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La mañana en que una de las gemelas perdidas regresó a Mallard, Lou LeBon corrió hasta la cafetería para anunciarlo, e incluso ahora, pasados muchos años, todo el mundo recuerda la alteración de Lou cuando, sudoroso, abrió de un empujón las puertas de cristal, con el pecho agitado, el cuello de la camiseta oscurecido por su propio esfuerzo. Los clientes, medio adormilados, prorrumpieron en un griterío alrededor de él; eran unos diez, si bien posteriormente serían muchos más los que mentirían y dirían que también ellos estuvieron allí, aunque solo fuera para simular que por una vez habían presenciado algo de verdad emocionante. En aquella pequeña localidad agrícola, nunca ocurría nada sorprendente, no desde la desaparición de las gemelas Vignes. Pero esa mañana de abril de 1968 Lou, de camino al trabajo, vio a Desiree Vignes recorrer a pie Partridge Road, cargada con una pequeña maleta de cuero. Presentaba exactamente el mismo aspecto que cuando se marchó a los dieciséis años, su piel todavía clara, del color de la arena solo un poco húmeda. Su cuerpo sin caderas le recordó a una rama movida por una brisa impetuosa. Avanzaba con rapidez, la cabeza gacha, y —en ese momento Lou hizo una pausa, tenía algo de showman— llevaba cogida de la mano a una niña, de siete u ocho años, negra como un tizón.
—De un negro azulado —precisó—. Como recién llegada de África.
La cafetería de Lou, Egg House se llamaba, se escindió en una docena de conversaciones distintas. El cocinero se preguntó si sería realmente Desiree, ya que Lou cumplía los sesenta en mayo y, por vanidad, se resistía a ponerse sus gafas. La camarera afirmó que por fuerza tenía que serlo: hasta un ciego reconocería a cualquiera de las hermanas Vignes y desde luego no podía ser la otra. A los parroquianos de la cafetería, que habían abandonado sus gachas de maíz y sus huevos en la barra, les traían sin cuidado todas esas especulaciones sobre la Vignes. Pero ¿quién demonios era la niña de piel oscura? ¿Podía ser hija de Desiree?
—¿De quién iba a ser, si no? —dijo Lou. Agarró un puñado de servilletas del dispensador y se enjugó la frente húmeda.
—A lo mejor es una huérfana que ha adoptado.
—No me explico cómo podría haber salido de Desiree algo así de negro.
—¿A ti te parece que Desiree es de las que adoptan huérfanas?
Ni por asomo. Era una chica egoísta. Si algo recordaban de Desiree, era eso, y muchos de ellos apenas recordaban nada más. Las gemelas se habían marchado hacía catorce años, casi tantos como los que hacía que las conocían. Se esfumaron de la cama tras el baile del Día del Fundador, mientras su madre dormía poco más allá en el mismo pasillo. Una mañana, las gemelas, apretujadas, se miraban en el espejo del cuarto de baño, cuatro chicas idénticas retocándose el pelo. A la mañana siguiente la cama estaba vacía, hecha como cualquier otra día, la colcha tirante cuando la hacía Stella, arrugada cuando se ocupaba Desiree. Los vecinos del pueblo se pasaron toda la mañana buscándolas, llamándolas a gritos por el bosque, preguntándose estúpidamente si las habrían secuestrado. Su desaparición fue tan súbita como el arrebatamiento de los creyentes, quedando atrás el resto de los vecinos de Mallard, los pecadores.
Naturalmente, la verdad no era siniestra ni mística; las gemelas pronto reaparecieron en Nueva Orleans, chicas egoístas que huían de la responsabilidad. No se quedarían allí mucho tiempo. Se cansarían de la vida en la ciudad. Se les acabaría el dinero y el descaro y volverían lloriqueando al porche de la casa de su madre. Pero nunca volvieron. En lugar de eso, transcurrido un año, las gemelas se separaron, y sus vidas se dividieron en dos como el óvulo que en otro tiempo compartieron. Stella se convirtió en una mujer blanca y Desiree se casó con el hombre de piel más oscura que encontró.
Ahora había vuelto, a saber por qué. Nostalgia, quizá. Echaba de menos a su madre después de tantos años o quería exhibir a esa hija de piel oscura. En Mallard, nadie se casaba con personas de piel oscura. Tampoco se marchaba nadie, pero Desiree eso ya lo había hecho. Casarse con un hombre de piel oscura y volver al pueblo con su hija negra azulada a rastras era pasarse de la raya.
En la Egg House de Lou, el corrillo se dispersó, el cocinero se reacomodó la redecilla del pelo, la camarera contó las monedas en la mesa, hombres en mono apuraron sus cafés antes de encaminarse hacia la refinería. Lou se arrimó al cristal sucio del ventanal y fijó la mirada en la carretera. Debía telefonear a Adele Vignes. No le parecía bien que su propia hija le tendiera una emboscada, no después de todo lo que ya había pasado. Ahora Desiree y esa niña de piel oscura. Dios santo. Tendió la mano hacia el teléfono.
—¿Crees que planean quedarse? —preguntó el cocinero.
—¿Quién sabe? Desde luego daba la impresión de que tenía prisa —contestó Lou—. Me pregunto a qué se debía tanta prisa. Ha pasado de largo sin verme, sin saludar ni nada.
—Engreída. Como si tuviera algo de lo que presumir.
—Dios —dijo Lou—. Nunca había visto a una niña tan negra.
