Cuando llega el deshielo

Laia Vilaseca

Fragmento

Capítulo 1

1

No sabía cuál era el motivo que la había hecho cambiar de opinión sobre aquella revelación justo antes de morir, pero estaba segura de que la visita de Barlett unos minutos antes de mantener esa última conversación había tenido algo que ver. Evidentemente, él negó saber nada, pero puso esa cara de póquer que Sarah conocía tan bien. Siempre le había parecido una paradoja que uno de los hombres más poderosos de Las Vegas, propietario de más de tres casinos, no supiera jugar mejor sus cartas en lo relativo al control facial.

La escena había sido —como solía pasar con la que prácticamente había sido su única referencia familiar— breve y surrealista.

Nona había enfatizado que quería morir de la forma más tranquila posible en el mismo lugar donde había vivido toda su vida y la había criado: su casa en el barrio de Desert Shores, en Las Vegas. Así que nada de hospitales ni tratamientos que no servirían para evitar el irreparable desgaste de los años en un cuerpo que había sentido y sufrido mucho más de lo que jamás había dejado entrever a aquellos que la rodeaban.

La abuela había decidido que ya no merecía la pena seguir luchando, y quienes la conocían bien, como Sarah, sabían que pasaría muy poco tiempo entre esta decisión y su consecuencia ineludible, que se materializaría el 4 de abril de aquel 2019. Por eso llamó a Barlett y le dijo: «Nona se apaga. Mejor que te despidas de ella». Él chasqueó la lengua, y de aquella onomatopeya al otro lado del teléfono Sarah extrajo pesar y tristeza.

Sabía que existía algo sin resolver entre esas dos personas que habían sido lo más parecido a una madre y un padre que ella había conocido. Aunque siempre habían intentado ocultarlo, o disfrazarlo de relación casual con inocentes bromas punzantes, la tensión le había resultado palpable desde que era muy pequeña. Pero se había cansado de las negociaciones y de los «no pasa nada» cada vez que les preguntaba por el tema, así que lo había integrado con normalidad en la carpeta de su cerebro de las cosas que, al menos en ese momento, no tenían respuesta ni solución. Con estas cosas no había que perder el tiempo, Nona era vehemente al respecto, y Sarah había aprendido a acallar las voces que la empujaban a hacer preguntas a las que su abuela nunca quería responder con sinceridad.

Y, de repente, aquella noche, cuando el sol ya casi había desaparecido y el silencio envolvía la habitación empapelada con flores de colores pálidos, Nona le dijo:

—Tu padre no es un desconocido, Bunny. Se llama Nick Carrington.

A Sarah le sorprendió, sí, pero no tanto la revelación en sí como el hecho de que Nona hubiera decidido por fin sincerarse sobre lo que ocultaba. Siempre había creído que sabía mucho más de su padre de lo que decía, pero estaba convencida de que se lo llevaría a la tumba.

—¿Dónde está? —le preguntó. En sus palabras no había rencor ni enfado. Era pura curiosidad.

—No lo sé. Desapareció.

—¿Antes de que yo naciera? —No dio tiempo a que Nona le contestara—. Debe de haber cientos de Nicks Carrington solo en el estado de Nevada...

Nona alzó con dificultad el brazo delgado, la carne que había tenido en brazos a Sarah durante su infancia, ahora arrugada y colgando de unos huesos porosos y débiles, y señaló la cómoda de la habitación.

—En el último cajón —le dijo.

Se acercó y revolvió el contenido. Camisones de tirantes, medias viejas y ropa interior beige compartían espacio con un libro de tapa dura con el lomo amarillo. En la cubierta había una fotografía de la Half Dome de Yosemite iluminada por la débil luz del atardecer y el título en letras blancas sobre el gris del granito de la piedra: BUSCANDO A JENNIE JOHNSON. Debajo, en otro tipo de letra, constaba el nombre del autor: NICK CARRINGTON.

Le temblaban las manos cuando abrió el libro buscando la solapa interior. El corazón se le aceleró tanto que notaba el ensordecedor sonido en las orejas. Por fin, vio el rostro de su padre. Aquella fisonomía imaginada hasta la saciedad durante años y años de insomnio, de interminables noches oscuras llenas de preguntas sin respuesta. Y ahora, de repente, su padre le sonreía. Tenía hoyuelos apenas visibles tras una barba casi blanca. Y la miraba con los ojos ligeramente cerrados, como si el sol que se intuía en la fotografía lo fastidiara juguetonamente a pesar de la gorra de béisbol blanca, que resaltaba su piel morena.

—¿Quién es Jennie Johnson? —le preguntó en voz alta. Y de inmediato, sin poder evitarlo, otra pregunta se abrió paso en sus labios—: ¿Sabe que existo, Nona?

Pero no hubo respuesta. Su abuela tenía los ojos cerrados y ya no respiraba.

Se quedó sentada luchando contra una tristeza insoportable mientras su cerebro no podía dejar de pensar en las respuestas a esa revelación, que abría un nuevo mundo de preguntas.

Las largas horas que siguieron a la muerte de Nona fueron una maraña de emociones cubiertas de un aura casi onírica que en el futuro le costaría evocar. Pero lo que sí recordaría para siempre sería la presencia tranquila y serena de Barlett a su lado desde que lo alcanzó mientras subía al coche cuando ya se marchaba después de su visita, y solo con verle la cara y los ojos brillantes adivinó que Nona había muerto.

Gracias a Barlett y a Jolie —su secretaria—, los preparativos para la ceremonia y la incineración de Nona, así como todos los quebraderos de cabeza que acompañan a los familiares del fallecido en el peor de los momentos, fueron mucho más llevaderos. Barlett la convenció de que se quedara en una de las distinguidas habitaciones del Belmond, el mejor hotel de los tres que tenía en la ciudad y en cuya suite de la planta superior él pasaba temporadas. Aunque sabía que intentaba darle el espacio que creía que necesitaba, Barlett se aseguraba de que cada día el servicio le llevara el desayuno, la comida y la cena a la habitación, y después preguntaba por lo que había dejado para asegurarse de que comía algo. La verdad es que Sarah estaba jodida. Al fin y al cabo, Nona era su única familia biológica. Pero era la revelación de última hora la que realmente la había sacudido de pies a cabeza justo en un momento tan doloroso.

—¿Qué sabes de Nick Carrington? —le preguntó a Barlett la primera noche que pasó en el hotel cuando la acompañó a la habitación.

—No sé quién es. ¿Por qué? ¿Debería conocerlo? —La entonación parecía sincera, pero había tardado un segundo más de lo normal en contestar y Sarah había visto que el vaso de whisky que sujetaba en la mano izquierda había temblado ligeramente.

—Entonces ¿no sabes nada? —Lo escrutó con la mirada.

—No. Ya te lo he dicho. ¿Quién es? —Dio un trago al whisky.

—Da igual. No tiene importancia. —Por algún motivo que no sabía explicar había intuido que era mejor guardarse esa carta. Al menos, de momento.

