Madona con abrigo de piel

Sabahattin Ali

Fragmento

9788415630449-2

Madona con abrigo de piel

De entre todas las personas que he conocido a lo largo de los años, nadie me ha causado una impresión tan fuerte. Pasan los meses y esa sensación sigue presente en mi vida. Cuando estoy a solas se me aparece la cara de Raif Efendi, con su expresión ingenua y esa mirada ausente que se esforzaba por sonreír cada vez que coincidía con otra mirada. Es cierto, no tenía nada de especial ni de extraordinario; en el fondo era un tipo de lo más corriente, uno de tantos con los que nos cruzamos todos los días sin siquiera mirarlos, porque nada en ellos nos despierta la curiosidad sobre ningún aspecto conocido o desconocido de su existencia. Cuando vemos a personas así, casi siempre nos preguntamos: ¿Para qué viven en realidad? ¿Qué sentido tiene su existencia? ¿Qué lógica, qué razón los empuja a respirar, a andar sobre esta tierra? Sin embargo, nos lo cuestionamos porque sólo nos fijamos en el exterior; no se nos ocurre pensar que ellos también tienen una cabeza y dentro de ella un cerebro condenado a funcionar, les guste o no, y por tanto, inevitablemente, su propio mundo interior. Y como dichos mundos no se manifiestan superficialmente, si en lugar de dar por hecho que estas personas carecen de vida espiritual sintiéramos curiosidad por esos universos inexplorados, es decir, un mínimo de interés por nuestros semejantes, quizá nos llevaríamos una grata sorpresa y descubriríamos una riqueza impresionante. No obstante, el ser humano, por alguna razón extraña, prefiere explorar sólo cuando intuye que va a encontrar algo. Siempre habrá un héroe dispuesto a adentrarse en una gruta donde vive un dragón, pero ¿quién tiene el valor de bajar a un pozo sin saber qué hay en el fondo? En mi caso, conocer a Raif Efendi fue pura casualidad.

Después de perder mi modesto empleo en el banco —todavía no sé por qué me despidieron, me dijeron que era por motivos económicos, pero una semana después ya habían puesto a otro en mi lugar— estuve bastante tiempo buscando trabajo por Ankara. Los cuatro ahorros que tenía me habían permitido hacer frente a los meses de verano sin demasiadas estrecheces, pero se acercaba el invierno y todo parecía indicar que pronto tendría que dejar de dormir en el sofá de algún que otro amigo. No me quedaba dinero ni para renovar el crédito de la tarjeta del pequeño restaurante donde comía cada día y que me caducaría en una semana. Estaba harto de presentarme a entrevistas sabiendo de antemano que no serviría para nada. A espaldas de mis amigos, me ofrecía como dependiente por las tiendas y cada vez que recibía una negativa, presa de la angustia, erraba por las calles hasta la medianoche. No podía olvidar lo desesperado de mi situación ni siquiera cuando algún amigo me invitaba a cenar. Y lo más curioso es que a medida que se agravaba, hasta el punto de que un día no pude seguir cubriendo mis necesidades básicas, también aumentaban mi timidez y mi vergüenza. Cuando me cruzaba por la calle con personas a las que había recurrido para encontrar trabajo, que además me habían ayudado como buenamente habían podido, bajaba la cabeza y seguía andando a toda prisa. Mi actitud había cambiado incluso con aquellos amigos a los que antes pedía abiertamente que me invitaran a comer o dinero prestado sin ruborizarme; ahora, cuando me preguntaban cómo me iban las cosas, les respondía con una sonrisa desmañada: «No me va mal, voy haciendo trabajos temporales aquí y allá», y salía corriendo. Cuanto más los necesitaba, más me alejaba de ellos.

