Si queréis saber por qué no he dicho nada, bastará con averiguar lo que me ha forzado a callar. Las circunstancias que rodean al hecho y las reacciones del entorno son coautoras de mi silencio. Si os digo lo que me ha ocurrido, no me creeréis, os echaréis a reír, os pondréis de parte del agresor, me formularéis preguntas obscenas o, peor aún, os apiadaréis de mí. Sea cual sea vuestra reacción, bastará con hablar para sentirme mal ante vuestra mirada.
De modo que callaré para protegerme, descubriré únicamente la parte de mi historia que sois capaces de soportar. La otra parte, la tenebrosa, seguirá viviendo en silencio en los sótanos de mi personalidad. Esta historia sin palabras dominará nuestra relación, porque en mi fuero interno ya me he relatado, interminablemente, palabras no compartidas, narraciones silenciosas.
Las palabras son pedazos de afecto que transportan a veces un poco de información. Una estrategia de defensa contra lo indecible, lo que es imposible decir, lo que resulta penoso escuchar, acaba de establecer entre nosotros una extraña pasarela afectiva, una fachada de palabras que permite mantener oculto un episodio inverosímil, una catástrofe en la historia que me repito incesantemente, sin decir palabra.
El no-compartir emociones instala en el alma del herido una zona silenciosa que habla sin cesar, como un altavoz que murmura en el fondo de sí un relato inconfesable. Es difícil callarse, pero es posible no decir. Cuando uno no se expresa, la emoción se manifiesta con más fuerza aún sin las palabras. Mientras sufre, un herido no habla, simplemente aprieta los dientes. Cuando lo nodicho hiperconsciente no es compartido, estructura una presencia extraña. «Este hombre habla con naturalidad y, sin embargo, sé muy bien que habla para ocultar lo que no dice.» La represión organiza interacciones diferentes. En primer lugar, es inconsciente. Pero en los sueños surgen escenografías extrañas de las que proceden algunos enigmas que hay que descifrar.
El avergonzado aspira a hablar, querría decir que es prisionero de su lenguaje mudo, del relato que se cuenta en su mundo interior, pero que no os puede decir porque teme vuestra mirada. Cree que se morirá de vergüenza.1 Entonces cuenta la historia de otro que, como él, ha sufrido una fractura increíble.
Escribe una autobiografía en tercera persona y se asombra del consuelo que le proporciona el relato de otro como él, un representante de sí mismo, un portavoz. El hecho de haber dado forma verbal a su fractura, y de haberla compartido a pesar de todo, le ha permitido liberarse de la imagen del monstruo que creía ser. Se ha convertido en un ser como los demás, puesto que le habéis comprendido, ¿y tal vez amado? La escritura es una relación íntima. Incluso cuando se tienen miles de lectores, en realidad se trata de miles de relaciones íntimas, porque en la lectura uno está a solas.
UN RECUERDO DE LA INFANCIA
En aquella época, el pont des Arts era un lugar poco frecuentado. Paseábamos por allí charlando en voz baja.
«Vivo aquí —me dijo Soufir señalando una casa que quedaba algo apartada respecto a la fachada del instituto—. Mi padre es muy rico. Quiso que estudiara en París y me compró un taller de pintor en el quai Conti… Me da vergüenza.»
Jamás habría pensado que uno pudiera avergonzarse de vivir en un lugar tan increíble. A través de los cristales podían verse los tejados del instituto, el Louvre y el Sena, y apenas unos centenares de pasos separaban la casa de la facultad de medicina donde estudiábamos.
Yo, en cambio, vivía en la rue de Rochechouart, entre Pigalle y Barbès, en una pequeña habitación sin agua corriente ni calefacción, que no debía de medir más de diez metros cuadrados. Me sentía casi orgulloso de ella, pues la había pintado de rojo y azul, los colores del cuadro de Picasso Jacqueline con las manos cruzadas. No me avergonzaba de la escarcha en las paredes ni del hielo en los cristales, que simbolizaban la prueba del frío y de la pobreza que sabría superar, pero sí me avergonzaba del enorme agujero entre las piernas de mi pantalón tan gastado que sin duda habría suscitado el desprecio de los estudiantes si hubieran podido verlo.
