Lo que encontré bajo el sofá

Eloy Moreno

Fragmento

 Sobre Random House Mondadori

SÍGUENOS EN

imagen

imagen

@megustaleerebooks

@megustaleer

imagen

@megustaleer

imagen

@megustaleer

imagen

BANDA SONORA DE LA NOVELA

Aprovechando esta nueva edición de la novela,

me gustaría compartir con vosotros la banda sonora

de Lo que encontré bajo el sofá.

He creado una lista en Spotify para que podáis escuchar

la misma música que yo escuché mientras escribía

este libro y me perdía por las calles de Toledo.

La lista se llama:

Eloy Moreno (B.S.O. SOFÁ)

Imagen decorativa

AVISO

Todos los hechos relatados son completamente ficticios.

El autor no se hace responsable de las opiniones de sus personajes.

Nos hicieron creer que cada uno de nosotros

es la mitad de una naranja, y que la vida

solo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad.

No nos contaron que ya nacemos enteros,

que nadie merece cargar en las espaldas

con la responsabilidad de completar lo que nos falta.

No nos dijeron que solo siendo individuos

con personalidad propia

podremos tener una relación saludable.

Y entonces, cuando estés enamorado de ti mismo,

podrás ser feliz y amar de verdad a alguien.

JOHN LENNON

—¿Podrías decirme qué camino debo seguir para salir de aquí?

—Eso depende del sitio al que quieras llegar.

—No me importa mucho el sitio.

—Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes.

— … siempre que llegue a alguna parte…

—¡Oh, siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente!

LEWIS CARROLL,

Alicia en el país de las maravillas

Tacto e hilo se separan y, de pronto, un globo comienza a caer hacia el cielo. Es una caída lenta pero a la vez irremediable. Irremediable no porque sea imposible atraparlo, irremediable porque nosotros, los adultos, ni siquiera lo intentamos; solo los niños lo hacen.

Ellos, a pesar de acurrucar sus dedos y no sentir ya la cuerda que sujetaba su ilusión, continúan manteniendo la esperanza. Corren, saltan, lloran, gritan… señalando ese punto que va desapareciendo entre un azul que lo ocupa todo.

Adulto y niño observan la misma escena, pero con miradas distintas: ellos piensan que el viento lo traerá de vuelta, que algún pájaro lo atrapará con su pico o que, quizás, con suerte, otro niño sacará su mano por la ventanilla de un avión y lo volverá a coger. Nosotros no, nosotros sabemos que se ha ido, como lo hacen los recuerdos entre la vida, como lo hace la inocencia entre los años, como lo hacen las lágrimas entre las decisiones.

Y así, cayendo, el globo termina por convertirse en cielo, momento en que se descubre la frontera entre las edades: los niños piden otro como si todos los globos fueran iguales, en cambio, el adulto se pregunta qué podría haber hecho para evitar perderlo, pues sabe que ese era único.

¿Dónde caerá? ¿Qué dirección llevará? ¿Quién se encontrará con él… o con ella? ¿Podríamos haber hecho algo para evitarlo? Y la pregunta para la que uno nunca está preparado: ¿realmente se escapó o lo dejamos marchar?

Desde un lugar que

debería llamar hogar

Con el paso del tiempo he comprendido que no hay secretos más difíciles de guardar que los propios, porque estos, a pesar de creerlos controlados, saben cómo ir atravesando las grietas de nuestra conciencia.

Los ajenos, en cambio, basta con abandonarlos en cualquier rincón de la mente y allí ellos mismos se van olvidando, van desapareciendo entre los silencios y las mentiras, entre las prisas y los días… pero los propios… los propios te persiguen en cada pensamiento.