Una tarde salí a pasear tranquilamente por el camino solitario que va de la estación al Palacio de Exposiciones; andaba y aspiraba el aire delicioso del otoño en Ankara con la esperanza de que me infundiera optimismo y me levantara el ánimo. El sol crepuscular que se reflejaba en las ventanas de la Casa del Pueblo y horadaba el edificio de mármol blanco con cuadrados de color sangre; el halo que envolvía las acacias y los pinos, y que no había forma de saber si era vapor o polvo; los obreros harapientos que caminaban encorvados y en silencio al acabar la jornada; las huellas de neumáticos en el asfalto... Todos parecían satisfechos con su existencia; aceptaban el mundo tal como era, y me invitaban a hacer lo mismo. Y eso es lo que pensaba hacer de ahora en adelante. Justo en ese momento pasó a mi lado un coche a toda velocidad. Volví la cabeza para mirarlo y me pareció reconocer el rostro que había detrás del cristal. En efecto, unos pasos más allá, el coche se paró y se abrió la portezuela: Hamdi, un compañero del colegio asomó la cabeza y me llamó.

Me acerqué.

—¿Adónde vas? —me preguntó.

—A ningún sitio, estaba paseando.

—Ven, vamos a casa.

Sin esperar a que le respondiera, me hizo subir. Según me explicó por el camino, venía de inspeccionar varias fábricas de la empresa para la que trabajaba.

—Como he enviado un telegrama a casa para avisar de mi llegada, seguro que mi mujer tiene algo preparado. Si no, ¡no me habría atrevido a invitarte! —dijo.

Me reí.

Hamdi era un buen amigo, pero no nos habíamos visto desde que me habían despedido del banco. Era subdirector en una empresa maderera y además se dedicaba a vender maquinaria a comisión; sabía que se ganaba bien la vida. Por eso no había acudido a él cuando perdí mi empleo, porque me echaba para atrás la idea de que pudiera pensar que iba a verlo para pedirle dinero en lugar de para que me ayudara a encontrar trabajo.

—¿Sigues en el banco? —me preguntó.

—No, me he ido.

Se sorprendió.

—¿Y adónde has ido?

—Estoy en el paro —le respondí de mala gana.

Me miró de arriba abajo, como examinando mi ropa, y no debió de arrepentirse de haberme invitado a su casa porque me dio una palmada en el hombro con una sonrisa amistosa y dijo:

—No te preocupes, esta noche lo hablaremos y encontraremos una solución.

Parecía satisfecho de su vida y seguro de sí mismo. Incluso podía darse el lujo de ayudar a sus amigos. Lo envidié.

Vivía en una casa pequeña y agradable. Su mujer era bastante fea pero simpática. Se besaron delante de mí sin el menor reparo. Hamdi me dejó a solas con ella y fue a refrescarse. Como no me había presentado a su esposa, me quedé plantado en medio del recibidor sin saber qué hacer. Ella estaba de pie junto a la puerta y me observaba de reojo. Estuvo pensando un rato. Posiblemente se le pasó por la cabeza decirme que pasara y me sentara, pero luego debió de considerarlo innecesario y se marchó sin decir una palabra.

Me preguntaba por qué Hamdi, que siempre era tan cuidadoso y prestaba una atención exagerada a los detalles —de hecho, a eso se debía parte de su éxito en la vida—, me había dejado plantado así. Es una costumbre arraigada entre los hombres que han alcanzado cierta posición tratar deliberadamente con desconsideración a los amigos de antaño, sobre todo a los que tienen una situación económica más modesta. Y luego, sin previo aviso y haciendo gala de su benevolencia protectora, tutearlos de forma amistosa, aunque antes los hayan tratado de usted, e interrumpirlos mientras hablan para preguntarles nimiedades con una sonrisa de amable condescendencia, como si fuera lo más natural del mundo... Me había encontrado con todo eso tan a menudo en los últimos días que ni siquiera se me ocurrió enfadarme con Hamdi ni sentirme ofendido. Simplemente pensé en marcharme de allí a la francesa y acabar con aquella situación embarazosa. Pero entonces entró una anciana que parecía una mujer de campo, con un delantal blanco, la cabeza cubierta y calcetines negros remendados, y me sirvió un café. Me senté en uno de los sillones azules con florecitas bordadas y miré a mi alrededor. En las paredes había fotografías de la familia y de artistas, y en un rincón, sobre una estantería, unas cuantas novelas baratas y varias revistas de moda que, sin duda, pertenecían a la señora de la casa. Había más revistas apiladas, y visiblemente manoseadas por las visitas, debajo de una mesita de fumar. Como no sabía qué hacer, cogí una, pero no me dio tiempo a abrirla porque Hamdi apareció en la puerta. Con una mano se atusaba el pelo mojado y con la otra se abrochaba los botones de la camisa blanca de cuello abierto.

