PRIMERA PARTE
La cuestión de la señora madre
Las cartas las encontré por casualidad en los archivos de la familia Dalton. Yo había viajado desde Iowa City hasta San Salvador con un objetivo preciso: Juan José y Jorge, los hijos y herederos del poeta Roque Dalton, me habían autorizado a revisar los archivos de la familia en los que yo esperaba encontrar la primera versión y los cuadernos de notas del último capítulo de la novela Pobrecito poeta que era yo (Educa, Costa Rica, octubre de 1976), publicada dieciséis meses después de que el poeta fuera asesinado por sus compañeros guerrilleros en San Salvador acusado de traición. El último capítulo de la novela, titulado «José. La luz del túnel», relata los cincuenta y un días de cautiverio de Dalton en manos del ejército salvadoreño, que lo secuestró como parte de una vasta operación lanzada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense en septiembre y octubre de 1964 para desactivar y, de ser posible, reclutar las redes del espionaje cubano en varios países centroamericanos, México y República Dominicana. Dalton relata los interrogatorios a los que fue sometido por un agente de inteligencia estadounidense, quien le proponía convertirse en doble agente y que, ante la negativa del poeta a colaborar, le advirtió que no tendría una muerte heroica, sino la de un traidor, tal como sucedió once años más tarde. Mi propósito era encontrar el manuscrito original de ese capítulo[1] para compararlo con la versión final publicada en la novela y con los cables desclasificados de la CIA de ese periodo.[2] No tuve suerte: encontré versiones originales de los demás capítulos de la novela,[3] pero no de ese último. En vez de ello, además de hacerme una idea de la dimensión de los archivos conservados por la familia Dalton, descubrí la carpeta con las cartas.
Era una carpeta muy delgada, sin ningún distintivo, título o marca. En su interior había dieciséis cartas: algunas de ellas eran originales y otras copias en papel carbón, deterioradas por el tiempo. Las primeras tres, firmadas por Roque, estaban destinadas a su exesposa Aída Cañas, a su madre María García, y a Frank, el nuevo compañero de Aída; aunque carecían del lugar de remisión, estaban fechadas en 1973 (24 de junio, 18 de agosto y 20 de octubre, respectivamente) y por lo tanto pertenecían al periodo (de abril a diciembre de 1973) en que Dalton había hecho creer que residía en Vietnam. A esas alturas yo ya sabía que el tal viaje al país del Sudeste Asiático había sido una estratagema, y que en verdad en esos meses él nunca salió de Cuba, sino que permaneció confinado quién sabe en qué casa de seguridad o campo de entrenamiento,[4] en espera de la luz verde para su ingreso clandestino a El Salvador para incorporarse a la guerrilla. La estratagema fue de tal envergadura que su compañera cubana de entonces (la actriz y directora teatral Miriam Lazcano) y sus amigos escritores y editores estaban convencidos de que Dalton se encontraba en Vietnam, y hasta el mismo Julio Cortázar se refiere en su necrológica sobre Dalton «a la última carta que recibí de él, fechada en Hanói el 15 de agosto de 1973, pero llegada a mis manos muchísimo después por razones que nunca sabré».[5] Leí las tres cartas, pues, con mucho interés y comprobé que la única que estaba en «la humedad del secreto» era su exesposa Aída, en tanto que a los otros dos corresponsales les decía que estaba en el Sudeste Asiático.
Pero fueron las siguientes trece cartas las que causaron mi azoro: nueve eran dirigidas a Ana y firmadas por Miguel; las otras cuatro eran respuestas de Ana a Miguel. Y estaban fechadas entre diciembre de 1973 y enero de 1975, ¡el periodo en que Dalton vivió como combatiente clandestino en El Salvador!