Aquel era un pueblo extraño.
Mallard, que debía su nombre a los patos acollarados que vivían en los arrozales y las marismas. Un pueblo que, como cualquier otro, era más una idea que un lugar. La idea la concibió Alphonse Decuir en 1848, mientras estaba en los campos de caña de azúcar que había heredado del padre que en su día fue su amo. Con el padre ahora difunto, el hijo ahora liberto deseó construir en aquellas hectáreas de tierra algo que perdurara por los siglos de los siglos. Un pueblo para hombres como él, que nunca serían aceptados como blancos pero se negaban a ser tratados como negros. Un tercer lugar. Su madre, que en paz descansara, aborrecía la piel clara de su hijo; cuando él era niño, lo empujaba hacia el sol, rogándole que se oscureciera. Tal vez fue eso lo que lo indujo a soñar por primera vez con el pueblo. La claridad de la piel, como cualquier cosa heredada a un gran coste, era un don solitario. Se había casado con una mulata de piel aún más clara que la suya. Entonces estaba embarazada de su primer hijo, y él imaginó a los hijos de los hijos de sus hijos de piel aún más clara, como una taza de café diluido gradualmente con leche. Un negro más perfecto. Cada generación de piel más clara que la anterior.
Pronto llegaron otros. Pronto la idea y el lugar pasaron a ser inseparables, y Mallard se extendió en torno al resto de St. Landry Parish. Las personas de color murmuraban al respecto, se preguntaban qué pasaba allí. Los blancos ni siquiera se podían creer que existiera. Cuando se construyó Santa Catalina en 1938, la diócesis envió a un joven sacerdote de Dublín que, al llegar, pensó que se había extraviado. ¿No había dicho el obispo que los vecinos de Mallard eran gente de color? En ese caso, ¿quiénes eran esas personas que iban de aquí para allá? ¿De tez clara, rubios y pelirrojos, los más oscuros no más morenos que un griego? ¿Era eso lo que se consideraba gente de color en Estados Unidos, las personas a las que los blancos querían segregar? En ese caso, ¿cómo los distinguían?
Para cuando nacieron las gemelas Vignes, Alphonse Decuir llevaba ya mucho tiempo muerto. Pero sus tataratataratataranietas heredaron su legado, lo quisieran o no. Incluso Desiree, que siempre se quejaba antes del pícnic del Día del Fundador, que alzaba la vista al techo cuando el Fundador se mencionaba en el colegio, como si todo eso no tuviera nada que ver con ella. Eso era lo que se recordaría de ella después de la desaparición de las gemelas. Que Desiree nunca quiso formar parte del pueblo que era suyo por derecho de nacimiento. Que consideraba que uno podía desprenderse de la historia como si encogiera los hombros para zafarse de una mano. Uno puede escapar de un pueblo, pero no puede escapar de la sangre. Por alguna razón, las gemelas Vignes se creían capaces tanto de lo uno como de lo otro.
Así y todo, si Alphonse Decuir hubiera podido pasearse por el pueblo que en otro tiempo imaginó, se habría emocionado al ver a sus tataratataratataranietas. Gemelas, piel de color nívea, ojos castaños, cabello ondulado. Se habría maravillado. Que el hijo fuera un poco más perfecto que los padres. ¿Qué podía haber más extraordinario?
Las gemelas Vignes desaparecieron el 14 de agosto de 1954, inmediatamente después del baile del Día del Fundador, lo que, como todo el mundo comprendió más tarde, obedecía a un plan desde el principio. Stella, la lista, debía de haber previsto que los lugareños estarían distraídos. Ebrios de sol tras la larga barbacoa organizada en la plaza del pueblo, donde Willie Lee, el carnicero, ahumaba costillas y salchichas. Luego el alcalde Fontenot pronunciaba su discurso, el padre Cavanaugh bendecía los alimentos, los niños, ya inquietos, cogían trocitos de piel de pollo crujiente de los platos que sostenían los padres en oración. Una larga tarde de celebración al son de la banda de música, y la noche terminaba en un baile en el gimnasio del colegio, desde el que los adultos se marchaban a casa a trompicones después de beberse unas cuantas copas de más del ponche de ron de Trinity Thierry, y las pocas horas que pasaban de nuevo en ese gimnasio los atraían tiernamente hacia los años de su juventud.
Cualquier otra noche Sal Delafosse habría podido asomarse a su ventana y ver a dos chicas caminar bajo la luz de la luna. Adele Vignes habría oído crujir el entarimado del suelo. Incluso Lou LeBon, a la hora de cerrar la cafetería, habría podido ver a las gemelas a través de los cristales empañados. Pero, en el Día del Fundador, la Egg House de Lou cerraba antes. Sal, asaltado por un repentino vigor, acudió al lecho con su mujer. Adele roncaba bajo los efectos de las copas de ponche de ron, soñando que bailaba con su marido en la fiesta de principio de curso. Nadie vio a las gemelas marcharse furtivamente, tal como ellas habían planeado.
