Prólogo
Como casi todos los cristianos de mi generación, mi camino de fe lo iniciaron y lo han acompañado sobre todo mujeres creyentes. Mi historia personal, que hay que situar en un pueblecito del Monferrato, ha tenido algunos rasgos peculiares que han acentuado este hecho cultural y sociológicamente indiscutible en el contexto de la Italia católica de los años cincuenta: en las iglesias de mi infancia y adolescencia las mujeres ocupaban siempre los primeros bancos, justo detrás o al lado de los niños, mientras que los hombres se situaban al fondo del templo, a menudo ni siquiera sentados, sino de pie junto al portal. No había soplado aún el viento del «nuevo Pentecostés» del papa Juan y del concilio: entre los «signos de los tiempos», el papa Roncalli incluyó la promoción de la mujer en la sociedad del siglo XX, y el concilio dirigió a las mujeres uno de sus mensajes finales, con acentos que sonaban inéditos a los oídos de los católicos: se afirmaba que la Iglesia estaba «orgullosa de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer […] su innata igualdad con el hombre». No obstante, el texto continuaba asignando a las mujeres la misión de «la guarda del hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna. Estáis presentes en el misterio de la vida que comienza». Y el mensaje concluía con un mandato solemne: «Mujeres del universo todo […], a vosotras toca salvar la paz del mundo» (Mensaje de la Iglesia a las mujeres, 8 de diciembre de 1965).
Se había puesto la primera piedra. Sin embargo, la esencia femenina seguía reducida al matrimonio y a la maternidad y, aunque se reconocía que «ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora» (Mensaje de la Iglesia a las mujeres, 8 de diciembre de 1965), poco se avanzaba respecto al papel de la mujer en la Iglesia. Más tarde, Juan Pablo II afirmó la necesidad urgente de pasar «del reconocimiento teórico de la presencia activa y responsable de la mujer en la Iglesia a la realización práctica» (Christifideles laici 51) y pidió perdón por los abusos cometidos contra las mujeres (cf. Mulieris dignitatem y Homilía de Juan Pablo II en la Santa Misa de la Jornada del Perdón, 12 de marzo de 2000). En varias ocasiones el propio Papa invitó a «reflexionar sobre el papel de la mujer», para otorgarle mayor protagonismo en la sociedad y en la Iglesia, y su insistencia no fue en vano, ya que muchas mujeres se dedicaron al estudio de la teología y de la antropología, con resultados muy notables.
Por último, el papa Francisco ha recogido con convicción la herencia de sus predecesores y en varias ocasiones, tanto de manera formal como informal, ha centrado de nuevo la atención en la presencia y el papel de las mujeres no solo en la vida diaria de la Iglesia sino también en los distintos organismos eclesiásticos. Recientemente, en un gesto de gran alcance simbólico, ha incluido la conmemoración litúrgica de santa María Magdalena en el registro de las «fiestas», equiparándola así a los apóstoles y recuperando para la santa la antigua tradición de apostola apostolorum. Además, el papa Francisco ha creado una comisión de estudio, compuesta por mujeres y hombres, para examinar desde un punto de vista histórico y teológico la cuestión del diaconato femenino.
El hecho de haber vivido todas estas etapas, y de haberlo hecho además desde hace cincuenta años en una comunidad de hermanos y hermanas, me ha impulsado a reflexionar sobre los fundamentos evangélicos del papel de las mujeres en la comunidad cristiana y, de una forma más apremiante aún, sobre la actitud de Jesús ante ellas. Considero de hecho que, incluso antes de pensar en estas reformas institucionales, toda la Iglesia debería primero tomar conciencia del modo innovador y hasta «subversivo» de comportarse de Jesús ante las mujeres, siguiendo también en esto el evangelio y prestándole obediencia.
En este sentido me uno asimismo al clamor que se eleva por doquier hacia la Iglesia para que recupere, con las mujeres y gracias también a ellas, una frescura y una afabilidad a la hora de vivir, anunciar y dar testimonio del evangelio que una estructura demasiado esclava de mentalidades mundanas —de la machista de antes, que todavía persiste, a la reivindicativa y eficientista de nuestros días— ha perdido. Si el ejemplo de Jesús fuera de nuevo la guía segura para vivir hoy el evangelio, y hombres y mujeres aprendiéramos a caminar juntos en la diversidad reconciliada, la convivencia sería mejor y más hermosa, y el avance de la Palabra en el mundo de hoy recuperaría el impulso perdido.
«Varón y hembra los creó»
La mayoría de las veces, las mujeres que pueblan los numerosos relatos del Antiguo Testamento parecen confinadas a la sombra de los protagonistas masculinos […]. Pero no por eso su papel es menos determinante. Las encontramos siempre allí donde, al abrigo de las miradas, se toman decisiones que determinan el futuro. Dispuestas casi siempre a defender la vida, saben cómo evitar que esta se hunda en los atolladeros de la injusticia y de la violencia, y su audacia solo es equiparable a su grandeza de ánimo y discreción.
ANDRÉ WÉNIN
Observar los vínculos y las relaciones que una persona teje y cultiva es una de las mejores maneras de conocerla. La forma en que mira a los demás, los distingue, elige tener a su lado a unos y no a otros, las amistades y los afectos: todo esto dice mucho de una persona. Por eso también el camino que nos lleva a conocer mejor a Jesús pasa necesariamente por el análisis de las relaciones que mantuvo: ante todo con sus discípulos, que formaron parte de su vida durante unos años, pero también con los enfermos (fueron sus encuentros más numerosos), con los pecadores, con los no judíos (los gojim, los gentiles) y con los que fueron sus enemigos.
