4
Los albergues son los hoteles de los pobres o de los jóvenes. Estos últimos pueden ser ricos o pobres. El hijo del rey de Dinamarca habrá dormido en algún albergue en su juventud, pero ahora solo se acercaría a uno si se lo impone la agenda por alguna catástrofe humanitaria. Los pobres pasan largas temporadas en albergues; los ricos de verdad no suelen quedarse más de veinte horas en un mismo hotel. Los albergues son espacios para personas arruinadas, no porque no haya minibar ni carta de almohadas (una de las buenas ofrendas del cielo), sino porque impiden el ritmo lento del amor, e impedir eso a las personas es imponerles una pobreza sin concesiones. Casi nadie vive en hoteles. Es virtud del buen rico no usar el body milk ni el cepillo del baño —sí la esponja para los zapatos—, apenas deshacer la cama, tumbarse sobre el edredón y dar una cabezada; tener que marcharse casi sin bajar a desayunar cuando hacen noche completa, tomando si acaso un café solo y un cruasán antes de salir apresurado con su maleta ligera —tiene que ser ligera— hacia el taxi de la puerta, que ya lo estará esperando. Nada más distinguido que no saber conducir. Por mi parte, nunca había pasado tantos días en un albergue. Reservé una semana, tiempo que a priori parecía suficiente para encontrar un piso en el que alojarme y mantenerme esos días hasta que cobrase el primer sueldo. Estuve un mes. Treinta y cuatro días, para ser precisos. En este albergue no había ni armarios con candados, que es lo único que uno espera de un sitio así, que al menos no le quiten lo que le queda. Me pidieron el pasaporte, pero únicamente apuntaron mi apellido en una cartulina azul. La cartulina es el papel de lo efímero, el lugar donde se anota o dibuja lo que no cuenta, lo que no compromete. Me dieron una toalla que en su momento tuvo que ser blanca y ahora era beige, y un juego de sábanas que habían sido lavadas con un potente desinfectante. El hombre del mostrador estaba iluminado por la pantalla de un videojuego que dejó en pausa mientras me atendía sin quitarle ojo a la partida. Tenía un acné vivo, radiante, a pesar de aparentar unos cuarenta y cinco años. Cada grano parecía un corazón lleno de vino tinto. Ese hombre me dio la contraseña del wifisin mirarme a la cara, y por eso no pudo percibir mi acné apagado que quizá nos hubiera unido para siempre y que en mi adolescencia traté con un medicamento llamado roacután, una droga que en su prospecto alertaba de ideaciones suicidas, y que también tomó Daniel, el hijo de la escritora Piedad Bonnett, que acabó suicidándose. «La mayoría elige las camas inferiores de las literas para dejar las maletas debajo del colchón», me dijo mientras me alejaba del mostrador. Le contesté con un seco merci, que no tenía nada de agradecimiento y sí todo el desconsuelo por lo que intuía que me esperaba en el sexto piso de ese edificio de arquitectura soviética. Me duché poniendo los pies sobre los filos del plato, intentando no pisar el desagüe, que es como me enseñaron a hacerlo cuando era niño para evitar así los hongos de los vestuarios de mi colegio, y me metí en la cama. En un albergue no se lee en la cama. Hay que mirar el móvil o dormir directamente. Leer es un síntoma de vulnerabilidad, de accesibilidad, lo mismo que si en el patio de la cárcel tejes petit point. Me puse un pijama de franela que mi madre me regaló el día de mi santo. En la parte de arriba podía leerse basketball, con letras de terciopelo rojo junto al dibujo de un oso medio humano con un balón bajo el brazo. Uno de esos animales que aparecen en las cajas de cereales. Percibí lo patético de mi imagen y, a la vez, quise a mi madre más que nunca. Pensé en que si alguno de mis siete compañeros de habitación sospechara sobre el origen de mi pijama o pudieran leer esas letras redondeadas me partirían la boca por tres sitios y me sacarían del cuarto a patadas.