La idea no fue de Stella ni mucho menos; durante ese último verano, fue Desiree quien decidió fugarse después del pícnic. Cosa que, quizá, no debería haber sorprendido. ¿Acaso no había dicho ella, durante años, a cualquiera dispuesto a escucharla que se moría de ganas de marcharse de Mallard? Sobre todo se lo había dicho a Stella, que se lo consentía con la paciencia de una chica acostumbrada desde hacía mucho a oír delirios. Para Stella, abandonar Mallard era algo tan fantasioso como volar hasta la China. En rigor era posible, pero eso no significaba que fuera capaz de imaginarse a sí misma haciéndolo. Pero Desiree siempre había fantaseado con vivir fuera de ese pequeño pueblo agrícola. Cuando las gemelas vieron Vacaciones en Roma en el cine de Opelousas, ella apenas pudo oír el diálogo, ahogado por las voces de los otros niños de color sentados en el gallinero, bulliciosos y aburridos, lanzando palomitas de maíz a los blancos de la platea. Pero ella se había apretado contra la barandilla, absorta, imaginándose a sí misma sobre las nubes de algún lugar lejano como París o Roma. Nunca había estado siquiera en Nueva Orleans, a solo dos horas de viaje.
«Lo único que te espera ahí fuera es un mundo de excesos», decía siempre su madre, lo que por supuesto avivaba aún más el deseo de irse de Desiree. Las gemelas conocían a una chica llamada Farrah Thibodeaux que, un año antes, se había fugado a la ciudad, y parecía muy sencillo. ¿Cómo iba a ser difícil si Farrah, un año mayor que ellas, lo había conseguido? Desiree se imaginaba a sí misma fugándose a la ciudad y convirtiéndose en actriz. En toda su vida solo había actuado en una obra —Romeo y Julieta en noveno—, pero cuando salió al centro del escenario, sintió, por un segundo, que tal vez Mallard no era el pueblo más insulso de Estados Unidos. Sus compañeros de clase vitoreándola, Stella retrocediendo hacia la oscuridad del gimnasio, Desiree sintiéndose por una vez solo ella misma, no una gemela, no una mitad de un par incompleto. Pero al año siguiente perdió el papel de Viola en la Noche de Reyes, que se le asignó a la hija del alcalde, después de hacer su padre una donación al colegio en el último momento, y al final de la velada, tras quedarse enfurruñada entre bastidores mientras Mary Lou Fontenot sonreía radiante y saludaba al público, dijo a su hermana que se moría de ganas de marcharse de Mallard.
—Siempre dices lo mismo —respondió Stella.
—Porque siempre es verdad.
Pero no lo era, en realidad no. Ella, más que detestar Mallard, se sentía atrapada en su pequeñez. Había recorrido las mismas calles de tierra toda su vida; había grabado sus iniciales en el fondo de los pupitres que en otro tiempo había utilizado su madre, y que sus hijos utilizarían algún día, palpando con los dedos los trazos desiguales dejados por ella. Y el colegio seguía en el mismo edificio en el que siempre había estado, albergando todos los cursos, de modo que ni siquiera pasar al instituto de Mallard, al otro lado del pasillo, daba la impresión de ser un avance en absoluto. Tal vez habría sido capaz de sobrellevar todo aquello si los vecinos del pueblo no hubieran estado tan obsesionados con la piel clara. Syl Guillory y Jack Richard discutiendo en la barbería sobre cuál de sus mujeres tenía la piel más clara, o su madre pidiéndole a gritos que llevara siempre sombrero, o la gente convencida de ideas absurdas, como que beber café o comer chocolate durante el embarazo podía oscurecer al bebé. Su padre había tenido la piel tan clara que, en una mañana fría, ella podía volverle el brazo hacia arriba y verle el azul de las venas. Pero nada de eso importó cuando los blancos fueron a por él. Después de aquello, ¿cómo iba a preocuparle a ella la claridad de la piel?
Ya apenas lo recordaba; eso la asustaba un poco. La vida anterior a la muerte de su padre se le antojaba solo una historia que le hubieran contado. Una época en la que su madre no se levantaba al amanecer para limpiar casas de gente blanca o llevarse colada extra a casa los fines de semana, que colgaba a secar en tendederos dispuestos en zigzag por todo el salón. A las gemelas les encantaba esconderse detrás de los edredones y sábanas hasta que Desiree tomó conciencia de lo humillante que era tener la casa siempre llena de ropa sucia de desconocidos.
—Si fuera verdad, harías algo al respecto —dijo Stella.
Siempre era así de práctica. Los domingos por la noche, Stella se planchaba la ropa para toda la semana, a diferencia de Desiree, que cada mañana, con prisas, buscaba un vestido limpio y sacaba los cuadernos, arrinconados al fondo de la mochila, para terminar las tareas. A Stella le gustaba el colegio. Había sacado sobresalientes en aritmética desde el parvulario, y durante su segundo año de instituto la señora Belton incluso le permitió dar algunas clases a los niños de cursos inferiores. Había entregado a Stella un ajado libro de cálculo de sus propios tiempos en el Spelman College, y durante semanas Stella, tumbada en la cama, intentó descifrar las extrañas formas y largas sucesiones de números entre paréntesis. En una ocasión Desiree hojeó el libro, pero las ecuaciones se desplegaban como un idioma antiguo, y Stella le arrancó el libro de las manos, como si Desiree, al mirarlo, lo hubiera mancillado de algún modo.
Stella quería llegar a ser profesora del instituto de Mallard algún día. Pero cada vez que Desiree imaginaba su propio futuro en Mallard, siempre con la misma vida, la asaltaba la sensación de que algo le oprimía la garganta. Cuando mencionaba la idea de marcharse, Stella nunca quería hablar del tema.