Él dejó el vaso en el mueble bar con delicadeza y le dijo:

—Jolie ha concertado una cita a las nueve con la funeraria. ¿Te va bien? —Le apoyó la mano en el hombro.

—Sí, claro —contestó sin mirarle a los ojos—. Gracias.

—De nada. Intenta descansar, ¿de acuerdo?

—Hum.

—Llámame si necesitas algo. O sube. Estoy a solo un piso de distancia. —Le dio un beso en la frente antes de marcharse.

—Gracias, Barlett. Por todo.

—No tienes que dármelas, Sarah. —Sonrió y se dirigió a la puerta.

—Jack...

Él se giró.

—¿De qué hablaste con Nona ayer, antes de que te marcharas?

—De nada en especial. Fue más bien una despedida. Me pidió que te cuidara. Y que me buscara de una vez a una mujer decente con la que compartir tanta pasta. —Sonrió.

Ella asintió. Debía de ser agradable tener la sensación de haberlo dejado todo cerrado antes de morir. Su experiencia había sido muy distinta. Pero no estaba preparada para compartirla.

Él la miró con preocupación.

—Te avisaré si necesito algo —lo tranquilizó.

—De acuerdo. Descansa. —Y salió de la habitación.

En cuanto Barlett cerró la puerta, Sarah cogió el libro que había enterrado entre la ropa de la maleta y leyó por segunda vez el fragmento que le había destrozado el corazón la tarde anterior.

Buscando a Jennie Johnson

Nota del editor

Estimado lector:

En primer lugar, quiero agradecer su interés por leer este libro. Si lo tiene en las manos, es muy probable que conozca, aunque sea por referencias, el caso de Jennie. Este es uno de los motivos, probablemente el principal, que animaron a Nick Carrington a escribirlo.

De la desaparición de Jennie Johnson se han dicho y escrito muchas cosas, como también se han dicho y escrito muchas cosas sobre el autor de este libro.

Después de todo lo sucedido, el autor pensó que la única manera de exponer de forma ordenada y metódica su punto de vista sobre los descubrimientos de la investigación y los acontecimientos derivados de esta era escribiendo este libro. Para él era la única manera de hacerlo evitando el ruido, las amenazas y las complicaciones que rodeaban el caso.

A raíz de mis conversaciones con Nick puedo asegurar que, aunque probablemente consiga convencer al lector de sus hipótesis y puntos de vista sobre lo que le sucedió a Jennie —como lo hizo conmigo—, no ha escrito este libro para persuadir, sino para exponer lo que Carrington consideraba la verdad.

Desgraciadamente, el autor nunca podrá confirmar si sus hipótesis eran ciertas, aunque cabe considerar que las extrañas circunstancias de su muerte sean la prueba más evidente.

En cualquier caso, esperamos que sus últimas palabras sirvan para aportar luz al caso de Jennie Johnson, y quizá, algún día, contribuyan a hacer justicia.

Lo había leído por primera vez mientras esperaba a que llegaran los servicios funerarios e inmediatamente había sentido una punzada en el pecho. Esa información eliminaba una posibilidad que justo se había permitido imaginar: la materialización de esa relación hasta entonces inaccesible. El hallazgo de una conexión que terminaría de explicarle por fin la otra mitad de sus orígenes, de su forma de ser, de las manos y los ojos que tenía, de por qué le hacían gracia las cosas que le hacían gracia y por qué le entristecían las que le entristecían.

Parecía imposible poder ganar y perder a un padre en menos de una hora, y aun así era lo que acababa de pasarle. Sintió una ira incontrolable hacia Nona por infligirle ese dolor macabro desde la muerte. ¿Qué necesidad tenía de decírselo ahora, cuando ya no podía encontrarlo?

Nada tenía sentido.

Y aun así estaba dispuesta a descubrir todo lo que pudiera sobre ese padre al que ya nunca podría conocer.

Capítulo 1. Un coche abandonado en la 140 una noche de invierno

Casos de desaparecidos hay muchos, no tenéis más que buscar en las bases de datos de las webs públicas que se dedican a este tema: la Doe Network y The Charley Project aquí en Estados Unidos. La triste realidad es que más de seiscientos mil estadounidenses desaparecen cada año, aunque en ocasiones, como en 1994 y 1996, esta cifra se ha acercado al millón. De estos hay bastantes que se han marchado de forma voluntaria y otros en los que se sospecha foul play.[1] A veces es difícil discernir una cosa de la otra, y sin embargo es un dato clave para el éxito de la investigación. Como muchos sabréis, en el caso de Jennie la hipótesis inicial marcó un caso que llegó a las páginas de los periódicos de todo el país precisamente por eso.

Jennie desapareció el 29 de febrero de 2016, el día que cumplía veintitrés años. Se desplazaba por la 140 con un viejo Mitsubishi Montero cuando sufrió un accidente y su coche quedó atascado en un banco de nieve del arcén tras chocar contra una secuoya. Poco después, un transportista que subía al pueblo vio la escena y paró para ayudarla. Le preguntó si quería que la llevara a la zona más poblada de El Portal, y ella le contestó que no era necesario, que estaba bien y le pidió que no llamara a la policía porque ya había avisado al seguro del coche y una grúa iría a buscarla. El transportista se marchó y cuando llegó a El Portal alertó del accidente a la oficina del chief, básicamente porque era consciente de que allí no había cobertura y estaba seguro de que la chica le había mentido.

Cuando el ranger asignado llegó al lugar de los hechos, Jennie ya no se encontraba allí. El coche estaba cerrado y lleno de cosas, entre ellas una maleta con ropa, cajas con libros y apuntes de la universidad y artículos de higiene y maquillaje. También había una caja con tres botellas de Kahlúa y dos de vino en el asiento trasero y manchas de lo que después se dedujo que era vino en el techo del vehículo. Fuera, en el suelo, había una botella de whisky vacía junto a la puerta del copiloto.

El ranger gritó y recorrió los alrededores de la zona, pero no obtuvo respuesta, así que supuso que la persona que conducía el vehículo había bebido demasiado y huido de la escena del accidente para evitar que la multaran y que seguramente volvería al día siguiente a buscar el vehículo.

Pero como muchos ya sabéis, Jennie nunca volvió a recoger su coche.

La oficina del chief me asignó el caso, y lo demás ya es historia. Y la historia, como siempre, depende de quién la cuenta y cómo.

Que el caso me atrapó no es ningún secreto.

A menudo me han acusado de obsesionarme con este tema, pero ¿cómo se busca a una persona que ha desaparecido, si no es a todas horas y con todos los recursos posibles? Especialmente cuando cometimos aquel error determinante en las primeras horas de la investigación.

Además, el caso de Jennie se ha hecho un hueco en las casas, los ordenadores y la vida de muchas personas que han dedicado horas y horas a resolver su desaparición desde la silla de su despacho; personas que se han quedado atrapadas en un misterio inicial que va complicándose poco a poco a medida que te adentras en él, y que parece que nunca vaya a acabar. Por lo tanto, personas que tienen una opinión de lo sucedido, a pesar de que lo que saben es como mucho de segunda mano, si no de tercera o cuarta.