La historia que se ha venido contando hasta ahora es la siguiente: Dalton habría ingresado clandestinamente a El Salvador el 24 de diciembre de 1973, por el aeropuerto de Ilopango, con un pasaporte falso a nombre de Julio Delfos Marín (o «Dreyfus», según otra versión, que ve en ese apellido una premonición de lo que a su portador le acontecería), y con su rostro modificado por una cirugía facial que le habría hecho en Cuba el mismo médico que alteró el rostro del Che Guevara antes de su aventura boliviana.[6] Esa historia dice que Dalton se incorporó al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en calidad de asesor de su dirección, que permaneció quince meses en El Salvador (desde su ingreso en diciembre hasta su asesinato, el 10 de mayo de 1975), que participó en pocas acciones armadas,[7] sus contribuciones fueron más en el ámbito político e ideológico, y que fue precisamente por una discusión política por lo que sus propios camaradas lo asesinaron bajo la acusación, primero, de ser agente de la CIA, y luego, de ser agente cubano. Esa es la historia que se ha venido contando. La correspondencia entre Miguel (Roque) y Ana (Aída) aporta, empero, nuevas aristas y meandros a lo que se conoce de ese periodo de la vida del poeta.
Querida Ana: Bueno, aquí te va mi primer saludo desde la nueva casa. Todos estamos bien y las cosas mejor de las (sic) que esperaba. Ya estoy trabajando a pesar de mi salud, creo que con atender al médico todo irá bien. He pensado mucho en Uds. y deseo estén de lo mejor. Diles a Rafaelito, Jaimito y Julito que los recuerdo mucho y que espero que sigan bien portados y estudiosos. A Mónica reitérale mi cariño…
Esto dice la primera carta enviada por Miguel, escrita a máquina y fechada el 11 de diciembre de 1973. Seis días más tarde, en una carta manuscrita, dice:
Querida Ana: Te escribo para enviarte un par de recordatorios que se me quedaron en el tintero. Primero es que cuando te escriba las menciones y cosas para mi amiga será para «Mónica»…
Según esta correspondencia, Dalton habría entrado a El Salvador no el 24 de diciembre, como se asegura en varios textos, sino desde principios del mes. Quizá este sería un detalle sin importancia si no fuera porque evidencia la falta de confianza que merecen las versiones de aquellos que estuvieron con Dalton en la clandestinidad y fueron parte de la trama que culminó con su asesinato.[8]
Las trece cartas están escritas en clave, pero no con una criptografía especializada. En su carta del 28 de diciembre de 1973, refiriéndose a sus primeras impresiones sobre el trabajo del ERP, Miguel le dice a Ana:
Puedo darte la seguridad de que se trata de un negocio serio, de gente responsable. Me he dado cuenta de que la empresa, aunque no es millonaria, tiene solvencia moral y económica y vale la pena invertir en ella esfuerzo, dinero y confianza, ya que los trabajadores y ejecutivos que en ella trabajan no son irresponsables y engañadores, que no le andan ofreciendo empleo a cualquiera. Las ganancias vendrán luego y hay que ver el porvenir con esperanza. Los seguros de vida y los demás son ramas delicadas, pero con una casa de experiencia y sobre todo de principios morales vale la pena hacer el esfuerzo.
No se necesita ser muy sagaz para entender lo que Dalton le cuenta en esas cartas a Aída, quien permanece todo ese tiempo en La Habana a cargo de sus tres hijos. La clave es la mínima que debe utilizar un combatiente clandestino en su correspondencia (el uso de seudónimos y el enmascaramiento de situaciones, básicamente) cuando esta no pasará por las oficinas de Correo, sino que será entregada en mano. Unas cartas de Dalton le llegaron a Aída a La Habana a través de militantes del ERP que visitaban la isla; otras seguramente gracias a operadores de inteligencia cubanos que las traían desde México.
Los seudónimos utilizados por Dalton parecen haber sido escogidos al azar, sin ninguna connotación especial. Si él es Miguel y Aída Ana, los tres hijos adolescentes de ambos son Rafaelito (Roque Antonio), Jaimito (Juan José) y Julito (Jorge); la compañera que Dalton dejó en La Habana, Miriam Lezcano, es Mónica. Cuando menciona a su madre –María, tan importante en la vida del poeta, como se verá más adelante– se refiere a «mi señora». Otros personajes, como los editores del poeta en Costa Rica y México, apenas son enmascarados. Y cuando menciona a su entorno político lo llama por el seudónimo que cada uno utilizaba en ese periodo.
Para un revolucionario el paso a la clandestinidad tiene matices de iniciación, tanto por la renuncia a la vieja vida como por la aventura desconocida en la que se sumerge. Se trata de convertirse en otra persona, de desprenderse del pasado, de aquello que lo pueda hacer reconocible a los ojos del enemigo: debe cambiar de nombre, apariencia, costumbres, rutinas y en especial la forma de asumirse a sí mismo. Ya no es quien antes era sino uno nuevo, inventado.