Este secreto —propio— que escondo dentro es el que ahora me impide reconocer estas cuatro paredes como un hogar, a pesar de todas esas fotos repartidas por los muebles; a pesar de nuestra ropa que, ahora mismo, juega mezclada en una lavadora; a pesar de esos dos cepillos de dientes que comparten espacio en un mismo vaso; a pesar de los juguetes que siempre se quedan en algún rincón del comedor, sobre la alfombra o bajo el sofá…

Hace demasiado tiempo que me siento actuando en la película en que se ha convertido mi vida, una película con un guión que va perdiendo sentido; actuando ante ellos, actuando incluso ante mí. Ha habido momentos en los que he estado a punto de confesarlo todo, de comenzar con esa frase que nunca trae nada bueno: «Tenemos que hablar». Pero ¿de qué serviría extender el dolor? ¿Quién saldría ganando? Nadie. Sí sé, en cambio, quién perdería: ella.

Cada día —y ya llevo tantos— despierto recordando las semanas que pasé en aquella ciudad que me hizo descuidar el presente. Unas semanas que avanzaron breves en el tiempo pero que se han quedado estancadas en mi cabeza. Dicen que un incendio no puede ser eterno, porque al final o se apaga o ya no queda nada por arder; el problema es que ni yo soy un árbol ni mi tristeza se parece al fuego.

Todo empezó como un juego… y al final se convirtió en una realidad que aún no sé dónde esconder. Comencé perdiéndome en las calles de una ciudad y acabé haciéndolo en las líneas de mi vida; podría decirle que cambié todo porque en mi mundo hacía tiempo que no cambiaba nada; podría decirle que la fuerza de los sentimientos fue más intensa que la de los remordimientos; podría decirle que durante aquellos días sentí que vivía continuamente en primavera…

Y ahora escondo un secreto que, día a día, se revuelve en mi interior, buscando algún lugar por el que escapar, aunque sea a través de una simple mirada. Un secreto que consigo controlar cuando ocupo mis pensamientos en otras cosas, pero que aparece puntualmente cada mañana, al despertar; como si, durante el sueño, aprovechase mi ausencia para alimentarse.

Sé que no podré ocultarlo eternamente, sé que algún día conseguirá romper esta armadura de piel que llevo… Y sé que cuando llegue ese día tendré que explicárselo… y, quizás, comprenderlo yo.

* * *

Toledo, 1986

Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura que guarda una casa con tres plantas y un patio interior. Un patio de donde nace una escalera rodeada de una barandilla de madera que está muerta por dentro.

Es casi la hora de cenar y un matrimonio acaba de cerrar la puerta de una pequeña habitación situada en la tercera planta. Fuera de esa misma puerta, a apenas dos metros, un niño permanece sentado en el inicio de la escalera, a la espera de que sus padres salgan. Juega con sus pies contra el suelo mientras se asoma entre los barrotes para observar el arcoíris de macetas que adornan el suelo del patio.

Tres pisos —y medio— más abajo, en una pequeña bodega convertida en taller, otro niño mira, fascinado, los relojes que hay sobre una vieja mesa de madera a la espera de ser reparados. Sabe que su padre le tiene prohibido entrar allí, por eso suele colocar a su hermano arriba, de vigía.

En ese mismo instante sujeta en su mano un precioso y caro —aunque eso él no lo sabe— reloj de bolsillo que parece estar en perfecto estado. De color dorado, tiene en su tapa una extraña inscripción con forma de dos corazones enfrentados. Lo abre y descubre unos preciosos números romanos en color oro sobre una esfera totalmente blanca. Es un reloj de mujer, y es un regalo, aunque todo eso él tampoco lo sabe.

De pronto, en la tercera planta, la puerta de la habitación se abre dejando escapar unos gritos que asustan a los dos hermanos. Padre y madre hablan a golpes. Ella sale de espaldas, quizás asustada, quizás arrepentida… quizás huyendo de un marido que en ese momento lleva la tristeza —y también la ira— derramada en el rostro.

Confusión, miedo, vergüenza, rabia, orgullo…

Y entre todos esos sentimientos una mujer cae durante tres pisos, atravesando el vacío, hacia un patio repleto de flores.