Un chico que decía ser de por allí y que llevaba una especie de albornoz que seguramente hiciese la función de abrigo matutino y de manta, me advirtió con una sonrisa rígida de que por esa zona había depredadores sexuales, y me explicaba moviendo lentamente los brazos la manera en que solían actuar. Durante unos minutos que se me hicieron noches con sed de noches, me contó acercando su aliento al caracol de mi oreja que son tipos que no quieren hacer daño, que buscan compañía y esa es su manera de reclamarlo, de llamar la atención. Me preguntó si había oído ya esta historia. Le contesté que no llevaba ni cinco horas en la ciudad. «Todo ese rato por aquí, ¿y aún no te han dicho nada? ¿Aún no has oído hablar de ellos? Me estás vacilando, ¿verdad, español?» Si alguien se dirige a ti con tu procedencia es que algo va a pasarte. Le respondí que no mientras por dentro rezaba para que se acostara de una vez o siguiese contándole la historia al de la cama de arriba, al que no sentí moverse ni respirar seguramente para evitarlo. De nuevo. «Pero de verdad que son buenas personas. Te lo prometo. No quieren hacer daño a nadie.» Le contesté con una de esas sonrisas que levantan el pánico, así como el que muere abre los ojos y la boca cuando ya no hay nada que decir ni nada que atender. No dormí en toda la noche. Tampoco lo hizo otro hombre que se masturbaba una y otra vez en la cama de enfrente, y que nunca acababa su tarea, sino que la abandonaba y retomaba. Sí que durmió el que con sus enormes pies bloqueaba la puerta de salida, lo supe porque llamaba insistentemente a un tal Hugo, que intuí como su hijo por la angustia con la que pronunciaba ese nombre, y al que yo estaba poniendo cara, pasado y casi oficio hasta que otro le gritó que cerrara la boca de una puta vez, y Hugo desapareció de mi mente y de ese cuarto.
Con las primeras luces de la mañana nuestro dormitorio parecía calmado por la misericordia. Todos dormían plácidamente y con la oportunidad del nuevo día eran como hermanos en una cabaña que, tras los párpados cerrados por el sueño, aguardaban nuevos paraísos. El amanecer ofrece lo que para la noche fue curiosidad. Salí de la cama sin hacer ruido para ducharme solo y planificar mi jornada. Las duchas comunes desprenden el vaho exagerado de la infancia, donde lo decisivo se prepara en secreto.
5
Me puse el traje para mi primer día de clase. Creía que en Francia se solía enseñar en traje, sin corbata, pero al llegar al departamento todos mis compañeros me miraron con desconfianza, y pensé que sería por eso. Adiviné que eran compañeros por sus miradas, sus silencios y calvicies, no porque se presentaran o discutieran entre ellos. Sí que lo hizo una profesora catalana, Concha, que llevaba veinte años viviendo en Bolonia con su marido senegalés. Ella me facilitó la contraseña para hacer fotocopias, me mostró dónde estaba el mando del proyector, dónde el conserje para cuando el proyector no funcionase y cuál era el nombre del conserje. Alguien que de pronto aparece y te indica dónde están los frutos y cómo pescar, hacer fuego o resguardarte en una isla perdida. En mi primer día de clase comprobé que solo una alumna hablaba algo de español, por lo que todos los materiales de trabajo que llevaba no me iban a servir para mucho, así que dedicamos gran parte del tiempo a leer poemas en las lenguas que podíamos y a hablar del amor, esas cosas que se entienden mejor cuando no se comprenden del todo. Tenía muy presente lo que decía el profesor Steiner, que definía al maestro como aquel en quien hasta la ironía nos produce una sensación de amor. Deseaba proyectar ese espíritu en mi clase, pero pronto se percataron de que algo no iba bien en mí, y yo desde el principio temí que no iba a poder sacar mucho de ellos al preguntarles qué esperaban de la vida y casi obtener unanimidad en la respuesta: trabajar en el comercio internacional. Sentí un momentáneo desprecio por aquel grupo, por esa respuesta y por la manera en la que pronunciaban internacional. Me sentí como un aduanero dando clases de formación profesional. Me sentí como uno de esos hombres impasibles al frío que en el puerto de la bahía de Algeciras enseñan a los muchachos desorientados a descargar los contenedores que llegan de Asia. Mi abuelo Manuel siempre me recomendó hacer un FP. Y mi abuelo era sabio, como tantos otros abuelos.
