planes se posponen a la espera de una mejoría que nunca está lejos.

La había citado allí porque quedaba al lado de mi lugar habitual de trabajo, los sótanos de la Biblioteca Nacional, que se desdibujaba tras el manto de agua al otro lado del paseo.

Era una cita de trabajo, pero con unas condiciones de hermetismo que no solían exigir mis clientes.

Levanté la mano y enseguida vino hacia mí sin hacer ningún ademán de reconocimiento, con la misma seriedad que si la estuvieran invitando a sentarse ante un tribunal de oposición. Casi podía escuchar el chapoteo de sus pasos en el piso de mármol, aunque eso era también parte de mi cosecha, pues con el barullo que había en el café era imposible percibir un sonido tan leve.

Le eché un vistazo general mientras llegaba hasta mi mesa y se quitaba el abrigo, que no había conseguido proteger el pantalón de las manchas de lluvia. No tendría más de veinticinco años, aunque el pelo estirado y recogido en una coleta y la ropa oscura y sin forma le daban un aire envejecido. El rostro anguloso, de facciones afiladas, se suavizaba con unos labios grandes, pálidos y carnosos que contradecían su aspecto general de contención. Las manos largas, de uñas cortas, casi desaparecían bajo las mangas de una chaqueta negra de punto cuyos puños estiraba de vez en cuando como en un tic.

Me miraba muy fijamente, con el ceño un poco fruncido, como si no se creyera que yo era quien decía ser.

—¿Miguel Saguar? —Tenía una voz mucho más enérgica de lo que esperaba y me estrechó la mano con un fuerte apretón que contradecía su aspecto anticuado—. ¿Cómo me has reconocido?

—Internet.

La había encontrado en la foto de un congreso de no sé qué que se había celebrado en Madrid hacía poco.

—El Congreso de Biofísica. —Julia Serrietz parecía dispuesta a ir al grano—. Me han dicho que eres uno de los restauradores con más prestigio de la profesión y yo quiero al mejor. Pero necesito saber si, además de restaurar, serías capaz de transcribir el texto del libro.

Le dije que esa no era mi especialidad y que podía recomendarle a varios profesionales competentes, pero ella no quería que interviniera nadie más en el asunto. Yo debía ser la única persona que viera el libro.

Tanto misterio me parecía una chorrada, pero el cliente... ya se sabe. Me arrellané en el respaldo de la silla y le pregunté por el tipo de transcripción que se suponía que tenía que hacer. ¿Era un libro escrito en castellano?

—Creo que sí. Está datado entre los siglos XVI y XVII. Pero está muy deteriorado, no se puede leer bien el texto.

Aquello me tranquilizó. Afortunadamente un libro de esa época era bastante legible si se estaba acostumbrado a ello, aunque seguía sin entender algo.

—¿Puedo preguntar por qué es necesario que el trabajo lo haga una sola persona?

—No, no puedes.

No supe qué contestar. Aproveché que el camarero estaba cerca para dejar que ella pidiera un café mientras yo tomaba un sorbo del mío esperando que continuara. Se sentó erguida, al borde del asiento de terciopelo rojo que tan poco le pegaba. Permanecimos en silencio hasta que le trajeron el café mientras yo contemplaba sus manos, que no paraban de toquetear el azucarero, lo que supuse se debía a inseguridad y a nervios. Qué poco la conocía.

En el exterior, las nubes negras de tormenta se arremolinaban sobre la plaza de Colón y los árboles del paseo parecían esculturas clamando al cielo por su desnudez. Siempre he sido un poco excesivo con las imágenes.

—Este libro es muy importante para mí —siguió—. Estoy dispuesta a pagarte una suma considerable si aceptas el trabajo.

Insistí. Yo no tenía ninguna experiencia en ese campo. Todos los restauradores, si además han estudiado Historia, como yo, tienen ciertos conocimientos de castellano antiguo y otras lenguas romances, pero suponía que ella necesitaba un profesional.

—Me arriesgaré.

—Como quieras. Pero te advierto que, si no quedas satisfecha con el trabajo, no devuelvo el dinero.

—Me parece justo —dijo tan seria como siempre, sin responder a mi broma, ¡por Dios!—. Entonces aceptas.

Antes, le dije, tenía que ver el ejemplar, evaluar los daños y comprobar si era capaz de transcribir el texto. Pero ella, sin bajar ni por un segundo la guardia, volvió a sorprenderme.

—No quiero que veas el libro antes de comprometerte con el trabajo.

Aunque me mostré irritado y dubitativo a la hora de aceptar, no dio su brazo a torcer. Era más terca que una mula.

—Estas son mis condiciones.

Su voz era firme y segura, como la de alguien acostumbrado a mandar, aunque no era capaz de imaginarla en ningún puesto ejecutivo.

—El libro está en la caja fuerte de un banco y no voy a sacarlo de allí hasta que aceptes el trabajo y me firmes un documento de confidencialidad —dijo—, pero te aseguro que no te vas a arrepentir. Este va a ser el trabajo más importante de tu vida.

Yo estaba tan asombrado que no sabía qué decir. Permanecí en silencio unos segundos analizando los pros y los contras de todo aquello. En primer lugar, no sabía qué credibilidad conceder a aquella mujer que parecía un poco chiflada. Y, sin embargo, me producía curiosidad su aspecto anticuado y su brusquedad, casi graciosa de tan extrema. También me tentaba, tengo que reconocerlo, el misterio que rodeaba el asunto, el hecho de que pudiera ser, de verdad, un trabajo tan especial. Pero, por otra parte, estaba la Biblioteca, el libro de horas que acababa de comenzar y también la novela eterna para la que llevaba toda la vida documentándome y que siempre era la excusa perfecta para dejar de hacer lo que no quería hacer.

Solía trabajar en la Biblioteca, pero no era funcionario. Nunca había querido entrar en su engranaje burocrático. Era personal contratado por obra; trabajaba en proyectos concretos y cuando estos acababan también lo hacía mi contrato. Aunque, en la práctica, siempre estaba más o menos relacionado con ellos, tenía la potestad de dedicarme a trabajos privados cuando las circunstancias así lo requerían.

Ella consultó el reloj de su muñeca sin disimulo y esta vez sí me miró a la cara fijamente, esperando una respuesta. Tenía los ojos muy negros, con unas largas pestañas que parecían más oscuras por la palidez de la piel que las rodeaba. Me recordó una madona renacentista, digna, erguida, de pelo tirante sujeto en un moño invisible y un óvalo de cara casi perfecto. Incómodo por su escrutinio, decidí aceptar su propuesta y le prometí que intentaría hacer el trabajo lo mejor posible.

—Pero sigo sin entender todo este misterio.

—No tienes por qué entenderlo —replicó—. ¿Cuándo puedes empezar?

—Cuando quieras.