Arriba, un niño se tapa los ojos al ver lo sucedido. Abajo, su hermano deja caer el reloj que aún tiene entre las manos, sube corriendo los pocos escalones que le separan de su madre y se encuentra con el resultado.

Ambos descubren un dolor sin antecedentes.

* * *

Toledo, 2013

Salí con antelación de la que desde hacía apenas unos días era mi casa, pues temía retrasarme entre aquellas calles que parecían acertijos. Cerré la puerta intentando convencerme de que solo iba a dejarla a solas dos o tres horas. Aun así, bajé sin demasiada ilusión con la intención de volverme en cada nuevo escalón.

Abrí el portal a desgana, tropezando con un frío que a esas horas ya comenzaba a visitar la ciudad. Caminé en dirección a la plaza, con el cuerpo encogido y las manos en los bolsillos.

Allí, entre decenas de vidas que disfrutaban de un viernes por la tarde, distinguí a un grupo de personas alrededor de un pequeño quiosco; supuse que serían ellos.

—Espere ahí, a las ocho y media empezaremos —me dijo una chica joven mientras guardaba el dinero en una pequeña bolsa de plástico.

Me alejé unos metros a la espera de que se hiciera la hora. Aún quedaban unos diez minutos. Poco tiempo si se tiene con quien hablar; todo un mundo si, como era mi caso, no conocía absolutamente a nadie. Así que, desde ese balcón llamado soledad, me asomé para analizar a algunas de las personas con las que iba a compartir las siguientes dos horas.

Justo a mi lado, ajenos al mundo, dos jóvenes —ciegos en palabras— únicamente necesitaban comunicarse a través del tacto: labios y manos eran su pequeño alfabeto. A su lado, tres chicas utilizaban también sus manos, pero para jugar con sus respectivos móviles, sus dedos eran insectos sobre unas pantallas que a su vez se comunicaban con otras, a saber dónde, quizás a miles de kilómetros, quizás —quién sabe— entre ellas mismas.

Frente a mí, en un banco situado a unos tres metros, observé a otra pareja, a simple vista más consolidada; de esas que han abandonado los lenguajes alternativos, de esas que, aun en plena conversación, tienen los pensamientos mucho más lejos que sus palabras. En ese momento sus miradas no se cruzaban: ella hablaba a través del móvil mientras él giraba la cabeza para, disimuladamente, curiosear unas revistas eróticas que se asomaban tras el cristal del quiosco.

Unos metros más a la derecha, varios amigos no paraban de reír, dos señoras mayores parecían enfrascadas en una pequeña discusión y una pareja flotaba en el aire: me fijé en sus caras, y mientras sus palabras se acariciaban con el aliento, eran sus ojos los que se besaban con las miradas.

Me quedé observándolos demasiado tiempo, recordando aquellos años en los que yo también volaba, en los que nuestros sentimientos parecían estar bañados en almíbar, aquellos momentos en los que nunca me hubiese dado cuenta de si otra pareja flotaba. Reconozco que sentí envidia, pero no de la sana, porque esa no existe.

Había varias personas más alrededor, que supuse que también pertenecían al grupo… y finalmente yo.

Sí, yo; en singular, en impar, en solitario.

* * *

Mientras una parte de mi familia estaba a poco más de cinco minutos, la otra se alejaba a casi trescientos kilómetros. En realidad, sabíamos que esto podía ocurrir: estar separados a temporadas era una realidad que habíamos asumido, pero nunca pensamos que íbamos a estar tan lejos. Nos habíamos convertido en tres vidas que intentaban encajar en la distancia.

Ahora sé que el principal problema al acabar un puzle no es que te falten piezas, sino todo lo contrario: que haya demasiadas. Porque cuando esto ocurre siempre hay alguien que sale perdiendo.

Y mientras yo continuaba analizando vidas apareció un hombre alto, delgado y de unos sesenta y tantos años que, con cara seria y un pequeño aspaviento, consiguió mover al grupo.