—Bueno, cuéntame, ¿cómo estás? —me preguntó.

—Pues nada, ya te lo he dicho.

Parecía contento de haberse encontrado conmigo. O a lo mejor se alegraba de tener un testigo de su éxito, o mejor dicho, viendo mi situación, de no estar como yo. Es curioso, cuando las personas que nos han acompañado en algún momento de la vida sufren una desgracia, nos sentimos aliviados, como si nos hubiéramos librado nosotros del desastre, y fingimos interés y compasión por esos desgraciados, casi dándoles las gracias por haber atraído sobre ellos el infortunio que podría haber caído sobre nosotros. Hamdi parecía estar movido por dichos sentimientos cuando me preguntó:

—¿Sigues escribiendo?

—De vez en cuando... Poemas, cuentos...

—¿Y sacas algo de eso, por lo menos?

Me eché a reír. Entonces me dijo: «¡Déjate estar de libros, hombre!», y me aleccionó sobre las bondades de la vida práctica y lo perjudicial de dedicarse a cosas vanas como la literatura una vez dejado el pupitre de la escuela. Me hablaba como si ni se le pasara por la cabeza que yo pudiera replicarle o estar en desacuerdo con él, como si le estuviera dando consejos a un niño pequeño, y con la seguridad del que se siente avalado por sus triunfos en la vida. Yo lo observaba con los ojos llenos de admiración y una sonrisa absurda que alentaba más si cabía su arrogancia.

—Mañana por la mañana pásate por la oficina. Ya veremos, algo se nos ocurrirá. Eres un muchacho listo, me consta; no es que fueras muy trabajador, pero eso no tiene importancia. La vida y la necesidad son buenas maestras... No lo olvides... Ven a verme a primera hora.

Escuchándolo hablar así cualquiera diría que había olvidado que él mismo era uno de los estudiantes más gandules de la escuela. Aunque probablemente hablaba con tanta desvergüenza porque sabía que yo no estaba en condiciones de echárselo en cara en ese momento.

Cuando hizo ademán de levantarse, me puse en pie de inmediato y, tendiéndole la mano, le dije:

—Si me disculpas...

—Pero, ¿cómo, hombre? Todavía es pronto... En fin, tú sabrás.

Ya no recordaba que me había invitado a cenar. Me vino a la cabeza en ese instante. Pero a él también parecía habérsele olvidado por completo. Fui hasta la puerta y al coger el sombrero dije:

—Saludos a tu señora.

—Sí, sí. ¡Tú pásate mañana! No te preocupes por nada —dijo, dándome unas palmaditas en la espalda.

Cuando salí, había oscurecido bastante y las farolas estaban encendidas. Inspiré profundamente. El aire, aunque un poco polvoriento, me resultó extraordinariamente limpio y refrescante. Eché a andar sin prisa.

Al día siguiente me presenté en la oficina de Hamdi poco antes de mediodía, a pesar de que la noche anterior me había ido de su casa sin la menor intención de hacerlo. De hecho, él tampoco me había prometido nada. Me había despedido con las mismas frases hechas que todos los benefactores a los que había pedido ayuda: «Veremos, ya se nos ocurrirá algo, algo haremos.» Sin embargo, fui. No tenía grandes esperanzas, pero por alguna razón sentía la necesidad de verme humillado. Me decía a mí mismo: «Anoche le escuchaste sin rechistar y soportaste su actitud paternal, así que vamos a llegar hasta el final, ¡te lo mereces!»

El conserje me llevó a un cuarto pequeño y me hizo esperar. Cuando entré en el despacho de Hamdi, noté cómo se dibujaba en mi cara la misma sonrisa absurda de la noche anterior y me enfadé conmigo mismo todavía más.