—El libro no podrá salir de mi casa. Irás allí a trabajar. ¿Hay algún problema con eso?

Claro que había un problema y muy gordo. No iba a permitirle que me mangoneara de aquella manera. Tenía que dejar las cosas claras desde el principio. Agarré el anorak y la bufanda, dispuesto a levantarme en cualquier momento. Hasta entonces había aceptado todas sus condiciones, pero aquello no era negociable. En mi casa tenía un laboratorio muy bien instalado, incluida una caja fuerte ignífuga de última generación. Muchos de los libros que restauraba eran ejemplares únicos de gran valor.

—Tendrás que fiarte de mí y prestarme el libro. No te preocupes, no correrá ningún peligro.

Pareció dudar por primera vez desde que nos habíamos encontrado.

—Está bien. Pero quiero estar allí mientras trabajas. Abrirás y cerrarás la caja fuerte en mi presencia y me darás la llave.

Esa mujer me iba a complicar mucho la vida, lo sabía. Tuve que hacer un esfuerzo para no largarme de una vez y dejarla allí, con su flequillo mojado y su pinta monjil. Obviamente, no había ninguna llave. ¿Qué se creía, que tenía una caja fuerte del siglo XIX?

—Mira —dije, intentando contemporizar—, esto no va a funcionar si me tratas como si fuera un destructor en serie de libros antiguos. Puedes venir a mi casa cuando quieras, puedes quedarte todo el tiempo mirando cómo trabajo, aunque te vas a aburrir como una ostra, pero no tienes más remedio que confiar en mí. A tu libro no le va a pasar nada, te lo garantizo.

Se mordió el labio con fuerza y pareció reflexionar sobre mi propuesta. La observé mientras lo hacía. A pesar de tener unos rasgos agradables, su rigidez le hacía perder todo el atractivo.

—Confiaré en ti. —Se levantó de la mesa sin tocar su café—. ¿Puedes empezar mañana? Sacaré el libro del banco y te lo llevaré donde me digas.

No podía empezar así como así. Tenía asuntos que arreglar, dejar encauzado el trabajo en la Biblioteca, hablar con mis jefes para que buscaran un sustituto y también con mi casi exnovia para decirle que estaría ocupado, a lo que ella respondería con algún reproche desganado y una despedida indiferente. Después de concretar nuestra primera cita, me levanté. La reunión había terminado.

—¿Y después te dedicarás al libro en exclusiva? —preguntó mientras se ponía el impermeable.

—Te lo prometo. Nada de alcohol ni de mujeres hasta que ese dichoso libro esté tan limpio como mi conciencia.

—Espero que en tu trabajo seas más serio.

—Más serio que una inspección de Hacienda. No tendrás que reírte ni una sola vez.

Nos despedimos con un rápido apretón de manos, tan formal que tuve que ocultar una sonrisa, y ella se alejó caminando paseo de Recoletos abajo hacia Cibeles. La lluvia había parado, aunque el viento seguía soplando con fuerza, lo que no parecía molestarla. Hacía mucho frío, nada típico del mes de abril, pero me quedé un rato mirando la figura de aquella mujer que había irrumpido en mi vida de una forma tan sorprendente. Era delgada, demasiado para mi gusto, y eso hacía que pareciera más alta de lo que era en realidad: apenas metro sesenta y cinco, calculé. Caminaba con decisión, con la cabeza un poco inclinada para protegerse del viento. Toda ella gris, ni siquiera el pelo castaño aportaba color a aquel conjunto. Se me ocurrió entonces que no sabía absolutamente nada de ella salvo que trabajaba en el CSIC, que tenía un valioso libro del siglo XVI y que era la mujer más huraña que había conocido en mi vida. O no.

En ese momento recordé a mi abuela; hacía mucho que no pensaba en ella. Había muerto cuando yo aún era un adolescente. Por extraño que pareciera, Julia me recordaba a esa abuela arisca y antipática con la que, para mi desgracia, pasaba los veranos en el pueblo y que, más que abuela, era una carcelera dedicada a impedirme cualquier atisbo de diversión. Mi abuela era muy bajita, con una enorme delantera, un pelo blanco y brillante que llevaba siempre recogido en un moño y unas gafas de cristales oscuros que nunca se quitaba. Sus otros rasgos fundamentales eran que nunca se reía, nunca besaba, salvo los besos secos de recibimiento y despedida de las vacaciones y nunca mostraba el menor gesto de cariño o de intimidad. Por eso, cuando murió de pulmonía, no sentí apenas su pérdida. Estaba a punto de empezar la universidad y tenía demasiado recientes sus continuas prohibiciones y malas caras. Pero, para mi sorpresa, cuando se leyó el testamento, descubrí que mi abuela me había dejado su casa de Madrid y una carta en la que me decía lo mucho que me quería y lo feliz que había sido teniéndome con ella todos los veranos. La carta terminaba así:

Perdona si he sido demasiado dura contigo, nunca he sabido mostrar mis sentimientos, ni siquiera a tu madre o a tu abuelo, que en paz descanse. No repitas mis errores, Miguel, cuando quieras a alguien díselo, hazlo feliz y sé feliz tú también.

Cuando le di a leer la carta a mi madre, se echó a llorar. No había visto llorar a la vieja, ni siquiera en el entierro, y aquello se me quedó grabado para siempre.

Quizá Julia era como mi abuela, pensé mientras la veía alejarse, una mujer atormentada que era incapaz de relajarse y mostrar algún sentimiento. Sacudí la cabeza riéndome un poco de mí mismo mientras me abrochaba el anorak y me envolvía el cuello con la bufanda. Sería mejor que me pusiera en marcha y solucionara todos mis asuntos antes de seguir con el psicoanálisis. Ya tendría tiempo de pensar en ello en algún lugar menos desapacible.

El lunes siguiente, a las nueve en punto de la mañana, sonó el timbre. Iba vestida con la misma ropa que en el primer encuentro, o parecida, pero esta vez llevaba el pelo recogido en un moño más tirante aún que la coleta que reafirmaba su aspecto de madona. La única diferencia era que, contra la gabardina gris, como si fuera la carpeta de una adolescente, sujetaba un paquete envuelto en un incongruente papel de regalo con globos de colores.

—Aquí traigo el libro —dijo casi susurrando, como si fuera un camello al mostrar su mercancía.

—Me lo imaginaba —respondí también en voz baja. Cada vez me divertía más—. Pasa.

Mi piso, la herencia de mi abuela, tenía la típica distribución de las viviendas del centro de Madrid. A la derecha de la entrada se abría a un salón bastante grande con dos balcones a la calle y a la izquierda un pasillo conducía hacia el interior de la casa. Siguiendo mis indicaciones, Julia se sentó en uno de los sofás que miraban a los balcones. Estaba muy orgulloso de mi salón pintado de blanco y con muy pocos muebles, todos de colores neutros. Me gustaba que casi no hubiera ningún color salvo el que daban algunas piezas especiales que eran mis tesoros. Una virgen románica sobre un pedestal de metacrilato, el facsímil de un beato abierto en un atril junto a una chimenea que no funcionaba y unos originales de diversos documentos antiguos enmarcados en la zona del comedor.