Nos fuimos alejando hacia un extremo de la plaza, distribuyéndonos como en un pequeño teatro alrededor del hombre que había movido la batuta. Y yo, como siempre, me situé en esa butaca en la que —por estar demasiado alejada— supones que no te van a sacar a escena.

—Hola a todos —saludó con una voz imponente—. Mi nombre es Luis. Bienvenidos a Toledo.

* * *

Dejó pasar un silencio exagerado.

—Muy bien, pues empecemos. Como les he dicho, mi nombre es Luis, y hoy voy a compartir con ustedes dos horas que les parecerán diez minutos. Esta noche van a conocer el verdadero Toledo, no el que aparece en las guías turísticas, sino el real. Ese Toledo en muchas ocasiones mágico. Esta noche vamos a recorrer los secretos que esconde la ciudad. Bueno, no todos, porque para eso necesitaríamos varias vidas… Si durante la visita tienen cualquier duda basta con que levanten la mano, y si la pregunta es fácil, quizás se la pueda contestar. He de advertirles que vamos a estar transitando por auténticos laberintos, por callejones tan estrechos que tendrán que decidir si entran ustedes o sus sombras. —Sonreímos—. Les aseguro que por la mayoría de ellos apenas podrán pasar con los brazos abiertos —dijo mientras hacía el gesto con sus propios brazos.

»Les digo todo esto porque puede que alguno de ustedes se pierda. No se preocupen que no serán los últimos. Por eso, lo primero que deben saber es el nombre de esta plaza en la que estamos, pues será el principio y fin de la visita, y será, por tanto, el lugar por el que deberán preguntar si se extravían. Esta plaza se llama Zocodover, y no Zocodóver como mucha gente dice. Sí, ya sé que puede ser un nombre complicado de recordar; y si es difícil para ustedes, imagínense para un extranjero. Muchas veces me ocurre que a ellos, a los extranjeros, les es imposible pronunciar o recordar el nombre, así que les digo que si se pierden pregunten por el McDonald’s, pues eso lo suelen pronunciar mejor, y además, en la parte antigua de Toledo solo hay este que ven ustedes aquí a la derecha.

Todos dejamos escapar una pequeña sonrisa y miramos a nuestro alrededor, como para reconocer el lugar al que debíamos llegar si, por alguna inexplicable razón, nos perdíamos.

—Como les decía, esta va a ser una noche especial. Una noche en la que descubrirán que las estatuas, a veces, son capaces de cobrar vida; que la tristeza de una joven puede amargar el agua de un pozo para siempre o que un hombre de palo se paseó por estas calles hace mucho tiempo.

* * *

A la misma hora, a varias calles de distancia

Marta tiene, desde hace ya unos minutos, la sensación de que están siguiéndola. No ha mirado atrás porque le da más miedo hacerlo que seguir creyendo que es su propia imaginación. Y es que cuando uno no mira, aún le queda la esperanza de la duda.

Ya es de noche y el frío le recuerda que vive en una ciudad en la que el invierno siempre le araña días al otoño. Dobla una esquina y mientras camina comienza a fijarse en su propia sombra, sobre todo cuando esta se alarga al pasar bajo las farolas, ese es el mejor momento para descubrir si hay otras a continuación; pero no, si alguien le sigue, no está tan cerca.

Aun así, el eco de unos pasos le hace acelerar el ritmo y el pulso; y a partir de ese instante es el miedo el que comienza a perderla.

Llega a la siguiente esquina con los latidos en las palmas de las manos, para y se encuentra con el momento en que debe tomar una decisión.

Tiene dos opciones: dar un rodeo por tres calles más grandes o atravesar el pequeño callejón que le queda a la izquierda, un callejón tan oscuro como estrecho, pero que la deja a apenas unos metros de su casa.