Hamdi estaba ocupado con el montón de papeles que tenía desplegado delante de él y con el montón de empleados que no dejaba de entrar y salir. Me señaló una silla con un gesto de la cabeza y continuó con su trabajo. Fui hasta la silla; no me había atrevido a interrumpirlo para darle la mano. Ahora sí que estaba abrumado de verdad, como si él fuera mi jefe o mi benefactor, y lo digo totalmente en serio, me sentía miserable y merecedor de semejante trato. En poco menos de doce horas, desde que me había hecho subir en su coche la tarde anterior, mi relación con este compañero de colegio había cambiado por completo. ¡Qué ridículas son las razones que rigen las relaciones humanas! ¡Qué superficiales, qué absurdas y, sobre todo, qué poco tienen que ver con la verdadera humanidad!

Ni Hamdi ni yo habíamos cambiado desde la tarde anterior; seguíamos siendo los mismos, pero las cosas que él había descubierto de mí y yo de él, ciertos detalles nimios, nos habían llevado en direcciones distintas. Y lo más curioso era que ambos aceptábamos el cambio sin rechistar y nos parecía natural. Mi cólera no iba dirigida a Hamdi, ni tampoco a mí, simplemente estaba furioso de estar allí.

—¡Te he encontrado trabajo! —dijo mi amigo levantando la cabeza en un momento en que el despacho se quedó desierto. Luego, clavándome aquella mirada resuelta y arrogante, añadió—: O sea, me he inventado un puesto. Nada demasiado duro. Serás el enlace con los bancos, especialmente con el de nuestro grupo... Es decir, serás la persona encargada de las relaciones entre la empresa y los bancos. Cuando no tengas nada que hacer, te sientas allí dentro y te ocupas de tus cosas. Escribe toda la poesía que quieras. He hablado con el director y vamos a redactar el contrato... Por ahora no podremos pagarte mucho: cuarenta o cincuenta liras... Pero, por supuesto, te aumentaremos el sueldo más adelante. Así que ¡felicidades, espero que te vaya muy bien!

Me tendió la mano sin levantarse de la silla. Me acerqué y le di las gracias. En su cara relucía una satisfacción sincera por haberme ayudado. Me dije que en el fondo no era mala persona, que simplemente hacía lo que le exigía el cargo y que quizá incluso fuera necesario. Pero al salir me detuve un instante en el pasillo; estuve dudando entre encaminarme al despacho que me había indicado o largarme de allí. Luego di unos pasos, lentamente, con la cabeza gacha, y le pregunté al primer empleado que me encontré por el despacho de Raif Efendi, el traductor. Me señaló en una dirección de manera un tanto confusa y siguió andando. Me detuve de nuevo. ¿Qué me impedía dejarlo todo y largarme? ¿No era capaz de renunciar a un sueldo de cuarenta liras? ¿O acaso me frenaba no hacerle un feo a Hamdi? ¡No! Eran todos esos meses sin empleo, el no tener algo que hacer si salía de allí, no saber adónde ir a buscar trabajo... Había caído en las garras de la desesperación. Eso era lo que me retenía en ese pasillo en penumbra a la espera del siguiente oficinista que pasara.

Finalmente entreabrí una puerta al azar y vi a Raif Efendi. No lo conocía de antes, pero supe de inmediato que aquel hombre inclinado sobre su mesa era él. Más tarde me pregunté qué me había llevado a semejante conclusión. Hamdi me había dicho: «He hecho instalar una mesa para ti en el despacho de nuestro traductor de alemán, Raif Efendi; es un hombre silencioso, un pobre bendito, incapaz de hacerle daño a una mosca.» Y, encima, en esa época en que todo el mundo usaba nuevos tratamientos como «Bay» y «Bayan», a él seguían llamándolo «Efendi». Ese hombre de pelo canoso, gafas de carey y mal afeitado que tenía delante se parecía bastante a la imagen que me había creado a partir de la descripción de Hamdi, así que entré sin llamar, y cuando levantó la cabeza y me miró distraídamente, le pregunté:

—Usted es Raif Efendi, ¿verdad?

Me miró de arriba abajo con mucha atención. Luego contestó en voz baja y con timidez:

—Sí, soy yo. Y usted debe de ser el compañero que viene a este despacho. Le han preparado la mesa hace un momento. Pase, bienvenido.