—No podemos dejar a mamá —decía siempre, y Desiree, escarmentada, se quedaba en silencio. Ya ha perdido demasiado, esa era la parte que no hacía falta decir.
El último día de décimo curso, su madre llegó a casa del trabajo y anunció que las gemelas no volverían al instituto en otoño. Ya habían estudiado suficiente, dijo, acomodándose con cuidado en el sofá para descansar los pies, y necesitaba que ellas dos se pusieran a trabajar. Las gemelas, a sus dieciséis años, quedaron atónitas, aunque tal vez Stella debería haberse fijado en que las facturas llegaban con mayor frecuencia, o Desiree debería haberse preguntado por qué, solo en el último mes, su madre la había enviado dos veces a Fontenot para pedir más crédito. Aun así, las chicas cruzaron una mirada en silencio mientras su madre se desataba los zapatos. Stella tenía la misma expresión que si hubiera recibido un puñetazo en el vientre.
—Pero yo puedo trabajar e ir también al colegio —dijo—. Encontraré la manera…
—No podrás, cariño —respondió su madre—. Tienes que estar allí durante el día. Ya sabes que no haría esto si no fuera necesario.
—Lo sé, pero…
—Y Nancy Belton te tiene allí dando clases. ¿Qué más necesitas aprender?
Ya les había encontrado una casa donde limpiar en Opelousas y empezarían a la mañana siguiente. A Desiree le disgustaba ayudar a su madre a limpiar. Sumergir las manos en el agua sucia del fregadero, encorvarse sobre una fregona, saber que algún día sus dedos también se volverían gruesos y nudosos a fuerza de restregar la ropa de los blancos. Pero al menos no habría más exámenes ni necesitaría estudiar o memorizar, ni atender en las clases, aburrida como una ostra. Ya era una adulta. Por fin comenzaría la vida de verdad. Pero cuando las gemelas empezaron a preparar la cena, Stella siguió callada y taciturna mientras enjuagaba zanahorias en el fregadero.
—Yo pensaba… —dijo—. Supongo que pensaba…
Ella quería ir a la universidad algún día y daba por supuesto que la aceptarían en el Spelman o el Howard o en cualquier universidad a la que deseara ir. La idea siempre había aterrorizado a Desiree, que Stella se marchara a Atlanta o Washington sin ella. Una pequeña parte de Desiree sintió alivio; ahora Stella no podría de ningún modo marcharse sin ella. Así y todo, no le gustaba ver a su hermana triste.
—Aún podrás ir —dijo Desiree—. Más adelante, quiero decir.
—¿Cómo? Primero hay que acabar el instituto.
—Bueno, pues eso podrás hacer. En clases nocturnas o algo así. Te lo sacarás en un abrir y cerrar de ojos, lo sabes perfectamente.
Stella volvió a quedar en silencio mientras troceaba zanahorias para el estofado. Era consciente de lo desesperada que estaba su madre y nunca discutiría su decisión. Pero, en su nerviosismo, se le resbaló el cuchillo y se cortó el dedo.
—¡Maldita sea! —refunfuñó en voz alta, sobresaltando a Desiree, que estaba junto a ella. Stella rara vez maldecía, y menos cuando su madre podía oírla. Dejó caer el cuchillo a la vez que un hilo rojo y fino de sangre brotaba de su dedo índice, y Desiree, sin pensar, se metió el dedo sangrante de Stella en la boca, como hacía cuando eran pequeñas y Stella no paraba de llorar. Sabía que ya eran mayores para eso; aun así, mantuvo el dedo de Stella en su boca, percibiendo el sabor metálico de la sangre. Stella la observó en silencio. Tenía los ojos empañados, pero no lloraba.
—Eso es un asco —dijo Stella, pero no retiró el dedo.
Todo ese verano las gemelas fueron en el autobús de la mañana a Opelousas, donde se presentaban en una inmensa casa blanca oculta detrás de una verja de hierro coronada con leones blancos de mármol. Ese elemento decorativo quedaba tan teatralmente absurdo que Desiree se rio cuando los vio por primera vez; Stella, en cambio, se limitó a mirarlos con cautela, como si esos leones pudieran cobrar vida en cualquier momento y atacarla. Cuando su madre les encontró el trabajo, Desiree supo que la familia sería rica y blanca. Pero nunca había imaginado una casa como esa: una lámpara de araña de diamantes colgada del techo a tal altura que tenía que encaramarse al último peldaño de la escalera de mano para quitarle el polvo; una larga escalera de caracol en la que se mareaba al pasar el trapo por la barandilla; una cocina enorme que tenía que fregar, llena de electrodomésticos tan nuevos y futuristas que ni siquiera sabía utilizar.
A veces perdía a Stella y tenía que buscarla, deseosa de llamarla a gritos pero temerosa de que su voz reverberara en el techo. Una vez la encontró abrillantando el tocador del dormitorio, mirándose melancólicamente en el espejo adornado con pequeños frascos de lociones; se habría dicho que quería sentarse en aquella banqueta de felpa y frotarse las manos con una crema perfumada como si fuera Audrey Hepburn. Admirarse a sí misma por el mero hecho de hacerlo, como si viviera en un mundo donde las mujeres hicieran esas cosas. Pero de pronto el reflejo de Desiree apareció detrás de ella, y Stella desvió la mirada, avergonzada, casi, de que la vieran siquiera abrigar un deseo.