Opta por el camino más corto. Gira a la izquierda y antes de introducirse en la oscuridad mira hacia atrás: no ve a nadie. Suspira aliviada.

Pero el gran problema de tener al miedo como compañero es que suele confundir al pensamiento, y claro, que te persiga alguien no significa que esté detrás de ti.

* * *

—Bien, pues empecemos aquí mismo. Esta plaza fue el centro neurálgico de la ciudad durante muchísimo tiempo. Su nombre, Zocodover, proviene del árabe y, como ya sabrán, «zoco» significa mercado, y la palabra completa significa «mercado de bestias de carga». Fue el punto más importante de la ciudad desde la Edad Media. Pero no solo para el mercado, sino por muchas otras razones. Por ejemplo, aquí se hacían los autos de fe de la Inquisición, e incluso la ejecución pública de los reos. Sí, aquí, sobre este mismo suelo, se han cometido centenares de asesinatos en nombre de la religión.

Todos miramos instintivamente nuestros pies, como si allí, bajo ellos, aún estuvieran los restos de aquellos muertos que nacieron en la época equivocada: cuando la fe movía montañas y arrasaba vidas.

—En esta plaza se utilizó mucho el sambenito, una prenda que se ponían los penitentes católicos para mostrar arrepentimiento y sentirse humillados por delitos religiosos. Era un saco tipo poncho, en el que había un agujero para pasar la cabeza, de ahí lo de «saco bendito». Normalmente, la prenda venía estampada con una cruz, pero también con llamas de fuego, demonios y otros símbolos que aludían al tipo de condena. Por ejemplo, si se dibujaban llamas hacia arriba eso significaba que el acusado iba a morir en la hoguera, en cambio, si eran hacia abajo, se salvaba de la muerte, pero sería quemado si reincidía… y como en aquel entonces con tres acusaciones bastaba para investigar a alguien, ya ven lo fácil que era acabar con una vida. ¿Se imaginan ustedes que existieran hoy en día los sambenitos para nuestros políticos, con dibujos dependiendo del tipo de corrupción realizada? —Todos reímos—. Una vez que se ejecutaba la sentencia a muerte y pasaba un tiempo determinado, el cadáver era llevado al clavicote, que era como una especie de jaula donde el cuerpo era expuesto para que los ciudadanos dieran limosnas y así poder sufragar el entierro. El clavicote se instaló en esta misma plaza. Además, a todos los cuerpos de aquellos que eran asesinados, se ahogaban o, de una forma u otra, morían de forma anónima, también se les llevaba al clavicote para ver si alguien los reconocía.

»Pero, bueno, no todo lo que sucedía aquí era tan macabro. Como les decía al principio, en esta plaza se han instalado mercados, se han concentrado tiendecillas, se han celebrado numerosos festejos y se le ha llegado a definir como el mentidero de Castilla. Es decir, era el lugar a donde la gente acudía para enterarse de las últimas noticias y cotilleos: conocer cómo iba la guerra por tal sitio, saber si doña fulana o mengana se iba a casar; si se iba a subir algún impuesto… aunque la mayoría de las veces se hablaba más por no callar que por otra cosa. De hecho, aquí surgieron los grandes rumores de la ciudad y de Castilla. Vamos, que era como la prensa rosa de hoy en día. Síganme por aquí.

El grupo se movió de nuevo, y yo con él; al final, con la misma incomodidad de quien va a solas al cine.

—Ahora mismo estamos atravesando la calle del Comercio o calle Ancha, y unos metros más adelante pasaremos por una calle con un nombre peculiar: la calle del Hombre de Palo. A la vuelta les contaré esta historia… o leyenda.

Nos movimos dejando pequeñas calles que se perdían a ambos lados. Conforme avanzábamos, parecía que la ciudad quisiera atraparnos, pues la distancia entre sus muros iba disminuyendo, y daba la impresión de que nos introducíamos en un embudo de piedra.