Una vez en mi escritorio, me di cuenta de que la superficie estaba llena de rayadas y manchas pálidas de tinta. Como suele pasar cuando uno se sienta frente a un desconocido, quería forjarme una primera impresión de mi compañero de despacho —por supuesto, errónea— y le lanzaba miradas furtivas con la intención de estudiarlo. Sin embargo, él no parecía sentir la más mínima curiosidad y, con la cabeza inclinada de nuevo, se ocupaba de lo suyo como si yo no estuviera allí.

Seguimos así hasta mediodía. A esas alturas yo ya lo observaba detenidamente con todo el descaro. Su pelo, muy corto, clareaba por la coronilla. De sus orejas nacían gran cantidad de arrugas que le llegaban hasta el cuello. Con sus dedos largos y finos pasaba las hojas que tenía en la mesa y parecía traducir con fluidez. De vez en cuando levantaba la vista, como si buscara la palabra más adecuada, y cuando nuestras miradas se encontraban, hacía un gesto parecido a una sonrisa. Aunque de perfil y desde arriba parecía bastante mayor, su cara, especialmente cuando sonreía, irradiaba una inocencia infantil que cautivaba. El bigote, rubio y recortado, acentuaba esa expresión.

Al mediodía, cuando me disponía a salir a comer, él seguía sin moverse de su sitio. Vi que abría uno de los cajones de su mesa y sacaba un pan envuelto en papel y una fiambrera pequeña. Le deseé buen provecho y me fui del despacho.

Aunque estábamos sentados frente a frente en la misma habitación, durante el día prácticamente no hablábamos, así que conocí a bastantes compañeros de otros departamentos, e incluso salía con ellos por las tardes para jugar a tablas reales en un café. Según me contaron, Raif Efendi era uno de los empleados más antiguos de la casa. Antes de que se fundara la empresa, ya era el traductor del banco con el que trabajábamos y nadie podía recordar desde cuándo ocupaba su puesto actual. Se decía que tenía una familia bastante numerosa y que a duras penas podía mantenerla con el sueldo que ganaba. Cuando pregunté por qué una empresa que a veces gastaba el dinero a manos llenas no le subía el sueldo después de tantos años de experiencia, los empleados más jóvenes se echaban a reír: «Porque es un vago. ¡Y ni siquiera está claro si realmente sabe alemán!» Más adelante, sin embargo, pude comprobar que lo dominaba y que sus traducciones eran precisas y elegantes. Traducía con fluidez cartas sobre la calidad de la madera de fresno o abeto que iba a llegar por el puerto de Susak, en Yugoslavia, o sobre las piezas de recambio y el funcionamiento de las máquinas de perforación de traviesas, y el director de nuestra empresa tramitaba sin vacilar los pliegos de condiciones y contratos que él había traducido del turco al alemán. En sus ratos libres, abría el cajón de la mesa y leía absorto un libro sin siquiera sacarlo de allí. Un día le pregunté:

—¿Qué es, Raif Bey?

Se sonrojó como si lo hubiera pillado en falta.

—Nada... Una novela en alemán —tartamudeó, y cerró rápidamente el cajón.

A pesar de todo esto, nadie en la empresa se creía que dominara una lengua extranjera. Quizá tuvieran parte de razón porque no parecía un políglota, ni por su aspecto ni por su actitud. Nadie lo había escuchado articular jamás una palabra en otro idioma, ni hacer una alusión a que supiera otra lengua, ni tampoco se lo había visto con periódicos o revistas extranjeros en la mano o en los bolsillos. En suma, no tenía nada que ver con esos tipos que gritan a los cuatro vientos: «¡Sé hablar otro idioma!» Y el hecho de que no pidiera un aumento de sueldo o que no buscara otro trabajo mejor pagado, reforzaba la opinión que tenían sobre él.