—Me gusta tu casa —dijo para mi sorpresa—. No se parece a ti en absoluto.

—Vaya, gracias.

Julia se ruborizó en una explosión de color que le iluminó la cara.

—No era una crítica.

—No te preocupes —le dije—. Siempre me pasa. No tengo un aspecto muy sofisticado que digamos, pero te aseguro que la casa la he decorado yo de arriba abajo.

—No, no es eso...

Me reí para sacarla del apuro.

—Dejemos mis problemas de imagen. ¿Puedo ver el libro?

Hasta ese momento había mantenido el paquete contra el pecho. Ni siquiera se había quitado la gabardina. Ahora lo hizo y para ello dejó el envoltorio sobre la mesita frente al sofá.

—No, espera —saltó cuando me incliné para cogerlo—. Antes tengo que contarte los antecedentes.

—Te escucho.

Suspiré y me volví a recostar en el asiento. Había decidido seguir el juego a aquella mujer tan extraña que cada vez me sorprendía más.

Su padre era abogado, me contó; su abuelo, profesor, y sus antepasados se habían dedicado al comercio desde hacía siglos. En su familia también había habido algún que otro funcionario. A nadie, sin embargo, le había dado por la ciencia. Ella era la primera, y también la primera mujer de su familia que tenía una profesión.

—O, al menos, eso creía hasta hace poco.

—¿A qué te dedicas exactamente?

—Física teórica. No se me da muy bien la gente.

Abrí la boca y la volví a cerrar. Mejor sería guardarme los sarcasmos. No tenía ni idea de lo que podía significar ser física teórica, pero me abstuve de preguntar. No iba a entender nada.

—Como te decía, siempre creí que yo era la primera mujer científica de la familia. Hasta hace pocos meses, antes de la muerte de mi padre.

Cuando su padre se jubiló le dio por la genealogía e intentó descubrir sus orígenes. Se había pasado sus últimos años entre legajos y, por lo visto, se había convertido en un experto en brujulear por las bibliotecas y los archivos de toda España. Finalmente, consiguió completar el árbol genealógico hasta finales del siglo XVI, pero, al hacerlo, descubrió que el apellido Serrietz había aparecido en 1562 de la nada. No había referencias previas a nadie con ese nombre. Literalmente, sus antepasados de 1562 habían brotado como una seta.

—En la partida de nacimiento del primer Serrietz registrado solo figuraba el nombre de la madre: Julia Serrietz, como yo.

—O sea que llevas un nombre con solera familiar.

—En casi todas las generaciones de mi familia ha habido una Julia.

—El apellido es extraño, la verdad —dije—. Pero no el hecho de que no apareciera el padre en la partida. En aquella época era bastante corriente.

Mientras yo hablaba, ella iba desenvolviendo el paquete. Primero el papel de regalo, que a la vista de su contenido debía de ser una especie de camuflaje. Este envolvía una caja de madera tallada, de unos treinta centímetros por veinte. Julia la abrió con una llavecita que llevaba colgada al cuello y de ella sacó otro paquete de tela encerada que, a su vez, ocultaba otro de terciopelo oscuro. Yo contemplaba la maniobra embobado, mientras no me perdía una palabra del relato de Julia.

El nacimiento de este segundo Serrietz estaba registrado en un documento que su padre había encontrado en la Biblioteca Marqués de Valdecillas. Era el libro de una parroquia de Córdoba. En cuanto a la madre, no aparecía en ningún documento anterior. O, al menos, su padre no había encontrado su nombre. En la inscripción de Serven Serrietz, junto al nombre, estaba dibujada una marca.

—Es la misma que hay grabada en la última página de este libro —dijo—, un libro que ha pasado de generación en generación en mi familia.

Colocó el libro en su regazo, le dio la vuelta y abrió la contracubierta, de piel seca, deformada y machacada por el tiempo. Por desgracia, el cuidado que había demostrado Julia al manipular el libro no había sido la regla general en los siglos que llevaba de existencia. Debían de haberlo tenido guardado en un lugar muy húmedo, porque las hojas, salvo alguna del principio y del final, se habían convertido en un bloque apelmazado. Lo primero que tendría que hacer sería meterlo en una cámara de humectación. Era un proceso engorroso y lento, pero inevitable si se quería acceder al contenido. Además, el libro debía de ser un reservorio de hongos, bacterias e insectos. Me encantaban estos casos, los difíciles, documentos que parecían imposibles de recuperar y que, gracias a mis cuidados, volvían a mostrar sus secretos siglos después de ser concebidos. Me levanté y me senté junto a ella. En la última página, apenas visible por las manchas que cubrían el papel, se intuía el dibujo de una balanza. Sobre uno de los dos platillos aparecían dos serpientes mordiéndose respectivamente la cola y, en el otro, un símbolo que me resultaba familiar, pero que no reconocí.

—Estas dos serpientes representan la ambivalencia, el contacto con el más allá —expliqué—. Es el signo de Hermes, el símbolo de la sabiduría alquímica. Pero...

—Sí, todo eso lo sé —dijo sacudiendo la mano para hacerme callar—. Me lo contó mi padre. La tradición familiar dice que es un libro escrito por una mujer sabia y entregado a su primogénito antes de morir, pero yo nunca me había creído esta historia.

—¿Y qué ha cambiado para que ahora tengas tanto interés en él? —pregunté.

—Esta manía de mi padre por conocer a sus antepasados siempre me pareció una de esas locuras que le dan a la gente cuando no tiene nada mejor que hacer. Ya sabes que basta con que sea tu padre quien hace algo para que te parezca indigno prestarle la más mínima atención.

Su padre había muerto de cáncer y había tenido tiempo de poner sus asuntos al día: uno de ellos había sido contarle a su hija la verdad sobre el libro y la historia de la familia.

—La mayor parte de lo que te estoy contando la conozco desde hace solo unos meses —continuó—. El libro y Serven Serrietz están unidos por este símbolo.

Yo seguía sin entender la urgencia y el misterio de todo aquello. ¿Quería encontrar a los progenitores de Serven? ¿Había decidido continuar el trabajo de su padre?

Tomó aire, lo soltó con fuerza y se irguió en el asiento como dispuesta a decir todo lo que había guardado hasta ese momento. Sus ojos brillaban y tenía los labios húmedos y enrojecidos, como si tuviera fiebre.