La verdad es que escribo este libro para, de alguna manera, zanjar este tema en mi mente y no tener que volver a hablar de él. Es sabido que no estoy de acuerdo con cómo ha avanzado el caso de Jennie, y estoy seguro de que no se le ha hecho justicia.

He contemplado muchas opciones de cómo explicar los hechos derivados de mi investigación durante este tiempo: de forma cronológica, narrando mis suposiciones, incluyendo o no el material derivado de estas investigaciones... Al final he optado por una mezcla de todo ello, porque creo que es la única manera de que los hechos hablen por sí mismos y podáis llegar a las mismas conclusiones que yo una vez dispongáis de la información. Y si no coincidimos, servirá para aportar nueva luz al caso. Aunque dudo que suceda. Es muy posible que los implicados en la desaparición de Jennie lean estas palabras algún día. A ellos quiero decirles: las cosas no terminan hasta que terminan. Y aún no han terminado.

Capítulo 2

2

Se obligó a cerrar la puerta con delicadeza mientras maldecía a esa mujer peculiar y obstinada que había decidido complicarle la vida incluso una vez muerta.

Hacía tres meses que la había encontrado en su sillón preferido, absorta con un libro en las manos. Nona no era una gran lectora, y le sorprendió el nivel de concentración que mostraba en ese momento, con el cuerpo encorvado hacia delante y los ojos azules que Eve había heredado recorriendo rápidamente las páginas iluminadas por el sol de media tarde. Pero cuando había sentido por fin su presencia y levantado la cabeza, había detectado de inmediato algo extraño en su expresión.

—¿Qué? —le preguntó.

Ella le había tendido el libro en silencio y con cierta expresión de gravedad.

Él había leído el nombre del autor, el título y la sinopsis. Era un libro de true crime que narraba la investigación de una chica desaparecida. No entendía a qué narices venía tanto misterio. Hasta que abrió el libro y vio la cara del autor en la solapa.

Tardó un par de segundos en entender quién era, en identificar aquel rostro, bajo la capa de los años que habían transcurrido, asociado a un nombre que no conocía. Pero era él, no tenía ninguna duda. Nona tampoco. Era evidente.

—Quizá debería...

—No —la interrumpió rotundo—. No tiene ningún sentido complicar las cosas a estas alturas.

Supo que había detectado la ira disfrazada en su tono de preocupación. Seguramente pensó que cambiaría de parecer cuando leyera la primera página.

—Sarah tiene derecho a... —empezó a decir. Pero no la dejó terminar.

—No es una cuestión de sangre, Nona. Renunció a ella cuando desapareció de su vida. Fue su elección.

Nona sabía que no era del todo cierto, pero no pensaba compartir esa información con él. No podía imaginar que Barlett, aunque de otro modo, también sabía que no era verdad. Pero lo que se le escapaba por completo era que ese hombre se jugaba todo su imperio.

Dio la conversación por concluida y se dirigió hacia la puerta.

—Barlett —le dijo ella en un tono más severo.

Se giró y le lanzó una mirada impaciente.

—El libro.

Volvió hacia el sillón y le tendió el arma que lo había desestabilizado.

—Déjalo correr. —Era casi una orden.

—Ya veremos. —Y había vuelto, impasible, a su lectura.

Así había terminado la conversación. No volvieron a hablar del tema. Las semanas pasaron sin que Nona se decidiera a decir nada, así que dio por sentado que la había convencido de hacer lo que él consideraba correcto. Pero era evidente que se había equivocado.

Entró en su suite presidencial y se sacudió el mal humor. De nada servía perder el tiempo con el pasado. Lo que tenía que hacer era ocuparse del tema de inmediato.

Marcó la extensión de Jolene. Solo sonó un tono antes de que respondiera.

—Dile a Dustin que venga a mi suite. Ahora mismo. —Y colgó el teléfono.

El chief White recordaba exactamente el momento en el que había empezado a sospechar lo que se le vendría encima.

Era la mañana del 1 de marzo de 2016. La niebla todavía no se había levantado y un viento gélido le azotaba el rostro mientras caminaba por la zona de aparcamiento del Sequoia Inn intentando no resbalar en la capa de hielo y nieve que cubría el asfalto. De repente sonó el teléfono.

—Chief, creo que tenemos un problema —le había dicho Rodowick, uno de sus rangers.

—¿Qué pasa? —Acababa de localizar el Suzuki Jimny azul que buscaba.

—Tenemos un coche abandonado y accidentado en la 140 con Briar Creek.

—¿Está abierto o cerrado?

—Cerrado.

—Seguramente sea un conductor borracho.

—Eso mismo pensé yo ayer. Eric Bloom reportó que lo conducía una chica que le dijo que ya había llamado a la grúa. Cuando llegué no había nadie.

—¿A qué hora?

—Por la tarde, a las siete.

White suspiró y cogió el tirador del vehículo que tenía delante. Le sorprendió comprobar que estaba abierto.

—Consigue un equipo y haced una búsqueda por los alrededores —le ordenó.

—Entendido.

—Y Rodowick...

—¿Sí?

—Forzad el coche para ver si hay documentación que os ayude a localizar a la familia, y hacedlo lo antes posible. Esperemos que no sea nada y aparezca pronto buscando el coche. Si no es así, cada hora que pasa juega en nuestra contra. —Y colgó.

A continuación cogió un pañuelo de papel y se lo puso en la mano para terminar de abrir la puerta. Quizá estaba exagerando, pero no quería correr el riesgo de alterar pruebas que, por otra parte, no deseaba tener que analizar ni seguir. Seguramente Ruth estaba bien y tan solo había olvidado cerrar el coche antes de ir al trabajo. Y después alguien había pasado a buscarla, la noche se le había alargado más de lo que esperaba y el móvil se le había quedado sin batería. No era la primera vez que pasaba, y probablemente tampoco sería la última.

Metió la cabeza en el vehículo y sus ojos se desplazaron de inmediato hacia el móvil tirado en el suelo del asiento del conductor. No le gustaba lo más mínimo el cariz que estaban adquiriendo las cosas. Distinguió un objeto plateado debajo del asiento del copiloto. Rodeó el coche y abrió la otra puerta para acceder a él sin entrar. Era el reloj que Ruth había heredado de su difunto padre. Y nunca se lo quitaba.

Supo inmediatamente que algo no iba bien.

Se levantó de un salto de la cama, impulsada por la frustración que le causaba llevar más de cinco minutos intentando leer la segunda línea del texto que tenían para el día siguiente, y, enfatizando su enfado, levantó el auricular del teléfono y lo aplastó contra la terminal.

—Si no piensas contestar, podrías desconectar el teléfono, Jennie. ¡Así es imposible concentrarse!

Jennie la miró con los ojos húmedos. Estaba triste, sí, pero Stephanie detectó también un brillo desafiante.

—Bueno, no importa, ahora ya está —le dijo arrancando la conexión telefónica de la pared—. ¿Se puede saber qué ha hecho ahora?

