El orden natural de las cosas

António Lobo Antunes

Fragmento

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Hasta los seis años, Iolanda, no conocí a la familia de mi madre ni el olor de los castaños que el viento de septiembre traía de la Buraca, con las ovejas y los chivos que trepaban la Calçada en dirección al cementerio abandonado, arreados por un viejo de boina y por las voces de los muertos. Aún hoy, mi amor, tendido en la cama a la espera del efecto del válium, me sucede como en las tardes de verano en las que me tumbaba, en busca de fresco, en un arrabal de hoyos destrozados: siento un adorno de sepultura magullarme la pierna, oigo la hierba de las losas en la sábana, veo los serafines y los cristos de escayola que me amenazan con las manos rotas; una mujer con sombrero plantaba coles y nabos en las raíces de los cipreses; las esquilas de los cabritos tintineaban en la capilla sin imágenes, reducida a tres paredes calcinadas y a un pedazo de altar con tapete hundido entre las enredaderas; y yo observaba avanzar la noche, lápida a lápida, coagulando las bendiciones de los santos en manchas de tinieblas.

Pero ayer, por ejemplo, abrazado a tu cuerpo mientras aguardaba a que la indulgencia de la medicina me liberase de los sobresaltos de la memoria, me vino a la cabeza un crepúsculo antiguo, en el cincuenta o el cincuenta y uno, con los arriates del jardín regados de frescura, el Señor Fernando, en camiseta, haciendo gimnasia en el mirador, y un alboroto de gatos en el patio de la cocina, yo encaramado en el muro olfateando las brisas de Monsanto y oyendo a los caballos de los monárquicos vencidos que bajaban la sierra (según me contó Doña Anita que era una niña a esas alturas) camino de las celdas de la Penitenciaría.

No entiendo por qué motivo, querida, nunca te interesaste por mi infancia: siempre que hablo de mí encoges los hombros, se te tuerce la boca, los párpados se estiran desdeñosos, arrugas mordaces asoman detrás del flequillo de pelo rubio, de modo que acabo callándome, avergonzado, pongo los vasos, los platos y los cubiertos en la mesa para comer, mientras tu tía tose en la despensa y tu padre mueve los botones del televisor en busca de las estridencias del serial. Y no obstante, Iolanda, en cuanto te duermes, apenas tu rostro, hundido en la almohada, recupera la inocencia del pesebre de otrora, tal como te vi, por primera vez, en la pastelería de la esquina del Instituto, cuando tus dedos sucios de tinta y tus cuadernos escolares me conmovieron con una alegría sin sentido,

en cuanto te duermes y una blancura de olmos con pájaros atraviesa nuestra habitación, hablo sin que te burles de mí, converso, cerniéndome sobre ti, con tus palmas inertes y tus muslos indefensos, y la casa donde viví antes de conocer a la familia de mi madre surge de la noche, nacida de una imperfección del espejo o del cajón de la cómoda en el que nuestra ropa se entremezcla con nidos de polillas y asas de cobre, desde que hace meses me ordenaste Ven y yo me presenté, con el paraguas y dos maletas raídas, en este pisito de la Quinta do Jacinto, en Alcântara, para explicar que sí, que tenía treinta y un años más que tú pero el empleo del Estado, Señor Oliveira, no está mal del todo, y claro que pagaría la luz, el alquiler y la cuenta del agua.

Oye, mi amor. Tal vez me comprendas en tu sueño, tal vez tu cuerpo se libere de la ironía para conmigo y me quiera, tal vez tus párpados, ahora suaves, se estremezcan si digo cómo me gustaría que me tocases y me dejases tocarte, tal vez me acerques el vellón de pelo de tu vientre, y las rodillas se abran despacio sobre una húmeda, lisa, tierna blandura de gruta que aprisiona mi deseo con una firmeza de nácar. Pero desde el verano me ignoras, enamorada de un compañero de clase con el acné encendido y la barba incipiente, que nos visita con el pretexto de dudas de Geografía o Matemáticas y me aprieta los dedos, hasta hacerme rechinar los huesos, en un saludo cruel. Reducido a un vago pariente de chaleco, corbata y ralos pelos grises, incapaz de mantener el tipo, incapaz de leer sin gafas, incapaz de correr veinte metros por culpa de las vacilaciones del corazón, incapaz, en suma, de competir con ese mocoso lleno de granos, más alto que yo, sin tripa, sin calva, sin pasta, cuyos dieciocho años me derrotan, aguardo la noche, con una inmovilidad de tarántula, cuando tu cuerpo, aliñado por el aceite y por el vinagre del dentífrico y del perfume barato, se encoge para acomodarse en el colchón, cuando la cadencia del pecho se vuelve sigilosa como la de los barcos, cuando tus labios, fruncidos por el mohín del sueño, lanzan un beso que no se me destina, aguardo la noche, midiendo la densidad de las tinieblas por el insomnio de tu padre y la bronquitis de tu tía del otro lado del tabique, y recomienzo mi historia en el episodio en el que la dejé, regresando, Iolanda, a la casa donde viví antes de conocer a la familia de mi madre, con sus mil corredores, sus mil rincones, sus mil escondrijos, la casa, la casa,

