A PW
de un artista desmembrado
De ese que te mira mientras duermes, apenas un
gesto y la fiebre. Apenas quizás una mano; esa
que tomó por primera vez la tuya emergiendo por
un instante desde el temblor de sus manos. De
ese estos escombros que se desmoronan siempre,
que caen siempre. De ese tal vez sus pómulos
y la marca de un dios menor que sigue quemando
su mejilla. De ese quizás solo esa ruta llorosa
y perdida que tomó el camino hacia tus brazos.
De ti la gloria del primer día clavado para
siempre y el fulgor de tus ojos mirando afuera
la intemperie nevada de las montañas. De ti la
feroz mañana imprescriptible en que babeantes
ante tu belleza las fieras sanguinarias no
sabían si amarte o morderte. De ti la fidelidad
de un día que cae, de un cielo y de un mar que
caen, de un hombre de espaldas estrechas
que cae y que suelta su mano de la tuya para
que tú no te caigas, para que no se derrumbe
la invalidez de su noche sobre tus estrellas.
Madrugada, enero, 2020
Padre, ¿usted sufre cargándome?



IN MEMORIAM
COLECTIVO DE ACCIONES DE ARTE
1979-1983
Cierras los ojos. Son las cataratas del Pacífico, las cataratas sin fin y una ciudad, Santiago, despedazándose en sus bordes. Es una ciudad hecha de gemidos, de sollozos y pesares. Hay una dirección que sobrevive en medio de las huracanadas aguas. Anotas que vives en una calle arbolada del sector de Pedro de Valdivia Norte y que está terminando el invierno. Un poco más allá están las cataratas y los grandes glaciares que avanzan derrumbándose en ellas. Habrá también una planicie azul y helada y el arco congelado de unos años. Corres tratando de esquivar los trozos de la ciudad que se va derrumbando y te dices que, como entonces, nuevamente está amaneciendo. Te dices que esta vez tampoco te encontrarás con tus compañeros del CADA. Te dices que ya no hay más vida para una ciudad hecha de gemidos, de sollozos y pesares.
I
Habrá también un pasado y un invierno: mayo, 1985. Habrá otros pasados y otros inviernos. Habrá una ciudad con un río angosto y cenagoso cruzándola. Anotarás ahora el toque de queda y el nombre de una comuna del sector oriente, Ñuñoa, atravesada por calles con nombres araucanos: Caupolicán, Colocolo, Galvarino, Lautaro, Fresia, Guacolda, Rengo, Tegualda, Lincoyán, que atravesarás de madrugada. Describirás esas calles bajo el toque de queda y te detendrás a escuchar a un grupo de jóvenes que van emergiendo en la oscuridad. Todo no durará más que unos pocos instantes, pero antes de que esa casa esquina con el número 509 pintado en el dintel de la puerta y que ese paisaje de viviendas monocordes y calles cuadriculadas retornen a su profunda inexistencia, necesitas fijar un minuto y luego morirás.
Pero antes de que eso suceda, hijo mío, fijaremos unas fechas, una mañana exacta, una imagen tan real que nos condenará a la irrealidad. Te verás entonces cruzando después del toque de queda largas poblaciones desiertas y calles y pasajes oscuros que, alumbrados de golpe por el fogonazo de las bengalas que lanzan las patrullas militares, emergerán igual que fosforescentes cuncunas blancas rompiendo por un segundo la compacta unidad de la noche. Cerca de la madrugada te encontrarás con la mole amoratada del Estadio Nacional, y luego, en la medida en que aclare, reconocerás poco a poco el perfil de unas avenidas y plazas, luego de un quiosco de diarios, en suma, de algo que aquí llamarás una parte de tu vida.
Dirás así que comenzaste a teclear esto el día que cumpliste 64 años y que lo sabes porque guardaste esa primera copia, pero que después tuviste muchas interrupciones para continuar. Ahora tienes 70, vives desde hace diecisiete años con P en la comuna de Providencia, en la calle Los Españoles 1974, y recuerdas que la madrugada del día en que se conocieron te había despertado el ruido del mar (la amarás por sobre todo, pero eso estará escrito en otros cantos, ahora los separa el sueño y el alba). Miraste por la ventana del dormitorio y aun cuando faltaban un par de horas para que amaneciera, todo el vecindario tenía sus luces encendidas. Viste entonces el creciente gentío que salía de sus casas y que comenzaba a dirigirse hacia la esquina de Pedro de Valdivia Norte.
