PRÓLOGO
VERANO DE 2000
El veinte por ciento de las mujeres sufre un aborto alguna vez en su vida. Y, de entre ellas, el ochenta por ciento pierde su bebé durante las primeras doce semanas de embarazo. Si eres mayor de treinta años, tienes como mínimo un doce por ciento de probabilidades de sufrir un aborto, un porcentaje que aumenta a cada año que pasa.
Soy capaz de recitar de memoria estas estadísticas y muchísimas más. He estado investigando el tema sin cesar desde que empezamos a intentarlo. De eso hace ya cinco años. Desde entonces, he pasado horas interminables en la biblioteca y en internet, confiando en que aparezca un nuevo estudio o un nuevo fármaco que mejore las probabilidades de llevar un embarazo a buen puerto y dar a luz un bebé sano. Pero los resultados son siempre los mismos: por cada bebé que nace, hay muchos que no terminan con éxito su gestación. Por cada mujer que acuna un pequeño en brazos, hay otra que anhela poder consolar el llanto de un niño. Por cada pareja que consigue llenar su hogar con una familia, hay otra que nunca llegará a conocer la paternidad.
Miro la imagen de la ecografía que tengo en la mano. Primero la pongo de lado y luego boca abajo. He memorizado las líneas sinuosas en blanco y negro que rodean la única imagen que tengo de mi bebé. Le doy el color que no tiene el retrato e imagino que el líquido que lo envuelve, a él o a ella, es calentito y transparente, como el agua de una bañera. Estoy convencida de que el sonido chirriante que emiten al entrar en contacto con las vías las ruedas del tren que cojo a diario para ir al trabajo se altera y a mi bebé le parece una sinfonía que lo acuna hasta dejarlo dormido. Y que el miedo que impregna hasta la última célula de mi cuerpo no alcanza jamás el útero. Mi bebé vive en un mundo de felicidad y alegría, confiando en su futuro.
—Jaya. —La puerta del despacho se abre apenas unos centímetros, lo suficiente para que Elizabeth, la becaria, pueda asomar la cabeza—. Patrick al teléfono. —Confusa, mira mi teléfono y me doy cuenta entonces de que hay dos lucecitas que parpadean—. Te he estado llamando, pero no contestabas.
—Lo siento, estaba trabajando en un artículo —digo. Elizabeth mira el monitor y ve que la pantalla está negra, pero no comenta nada. La verdad es que no he oído sonar el teléfono ni que llamaran a la puerta—. Enseguida atiendo la llamada. —Espero a que cierre la puerta antes de descolgar—. ¿Patrick?
—Hola, cariño.
Su voz me resulta tan familiar como la mía. Llevamos juntos desde la universidad y ocho años de casados, de modo que conozco todos sus matices y lo que significa cada uno de ellos. El saludo rápido me da a entender que está mirando la pantalla del ordenador y sujetando el teléfono entre la oreja y el cuello. Es última hora de la tarde, así que lo más seguro es que vaya ya por su quinto café. Cuando estudiaba Derecho, intentó acabar con ese vicio y lo consiguió. Pero, en cuanto empezó a trabajar en el bufete más importante de Nueva York al año de terminar los estudios, su ingesta diaria pasó a ser de entre seis y ocho tazas.
—¿Quieres que pase por el chino a comprar algo para esta noche? —De fondo, lo oigo teclear y después remover papeles—. O, si lo prefieres, podemos cenar hamburguesas y patatas fritas. Otra vez —dice, en plan de broma.
Sería la cuarta vez esta semana, pero, en las catorce que llevo embarazada, las hamburguesas han sido mi único antojo. En el anterior embarazo fue la comida italiana, y en el anterior a ese perdí por completo el apetito y tenía náuseas constantemente.
—Patrick. —Sin quererlo, presiono con fuerza la imagen que tengo en la mano. Y, con la otra, aprieto el auricular contra mi oído hasta hacerme daño—. Es que… —Me interrumpo, sin saber cómo decírselo.
Patrick deja de teclear e inspira hondo.
—¿Jaya? —Noto la congoja en su voz y, al percibirla, se me corta la respiración. No es necesario que diga nada más: lo sabe—. ¿Has llamado a la doctora?
—Todavía no —murmuro.
—¿Cuándo has empezado a sangrar?
Su tono de voz se transforma en el que suele emplear en los tribunales, mientras que el mío se debilita hasta volverse casi inaudible. Es nuestro baile, el que aprendimos por necesidad, no por gusto. A cada paso que damos, yo titubeo y él se fortalece.
Nunca pensé que yo acabaría siendo así, aunque he aprendido que la vida rara vez funciona como esperamos. Patrick es la excepción a la regla. En su caso, todo ha ido siempre según el plan. Nacido para ser abogado, parece cobrar vida cuando se planta delante de jueces hastiados y jurados escépticos. Con su belleza clásica, su voz profunda y su aguda inteligencia, ha conseguido ganar casos suficientes como para llegar a ser uno de los socios más jóvenes de toda la historia de su bufete. Y eso era justo lo que él esperaba, y lo que tenía planeado, cuando se licenció en la facultad de Derecho.
Yo, en cambio, elegí el periodismo. Mi amor por la palabra escrita, junto con mi obsesión por los hechos y los datos, lo convertían en la carrera perfecta. Mi madre, decepcionada con mi elección, siempre se preguntó por qué no me decantaba por la medicina.
—Hace dos horas —reconozco.