—Nada. Sigue estudiando. Perdona —murmuró secamente.

—Está bien, como quieras. —Stephanie se encogió de hombros y volvió a su cama, cubierta de apuntes—. ¿Por qué no estudiamos juntas? Te servirá para distraerte, y mal no te puede ir. Tenemos el examen dentro de dos días.

—No, gracias. Prefiero airearme un poco antes de ir a trabajar. —Abrió un cajón de su cómoda, sacó una botella de Kahlúa, la metió en su mochila negra y se la colgó a la espalda. Solo le hizo un gesto con la cabeza a su compañera de habitación antes de desaparecer por la puerta.

Los dos hermanos juegan a pasarse una vieja pelota de béisbol en la parte trasera del jardín de la casa, que más que un jardín casi parece un vertedero de chatarra y objetos muy diversos y casi nunca útiles que Gary se empeña en decir que están ordenados a su manera. Antes se burlaban de esta frase y de otras que Gary soltaba cuando se metían con él, y él les contestaba muy enfadado, hasta que un día se le acabó la paciencia y estampó un puñetazo en la cara a cada uno. Desde entonces intentan evitar hablar con él, y cuando se cruzan, fingen seguir haciendo lo que estuvieran haciendo, que puede categorizarse en tres o cuatro maneras diferentes de perder el tiempo y adormecer el tedio que los acompaña cada día.

Aun así no pueden evitar que la tensión invada el ambiente hasta que Gary desaparece detrás de la chatarra, y su vida parece de repente mucho mejor de lo que lo era unos segundos antes.

—No lo soporto —dice Ron lanzando la pelota con toda la rabia de la que es capaz.

—¡Ni yo, no te jode!

Después de un par de pases en silencio, Jimmy casi murmura:

—A veces pienso cómo sería matar a alguien.

—Tú no tienes cojones para matar a nadie. Eres un cagado. Siempre lo has sido.

—No soy un cagado —responde con un hilo de voz mirándose los zapatos.

—Ah, ¿no?

—No lo sabes todo de mí, ¿sabes? He hecho cosas que nunca dirías que sería capaz de hacer. —Levanta los ojos verdes del suelo y los clava en los de su hermano, desafiante.

—Ah, ¿sí? ¿Como qué?

—Como Ruthy. —Le devuelve la pelota con fuerza.

—¿Qué pasa con Ruthy?

—Bah, da igual.

—¿Qué, Jimmy? —Se ha quedado la pelota y lo mira con curiosidad.

—El día de la fiesta. Lo de la habitación, cuando estaba dormida.

—¿Fuiste tú? —En la pregunta hay cierta incredulidad, pero también una media sonrisa oculta, un turbio tono de reconocimiento.

Jimmy asiente y esboza una sonrisa. Sabía que impresionaría a su hermano mayor.

—¿Ahora me dejarás ir con vosotros?

—¿Adónde?

—Los sábados, cuando salís con los coches.

—Ya veremos. —Pero la sonrisa que le ha dedicado le indica que acaba de subir un peldaño en su escala de admiración. Y eso le pone tan contento que por un momento se siente perturbado. Pero el momento pasa enseguida, y el juego de pelota sigue, como hace ya mucho tiempo, la inercia de los lanzamientos entre los dos hermanos Bloom.

Capítulo 3

3

Tres días después, la desaparición de Jennie había pasado de los periódicos locales a los regionales, y la idea de que las autoridades no habían gestionado bien el caso empezó a ser el foco de muchas conversaciones dentro y fuera de El Portal. A esto contribuyó sin duda Ted Johnson, el padre de Jennie, que culpaba al ranger Rodowick por posponer la búsqueda hasta el día siguiente de haber encontrado el coche, ya que perdieron un tiempo crucial al principio de la desaparición que determinó en buena medida los resultados de la posterior investigación.

Las veinticuatro o cuarenta y ocho horas siguientes a una desaparición son esenciales, y las investigaciones y el avance que se hagan durante las mismas repercuten muy notablemente en el resultado final. De esto no hay duda, y no se puede culpar a Ted por haber hecho todo el ruido mediático que le fue posible para dar a conocer el caso de Jennie. Aprovechó todos los micrófonos y cámaras que le pusieron delante para explicitar la ineptitud de los rangers que se habían encargado de descuidar la búsqueda de su hija.

Fue entonces cuando White me llamó a su oficina y me asignó el caso. Me dijo que lo hacía porque era su mejor rastreador, pero yo sabía que en realidad no tenía muchas más opciones. Necesitaba a alguien de confianza, a quien conociera desde hacía tiempo, porque sabía que nos encontrábamos en una situación precaria y tenía a los de arriba presionando para que lo solucionara todo lo más rápidamente posible. Y si tenía que prescindir de alguien en el día a día para hacer rescates en plena temporada de invierno, era evidente que ese alguien debía ser el tío cojo del equipo. Así que me vi metido en la investigación por una cuestión pragmática, y no me cuesta nada admitirlo.

Me tendió una carpeta con un par de informes y me deseó suerte en un tono casi amenazador.

En los documentos estaba la información sobre las llamadas que se habían hecho la tarde del día 29 en relación con el accidente de Jennie.

El transportista que la encontró, de nombre Eric Bloom, llamó al 911 en cuanto tuvo la oportunidad, desde un bar de El Portal.

Según él, habían pasado unos siete minutos. La llamada se hizo a las 19.30, por lo tanto, si creemos que dice la verdad, podríamos deducir que Jennie tuvo el accidente hacia las 19.20, si, como dice que ella le dijo, acababa de chocar contra el árbol.

A todo esto, el ranger en cuestión, de nombre Mark Rodowick, llegó diez minutos después de que la oficina de los rangers recibiera la llamada del señor Bloom, y por lo tanto entre diecisiete y veinte minutos después del accidente. No está nada mal teniendo en cuenta la geografía y la situación de la localización. La oficina de Law Support está en el Yosemite Valley, a unos veinticinco o treinta minutos en coche, pero tardó menos porque, según Rodowick, estaba patrullando por las inmediaciones cuando oyó la alerta del accidente emitida por la central.

A continuación transcribo la entrevista que le hice al señor Rodowick como uno de los primeros pasos en mi investigación. Por cierto, hay que anotar aquí, para quienes no lo sepan, que, además de compartir profesión, el señor Rodowick y yo éramos familia. Hay quien dice que esto debería haberme obligado a renunciar al caso. Es evidente que quien cree algo así no conoce la realidad del parque ni los recursos humanos de los que dispone (especialmente en temporada baja), y tampoco me conoce a mí. Si Rodowick había tenido algo que ver con la desaparición de Jennie, como algunos conjeturaron al principio, yo era el primer interesado en saberlo, teniendo en cuenta que era el marido de mi hermana.

Entrevista a Mark Rodowick

PERIODISTA: Le agradezco mucho que haya aceptado contestar a estas preguntas, señor Rodowick.

MARK RODOWICK: Ningún problema. No tengo nada que esconder.

P: ¿Por qué lo dice?