—El libro pasó de generación en generación hasta llegar a mi padre y, finalmente, a mí. Pero el legado iba unido a una advertencia: el libro no debía ser leído, ni siquiera abierto, hasta que, por herencia, pasara a manos de una mujer. Ella sería la que podría acceder a su contenido.

—Tu familia debe de ser la única a lo largo de la Historia patriarcal del mundo que deseara tener una hija como primogénita.

—Qué tontería —respondió sin apreciar mi sofisticado sentido del humor.

Por lo visto, nadie debía de haber hecho demasiado caso de la advertencia. La leyenda familiar decía también que la mujer había dejado escrito en ese libro recetas de encantamientos que cambiarían el mundo, así que, me dijo, era muy probable que algunos hubieran intentado descifrar el contenido, labor que, a medida que pasaba el tiempo, se convertiría en una tarea mucho más difícil.

—Durante el siglo XX, el libro quedó relegado al olvido. Ni mi abuelo ni mi padre hicieron caso de la leyenda; eran historias de viejas. Ambos eran hijos de su tiempo, de la ciencia y del empirismo. Como ves, nadie se preocupó de cuidarlo. Se daba también la circunstancia que de que nunca, a lo largo de todos esos años, había habido una primogénita en la familia o, al menos, una que sobreviviera.

—Hasta que llegaste tú.

—Hasta que llegué yo. Mi padre, con la edad y con sus investigaciones, se volvió mucho menos escéptico y comenzó a creer en todo ese... totum revolutum de la magia y la brujería. Al final estaba obsesionado.

Cuando le contó la historia del libro, su padre le hizo jurar que continuaría lo que él había empezado. Al parecer, ella era la clave, la elegida, y su deber como Serrietz, como mujer y como heredera era desentrañar el contenido del libro, terminó con una mueca de escepticismo.

Me dejé caer contra el respaldo del sillón. Todo lo que acababa de escuchar me parecía una mezcla de tontunas esotéricas y delirios de anciano. No sabía muy bien cómo afrontar aquella situación. Si accedía a trabajar en el libro, tenía la sospecha de que terminaría implicado en la historia y eso era algo que no me apetecía en absoluto. Este asunto me daba muy mala espina. Quizá toda la frialdad de Julia no era más que un disfraz que escondía a una mujer chiflada, heredera de una familia más chiflada todavía. Y yo, como un imbécil, me había dejado liar por su insistencia y la promesa absurda de que este trabajo sería el más importante de mi vida.

—Estoy alucinado. No sé qué decir.

—Eso sí que es nuevo.

—Y, además, has hecho un chiste. Va a ser cierto que este libro tiene poderes.

Me relajé. Al fin y al cabo, nadie me obligaba a seguir. En ese mismo momento, a pesar de lo que me atraía el reto, decidí declinar la oferta y desentenderme del encargo.

—Este libro no tiene poderes, no seas ridículo. —Su falta de sentido del humor seguía intacta, a pesar de todo—. Quería cumplir la promesa que le hice a mi padre y terminar lo que él empezó. Ya sé que es una tontería, pero él y yo nunca nos llevamos bien y quería que esto fuera una especie de compensación.

—Si es así, ¿por qué me dijiste, entonces, que este trabajo sería el más importante de mi vida y tuviste tanto interés en que fuera yo quien lo hiciera?

—Porque es verdad. —Se incorporó en el asiento y se volvió hacia mí con el mismo brillo en los ojos que había mostrado unos minutos antes—. No lo de los poderes mágicos del libro, claro, pero ¿y si es cierto que en este libro hay recetas que pueden cambiar el mundo? ¿Te imaginas? En cinco siglos, quizá sea la única persona que ha tenido este libro en sus manos que es capaz de entender lo que contiene, lo que apenas se intuye. Eso no puede ser una casualidad.

Todo aquello era absurdo y parecía mentira que ella, precisamente ella, tan científica y tan poco flexible, pudiera pensar algo así. Los conocimientos que existían en la actualidad estaban a años luz de todo lo que pudiera aparecer en ese libro. ¿Qué podía haber en él que fuera importante para alguien del siglo XXI?

—En el XVI hubo un gran auge científico, en la astronomía, en la óptica, en la química, fue la primera vez que se fabricaron medicamentos en el sentido moderno del término —siguió—. Pero a la vez fue un momento de gran represión ideológica: la Reforma, la Inquisición, ya sabes. Muchos libros que contenían estudios poco ortodoxos se perdieron. La Iglesia ocultó o destruyó un gran número de estas obras y con ellas un gran número de investigaciones que consideraron heréticas y que nos podrían haber llevado por derroteros muy distintos a los actuales. Recuerda a Miguel Servet, quemado en la hoguera, a Galileo. ¿No sería posible que este libro contuviera algo completamente nuevo que nos hiciera... no sé, adentrarnos por rumbos científicos nunca recorridos?

—Sí, ya sé todo eso, pero no significa nada. Lo que dices solo son conjeturas y suposiciones. No tienes nada concreto.

—«Encantamientos que cambiarán el mundo.» —Para mi sorpresa, me agarró de las manos—. ¿Te das cuenta de lo que implica?

En el siglo XVI cualquier pócima que, por ejemplo, hubiera salvado a las mujeres de morir de parto a los veinte años habría significado cambiar el mundo. Pero eso ya había sucedido. El mundo ya había cambiado y nada de lo que apareciera en ese libro podía tener ningún interés a estas alturas salvo para los historiadores.

Me soltó y sonrió casi por primera vez, como si conociera un secreto que solo ella era capaz de entender.

—No has dicho nada del otro símbolo de la balanza. ¿No lo has reconocido?

Volví a mirar el dibujo, una especie de espiral que parecía flotar sobre el platillo.

—Me suena, pero ahora mismo...

Respiró hondo y soltó el aire.

—Es una doble hélice de ADN.

Lo que me faltaba por oír.

—¿Perdona? No es que sepa mucho de ciencia, pero...

—Sé que es una locura, pero ese dibujo es, sin ninguna duda, la representación de la doble hélice del ADN y es el mismo que apareció junto al nombre de Serven Serrietz. Un dibujo que nadie hubiera podido entender hasta ahora. Estoy convencida de que el libro oculta algo muy importante, algo que no somos capaces de imaginar. Desde que lo tuve por primera vez en las manos he sentido lo mismo. Y tengo que descubrirlo. Si no es con tu ayuda, lo haré sola. Me he pasado la vida investigando. No creo que esto sea muy distinto. Y tú...

—¿Yo, qué? —Bufé bastante cabreado.

—Nada. —Sacudió la cabeza—. Olvida lo que he dicho. No quiero hacerlo sola. No puedo. Confía en mí. No estoy chiflada, aunque claro, si lo estuviera, tampoco te lo diría.

Por un momento me dio la sensación de que me ocultaba algo, pero ¿por qué?