Espero una réplica que me informe de quién es Patrick en estos momentos: el abogado, el hombre o el afligido padre.
—Nos vemos en la consulta —dice en tono cortante.
Sigue siendo el abogado. Con esta faceta, podrá abstraerse con los detalles médicos sobre el aborto y aceptarlo de un modo que a mí me resulta imposible. Envidio su fuerza y me gustaría tenerla también yo, pero esta me esquiva cada vez que intento alcanzarla.
—Nos vemos allí.
Cuelgo antes de que ninguno de los dos pueda decir nada más. Me niego a separarme de la imagen y la guardo a buen recaudo en el bolsillo de mi traje pantalón.
Me acaricio la barriga y espero una señal que me diga que todo va bien. Que no hay necesidad de ir corriendo a ver a la doctora ni de preocuparse por lo que pueda encontrarme. Me digo que el bebé sigue sano y salvo en mi vientre, esperando a que llegue el momento de nacer. Y espero, y sigo esperando. Al ver que no se produce ninguna señal, que no hay ninguna pista, empujo la silla bajo el escritorio y apago el ordenador. Le doy al interruptor de la luz, sumergiendo el despacho en la oscuridad, y salgo por la puerta.
Me cuesta abrir los ojos por culpa de la anestesia. Parpadeo varias veces y consigo centrar la imagen de Patrick y la ginecóloga, que están hablando en voz baja en la esquina de la habitación.
—Necesitará guardar reposo al menos una semana —le está diciendo la doctora a Patrick—. Nada de levantar pesos ni de actividades estresantes.
—¿Cuándo podremos volver a intentarlo? —Aparto sin miramientos la debilidad que me aplasta y encuentro mi voz. Se vuelven los dos a la vez, sorprendidos al verme despierta—. ¿Cuántos meses?
Intercambian una mirada que me da a entender que ya han estado hablando del tema.
—Cariño, ahora concéntrate en ti.
Patrick se acerca y me acaricia el pelo.
—¿Cuánto tiempo? Dímelo, por favor.
Y noto que las palabras salen fragmentadas, como esquirlas de cristal.
Entre este embarazo y el anterior esperamos seis meses. Patrick quería esperar más, pero yo estaba impaciente y desesperada por tener un hijo a quien amar. Cada embarazo exigía meses de tratamientos de fecundación in vitro que conllevaban inyecciones, fármacos y un seguimiento detallado de mis fechas de ovulación. Y cada aborto que seguía al embarazo era un fracaso que superar y una batalla que costaba comprender.
—El útero ha sufrido una perforación durante el proceso de dilatación y legrado. —La doctora echa un vistazo al informe antes de mirarme a los ojos—. Es raro, pero puede pasar.
El impacto reverbera en mi organismo. Mis ojos buscan rápidamente a Patrick, que tiene la vista fija en un punto indeterminado de la pared. Me coge la mano, la única señal que recibo de su dolor. Mi mano, sin vida, se deja agarrar.
—¿Y has podido cerrar el agujero?
Noto que el dolor se instala en mi garganta e impide el paso del aire.
—Sí. —Como si yo fuera un estudio científico, me explica mi futuro con palabras secas y carentes de emoción—. Ha sido un corte pequeño. Deberías recuperarte completamente y sin complicaciones.
—¿Y eso qué significa? —pregunto.
—Que tienes que esperar al menos un año —responde, con una rotundidad que me niego a aceptar—. Comprobaremos que todo esté correcto pero, de media, es el plazo de tiempo que recomendamos.
—Tiene que haber otra manera. —La desesperación me envuelve como una soga y empieza a apretarme hasta que el cuerpo se me queda entumecido. Después de tres abortos y un tsunami de emociones, busco un bote salvavidas y no lo encuentro—. ¿Y no puedo tomar nada para acelerar la recuperación?
—Jaya. —Patrick se pasa una mano por el pelo. Respira hondo y añade—: Ya hablaremos más adelante de todo esto, ¿vale?
Y sin darme tiempo a replicar, Patrick le dice alguna cosa en voz baja a la doctora. Ella asiente y sale de la habitación. Estrujo entre los dedos la sábana de la cama del hospital mientras la veo marcharse. No doy más pistas de mi desolación.
—¿Cómo te encuentras?
En cuanto nos quedamos a solas, Patrick baja la barandilla de la cama para sentarse a mi lado.
Una punzada de dolor me atraviesa el abdomen y la pelvis. Después de los abortos, nos han dado infinidad de razones por las cuales mi cuerpo se niega a gestar un bebé hasta el final del embarazo, pero ninguna de ellas me aclara cómo solucionar el problema.
—Tendría que haber sido una dilatación y un legrado como los otros. —Calculo el tiempo que nos llevará desde que empecemos una nueva ronda de fecundación in vitro hasta conseguir el embarazo. Impulsada por la desesperación, decido tomar medidas—. Tenemos que buscar otro médico. A lo mejor no es necesario esperar todo un año.
—Cariño. —Patrick espera a que lo mire a los ojos antes de continuar—: ¿Por qué no nos centramos ahora en tu recuperación? Del resto, ya nos preocuparemos después.
—Haré una búsqueda de especialistas y encontraré el mejor. —Ni siquiera escucho lo que Patrick me está diciendo. Mi cabeza es un torbellino de ideas. Formular un plan me ayuda a alejarme de la realidad de lo que acaba de pasar—. Seguro que mi padre conoce alguno.
—No quiero que busquemos otro médico —replica con cautela Patrick.
—¿Por qué?
