Utopia Avenue

David Mitchell

Fragmento

utopia-1

ABANDON HOPE

2

Dean pasa a toda prisa por delante del Phoenix Theatre, esquiva a un ciego con gafas de sol, toma Charing Cross Road para adelantar a una mujer que avanza despacito con su cochecito de bebé, salta por encima de un charco sucísimo y vira bruscamente por la calle Denmark, donde resbala sobre una placa de hielo negro. Los pies le salen volando. Permanece suspendido en el aire un momento lo bastante largo para ver cómo la alcantarilla y el cielo intercambian sus sitios y pensar: «Mierda, esto me va a doler», antes de que la acera se le estampe contra las costillas, la rótula y el tobillo. «Duele la hostia». Nadie se detiene para ayudarlo. «Puto Londres». Un patilludo con bombín y pinta de trabajar en la bolsa sonríe con suficiencia al ver la desgracia del patán melenudo y pasa de largo. Dean se pone de pie con dificultad, haciendo caso omiso de las punzadas de dolor y rezando para no tener nada roto. El señor Craxi no paga los días de enfermedad. Por lo menos le funcionan las muñecas y las manos. «El dinero». Comprueba que la libreta de ahorros con su preciado cargamento de diez billetes de cinco libras sigue a buen recaudo en el bolsillo de su abrigo. «Todo bien». Se aleja cojeando. Reconoce a Rick «Una sola toma» Wakeman en el ventanal del café Gioconda de la acera de enfrente. A Dean le encantaría sentarse con Rick para tomar un té, fumar un cigarrillo y charlar sobre el trabajo de músico de sesión, pero los viernes por la mañana es cuando se paga el alquiler, y la señora Nevitt está esperando en su sala de estar como una araña gigante. Esta semana Dean ha ido mal de tiempo incluso para ser él. Hasta ayer no le llegó la orden de pago de Ray, y la cola para cobrarla ha sido de cuarenta minutos, de forma que ahora pasa de largo. Deja atrás Lynch & Lupton’s Music Publish­ers, donde el señor Lynch le dijo a Dean que todas sus canciones eran una mierda, salvo unas cuantas que eran tontas. Deja atrás Alf Cummings Music Management, donde Alf Cummings le puso la mano gordezuela en el interior del muslo y le murmuró: «Los dos sabemos qué puedo hacer yo por ti, hermosura: la pregunta es qué vas a hacer tú por mí». Y deja atrás Fungus Hut Studios, donde Dean tenía que grabar una maqueta con Battleship Potemkin antes de que lo echaran de la banda.

—AYUDA, por favor, tengo… —Un hombre de cara roja agarra a Dean del cuello del abrigo y gruñe—. Tengo… —Se dobla por la mitad de dolor—. Me está matando…

—A ver, colega, siéntate en este escalón. ¿Dónde te duele?

Al hombre le sale saliva de la boca torcida.

—El pecho…

—De acuerdo, pues. Vamos a, hum… buscar ayuda.

Mira alrededor, pero la gente pasa a toda prisa, con el cuello de la chaqueta subido, la gorra calada y evitando mirarlos.

El hombre gimotea y se apoya en Dean.

—Aaaa-aaagh.

—Colega, creo que necesitas una ambulancia, o sea…

—A ver, ¿qué problema hay? —les dice un transeúnte de la edad de Dean, con el pelo corto y un cómodo abrigo de lana. El recién llegado le afloja la corbata al hombre desplomado y le mira a los ojos—. Me llamo Hopkins. Soy médico. Diga que sí con la cabeza si me entiende, señor.

El hombre hace una mueca, traga saliva y consigue asentir con la cabeza, una vez.

—Bien. —Hopkins se vuelve hacia Dean—. ¿Este señor es su padre?

—No, no lo había visto en mi vida. Dice que le duele el pecho.

—El pecho, ¿eh? —Hopkins se saca un guante y le palpa al hombre una vena del cuello—. Tiene mucha arritmia. Señor, creo que está sufriendo usted un ataque al corazón…

El hombre abre mucho los ojos; una nueva punzada de dolor le obliga a cerrarlos.

—El café tiene teléfono —dice Dean—. Voy a llamar al nueve nueve nueve.

—No llegarán a tiempo —dice Hopkins—. El tráfico en Charing Cross Road es infernal. ¿Conoce por casualidad la calle Frith?

—Pues sí, y allí hay una clínica, a la altura de Soho Square.

—Exacto. Corra para allá todo lo deprisa que pueda, dígales que hay un tipo que está teniendo un ataque al corazón delante del estanco de la calle Denmark y que el doctor Hopkins necesita una camilla, volando. ¿Está claro?

«Hopkins, calle Denmark, camilla».

—Está claro.

—Así me gusta. Yo me quedo aquí para administrarle primeros auxilios. Ahora corra como alma que lleva el diablo. Este pobre desgraciado depende de usted.

Dean corre por Charing Cross Road, toma la calle Manette, pasa por delante de la librería Foyles y se mete por el callejón de debajo del pub Pillars of Hercules. Su cuerpo se ha olvidado del dolor de la caída que acaba de tener hace un momento. Pasa junto a unos barrenderos que están vaciando cubos de basura en un camión en la calle Greek, llega corriendo por el medio de la calzada hasta Soho Square, donde provoca una desbandada de palomas, está a punto de perder el equilibrio por segunda vez cuando dobla la esquina para tomar la calle Frith y sube dando brincos las escaleras de la clínica hasta llegar a la recepción, donde hay un conserje leyendo el Daily Mirror. MUERE DONALD CAMPBELL, reza la portada. Dean suelta su mensaje entre jadeos:

—Me manda el doctor Hopkins… Ataque al corazón… en la calle Denmark… necesita camilla… cagando leches…

El conserje baja el periódico. Tiene migas de bollo pegadas al bigote. Parece indiferente.

—Se está muriendo un hombre —declara Dean—. ¿No me ha oído?

—Claro que sí. Me estás gritando en la cara.

—¡Pues mande ayuda! Esto es un puñetero hospital, ¿no?

El conserje suelta un gruñido fuerte y profundo.

—Antes de encontrarte con ese tal «doctor Hopkins» has sacado una suma grande de dinero del banco, ¿verdad que sí?

—Sí. Cincuenta libras. ¿Y qué?

El conserje se sacude unas migas de la solapa.

—¿Y todavía estás en posesión de ese dinero, hijo?

—Está aquí. —Dean rebusca la libreta de ahorros en el abrigo. No está. «Pero tiene que estar». Prueba en los otros bolsillos. Pasa chirriando un carrito. Hay un niño berreando a pleno pulmón—. Mierda… Se me debe de haber caído cuando venía…

—Lo siento, hijo. Has sido víctima de un timo.