Dalton parece haber cumplido con este ritual. Lo que había sido quedaba en Cuba: el poeta bohemio, el polemista radical, el borracho provocador, el mujeriego, el escritor torrencial. Ahora se convirtió en otro, en el compañero Julio, quien debía asumir los valores y la vida rigurosa de un combatiente clandestino, una vida que habría consistido en pasar buena parte del tiempo encerrado, asistir a reuniones con cuadros de suma confianza, escribir documentos y participar en entrenamientos y cursos políticos –una rutina bastante aburrida para alguien con el talante de Dalton–. En su caso, ciertamente, cada salida a la calle implicaba una aventura, una segregación de adrenalina, porque no le cabían dudas de que si el ejército lo detectaba, difícilmente saldría con vida. Sin embargo, la poesía que escribió en ese periodo (publicada póstumamente bajo el título de Poemas clandestinos y firmada por cuatro heterónimos) carece de anécdotas personales, tan comunes en su obra anterior, y hasta donde se sabe, tampoco escribió ningún texto narrativo en esos meses, como si hubiese querido evitar la menor posibilidad de ser reconocido en un escrito que cayese en manos de sus enemigos.
Las cartas de Miguel a Ana también carecen de anécdotas, pero revelan que esa metamorfosis exterior a la que se sometió Dalton, ese cambio en sus rutinas y conducta, no lo liberó de las preocupaciones fundamentales que habían marcado su vida hasta ese momento, y que la seguirían marcando en la clandestinidad.
Dije que en enero de 2013 viajé a San Salvador con el propósito de buscar en el archivo de la familia Dalton el manuscrito del último capítulo de la única novela del poeta, que mi búsqueda fue infructuosa pero que en vez de ello encontré por casualidad el fólder con las cartas enviadas por Dalton a su exesposa desde la clandestinidad. Lo que no dije es que, también por casualidad, Aída Cañas, quien aún vivía en La Habana, se encontraba de visita en la casa donde estaban guardados los archivos. Yo no sabía que ella estaría ahí, y me enteré la noche anterior gracias a uno de sus hijos. Por supuesto que yo tenía alguna información sobre ella y su historia con Dalton, pero sólo la había visto en fotos. A la mañana siguiente, antes de encerrarme en la habitación donde se conservaban los archivos, Jorge me presentó a su madre: de baja estatura, cuerpo relleno, trigueña, con el cabello corto y negro, me pareció una mujer bastante bien conservada, que aparentaba menos de los ochenta años que tenía. Fue gracias a ella, a las dos largas conversaciones de sobremesa que tuvimos en esos días cuando visité los archivos, como pude entender varios de los asuntos tratados en las cartas que acababa de descubrir y de los que ella había sido protagonista.
Aída y Roque se casaron el sábado 26 de julio de 1955; ella tenía veintidós años y el veinte. Se habían conocido en el barrio San Miguelito, en San Salvador, donde Roque creció y donde residía una tía abuela de Aída, a quien esta visitaba con frecuencia. Tres meses después de la boda nació su primer hijo. Dalton estudiaba derecho en la Universidad de El Salvador; Aída se dedicaba a labores de ama de casa. Vivían en un apartamento en la parte trasera de la casa de la madre de Roque, María, ubicada en la esquina de la calle 5 de Noviembre y la Segunda Avenida Norte del mencionado barrio San Miguelito y donde ella tenía una tienda llamada La Royal. En los primeros días de junio de 1957, Dalton partió hacia Moscú para participar en el Festival de la Juventud y los Estudiantes; regresó en la tercera semana de octubre, cuatro meses y medio después, periodo en el que Aída sobrevivió, ya con dos niños, gracias a la ayuda de las familias de ambos. Unas semanas después de su regreso, antes de que terminara el año, el dirigente obrero Salvador Cayetano Carpio llegó al apartamento de San Miguelito a comunicarle oficialmente a Dalton que su solicitud de ingreso al Partido Comunista Salvadoreño (PCS) había sido aprobada; Aída les preparó un caldo de pollo para que celebraran. Pronto Dalton comenzaría a trabajar como periodista y también a sufrir las consecuencias de su vida de militante. Su primera estadía en la cárcel comienza el 16 de diciembre de 1959, cuando el gobierno militar lo acusó de desórdenes callejeros; un año más tarde, el 8 de octubre, Dalton fue llevado de nuevo a la cárcel «reclamado por tribunales militares por delitos de rebelión y sedición»: se había escondido en una finca cerca de Zacatecoluca, propiedad de un familiar de Aída, donde los militares los capturaron a ambos: en la foto del periódico aparece Aída, con una expresión impasible en el rostro, junto a su marido.