Por las mañanas llegaba justo a la hora de entrar, al mediodía comía en el despacho y por las tardes, después de hacer algunas compras, se iba enseguida a su casa. Aunque se lo propuse en varias ocasiones, nunca quiso tomarse un café conmigo. «Me esperan en casa», decía. Pensé que era un feliz padre de familia y que tenía prisa por ver a su mujer y a sus hijos. Más adelante me di cuenta de que no era así en absoluto, pero de eso ya hablaré cuando llegue el momento. A pesar de su puntualidad y dedicación, en la oficina lo maltrataban. Mi amigo Hamdi, en cuanto encontraba el menor error tipográfico en las traducciones de Raif Efendi, llamaba al pobre hombre y le echaba un rapapolvo, y a veces incluso venía a nuestro despacho para reprenderlo. No es difícil de entender por qué mi amigo, siempre tan comedido con sus empleados, vapuleaba de esa manera a Raif Efendi: porque sabía que él no se atrevería jamás a replicarle, al contrario que aquellos jóvenes a su cargo, que en su mayoría habían llegado hasta allí por puro nepotismo. Si una traducción se retrasaba unas horas, Hamdi le gritaba rojo como un tomate para que todo el edificio lo oyera. ¿Existe algo más placentero y embriagador que ejercer el poder y la autoridad sobre un semejante? Tanto más cuando la oportunidad no se presenta con demasiada frecuencia, porque debe calcularse bien y sólo puede emplearse con determinadas personas.

Cada cierto tiempo, Raif Efendi enfermaba y se ausentaba de la oficina. En general, eran resfriados sin importancia. No obstante, una pleuresía que decía haber padecido hacía años lo había hecho muy precavido. Al menor síntoma de constipado, se encerraba en casa y cuando por fin salía a la calle, lo hacía con varias capas de ropa interior de lana. En la oficina no permitía que se abrieran las ventanas, y por las tardes no se marchaba sin haberse envuelto hasta las orejas con la bufanda y sin levantarse bien el cuello de su abrigo, que aunque era grueso, estaba bastante raído. Pero no descuidaba su trabajo mientras se encontraba enfermo. Si había escritos por traducir, se le enviaban a casa con un mensajero, que los recogía unas horas más tarde. A pesar de eso, en la actitud que tanto el director como Hamdi tenían hacia Raif Efendi siempre había algo que parecía querer decir: «¡Ya ves, siempre enfermo y quejándote y no te despedimos!» De todos modos, tampoco se callaban y se lo echaban en cara cada dos por tres. Cuando el pobrecillo volvía al trabajo, después de una de sus cortas ausencias, lo recibían con bienvenidas sarcásticas del tipo: «¡Hombre, dichosos los ojos! ¿Ya te has recuperado?»

Entretanto, yo también estaba empezando a cansarme de Raif Efendi. No me quedaba mucho tiempo mano sobre mano en mi despacho y, maletín en ristre, visitaba todos los bancos y oficinas estatales que nos hacían pedidos, y eran contadas las ocasiones en que me sentaba a mi escritorio para redactar informes y dar el parte al director o al subdirector. Había llegado a la conclusión de que el hombre sentado frente a mí, tan inmóvil que uno dudaba de que estuviera vivo, siempre absorto en sus traducciones o leyendo la «novela en alemán» del cajón, era básicamente un ser simple y aburrido. Creía que nadie podía reprimir hasta ese punto la necesidad de expresar las inquietudes de su alma y que la vida interior de una persona tan silenciosa e indiferente a todo no debía de ser muy distinta a la de una planta. Siguiendo una rutina incomprensible para mí, como si fuera un autómata, Raif Efendi llegaba a la oficina, se ocupaba de sus tareas, leía sus libros y por la tarde se volvía a su casa, después de haber hecho la compra. Probablemente, la única cosa que rompía la monotonía de sus días, e incluso de sus años, completamente idénticos, fueran los períodos en que estaba enfermo. Por lo que contaban los compañeros, siempre había vivido así. Hasta ahora nadie había visto que manifestara alguna emoción. Se enfrentaba a las acusaciones más infundadas e injustas de sus jefes con la misma mirada tranquila e inexpresiva, y siempre que recogía y entregaba sus traducciones para mecanografiar lo hacía pidiendo por favor y dando las gracias con la misma sonrisa insulsa.

Un día, Hamdi se presentó en nuestro despacho para reclamarle una traducción que se había retrasado, aunque la culpa era de las mecanógrafas, que ignoraban al pobre hombre.

—¿Voy a tener que espe

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