La mayoría de los alumnos vivían en Calais y hacían diariamente los cuarenta kilómetros de distancia a Bolonia para asistir a clase. Llegaban en un autobús que realizaba quince paradas durante el trayecto. Muchas personas compraban el ticket al conductor, por lo que el desplazamiento acababa convirtiéndose en travesía. Una de las paradas estaba justo enfrente de la jungla, que era donde más tiempo se demoraba. Desde allí podían ver el dibujo de Banksy que daba la bienvenida a la zona. Calais era conocida por ese asentamiento de inmigrantes que llegaban desde distintas partes del mundo, así como Miami es conocida por sus embarcaderos, Albacete por sus cuchillos o Bolonia por haber tenido como vecino a un general argentino que ya nadie recuerda.
Los primeros días hice de mis clases una agencia inmobiliaria, una oficina de turismo, les preguntaba dónde encontrar piso, qué barrio era menos malo para residir, si realmente se podía vivir en esa ciudad, qué hacer en ese sitio por las tardes y por las noches, cómo era posible que aún no hubieran huido de allí. Solía responder la misma alumna. Su madre era de Santander y se le notaba en la cara que su alimentación era distinta a la del resto de la clase, donde dominaba el tabaco de contrabando y las bebidas gaseosas.
Me animé a preguntarles por la jungla; la mayoría estaba en contra de que esas personas estuvieran en su ciudad y de que existiera ese espacio. Ponían en sus rostros todas las expresiones del miedo, querían que esa gente se largara de allí antes de que les quitaran el trabajo o les violaran en la primera esquina. «Visten ropa de marca y van pidiendo por ahí. Ya quisiera yo poder comprarme esas nikes que llevan», decía una. «Y tienen los últimos iphones», añadía otro. «Si quiere encontrárselos vaya al McDonald’s o al Kentucky, comen allí a diario con todas las ayudas que reciben. Vaya usted. Vaya, y comprobará que no se piden las hamburguesas con queso de uno cincuenta», fueron las primeras palabras del curso de un alumno con rasgos albinos que se sentaba al fondo. Por suerte para ellos y para mí, nuestros encuentros se limitaban a dos días por semana, por lo que el trabajo no me exigió demasiado y tuve tiempo para conocer Bolonia, recorrer sus calles pobladas de sucursales de telefonía móvil y bares con apuestas de caballos, tiempo para entender que tenía que hacer todo lo posible por vivir en otra ciudad, en Lille, por ejemplo, que estaba más al sur, a unos cien kilómetros, a una hora en el tren TGV, y desde donde sí que se oteaba París.
6
Hojeo en el hall del albergue algunas notas, artículos y recortes que he traído para trabajar en clase. Lamento haber desaprovechado espacio en mi maleta con estas carpetas que no nos van a servir de mucho. Encuentro una cita de Pascal que antes de viajar pensé que sería oportuna para tratar en clase, y que en este momento me ampara: «Solo hay una cosa grande: conocer que se es miserable».