Ante su silencio, me siento en la cama.
—Porque ya no estoy seguro de si esto es lo que quiero.
JAYA
TRES MESES DESPUÉS
2000
1
Cuando tenía cinco años, le pedí desesperadamente a mi madre un perro. La raza o el tamaño me traían sin cuidado. Simplemente quería algo mío para poder amar y abrazar. Y mi madre me sorprendió, justo tres días después, con un cachorrito atado con una correa. Era perfecto. Iba con el perro a todas partes y por las noches dormía con él. Unos meses más tarde, el perro se escapó del jardín y se perdió. Pasé horas sentada en la cama llorando, con mi madre observándome sin decir nada desde el umbral de la puerta de la habitación. Al final me quedé dormida, agotada por el dolor. A la mañana siguiente descubrí que mi madre me había tapado con una manta durante la noche y había apagado la luz. Jamás mencionó absolutamente nada sobre aquella pérdida.
Miro las olas rompiendo contra las rocas. A lo lejos se oye la sirena de un barco navegando por las aguas del río Hudson. Me arropo mejor con la chaqueta. El peso que gané con el bebé ha desaparecido por completo, robándome esa capa de calor que tanto anhelo. El frío del aire gélido traspasa la lana y estoy temblando.
Me quito las gafas oscuras y levantó la cara hacia el sol que asoma por detrás de las nubes. A pesar de que estamos solamente en octubre, la temperatura ha bajado de forma sustancial y nos alerta de que el invierno está próximo. El frío y la nieve no me molestan. Son una excusa para envolver mi cuerpo con capas de ropa y poder esconderlo al mundo. No siempre he preferido mi propia compañía a la de los demás, pero, como ya he dicho, jamás imaginé que mi vida sería lo que es ahora.
Protejo las manos bajo los muslos y me recuesto en el banco. Sentada, escuchando los cláxones de los coches y el sonido atronador de las sirenas de los barcos, agradezco que su potencia acalle los ecos de tristeza que llenan mi cabeza.
—Siento el retraso.
No me giro.
—Está bien —digo, aunque ambos sabemos que estoy mintiendo. Nada va bien, y me pregunto si algún día volverá a ser todo igual—. ¿Qué tal el trabajo?
—Bien.
¿Es eso lo que somos ahora? ¿Dos personas que se repiten como loros? Patrick se sienta a mi lado en el banco. El viento le levanta el pelo castaño de la frente. Lleva al cuello la bufanda que le compré hace dos inviernos. Comprarle cosas es algo que me sale ya natural. Conozco su marca favorita de zapatos, el diseño de corbatas que prefiere y el corte de trajes que le gusta. Entre el noviazgo y el matrimonio, nos conocemos el uno al otro mejor que nadie. Pero la enorme cantidad de tiempo que llevamos juntos no otorga un manual sobre cómo gestionar el dolor.
—Estupendo. —Vuelvo a mirar el agua, preguntándome si las respuestas que busco estarán en sus profundidades—. Eso es bueno.
Posa la mano sobre la mía y nuestros dedos se entrelazan de inmediato. Mis ojos se trasladan con tiento hasta los de él. Han pasado tres meses desde el aborto. Y, desde entonces, apenas hemos hablado.
—¿Recuerdas el primer día de clase del penúltimo curso? —No espera mi respuesta—. Entraste en el aula con el cabello recogido en un moño y sujeto con un lápiz. Llevabas unos vaqueros gastados y una sudadera con la frase: «Si a la primera no lo consigues, es que lanzarte en paracaídas no es lo tuyo».
—Me encantaba esa sudadera vieja y andrajosa. —La tiré cuando empezamos a vivir juntos al terminar la universidad. Tenía un agujero en la manga que se había ido agrandando y alcanzaba ya el hombro—. Y, además, no es que a ti te gustase mucho lo del paracaidismo.
—Mi error fue dejarte elegir el lugar de nuestra segunda cita. —Noto que la presión de sus dedos sobre los míos aumenta. Sin poder evitarlo, le devuelvo el gesto y agradezco el calor de su mano—. De haberlo sabido…
—¿Habrías dicho que no? —Sorprendida, le miro a los ojos y espero una respuesta. Aunque sabía que aquel día estaba nervioso, se vistió con el mono y entró de un salto en el avión sin poner ningún pero.
—¿Habrías aceptado otra cita si te hubiera dicho que no? —pregunta entonces él.
—Adoraba el paracaidismo —reconozco. La primera vez que me atreví a saltar fue al empezar la universidad. Para una chica tan convencional como yo, fue una forma agradable de alejarme de mi existencia diaria. Se convirtió en mi droga, en mi excitante natural—. Habría sido bastante duro que me hubieras dicho que no.
—En ese caso, me alegro de no haberlo hecho —replica. Muevo la cabeza en un gesto de asentimiento y entiendo lo que no dice, que no se arrepiente en absoluto de todos los años que hemos pasado juntos—. Hace mucho tiempo que no vas.
Y es verdad. No he vuelto desde que empezamos a intentar tener un hijo. Después del primer aborto, Patrick me pidió, y luego me suplicó, que habláramos, pero yo le dije que no había nada de que hablar. Me concentré en volver a quedarme embarazada, segura de que con ello solucionaríamos las heridas que el primer aborto había provocado. Pero los posteriores fracasos solo sirvieron para distanciarnos aún más.
—Tendrías que volver a ir —sugiere en tono amable—. Lo adorabas.