Me levanté del sofá y me fui a la cocina, mi sitio de pensar. Abrí el frigorífico y saqué un tetrabrik de leche, mi líquido de pensar por excelencia. Bebí un largo trago directamente del cartón y caminé de un lado a otro de la cocina hasta que la cabeza me echó humo. ¿Una hélice de ADN en un libro del siglo XVI? ¿Es que estábamos todos locos? Que yo recordara, aquella hélice existía hacía apenas cincuenta o sesenta años. Estaba claro que era un error, una broma o una trampa. Pero la curiosidad me mataba. Volví al salón, donde Julia seguía donde la había dejado, erguida en el sofá, esperando una respuesta.

—Muy bien. Te ayudaré.

Su rostro se iluminó.

—Pero no quiero involucrarme en nada más —dije antes de que hablara.

Estaba seguro de que ese dibujo no era más que una broma de alguien que había tenido acceso al libro y yo ya sabía lo que pasaba con esas cosas. Te metías en una investigación que duraba años y luego todo se convertía en humo. Por eso me gustaba la restauración, porque era el aquí y el ahora. No había nada más que tus manos y el objeto, sin especulaciones.

—De acuerdo. Si eso es lo que quieres, eso será lo que tendrás.

—¡Entendido, princesa Leia!

Julia levantó las cejas como esperando una explicación. Había dicho exactamente lo mismo que le dice la princesa Leia a Han Solo cuando él le pide dinero como pago por ayudar a la alianza rebelde, pero esta información la dejó completamente fría. Me miró como si me hubiera vuelto loco de repente.

—¡La guerra de las galaxias! —Y como parecía seguir perdida, continué con un gesto de dolor exagerado—: No me digas que no sabes de qué te hablo, por favor.

—Claro que conozco La guerra de las galaxias, pero no la he visto. No me gusta la ciencia ficción.

—Pero La guerra de las galaxias no es... —Comencé a menear la cabeza con desesperación—. No, no, esto no puede funcionar. Es imposible. Nuestros mundos están demasiado alejados...

Julia se levantó del sofá con un suspiro.

—¿Empezamos a trabajar o vas a seguir diciendo tonterías sin sentido?

—Empezamos.

Capítulo 2

2

Nieva desde hace dos días y el recorrido se hace cada vez más difícil. El paisaje está oculto bajo un manto blanco, frío y crujiente que absorbe los sonidos y les obliga a frenar el paso de las caballerías, que hunden las pezuñas en la nieve, lanzan chorros de vaho a cada paso y relinchan de hambre. Arrecia el viento y la nevada se ha convertido en una ventisca que les dificulta el avance y que entumece las manos enrojecidas y sangrantes por el cuero helado de las bridas. Las dos últimas noches han conseguido guarecerse de la nieve. La primera, bajo el saliente de una gran roca; la segunda, en una cabaña de cabreros vacía. Pero hoy el paisaje se extiende llano e inclemente, sin ningún lugar que puedan utilizar como refugio, aunque los soldados no parecen preocupados. Avanzan con las cabezas gachas y envueltos en sus capas, arreando de vez en cuando a los caballos, que se hunden cada vez más en el sudario helado. La luz comienza a caer cuando vislumbran el perfil de una espadaña y un gran edificio casi oculto por la ventisca, y escuchan el eco de una campana que parece indicarles el camino.

—Es el monasterio —tiene que gritar uno de los soldados para que se le oiga.

Ella, montada en la mula y envuelta en un manto hasta las cejas, no contesta, pero siente una especie de náusea en el estómago. Por fin. Parecía que aquel viaje no iba a acabar nunca, que llevaba toda la vida bajo la nieve, que los sabañones de sus manos y sus pies habían formado parte siempre de su cuerpo. Al menos ya no sentía los dolores en el trasero, su martirio al principio del viaje. Ni le molestaban ya las miradas aviesas de los tres soldados que la acompañan.

Recuerda aquel primer día. Los golpes en la puerta de su choza, los mismos que había sentido en sus visiones, le dijeron que sí, que aquel era el momento, y miró a su alrededor despidiéndose de ese cuarto que había sido su hogar durante mucho tiempo. El jergón, en el que nunca más dormiría, cubierto de pieles de conejo; el taburete desvencijado; la mesa donde se amontonaban ungüentos, pócimas y utensilios de su oficio que debería embalar para el viaje; el suelo de tierra apelmazada; los haces de hierbas y flores que colgaban secos de la viga del techo, el fuego de la chimenea. Dijo adiós en voz muy baja mientras los golpes en la puerta se repetían impacientes, pero no se despedía solo de la cabaña, sino de la mujer que había sido todos estos años y que estaba a punto de dejar atrás también, quizá, para siempre.

Un hombre de cabeza pequeña bajo un casco oxidado del que escapaban unas greñas tan sucias como su cara ocupaba el umbral con gesto de pocos amigos. Tras él había dos soldados más, tan sucios y mal encarados como el primero. Hacía mucho frío en el exterior y de la boca del soldado escapaba un vaho denso que olía a cebolla.

—¿Eres tú la Madre Lusina?

—Así me dicen.

—La madre Josefa de Vargas, abadesa del convento de Santa María, necesita tus servicios. Coge tus ungüentos y tus brujerías. Te vienes con nosotros.

Aquel majadero abultó su tosquedad apartando la mirada y santiguándose varias veces con cara de espanto. Pero ella estaba acostumbrada al miedo de las almas simples, así que se encogió de hombros, les echó una mirada de esas que sabía que ponían los pelos de punta a cualquiera y se dispuso a acompañar a aquellos hombres hacia el destino que la esperaba más allá de su hogar, de su guarida.

Al principio fue dando tumbos sobre el duro espinazo de un mulo envuelta en sus dos sayas y agarrada con fuerza a la silla de montar. Todas sus pertenencias se bamboleaban sobre las ancas de la caballería que cerraba la comitiva: la olla que le dejó Madre Lusina y que atesoraba como su posesión más valiosa, pellejos llenos de filtros de amor y de fortuna; haces de hierbas secas; odres de ungüentos; tarros de hongos, raíces... No estaba acostumbrada a montar y se aferraba a la silla aguantándose las ganas de gritar con cada movimiento de su cabalgadura.

—¿No podíais llevar un carro? —había protestado—. Me voy a partir la crisma y vuestra señora os dará de palos y andaréis por los caminos como ánimas en pena.

Los soldados se habían mirado entre sí con cara de espanto, como si sus palabras hubieran sido una maldición y no una queja, y ella se había echado a reír, aunque la risa había durado poco, transformada en un gemido por el siguiente bandazo del mulo, que le hizo aferrarse a la silla con el mismo espanto que sentían por ella los soldados.