la casa, Dios mío, rodeada de petreles sobre el acantilado y los vapores del océano, de portones batidos por el viento y cortinas en pedazos, con el anuncio Hotel Central en semicírculo en la fachada y los tres de la policía secreta, siempre de negro, con el brazo en alto al modo nazi, que bebían, en la salita de estar, la malta de la mañana.

Es entonces cuando me acuerdo de los equinoccios que desviaban a las lavanderas blancas posadas en la cristalera, en los adornos del pasamanos y en la pesadez de las sinusitis, y en el temporal que barría la plazoleta enfrente de la pensión, con un anticuario a oscuras y escaparates de abanicos españoles y de budas remendados, es entonces cuando me acuerdo del garaje del mecánico albino que reparaba los automóviles en verano, arrastrándose hacia la barriga de los motores. Los mochuelos, Iolanda, se apretujaban en el postigo de mi cuartucho, pegado a la habitación de la cocinera con un orinal al pie de la cama y el agua siempre espumeante en el desagüe, y los ocupantes del hotel éramos nosotros dos más mi madrina y los tres de la secreta, aunque, cuando llegaba julio, limpiasen la playa de detritos, un calor amargo acabase tranquilizando a las olas y de inmediato la cocinera y la vieja se turnasen en el vestíbulo, ganchillo en mano, con la ilusión de que un taxi milagroso desembarcase a un grupo de americanas transidas, derrotadas por la angustia de los pinos y los muelles de los asientos.

Si pienso, mi amor, en el villorrio de media docena de chalés derrumbados, sin propietario, donde las arañas hilaban el abandono, en equilibrio sobre los barrancos y el grito de las aves, y lo comparo con este apartamento de Alcântara junto al paso a nivel del tren y a los barcos del Tajo que nos rozan las fundas coronados de delfines, mis piernas buscan, sin darme cuenta, la concavidad de tus rodillas, y comprimo el pecho contra tu espalda en una súplica de protección que me confunde por parecerme ridículo un hombre de cuarenta y nueve años en busca de auxilio en una muchachita de dieciocho ocupada en soñar con arcángeles en moto vestidos con cazadora de cuero, acelerando para salvarla del vejete inofensivo que soy, atarantado de timidez y de sorpresa. Y no obstante, Iolanda, no creas que mi vida en una aldehuela de la región de la Ericeira en la que los eucaliptos goteaban las lágrimas de un disgusto sin remedio no era agradable: era agradable. Cuando la ciática no la afligía, descarnándola de sufrimiento en el colchón, la cocinera jugaba a las cartas conmigo en el cuarto de la caldera averiada, mientras los de la secreta estremecían la tarima sobre nuestras cabezas, tramando torturas y prisiones. En ciertas madrugadas de otoño el mar y el viento se amansaban y se distinguía una lengua de arena pronto poblada de toldos, de cestas de comida, de pirámides de chancletas y de familias en albornoz. Brotaban mimosas de las peñas y en los chalés oscilaban los candiles de los habitantes de otrora, hasta que un autobús de línea recogía a los veraneantes que seguían traqueteando hacia Lisboa, a medida que las olas engullían la playa, el cielo se cerraba con nubes de tormenta con aristas de gaviotas gritando por las rocas, las copas de los árboles liberaban enjambres de petirrojos dementes, y mi madrina, indiferente a la tormenta, cogía la aguja de ganchillo y soñaba con americanas extravagantes, vestidas con sandalias y panamá como para una expedición a los trópicos.