[9] A partir de ese periodo, la vida de Dalton estuvo marcada por persecuciones, cárceles, exilios en México y Cuba, expulsiones a los vecinos países centroamericanos, y los cincuenta y un días de secuestro que mencioné al principio; en tanto que la vida de Aída estuvo marcada por la zozobra en su apartamento vigilado por la policía, las visitas a autoridades judiciales y la presentación de habeas corpus para indagar por el destino de su marido, y la sobrevivencia con sus tres niños gracias al apoyo de su familia y de María. Luego del secuestro y la huida a finales de 1964, Dalton pudo finalmente instalarse en Praga en mayo de 1965; Aída lo alcanzó con los chicos en agosto. Vivieron con cierta estabilidad un poco más de dos años en la capital checa, donde Dalton era representante del PCS ante la Revista Internacional. Pero el periplo no había terminado. A finales de 1967, la familia se instaló en Cuba, donde Aída se quedaría a vivir para siempre. A estas alturas la relación con Dalton había tocado fondo: se divorciaron a mediados de 1972. Dalton comenzó una nueva relación con Miriam Lezcano y Aída con Manuel Terrero, quien es mencionado en las cartas como Frank o Francisco, un exmilitar dominicano que peleó contra la invasión de tropas estadounidenses a su país y luego se exilió en Cuba.[10]
Pese al divorcio y a las nuevas relaciones de ambos, Aída continuó siendo la mujer esencial en la vida de Dalton: la corresponsal, la confidente, la amiga, la secretaria y la gestora de su obra, la única que en verdad sabía (aparte de sus jefes en las estructuras clandestinas) dónde él se encontraba, hasta que la noticia de su asesinato le explotó en las narices.
Pero dejemos que sea Dalton quien cuente los motivos y el significado de su divorcio de Aída, y que se lo cuente precisamente a María, su madre, en la carta enviada el 15 de agosto de 1973 desde Cuba, pero que él escribe como si estuviese en Vietnam:
Como le explicaba en una carta o en más de una carta, Aída y yo decidimos divorciarnos y lo hicimos hace ya más de un año, pero siempre conservando una cordial amistad, el cuidado mutuo por nuestros problemas y sobre todo la atención común con los niños. Creo que el divorcio fue mucho mejor para los dos y así lo piensa también Aída. El divorcio no se hizo por razones de enojo, por falta de respeto, o por falta de compañerismo, sino porque la relación se había agotado, una cosa que suele pasarle a la gente y que hay que saberla ver con franqueza y era peor forzar las cosas. Los niños ya grandes y formados con bastante seriedad por el ambiente en que han vivido en los últimos años lo entendieron todo muy bien, sin traumas ni nada por el estilo. Incluso antes de dar el paso legal, lo consultamos con ellos y ellos estuvieron de acuerdo. Además, por la forma en que vivimos, aquí en este caso no hay lo de la mujer abandonada a su suerte pues la sociedad tiene un lugar para toda persona honrada que trabaje. Yo no tengo absolutamente nada que reprochar a Aída, al contrario nunca podría pagarle los años de nuestra vida en común en que fue una compañera ejemplar y abnegada, la cual cualquier hombre honesto y serio podría buscar. Mucho de lo que pude hacer fue por su ayuda y lo que son los niños ahora, también se le debe en gran parte a su dedicación. Lo que pasa es que la vida es compleja y uno aprende a ver con otros ojos las cosas y tiene otros criterios respecto a las relaciones humanas y por ejemplo no le da ya carácter de tragedia a una situación que un divorcio mejoraría. En el caso de nosotros fue así y ya ha pasado el tiempo y todo el mundo contento. Aída, los niños y yo. Incluso Aída me ayuda en mis necesidades editoriales, hace trabajo de oficina cuando hay necesidad de copias de mis libros, etc. Y yo siempre, aunque esté como ahora lejos y viajando, me mantengo al tanto de ella y los niños y siento la misma responsabilidad que si siguiéramos casados. Al fin y al cabo ellos salieron de su tierra y de su familia para seguirme a mí y yo no sería capaz jamás de desentenderme de ellos. Aunque Aída se casara de nuevo o decidiera lo que decidiera de su vida, en mí tendrá a un familiar cercano que no será ya su esposo pero sí su hermano. Lo mismo pienso yo de ella, sé que siempre la encontraré en cualquier dificultad. Todo esto quiero que lo sepa usted y la familia de Aída, a quienes si no les escribo es porque no sé cómo están llegando las cartas, o si es conveniente o no, en fin usted me entiende.