—A veces, con adorar algo no es suficiente, ¿no crees? —Ambos sabemos que no me refiero al paracaidismo. Me suelta la mano, y aunque ansío volver a cogérsela y apretársela con fuerza, lo dejo correr—. ¿Has encontrado piso?
Nuestra separación se ha ido produciendo por fases. Después del aborto, Patrick empezó a dormir en la habitación de invitados. Los fines de semana adquirió la costumbre de salir de excursión con los amigos o ir a Florida a visitar a su familia. Me pregunté en voz alta si nos estábamos separando. Cuando me respondió diciéndome que estaba buscando apartamento, otro fragmento de mí, ya desgastado, se rompió del todo, pero no dije nada.
—Sí. —Responde tan bajito que apenas lo oigo—. A dos manzanas de ti. De una sola habitación. De momento, es una cosa subarrendada durante seis meses mientras busco algo permanente.
Una parte de mí ansía creer que ha decidido quedarse cerca por mí, pero el lado lógico de mi cerebro me dice que es una cuestión de conveniencia. Nuestro actual apartamento está a un simple paseo de su trabajo y de todos nuestros lugares favoritos. Me pregunto si coincidiré con él en nuestro restaurante habitual o me lo encontraré leyendo el periódico un domingo por la mañana en la cafetería donde sirven los bagels recién salidos del horno y el propietario sabe exactamente cómo nos gustan. Patrick los prefiere poco tostados y rebosantes de queso fresco, mientras que yo…
—¿Jaya?
Por el tono en que dice mi nombre sé que ha estado repitiéndolo.
—Lo siento. —Me froto la sien, confiando en que el gesto me ayude a volver a la realidad—. Estaba perdida en mis pensamientos. —Me giro hacia el otro lado, negándome a dejarle que vea lo que estoy escondiéndole, que estos apagones son cada vez más frecuentes—. ¿Qué me decías?
—Si se lo has dicho ya a tus padres. —Duda antes de añadir—: Lo nuestro.
—Sí. —Me masajeo entonces el cuello para liberarlo de la tensión antes de girarme hacia él—. Los llamé la semana pasada. —Un barco navega lentamente por delante de nosotros y rememoro mentalmente aquella conversación—. Mi padre me preguntó qué tal lo llevaba y mi madre guardó silencio.
—Jaya —empieza a decir Patrick, pero lo interrumpo haciendo un gesto evasivo con la mano.
—Iré a verlos el fin de semana y se lo explicaré personalmente.
—¿Necesitas que te acompañe? —Me sostiene la mirada—. Para ayudarlos a entenderlo mejor.
Patrick es el hijo que nunca tuvo mi padre. A pesar de que mi madre aceptó nuestra unión y parecía satisfecha con ella, siempre mantuvo la distancia que guardaba con todo el mundo.
—Da igual que vengas o que no vengas. —A pesar de que está intentando aligerar mi carga, ambos sabemos que nada cambiará el desapego de mi madre—. Ella seguirá negándose a profundizar sobre el tema.
Veo que las arrugas de las comisuras de la boca de Patrick se tensan y sé que está reprimiendo lo que en realidad querría decir. El espacio entre nosotros empezó a agrandarse cuando nos pusimos a intentar lo del embarazo. Él se volvió más retraído a medida que yo me impacientaba cada vez más con tantos años de tratamientos de fecundación in vitro y problemas de fertilidad. Todas nuestras discusiones giraban en torno a los pasos que había que dar para poder concebir. Cuando por fin me quedé embarazada por primera vez, fue como si todos aquellos meses de desconexión no hubieran existido. Juntos lo celebramos e hicimos proyectos sobre la próxima incorporación a la familia. Cuando doce semanas más tarde sufrí el aborto, yo me derrumbé y él se distanció. Mi dolor lo abarcaba todo y no dejaba espacio ni para nuestro matrimonio ni para él. Y ahí se inició un ciclo que se repitió a lo largo de los otros dos abortos.
Se levanta y se envuelve mejor con la bufanda, asfixiando el poco oxígeno que aún pueda quedar entre nosotros.
—Pasaré a última hora del domingo a recoger el resto de mis cosas.
—Ya estaré en casa. —Aunque aún tiene su llave, actúo como si se tratara de una visita que se está autoinvitando.
—Perfecto, hasta entonces.
Me muero de ganas de pedirle que se quede, pero no me salen las palabras. Se me seca la boca y formar frases me resulta imposible. En los ojos me queman las lágrimas, pero no acaban cayendo. Me quedo viendo cómo se marcha hasta que lo pierdo de vista. Solo entonces miro al frente y sigo contemplando las aguas del Hudson. Cuando cae la noche y las luces de la ciudad empiezan a llamarme, inicio la larga caminata de vuelta a casa.
2
Cuando tenía siete años, quise aprender a montar en bicicleta. Mi madre me compró una con ruedines, pero yo se los quité enseguida. Apenas llegaba con los pies a los pedales. Me subía cada día a la bicicleta y cada día me caía. Hubo una caída especialmente dura que acabó con diez puntos de sutura en la frente. Después de aquello, mi madre se llevó la bicicleta y la guardó bajo llave en el garaje. Cuando me enteré y discutimos, me dijo que o lo dejaba correr o esperaba a ser un poco más mayor para volver a intentarlo. No le hice caso y saqué a escondidas la bicicleta del garaje. Al día siguiente, me rompí el brazo y me partí el labio bajando por una cuesta. Mi madre regaló de inmediato la bicicleta a un vecino.