Uno de ellos golpea ahora la puerta del monasterio. Al menos aquí la techumbre les protege del viento y la nieve. Ella ha descabalgado y se sacude la ropa empapada cuando una puerta pequeña junto al pórtico se abre por fin y una figura envuelta en una especie de saco pregunta con malos modos.

—¿Se puede saber qué se les ha perdido a vuestras mercedes? Los buenos cristianos están recogidos junto a la lumbre y no arriesgando su vida por estos caminos del demonio.

—Ya quisiera yo estar recogida y no muerta de frío y de hambre —refunfuña.

Uno de los soldados se adelanta y habla con la mujer en voz baja.

—Las reverendas madres están en el rezo de nonas —responde—. Deberéis esperar a que la abadesa dé su permiso.

Y con estas palabras, la mujeruca les cierra la puerta en las narices. Los soldados se encogen de hombros. Se envuelven en sus capas y se sientan muy juntos, pegados a la pared, mientras mastican tocino seco que han sacado del zurrón, dispuestos a esperar.

Ella, entretanto, se ha quedado absorta ante los relieves del pórtico. Nunca ha contemplado nada igual. En la iglesia de la aldea ha visto estas figuras desde niña pintadas en las paredes. Personajes hieráticos, de grandes ojos asombrados, que relataban la historia de Cristo y de los santos; que mostraban también los terrores del infierno y las alegrías del Paraíso. Pero nunca ha visto lo que tiene ante sí. Toca la fachada para asegurarse de que las figuras no son de carne y hueso, sino de una piedra que parece haber perdido su condición y haberse ablandado y retorcido, como si las propias manos de Dios hubieran formado aquellas figuras. O del demonio. Porque lo que ve son seres atormentados que salen de la piedra como escapando de suplicios sin nombre. El diablo quemando las almas de los condenados. Ojos espantados, cuerpos deformes y retorcidos, miembros dislocados por las tenazas de los acólitos de Satán, que parecen reír con sus fauces babeantes.

A pesar del frío, siente un estremecimiento mayor, un miedo que no ha experimentado nunca, aunque no es la primera vez que se enfrenta a lo que no tiene nombre, al terror de lo sobrenatural, de lo oculto. Siente en lo más hondo de sí misma que ese terror vigila muy de cerca en las tinieblas que se ciernen sobre el monasterio; le parece notar casi su aliento pútrido.

El pórtico se desdibuja y la visión que la acompaña desde hace tantos años se convierte en más real que lo que la rodea. Y vuelve a ver a esa mujer de ojos oscuros que la mira como si esperara una respuesta que ella no tiene. Se siente caer en un abismo infinito y volar como los halcones de sus sueños, y una náusea le revuelve las tripas hasta que no puede más.

Despierta de su ensoñación para comprobar que siguen en ese lugar extraño y se siente al borde del desfallecimiento. Está cansada y aturdida. El espanto aún permanece latente. No puede, como otras veces, prepararse una infusión de valeriana y melisa que le devuelva el sosiego. Respira hondo y se acomoda junto a los soldados que se han quedado dormidos a pesar de la inclemencia del tiempo.

La visión nunca ha sido más nítida; aquellas imágenes, que siempre ha vislumbrado a través de una niebla espesa, se muestran ahora con una claridad sorprendente, como si la bruma se hubiera disipado por fin y lo que permanecía oculto desde hacía tanto tiempo se hubiera revelado con toda su crudeza. Así que es aquí donde tiene que estar. Madre Lusina tenía razón.

Cuando se quedó sola en el bosque estuvo tentada muchas veces de emprender el camino sin atender a las señales, pero escuchaba en su cabeza las palabras de la vieja y desistía de su empeño.

—No desesperes —decía cuando ella se impacientaba—. Todo tiene su momento y el tuyo aún está por llegar.

—Me haré tan vieja como tú.

—Vieja tú —se reía Madre Lusina—, faltan aún muchos inviernos para que tu cuerpo pierda su firmeza y tu cara muestre los surcos de los años. Sé paciente y recibirás tu recompensa.

¿Era esta, pues, su recompensa? ¿Un monasterio rodeado por el mal que ha sentido en aquel pórtico maldito?

—Madre, ampárame —susurra.

Por fin, cuando las sombras han ocupado el pórtico y apenas se pueden distinguir ya las tallas que tanto la han turbado, la puerta se abre y la misma mujer les hace pasar sin decir una palabra.

Una novicia muy joven la precede por el claustro, que atraviesan casi en completa oscuridad. Solo la luz tambaleante de un pequeño candil les permite ver frente a sí. El clac clac de las sandalias de la novicia sobre el suelo de piedra es el único sonido que se escucha. Es noche cerrada ya, a pesar de que aún queda mucho para que llamen a vísperas. La luz del candil crea sombras en los capiteles, y las arpías, los grifos y las sirenas de piedra parecen cobrar vida y hacen muecas de burla a las dos mujeres que se apresuran por la galería norte que conduce al dormitorio. Ella camina con la mirada baja y la cabeza cubierta con el manto, dispuesta a pasar lo más desapercibida posible, aunque es difícil que su llegada en aquella noche de invierno pase inadvertida en una comunidad de mujeres alejadas del mundo.

No han hablado, la novicia la esperaba junto a la puerta, la ha saludado con una inclinación de cabeza y le ha hecho un gesto para que la siguiera. Caminando tras ella, se pregunta qué hace que mujeres sanas y jóvenes se encierren de por vida en un lugar como aquel. Y luego piensa que ella misma estuvo encerrada entre las cuatro paredes de su choza sin que nadie la obligara a ello y se encoge de hombros. A cada cual lo suyo.

El bosque había sido el único lugar donde se había sentido a salvo. Desde muy niña solía perderse entre los árboles. En el bosque no sufría tanto la mirada de Dios o, por mejor decir, el juicio y la condena de Dios que adivinaba en la cara del mosén cuando se atrevía a entrar en la iglesia y que podía sentir en la aldea al cruzarse con sus habitantes. En el bosque corría hasta perder el aliento, hasta que tenía que parar y apretarse el costado para acallar los pinchazos que no le dejaban respirar. Corría hasta que la luz ya no conseguía atravesar las ramas extendidas de las hayas. Saltaba las rocas con la misma agilidad que sus cabras, robaba huevos de los nidos y se tragaba su contenido de un golpe, dejando resbalar por la garganta la clara fresca y la yema untuosa y lenta. En verano se bañaba en el arroyo que recorría con fuerza el bosque hasta esconderse al final entre líquenes y zarzas; sabía evitar las guaridas de los lobos y los osos, sobre todo en primavera, cuando la protección de las crías los hacía más peligrosos.