Dupont, así se llamaba la familia. La mujer, de cabello rubio ahuecado, se pasaba toda la tarde ociosa y con los ojos cerrándosele de aburrimiento. El marido trabajaba en el St. Landry Bank & Trust. Dos niños que se daban empujones frente al televisor en color —ella nunca había visto uno hasta entonces— y un bebé calvo con cólicos. En su primer día la señora Dupont examinó a las gemelas durante un minuto y luego dijo distraídamente a su marido:
—Que chicas tan guapas. Y qué piel tan clara, ¿no?
El señor Dupont se limitó a asentir. Era un hombre desmañado y torpe, que llevaba gafas de culo de botella, las lentes tan gruesas que sus ojos semejaban abalorios. Siempre que se cruzaba con Desiree, ladeaba la cabeza, como si se preguntara algo.
—¿Tú cuál eres? —decía.
—Stella —contestaba ella a veces, solo por diversión.
Siempre había sabido mentir. La única diferencia entre mentir y actuar era si el público estaba enterado o no, pero en cualquier caso todo se reducía a una interpretación. Stella nunca quería cambiar de identidad. Siempre pensaba que las descubrirían, pero mentir —o actuar— solo era posible si una se comprometía plenamente. Desiree había pasado años estudiando a Stella. La forma en que jugueteaba con el dobladillo de la falda, la manera en que se remetía el pelo detrás de la oreja o alzaba la vista en actitud vacilante antes de saludar. Podía imitar a su hermana, remedar su voz, habitar en su cuerpo sin salir del suyo propio. Se sentía especial sabiendo que podía simular ser Stella pero que Stella nunca podría ser ella.
Las gemelas no se dejaron ver en todo el verano. No se pasearon por Partridge Road ni ocuparon en ningún momento un reservado al fondo de la cafetería de Lou ni se acercaron al campo de fútbol para ver entrenar a los chicos. Cada mañana las gemelas desaparecían en el interior de la casa de los Dupont; a última hora de la tarde salían extenuadas, con los pies hinchados, y Desiree se desplomaba contra la ventanilla del autobús durante el viaje a casa. El verano casi había terminado, y no se atrevía a imaginar el otoño, fregando suelos de baños mientras sus amigas chismorreaban en el comedor y planeaban el baile de principio de curso. ¿Sería así el resto de su vida? ¿Confinada en una casa que la engullía en cuanto entraba?
Había una escapatoria. Lo sabía —siempre lo había sabido— pero, llegado agosto, pensaba en Nueva Orleans persistentemente. La mañana del Día del Fundador, temiendo ya regresar a casa de los Dupont, dio un codazo a Stella en la cama y dijo:
—Vámonos.
Stella gimió y se dio la vuelta, enredadas las sábanas en torno a sus tobillos. Propensa a pesadillas de las que nunca hablaba, siempre había tenido el sueño agitado.
—¿Adónde? —preguntó Stella.
—Ya sabes adónde. Estoy harta de hablar de eso, vámonos de una vez.
Empezaba a sentirse como si una salida de emergencia hubiese aparecido ante ella, y si no la aprovechaba de inmediato, quizá se esfumara para siempre. Pero no podía irse sin Stella. Nunca había estado sin su hermana, y parte de ella se preguntaba si podría sobrevivir siquiera a la separación.
—Vamos —dijo—. ¿Quieres pasarte toda la vida limpiando lo que ensucian los Dupont?
Nunca sabría con certeza qué fue lo que la decidió. Tal vez Stella también se aburría. Tal vez, con su sentido práctico, Stella comprendió que podían ganar más en Nueva Orleans, mandar el dinero a casa y ayudar así más a su madre. O tal vez también ella había visto la posibilidad de que esa salida de emergencia se esfumara y había caído en la cuenta de que todo lo que deseaba existía fuera de Mallard. ¿Qué más daba por qué había cambiado de idea? Lo único que contaba era que Stella por fin dijo:
—Vale.
Toda esa tarde las gemelas se entretuvieron en el pícnic del Día del Fundador, Desiree a punto de reventar por el secreto que guardaba. Pero Stella parecía tan tranquila como de costumbre. Era la única persona con quien Desiree compartía secretos. Stella sabía lo de los suspensos de Desiree, que en lugar de enseñar los exámenes a su madre, había falsificado su firma al dorso. Sabía lo de las baratijas que Desiree había robado en Fontenot —una barra de carmín, un paquete de botones, un gemelo de plata— porque podía, porque, cuando la hija del alcalde se pavoneaba ante ella, le causaba cierta satisfacción saber que le había quitado algo. Stella escuchaba, a veces juzgaba, pero nunca se lo decía a nadie, y eso era lo que importaba. Contar un secreto a Stella era como susurrar dentro de un tarro y luego enroscar bien la tapa. No decía ni pío. Pero por entonces no imaginaba que Stella guardaba sus propios secretos.
Unos días después de que las gemelas Vignes abandonaran Mallard, el río se desbordó, convirtiendo todas las calles en lodazales. Si hubieran esperado un día más, la tormenta las habría disuadido. Si no la lluvia, sí el barro. Habrían recorrido penosamente media Partridge Road y luego pensado: dejémoslo. No eran chicas duras. No habrían aguantado diez kilómetros por una carretera rural embarrada: habrían vuelto a casa, empapadas, y se habrían quedado dormidas en su cama, admitiendo Desiree que había actuado de manera impulsiva, y Stella que obraba solo por lealtad. Pero esa noche no llovió. El cielo estaba despejado cuando las gemelas se marcharon de casa sin mirar atrás.