Cuando le pregunté por qué lo había hecho, me respondió:
—A veces, Jaya, cuando las cosas te hacen daño, es mejor olvidarse de ellas.
Estoy delante de la puerta de la casa de mi infancia, en una de las despejadas zonas residenciales de las afueras de la ciudad. Acaricio la llave y dudo entre introducirla en la cerradura o llamar al timbre. Finalmente, guardo en el bolsillo el objeto de metal y pulso dos veces el timbre.
—¡Cariño!
Mi padre abre la puerta y me estrecha enseguida en un fuerte abrazo.
—Hola, papá.
Mis palabras se pierden en su ropa y su risa reverbera de su cuerpo al mío. Un olor a cebolla y ajo combinado con especias impregna la casa.
—Mamá lleva el día entero cocinando, ¿a que sí?
—Necesitaba una excusa. —Me rodea por los hombros con el brazo y me guía hacia la cocina—. Te ha preparado todos tus platos favoritos. —Duda unos instantes antes de preguntar—: ¿Qué tal estás, cariño?
Agradecida por su esfuerzo, sonrío pero no le digo la verdad.
—Estoy bien, papá.
Mi padre pasó mi infancia en el trabajo. E, incluso cuando estaba en casa, cedía la responsabilidad de mi educación y de la organización del hogar a mi madre. Ella marcó la pauta de nuestra relación madre-hija y la cimentó hasta dejarla en lo que es hoy en día: dos desconocidas unidas por un vínculo de sangre.
Mi madre sale de la cocina con un delantal ridículo que pregona a todo el mundo que el chef siempre tiene la razón. Igual que ha hecho antes mi padre, me da un abrazo, pero el de ella es más rápido y sus brazos apenas me envuelven.
—Llegas justo a tiempo para la cena. —Mira hacia el recibidor y luego vuelve a mirarme—. ¿Dónde has dejado las bolsas? Creía que te quedabas todo el fin de semana.
Lleva recogido su cabello castaño claro con un pasador. Sus ojos verde oscuro contrastan con su piel aceitunada. Crecí envidiando la belleza natural de mi madre. En nuestra pequeña comunidad, era admirada por todo el mundo por su hermosura. Ella siempre ha ignorado los cumplidos, ha vestido con sencillez y casi ni se maquilla.
Le enseño el bolso enorme que llevo.
—Es solo una noche. He puesto algo de ropa aquí dentro. —Con ganas de cambiar de tema, levanto la tapa de una de las cazuelas que hay en los fogones y aspiro hondo—. Huele de maravilla.
Mi madre guarda silencio y, cuando habla a continuación, lo hace tan bajito que tengo que forzar el oído.
—Necesitas estar con la familia. Sobre todo ahora que Patrick te ha abandonado y…
—Patrick no me ha abandonado. —Mi tono de voz suena más duro de lo que pretendía—. Juntos hemos decidido que nos teníamos que separar.
Miento. No ha sido una decisión. Han sido años de llanto y lamentaciones por parte mía y de alejamiento por parte de él, hasta llegar a un lugar desde donde ya no podía oírme.
—¿Porque no podéis tener niños? —pregunta mi madre, sorprendiéndome. Entrelaza las manos.
Mis padres llegaron de la India recién casados, me tuvieron a mí, su única hija, después de que mi padre acabara sus estudios como médico y se estableciera profesionalmente. «Fuiste una bendición —solía decirme mi padre de pequeña siempre que le preguntaba por qué no tenía hermanos ni hermanas—. No habría sido justo para las demás familias tener más hijos de lo que nos correspondía».
Pero nunca tuve la sensación de haber sido una bendición para mi madre. Sino más bien una decepción. Lo vi en su forma de fruncir los labios cuando perdí el concurso de ortografía de quinto curso en la última ronda, en el modo en que su expresión se endureció cuando me cargué un pompón en las pruebas para ser animadora y no conseguí entrar en el equipo, o en la mirada remota de sus ojos ahora, cuando piensa en mi incapacidad para parir un hijo.
—Sí. —Levanta la cabeza al oír mi respuesta, pero no dice nada. Trago el nudo que se me ha formado en la garganta, desesperada por recibir apoyo pero sabiendo que es mejor no buscarlo en ella—. Por lo de los niños.
—Lena. —Mi padre me da unos golpecitos cariñosos en la espalda y taladra con la mirada a mi madre—. Jaya acaba de llegar. Sentémonos a cenar y déjala que descanse un poco.
Coge platos y cubiertos y pone la mesa para tres. Mi madre y yo lo observamos como estatuas congeladas en el tiempo. Lleva también las bandejas con la comida y luego aparta dos sillas de la mesa. Mi madre toma asiento en la cabecera, y mi padre y yo nos sentamos a un lado y otro de ella.
—¿Qué tal te encuentras? —pregunta mi padre, médico por encima de todo.
—Bien —respondo, mintiendo—. Mi cuerpo se está recuperando.
Como nunca me he confiado a ellos, tampoco les cuento ahora la verdad; que los momentos de oscuridad me siguen por todas partes y que el dolor del legrado es un recordatorio diario de mi pérdida.
—¿Dónde vas a vivir?
Mi madre deja el plato sin tocar. Ha unido las manos delante de ella y tiene la cabeza inclinada, como si estuviera en un entierro.
—Patrick ha encontrado alojamiento. —Limito mis palabras a hechos desprovistos de emoción—. Un subarriendo de seis meses. Una sola habitación. En el mismo barrio.