Juzgaba conocer el bosque como su propia mano, pero una tarde se adentró por un desfiladero estrecho y umbrío que ignoraba y que quedaba disimulado por las ramas de un rosal silvestre y llegó a un claro rodeado por rocas escarpadas. En el claro había una cabaña, una choza pequeña de tejado muy bajo, cubierto de lajas de piedra, que se apoyaba contra una de las rocas verticales. Del agujero del tejado escapaba un humo amarillento y junto a la choza hozaba un cerdo casi adulto que rebuscaba entre unas sobras pestilentes.

Fue el animal el que avisó de su presencia. Se puso a gruñir y a sus gritos se abrió la puerta hecha de dos tablones desvencijados y casi podridos. Una figura, apoyada en una garrota, salió de la choza. Era una mujer pequeña de la que apenas se podía ver la cara. Se miraron la una a la otra hasta que la mujer se acercó renqueante hasta ella.

—Me cuesta andar con este frío. Es difícil poner a trabajar los huesos cuando están tan enmohecidos.

Ella no replicó nada ni se movió. Pensó en salir corriendo, pero algo en aquella mujer le hacía sentirse a salvo, una oleada de tranquilidad que emanaba de ella como de un manantial. La mujer debió de notar sus primeras intenciones porque sacó un brazo de debajo del manto y levantó la mano.

—Espera, no te escapes.

La mujer mantuvo inmóvil aquella mano sarmentosa hasta que llegó a su lado y la miró y la remiró de arriba abajo, le hizo dar la vuelta guiándola con la punta de su cayado, le levantó un poco las sayas y comprobó con el bastón la firmeza de sus tobillos. Ella permaneció quieta y tranquila, poseída por el hechizo. Cuando la vieja terminó su escrutinio se apartó un poco y se echó a reír mostrando unos dientes sorprendentemente enteros entre los labios resecos y una lengua larga que se movía como una serpiente sin cabeza. La visión era espeluznante y ella no pudo evitar dar un paso atrás.

—No te asustes, mentecata —gruñó la vieja—, soy yo la que debería salir corriendo a pesar de mis huesos.

Le levantó la cara con unos dedos escamosos de uñas negras y la miró a los ojos, sin miedo, como nadie antes lo había hecho.

—Así que tú eres Sabina, la demonia. —Y volvió a reír con ganas—. Valiente demonia estás tú hecha.

Ella mira ahora la figura de la novicia que la precede, la cabeza inclinada en sumisión perpetua, los hombros encogidos, el cuerpo delgado y pequeño, que parece a punto de desaparecer dentro del hábito y la toca blancos. No parece su ropa, sino la de una mujer mucho más corpulenta, lo que le da un aspecto de desamparo, como si acabara de salir de una larga enfermedad que la hubiera dejado exhausta.

Piensa en estas y otras cosas para olvidar la angustia que ha sentido en el pórtico y que aún turba su espíritu, y es entonces cuando se escucha el grito, o lo que parece más bien el aullido de un animal atrapado, aterrorizado. Un alarido que paraliza a las dos mujeres.

—¿Qué demonios ha sido eso? — susurra.

—Decís bien. Demonios y no otra cosa es —susurra también la novicia, volviéndose hacia ella con las facciones desencajadas. El candil tiembla en una mano extendida mientras se santigua apresuradamente con la otra—. Que el Señor nos proteja a todos.

—Pero ¿a qué esos gritos?

—Es la hermana Teresa de los Ángeles. —Baja la voz, tanto que Sabina tiene que acercarse a su boca para escucharla, y añade—: Está poseída.

Capítulo 3

3

Desde el principio, supe que Julia iba a volverme loco. Lo sabía y seguí adelante como un kamikaze, un inconsciente, un pelele. Así me llamaba a mí mismo cada vez que me quedaba solo, alejado de su influencia hipnótica. Eres un pelele y un gilipollas. Y es que ella tenía ese poder sobre mí, esa cualidad de hacerme comulgar con ruedas de molino, de deslumbrarme con sus elucubraciones enloquecidas como si yo fuera un animal frente a los faros de un todoterreno. No eran sus labios lo peligroso. Su carácter obsesivo, sus modales bruscos y su falta de sentido del humor impedían que me sintiera atraído por ella, a pesar de esos labios pálidos que no se merecía. Nuestra relación era profesional, aséptica, muy alejada de lo que hubiera sido normal entre un hombre y una mujer jóvenes que pasaban tanto tiempo juntos. No eran sus labios, no, era las palabras que salían de ellos lo peligroso, mantras que adormecían todas mis señales de alarma. Creo que sabes de lo que hablo.

El proceso inicial de restauración fue largo, más de lo que yo esperaba. El libro no podía estar más deteriorado. Tras la humectación, vino el trabajo de despegar cada hoja del libro y quitar el hilo que cosía las páginas. Es un proceso tedioso y delicado, que Julia no se cansaba de intentar acelerar.

—No puedo trabajar así —le dije un día. Solté el bisturí con el que cortaba la cuerda que unía las páginas y me volví hacia ella.

—¿Así cómo? —Me miró con cara de asombro.

—Llevas diez días resoplándome en la nuca. Y no es ninguna insinuación erótica. Me siento como un condenado a galeras.

—Solo quiero ayudarte.

—Pues no me ayudas. Solo me pones muy nervioso y te juro que soy la persona menos nerviosa del mundo. Este proceso es muy aburrido, lo sé, pero no tienes por qué vivirlo en directo. Vete a tu casa, a tu laboratorio, escribe tus fórmulas, confirma la teoría de cuerdas o lo que narices hagas, pero, por favor, déjame trabajar tranquilo y, sobre todo, solo.

Me miró como si la hubiera enviado al destierro. Apretó los labios, se dio media vuelta y se fue de casa.

—Te llamaré cuando tenga algo —le dije antes de que cerrara la puerta.

Tardé más de lo esperado en separar las hojas, que se habían convertido en una masa imposible. Después vino el proceso de limpieza. Primero la limpieza mecánica con borrador y pincel, después la fijación de la tinta con bórax, y, tras esto, el lavado a unos quince grados con reserva alcalina que contrarrestara el pH ácido del papel. Y, finalmente, el secado sobre un tablero y un papel secante que había que cambiar cada día para que las hojas no se combaran.

Julia había estado a punto de estropearme aquellos momentos, mis preferidos. Cuando comenzaba una restauración me olvidaba del mundo, entraba en un estado que debía de parecerse mucho a la meditación zen. La respiración se ralentiza, el yo desaparece, la mente se expande o eso dicen los yoguis. Así me sentía yo, desaparecido para todo lo que no fuera mi trabajo. Cuando yo restauraba, solo existían mis manos y el papel. Todo lo demás quedaba fuera.

Las hojas empezaron a ser legibles y fue entonces cuando llamé a Julia, quien, a pesar de su digna y ofendida salida de mi casa, no había dejado de machacarme con llamadas intempestivas. Después de casi un mes volví a verla y entonces sí empezamos a trabajar juntos.