Soufir y yo éramos amigos y hablábamos con orgullo de lo que podíamos compartir. Me hablaba de la belleza de Marruecos, me impresionaba al describirme las recepciones de su familia y me sorprendía cuando me explicaba la mezcla de admiración y temor que sentía por su padre. Pero yo me daba perfecta cuenta de que todas esas historias le permitían mantener oculta una parte dolorosa de su vida familiar.
Una noche, Soufir me propuso continuar nuestra charla en un pequeño restaurante del barrio. Me empeñé en pagar la mitad de la cuenta, gesto que me impidió comprar los tíquets del restaurante universitario de casi toda la semana. Me habría dado vergüenza no estar a la altura. Necesitaba aparentar sentirme tan cómodo como él. Si le hubiera dejado pagar, su obsequio habría sido para mí como una dominación, casi una humillación.
El hecho de no poder acudir al restaurante universitario durante el resto de la semana me recordó que después de la guerra, cuando estaba en una institución para niños, hacíamos lo posible para que nos asignaran la tarea de limpiar la mesa, tarea que nos permitía recoger un puñado de migajas suplementarias. Ese recuerdo no me provocaba un sentimiento de humillación. Más bien al contrario, sentía un vago orgullo de haber vivido esa circunstancia, como la escarcha en las paredes y el hielo en los cristales de la rue Rochechouart. Sin embargo, no se lo explicaba a Soufir porque temía provocar su extrañeza o su piedad (como en el caso del pantalón desgastado entre las piernas). ¡Así que un mismo hecho podía provocar un sentimiento mezcla de vergüenza y de orgullo! En mi fuero interno, un puñado de migajas recogidas al limpiar la mesa no eran motivo de vergüenza. Experimentaba una sensación incluso de victoria, de haber hecho un buen negocio con las migajas rapiñadas. Pero en el fuero externo, el de las palabras intercambiadas, ¿quién habría podido entender una cosa así?
Me temo que hasta nosotros, los amigos avergonzados, fuimos algo despreciativos. ¿Sabéis quién era el objeto de nuestro desdén? ¡Alain! Siempre contento consigo mismo, su eterna satisfacción nos sacaba de quicio. Comentábamos en privado que su felicidad se debía a su incapacidad de ser consciente de las dificultades de la vida (lo que daba a entender que el veneno de la vergüenza que impregnaba nuestra vida íntima se debía a nuestra conciencia). ¿Cómo os explicáis esto? Nos sentíamos rebajados por la mirada de los otros porque teníamos un agujero en los pantalones o porque nuestro padre nos infantilizaba regalándonos un piso demasiado hermoso y, en cambio, nos sentíamos más humanos que Alain. Afirmábamos que estaba protegido por su inconsciencia. No sentíamos admiración por la fuerza que le daba su visión simple del mundo. Con su sonrisa satisfecha, nos explicaba que no había que repetir ningún curso de medicina, ya que un fracaso así provocaría la pérdida de ingresos una vez instalados en una consulta. De modo que Alain, a fin de ganar algunas horas de estudio todas las mañanas, elegía las prácticas mal organizadas que permitían no acudir al hospital. Había calculado que la preparación de exámenes y la lectura de revistas hacían perder tiempo, era preferible dedicarse a aprender tan solo lo estrictamente necesario para aprobar los exámenes. Nos parecía un memo cuando nos explicaba que bastaba con recorrer las páginas de la izquierda de los libros y elegir algunas palabras clave en las páginas de la derecha para aprobar los exámenes. Nos parecía despreciable cuando nos decía que se iba a casar con la hija de un rico para tener un coche, una casa de veraneo y una ayuda material durante sus años de estudio.
Nunca repitió un curso, sacó el título muy joven, jamás se sintió avergonzado. Se divorció, ella se suicidó. Él nunca se sintió culpable.
Nosotros, los avergonzados, despreciábamos al que no sentía vergüenza porque creíamos que su fuerza y su necia felicidad se debían a su falta de moral. Nosotros, en su lugar, nos habríamos muerto de vergüenza. ¿Tal vez incluso nos enorgullecía pensar que esa muerte de vergüenza habría sido la prueba de nuestra moralidad? No éramos ni monstruos ni máquinas de ganar. El veneno de la vergüenza atestiguaba nuestra capacidad para sufrir por la mirada de los otros, porque le concedíamos mucha importancia, prueba de nuestra moralidad.
Soufir y yo hablábamos de política y de literatura. Me explicaba cosas de Marruecos, de la belleza de sus ciudades y la riqueza de su cultura. Jamás supe cómo ganaba su padre el dinero del que su hijo se avergonzaba.
Yo le hablaba de mi compromiso político, por supuesto con la izquierda, de las discusiones con los camaradas, de nuestros actos valerosos y de nuestras cobardías, de las que no me avergonzaba. No hablaba jamás de los agujeros en el trasero de mis pantalones, en las suelas de los zapatos y en el techo de mi habitación. Él, el meteco rico, no hablaba jamás del desgarro de sus orígenes. Yo, el meteco pobre, no hablaba jamás del desgarro de mis orígenes. El silencio de nuestras vergüenzas nos unía en un pacto secreto. Intercambiábamos las emociones que podían compartirse, pero ocultábamos nuestros sufrimientos mudos. Utilizábamos el «yo» con placer cuando hablábamos de Marruecos, de Europa central, de cine o de literatura. Pero a pesar de esos relatos y de esas emociones compartidas, nuestros mundos íntimos jamás llegaban a ponerse en «yo».
Había que silenciar la parte podrida de nuestra alma y hablar únicamente de los recuerdos agradables para poder vivir juntos y compartir algunos instantes de felicidad. La vergüenza, enquistada en el fondo de nuestras conciencias, organizaba nuestras relaciones amistosas en dos zonas, una, llena de relatos y de amistad, y la otra, silenciosa, que envenenaba nuestra vida íntima. Si se bajaba un poco la guardia, existía el riesgo de que se escapara una palabra que habría desvelado nuestra alma desgarrada, un gesto que habría descubierto el desgaste de los pantalones.
Soufir se marchó del quai Conti sin un adiós, sin una palabra de amistad. Me dijeron que habían metido a su padre en la cárcel. La vergüenza hizo huir a mi amigo, que no habría podido soportar mi mirada.
Alain se volvió a casar, ganó mucho dinero y se mató circulando a toda velocidad en su coche deportivo, sin haber experimentado jamás el menor sentimiento de vergüenza.
Sesenta años más tarde, en el puerto de La Petite Mer, en La Seyne, cerca de Toulon, estaba charlando con Laurent mientras me reponía una tabla en mi pointu provenzal. Estas embarcaciones son obras de arte, pero como están hechas de madera, hay que cuidarlas a diario, de lo contrario hacen agua. Laurent me explicaba que iba a la escuela del barrio, justo al lado del puerto. Sus padres eran sordos y no sabían hablar con los labios. El niño se moría de vergüenza cuando veía a las guapas mamás que acudían a recoger a sus hijos y les hablaban. De pronto, se le quebró la voz: «No había comprendido el inmenso regalo que me hicieron rodeándome de tanto afecto y devoción a pesar de su deficiencia. Me da vergüenza haber tenido vergüenza. Ahora estoy orgulloso de ellos».
Hay muchos hijos de italianos en La Seyne. Sus padres vinieron a trabajar en los astilleros, en los barcos de pesca y en los campos de flores. Félie, cuando era niña, oía a su padre explicar con frecuencia cómo había tenido que huir de Italia. En 1920, siendo gendarme en Génova, recibió la orden de disparar sobre los obreros en huelga: «Cuando comprendí que íbamos a disparar, me puse pálido, me cagué en los pantalones, bajé el fusil», repetía sin cesar con las mismas palabras. Es difícil para una niña admirar a un padre pálido de miedo, que se caga en los pantalones. Cualquier niño hubiera preferido que restableciera el orden tras un combate heroico y que fuera