7
A los pocos días de mi llegada a Bolonia, operaban a mi padre de un cáncer de garganta. Desde que se lo diagnosticaron estuvimos buscando todas las opciones posibles, medicina pública, medicina privada, medicinas alternativas, médicos recomendados por otros médicos, médicos recomendados por amigos nuestros, médicos recomendados por amigos de esos amigos, médicos de Navarra, que es la comunidad a la que los enfermos de España se agarran, médicos del sur, eminencias que operan en Europa, eminencias altruistas —algunos curanderos—, segundas, terceras y cuartas opiniones que nos libraran de la crueldad de la traqueotomía radical, ese túnel en la garganta por el que la familia se acabó deslizando como si fuera un tobogán de lija. Mi padre retrasó la operación todo lo posible para que cuando se produjese yo ya estuviera en Francia y no pudiera renunciar a mi trabajo. Mi padre se estaba muriendo y yo dormía en un albergue, solo, sin hijos a los que llamar, sin hijos por los que resistir, sin hijos por los que claudicar ante una nómina, con una maleta bajo el colchón y una bolsa de supermercado llena de ropa sucia a los pies de mi cama.
En Bolonia no puedes hablar de dolor con nadie si no habéis coincidido al menos cinco veces o si no habéis tenido sexo en alguno de los tres primeros encuentros. Devorado por la angustia, comenté mi situación a la decana o al camarero del Eurobar, un local esquinado con muchas pantallas al que acudía a diario desde que llegué, y la respuesta siempre fue un chasquido, arrugar la nariz y cambiar de tema rápidamente. El dolor ajeno es la nacionalidad más temida. Por eso nunca volví a tratar ese asunto. Hablaba de otras cosas: de que en la infancia me fichó un equipo de rugby, me fui a la ciudad de ese club, y mi padre venía a verme con su viejo BMW a todos los partidos, sobre todo a los que jugábamos lejos de casa. Hablé del guantazo que me dio una tarde que estaba intentando ligar con chicas y descuidé a mi hermana pequeña, a la que atropelló una moto y le partió una pierna. Hablé de lo bien que mi padre negociaba la compraventa de terrenos, de cómo diseñó la parcela en la que vivimos, con una larga pasarela de luces cálidas y cocoteros desde la verja hasta la entrada de la casa. Hablé de la manera en que se remangaba los pantalones para limpiar la piscina cuando se acercaba el verano. Hablé de lo mal que se le daba cuidar el huerto los días que el jardinero libraba, y de lo bien que sintonizaba la televisión por cable, llegando a encontrar canales comunitarios del sur de Marruecos, canales que nos distinguían y que colocábamos en la lista de favoritos aunque no entendiésemos nada y el sur de Marruecos nos diera miedo. Hablé de que fuimos los primeros de nuestra región en tener antena parabólica, y mientras mis amigos robaban revistas eróticas yo ya manejaba películas pornográficas. Hablé de la tarde en que llevó a mi hermano Ricardo y a sus amigos a hacer surf y se convirtió en el ídolo de todos cuando, por primera vez en su vida, se subió a la tabla y pilló más olas que los demás. Hablé de que cuando hacían esos viajes a la playa yo me quedaba en casa esperando a que regresaran aturdidos por el ahogamiento de un amigo muy cabrón de mi hermano que siempre se negaba a que yo fuese con ellos en el coche. Hablé de lo bien que se le daba arreglar enchufes. En eso era insuperable. En eso era el mejor que he visto en mi vida, no se demoraba más de un minuto por enchufe, como uno de esos expertos en el cubo de Rubik. Pero nunca volví a mencionar el desgarro que me estaba produciendo su enfermedad, ni el gusto que la idea de desaparecer sin más ruido que el de la ausencia a partir del sexto vino me provocaba.
Una noche, en las zonas comunes del albergue, tirado en uno de esos puffs que pretenden alegría pero que subrayan lo lastimoso de cada situación, escribí un poema en el que hablaba de la agonía de mi padre y de la belleza del actor Louis Garrel, que es en el que solían pensar los excluidos de mi pueblo cuando imaginaban las bondades de Francia y la piel de los franceses. El poema me ayudó a colocar la herida en el lugar más alejado de mi cuerpo. Casi nadie leyó esas pocas líneas que justificaron aquella tarde y que me