Dean recuerda que el hombre se le cayó contra el pecho…

—No. No. Era un ataque al corazón de verdad. Apenas se tenía en pie. —Se vuelve a mirar los bolsillos. El dinero sigue sin estar.

—Es un triste consuelo —dijo el conserje—, pero eres el quinto que nos llega desde noviembre. Ha corrido la voz. Todos los hospitales y clínicas del centro de Londres han dejado de mandar camillas para ese tal «Hop­kins». ¿Para qué? Nunca hay nadie cuando llegan.

—Pero es que… —Dean siente una náusea—. Pero es que…

—¿Vas a decir que no parecían carteristas?

Era lo que Dean iba a decir.

—¿Cómo sabían que llevaba dinero encima?

—¿Qué harías si fueras en busca de una billetera bien abultada?

Dean lo piensa. El banco.

—Me han vigilado mientras sacaba el dinero. Y me han seguido.

El conserje da un bocado de salchicha en hojaldre.

—Elemental, Sherlock.

—Pero… la mayor parte de ese dinero era para pagar el bajo, y… —Dean se acuerda de la señora Nevitt—. Oh, mierda. El resto era mi alquiler. ¿Cómo pago el alquiler?

—Puedes denunciar el robo en comisaría, pero no te hagas demasiadas ilusiones. Para la pasma, el Soho está rodeado de letreros que dicen: «Abandonad la esperanza quienes aquí entráis».

—Mi casera es una puta nazi. Me va a echar a la calle.

El portero da un sorbo de té.

—Dile que has perdido el dinero intentando ser un buen samaritano. Quizá le des lástima. ¿Quién sabe?

La señora Nevitt está sentada junto al ventanal. La salita huele a humedad y a grasa de beicon. La chimenea parece cegada con tablones. La casera tiene el libro de contabilidad abierto encima del escritorio. Sus agujas de tejer hacen clic-clic. Del techo cuelga una lámpara de araña que jamás se enciende. El antiguo estampado floral del papel de las paredes se ha hundido en una tiniebla selvática. Las fotografías de los tres maridos muertos de la señora Nevitt echan chispas con los ojos desde sus marcos dorados.

—Buenos días, señora Nevitt.

—Yo no diría tanto, señor Moss.

—Sí, bueno, hum… —Dean tiene la garganta seca—. Me han robado.

Las agujas de tejer se detienen.

—Qué desgracia.

—Lo es, y mucho. He sacado el dinero del alquiler, pero me han asaltado dos carteristas en la calle Denmark. Han debido de verme cobrar el cheque y me han seguido. Robo a plena luz del día. Literalmente.

—Ay, caramba. Qué mal trago.

«Se cree que le estoy contando un cuento chino», piensa Dean.

—Es una lástima —sigue diciendo la señora Nevitt— que no perseverara usted en Bretton’s, la Imprenta de la Corona. Aquello sí era un trabajo como Dios manda. Y en una parte respetable de la ciudad. En Mayfair no hay «atracos».

«Bretton’s era esclavitud pura y dura», piensa Dean.

—Ya se lo dije, señora Nevitt, lo de Bretton’s no funcionó.

—No es cosa mía, está claro. Lo que me concierne a mí es el alquiler. ¿Debo entender que quiere usted más tiempo para pagar?

Dean se relaja un poco.

—Pues mire, le estaría agradecidísimo.

La mujer hace un mohín con los labios y se le dilatan los orificios nasales.

—Entonces, por una vez, y solo por una vez, le extenderé el plazo para pagarme…

—Gracias, señora Nevitt. No sabe usted cuánto…

—… hasta las dos en punto. Que no se diga que no soy razonable.

«¿Me está tomando el pelo esta vieja bruja?».

—¿Las dos en punto… de hoy?

—Tiempo de sobras para que vaya usted al banco y vuelva, está claro. Pero esta vez no salga enseñando el dinero.

Dean siente frío, calor y náuseas.

—La cosa es que no me queda nada en la cuenta, pero cobro el lunes. Entonces se lo pago todo.

La casera tira de un cordel que cuelga del techo. Y saca un cartel de su escritorio: SE ALQUILA HABITACIÓN. ABSTENERSE NEGROS E IRLANDESES. RAZÓN AQUÍ.

—No, señora Nevitt, no haga eso. No hace falta.

La casera coloca el cartel en la ventana.

—¿Y dónde voy a dormir esta noche?

—Donde usted quiera. Menos aquí.

«Primero me quedo sin dinero y ahora sin habitación».

—Voy a necesitar mi depósito.

—Los inquilinos que dejan a deber el alquiler pierden el depósito. Las reglas están colgadas en todas las puertas. No le debo a usted ni un penique.

—Es mi dinero, señora Nevitt.

—Según el contrato que firmó, no.

—Pero si el martes o el miércoles ya tendrá usted un inquilino nuevo. Como muy tarde. No se puede quedar usted mi depósito. Eso es robar.

Ella sigue tejiendo.

—¿Sabe? Cuando lo conocí, ya le vi a usted pinta de arrastrado. Pero me dije a mí misma: «No, dale una oportunidad al chaval. A fin de cuentas, la Imprenta Real le ha visto talento». Así que le di una oportunidad. ¿Y qué pasó? Pues que abandonó usted Bretton’s para tocar en una «banda de pop». Se dejó el pelo largo como una chica. Se gastó todo el dinero en guitarras y en Dios sabe qué más, hasta no tener nada en caso de necesidad. Y ahora me acusa de robarle. Eso me enseñará a fiarme de mi primera impresión. El que nace en el arroyo se queda en el arroyo. Ah, señor Harris… —Aparece en la puerta de la salita el matón exmilitar que vive en casa de la señora Nevitt—. Esta… —echa un vistazo a Dean— persona se marcha. De inmediato.

—Llaves —le dice el señor Harris a Dean—. Las dos.

—¿Y qué pasa con mis cosas? ¿También las va a vender?

—Llévese sus cosas —dice la señora Nevitt—, y con viento fresco. Todo lo que quede en su habitación a las dos en punto estará en la tienda del Ejército de Salvación a las tres. Ahora váyase.

—Dios bendito, joder —masculla Dean—. Espero que se muera pronto.

La señora Nevitt finge no haberlo oído. Sus agujas hacen clic-clic. El señor Harris agarra a Dean por la parte de atrás del cuello de la camisa y lo levanta en volandas.

Dean apenas puede respirar.

—¡Me estás asfixiando, cabrón!

El exsargento saca a Dean al pasillo de un empujón.

—A tu habitación, anda. Recoge tus cosas y lárgate o te haré algo peor que asfixiarte, vago sarasa maricón…

«Por lo menos conservo el trabajo». Dean aprieta el café en la cápsula metálica, lo encaja en el hueco de la cafetera y baja la palanca. La Gaggia empieza a soltar vapor. El turno de ocho horas se le ha hecho eterno. Todavía le duele todo el cuerpo por la caída de la calle Denmark. Fuera hace una noche gélida, pero el café Etna de la esquina de las calles D’Arblay y Brewer rebosa luz, calor y bullicio. Está lleno de estudiantes y adolescentes de los barrios residenciales hablando, flirteando y discutiendo. Los mods se reúnen aquí antes de ir a los locales de música para drogarse y bailar. Hay hombres mayores bien vestidos comiéndose con la vista a jovencitas de piel suave necesitadas de un viejo forrado. Otros hombres mayores peor vestidos paran aquí para tomar un café antes de visitar un cine guarro o una casa de putas. «Debe de haber más de cien personas apelotonadas aquí —piensa Dean—, y todo quisque tiene una cama para dormir esta noche». Dean lleva desde que ha empezado su turno confiando en que pase por el café alguien que le deba un favor para poder gorronearle el sofá. A medida que pasaban las horas ha ido perdiendo la esperanza, hasta que ya no le queda ninguna. En la máquina de discos suena a todo trapo «19th Nervous Breakdown» de los Rolling Stones. Dean se sacó una vez los acordes de la canción junto con Kenny Yearwood, en los buenos tiempos de los Gravediggers. El pitorro de la Gaggia suelta un hilo de café que llena la taza hasta las dos terceras partes. Dean extrae la cápsula y vacía los posos en una cubeta. Le pasa por al lado el señor Craxi con una bandeja llena de platos sucios. «Pídele que te pague antes —se dice Dean a sí mismo por quincuagésima vez—. No tienes elección».

—Señor Craxi, ¿podría…?

El señor Craxi se gira, sin hacer caso de Dean.

—¡Pru, limpia los putos mostradores de delante, que están hechos una mierda!

Vuelve a pasar a trompicones, dejando ver a un cliente sentado a la barra, entre el grifo de la leche fría y la cafetera. Treinta y tantos años, medio calvo, con pinta de intelectualoide, chaqueta de cuadros y gafas rectangulares a la moda con los cristales tintados de azul. «Podría ser un marica, pero en el Soho nunca se sabe».

El cliente levanta la mirada de su revista —Record Weekly— y clava los ojos en Dean, sin vergüenza alguna. Frunce el ceño como si intentara ubicarlo. Dean tiene ganas de preguntarle: «¿Tú qué coño miras?». Llegado ese punto, Dean aparta la vista y limpia la cápsula de la cafetera debajo del grifo del agua fría, sintiendo que el cliente todavía lo mira. «Debe de creer que me gusta».

Llega Sharon con la nota de otro pedido.

—Dos expresos y dos Coca-Colas para la mesa nueve.

—Dos expresos, dos Coca-Colas, mesa nueve, oído. —Dean se gira hacia la Gaggia, le da al interruptor y la espuma de leche corona el capuchino.

Sharon viene a su lado del mostrador a rellenar un azucarero.

—Siento que no puedas dormir en el suelo de mi casa, en serio.

—No pasa nada. —Dean espolvorea cacao en polvo sobre el capuchino y se lo deja en el mostrador a Pru—. Le he echado bastante morro al pedírtelo, la verdad.

—Mi casera es mitad madre superiora y mitad agente de la KGB. Si intentara colarte en la habitación, nos tendería una emboscada y diría «esto es una casa respetable y no un burdel», y me pondría de patitas en la calle.

Dean llena la cápsula del café para hacer un expreso.

—Lo entiendo. No pasa nada.

—No vas acabar durmiendo debajo de un puente, ¿verdad?

—No, claro que no. Puedo llamar a algún amigo.

Sharon sonríe.

—En ese caso… —contonea las caderas—, me alegro de que me lo hayas preguntado a mí primero. Si hay algo que pueda hacer por ti, aquí me tienes.

Dean no se siente atraído por la dulce pero gordezuela Sharon, con su cara lechosa y sus ojillos demasiado juntos… pero en el amor y en la guerra, todo vale.

—¿Me podrías prestar unas libras hasta el lunes? ¿Solo hasta que cobre?

Sharon vacila.

—Pero me tendrás que compensar, ¿de acuerdo?

«Serás descarada». Dean le dedica su media sonrisa burlona. Le quita el tapón a una botella de Coca-Cola.

—En cuanto me recupere de esta, te pagaré con unos intereses fantásticos.

Ella sonríe de oreja a oreja y Dean casi se siente culpable por lo fácil que ha sido.

—Puede que tenga unas libras en el bolso. Pero me lo tendrás que recordar cuando seas una estrella del pop millonaria.

—¡La mesa quince sigue esperando! —grita el señor Craxi con su acento cockney siciliano—. ¡Tres chocolates calientes! ¡Con malvaviscos! ¡Volando!

—Tres chocolates calientes —grita Dean a modo de respuesta.

Sharon se escabulle con la azucarera. Pru viene a recoger el capuchino para la mesa ocho y Dean pincha la nota del pedido. Ya llega a la marca de las dos terceras partes. El señor Craxi debería estar de buen humor. «Como no lo esté, voy a pringar». Empieza a preparar los expresos de la mesa nueve. El «Sunshine Superman» de Donovan toma el testigo de los Stones. Sale vapor de la Gaggia. Dean se pregunta cuántas libras debe de tener Sharon en el bolso. No las bastantes para pagarse un hotel, eso seguro. Hay la opción del YMCA de Tottenham Court Road, pero no tiene ni idea de si habrá camas libres. Y para cuando llegue allí, ya serán las diez y media. Dean repasa una vez más su lista de londinenses que (a) pueden ayudarlo, y (b) tienen teléfono. El metro cierra a medianoche, de manera que, si Dean se presenta en un portal de Brixton o de Hammersmith con el bajo y la mochila y no hay nadie en casa, se quedará tirado allí. Incluso piensa en sus viejos compañeros de banda de Battleship Potemkin, pero sospecha que ese puente ya está completamente quemado.

Dean echa un vistazo al cliente de las gafas azules. Ha cambiado el Record Weekly por un libro, Sin blanca en París y Londres. Dean se pregunta si será un beatnik. En la facultad de Bellas Artes había unos cuantos tipos con pose de beats. Fumaban Gauloises, hablaban de existencialismo y se paseaban con periódicos franceses.

—Eh, Clapton. —Pru tiene talento para los apodos—. ¿Estás esperando a que los chocolates calientes se hagan solos o qué?

—Clapton toca la guitarra solista —le explica Dean por centésima vez—. Yo soy bajista, coño. —Y ve que Pru está encantada consigo misma.

El pequeño patio trasero del Etna es un pozo de niebla sucio de hollín con espacio para unos cubos de basura y poco más. Dean ve a una rata subir por una cañería en dirección al cuadrado de nubes nocturnas sin iluminar. Da una última bocanada de humo de su último Dunhill. Ya son las diez y tanto Sharon como él han terminado su turno. Sharon se ha ido a su casa, después de prestarle a Dean ocho chelines. «Te llega para un billete de tren a Gravesend, si te falla todo lo demás». A través de la puerta de la cocina, Dean oye al señor Craxi hablar italiano con el último de sus sobrinos que ha llegado de Sicilia. El sobrino apenas habla nada de inglés, pero no hace falta hablarlo para echar cucharones de burbujeante salsa boloñesa sobre los espaguetis, el único plato que se sirve en el Etna.

Aparece el señor Craxi.

—¿Querías hablar conmigo, Moss?

Dean aplasta el cigarrillo en el suelo enladrillado. Su jefe pone mala cara. Mierda. Dean recoge la colilla.

—Lo siento.

—No tengo toda la noche.

—¿Me puede pagar ahora, por favor?

El señor Craxi se asegura de haber oído correctamente.

—¿Pagarte «ahora»?

—Sí. Mi sueldo. Esta noche. Ahora. Por favor.

El señor Craxi pone cara incrédula.

—Los sueldos los pago el lunes.

—Sí, pero como le he dicho antes, me han robado.

La vida y Londres han vuelto desconfiado al señor Craxi. O quizá ya nació así.

—Es muy mala suerte. Pero siempre pago los lunes.

—No se lo pediría si no estuviera desesperado. Pero no he podido pagar el alquiler, así que mi casera me ha echado. Por eso tengo la mochila y el bajo en el armario para empleados.

—Ah, pensaba que te ibas de vacaciones.

Dean le dedica una sonrisa forzada, por si ha sido una broma.

—Ojalá. Pero no, de verdad que necesito mi sueldo. Para coger una habitación en el YMCA o algo parecido.

El señor Craxi se lo piensa.

—Estás con la mierda al cuello, Moss. Pero la has cagado tú y es tu mierda. Siempre pago los lunes.

—¿Y no me puede prestar un par de libras? ¿Por favor?

—Tienes tu guitarra. Ve a la casa de empeños.

«Es como hablar con la pared», piensa Dean.

—En primer lugar, no he pagado el último plazo, o sea que el bajo no es mío y no lo puedo vender. El dinero que me han robado era para eso.

—Pero si has dicho que era para el alquiler.

—Una parte era para el alquiler, y la mayor parte para el bajo. Y en segundo lugar, son más de las diez de un viernes por la noche y las casas de empeño están cerradas.

—No soy tu banco. Pago los lunes. Y punto.

—¿Y cómo voy a venir a trabajar el lunes si tengo neumonía doble por haber dormido todo el fin de semana en Hyde Park?

Al señor Craxi le tiembla la mejilla.

—Si no estás aquí el lunes, no pasa nada. No te pago y santas pascuas. Los papeles del despido y ya está. ¿Entendido?

—¿Qué diferencia hay entre pagarme ahora y pagarme el lunes? ¡Si ni siquiera trabajo este fin de semana, joder!

El señor Craxi se cruza de brazos.

—Moss, estás despedido.

—¡Anda ya, joder! No me puede hacer esto, hostia.

Un dedo corto y grueso golpea a Dean en el plexo solar.

—Muy fácil. Ya está hecho. Vete.

—No. —«Primero el dinero, luego la habitación y ahora el trabajo»—. No. No. —Dean aparta de una palmada el dedo de Craxi—. Me debe usted cinco días de paga.

—Demuéstralo. Denúnciame. Contrata a un abogado.

Dean se olvida de que mide metro setenta en vez de dos metros y le grita a la cara a Craxi:

—ME DEBES CINCO DÍAS DE PAGA, PUTO LADRÓN SINVERGÜENZA.

—Ah, sí, sí, te los debo. Pues ten, te pago mi deuda.

Un puñetazo tremendo se hunde en el vientre de Dean. Dean se encoge sobre sí mismo y se desploma de espaldas, ahogándose y aturdido. «La segunda vez en lo que va de día». Un perro ladra. Dean se levanta, pero Craxi ya no está y en la puerta de la cocina aparecen dos sobrinos sicilianos. Uno le trae el Fender y el otro la mochila. Lo sacan a rastras de la cafetería. Los Kinks están cantando «Sunny Afternoon» en la máquina de discos. Dean echa un último vistazo atrás. Craxi lo fulmina con la mirada desde la caja, cruzado de brazos.

Dean le hace una peineta a su exjefe.

Craxi hace un gesto de degüello con el dedo.

En la calle D’Arblay, y sin ningún sitio adonde ir, Dean repasa mentalmente las consecuencias más probables que tendría tirar medio ladrillo contra el escaparate de la cafetería. Un calabozo resolvería su problema de alojamiento inmediato, pero tener antecedentes criminales no le iría bien a largo plazo. Va a la cabina que hay en la esquina. El interior está cubierto de papeles con nombres y números de teléfono de chicas pegados con cinta adhesiva. Deja el Fender a su lado y la mochila de tal manera que aguante la puerta de la cabina entreabierta. Saca una moneda de seis peniques y ojea su pequeña agenda telefónica negra. «Se ha mudado a Bristol… Todavía le debo cinco libras… Ya no está…», Dean encuentra el número de Rod Dempsey. No conoce bien a Rod, pero es de Gravesend como él. El mes pasado abrió en Camden una tienda de chaquetas y accesorios para motoristas. Dean marca su número, pero no contesta nadie.

«¿Y ahora qué?».

Dean sale de la cabina. La niebla helada desdibuja los contornos, emborrona las caras de los transeúntes, difumina las luces de neón —¡CHICAS! ¡CHICAS! ¡CHICAS!— y le llena los pulmones a Dean. Tiene quince chelines con tres peniques y dos formas posibles de gastarlos. Puede ir por la calle D’Arblay hasta Charing Cross Road, allí tomar un autobús que lo lleve a la estación de London Bridge y por último un tren a Gravesend; en Gravesend puede despertar a Ray, Shirl y a su hijo, confesarles que le han mangado las cincuenta libras que tanto le costaron ganar a Ray —y de las que Shirl no sabe nada— a los diez minutos de cobrar el cheque y preguntarles si puede quedarse a dormir en el sofá. Pero tampoco es cuestión de quedarse allí para siempre.

«¿Y mañana qué?». ¿Volver a casa de la abuela Moss y Bill? Con veintitrés años. Y esa misma semana llevar de nuevo el Fender a Selmer’s Guitars y suplicar que le devuelvan una parte de lo que ya ha pagado. Menos el desgaste del uso. Descanse en paz, Dean Moss el músico profesional. Harry Moffat se enterará, claro. «Y se partirá de la risa».

O bien… Dean contempla la calle Brewer, con sus clubes, luces, bullicio, cabinas de peep-show, salones de juegos recreativos, pubs… «Puedo tirar los dados por última vez». Goof quizá esté en el Coach and Horses. Nick Woo suele estar en el club Mandrake los viernes. Al está en el Bunjie’s de la calle Litchfield. Quizá Al le deje dormir en su suelo hasta el lunes. Mañana buscará otro trabajo en alguna cafetería. Si puede ser, lejos del Etna. «Puedo sobrevivir comiendo pan con Marmite hasta que me vuelvan a pagar».

Pero… ¿qué más da que la fortuna ayude a los prudentes? ¿Qué pasa si Dean tira esos dados por última vez, se gasta el dinero en entrar en un club y camelarse a alguna pija con piso propio y luego la pija se pira mientras él está en el trono? «No sería la primera vez». ¿O qué pasa si el gorila del club lo echa a patadas, borracho como un piojo, a la acera helada y salpicada de vómito a las tres de la madrugada y ya sin dinero para el tren? Entonces la única forma de volver hasta Gravesend será el coche de San Fernando. Al otro lado de la calle D’Arblay, hay un vagabundo hurgando en un cubo de basura a la luz de una lavandería automática. «Quizá él también tiró los dados por última vez…».

Dean dice en voz alta:

—¿Y si mis canciones son una mierda y una basura?

«¿Y si me estoy engañando con lo de ser músico?».

A Dean le toca decidir. Vuelve a sacar la moneda de seis peniques.

«Si sale cara, la calle D’Arblay y Gravesend».

«Si sale cruz, la calle Brewer, el Soho y la música».

Dean lanza la moneda al aire…

—Perdona, ¿eres Dean Moss? —La moneda cae en la alcantarilla y desa­parece. «¡Mis seis peniques!». Dean se da la vuelta para ver al posible beatnik marica del mostrador del Etna. Lleva un gorro de piel, en plan espía ruso, aunque su acento suena americano—. Caray, perdón, te he hecho perder la moneda…

—Pues sí, carajo.

—Un momento, aquí está, mira… —El desconocido se agacha y saca la moneda de Dean de una grieta—. Aquí la tienes.

Dean se la guarda en el bolsillo.

—¿Y tú quién eres?

—Me llamo Levon Frankland. Nos conocimos en agosto, en el backstage del Odeon de Brighton. En el festival Future Stars Revue. Yo estaba de mánager de los Great Apes. O lo intentaba. Tú estabas con Bat­tleship Potemkin. Tocasteis «Dirty River». Gran tema.

Dean desconfía de los elogios, sobre todo cuando vienen de un posible marica. Por otro lado, este posible marica es mánager de músicos, y últimamente Dean ha estado muy necesitado de elogios de cualquier clase y por parte de cualquiera.

—«Dirty River» es mía. La escribí yo.

—Eso tengo entendido. También tengo entendido que los Potemkin y tú os separasteis.

Dean tiene la punta de la nariz helada.

—Me echaron. Por «revisionismo».

Levon Frankland se ríe expulsando jirones de nubes de aliento helado.

—Por lo menos no fue por «diferencias artísticas».

—Escribieron una canción sobre el Camarada Mao y les dije que era una mierda como un piano. El estribillo decía: «Chairman Mao, Chairman Mao, your red flag’s not a holy cow».[1] No es broma.

—Estás mejor sin ellos. —Frankland saca un paquete de Rothmans y le ofrece un pitillo a Dean.

—Estoy en la puñetera ruina sin ellos. —Dean coge un cigarrillo con los dedos entumecidos—. En la ruina y con la mierda hasta el cuello.

Frankland le enciende el cigarrillo a Dean y se enciende el suyo con un Zippo pijo.

—No he podido evitar oír lo que pasaba… —Señala con la cabeza al Etna—. ¿O sea que no tienes donde pasar la noche?

Pasa desfilando por la calle un pelotón de mods con sus galas de viernes noche. Colocados de speed y rumbo al Marquee, supone Dean.

—Pues no.

—Tengo una propuesta —decide Frankland.

Dean tiembla.

—¿Ah, sí? ¿Qué clase de propuesta?

—Esta noche toca una banda en el 2i’s. Me gustaría saber tu opinión como músico sobre su potencial. Si te apuntas, puedes dormir en mi sofá. Mi piso está en Bayswater. No es el Ritz, pero hace menos frío que debajo del puente de Waterloo.

—¿No eras el mánager de los Great Apes?

—Ya no. Diferencias artísticas. Estoy… —se oyen un ruido de cristales rotos y una risa diabólica— buscando nuevos talentos.

Dean se siente tentado. Dormirá seco y caliente. Mañana podrá gorronear un poco de desayuno, limpiarse y repasar su pequeña agenda negra. Frankland debe de tener teléfono. «El problema es qué pasa si el salvavidas tiene precio».

—Si te sientes vulnerable en mi sofá —parece que a Levon le hace gracia la situación—, puedes dormir en mi bañera. Hay pestillo en la puerta.

«Así que es marica —comprende Dean— y sabe que lo he adivinado… Pero si a él no le molesta, ¿por qué me va a molestar a mí?».

—El sofá me va bien.

El sótano del 2i’s Coffee Bar del 59 de la calle Old Compton es un tugurio oscuro, húmedo y caluroso. Sobre el escenario hecho con tablones y cajas de leche cuelgan dos bombillas desnudas. Las paredes exudan humedad y el techo gotea. Sin embargo, hace solo cinco años, el 2i’s era uno de los escaparates de músicos nuevos más de moda del Soho: en él empezaron sus carreras Cliff Richard, Hank Marvin, Tommy Steele y Adam Faith. Esta noche el escenario lo ocupa la banda Archie Kinnock’s Blues Cadillac, que se compone de Archie Kinnock a la voz y la guitarra rítmica; Larry Ratner, bajista; un tipo con chaleco que toca una batería demasiado grande para el escenario; y un guitarrista alto y flaco de aspecto extravagante, piel rosada, pelo rojizo y ojos rasgados. Están tocando el viejo éxito de Archie Kinnock «Lonely as Hell». Al cabo de un rato Dean puede ver que el Blues Cadillac está perdiendo no una rueda, sino dos. Archie Kinnock está borracho, drogado o ambas cosas. Se dedica a gemir lamentaciones blueseras por el micro —«I’m looo-ooonely as hell, babe, looo-ooonely as hell»—,[2] pero no para de cagarla con la guitarra. Larry Ratner, entretanto, va retrasado. Sus coros —«You’re loooooonely as well, babe, you’re looo-ooo-ooo-ooonely as well»—[3] están desafinados, y no en el buen sentido. En mitad de la canción le ladra al batería: «¡Más rápido, hostia!». El batería frunce el ceño. El guitarrista se marca un solo, aguantando una nota temblorosa y zumbante durante tres compases antes de volver al riff hastiado. Archie Kinnock reanuda la parte rítmica, ciñéndose a la melodía de fondo del mi-la-sol mientras el guitarra solista recoge la melodía y la invierte cautivadoramente. El segundo solo impresiona a Dean todavía más que el primero. La gente estira el cuello para ver cómo los dedos del guitarrista vuelan, pulsan, pinzan, resbalan y aporrean de lado a lado del mástil.

«¿Cómo lo hace?».

Al «I’m Your Hoochie Coochie Man» de Muddy Waters lo sigue un éxito menor de Archie Kinnock, «Magic Carpet Ride», que a su vez da paso a «Green Onions» de Booker T and the MG’s. El guitarrista y el batería tocan con brío acelerado, mientras que los dos veteranos, Kinnock y Ratner, lastran a la banda. El líder termina el primer set saludando al medio centenar de asistentes como si acabara de hacer que se viniera abajo el Albert Hall. «¡Londres, soy Archie Kinnock y he vuelto! Enseguida volvemos para la segunda parte, ¿de acuerdo?». Los Blues Cadillac se retiran al búnker semisoterrado que hay a un costado del escenario del 2i’s. Suena «I Feel Free» de Cream por unos altavoces con sonido a lata y la mitad del público sube cansinamente las escaleras para comprarse Coca-Colas, zumos de naranja y cafés.

—¿Y bien? —le pregunta Frankland a Dean.

—Me has traído para ver al guitarrista, ¿verdad?

—Correcto.

—Es bastante bueno.

Levon pone cara de «¿Eso es todo?».

—Es la hostia. ¿Quién es?

—Se llama Jasper de Zoet.

—Joder. En mi pueblo te linchan por menos de eso.

—Padre holandés y madre inglesa. Solo lleva seis semanas en Inglaterra, así que todavía se está instalando. ¿Quieres un chorrito de bourbon en esa Coca-Cola?

Dean extiende su botellín y recibe un buen chorro.

—Chin-chin. Pues se está echando a perder tocando con Archie Kinnock.

—Lo que te pasaba a ti con Battleship Potemkin.

—¿Quién es el batería? También es bueno.

—Peter Griffin. «Griff». De Yorkshire. Se curtió en el circuito de jazz del norte, tocando en la banda de Wally Whitby.

—¿Wally Whitby el trompetista de jazz?

—El mismísimo. —Levon da un trago de su petaca.

—¿Y Jasper no-sé-cuántos compone además de tocar? —pregunta Dean.

—Parece que sí. Pero Archie no le deja tocar sus temas.

Dean siente una punzada de celos.

—Tiene talento de verdad.

Levon se seca el ceño reluciente con un pañuelo a topos.

—Estoy de acuerdo. Pero también tiene un problema. Por un lado, va demasiado a la suya para encajar en algo ya montado como la banda de Archie Kinnock; por otro lado, tampoco es un artista en solitario. Necesita un grupo de compañeros elegidos personalmente que tengan el mismo talento, que lo estimulen y se dejen estimular por él.

—¿Qué banda tienes en mente?

—Todavía no existe. Pero creo que estoy viendo a su bajista.

Dean suelta un soplido de burla.

—Ya, claro.

—Lo digo en serio. Estoy montando una banda. Y estoy empezando a pensar que Jasper, Griff y tú quizá tengáis esa química mágica.

—¿Estás de coña o qué?

—¿Tengo pinta de estarlo?

—No, pero… ¿qué han dicho ellos?

—Todavía no se lo he propuesto. Tú eres la primera pieza del puzle, Dean. Hay muy pocos bajistas que puedan ser lo bastante rápidos para Griff y lo bastante creativos para Jasper.

Dean le sigue el juego:

—¿Y tú serías el mánager?

—Obviamente.

—Pero Jasper y Griff ya están en una banda.

—Blues Cadillac no es una banda. Es un perro que agoniza. Lo más caritativo sería acabar con su sufrimiento.

Una gota de humedad del techo encuentra el pescuezo de Dean.

—Su mánager no estará de acuerdo.

—El exmánager de Archie se escapó con la hucha, así que ahora el puesto lo ocupa Larry Ratner. Que tiene tanto de mánager como yo de saltador con pértiga.

Dean da un trago de su bourbon con Coca-Cola.

—Entonces ¿esto es una oferta?

—Es una propuesta.

—¿No deberíamos hacer una prueba, por lo menos, antes de… —Dean se detiene justo antes de decir «consumar el acto»— decidir nada?

—Está claro. El destino ha querido que tengas aquí tu bajo y a un público ya animado. Lo único que necesito es que me digas que sí.

«¿De qué está hablando?».

—Esto es el concierto de Archie Kinnock. Y ya tiene bajista. Aquí no podemos hacer una audición.

Levon se quita las gafas azules y empieza a limpiar los cristales.

—Pero la respuesta a la pregunta «¿Te gustaría hacer una prueba con Jasper y Griff?» es sí, ¿verdad?

—Bueno, sí, supongo, pero…

—Vuelvo dentro de unos minutos. —Frankland se pone las gafas—. Tengo una cita. No tardo apenas.

—¿Una cita? ¿Ahora? ¿Con quién?

—Con las malas artes.

Mientras espera a que vuelva Levon Frankland, Dean se queda en la esquina vigilando su bajo y su maleta. Suena el «Sha-La-La-La-Lee» de los Small Faces. Dean está pensando que la letra podría ser mejor cuando oye una voz conocida que lo llama: «¡Moss!». Dean reconoce la nariz ganchuda, los ojos muy abiertos y la sonrisa panoli de su amigo de la facultad de Bellas Artes Kenny Yearwood.

—¡Kenny!

—O sea que estás vivo. Dios, te ha crecido el pelo.

—El tuyo se ha acortado.

—Se llama «Tener un trabajo de verdad». No puedo decir que me entusiasme. ¿Volviste a Gravesend por Navidad? No te vi en el Captain Marlow.

—Sí, pero tenía gripe, así que me quedé en casa de mi abuela. No llamé a nadie de la antigua pandilla. —«Mejor dicho, no tuve valor para ver a la antigua pandilla».

—¿Y todavía estás con Battleship Potemkin? He oído rumores de que os ha fichado la EMI o algo así.

—Qué va, se fue todo a la mierda. Me fui de la banda en octubre.

—Ah. Bueno, hay bandas a punta de pala, ¿no?

—Esperemos que sí.

—Entonces ¿ahora con quién tocas?

—No… Hum… Bueno… Más o menos. Ya veremos.

Kenny espera a que Dean le conteste algo concreto.

—¿Estás bien? —le dice por fin.

A Dean la verdad le parece menos agotadora que mentir.

—He tenido un día de mierda, ya que me lo preguntas. Esta mañana me han atracado.

—Hostia puta, Moss.

—Me han asaltado seis cabrones. Les he conseguido arrear un par de buenos puñetazos, pero se me han llevado la pasta del alquiler; todo el dinero que tenía, de hecho, así que mi casera me ha echado. Y para rematarlo, me han despedido de la cafetería donde trabajaba. Así que me encuentras con la mierda hasta el cuello, amigo mío.

—¿Y dónde vas a dormir?

—En el sofá de alguien, hasta el lunes.

—¿Y después del lunes?

—Ya me saldrá algo. Pero no se lo cuentes a nadie de Gravesend, ¿vale? La gente es muy cotilla y se acabarían enterando la abuela Moss y Bill y mi hermano, y se preocuparían…

—Sí, claro, pero escucha. Ten un adelanto hasta que te recuperes. —Kenny saca la billetera y le mete algo a Dean en el bolsillo—. No te estoy metiendo mano, te acabo de pasar cinco libras.

Dean se queda abochornado.

—Colega, no te estaba intentando sablear. No era…

—Ya sé, ya sé. Pero si la situación fuera al revés, tú harías lo mismo por mí, ¿verdad?

Dean se plantea devolverle el dinero, pero solo durante tres segundos. Con cinco libras puede comer durante dos semanas.

—Joder, Kenny, no sé cómo darte las gracias. Te lo devolveré.

—Ya lo sé. Pero antes consigue tu contrato discográfico.

—No me olvidaré. Te lo juro por Dios. Gracias. Te…

Se oyen gritos y chillidos. Aparece un hombre abriéndose paso a empujones, derribando a gente del público a diestra y siniestra. Kenny lo esquiva haciéndose a un lado y Dean al otro. Es Larry Ratner, el bajista de Blues Cadillac, que va disparado hacia las escaleras… y lo persigue Archie Kinnock, que ahora tropieza con el estuche caído del bajo Fender de Dean. Aterriza en una posición extraña y se golpea la cabeza contra el suelo de cemento. Ratner llega a los empinados escalones y se pone a subirlos a brincos, de dos en dos, abriéndose paso por entre los clientes sobresaltados del 2i’s. Archie Kinnock se pone de pie —con la nariz medio aplastada— y grita escaleras arriba:

—¡Te voy a arrancar el corazón, hostia! ¡Igual que me lo has arrancado tú a mí! —Luego se pone a subir las escaleras dando tumbos detrás de su compañero de banda y desaparece también.

Todo el mundo mira a todo el mundo.

—¿Qué coño acaba de pasar? —pregunta Kenny.

Dean le hace unos retoques a la amenaza de Archie y se la guarda para usarla: «I’m gonna rip-rip-rip your heart out, just like you ripped mine».[4]

Aparece Levon Frankland.

—Caray, ¿habéis visto eso?

—Imposible no verlo. Levon, este es Kenny, amigo mío de bellas artes. Estuvimos juntos en una banda hace mil años.

—Encantado, Kenny. Soy Levon Frankland. Confío en que hayáis podido esquivar los huracanes Kinnock y Ratner.

—Sí —dice Kenny—. Por un pelo. Pero ¿qué ha pasado?

Frankland se encoge teatralmente de hombros.

—Solo conozco rumores, cotilleos y habladurías. ¿Y quién escucha esas cosas?

—¿Rumores, cotilleos y habladurías sobre qué? —insiste Dean.

—Sobre Larry Ratner, la mujer de Archie Kinnock y ciertas irregularidades financieras.

Dean decodifica la frase:

—¿Larry se estaba trajinando a la mujer de Archie Kinnock?

—Por cada cosa que sabemos hay cien que no sabemos.

—¿Y Archie Kinnock se acaba de enterar? —pregunta Kenny—. ¿Ahora mismo? ¿En mitad de un bolo?

Levon pone cara pensativa y sombría.

—Supongo que eso explicaría su furia homicida. ¿A vosotros qué os parece?

Antes de que Dean pueda seguir analizando las implicaciones de lo sucedido, ve pasar a todo gas a Oscar Morton —el mánager engominado y con ojos de búho del 2i’s— rumbo al búnker semisoterrado.

—¿Te importa guardarle la mochila un momento a Dean, Kenny? —le pregunta Levon—. Puede que nos necesiten a él y a mí.

—Eh… claro. —Kenny parece igual de confundido que Dean.

El mánager agarra a Dean del brazo y se lo lleva tras los pasos de Oscar Morton.

—¿Adónde vamos? —pregunta Dean.

—Oigo algo que llama. ¿Tú no?

—¿Algo que llama? ¿El qué?

—La oportunidad.

El búnker semisoterrado huele a desagües. Oscar Morton está interrogando a los dos miembros que quedan de Blues Cadillac y no ve que Dean y Frankland se cuelan por la puerta. Jasper de Zoet está en una silla baja, con la Stratocaster sobre el regazo. Griff el batería está cabreado.

—Espero que se tiren por el barranco más cercano. Rechacé dos semanas en el Winter Gardens de Blackpool por esta puta mierda.

El mánager del 2i’s se dirige a Jasper de Zoet.

—¿Van a volver?

—Pues no lo sé. —De Zoet habla con acento pijo y tono indiferente.

—Pero ¿qué ha pasado? —pregunta Morton.

—Ha sonado el teléfono. —Griff señala el teléfono negro que hay sobre la mesa—. Kinnock lo ha cogido. Se ha quedado escuchando, con el ceño fruncido, un minuto más o menos. Se le ha puesto cara de puto asesino. Y ha mirado a Ratner. He pensado: «Uy, aquí algo va mal», pero Ratner no se ha dado cuenta. Estaba cambiando las cuerdas del bajo. Cuando quien sea que ha llamado ha terminado, Kinnock ha colgado sin decir nada y ha mirado a Ratner, que por fin se ha dado por aludido y le ha dicho a Kinnock que tenía pinta de haberse cagado en los pantalones. Kinnock le ha preguntado a Ratner en voz muy baja: «Te estás tirando a Joy? ¿Y os habéis comprado un piso juntos con el dinero de la banda?».

—¿Quién es Joy? —pregunta Oscar Morton—. ¿La novia de Archie?

—La señora Joy Kinnock —contesta Griff—. La mujer de Archie.

—Anda, qué bien —dice Morton—. ¿Y qué ha dicho Larry?

—Nada —contesta Griff—. Así que Kinnock ha dicho: «O sea que es verdad». Y Ratner se ha puesto a farfullar que estaban esperando el momento oportuno para contárselo, y que el piso era una inversión para la banda, y que no puedes elegir de quién te enamoras. En cuanto ha pronunciado la palabra «enamorarse», Kinnock se ha puesto en plan Increíble Hulk y… lo habéis visto ahí fuera, ¿no? Si Ratner no hubiera estado sentado al lado de la puerta y no se hubiera escapado, seguramente ya estaría muerto.