El estado zen desapareció. Me apabullaba, me exasperaba. Cada vez que la veía aparecer en la puerta, cada vez que antes de decir ni siquiera un «buenos días», me soltaba alguna de sus locas ideas, me daban ganas de estamparle la puerta en las narices, echar el cerrojo y olvidarme para siempre de ella y sus chifladuras. Ni yo mismo sabía por qué le hacía caso. ¿El misterio, la novedad de trabajar con alguien tan excéntrico, la posible recompensa por un supuesto descubrimiento? Sí, podía ser cualquiera de esas cosas. O algo distinto, algo que aún no era capaz de definir.

Llevaba dos meses con la transcripción y ella parecía entender aquel caos ininteligible que yo reproducía a la buena de Dios, un poco por intuición, otro poco por experiencia y un mucho por el azuce de Julia, que no me dejaba vivir, siempre detrás de mí. «Este párrafo es fundamental», o «Sí, sigue por ese camino, ya casi lo tienes» o «Miguel, llevas quince minutos comiendo, no tenemos todo el tiempo del mundo».

Vitriolo, cohoba, mercurio seminal... Palabrería alquímica que a ella le encantaba y que yo había leído en innumerables escritos antiguos. La búsqueda de la piedra filosofal era un leitmotiv desde la Edad Media y en el siglo XVI eran muchos los alquimistas dedicados a la tarea. Incluso Felipe II había tenido una relación constante con taumaturgos de distintas nacionalidades que buscaban obtener oro y plata y otros resultados más sobrenaturales aún por métodos alquímicos, una actividad que incluso llegó a estar controlada por los burócratas del reino. Por entonces, ya sabía que Felipe II había protegido a estos hombres de la represión feroz de la Inquisición, por lo que no tuvieron demasiados problemas durante su reinado, cosa que cambió radicalmente tras su muerte.

Pero toda esa búsqueda, que se supiera, nunca dio ningún fruto tangible. Había constancia de varios libros fundamentales desaparecidos de forma muy oportuna, o cuyas instrucciones no valieron para nada. Todos ellos estaban escritos con esa palabrería esotérica que siempre ha servido para producir asombro en los ignorantes y enmascarar la propia ignorancia del que lo escribe. Nuestro libro no era muy distinto en este sentido y, sin embargo, entreveradas con las típicas instrucciones para la fabricación de la piedra filosofal, no por desconocidas menos absurdas, iban apareciendo fórmulas matemáticas y diagramas que, según Julia, podían estar incluso por delante de los conocimientos actuales. Junto a aquellas fórmulas, surgió un mapa muy deteriorado, doblado en cuatro, que dejé para el final.

Lo de las fórmulas matemáticas la tenía obsesionada; de hecho, nos tenía obsesionados a los dos, aunque a mí desde mi más absoluta ignorancia. Por una parte, era imposible que hubieran sido escritas en aquella época. Ponía los pelos de punta, hay que reconocerlo, pero lo cierto era que, según las pruebas de datación, parecía que aquellas fórmulas, que según Julia estaban relacionadas con la física de última generación, tenían más de cuatrocientos años de antigüedad.

Me hablaba de la teoría de cuerdas y su universo de once dimensiones, de los moones, de Van Stockum y la curva temporal cerrada, del cilindro de Tipler. Un batiburrillo de teorías físicas que ni ella misma conseguía entender del todo, pero que, al parecer, tenían mucho que ver con las ecuaciones que aparecían en el libro. Ella intentaba aclarármelo sin asumir que yo era incapaz de asimilar ni una nanopizca de sus explicaciones, por hablar en términos científicos. Se lo agradecía por lo que implicaba de confianza en mi capacidad de comprensión, pero tenía que reconocer en mi fuero interno que era una confianza completamente infundada.

—Tiene que haber una explicación lógica a todo esto —insistía yo—. Tiene que ser una falsificación perfecta.

—Pero ¿y la tinta? Tú mismo has dicho que la tinta era...

Desgraciadamente la datación de la tinta seguía siendo un estudio no categórico. Influían tantos factores en ella que los resultados nunca eran concluyentes. En esto sí que podía mostrar mis conocimientos y había averiguado que la composición de la tinta concordaba con la que se fabricaba en el siglo XVI, incluso había concretado su procedencia a la zona de Andalucía; la tinta entonces era completamente artesanal, claro, y sus componentes variaban de una región a otra. En cuanto a la datación, había analizado el grado de sequedad de la tinta, la oxidación —es decir, su ennegrecimiento a lo largo de los años— y el grado de difusión de los iones cloruros y los sulfatos, que se absorben de manera proporcional al tiempo transcurrido. Sin embargo, todo esto se basaba en factores que podían verse afectados por un gran número de variables como la humedad, el calor y el frío, la acidez del soporte, el lugar de conservación del documento; en fin, que las conclusiones nunca eran fiables al cien por cien.

Toda mi experiencia me decía que aquella tinta y lo que se había escrito con ella procedían del siglo XVI o XVII. Mi lógica y mi sentido común me decían lo contrario.

Pasábamos la mayor parte del tiempo en el laboratorio de mi casa, salvo el dedicado a dormir y a comer, aunque esto último tenía que hacerlo casi a escondidas, porque Julia parecía vivir del fuego interior que la alimentaba como una central nuclear.

Trabajaba contra reloj, pero el reloj no tenía agujas, tenía los ojos de Julia, esa mosca cojonera con coleta que no me dejaba vivir. Unos ojos siempre enfocados en mí, con sus eternas preguntas, sus despóticas exigencias.

—No hace falta que reintegres el papel. Solo necesito que limpies esta parte del texto. Lo necesito hoy mismo.

—Esto no funciona así. —Tomé aire y lo solté con suavidad, para no matarla— Es necesario consolidar el material. Si no, podría deshacerse entre las manos.

—Pues haré una foto y trabajaré con ella. Cuando pueda leer lo que está aquí escrito no necesitaré el libro para nada.

—Esto no es un solo un medio para llevar a cabo tus locuras. Es un tesoro, un libro irrepetible que tiene más de cuatrocientos años. Es la herencia de tu familia. ¿Es que eso no te dice nada?

—Sí, es muy emocionante, pero yo solo necesito tener el texto y cuanto antes, mejor. No sabes lo que está en juego.

—Soy todo oídos.

—Todavía no puedo decírtelo.

—¿Porque no lo sabes o porque no te da la gana?

—Un poco de las dos cosas —confesó al fin.

—Pues yo no puedo trabajar de otra manera. —Por una vez no me iba a dejar apabullar—. Si quieres otro tipo de restauración, búscate a otro.

Temí que siguiera discutiendo hasta el infinito, como era su costumbre cuando le llevaba la contraria, pero esta vez solo resopló varias veces y salió del laboratorio.

—Muy bien —dij

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