La mañana de su regreso, Desiree se medio perdió en el camino a casa de su madre. Estar medio perdida era peor que estar del todo perdida: resultaba imposible saber qué parte de una conocía el camino. Partridge Road desembocaba en el bosque, y luego ¿qué? Un giro en el río pero ¿en qué dirección? Un pueblo siempre se veía distinto cuando uno volvía, como una casa en la que todos los muebles se hubieran desplazado diez centímetros. Uno no la confundiría con la casa de un desconocido, pero se golpearía una y otra vez las espinillas con las esquinas de la mesa. Se detuvo a la entrada del bosque, abrumada por todos aquellos pinos, que se extendían interminablemente. Mientras trataba de localizar algo conocido, se toqueteó el pañuelo. A través de la gasa azul apenas se veía el moretón.
—¿Mamá? —dijo Jude—. ¿Falta mucho?
Miraba a Desiree con aquellos ojos grandes como lunas, tan parecida a Sam que Desiree apartó la vista.
—No —respondió—. Falta poco.
—¿Cuánto?
—Casi nada, cariño. Hay que cruzar este bosque. Es solo que mamá intenta orientarse.
La primera vez que Sam le pegó, Desiree comenzó a plantearse volver a casa. Por entonces llevaban casados tres años, pero ella aún tenía la sensación de estar en la luna de miel. Sam todavía la hacía estremecerse cuando le lamía el glaseado del dedo o le besaba el cuello mientras ella se pintaba los labios. En Washington había empezado a sentirse como en casa, en un lugar donde podía imaginar el resto de su vida sin la presencia de Stella. De pronto, una noche de primavera, hacía seis años, se olvidó de coser un botón en la camisa de Sam, y cuando él se lo recordó, ella le dijo que estaba ocupada preparando la cena, que tendría que cosérselo él mismo. Arrastraba el cansancio de toda una jornada de trabajo; era ya tan tarde que en el salón se oía The Ed Sullivan Show, los trinos de Diahann Carroll en su versión de «It Had to Be You». Se agachó para meter el pollo en el horno, y cuando se dio la vuelta, Sam le asestó un guantazo brutal en la boca. Ella tenía veinticuatro años. Hasta entonces nunca la habían abofeteado.
—Déjalo —le aconsejó su amiga Roberta por teléfono—. Si te quedas, se pensará que puede hacerlo sin pagar las consecuencias.
—No es tan sencillo —respondió Desiree.
Tocándose el labio hinchado, miró de reojo la habitación del bebé. De repente imaginó la cara de Stella, la misma que la suya pero sin moretón.
—¿Por qué? —preguntó Roberta—. ¿Porque lo quieres? ¿Y él te quiere tanto que te ha vuelto la cara del revés?
—No ha sido tan grave —contestó ella.
—¿Y tienes intención de quedarte hasta que lo sea?
Cuando Desiree se armó de valor para irse, no había hablado con Stella desde que esta se marchó. No tenía forma de ponerse en contacto con ella; ni siquiera sabía dónde vivía. Aun así, mientras avanzaba en zigzag por Union Station, con su hija confusa y aferrada a su brazo, su único deseo era llamar a su hermana. Horas antes, en medio de otra pelea, Sam la había agarrado por el cuello y le había apuntado a la cara con la pistola, la expresión de su mirada tan nítida como la primera vez que la besó. Algún día la mataría. Eso lo supo incluso después de que él la soltara y ella, jadeando, se volviera de costado. Esa noche fingió dormirse a su lado; después, por segunda vez en su vida, hizo la maleta a oscuras. En la estación de tren corrió hasta la taquilla con el dinero que había robado de la cartera de Sam, con su hija cogida de la mano, respirando tan entrecortadamente que le dolía el estómago.
¿Y ahora qué?, preguntó a Stella con el pensamiento. ¿Adónde voy? Pero, naturalmente, Stella no contestó. Y, naturalmente, solo había un sitio adonde ir.
—¿Cuánto? —preguntó Jude.
—Un poco, cariño. Ya casi hemos llegado.
Casi estamos en casa, pero ¿qué significaba eso ahora? Su madre podía echarla antes de que se acercara siquiera a los peldaños de la entrada. Lanzaría una mirada a Jude antes de indicarles que se volvieran por donde habían venido. ¿Cómo no iba a pegarte ese hombre de piel oscura? ¿Qué esperabas? Un matrimonio por despecho no dura. Se agachó para coger en brazos a su hija y se la apoyó en la cadera. Ahora caminaba sin pensar, solo por mantener el cuerpo en movimiento. Quizá era un error volver a Mallard. Quizá deberían haber ido a algún sitio nuevo, haber empezado de cero. Pero era tarde para lamentarse. Ya oía el río. Se encaminó hacia allí, su hija colgando de su cuello con todo su peso. El río la guiaría. Se detendría en la orilla y recordaría el camino.
En Washington, Desiree Vignes había aprendido a interpretar huellas dactilares.
Nunca había sabido siquiera que eso pudiera aprenderse hasta la primavera de 1956, cuando, recorriendo Canal Street, vio un folleto pegado al cristal del escaparate de una panadería que anunciaba que el gobierno federal buscaba trabajadores. Se detuvo en la puerta con la mirada fija en el aviso. Stella se había marchado hacía seis meses, y desde entonces el tiempo transcurría en un goteo lento y uniforme. A veces se olvidaba, por raro que pareciera. Oía un chiste gracioso en el tranvía o se cruzaba con un antiguo amigo de ellas y se volvía para decir a Stella «Oye, has…» antes de recordar que su hermana se había ido. Que, por primera vez en la vida, había dejado a Desiree sola.