Un tren abrió la noche perpendicular a las farolas de la Avenida de Ceuta y paralelo al río bordeado de almacenes, de pontones, de grúas, de guindastes, de contenedores y de vehículos de carga, que esperaban el azafrán de la aurora y a los obreros que caminaban hacia el Tajo, difíciles de distinguir en la vacilación del sol.

El tren, amor mío, se desplazó rumbo a Estoril y a Cascais (desde el lugar donde vivimos vislumbro en la distancia villas que sujetan con los dedos albatros y paquebotes) y nuestra primera planta de la Quinta do Jacinto vibró como si un remolino de bielas la hendiese de golpe, sacudiendo en los anaqueles los osos de barro y los elefantes de cristal, los payasos de paño y el Wagner cromado, y haciendo caer, de la cómoda al suelo, la cajita esmaltada en la que guardas los anillos, las pulseras y los pendientes de plata falsa que te regalo en Navidad, si me queda algún dinero del subsidio del Estado. El tren se desvió hacia Estoril mientras tintineaban campanillas y se encendían y apagaban luces, desordenó las fincas de Alcântara y tú giraste en tu sueño, sin dejar de dormir, hasta volverte hacia mí con un gemido infantil. Tus tobillos se apretaron contra los míos y sin dejar de hablar mi boca se acercó traicionera, furtiva, cautelosamente a la tuya: te olía el aliento, te olía el pelo, te olía el cuello, olían los pliegues de la cintura, los pliegues de la barriga, e iba a acariciarte el pubis, a sentir la textura de la que estás hecha, cuando el gato, asustado por el frenesí de mi júbilo, saltó de la colcha y se ovilló en una lámpara cuya pantalla se deshizo y aclaró por un segundo los muebles del cuarto. Y de pronto tus codos se agitaron, el cuerpo se desvió girando las caderas y los hombros que se desprendían de los tirantes, y me quedé solo salivando disgustos, arrullado por los vagones que galopaban hacia los desagües, las playas y los barquitos de la Linha, arrullado, mi amor, por las olas del río, sujetando con las manos, en una actitud de plegaria, la ausencia de una nalga.

En la pensión donde viví, querida, antes de conocer a la familia de mi madre, no había gatos: era demasiado húmeda, demasiado ventosa, demasiado gris, y en el huertecillo del fondo, con su neblina, sus soportes de cañas y sus lechuzas airadas, las olas que partían y llegaban se abatían en las habitaciones en medio de un torbellino de espuma. De forma que los gatos, a pesar de los esfuerzos de la cocinera para seducirlos con escudillas de congrio, desaparecían entre los eucaliptos alarmados por el desorden del mar y por los cadáveres de marinos agarrados a pedazos de timón, que nos observaban desde los armarios entre cajas de sombreros.

No había gatos pero teníamos un cuervo de alas recortadas y bamboleo de grumete, el cual lanzaba avisos de latitudes a los de la secreta, alborotados por el pavor de una maniobra errada que lanzase el hotel contra los peñascos y abriese un hueco sin remedio por debajo de los balcones. Por la mañana temprano el cuervo cojeaba en el puente de mando de la planta baja, comprobando la exactitud de la ruta y la inexistencia de acorazados enemigos, y fue él quien gritó

–Todo a babor, desamarra las lanchas

en el momento en que, al inspeccionar el camarote del vestíbulo, dio con mi madrina de bruces en la tarima, sujetando la aguja de ganchillo.

Claro que oí el grito del comodoro, Iolanda, pero fue en el interior de mi sueño, como si formase parte de una historia en la que un rebaño de ninfas me perseguía por las veredas del huerto (las diosas regordetas, rosadas, con túnica, de las pequeñas oleografías del pasillo, entrelazándose en un bosque y en un arroyo), y, aun cuando la cocinera fue a llamarme a la cama, su voz, semejante al principio al chasquido de los arbustos, tardó en volverse real mediante metamorfosis que mi tronco parecía acompañar, alargándose y reduciéndose con un murmurar de vértebras.