—¿Y te quedarás sola en ese apartamento? —La mirada de mi madre se desplaza hacia mi padre y regresa a mí antes de anunciar—: Tú te vienes a vivir con nosotros, Jaya.
Mi cuerpo entero se pone rígido solo de pensar en volver a meterme en la cajita donde vivía de niña bajo la mirada de desaprobación de mi madre.
—Estoy bien, mamá —digo, ignorando la sugerencia.
Conociendo nuestro historial, doy por sentado que cambiará de tema. No puedo imaginar que me quiera de nuevo en casa mucho más de lo que yo estoy ansiosa por volver.
—No estás bien —replica, sorprendiéndome—. Puedes mentirte a ti misma, mentirnos a nosotros y mentir a quien tú quieras pero, por favor, reconócelo. No estás bien.
La oscuridad empieza a insinuarse.
—No quiero hablar del tema —contesto, desesperada por acabar con la conversación—. No quiero hablarlo contigo.
Después de tantas decepciones con los embarazos, estoy demasiado cansada para ahora congraciarme con ella.
Mi madre se levanta y devuelve pulcramente la silla a su lugar. Sin decir nada más, sale de la cocina y sube a su habitación. Durante el silencio que sigue, la vergüenza se apodera lentamente de mí.
—Lo siento. —El estómago me ruge de hambre, pero ignoro su llamada. Respiro hondo para controlar las emociones que amenazan con desbordarse. Levanto la vista y me encuentro con la mirada de dolor de mi padre—. No esperaba que fuera a hablar del tema.
—Tu madre te quiere.
Me cuesta contener una carcajada.
—El concepto de amor de mamá se limitó a llevarme al colegio y alimentarme.
El sentimiento de culpa me censura de inmediato. A pesar de que mi madre siempre fue una persona distante, cada vez que hacía algo por mí —prepararme meticulosamente mis platos favoritos, plancharme perfectamente la ropa, estar presente entre el público en cualquier acto escolar observándome con ansiedad— me convencía a mí misma de que aquello era amor. Mi madre siempre estuvo físicamente presente en cualquier aspecto tangible. Era la conexión intangible lo que nos faltaba.
—No puede venir ahora pidiéndome que la involucre.
—Tu madre lo hizo lo mejor que pudo —replica despacio mi padre.
—Ya lo sé, papá. —Intuyendo que es mejor esquivar una discusión, sacó algunos tuppers—. Podríamos guardar la comida en la nevera.
—Jaya. —Espera a que le mire antes de continuar—. Lo está pasando mal. —Noto una punzada de rabia. Yo también lo estoy pasando mal, pero mi padre siempre se ha puesto del bando de mi madre cuando ha tenido que elegir—. Ha recibido noticias de la India —me explica—. No tiene la cabeza donde tendría que estar.
—¿De la India? ¿Qué tipo de noticias?
Mi madre se negaba a hablar sobre su infancia en la India y nunca habíamos ido allí de visita. Con ganas de saber cosas, le había preguntado repetidamente de niña acerca de su país natal, pero la respuesta era siempre la misma: «Concéntrate en el futuro, Jaya, no en el pasado». Los padres de mi padre habían fallecido antes de que yo naciera y, siendo también hijo único, tenía poca familia a la que ir a ver. Recuerdo vagamente las contadas veces que los hermanos de mi madre vinieron a visitarnos desde Inglaterra y Australia.
—¿Papá? —digo, al ver que mira preocupado hacia la escalera.
Me indica con un gesto que pasemos al despacho con paneles de madera de cerezo en cuya decoración mi madre ha dedicado horas hasta dejarlo perfecto. Las molduras son motivos tallados en roble y el suelo de madera oscura está cubierto con una alfombra egipcia. Una lámpara de sobremesa de anticuario aporta luz a la estancia.
Viendo lo feliz que le hacía decorar el despacho de mi padre, le pedí que me ayudase a redecorar mi habitación. Con diez años de edad, buscaba desesperadamente la manera de conectar con ella. Mi madre exploró distintas opciones y me vino con una docena de muestras de pintura para la pared y diversas fotografías de revistas de decoración. Y se marchó después de decirme que decidiera yo. Tomando su desapego como un rechazo, hice caso omiso de todo lo que ella había seleccionado y pinté la habitación de negro y el mobiliario del mismo color. Y a pesar de que aquel periodo gótico duró todo un año, mi madre jamás pronunció ni una sola palabra que diera a entender su desagrado.
Mi padre saca una carta arrugada de un cajón del escritorio. La lee con fatiga y con una cautela inesperada. En cualquier circunstancia, mi padre ha sido invariablemente una persona rebosante de energía mientras que mi madre se ha mostrado en todo momento comedida y cautelosa. Mi padre siempre ha aportado ligereza, un contraste con la pesadez de ella. Pero, con todo y con eso, jamás se ha separado de su lado.
—Tu madre la tiró sin decírmelo. La encontré en la papelera. —Me pasa la carta con manos temblorosas—. Su hermano se puso en contacto con ella para pedirle que volviera a casa. Su padre, tu abuelo Deepak, está enfermo.
Querida Lena:
Espero que cuando recibas esta carta estés bien, hermanita. Te escribo porque nuestro padre está muy enfermo. Ravi, que sirve en la casa desde que éramos pequeños, cree que no le queda mucho tiempo más en esta tierra. Dice Ravi que nuestro padre tiene algo para ti. Jamás te pediría que regresaras a un lugar que te causó tanto dolor, pero considero que no habría cumplido con mi deber como hermano si no te hubiera informado del estado en que se encuentra nuestro padre. Samir, Jay y yo nos despedimos de él hace décadas, cuando nos marchamos de la India. Sea cual sea la decisión que tomes, te apoyamos y te queremos.