Que un hombre como Dalton, a sus treinta y ocho años, con tantas cárceles y exilios a sus espaldas, que se definía como revolucionario y en esos momentos estaba siendo adiestrado para meterse de cabeza en la guerra de guerrillas, estuviese preocupado por lo que su madre pensara de su divorcio, podría parecer a primera vista extraño, fuera de lugar; que alguien que estaba dejando atrás su viejo mundo para entrar en la aventura del «hombre nuevo» estuviese empeñado en convencer a su madre de las bondades de su divorcio podría parecer una estratagema destinada a distraer a sus enemigos militares en caso de que la carta cayese en sus manos. Pero no, no era una estratagema: María, su madre, fue para Dalton una de esas preocupaciones que lo siguieron siempre, pese a su cambio de vida.
Dalton fue hijo único e ilegítimo. Su madre, María García Medrano, era una enfermera salvadoreña; su padre, Winnall Agustín Dalton, era un estadounidense originario de Tucson, Arizona, que llegó a Centroamérica tras un riesgoso periplo a través de México, luego de que él y su hermano se birlaran los veinticinco mil dólares que Pancho Villa les habría dado para la compra de armas. Winnall recaló en El Salvador, donde se casó con una rica terrateniente y enseguida se posicionó entre las familias más pudientes del país. Pero nunca perdió su temperamento fogoso: tras una escaramuza a tiros por un pleito de faldas con otro millonario, Benjamín Bloom, Winnall llegó herido de bala en la pierna al hospital, donde lo atendió la enfermera García Medrano. Hubo un amorío, quizá fugaz, entre el gringo rico y la enfermera pobre del que meses más tarde nació, a las 13.14 horas del 14 de mayo de 1935, Roque Antonio García. Y ese fue su nombre, con el que creció junto a su madre (y una empleada llamada la Pille) en el barrio San Miguelito, con el que estudió la primaria y se graduó de bachiller, Roque Antonio García, hasta que su padre lo legitimó y adoptó el apellido paterno, cuando el muchacho tenía diecisiete años y se disponía a partir hacia Chile a estudiar Derecho. Su padre fue eso: una referencia, alguien con quien nunca compartió techo ni vida diaria, al que frecuentó poco, quien le pagó los mejores colegios y el viaje de estudios a Chile, pero que vivía en otro mundo con su familia legítima, el mundo de los ricos.[11]
El mundo de Roque era doña María.
Por eso no es de extrañar que la mayor parte de la correspondencia que se conserva de Dalton sea la que dirigió a su madre durante sus viajes y sus exilios (y que ella conservó como un preciado tesoro); por eso tampoco es de extrañar que en el último periodo de su vida, cuando se convirtió en el guerrillero clandestino, su madre permaneciera como una preocupación permanente: en cada una de las nueve cartas que Miguel le envía a Ana se refiere a doña María, y en específico al viaje que esta se proponía hacer a La Habana para visitar a su hijo y a sus nietos.
En la carta del 11 de diciembre de 1973, apenas llegado a El Salvador, Dalton escribe:
Hemos estado examinando el asunto de las dos señoras y creo que no habrá problema. Creo que debes írselos planteando en la forma en que quedamos, pues así se ahorra tiempo y si al final surgiera un obstáculo insuperable, que no creo, pues se rectificaría. Lo único que será a fines de mes con la segunda gente que llegará que te haré saber la forma en que se debería tratar mi asunto con mi señora.
Las dos señoras son doña María y Carmen, la madre de Aída, es decir, las dos abuelas de los niños. La «segunda gente» a la que se refiere es una militante del ERP (a la que se hará referencia con bastante amplitud más adelante en este texto) que pronto viajaría a La Habana y con quien enviaría instrucciones para el viaje.