Lo cierto es que al bajar las escaleras, molesto por las gaviotas que se demoraban en las ventanas abiertas, escuché al cuervo preguntar, desesperado,

–¿Qué hay de los chalecos salvavidas, muchacho?

y de inmediato di con los de la secreta que deliberaban, tomando notas, decididos a fusilar al viento o a detener a las nubes de acuerdo con instrucciones que recibían de nadie a no ser del murmullo de los árboles o del crujir de las mesas.

Me acuerdo, con la nitidez de los recuerdos infantiles, de las copas de los pinos más allá de las casas de la plaza, de las madreselvas y de los eucaliptos que nos cerraban el paso, y del todoterreno de la Guarda a la entrada de la pensión, con un soldado con fusil que fumaba allí dentro. En el vestíbulo el cabo, que antes de mi nacimiento cortejara a la cocinera, y un segundo soldado que yo desconocía, ambos con polainas y cartucheras pero con ros en la mano, observaban a mi madrina sin atreverse a tocarla, rezando para que el teléfono de manivela funcionase con la idea de llamar al doctor de Mafra que de vez en cuando me sujetaba el mentón y curaba las anginas con un colutorio feroz. El albino rondaba bajo la lluvia, intrigado, alzando al cielo sus pestañas de lechón,

y el médico, Iolanda, llegó después de la comida, olisqueando desgracias, con impermeable de goma y botas de pescador bacaladero, adornado con un rastro de papagayos de mar que piaban en las algas. El cuervo, más sosegado a pesar de los pinos que zumbaban en el lado opuesto a las olas, retrocedió hacia las escaleras de la primera planta rumiando cálculos de nonio. El cabo señaló a mi madrina con el meñique, y el doctor, con entrecejo competente, se acuclilló para examinarla, ordenando

–Tosa

y sacando de la gabardina un estetoscopio cuyos tubos no terminaban nunca, doblados y vueltos a doblar en el bolsillo infinito.

–Como no tose quizás está muerta

concluyó él con una voz empañada, a medida que el temporal le desparramaba las sílabas como soplaba las hojas de la acacia del huerto, reducida a una osamenta de costillas fracturadas por el agua, por el viento y por los palomos que se crucificaban en las ramas. La cocinera se frotaba el párpado con la punta del delantal, el cabo se cuadró en señal de respeto. El soldado, pegado a la pared, exhibía hacia la difunta la dentadura postiza: él y yo debíamos de ser los únicos en la pensión que nunca habían visto un cadáver, y el segundo que pude observar, transcurridos muchos años, fue el de un guardagujas que se abrazó al tren en el que yo viajaba de servicio, con un compañero, en el ramal de la Beira Baixa. Me acuerdo, mi amor, del suicida en el cascajo de las traviesas y de mi asombro por su rostro intacto y la paz y compostura de las facciones: supongo que fue a partir de esa fecha cuando dejé de tener miedo a las gripes.

Me levanto de la cama, subo un poco los estores y las luces de Alcântara se prolongan hasta las dársenas y el Tajo sembrado de canoas, en busca de peces en la espuma. En este momento de la noche, equidistante del poniente y de la aurora, no hay tránsito en la plazoleta y los semáforos pasan del rojo al verde dirigiendo sombras. La neblina de marzo transfigura los edificios, impregnándolos de la majestad que no poseen de día, y si pienso en eso, Iolanda, la mudez del cuarto me asusta con recelos que no alcanzo a comprender, semejantes al miedo con que escuché al médico de Mafra, guardando el estetoscopio inmenso, despejar la desconfianza del cabo:

–Muy fácil, amigo, si no me obedece palmó; como agujeros de bala no hay, se avisa al párroco de Ericeira y listo.

De modo, mi amor, que esa misma tarde o alguna otra (desde los cuarenta tengo dificultades con los riñones y con las fechas), mientras una tormenta tremebunda se precipitaba sobre la villa y la lluvia hacía caer un pedazo de cerca, me peinaron con raya, me pusieron una corbata negra y me llevaron a la iglesia en el todoterreno de la Guarda, a lo largo de un trayecto de pesadilla en el que los relámpagos deslumbraban cedros y nogales, aves de paso sollozaban en madejas de mimbre, perros aterrorizados por los truenos, con grandes bocas peludas, se escapaban gruñendo por veredas y charcos de barro. Casas de emigrantes surgían remolineando y se hundían en la tierra. No volví a Ericeira, pero como en Portugal, salvo yo que envejezco, todo se estanca y se suspende en el tiempo, supongo que nada se ha alterado desde entonces: Alcântara, por ejemplo, durará mil años como la veo ahora, a las tres de la madrugada en mi reloj de pulsera: un barrio con talleres y garajes que se multiplican en los solares, y el desorden de la crecida con su aspereza y su resonancia de túnel, caminando por el asfalto hasta el umbral de la puerta.