Y sin embargo, aun pasados seis meses, Desiree todavía albergaba esperanzas. Stella llamaría. Enviaría una carta. Pero cada noche palpaba el interior del buzón vacío y esperaba junto a un teléfono que se negaba a sonar. Stella había pasado a dar forma a una nueva vida sin ella, y Desiree vivía desolada en la ciudad donde Stella la abandonó. Así que anotó el número del folleto amarillo colocado en el cristal del escaparate de la panadería y fue a la oficina de contratación en cuanto salió del trabajo.
La encargada de selección de personal, escéptica ante la posibilidad de encontrar una persona de buen carácter en toda la ciudad, se sorprendió al ver a la joven pulcra sentada frente a ella. Miró por encima su solicitud, deteniéndose allí donde la muchacha había marcado «de color». Luego golpeteó con el bolígrafo la casilla «lugar de nacimiento».
—Mallard —dijo—. Nunca he oído hablar de ese sitio.
—Es un pueblecito —contestó Desiree—. Al norte de aquí.
—Al señor Hoover le gustan los pueblos pequeños. La mejor gente sale de los pueblos pequeños, dice siempre.
—Pues Mallard es un pueblo pequeño donde los haya —aseguró Desiree.
En Washington, intentó enterrar su dolor. Alquiló una habitación a otra mujer de color empleada en el departamento de huellas dactilares, Roberta Thomas. Más un sótano que una habitación, en realidad, oscura y sin ventanas, pero limpia y, lo más importante, asequible. «No es gran cosa —le dijo Roberta en su primer día de trabajo—. Pero si de verdad necesitas un sitio…» Se la había ofrecido con actitud vacilante, como si esperase que Desiree la rechazase. Estaba agotada, madre de nada menos que tres hijos, y Desiree, para ser sinceros, parecía una más de quien cuidar. Pero Roberta sintió pena por la chica, de apenas dieciocho años, sola en una ciudad nueva, así que en el sótano se quedó: una cama individual, una cómoda, el radiador con cuyo traqueteo se dormía cada noche.
Desiree se dijo que estaba empezando de nuevo, pero ahora pensaba en Stella todavía más, preguntándose qué le parecería esa ciudad. Había abandonado Nueva Orleans para escapar del recuerdo de Stella, pero aún no podía conciliar el sueño sin darse la vuelta en la cama para sentirla a su lado.
En el FBI, Desiree aprendió a conocer los arcos y las espirales y los bucles. Un bucle radial, orientado hacia el pulgar, frente a un bucle cubital, orientado hacia el meñique. Un ojo de pavo real frente a un doble bucle. Un dedo joven frente a uno viejo cuyas crestas aparecían gastadas a causa de la edad. Podía identificar a una persona entre un millón estudiando una cresta: su anchura, forma, poros, contorno, interrupciones y pliegues. En su escritorio cada mañana: huellas dactilares procedentes de coches robados y de casquillos de bala, de ventanas rotas y picaportes y navajas. Procesaba las huellas dactilares de los manifestantes pacifistas e identificaba los restos de soldados muertos que volvían al país envueltos en hielo seco. Estaba estudiando unas huellas dactilares sacadas de un arma robada la primera vez que Sam Winston pasó por delante de ella. Llevaba una corbata de color lavanda con un pañuelo de seda a juego, y la sorprendió el brillo de la corbata y la audacia del hermano negro azabache que tenía el valor de ponérsela. Más tarde, cuando lo vio almorzar con los otros abogados, se volvió hacia Roberta y dijo:
—No sabía que hubiera fiscales de color.
Roberta dejó escapar un resoplido.
—Claro que los hay —dijo—. Esto no es ese pueblo de mala muerte del que vienes.
Roberta nunca había oído hablar de Mallard. Nadie que no fuera de la parroquia de St. Landry lo conocía, y cuando Desiree se lo mencionó a Sam, a él le costó siquiera imaginarlo.
—Me estás vacilando —dijo—. ¿Un pueblo entero de gente con la piel tan clara como la tuya?
Un día la invitó a comer, inclinándose ante su cubículo después de detenerse a preguntarle por un juego de huellas. Más tarde, le confesó que no tenía la menor urgencia con aquellas huellas, simplemente buscaba una razón para presentarse. Ahora estaban sentados en el National Arboretum, contemplando los patos deslizarse por el estanque.
—De piel aún más clara —corrigió ella, pensando en la señora Fontenot, que siempre se jactaba de que sus hijos eran del color de la cuajada.
Sam se rio.
—Pues tienes que llevarme allí alguna vez —dijo—. He de ver con mis propios ojos ese pueblo de piel clara.
Pero solo coqueteaba. Él había nacido en Ohio y nunca se había aventurado a ir más al sur de Virginia. Su madre hubiera querido enviarlo a Morehouse, pero no, él vivía en Ohio mucho antes de que se erradicara la segregación en todas las residencias estudiantiles. Había asistido a aulas donde profesores blancos se negaban a responder a sus preguntas. Había retirado nieve de color amarillo orina del parabrisas de su coche cada invierno. Había salido con chicas de piel clara que no le cogían la mano en público. Racismo del norte, ese era el que él conocía. En cuanto al sureño, de ese no quería saber nada. Por lo que a él se refería, su familia había huido del sur por una razón, ¿y quién era él para dudar de su buen criterio? Aquellos paletos blancos probablemente ni siquiera le permitirían volver a casa, comentaba siempre en broma. Podía ir al sur de visita y acabar cortando algodón.