Tu hermano,
Paresh
Sin preguntarlo, afirmo con total seguridad:
—No va a ir.
—No, no va a ir. —Mi padre se recuesta en su asiento y el cuero chirría bajo su peso—. Nada de lo que yo pueda decirle le hará cambiar de idea. —Se frota los ojos con el dedo índice y el pulgar—. Pero lo que sí sé es que su decisión la tiene preocupada. Temo que se arrepienta de ello el resto de su vida.
Estoy acostada en la cama de mi infancia y contemplo los rayos de luna que se filtran por la ventana y rebotan en el techo. El reloj emite un pequeño «bip» cuando cambia la hora. Las tres de la madrugada. Agotada, ansío dormir, pero el sueño me rehúye. Me pongo de lado sobre el costado izquierdo, luego sobre el derecho. Me apoyo en un antebrazo y aplasto la almohada hasta dejarla bien plana y vuelvo a intentarlo. Viendo que es imposible, la arrojo al suelo y trato de conciliar el sueño posando la cabeza directamente sobre la sábana.
Me incorporo de golpe al oír un sonido abajo. Siento unos pasos, luego la puerta de la nevera que se abre. Recuerdo lo mucho que le gusta a mi padre picar cualquier cosa a altas horas de la noche, me pongo la bata y bajo sin hacer ruido. El rayo de luz que se cuela por debajo de la puerta de la cocina guía mis últimos pasos. Abro la puerta oscilante de madera y encuentro a mi madre sentada a la mesa, con la cabeza entre las manos. Se sobresalta con mi entrada y nos quedamos mirándonos.
—Pensé que era papá que estaba picando algo —murmuro, retrocediendo automáticamente un paso.
—Me apetecía un vaso de leche —replica mi madre, aunque no veo el vaso por ningún lado—. ¿Quieres que te prepare alguna cosa? —Se levanta sin esperar mi respuesta, saca un cazo y un poco de leche para calentar. Mientras se calienta la leche, abre una caja de galletas y la deja en la mesa—. Has perdido mucho peso con eso de los bebés…
Se interrumpe a media frase, como arrepintiéndose de lo que acaba de decir, y se queda en silencio.
—Estoy bien.
Con incertidumbre, me quedo observando el espacio que hay entre nosotras.
—Esta mañana me he levantado tarde. —Se restriega las manos mientras mira el suelo—. Y luego siempre me cuesta dormir. —Justo antes de que la leche se derrame, retira el cazo del fuego y vierte el líquido blanco en dos tazones que deja en la mesa, al lado de las galletas. Viendo que yo sigo de pie, murmura—: Deberías beberla ahora que está caliente.
Tomo asiento y mi madre no vuelve a sentarse hasta que ve que le doy un mordisco a una galleta. Es la cuidadora perfecta, atenta a todas mis necesidades como si fuera una criada excelente. En el silencio, me oigo masticar y luego tragar un sorbo de leche. Mi madre me observa, concentrando la mirada en todos mis movimientos. Viendo que el silencio se prolonga, digo por fin:
—Papá me ha contado lo de tu padre. —Y hago una pausa antes de añadir—: Ojalá hubieses dicho algo.
—No tiene importancia.
Su cara se tensa y su cuerpo parece retraerse sobre sí mismo.
—Es tu padre. —Sorprendida, intento comprender a una mujer que apenas conozco—. Por supuesto que tiene importancia.
—Déjalo estar, Jaya.
Utiliza el mismo tono de voz que cuando yo era pequeña, un tono que no daba cabida ni a discusiones ni a réplicas. Noto que se me tensa la espalda y que se me eriza el vello de la nuca.
—¿Se está muriendo y te niegas a ir a tu casa? —Veo que entrecierra los ojos, una señal de advertencia, pero estoy tan cansada que me da igual—. ¿Por qué?
—Cuidado con hablar sobre cosas que desconoces —dice.
—Pues entonces, cuéntamelas. —De pequeña, escuchaba con envidia cuando los demás niños relataban las visitas a sus abuelos. Recuerdo que suplicaba a mis padres poder conocer a un abuelo y una abuelastra de los que no sabía absolutamente nada. Pero mis peticiones y mis súplicas fueron respondidas siempre con un no rotundo, seguido por el silencio. Ahora, viendo que me ha sido negado el poder crear mi propia familia con hijos, me aferro a la única que tengo—. ¿Por qué nunca jamás hablaste de él? ¿Por qué nunca fuimos a visitarlo?
—No es asunto tuyo.
—Sí que lo es. —Noto la oscuridad girando a mi alrededor. Parpadeo para mantenerme centrada, pero durante unos segundos todo se vuelve negro. Cierro los ojos y respiro hondo. Cuando vuelvo a abrirlos, mi madre tiene la cabeza baja y mira fijamente la mesa. Me paso la mano por la cara para reorientarme—. Él también es mi familia —le recuerdo—. ¿Por qué lo odias tanto?
—No lo entenderías. —Responde en voz baja, pronunciando las palabras con lentitud, separándolas a intervalos regulares—. Para, por favor.
Se levanta, dispuesta a marcharse.