Y tal como aquí, en Alcântara, en este instante de la noche, mientras tú, tu padre y tu tía duermen en las maltratadas camas de los pobres, tal como aquí, Iolanda, me vienen a la cabeza el mal gusto de los objetos de la sala y los archipiélagos de humedad de la pared, también, a medida que espero otro tren que ruede hacia Estoril o hacia el Cais do Sodré, me acuerdo de los crespones de la iglesia en un otero de matas y de manzanos que resistían a la nortada, de los paneles de santos de la casa mortuoria y de una grieta de ladrillos por la cual entraba el mar de invierno y se percibían las chimeneas de Ericeira lanzándose en tumulto al agua. Había un Jesús de cobre colgado de la cruz como una gota de un reborde de grifo, restos de paños en ornatos tallados, un mirlo que descansaba de la lluvia en una viga, los de la secreta en un banco, y un sacristán guiñándonos sus ojos de tucán. Probablemente, ahora que nadie vivía en la pensión, decenas de taxis venían de Sintra con los faros encendidos en medio del desaliño de los pinos, para descargar en el hotel a grupos de americanas centenarias que tiritaban, con sus vestidos escotados, bajo una temperatura polar. Los cuartos se inundaban de maletas y baúles, un lodo fétido palpitaba en los bidés, los bastones tropezaban, hacia abajo y hacia arriba, en las escaleras, saltaban cerraduras con un chirrido de óxido, alguien había reparado la caldera del sótano que trabajaba con una astenia duodenal, martillazos enérgicos destruían el piso superior, y el cuervo, a quien el ruido molestaba, graznaba palabrotas náuticas en las baldosas de la cocina. Tal vez la bajamar descubriese una faja corriendo entre peñascos, tal vez una luz oblicua animase a los llorones y a los floreros con magnolias, tal vez existiesen barcos en el horizonte, petroleros, corbetas, naves deslizándose hacia la Rua Oito da Quinta do Jacinto. Sentado en un pequeño trono cojo, sin entender lo que pasaba en torno porque hasta los ocho años el mundo me había ahorrado sus misterios, no reparé en una señora que al final del día me llevaría consigo después de empaquetar mi ropa, con la ayuda de la cocinera, en un saco de marinero hurtado a la basura del sótano.

Bajo el estor al mismo tiempo que el tren se acerca y los carteles publicitarios, los bojes, los fanales y las farolas del río comienzan a vibrar y el cuarto adelgaza sobre oscuridades sin esperanza, alcanzo la cama, con pasos cautelosos, para no golpearme con el borde de un mueble, y al acostarme a tu lado el respaldo se desajusta, el colchón se ablanda y tu cuerpo suspira con arrullos de cedro. Es el momento, Iolanda, en que me permito decir que te quiero, en que me atrevo a acariciar el arco de un hombro, en que avanzo la boca a fin de sentir en el ápice de la lengua el gusto de pluma de tus cabellos. El comprimido de válium me marchitó los gestos y me empañó las ideas sin paralizarme la memoria, es abril, y estoy inclinándome hacia ti en la pastelería donde te encontré por primera vez, con dos compañeras todo risitas y cuchicheos, masticando chicles frente a batidos de fresa, y pregunté si no te importaba que me sentase a tu mesa con la infusión de limón de los constipados. Y allí me quedé una hora, perturbado y ansioso, mientras vosotras os mostrabais fotografías de actores, discutíais de novios y esmaltes para las uñas, y protestabais contra el examen de Filosofía de la víspera, interesadísimas por un hombre moreno, con mechones rizados, bigote y zapatos puntiagudos, que bebía un café en la barra hojeando un periódico deportivo.