MR: Porque hay quien dice que la desaparición de Jennie Johnson no nos importa, y es absolutamente falso. Cometí un error de juicio al principio, pero en ningún caso puede decirse que no nos tomemos en serio la desaparición de la señorita Johnson.

P: Cuénteme cómo fue la cosa, por favor.

MR: Yo estaba patrullando la zona cuando oí el aviso por la radio de control. Vi que la localización del accidente no estaba muy lejos de donde me encontraba y me ofrecí a ir.

P: Pero usted declaró después que ya había terminado su turno.

MR: Sí, ¿y qué?

P: Pues que ha dicho que estaba patrullando cuando recibió el aviso.

MR: Tanto si se ha terminado el turno como si no, cuando se está en el parque se está de servicio. Cualquiera de aquí lo sabe. La orografía ya es lo bastante compleja y salvaje como para que nos pongamos a hilar fino con estas cosas.

P: De acuerdo. Solo quería aclarar esta duda. Siga, por favor. Decía que se prestó usted a acudir al lugar del accidente. ¿Cuánto tardó en llegar desde que recibió el aviso?

MR: Unos diez minutos como mínimo.

P: ¿Y qué pasó?

MR: Nada. Encontré el coche vacío. Estaba cerrado y con las luces apagadas. Por eso pensé que se trataba de un caso de conducción bajo los efectos del alcohol.

P: ¿No vio nada fuera de lo normal?

MR: Había unas manchas rojas en el techo, y no me hicieron ninguna gracia, pero a continuación identifiqué una caja de cartón con botellas de vino en los asientos traseros y algunas estaban rotas. Deduje que las manchas eran de vino, como se confirmó después.

P: ¿Había algo más en el coche?

MR: Oh, claro que sí. Estaba lleno de cosas. Había varias cajas llenas, como si se tratara de una mudanza. En el informe se especifican todos los objetos encontrados, pero no creo que sea de acceso público en estos momentos. El caso es que no me fijé demasiado porque lo importante era que la chica no estaba. Grité varias veces si había alguien y busqué por las inmediaciones con la linterna, pero no recibí respuesta. Me adentré un poco en el bosque, pero no había huellas que seguir y estaba completamente oscuro.

P: Así que lo dejó correr...

MR: Pensé que la chica se había escondido o ido para evitar que le hiciéramos un control de alcoholemia. Estaba seguro de que volvería a buscar el coche esa misma noche o al día siguiente. Sucede muy a menudo.

P: Y se marchó.

MR: Sí. [Baja la mirada]. Y no debería haberlo hecho. Aunque tampoco sé qué habríamos podido hacer esa misma noche para encontrarla. Al día siguiente, en cuanto vimos que el coche seguía allí, hicimos una búsqueda con los de Search and Rescue, pero tampoco hubo suerte... Había desaparecido sin dejar el menor rastro.

P: ¿Fue entonces cuando se rompió la pierna? [Por un momento parece contrariado por la pregunta, pero el gesto se desvanece rápidamente para dar paso a una sonrisa limpia de dientes blancos].

MR: Sí, en uno de los bosques cercanos. Parece mentira, con los años de experiencia que tengo en el parque, y acabo rompiéndome una pierna de la forma más tonta, como un turista cualquiera...

P: ¿Qué pasó?

MR: Tropecé con un tronco de secuoya y me caí por un pequeño barranco. Fue mala suerte, la verdad, y el hecho de no estar lo bastante atento al suelo que tenía bajo los pies...

P: Entiendo. Volviendo a la desaparición... ¿Qué cree que pasó en el tiempo transcurrido entre que el transportista se marchó y usted llegó?

MR: No lo sé... Es lo que se pregunta todo el mundo, ¿no?

P: ¿Sigue pensando que Jennie se marchó por su propio pie?

MR: Sinceramente, no tengo ni idea. Es completamente normal que no quisiera irse con un transportista al que no conocía de nada. De hecho, se podría decir que fue una opción prudente por su parte. Pero entonces, si no se fue con él, ¿por qué iba a marcharse con otra persona? ¿No sería más lógico que se hubiera marchado sola? A menos que se encontrara con algún conocido. Pero me parecería extraño, teniendo en cuenta que no es de la zona.

P: Le dijo al transportista que no avisara a la policía. ¿Por qué cree que lo hizo?

MR: Como le he dicho antes, por lo que se deduce de lo que había en el coche, parece que hay muchas probabilidades de que estuviera bebiendo mientras conducía. Seguramente quería evitar la prueba de alcoholemia o que la detuvieran. Quizá tenía antecedentes en este sentido.

P: Entonces ¿cree que se marchó caminando antes de que llegaran? ¿Hacia dónde?

MR: Los compañeros vinieron del este y no la encontraron por la carretera. Yo venía en la dirección contraria y tampoco. Claro que es fácil esconderse en el bosque si huyes y oyes que se acerca un coche por la carretera...

P: Entonces está seguro de que se fue por su propio pie.

MR: No, no estoy seguro de nada. Podría haberse ido por su propio pie y desaparecer voluntariamente. O quizá quería suicidarse. O alguien podría haberla secuestrado. O podría haber subido al coche de otra persona y que acabara bien o mal para ella. Pueden haber pasado muchas cosas.

P: ¿Y no tiene ninguna teoría que crea más probable que las demás?

MR: No, pero de lo que estoy casi seguro es de que, pasara lo que pasase, algo no salió como ella esperaba. Algo salió mal.

No fue la primera ni la última vez que oí esta frase. De hecho, es una de las pocas cosas en las que casi todo el mundo coincide.

Pero para saber qué salió mal debíamos responder a muchas más preguntas: ¿Adónde iba Jennie? ¿Viajaba sola? ¿Por qué no quiso que el señor Bloom avisara a la policía? La situación inicial es muy importante, sí, pero lo que ocurrió antes quizá lo es más.

Para saber qué había pasado, tenía que saber cómo era Jennie. Y para mí, en ese momento, Jennie era una completa desconocida.

Tres días después de despedir para siempre a Nona, Sarah decidió marcharse de la suite del Belmond. Se sentía abrumada por las atenciones de Barlett, hasta el punto de que le pareció que el personal del hotel la vigilaba. Sabía que seguramente se tratara de una percepción influenciada por el proceso de duelo, pero su presencia la incomodaba como nunca antes, y después de pasar las dos últimas noches en casa de Coddie, le pareció una tontería volver a la lujosa habitación del hotel. Quería cambiar de fase y su estancia allí no le permitía hacerlo. En cambio, en el apartamento de Coddie, lleno de luz y de esculturas a medio terminar, se sentía cómoda y libre, en especial durante las horas que pasaba sola mientras él trabajaba en la cocina del Rock Bottom o cuando compartían el espacio en silencio, cada uno haciendo sus cosas, él concentrado en el volumen y la densidad de la madera o en las chispas del metal, y ella ampliando sus técnicas de póquer o adentrándose en el pozo que Nona le había colocado delante.

No había esperado encontrar tanta información de Carrington y el caso de Jennie en internet, y al principio se sintió abrumada. Había releído una y otra vez las noticias sobre el supuesto accidente que había causado la muerte de Carrington, y aunque al principio la habían hundido aún más, a medida que buscaba más información una pequeña luz había hallado un resquicio por el que iluminarle el camino a seguir: resultaba que no encontraron su cuerpo. Era una de las pocas cosas que tenía claras, porque buena parte de la información que descubría sobre Nick Carrington era confusa y, en algunos casos, perturbadora. Claro que no podía creer todo lo que dijeran en cada una de las numerosas páginas de internet dedicadas al caso de Jennie o a la posterior desaparición de Carrington.

Entrada 34 del foro WebGumshoe

Truthseeker35: Es evidente que el tío tuvo algo que ver con la desaparición. Creo que Carrington tenía un trastorno de doble personalidad y probablemente la secuestró y la mató cuando tenía una personalidad, y la otra personalidad se obsesionó por descubrir qué había pasado porque era la única forma de enfrentarse a lo que había hecho. Como si fueran dos personas distintas. He leído en muchos sitios que puede pasar. Mirad esto: https://criminalminds.fandom.com/wiki/Dissociative_Identity_Disorder. Y cuando se dio cuenta de lo que hizo, se suicidó.

Entrada 72 del foro Cooldetective

Lonelywolf23: A ver, ¿no os parece demasiada casualidad que el tío se muera y justo después salga un libro que evidentemente se vende mucho más por el morbo que suscita el accidente, la supuesta muerte y todo lo demás? A mí me parece que se trata claramente de una burda técnica de marketing para vender más. Seguro que Carrington está tomándose una piña colada en las Bahamas riéndose de todos nosotros. LOL.

Entrada 152 del blog Jenniedesaparecida, que la familia abrió poco después de empezar la investigación con el apoyo de Carrington.

Lonelystar82: Hola. Gracias por compartir toda la información sobre este caso. Quizá entre todos consigamos ver algo y descubrir dónde está Jennie, viva o muerta. Creo que de las múltiples teorías expuestas la más probable es que caminara hacia el bosque. Me cuesta creer que subiera al coche de un desconocido, sobre todo después de haberle dicho al transportista que no quería que la llevara. Pero también es cierto que alguien pudo obligarla a subir a otro coche con amenazas o que alguien en quien confiaba la traicionara, si es que la teoría de la conducción en tándem todavía se considera una posibilidad. Acabo de darme cuenta de que en realidad no tengo ninguna teoría y de que estoy tanto o más confundida que el primer día que empecé a leer el blog. Entiendo cómo te sientes y por qué te ha atrapado tanto este caso. Cuanto más lo estudias, más preguntas tienes y menos respuestas obtienes. Disculpad mis divagaciones. No me lo tomaré a mal si decidís borrar el post por vulnerar las normas [iconos de risa]. Buena suerte en la investigación.

PD: He oído decir que Jennie fue a una fiesta tres días antes de su desaparición, pero nadie recuerda nada concreto. ¿No os parece muy sospechoso? ¿Sabéis los nombres de los amigos que la acompañaron a la fiesta?

¡Que la suerte os acompañe!

Pero hubo una entrada del mismo blog que le llamó especialmente la atención. Era de las últimas, mucho más cercana en el tiempo.

Entrada 1745 del blog

Shonjen Jonnie 292: Pareces tonto. ¿Has pensado que Jennie quizá no quiere que la encuentren y que estás complicándole la vida? Si realmente conocieras bien a su familia, lo tendrías claro. Deja de meter las narices donde no te llaman y búscate una vida propia. Estás avisado.

Dio por sentado que el apodo correspondía a la persona que, según había leído, atacó a Nick en una de las salidas a la zona en la que había desaparecido Jennie. Dos meses después Carrington sufrió el fatal accidente que supuestamente le provocó la muerte. Muchos de los que participaban en el blog dieron por hecho que esta persona lo había asesinado.

Pero claro, todo eran conjeturas; palabras de personas anónimas que no lo habían conocido; gente que se desvivía por este tipo de casos incluso sin tener los conocimientos para hacerlo; gente que se basaba en un montón de información no siempre filtrada, que mezclaba hechos y ficción más a menudo de lo deseable para conjeturar hipótesis y teorías que rara vez podían comprobarse o no hacían más que generar nuevas preguntas.

Aun así, Sarah entendía la atracción que todo aquello suscitaba, porque ella también la experimentaba. Claro que ella se sentía especialmente conectada. Era el único vínculo que tendría con él.

Y, aun así, no podía dejar de pensar en que no habían encontrado su cuerpo.

Por primera vez se permitió verbalizar el pensamiento que desde hacía días le daba vueltas en la cabeza: quizá no estaba todo perdido.

Capítulo 4

4

La noche del 29 de febrero marcó para siempre la vida de Mark Rodowick, pero no necesariamente como muchos pensaban.

Había tardado unos cinco minutos en decidir si respondía a la llamada de radio sobre el accidente en la 140. Si la cosa se complicaba, solo conseguiría sumar más inquietud a la situación no resuelta que se traía entre manos. Pero había oído que se trataba de una chica, y él estaba cerca, así que al final respondió diciendo que iría. Probablemente necesitara cambiar una rueda o conectarse a la batería, así que lo tendría solucionado en veinte minutos.

Pero cuando llegó, la chica no estaba. Creía que su deducción sobre el consumo de alcohol era válida, pero el paso del tiempo había instalado la duda en su cabeza. Y haber llegado tan tarde a casa no lo ayudaba. Le extrañaba que Rose no hubiera dicho nada, especialmente a Carrington. O quizá sí que lo había hecho y él no se lo había comentado.

Debería haber vuelto en cuanto se marchó de allí. Pero tenía la inquietud de que algo no iba bien y estuvo dando vueltas por la zona en busca de una respuesta que nunca llegó.

El tiempo le daría la razón.

Al meterse en la cama, Rose se medio desveló y le preguntó cómo había ido el día. No recordaba si ella había mirado la hora o no. Le contestó que bien, que no había pasado nada fuera de lo corriente, y se sintió como una mierda.

Tardaría mucho tiempo en sentirse algo mejor.

Apuntar hacia abajo, por ejemplo a las rodillas, es la mejor manera de acertar el tiro en el corazón de tu rival. A veces hay que recordar esta premisa, pensaba mientras limpiaba el arma. Salvo el incidente ocurrido hacía poco más de un mes, nunca había disparado a nadie. Estaba acostumbrado a disparar tranquilizantes a algunos animales, especialmente a los osos que de vez en cuando alteraban la vida de los visitantes en el parque. Pero no le gustaba nada hacerlo. La verdad era que detestaba las caras de fascinación que ponía la gente cuando se veía obligado a intervenir en lo que él consideraba como el derecho natural de los animales a vagar por ese paraje, que era más suyo que de cualquiera de aquellos turistas con la cámara colgada del cuello. Pero aún detestaba más el brillo en los ojos de los curiosos que, después de observarlo un rato, no podían evitar preguntarle cómo se había hecho esa herida en la pierna izquierda que lo convertía en el único ranger cojo que habían visto jamás. Normalmente se limitaba a forzar una sonrisa y les contaba que hacía unos años se había encontrado con una osa muy protectora que había creído que sus intenciones eran hacer daño a sus pequeños. Pero sus compañeros más veteranos sabían que no era cierto, porque Nick Carrington ya había llegado al parque con la cojera, y aun así lo habían aceptado porque venía con muy buenas referencias y una destacada habilidad como rastreador. En realidad, renqueaba un poco, sí, pero solo cuando estaba muy cansado o pasaba mucho rato de pie sin descansar la maldita rodilla izquierda, que le recordaba cada día un momento que, de todos modos, le doliera o no, siempre le sería imposible olvidar.

Y resultaba que después del caso de Jennie, la cojera se había convertido en una de las características esenciales con las que todo el mundo lo identificaba o casi lo definía. El único rasgo que le había sido imposible esconder, una debilidad innegable que jugaba en su contra. Pero una debilidad que Ted nunca destacó. Recordaba el día en que lo conoció, hacía ya tres años. Estaba seguro de que de entrada no resultaría fácil establecer una buena relación con él, pero, como sucedió muchas veces después, Ted lo sorprendió.

Antes de encontrarse, había ido al lugar donde desapareció Jennie.

Lo recordaba mientras apoyaba el fusil en la esquina de la pared y corroboraba con la mirada que había cerrado la puerta con los dos pestillos extra que había colocado.

Recordaba que se había desplazado deslizándose despacio con el coche por la carretera con la nieve amontonada en la calzada, mientras observaba con atención el bosque, los árboles y el asfalto casi helado sin saber qué buscaba exactamente. Cuando llegó, las luces del coche iluminaron un muñeco de nieve junto al árbol contra el que había chocado Jennie. Llevaba una bufanda roja, una zanahoria que le hacía de nariz y un calcetín oscuro doblado que dibujaba un rictus de tristeza o desagrado en el rostro de hielo. Le pareció repugnante. Apagó las luces y el motor del coche y se dispuso a examinar la zona, como había hecho durante muchos años cuando seguía las huellas de los animales del parque o buscaba rastros de personas que se habían perdido.

A oscuras, de pie junto al Ford Ranger, respiró profundamente y se dejó envolver por la oscuridad. Apenas eran las seis de la tarde, ya hacía más de una hora que el sol se había escondido detrás de las montañas de El Capitán.

A los visitantes del parque, acostumbrados al mundo iluminado por la noche en los pueblos y ciudades, encontrarse realmente a oscuras les resulta a menudo incómodo. Pero él se sentía en paz en aquella oscuridad, dejaba pasar el tiempo suficiente para que sus sentidos se adaptaran a la oscuridad y observaba y escuchaba el entorno, el parque, con otros ojos: el ruido magnificado de los ratones peleándose con las hojas secas o moviéndose de un sitio a otro; el chirrido y los aullidos, que añaden una capa de extrañeza a la noche; la silenciosa polilla de la yuca, que vuela de noche para llevar el polen de una planta a otra y sin la que no existiría este arbusto; las dieciséis especies distintas de murciélagos que pueblan el cielo nocturno, junto con diez tipos diferentes de búhos, y los halcones nocturnos. Y cubriendo toda esta actividad nocturna, una cúpula de estrellas ilumina el cielo oscuro del parque, que conecta a los seres vivos que lo pueblan con los ritmos de la rotación de la tierra y los ayuda a navegar su entorno guiados por las estrellas.

Está claro que Jennie debía de tener una percepción muy diferente de las cosas la noche que desapareció.

Encendió la linterna que llevaba en la chaqueta e iluminó la zona donde encontraron el coche. Pasó la mano por el tronco de la secuoya que había sufrido el golpe. En una parte, la que correspondía al parachoques del Mitsubishi, el tronco peludo del árbol milenario se había hundido. Como no había vuelto a nevar desde aquella noche y la temperatura se había mantenido más o menos constante, aún podían identificarse las huellas de los neumáticos del coche antes de estrellarse. Claro que también había otras, muchas otras, pero no podía saber de quiénes eran, excepto las suyas. Dirigió el haz de luz de la linterna hacia el bosque. El hilo de oro se desplazó entre los árboles e iluminó varias huellas que ensuciaban el manto de nieve virgen que las rodeaba. Movió la cabeza de un lado a otro y decidió volver al coche. Cualquier pista o rastro útil había desaparecido entre todos los demás.

Rodowick la había cagado, era innegable.

Pero aquello ya quedaba muy lejos. Encendió la chimenea y se dispuso a cocinar parte de la carne del muflón que había cazado hacía un par de horas.

No, aquí no podrían encontrarlo. Sabía seguir huellas como nadie, y por eso también sabía borrarlas y eliminar todo rastro que indicara dónde se encontraba. Lo importante en ese momento era que se alimentara y descansara. Y que se le terminara de curar la herida. Si se infectaba, podría suponer un problema grave. Sí, tenía que descansar y recuperarse. Necesitaba un poco de tiempo, solo un poco, antes de seguir con su cometido. Porque, evidentemente, no había olvidado a Jennie, ni tenía la menor intención de hacerlo.

Querida Jennie:

¿Dónde estás? ¿Por qué te fuiste? Si algo te preocupaba, si tenías algún problema, ¿por qué no me dijiste nada? Para eso estamos las madres, ¿no? Ya sé que hace años que nos hemos ido alejando la una de la otra. No lo digo por culparte de nada, son cosas que pasan. A mí me pasó lo mismo con mi madre, la abuela Kathleen, esta especie de desconexión. Pero, Jennie, sabes que siempre te he querido, ¿verdad? Sabes que, a pesar de todo, en ningún momento he dejado de quererte, ¿verdad?

Me siento muy tonta escribiendo esta carta, pero la psicóloga dice que quizá me ayudaría verter en una hoja todo lo que me gustaría decirte y que después podría hacer con la carta lo que mejor me pareciera.

He pensado en guardarla en una caja para dártela el día que te encontremos.

Si te encontramos.

Es una idea agradable pero a la vez perversa.

A veces pienso si no es contraproducente. ¿Y si, por algún motivo que no entendemos, Dios considera osada por nuestra parte esta seguridad de que te encontraremos un día u otro? ¿Y si actuar como si tuviera que ser un futuro seguro es despreciar sus designios y precisamente por eso nos priva de encontrarte para siempre?

Ay, hija, ya estoy llorando otra vez. Como todos los días.

Estoy segura de que no quisiste desaparecer. Preferiría que fuera así, porque querría decir que estás viva, en algún sitio, escondida de todos. Pero te conozco, Jennie, te conozco porque eres mi hija, porque te llevé durante nueve meses en mi barriga y te parí. No, si te hubieras marchado, habrías encontrado la manera de hacernos saber que estás bien.

Estoy segura de que te fuiste para serenarte unos días, para tomar perspectiva con lo que te pasaba, fuera lo que fuese, y algo salió mal. ¿Verdad que sí, pequeña mía? ¿Verdad que tú nunca nos harías eso de desaparecer para siempre y ver cómo nos extinguimos en la distancia sin decir nada? Independientemente de los malos momentos que hayamos pasado o de las peleas que hayas podido tener con tus hermanas o con tu padre. Puede ser un hombre duro a veces, bien lo sé yo, que tuve que separarme de él. Pero nunca ha querido tanto a nadie como a vosotras, eso debes de saberlo tan bien como yo, ¿verdad? Especialmente tú, que siempre has sido la niña de sus ojos, su ilusión, su gran esperanza, porque os parecéis mucho. Tozudos, reservados y orgullosos, sí, pero leales.

¿Dónde estás, pequeña? ¿Qué te han hecho?

La imposibilidad de enviarte esta carta me destroza por dentro y me rompe el corazón en mil pedazos. Quizá lo que me ha dicho la psicóloga no ha sido tan buena idea. Pero dice que puede ayudarme con la culpa, que una madre siempre se siente responsable de su hija y que si le pasa algo, tiende a culparse aunque no haya tenido nada que ver.

No me he atrevido a discutírselo. ¡Claro que me siento culpable!

Siento mucho que la última vez que nos vimos acabara de aquella manera. No soy capaz de perdonármelo. No dejo de pensar que quizá tuvo algo que ver. Que quizá todo se te hizo una montaña tan grande que fue demasiado y decidiste marcharte. Pero tú nunca lo harías, ¿verdad, Jennie? ¿O sí? ¿O serías capaz de hacérnoslo pasar tan mal como lo estamos pasando porque crees que nos lo merecemos? ¿Te atreverías a hacerlo? Nunca te lo perdonaría, Jennie. Nunca. Si supiera que todo esto solo lo haces para hacernos sufrir, querría... Pero no. Estoy segura de que no ha sido eso. ¿Verdad que no? Prométeme que no.

Esto es una tontería.

No puedo seguir escribiendo.

Solo quiero decirte una cosa más, hija: perdóname.

Perdóname.

Capítulo 5

5

Ya estaba a punto de subir al coche cuando las luces de otro vehículo me deslumbraron y este se detuvo a mi lado. Bajó un hombre de pelo rubio casi blanco con ojos azules de hielo que se clavaron en mi uniforme. Era Ted Johnson. Aún no nos habíamos conocido formalmente, pero nos habíamos cruzado durante las búsquedas.

—Buenas noches, señor Johnson —le dije tendiéndole la mano—. Soy Nick Carrington. El chief White me ha asignado el caso de su hija.

Me estrechó la mano. La suya estaba fría.

—Usted escribió Las montañas del peligro.

—Sí, así es. —Me sorprendió que conociera el libro, pero después recordé que el señor Johnson solía veranear en la zona con su familia.

—Jennie había leído su libro. Dos veces.

No supe qué contestarle, así que no dije nada.

—Bueno, esperemos que lo haga mejor que su compañero —dijo secamente—. ¿Piensa hacer más búsquedas o tiene algún otro plan?

—Creo que debemos seguir con las búsquedas, sí, pero también hemos de contemplar otras opciones. Como sabe, disponemos de un equipo muy limitado y debemos organizarnos para aprovechar al máximo nuestros recursos. Me gustaría sentarme con usted y hablar de Jennie, de la vida que llevaba, las relaciones que tenía... para considerar todas las posibilidades.

—Ya lo conté todo el primer día que vine.

—Lo entiendo. Pero preferiría escuchar la información de primera mano que leer un informe.

Se encogió de hombros, e interpreté que mi explicación lo había medio convencido.

—En cualquier caso —añadí—, mañana por la mañana haré una búsqueda exhaustiva de unos seis kilómetros a la redonda desde este punto, con el equipo que pueda reunir. Evidentemente es usted bienvenido. Empezaremos a las seis y media.

Se quedó en silencio unos segundos y después me preguntó:

—¿Tiene hijos, señor Carrington? —No me lo preguntó a la defensiva, pero noté en su voz el deseo de que así fuera, de que hubiera algo en común entre nosotros que nos ayudara a acercarnos, dos completos desconocidos, en la situación tan vulnerable en la que se encontraba.

—No, no tengo hijos.

—No hay nada peor en la vida que perder a uno. No se lo deseo ni a mi peor enemigo.

—Lo entiendo, señor Johnson. Haré todo lo posible por encontrar a Jennie. Se lo prometo.

Hizo un ligero movimiento afirmativo con la cabeza, mirando a la nada.

—Hasta mañana a las seis y media, Carrington. —Y dio media vuelta para subir a su Honda CR-V granate y desaparecer por el asfalto hacia la negra noche.

Amanda se acercó al sofá de puntillas y lo sorprendió abrazándolo por la espalda.

—Pero ¡qué haces, hostia! —La apartó con un brazo, que le golpeó la cara. Ella no tenía claro si lo había hecho a propósito o no, pero eso no impidió que el llanto le subiera por la garganta mientras se llevaba la mano derecha a la mejilla.

—Solo quería abrazarte, Keith —gimoteó—. No es necesario que te pongas así.

Él, sin intentar ocultar que ese intercambio de palabras lo hastiaba, se obligó a contestarle para aplacar el conflicto. Solo le faltaba que Amanda le contara a alguien que le había pegado.

—¡Perdona, Mandy, hostia! Es que me has asustado y he reaccionado así. Es por lo de mi padre, ya lo sabes. Pero no he querido hacerte daño, ¿de acuerdo? Lo sabes, ¿verdad?

Ella asintió. Pero no, no lo sabía. Intuía que le estaba mintiendo. Pero a veces era tan dulce que no podía estar segura. Sin duda no era posible que una persona se comportara de forma tan diferente según el momento del día. Así que, como en otras ocasiones, se convenció de que no había sido intencionado.

—Solo quería que estuviéramos un rato juntos, Keith. ¿No me trajiste aquí para eso? Pero te pasas todo el día con el móvil en la mano, hablando con vete a saber quién, y yo como si no estuviera...

—Es del trabajo, Mandy. Me he marchado de repente y el que he dejado a cargo no sabe gestionar algunas cosas. No me queda más remedio que ayudarlo cuando me lo pide; si no, el negocio se irá a la mierda.

Lo dijo de una manera que ella supo que la discusión debía terminar de inmediato.

—Está bien. ¿Qué te parece si vamos a comer algo al pueblo de al lado? Esta cabaña está muy bien, pero no tenemos nada en la nevera y me muero de hambre.

—No me apetece salir ahora. Mejor por la noche. ¿Por qué no vas en coche a buscar cuatro cosas al supermercado y preparas algo aquí? Mientras tanto, haré fuego para que cuando llegues estés calentita. —Y esbozó una sonrisa muy similar a una mueca.

—¿No quieres venir conmigo? —Casi parecía una súplica, y Keith sintió la inminencia de un ataque de ira que consiguió atenuar sin saber cómo.

—No. Aún t

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