Tú también sales. Al abrir la puerta, el estruendo multiplicado del mar te golpeó de lleno en la cara haciéndote trastabillar. Poco a poco la marcha comienza a desbordar la calle, lo que aumenta tus dificultades para caminar y justo en el momento en que comienzas a caerte sientes el brazo de alguien que te sostiene. Sin saber que era yo, tus ojos me alcanzaron a entrever en las sombras y fue como soñar algo, porque al sentir tu peso que me cargaba tironeándome para abajo se me empezaron a cruzar imágenes antiguas: un hombre que dice yo y más allá ese mismo hombre sosteniéndote en sus brazos, y más allá una cuna donde se te acaba de caer al suelo un lecherito de madera, y más allá un cuadro con el puerto de Génova de noche en su living de entrada, y más allá el nombre y el número de una calle: General del Canto 97, donde pasarás tu niñez, y más allá, casi seiscientos kilómetros al sur, el frontis amarillo de otra casa, una casa de madera de dos pisos rodeada de árboles, en las afueras del pueblo donde nací: Los Ángeles, Chile, y más allá los saltos del río Laja y más allá la espesura del bosque y más allá las descargas de fusilería y más allá el enloquecedor graznido de los queltehues volando despavoridos y más allá y más allá... y más allá el inmenso amanecer viniéndose encima, un amanecer preciso, compacto, de treinta y cinco años atrás, fines de mayo, 1985, y pareciera que tú alcanzas a entrever el bulto aún sanguinolento de tu cabeza cortada que se bambolea colgando de mi cintura, pero es una imagen que se te pierde casi de inmediato porque para verla necesitarías de una bondad hijo que tú nunca tuviste. Haremos entonces como si no estuvieras conmigo y ambos sufriremos, yo por verte sufrir.
II
Vuelves atrás. Ves de nuevo la ciudad hecha de gemidos, de sollozos y pesares, y el río estrecho y maloliente que la cruza. Es donde arrojan en la madrugada los cuerpos de los asesinados en la noche anterior. Te dices que en esa ciudad has estado casi siempre y te das cuenta de que los recuerdos se te han ido haciendo cada vez más borrosos y tenues, como esas extrañas caras que queremos retener, pero que se nos olvidan al despertar. Sientes entonces los crecientes temblores del Parkinson que te detectaron poco antes de cumplir los 50 años, y la rigidez hace que te caigas cada vez con mayor frecuencia. El neurólogo que veías te había dicho que era uno de los efectos de la enfermedad. Es el freezing, agregó, de pronto, sin ninguna señal previa se te paralizan las piernas como si se te hubieran congelado, por lo que al intentar caminar te vas para adelante y caes.
Habrá así una tarde precisa en que te verás caer, será esta. Tú estás a unas pocas cuadras de donde vives, haciendo fila en la sucursal de un banco que frecuentas. Sientes entonces el agudo dolor de tu cara al estrellarse contra las baldosas y simultáneamente las filosas piedras de treinta y cinco años atrás que se te incrustan en las rodillas y en las manos haciéndotelas sangrar. Como si provinieran de todas las barricadas del mundo, ves los neumáticos incendiados y luego, emergiendo tras la humareda, los ranchos y casas improvisadas de esa población de los extramuros de Santiago. Al borde de sus calles, formando un sendero de luz, cientos de mujeres permanecen sin moverse a ambos lados del callejón central, con velas encendidas en sus manos. Minutos atrás las tanquetas y los camiones militares habían terminado de despejar las últimas barricadas y el rechinar de sus orugas abriéndose paso se hacía uno con el estrépito de los piedrazos estrellándose contra ellos, como si ese laberinto de casuchas y callejuelas fueran las entrañas de un animal herido que grita.
Es la tarde del 29 de mayo de 1985 y tú estás en las entrañas de un animal herido que grita. Te has separado hace un mes de la que fue tu mujer y ahora vives en el departamento de tu madre. Hacía diez años que habías salido de allí y regresaste hace dos noches. Es como si nunca me hubiese ido, pensaste, y en un rápido flash recuerdas una separación anterior, tres hijos, una inmensa casona en Concón, con sus ventanas con plásticos negros, recortada frente al mar. Tu madre se va a acostar pronto y al otro día antes de irse te deja un café en el velador que había arreglado para ti en el cuarto de arriba. La sientes irse e intentas seguir durmiendo, pero no puedes, así que te levantas, le dejas una nota y sales. Deambulas horas sin rumbo y ya pasada la media tarde tomas una micro que va al sector sur de la ciudad. No sabes por qué lo haces. Pasas a la parte de atrás y miras las consignas NO+ que después del último intento de borrarlas han vuelto a aparecer en todas partes. Finalmente, después de largas vueltas, la micro toma por la Gran Avenida y te bajas en el último paradero. Al frente un enorme grafiti cubre de lado el muro de unas casas colindantes. Ves entonces las primeras barricadas y un poco más allá el caserío. Es la población Santa Adriana, que había nacido de las grandes tomas de terrenos de los sesenta y que luego fue afincándose con todas las dificultades e incluso el heroísmo que eso a veces implicaba. Dos meses antes, en el último día de marzo, los campesinos de un fundo cercano habían encontrado tres cuerpos tirados en el fondo de una hondonada.