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Palabra de honor que no sé nada, qué manía la suya, es decir, espere, no se vaya, siempre puede ser que me acuerde de alguna cosita si el amigo escritor trae una ayuda para el alquiler del cuarto, un cuchitril piojoso, caro como todo, en un Residencial de muchachas de la Praça da Alegria donde no me dejan dormir con los bofetones de los chulos y las carcajadas de los juerguistas, y esto, señor, hasta las cinco y seis de la madrugada cuando los árboles comienzan a desenmarañarse y los palomos bajan de la Mãe de Água a disputar, en los arriates, las últimas sobras al hastío de los mendigos. De día veo a los palomos de la ventana, palomos, desocupados y paralíticos que rehogan las miserias al sol, y de noche asisto a las fatigas de las muchachas, pobrecitas, de un lado para otro allí abajo en la Avenida, entre dos infecciones en los ovarios y un aborto en la partera de Loures, en un sótano, oliendo a pescado asado, con estampitas de santas y una vieja que gime en un rincón. ¿El amigo escritor no lo cree? Después de la Revolución, mire, por no ir más lejos, después de que el Ejército me detuviese en Caxias la tira de meses, sin motivo alguno, en el ala justo frente al mar, ante las gaviotas y el resplandor del crepúsculo, regresé a mi planta baja alquilada en Odivelas, puerta con puerta con una enfermera que tejía angelitos para las rameras en la salita de estar, al lado de la mesa puesta y de la silla de ruedas en la que la madre cabeceaba, con la radio a pilas pegada al oído. ¿Qué tal? El problema fue que con la invasión de los comunistas la mujer y la enferma se esfumaron del barrio, parece que para continuar el oficio en París, en los barrios de emigrantes negros, árabes, españoles, yugoslavos, portugueses, infelices que pasan los domingos sentados en piedras impregnándose del gris del cielo, de modo que había cientos de embarazadas que esperaban en el vestíbulo en equilibrio de cigüeña sobre los tacones altísimos, mirándose unas a otras con los párpados lodosos del insomnio. Un policía las arreó con la porra, como a los pavos de Navidad, rumbo a la parada del autobús de Lisboa, y las pobrecitas allí se quedaron sin protestas en el nidal de los asientos, y pegaron a los cristales los rostros de acuarela. En cuanto a mí aguanté algún tiempo en Odivelas, mirando el parque de los bomberos por detrás de las cortinas, sin empleo, sin Caixa, sin retiro, dejándome crecer el bigote para que no me reconociesen en las fotografías de los periódicos, hasta que el dueño apareció tachándome de fascista, me confiscó los muebles y los folletos del curso de hipnotismo por correspondencia a cuenta de los pagos atrasados, y me arrastró a empujones hasta la salida. El del segundo izquierda, que tapeaba conmigo en la cervecería y me pasaba informaciones gratis, se desató en insultos y en patadas en las piernas, aún hoy tengo aquí las cicatrices, un desconocido se me acercó y me escupió a la cara, se dibujaban hoces y martillos en las paredes, jirones de pancartas se desprendían de los muros, obreros con el puño cerrado gritaban Abajo la dictadura viva el socialismo, y yo pensé Estoy frito, dentro de poco los rusos me meten en un tren y me enjaulan en Siberia, aterido en una casita de madera. De ahí me fui a ver a un santón que falsificaba certificados médicos y matrículas de automóvil y cambié el nombre del carné de identidad con el último dinero que me quedaba, me hice con un par de gafas oscuras como las de los cieguitos de los acordeones, dejé de rasurarme las mejillas con la navaja y conseguí, por medio de un granuja con tirantes, la buhardilla de prostituta de la Praça da Alegria donde vivo, con su cama mugrienta y el permanganato en un rincón, y yo allí dentro atormentado por las tórtolas que ni en el lavabo del final del pasillo me abandonan, el lavabo que usan todos los cuartos de mi planta y todas las muchachas y todos los clientes de esos cuartos, con las tórtolas que cantan con el buche en el tejaroz, acechando en los cristales, espulgándose las plumas, tórtolas de los huertos vecinos, tórtolas de Alcântara o de Chelas, tórtolas de Almada, tórtolas de los almacenes abandonados, de los cascos estragados y de los palacios del Tajo, tórtolas vagabundas, tórtolas sin casa, tórtolas gitanas, tórtolas, amigo escritor, que se ríen de uno y se burlan de nosotros en el alféizar estrecho,