Seis días más tarde, el 17 de diciembre, en carta manuscrita, Miguel vuelve al tema:
Segundo es que si al final marcha el viaje de las señoras, que lo que deben hacer es, ya con la visa de ida y vuelta de los mexicanos, presentarse donde Ángel y decir que se trata de mi madre y mi suegra o mamá tuya, etc. Y ya. Los compañeros les colocarán la visa rápido.
Y en una carta del 28 de diciembre, le insiste a Ana:
Te ruego le pongas particular empeño al caso de mi señora, sobre todo para saber si eso camina a la mayor brevedad, para saber a qué atenerme y ver que si la decisión sale en el sentido en que te mando a decir, podamos poner de nuestra parte.
Y añade una posdata:
No sé si se lo dejé claro a mi prima pero por supuesto que lo de mi señora deberás comunicárselo a los patrones para que estén al tanto. Asimismo creo que quedó claro que los pasajes de buses a partir de la ciudad de México o sea lo que tenemos que pagar en dólares, nos lo proporcionarían ellos, como hicimos siempre. Si para el regreso hubiera dificultades hay que resolver frente a la realidad, si hay dinero o no, etc. Aunque en todo caso ya veremos cómo se resolvería si hay dificultades.
La «prima» es la militante que ha viajado a La Habana, los «patrones» son sus enlaces cubanos y cuando habla de pasajes de buses debe entenderse boletos de avión.
Doña María ya había visitado Cuba una vez. Lo más probable es que llegara para las Navidades de 1968 –tenía casi cuatro años de no ver a su hijo, nuera y nietos, desde que estos partieron hacia el exilio en Praga, en 1965–, y que permaneciera poco más de tres meses en la isla, hasta el 8 de abril de 1969, cuando regresó a El Salvador.[12] A mediados del año siguiente, doña María pudo encontrarse de nuevo con Aída y sus nietos: pero en esa ocasión estos viajaron desde La Habana a San Salvador gracias a un salvoconducto especial;[13] Dalton, por supuesto, no iba con ellos. Hacia diciembre de 1973, cuando este ingresó a la clandestinidad en San Salvador, hacía más de cuatro años que no se encontraba con su madre. ¿La buscaría, ahora que estaban en la misma ciudad, o se mantendría alejado por las estrictas normas de seguridad?
En la correspondencia entre Miguel y Ana hay un salto o un vacío: Miguel envía tres cartas en diciembre de 1973, pero la siguiente está fechada en San Salvador el 22 de mayo de 1974 (al pie de la hoja está manuscrito entre paréntesis lo siguiente: «recibida el 13 de junio de 1974»). ¿Qué sucedió en esos casi cinco meses? ¿Hubo otras cartas que se extraviaron y nunca llegaron a su destinataria en La Habana? ¿O Dalton se dedicó a ganarse la calle como combatiente clandestino, metido de cabeza en el trabajo conspirativo, y decidió olvidarse por unos meses de su vieja vida? Parece que sucedió esto último, que el tiempo corrió de manera precipitada para quien vivía una nueva cotidianidad, pues en la misiva del 28 de diciembre le había dicho a Ana: «A la par te mando una cartita para Mónica»; y en la del 22 de mayo se refiere a ello: «Espero que habrás recibido carta anterior en que te adjuntaba también una nota para Mónica».[14]
Así comienza la carta del 22 de mayo:
Querida Ana:
Antes que nada un saludo para ti, para tu esposo y para los tres muchachos. Siempre se les recuerda con el mayor cariño. Y si se les escribe poco es por las circunstancias que comprenderán.
Yo estoy bien, trabajando mucho y ampliando las posibilidades de la empresa lo más posible.
Voy a puntualizarte los asuntos de mayor urgencia:
1. Hablé con mi señora. Ella estaría dispuesta a hacer el viaje de todas maneras pero consideramos que lo mejor sería que fuera entre septiembre y octubre por razones de clima y más desahogo de huéspedes en esa. Lo más probable es que viajaría también la otra señora de tu familia y por ello se lograría una gestión para obviar las dificultades del regreso por la vía más cómoda.
Leer ese «hablé con mi señora» me cimbró. ¿Cómo habló con ella, persona