—Apenas si me mencionaste dos palabras sobre él durante toda mi infancia. —Mueve la cabeza lentamente para mirarme y noto que se retrae—. Jamás fuimos a visitar a tus hermanos. ¿Y ahora ignoras a tu padre? —Parece que me esté impulsando la necesidad de hacerle daño, aunque sea solo para distraerme de mi propio dolor—. ¿Quién eres? —Se aparta, como si acabara de darle un bofetón. Veo que se le llenan los ojos de lágrimas y me inunda un sentimiento de culpa—. Mamá —susurro, pero se tapa la cara pidiendo silencio.
—Después de casarme, mi madrastra me hizo prometer que jamás volvería a la India. —Le tiembla el labio inferior—. Y mi padre secundó su exigencia.
Sorprendida ante esta revelación, le pregunto:
—¿Y qué tipo de padre haría una cosa así?
—El tipo de padre que sabía que eso era lo mejor.
Levanta una mano frágil y se tapa la cara. Respira hondo antes de mirarme a los ojos.
—¿Mamá? —Busco en mis limitados conocimientos una razón por la que un padre podría exigir una promesa de ese calibre a una hija, pero no encuentro explicación. Veo que mi madre se va, pero la detengo—. Dime por qué, por favor.
Me han estado negando respuestas durante mucho tiempo. Nadie me ha aclarado por qué mi cuerpo rechaza gestar un hijo. He perdido al hombre que amo sin ninguna razón evidente. Jamás he entendido por qué mi madre tenía que guardar distancias conmigo, como si le diera miedo acercarse más a mí.
Lo único que suplico ahora es un retazo de verdad. La periodista que hay en mí anhela conocer la historia que podría llevar a un padre a exigir una cosa así. La hija que hay en mí necesita entender por qué mi madre accedió a esa exigencia. Pero a pesar de que se enciende un destello de esperanza, la llama se apaga enseguida. El día de hoy demuestra que no existe diferencia alguna con cualquier otro día. Veo la negativa de mi madre antes incluso de que haga el gesto de negación con la cabeza.
—Mi promesa fue el precio que tuve que pagar por haber nacido. Es todo lo que necesitas saber.
Y, con voz cansada, me desea buenas noches.
3
Me siento en el sofá del salón de mi casa y me masajeo la nuca para aliviar la tortícolis que me ha producido quedarme dormida con la cabeza apoyada en el reposabrazos. Las horas se enlazan unas con otras y las noches se transforman en días. No he hablado con mi madre en los dos días que han transcurrido desde la discusión, ni tampoco espero hacerlo.
Tropiezo con una lata vacía de refresco light mientras me sacudo los trocitos de queso adheridos a la camiseta. Recojo la basura y la tiro en el cubo. Con las manos vacías, me dispongo a limpiar el resto cuando noto que las piernas se doblan bajo mi cuerpo. Me agarro al mostrador de la cocina para mantener el equilibrio. En cuestión de segundos, todo se queda oscuro. Mi cabeza se llena de imágenes de los niños que no he podido dar a luz. Me quedo sin fuerzas y voy deslizándome, pegada a la pared, hasta que me quedo sentada en el suelo.
Estos episodios se han vuelto bastante frecuentes. La pérdida de la noción del tiempo en cada uno de estos incidentes, en los que el dolor me engulle y me quedo ciega, incapaz de ver el mundo exterior, no tiene explicación. Cuando emerjo, parece que el tiempo se ha parado, pero, cuando miro la cara de los demás, me doy cuenta de que se ha detenido solo para mí.
Asustada por lo que me está pasando, pedí cita con un médico. Y después de someterme a todas las pruebas imaginables, el médico me declaró sana. Cuando conocí su conclusión me eché a reír y me pregunté cómo se me había pasado por la cabeza que existiese la posibilidad de diagnosticar el desamor.
El último embarazo fue el que más aguantó. Nos negamos a conocer el sexo por miedo a echarle mal de ojo al embarazo. Pero cuando superé las doce semanas no pude evitarlo. Al salir del trabajo, entré en una tienda de artículos para bebé y compré ropita en tonos neutros y juguetes para llenar el futuro cuarto del pequeño. Y a lo largo de las dos semanas siguientes decoré la habitación hasta que quedó perfecta.
Respiro hondo repetidamente hasta que la niebla se disipa. Me envuelvo el vientre con los brazos y apoyo la barbilla en las rodillas. Miro fijamente la nada que se extiende delante de mí y dejo vagar la mente hasta vaciarla de pensamientos. Soy un vacío completo, sin pensamientos y sin imágenes de los bebés y de Patrick. Sin pensamientos relacionados con la carta o con el abuelo que nunca he llegado a conocer. Ni siquiera con el silencio de mi madre durante mi infancia.
—¿Jaya? —Me enderezo de golpe al ver a Patrick en la entrada de la cocina. Tiene la frente arrugada en un gesto de preocupación y se acuclilla hasta quedarse a la altura de mis ojos. Las llaves del apartamento se columpian en sus dedos—. ¿Estás bien?
—Sí, claro. —Me da rabia que me haya sorprendido en una posición tan vulnerable. Me levanto de un brinco y paso por su lado para ir al salón—. Ni me he enterado de que habías entrado.
—Te avisé al cruzar la puerta. —Extiende el brazo para darme la mano pero yo, que dudo si haría bien estableciendo el contacto, me aparto de la trayectoria antes de que me toque—. No has oído nada, ¿verdad?
Me sujeto con ambas manos al respaldo del sofá y suplico en silencio tener fuerzas suficientes. Examino el apartamento con la
