Mansos

Bob Pop

Fragmento

1. Borracho

1. Borracho

Borracho.

Ni me acabo el gintonic.

«Me marcho, me voy. A casa, estoy cansado», muy despacio, a mis amigos que en la barra del bar, eufóricos, ni me oyen despedirme, porque las últimas palabras las digo ya fuera «... A casa, estoy cansado». Y borracho; no tanto como para no darme cuenta de cuánto

[tanto cuenta cuánto... (Isabel como Fernando...)]

Ya fuera. Como si hubiera salido de allí apoyándome en el aliento sólido que expelo al hablar y hubiera ido avanzando, primero con una mano, después con la otra, desde las primeras palabras, «Me marcho», para ir dándome impulso, como esos pacientes que acuden en silla de ruedas hasta las salas de rehabilitación de un hospital, a quienes alguien levanta para instalar erguidos entre dos barras horizontales a las que deben sostenerse, una mano en cada una, para ir avanzando a pulso, entre sudores y dolor; hasta encontrarme a la puerta del bar, ya fuera. «Cansado.» Me suelto muy despacio.

«Borracho»,

—pienso.

Borracho pienso doble: por un lado, una parte de mi cerebro ejecuta torpemente las tareas más simples, mientras la otra cavila todo el tiempo, me ve caminar a trompicones a la vez que elabora madejas mentales de ideas imposibles de desovillar, que giran enredadas, que tal vez —pienso, cuando estoy a punto de resbalar del bordillo de la acera y caer— intenta desenmarañar ese otro lado, y es por eso que tropiezo; porque me enredo en ellas. Será por eso que tengo un lado de la cabeza que piensa y otro que se cae.

Que mi cerebro borracho es mitad mi mano que le lanza un ovillo a mi otra mitad, que es un gato que corre a atrapar el ovillo sin mirar alrededor, obsesionado juguetón. El gato.

Borracho. Yo.

Me pierdo entre callejas, callejuelas, pequeñas, mal iluminadas, vacías —por mal iluminadas nunca hay nadie, o porque nunca hay nadie no las iluminan, para qué, si siempre están vacías... No lo sé.

Me pierdo hasta que encuentro

San Bernardo, la boca de metro de Noviciado, cerrada, claro, a estas tres de la mañana cerrada, claro.

Taxi. Un taxi, ¡venga! Uno libre, que me duelen los pies y empieza a llover, llueve, y todos

los que pasan,

pasan

pasan ocupados,

¡TAXI! Confundo los semáforos en verde con luz verde de libre, pero no.

«Con luz verde de libre.»

«Estoy cansado»

—pienso

en sentarme en un banco, que no encuentro alrededor, en sentarme en la acera, tan sucia. En volver al bar con mis amigos, si supiera llegar, no me pareciese tan lejos o estuviera seguro de que siguen allí

—pienso

en entrar a la sauna, que está aquí al lado. Entrar y sentarme, fumar, ducharme, follar, pagar 40 euros. Hasta que el metro esté abierto, haya taxis o tenga ganas de llegar andando hasta Cibeles y ahí tomar el autobús hasta mi casa.

¡TAXI! Mierda. Que acaba de parar

la zorra Esa Que acaba de llegar

y yo llevo más tiempo. Un cuarto de hora. Mierda y son las tres y cuarto

—pienso

en otros tiempos; cuando los taxistas se paraban ante el cliente a quien primero habían visto alzar la mano, y no ante el que estuviera más próximo, como ahora. Pienso en esos y en estos tiempos, y creo que ahí puedo elaborar una teoría del signo de los nuevos tiempos, que me siento incapaz de plantear con una mínima lucidez, pero que tiene algo que ver con la diferencia entre aguantar digno y estoico, seguro de la utilidad de la señal precisa —que resulta ser inútil— o aparecer en el momento oportuno para ganar.

Si esa hijadeputa ha conseguido uno es que aún hay libres o que ha cogido el último. Siempre me pregunto lo mismo:

por los taxis

por las horas

porque ando tan borracho tan tarde

porque elijo marcharme siempre a la mala hora cuando por ley municipal cierran los bares, cuando todos se retiran a casa, pero yo hoy no. Yo no esta noche, no. Esta noche yo

voy a entrar a la sauna

a sacar 300 euros del cajero

porque no hay taxis

Taxi. Taxi. Taxi. NO. Sauna. Cajero. ¿Taxi? No. Trescientos euros al monedero. Sauna. ¿TAXI? No.

Sauna.

Sauna Adán: donde los chaperos te follan por cuarenta euros. Sauna Adán, con nombre del primer hombre, que los clientes no pronuncian, dicen Adan, como Adam; átona, laica y extranjera Ádam, y no bíblico Adán. La Ádam. En femenino.

Sauna Adán: ENTRADA SAUNA una flecha en el portal, izquierda, antes de tocar el timbre zumba la puerta, chasquea la cerradura: TIRAR. Hacia mí. Tiro. Abrir y entrar.

—Once euros —me dicen. «11 €»

—pienso

en que Warhol apuntaba en sus Diarios lo que ga

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