Jesucristo, como todos, se relacionó con hombres y mujeres: de ahí que debería ser natural reflexionar también sobre la relación entre Jesús y las mujeres que estuvieron presentes en su vida y en su ministerio de anunciador del reino de Dios. No obstante, debemos admitir francamente la escasez de fuentes que puedan ofrecernos un testimonio al respecto, escasez debida a que las mujeres en la cultura antigua dominante, y especialmente en el área del Medio Oriente, eran seres marginales e inferiores. Hasta cabría preguntarse si se les reconocía una subjetividad: no estaban presentes en la vida pública ni tenían posibilidad de ser protagonistas significativas de la historia, a menos que fueran reinas o estuviesen dotadas de un gran talento poético. Así que en nuestras fuentes tampoco aparecen las mujeres, que en las narraciones tienen menos presencia de la que objetivamente habrían podido tener y que, cuando se recuerdan, a menudo aparecen en silencio. Por eso es necesario que nosotros, lectores de las fuentes, no deduzcamos la ausencia de las mujeres cuando no se las menciona, ni demos por seguro su silencio cuando no se recuerdan sus palabras. Dada su irrelevancia social y religiosa, las mujeres eran ignoradas en la tradición oral y en la escrita, confiadas siempre a los hombres, que se consideraban los únicos intérpretes autorizados de los hechos y de la historia. Es un motivo más para crear y alimentar una visión ideal de la mujer sometida, obediente, oculta, silenciosa, situada siempre en casa, en familia, y nunca figura parlante o pública.
Pero no basta con denunciar la escasez de las fuentes y el consiguiente silencio sobre las mujeres: es preciso presentar, aunque sea brevemente, la cultura dominante en la época de Jesucristo, cultura inspirada también en las Escrituras, que eran el fundamento de la fe y de la moral de la sociedad judía. Si bien es cierto que el texto más reciente sobre la creación del mundo (Gn 1,1-2,3a) afirma que el adam, el terrestre, el humano-humanidad sacado del adamah, de la tierra, fue creado «a nuestra imagen, semejante a nosotros», creado varón y hembra (Gn 1,26-27), y por tanto con igual dignidad para el hombre y la mujer, hay que admitir que el segundo relato, el más antiguo (Gn 2,4b-24), contiene elementos misóginos, ya que se trata de la elaboración literaria de una sociedad patriarcal en la que la preeminencia del hombre sobre la mujer estaba consolidada.
En esta narración, la mujer es creada después de las plantas y de los animales, es creada porque para el hombre «no se encontró ayuda adecuada a él» (Gn 2,18.20). Sacada de una costilla de Adán (cf. Gn 2,20), suscita su alegre y maravillada exclamación: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos!» (cf. Gn 2,23), pero todo el relato se nutre de la prioridad y preeminencia del varón. Así, el hecho de ser dominada por el hombre, condición normal de las mujeres de la época, se explica culpabilizando a la mujer tentadora del hombre, seducida por la serpiente y capaz de inducir al hombre a la caída (cf. Gn 3,1-13). Este mensaje, transmitido de generación en generación, siempre ha confirmado y justificado la primacía y el dominio del hombre sobre la mujer por ser la voluntad de Dios.
En esta reflexión preliminar no recorreremos el Antiguo Testamento en busca de otros testimonios sobre el tema de la mujer, que por supuesto serían numerosos, sino que, analizando brevemente la cultura de la época de Jesús, podemos afirmar que en la sociedad judía el papel de la mujer era sobre todo el de madre capaz de asegurar la generación, figura dotada de amor profundo y de misericordia en la vida familiar, personaje ejemplar por la fe y la capacidad de servicio en la vida religiosa de Israel. En el mejor de los casos, la mujer podía aspirar a desempeñar el rol de criada-señora de la casa del marido, de educadora de los hijos y consuelo del cónyuge, aunque siempre sometida a la autoridad de este último, privada de libertad y de autonomía, sospechosa siempre de caer en la tentación de la infidelidad. Como apunta exactamente la literatura sapiencial, solo la mujer virgen es deseada por el hombre para casarse, mientras que la mujer casada es «como la parra fértil en los muros de tu casa» (Sal 128,3) y su más alta vocación es ser la señora de la casa, previsora, prudente, ahorradora, fiable para el marido y educadora de la numerosa prole (cf. Prov 31,10-31). Los hombres deben guardarse de las mujeres, no abandonarse nunca a su amor (cf. Eclo 9,2), mantenerse alejados de las mujeres «cortesanas» (cf. Eclo 9,3-4) y, en cualquier caso, ser conscientes de sus artes de seducción y maldad (cf. Eclo 25,13-26,18).
A las mujeres pertenecientes a la comunidad del Señor se les exigía que cumplieran la Ley, que transmitieran la fe a las generaciones, pero sin tener una misión concreta. No se les permitía a las mujeres asistir del mismo modo que los hombres al culto en el templo y en las sinagogas, sino que solo podían ocupar un espacio limitado al fondo del recinto, desde donde asistían al culto celebrado por los hombres. La instrucción religiosa estaba reservada a los hijos varones y a las mujeres solo se les enseñaba la observancia de lo que les estaba prohibido, los preceptos negativos, lo que no debían hacer. Decía el rabino Eliezer: «Enseñar la Torá a la propia hija es enseñarle obscenidades» (Mishná, Sotah 3,4), y el comentario a esta afirmación dice así: «Más vale quemar las palabras de la Torá antes que confiarlas a una mujer» (Talmud palestino, Sotah 3,4,19a). Por tanto, hablar con las mujeres era «distraerse de las palabras de la Torá y correr hacia el infierno» (Pirqè Avot 1,5).
Es evidente que se consideraba que la mujer carecía de subjetividad, h