tórtolas diferentes de éstas del Campo de Santana, gordas, solemnes, dignas, patriarcales, colgadas de los canalones, en el pico de los tejados o en las ramas más altas de los árboles, tórtolas y patos, señor, y el grito de los pavos reales cuando el día agoniza, sin contar la sirena de las ambulancias camino de la constelación de hospitales de aquí alrededor, Hospital de São José, Hospital dos Capuchos, Hospital de Arroios, Hospital de Santa Marta, Hospital da Estefânia, y los locos del Miguel Bombarda, cubiertos de condecoraciones, que se pasean por los arriates y piden cigarrillos en los semáforos, locos y vagabundos envueltos en periódicos contra la neblina de la aurora, sin contar al amigo escritor y a mí que observamos esto, cada cual con su refresco y su platito de altramuces, en un restaurante junto a la Facultad de Medicina, edificio de columnas que imagino poblado de cadáveres despedazados por estudiantes con bata.

¿Nunca ha pensado en eso? ¿Nunca se ha imaginado desnudo, oliendo a formol, echado panza arriba en una mesa de mármol a la espera de que le revienten las costillas con unas tijeras enormes? Desde que la democracia me hizo perder el empleo de jefe de brigada en la Dirección General de Seguridad y pasé a comer la sopa del párroco del Beato, desde que los comunistas rodearon el edificio de la Rua António Maria Cardoso, la mañana después del golpe, y nosotros, encerrados allí, quemábamos papeles, acechábamos desde las persianas y trotábamos al azar, empuñando la pistola, sin saber qué hacer, sé que un día de éstos me han de llevar dos enfermeros por el pasillo del Residencial, envuelto en una sábana, acompañado por la consternación de las muchachas en sujetador y bragas, han de bajar conmigo en una camilla de lona, y han de volcarme por fin en una mesa de piedra, entre más mesas de piedra con cuerpos macilentos, mientras unos tipos con delantal de goma se ocupan de trocear, con serruchos y pinzas, un vientre de niño. Hay ocasiones en las que sueño con esto hasta que me despiertan las tórtolas, en las que oigo los alicates triturarme los huesos y huelo el vapor lento de mis vísceras al descubierto, ocasiones, amigo escritor, en las que me cosen la tripa y el pecho con hilo de saco y me despierto sobresaltado, a gritos, de pie en medio del cuarto, y demoro siglos en comprender que estoy vivo, que respiro, que podría, si quisiese, venir a esta terraza en el Campo de Santana, mirando a los locos que peroran con los cisnes de la tarde. ¿Esta conversación de difuntos no le da sed? No, cerveza no, no bebo alcohol ni fumo, pídame mejor un agua sin gas y un sándwich de queso que los recuerdos duelen y tengo un nudo tremendo en la garganta.

Pero, yendo a lo que a usted le importa, creo que un chequecito de veinte mil escudos me aviva la memoria, porque aquello que pasó hace tantos años es difícil de recordar, y aún más si tengo al casero encima amenazándome todas las noches con que si no pago la semana que viene me pone en la calle y ¿el amigo escritor me imagina, con sesenta y ocho años de edad y el invierno cerca, en un banco de plaza, en un hueco del Castelo o en los escalones de un edificio, con la espalda molida por el incordio de la madera? Ni siquiera son honorarios, señor, faltaba más, es un préstamo, me deja su dirección y si yo consigo colocación le devuelvo la pasta enseguida, ando con ganas de montar un curso de hipnotismo por correspondencia, sólo me falta el capital para las lecciones impresas porque la impresión es cara, las personas mandan el dinero y yo les mando las clases y después que se entretengan por la noche, con turbante y un rubí en la frente, aplicando pases magnéticos y dando órdenes a la familia, Despierta, con un poco de suerte salen volando por el balcón, imagine decenas y más decenas de criaturas revoloteando por ahí, y los maridos gritándoles, desesperados, Ven aquí Alice, a medida que las esposas se alejan en dirección a España como los patos en el otoño, y yo, cada vez con más aprendices, instalo sucursales en Covilhã y en Avintes, por ejemplo, Viseu entera alzándose del suelo y navegando hacia Marruecos, suponga Portalegre o las Caldas da Rainha yendo de bolina en dirección a Londres, el hipnotismo es el transporte del futuro, amigo escritor, y por otra parte a todos nos gusta encontrar prospectos en el buzón, abrir un sobre y dar con un señor de chaqueta que apunta el índice severo y pregunta con indignación ¿QUÉ ES LO QUE ESPERA PARA SER FELIZ? GRACIAS AL CURSO DE HIPNOTISMO DEL PROFESOR KEOPS ME HE CONVERTIDO EN UN HOMBRE DE ÉXITO. Y hablando de hipnotismo, amigo escritor, lo que ahora vendría bien encima del sándwich sería un zumito de zanahoria y un filete, que me ha entrado una debilidad de mil demonios.