—Mallard no te gustaría —le dijo ella.
—¿Por qué no?
—Porque no. La gente está chalada. Les obsesiona el color de la piel. Por eso me marché.
No era exactamente así, pero quería que Sam creyese que ella no se parecía en nada a la gente de su lugar de procedencia. Quería que él creyese cualquier cosa menos la verdad: que sencillamente era joven y se aburría y que se había llevado a rastras a su hermana a una ciudad donde esta acabó perdiéndose. Sam permaneció en silencio un rato, pensando; luego le alargó la bolsa de migas de pan. Había arrancado la corteza de su bocadillo para que Desiree pudiera echársela a los patos, una clase de caballerosidad sutil que con el tiempo a ella le resultaría entrañable. Sonriendo, ella metió la mano en la bolsa.
Le dijo que nunca había estado con un hombre como él, pero la verdad era que nunca había estado con ningún hombre. Por eso la asombraban y complacían todos los detalles que tenía con ella: Sam la llevaba a restaurantes con manteles blancos y cubiertos ornamentados; Sam la invitaba al teatro, sorprendiéndola con unas entradas para ver a Ella Fitzgerald. Cuando la llevó a su casa por primera vez, ella se paseó por el apartamento de soltero, impresionada por el orden de la ropa blanca, la distribución de las prendas por colores en el armario, la cama grande y espaciosa. Después de eso, estuvo a punto de llorar al regresar al sótano de Roberta.
Sam nunca volvió a ofrecerse a acompañarla de visita a su pueblo. Ella nunca se lo pidió. Al principio le había dicho que aborrecía Mallard.
—No te creo —repuso Sam. Tendidos en la cama de él, escuchaban la lluvia.
—No es una cuestión de creer o no creer. Te he dicho lo que siento.
—Los negros siempre tenemos apego al sitio donde hemos nacido —afirmó Sam—. A pesar de que siempre procedemos de los peores lugares. Solo los blancos son libres de aborrecer su lugar de nacimiento.
Él se había criado en los complejos de viviendas protegidas de Cleveland y amaba esa ciudad con la pasión de alguien que en la vida no había tenido muchas cosas que amar. Ella solo había tenido un pueblo del que siempre había querido huir y una madre que había dejado claro que si regresaba no sería bienvenida. Aún no había hablado de Stella a Sam; por alguna razón pensaba que ese era otro aspecto de Mallard que él no entendería. Pero mientras la lluvia azotaba la escalera de incendios metálica, se volvió hacia él y le dijo que tenía una hermana gemela que había decidido convertirse en otra persona.
—Se cansará de tanto interpretar un papel —comentó Sam—. Seguro que acaba sintiéndose como una tonta y vuelve corriendo. Con lo encantadora que eres, nadie querría estar muy lejos de ti.
La besó en la frente, y ella se apretó contra él, oyendo los fuertes latidos de su corazón. Eso fue al principio. Antes de que él apretara los puños, antes de que la llamara «hija de puta engreída», o le dijera que estaba «loca como tu hermana» o «te las das de blanca». Cuando ella descubrió que empezaba a confiar en él.
Muchos años más tarde, cuando comenzó a perder la vista, lo achacaría a los años que había pasado forzándola ante láminas de huellas dactilares y marcando crestas. Roberta le dijo una vez que pronto las máquinas se ocuparían de todo el sistema de dactilografía. Los japoneses ya estaban probando esa tecnología. Pero ¿cómo podía una máquina estudiar una huella dactilar mejor que un ojo bien adiestrado? Desiree veía pautas que casi nadie percibía. Era capaz de interpretar la vida de una persona a partir de sus huellas. Durante su etapa de formación se había ejercitado con la lectura de sus propias huellas, esas intrincadas formas que la convertían en una persona única. Stella tenía una cicatriz en el dedo índice de la mano izquierda por un corte que se había hecho con un cuchillo, una de las muchas maneras en que las huellas de ambas se diferenciaban.
A veces la identidad de uno se reducía a pequeños detalles.
Adele Vignes vivía en una casa alargada blanca que se hallaba en el linde del bosque, construida por el fundador y habitada por generaciones de Decuir a partir de entonces. Nada más casarse, su reciente marido, Leon Vignes, deambulaba por el pasillo inspeccionando los muebles antiguos. Hacía reparaciones y quería dedicarse a la ebanistería, y deslizaba un dedo por las delgadas patas de la mesa, admirando la labor artesanal. Nunca había imaginado que algún día viviría en una casa inmersa en tanta historia, pero, claro está, nunca había imaginado que se casaría con una Decuir. Una chica con abolengo. Él descendía de una larga genealogía de viticultores franceses que albergaron la esperanza de cultivar un viñedo en el Nuevo Mundo antes de descubrir que el calor y la humedad de Louisiana no eran propicios para la vid y tener que conformarse con la caña de azúcar. Grandes ideas aplastadas por la realidad, eso era lo que él había heredado. Sus padres se habían fijado objetivos más razonables: abrieron un bar clandestino en el límite de Mallard, que se llam