—Me hace gracia —continuó el guía— cuando uno va de crucero y dice: «He estado en tal y tal y tal ciudad». En realidad, lo único que han hecho ha sido pisarlas, y entre pisarlas y verlas por la tele no hay mucha diferencia. Una ciudad hay que vivirla, sentirla, tocarla… Toquen, toquen estas paredes y noten el frío que Toledo pasa por las noches.

Y al instante, allí estábamos todos acariciando con nuestras manos aquellas grandes paredes de piedra.

* * *

Entra en el callejón y, a tientas, sin dar tiempo a que sus pupilas se acostumbren a la oscuridad, comienza a correr. No ha visto a nadie tras ella, pero el temor permanece en su intuición.

Cuando apenas le quedan unos metros, nota que la poca luz que entra por el extremo opuesto disminuye como en un pequeño eclipse: tres sombras bloquean la salida.

Quizás, si en ese mismo instante saliera corriendo en dirección contraria, podría escapar, pero tendría que haberlo hecho ya, incluso antes de pensarlo.

Se queda inmóvil.

Comienza a sentir su cuerpo como nunca antes lo había sentido: el bombear de un corazón que late a una velocidad inusual; el ir y venir de la sangre recorriendo los rincones de su anatomía; el calor que emerge de cada uno de los poros de su piel, la creciente borrosidad del entorno, el temblor de un cuerpo al completo…

Y de pronto, un frío extraño en sus piernas: se acaba de mear encima.

* * *

Continuamos caminando hasta una plaza en la que se alza uno de esos edificios que, con tan solo mirarlos, te permiten viajar en el tiempo.

—Bien, hemos llegado a la catedral de Santa María de Toledo. De momento, no les voy a decir nada más, simplemente quédense en silencio y disfruten de su belleza.

Entre la oscuridad de aquellas luces y una niebla que comenzaba a abrazarnos, mi imaginación me trasladó a un pasado repleto de romances y aventuras. Pensé en todo lo que habría vivido aquella ciudad, en las historias que permanecerían escondidas entre sus calles. No imaginé que en unos días comenzaría a escribir —y sobre todo a ocultar— también la mía.

—Si se fijan en ella —rompió su voz el silencio—, hay algo que llama mucho la atención: en lugar de tener dos torres, como la mayoría de las iglesias góticas, solo tiene una. En realidad, llegó a tener casi dos, pero finalmente se quedó así. Hay dos teorías sobre esto. La primera es que se gastaron todo el presupuesto en «otras cosas» y luego no hubo dinero para acabarla; les suena esto, ¿verdad? Y la otra opción es que los arquitectos dijeron que el suelo no aguantaría una segunda torre, algo también bastante creíble, pues, por si no lo sabían, Toledo está hueco por dentro.

»Pero si hay una historia curiosa relativa a esta catedral es la de su campana —continuó—. Esta catedral tiene la campana más grande de España y una de las más grandes del mundo; la llamamos, en un alarde de creatividad, la Campana Gorda. Fue fundida en 1755 y tiene más de dos metros de altura, más de nueve de circunferencia y pesa entre quince y diecisiete mil kilos, según a quien consulten. Sí, ya sé lo que se están preguntando ahora mismo. ¿Cómo diablos pudieron subirla hasta allá arriba? Pues pudieron, pero tuvieron que llamar a un buen número de marineros de Cartagena. No porque los toledanos no estemos fuertes, ¿eh?, sino porque ellos estaban acostumbrados a manejarse muy bien con poleas y grandes pesos. Se dice que estuvieron siete días para colocarla.

Todos nos quedamos boquiabiertos mirando la altura de la torre e imaginando las dimensiones de aquella campana.

—Nada más colocarla, ya supondrán ustedes la expectación que se creó entre la población. Pues bien, el 9 de diciembre de 1805, el día de Santa Leocadia, fue tocada por primera… y última vez. —Se oyó una exclamación colectiva—. Cuenta la leyenda que, al dar el primer y único campanazo,

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos