Uno de los pavos reales se había vuelto loco. O a lo mejor se le había estropeado la vista, pero el caso es que de repente empezó a considerar que cualquier cosa azul y brillante era su rival.
Por suerte, en el pequeño valle a los pies de las Highlands escocesas apenas había nada que fuera azul y brillante. Había praderas y pastos y árboles, todo muy verde, y había brezales. Y muchísimas ovejas. La única cosa azul brillante que aparecía por allí de vez en cuando eran los coches de los visitantes. Lord y lady McIntosh habían transformado en cottages para huéspedes los edificios auxiliares, los graneros y cualquier cosa perteneciente a su mansión que se prestara a ello, con el fin de que el viejo caserón contribuyera a recuperar al menos en parte el dineral que les costaba. Las zonas más antiguas de la casa señorial probablemente se remontaban al siglo XVII, y en los siglos siguientes el edificio había experimentado diversos añadidos y ampliaciones. No siempre había presupuesto para las continuas modernizaciones, y así seguía siendo hoy en día. La casa costaba dinero. Primero se desconchaba la fachada y había que arreglarla, luego estallaba una cañería, y después había que renovar el tejado. De casi toda la instalación eléctrica se ocupaba la propia lady McIntosh porque ya apenas quedaban electricistas que se manejaran con ciento diez voltios y que conocieran los viejos fusibles. Las facturas de la calefacción provocaban sudores al matrimonio, pero en absoluto se podía decir lo mismo de la temperatura de la casa. El suelo de la planta baja era de losas de piedra y no se templaba ni en los veranos más calurosos… y los veranos cálidos eran bien escasos. En invierno el frío era tremendo. Había una calefacción central que no merecía tal nombre, ya que la mayoría de las habitaciones permanecían directamente frías. Solo la cocina tenía siempre una temperatura agradable gracias a un fuego que ardía sin cesar en el gran fogón Aga de hierro fundido. Lord y lady McIntosh se sentaban todas las tardes del año frente a la chimenea de la biblioteca, donde leían, trabajaban o veían películas en DVD. En invierno, a veces se iban a la cama con gorros de lana. No les importaba, estaban acostumbrados. Cuando se quedaban helados, se metían en la bañera o en el jacuzzi exterior, instalado en un extremo de la gran explanada de césped.
A veces el lord decía en broma que podría intentar aislar la casa con billetes de banco. Era filólogo clásico y no entendía mucho de construcción. Lady McIntosh era ingeniera y entendía algo más, aunque trabajaba en una empresa de energía eólica. Los dos manejaban la aritmética básica: pobres no eran, para vivir les daba de sobra, pero no para meterse en una reforma a fondo de la vieja mansión.
Los cottages solo eran ligeramente más modernos, estaban algo mejor aislados y tenían suelos de moqueta y techos bajos, de modo que resultaban mucho más fáciles de calentar. Y, por supuesto, había mantas eléctricas en todas las camas. Se estaba muy a gusto en la antigua casa del guarda, situada a la entrada, a unos dos kilómetros de la casa señorial; también en la del jardinero, al otro lado del arroyo; en la lavandería, unos ochocientos metros valle arriba; en el antiguo establo, detrás del bosquecillo, y lo mismo en los otros cottages que se hallaban diseminados por el valle, junto a pistas de grava o al final de caminos sin asfaltar. Para visitar a los vecinos más cercanos había que ir en coche, y estar borracho al volver a casa no era demasiado problema porque no había ni tráfico ni controles de alcoholemia. Si uno acababa en la cuneta, siempre encontraba tractores de sobra dispuestos a sacar de allí el coche. Y contaban con lo que llamaban «pueblo», que consistía en un puñado de casas, una iglesia diminuta y una cabina de teléfono que nadie había utilizado en años.
El negocio de los cottages funcionaba muy bien, a la gente le encantaban la calma y la naturaleza. Apartarse de todo, sin cobertura de móvil ni televisión, y escuchar solo el murmullo del arroyo. Acudían sobre todo en verano; solían ser parejas de mediana edad que trabajaban mucho y que iban allí a pasear, o bien familias con niños. La vida transcurría más lentamente que en las ciudades y la población grande más cercana estaba a casi veinte kilómetros.
Un día, siguiendo un impulso, lord McIntosh adquirió cinco pavos reales, tres hembras y dos machos. Se había imaginado la bella estampa que formarían los machos exhibiéndose con sus abanicos desplegados por el extenso césped delante de la mansión. Las hembras, mucho menos agraciadas, se quedarían en un discreto segundo plano y servirían únicamente para darles a los machos una razón para competir entre ellos y lucir su plumaje. Pero eso solo había ocurrido en la imaginación del lord, a quien en general le gustaban mucho los animales aunque estaba lejos de ser un entendido. No había contado con que los pavos reales seguirían su tendencia natural a ampliar su espacio vital y, como resultado, apenas se los podría ver. Tampoco había contado con que en realidad se los oiría mucho; sus chillidos resonaban por todo el valle y producían cierto efecto selvático. Pero al final los McIntosh se acostumbraron, los animales se cuidaban prácticamente solos y hacían su vida. Solo desplegaban sus abanicos en época de celo, en primavera; después perdían las largas plumas, que volvían a salirles la primavera siguiente, y así un año tras otro, lo que impresionaba a lady McIntosh. La naturaleza está llena de maravillas. Una vez al año las pavas incubaban los huevos en algún lugar del bosque y luego nacían los polluelos, la mayoría de los cuales no sobrevivían. Quizá cada año salían adelante uno o dos, de modo que en el tiempo transcurrido tenían ya por lo menos cuatro machos y seis hembras, aunque nadie sabía con exactitud cuántos eran. El lord los alimentaba solo de tanto en tanto, especialmente en invierno, cuando no encontraban mucho que comer. En ocasiones uno moría de frío en el bosque y el matrimonio no se explicaba la razón, puesto que los animales solían reunirse en invierno en el cobertizo situado detrás de la casa, donde les daban de comer y hacía menos frío. Los pavos reales se adaptaron a los dos perros, Albert y Victoria, o más bien al revés; en algún momento Albert comprendió dos cosas: que los pavos reales se defendían y que no eran juguetes. Por su parte, Victoria era tan diminuta y tan vieja que ni se le habría ocurrido tal cosa. Con el viejo ganso gruñón también llegaron a un acuerdo sobre ciertos usos y costumbres relativos al reparto de los cuencos de comida, y después de un tiempo todos los animales se llevaban bien y en general no se molestaban. Vivían pacíficamente unos con otros, lo que hacía las delicias de los huéspedes.
Hasta que uno de los pavos reales se volvió loco. O dejó de ver bien. Naturalmente, a posteriori fue imposible saber qué le había pasado y en qué momento había empezado todo. Sin embargo, cuando los señores Bakshi llegaron a finales de agosto nadie sospechaba nada. El matrimonio había alquilado por tres semanas uno de los cottages. Se instalaron en el antiguo lavadero, que les pareció precioso y adorable, y repetían a menudo lo a gusto que se sentían, lo encantador que era todo y la suerte que habían tenido de encontrar aquel sitio. En realidad la casita no era precisamente lujosa. No había ducha, sino solo una bañera mal aislada en la que el agua se enfriaba enseguida. El suelo de la cocina estaba tan inclinado que los primeros días el matrimonio se sentía como en un barco porque el suelo nunca acababa de estar donde uno se lo esperaba. Pero no tardaron mucho en acostumbrarse a que el fregadero nunca se vaciara del todo porque el desagüe no se hallaba en el lado inclinado; la señora Bakshi también se habituó a que el aceite se quedara en un lado de la sartén, de hecho lo encontraba curioso. Incluso empezó a parecerles muy práctico que las uvas que se les caían acabaran rodando todas al mismo rincón.
Una vez al día, el señor Bakshi limpiaba con la manguera del jardín la caca de ganso de las losas de delante de la casa. Por alguna razón incomprensible, el lugar preferido del ganso era justo enfrente de su puerta, y todos los días el señor Bakshi se asombraba de la cantidad de excrementos que podía producir un único ganso. Lady Fiona McIntosh se sentía un poco incómoda por aquella preferencia del animal, pero el matrimonio le aseguró que no importaba. En realidad, explicó la anfitriona, los gansos no están hechos para la soledad, pero no querían estar siempre comprando gansos únicamente para que el suyo no estuviera solo. A lo mejor lo que buscaba era un poco de compañía.
Los Bakshi se pasaron las tres semanas sin hacer básicamente nada. Iban mucho de paseo: salían por la entrada principal pasando por delante de la casa del guarda, atravesaban el pueblo, recorrían una pradera en la que sorprendentemente había dos alpacas, cruzaban el puentecillo peatonal sobre el río y volvían por la otra orilla hasta el siguiente puente, desde el que regresaban a la casa. O bien iban por detrás de la casa hacia la izquierda, pendiente arriba, pasando por la capilla en ruinas, que estaba algo apartada del camino y oculta por espesos árboles, después atravesaban unos pastos con vacas y, describiendo un gran arco, llegaban a la entrada de la propiedad y desde allí volvían. Por el camino recogían moras o se detenían para disfrutar de las vistas del ondulado paisaje y, más lejos hacia el norte, de las Highlands. Abrían portillos y pisaban boñigas, saltaban vallas y aterrizaban en cacas de oveja; se limpiaban los zapatos y se lavaban las manos en el arroyo que atravesaba el valle. Se quedaban asombrados por las ingentes cantidades de conejos, observaban los pájaros, y una vez incluso vieron un ciervo majestuoso. Un día especialmente caluroso, lady McIntosh les mostró un lugar escondido bajo los árboles, al final de unos pastos, donde el arroyo se ensanchaba y formaba una piscina natural en la que se podían bañar. El agua estaba fría pero espléndida, y al nadar contra la corriente se quedaban siempre en el mismo sitio. Los Bakshi no dejaban de sonreír de puro placer, luego se secaron rápidamente y se volvieron a vestir.
Por lo demás, se dedicaron a leer y a contemplar al ganso y a los pavos reales que se exhibían por el césped. El señor Bakshi se empeñó en perseguirlos con sigilo para intentar fotografiarlos, lo cual resultó pasmosamente difícil; mientras tanto, su esposa hacía una manta de ganchillo para su primer nieto, que nacería enseguida.
Estaban tan entusiasmados por todo, que la última noche, para despedirse, invitaron a los McIntosh al antiguo lavadero, donde les sirvieron un ave al curri espectacular. En realidad no era apropiado visitar a los huéspedes en su cottage; sin embargo, desde la muerte del viejo lord unos años atrás, Hamish y Fiona McIntosh no eran tan estrictos con las normas.
Aun así, lo primero que quiso hacer el lord fue despachar las formalidades. La oficina de turismo escocesa llevaba un censo estadístico y todos los visitantes debían rellenar un cuestionario: cuánto tiempo se habían quedado en la región, cuántas veces la habían visitado, su edad, el tipo de alojamiento en que habían pernoctado, etcétera. Una encuesta interminable que, tal como les contó el lord a los Bakshi, a veces rellenaba su esposa para no molestar a los huéspedes. Él no tenía nada en contra, aunque en ocasiones lady Fiona se entusiasmaba un poco demasiado y se mostraba excesivamente creativa.
Bueno, pues démelo, dijo el señor Bakshi, quitándole el cuestionario de las manos. Su mujer afirmó que la gente tampoco iba a ser más fiel a la verdad que lady McIntosh, así que el lord no tenía por qué preocuparse. En casos así, ella misma solía marcar lo que le parecía más gracioso, o bien escribía cualquier tontería. Fiona se alegró de oír eso; las señoras se entendían.
El señor Bakshi leyó las preguntas en voz alta y le preguntó a su esposa por qué habían elegido aquel lugar y a qué se habían dedicado. Ella quiso mirar qué opciones se ofrecían. Esta, dijo, «observar la fauna salvaje», sonaba muy bien, para eso habían ido allí. Al fin y al cabo, una de las últimas noches vieron una lechuza. Sí, intervino el lord, solían dejarse ver a menudo. Y esta, prosiguió la señora Bakshi, «acción y aventura», esta también era estupenda, había que marcarla. De hecho, informó su marido, aquella misma mañana habían experimentado las dos cosas: mucha «acción y aventura» con «fauna salvaje», y todo sin salir de la casita.
Aquella mañana, les contaron, un ruido extraño los despertó muy temprano. La señora Bakshi pensó que podrían ser pájaros que alborotaban en el antepecho de la ventana y que a lo mejor, bueno, estaban «haciendo pajaritos» y golpeaban los cristales con las alas. Se levantó, apartó con cuidado la cortina y efectivamente encontró un herrerillo; pero no estaba fuera, sino dentro, y chocaba contra el cristal porque quería salir. El matrimonio se preguntó cómo habría entrado, ya que dejaban todas las ventanas cerradas durante la noche, y no tanto por miedo a las aves como por miedo a los mosquitos. El lord comentó que a veces los pájaros se caían por la chimenea y lo dejaban todo perdido con el hollín que arrastraban. Los Bakshi contestaron que el herrerillo estaba muy limpio, pero en cualquier caso lo importante era que se hallaba dentro, en su dormitorio. La señora Bakshi subió la hoja de la ventana de guillotina y el pajarito se dio cuenta enseguida, salió hasta el antepecho y echó a volar hacia el bosque. Ella regresó a la cama dejando la ventana abierta para que entrara un poco de aire fresco.
No sería una historia muy emocionante si no fuera porque una hora después volvió a despertarlos el mismo ruido. Bicho estúpido, gruñó el señor Bakshi contra la almohada, mira que meterse otra vez aquí. Pero en esa ocasión era una golondrina que por desgracia se había quedado encerrada entre las dos hojas de la ventana, y solo con muchas dificultades se las ingeniaron para sacarla de allí; el animalito era presa del pánico y cada vez que movían las hojas se quedaba más atrapado. Al final consiguieron empujarla hacia la abertura con el mango de una cuchara de palo, el señor Bakshi pudo cogerla y depositarla en el antepecho y la golondrina salió volando hacia el cielo; por suerte no estaba herida. El matrimonio afirmó que en verdad era extraño que en la misma mañana dos pájaros se hubieran comportado de una forma tan rara, normalmente nunca se metían en las casas.
El lord explicó que desde hacía cierto tiempo vivían en las montañas dos águilas a las que a veces se podía ver volando muy alto en el cielo. Pero en alguna ocasión se acercaban al valle, y entonces los pájaros se volvían un poco locos. A lo mejor había pasado eso aquella mañana, pues que primero se metiera un herrerillo en la casa de forma misteriosa y más tarde una golondrina se quedara atrapada en la ventana… en fin, los pájaros no solían hacer cosas tan raras.
Y así transcurrió la conversación, charlando sobre pájaros mientras saboreaban la deliciosa ave al curri de la señora Bakshi.