Las manifestaciones habían comenzado en el mismo minuto en que se confirmaron sus identidades, extendiéndose rápidamente a todas las barriadas periféricas, luego a los campus universitarios y de allí a todas las ciudades del país, prolongándose por varios días, para volver a recrudecer la última semana de cada mes. Te fijas entonces en las encapotadas nubes que cubren la mañana y en un rápido entresueño imaginas las mismas encapotadas nubes emergiendo en el amanecer de un día anterior, tal vez menos frío, y bajo ellas las pequeñas manchas de sangre adheridas a las hierbas que poco a poco comienzan a despegarse como si quisieran adaptarse al volumen de unos torsos, de unas caras todavía borrosas, de unas carnes que se van flexionando bajo la naciente claridad. Ves entonces el rojo azul de la aurora abrirse a la mañana y luego la filtrada luz que desciende hasta el fondo de la hondonada redondeándose sobre la superficie de esos cuerpos muertos.
III
Es un campo con margaritas y luego la hondonada. Al lado está la carretera y al fondo la neblina que avanza. Dando vuelta en u, las camionetas ya vacías arrancan con estrépito y ahora aclara. Uno de los hombres mira recostado entre las flores. Son tres. El mismo hombre observa a unas personas que se acercan corriendo. Las margaritas poco a poco se van hundiendo en la neblina matinal y todo se borra. Hay una escena con un final irremediable e infinidades de otras escenas con un final irremediable. Hay un año y un mes, habrá otros años y otros meses, habrá un país y una ciudad tomada, habrá muchos otros países y muchas otras ciudades tomadas. Habrá también una cabeza que cae rodando sobre el pasto y atrás una revista, en su página 86 la revista dirá: La obra es un vaso de leche derramada bajo el azul del cielo.
Pero antes hay otro recuerdo dentro del recuerdo. Son los mismos callejones de la población Santa Adriana, pero ahora estás con tus compañeros del CADA. Las dos mujeres van un poco más adelante y al igual que todos cargan una caja con bolsas de leche que pronto comenzarán a repartir entre las pobladoras en medio del ladrido de los perros y de la ruidosa muchedumbre de niños que los rodean. A las bolsas les habían borrado la marca Soprole y en su lugar les habían impreso «medio litro de leche», frase que recordaba el programa del medio litro de leche para todos los niños de Chile de Salvador Allende y la Unidad Popular. Todo lo habían dejado listo la noche anterior en la casa de Lotty, ubicada en un barrio de gente acomodada en Las Condes, y salieron en su auto poco después de que se levantara el toque de queda. Al llegar te llama la atención el azul compacto del cielo, muy alto, que se cortaba a pique como si no fuera el cielo sino un inmenso bloque de hielo suspendido que estuviera a punto de derrumbarse aplastándolo todo. Repites entonces esas palabras: unidad popular, hambre, colectivo, que al igual que las otras, que al igual que todas las palabras del mundo se disolverán en apenas unos segundos más como esos algodones de azúcar que se vuelven aire cuando los muerdes.
La acción se llama Para no morir de hambre en el arte, se realizó el 3 de octubre de 1979 y fue la primera que hicieron con el CADA. El grupo nació de un encuentro en que tú y la que había sido tu mujer habían coincidido con Lotty y Juan Castillo en una exposición colectiva donde, convocados por el Goethe Institut, un numeroso grupo de artistas chilenos le rendían un homenaje a Goya recreando Los fusilamientos de la Moncloa, cosa que en la noche profunda de ese tiempo solo se podía permitir un instituto internacional como ese. Era la primera vez que los cuatro se veían. Lotty estaba ayudando a Juan en el armado de una instalación que te llamó la atención de inmediato y por eso te acercaste. Ustedes dos estaban allí repartiendo tres poemas impresos a mimeógrafo que habías escrito un año atrás y que sirvieron para darle el arranque inicial al CADA: ¿Cuáles son los proyectos? ¿Cuáles son los soportes? ¿Cuál es la obra? (gemirás un día recordándolos, te llamarás la desamparada y verás las caras de tu amor y de tu derrota esfumándose como nubes en el tiempo).
Dices entonces que todo fue rapidísimo, que a los dos días se juntaron en Lincoyán y a las tres semanas ya estaban en esa maraña de callejones y pasajes repartiendo la leche. Al igual que esta y todas las acciones que harían, las planificaban con los dirigentes del lugar que, salvo los soplones encubiertos como el comandante Raúl, Romo y otros asesinos de la especie, pertenecían a los frentes más radicales de la lucha contra la dictadura. Uno de ellos era Francisco Sosa, un dirigente poblacional de la Santa Adriana que se había hecho muy amigo con Juan Castillo. Habían fijado en conjunto la fecha para que coincidiera con la salida de la revista Hoy que en su página 76 llevaría un brev