Pero, volviendo al grano, la cara de ese retrato no me resulta extraña, quién diría cómo veinte mil escudos y una comida estimulan la memoria, si usted pone quinientos escudos en la mesa le aseguro que lo localizo, es cuestión de revisar el pasado, déjeme ver, esto para mí es como un álbum, la solución es ir andando hacia atrás y se encuentra la página justa en un instante, muéstreme al individuo ese otra vez que debe de haber sido hace muchos años, vaya, páseme el dato, amigo escritor, que en mi infancia no fue, lo que encuentro allí es Odemira, extensiones de playa, agosto, mi madre que va cojeando hacia el tendedero, entre las pitas, con una cesta de ropa bajo el brazo, y las olas, amigo, las olas, la reverberación de las olas en el cobalto del cielo, la madre reflejada al revés en las nubes colgando calzoncillos, mi hermana en el cochecito, mi padre enmarcado en el aparador, con corbata y raya al medio y un gran silencio por todo el campo hasta la sierra a lo lejos. Y la taberna, y el cura, y las casas en el invierno, tristes, tristes, palideciendo por la lluvia, perros sin abrigo por las calles desiertas como si buscasen, hocico a ras de suelo, a los hijos que les robaron, en mi infancia ese fulano suyo no entra, nunca jugué con él y salí del Alentejo antes de acabar la escuela, espere, no se ponga nervioso, lo que hace falta es calma, tenemos ahora muchísimas imágenes de la época en que vine a Marvila y me entregaron a mi tío que trabajaba de portero en la Philips, un gordo, viudo, siempre borracho, que vivía con la perra en una quinta planta junto al Tajo y se abrazaba al pasamanos, con arcadas y desmayos en el pecho, ordenándome Tómame el pulso, muchacho, tómame el pulso deprisa, llama al enfermero del Policlínico que me da un achuchón y cataplum.

Marvila pero en la parte baja, amigo escritor, nada de mezclas, carriles de tranvía, muros, huertezuelas, vejetes jugando a la brisca en la acera, mi tío, rebosante de vino, riñendo con su propia sombra, saltando, remolineando para huir de ella, pisoteándola con los zapatos, pidiéndole Suéltame, o si no tendido, recociendo vapores, mientras yo trabajaba de dependiente en una pasamanería y el viudo, señor, se me quedaba con el sueldo entero y empeñaba los muebles que sobraban para los orujos en el bar, unos trastos desparejados, unas mesas de desecho, unas sillas sin asiento que él tiraba a patadas por las escaleras, mi tío, cuya esposa consagrara la existencia al espiritismo, y, finada de una dolencia mística transmitida por el contagio de un ángel, rondaba por la casa estremeciendo las teteras con la ansiedad del aliento. Dicen que aún es posible tropezar con el del retrato por aquí, en Marvila, que en ese tiempo, en mil novecientos treinta y pico, en vísperas de la guerra con los alemanes, hervía de espías extranjeros con sombrero y gabardina de cuello levantado, que se apuñalaban en los callejones, puede ser; espere un poco, ya va, que le descubra el rostro en las fotografías de los bailes del Club Recreativo, entre guirnaldas, dísticos jocosos y globos de alambre, o en las sonrisas del Grupo Excursionista, exhibiendo el salchichón de la comida en ruta hacia Fátima. Si su ciudadano no era una de las almas en pena que exhalaban azufre en el apartamento de mi tío, ni ningún agente secreto inglés lo asesinó en una esquina del Tajo, seguro que nos topamos con él cuando uno menos se lo espere, sea bajo un halo turbio, dándole tiza al taco en los billares del Oriental, con la cabeza inclinada para preparar la jugada, sea roncando botella en mano, amparado en un tonel en los almacenes de las dársenas,

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