Oscar Morton se masajea las sienes.

—Pero ¿quién ha llamado?

—Ni idea —dice Griff.

—¿Podéis tocar el segundo pase los dos solos?

—No digas chorradas, hombre —contesta el batería.

—¿Blues eléctrico sin bajo? —Jasper pone cara de no verlo claro—. Sonaría monodimensional. ¿Y quién tocaría la armónica?

—Blind Willie Johnson solo tenía una acústica hecha polvo —dice Oscar Morton—. Ni amplis ni batería ni nada.

—Si quieres que me vaya, me pagas y ya está —dice el batería.

—Acordé con Archie que le pagaría por noventa minutos —dice Oscar Morton—. Habéis tocado treinta. Hasta que lleguéis a los noventa, no os debo nada.

—Caballeros. —Levon levanta la voz—. Tengo una propuesta.

Oscar Morton se da la vuelta.

—¿Tú quién eres?

—Levon Frankland, de Moonwhale Music. Este es mi cliente, el bajista Dean Moss, y puede que seamos la solución.

«¿Ah, sí? —piensa Dean—. ¿En serio?».

—¿La solución a qué? —pregunta Morton.

—A su dilema —dice Levon—. Ahí fuera hay cien personas a punto de empezar a pedir a gritos que les devuelvan el dinero. Que les devuelvan el dinero, señor Morton. Los alquileres han subido. Se acercan las facturas navideñas. Lo último que necesita usted es devolver cien entradas. Y si se niega… —Levon hace una mueca de dolor—. La mitad de esos chavales van hasta las cejas de speed. La cosa se puede poner muy fea. Puede haber incluso disturbios. ¿Qué les parecerá eso a los jueces del Ayuntamiento de Westminster? Necesita inventarse usted una banda nueva. Ahora mismo.

—Y resulta que tú ya la tienes —dice Griff—, astutamente escondida en el intestino grueso, ¿verdad?

—Y resulta que la tenemos —Levon señala a los músicos—, aquí mismo. Jasper de Zoet, guitarra y voz; Peter «Griff» Griffin, batería; y les presento a Dean Moss —le da una palmada en el hombro a Dean—, prodigio del bajo, armónica y voz. Tiene su Fender y está dispuesto a tocar.

El batería mira a Dean con desconfianza.

—¿Y casualmente tienes un bajo, justo cuando se acaba de largar nuestro bajista?

—Mi bajo y todas mis posesiones terrenales. He tenido que dejar mi habitación a toda prisa hoy.

Jasper se ha mantenido extrañamente callado todo este rato, pero ahora le pregunta a Dean:

—¿Hasta qué punto eres bueno?

—Mejor que Larry Ratner —contesta Dean.

—Dean es magnífico —dice Levon—. No represento a aficionados.

El batería da una calada a su cigarrillo.

—¿Cantas?

—Mejor que Archie Kinnock —dice Dean.

—Hasta un burro canta mejor que Archie —dice Griff.

—¿Qué temas te sabes? —pregunta Jasper.

—Hum… Sé tocar «House of the Rising Sun», «Johnny B. Goode», «Chain Gang». ¿Sabéis tocar esas?

—Con los ojos vendados —dice Griff— y con una mano en el culo.

—Este local lo llevo yo —dice Oscar Morton—. Y si estos tres nunca han tocado juntos, ¿cómo sé que lo van a hacer bien?

—Sabe que lo van a hacer bien —dice Levon— porque Jasper es un virtuoso y porque Griff ha tocado con los Wally Whitby Five. En el caso de Dean va a tener que confiar en mi palabra.

El gruñido de Griff no parece transmitir desagrado. Jasper no está diciendo que no. Dean piensa: «No tengo nada que perder». A Oscar Morton se lo ve sudoroso y mareado y necesita un empujón más.

—Sé que el mundo del espectáculo está lleno de vendedores de motos —dice Levon—. Los dos hemos conocido a demasiados. Pero yo no soy uno de ellos.

El dueño del 2i’s suelta un suspiro:

—No me decepcionéis.

—No se arrepentirá usted —le promete Levon—, y por quince libras le salen regalados. —Se dirige a los músicos—. Caballeros, les toca a cuatro libras por cabeza. Mi comisión son tres. ¿Lo aceptan?

—¡Para el carro! —Oscar Morton está escandalizado—. ¿Quince libras? ¿Por tres desconocidos? ¡Estás de broma!

Levon se lo queda mirando un momento largo.

—Dean, he malinterpretado la situación. Parece que al fin y al cabo el señor Morton no quiere una solución. Vámonos antes de que se líe la de Dios es Cristo.

—¡Espera, espera, espera! —A Morton le han descubierto el farol—. No he dicho que no vaya a pagar nada. Pero a Archie Kinnock solo le pagaba doce.

Levon lo mira por encima de sus gafas azules:

—Ah, pero los dos sabemos que los honorarios de Archie Kinnock eran dieciocho libras, ¿verdad que sí?

Oscar Morton vacila durante un momento demasiado largo y pierde.

Griff pone cara sombría.

—¿Dieciocho? Archie nos dijo que eran doce.

—Por eso hay que insistir siempre en que todo esté escrito —dice Levon—. Todo lo que no esté escrito en tinta sobre papel es, de jure, igual que escribir con meados en la nieve.

Entra un segurata sudoroso.

—Están empezando a alborotar, jefe.

Les llegan gritos furiosos al búnker: «¿Dónde está la puta banda?». «¿Ocho chelines por cuatro canciones?». «¡Nos han ti-mado, nos han ti-mado, nos han ti-mado!». «¡Queremos nuestro dinero! ¡Queremos nuestro dinero!».

—¿Y ahora qué pasa, jefe? —pregunta el segurata.

—Damas y caballeros. —Oscar Morton se acerca al micro—. Debido a… —un chirrido de acople le concede a Dean unos segundos extra para comprobar los cables— circunstancias imprevistas, Archie Kinnock’s Blues Cadillac no volverá para ofrecernos el segundo pase… —El público pita y abuchea—. Pero, pero, en su lugar tenemos una actuación muy especial…

Dean afina el bajo mientras prueba los niveles del ampli de Ratner. Jasper le dice:

—Vamos en la mayor. Griff, danos un ritmo de medio galope, como hacen los Animals.

El batería asiente con la cabeza. Dean pone cara de «Si hay que hacer esto, hagámoslo». Levon está cruzado de brazos, con expresión satisfecha. «No eres tú a quien va a despedazar una horda de fans drogados de Archie Kinnock si esto sale mal», piensa Dean. Jasper le dice a Oscar Morton:

—Cuando quieras.

—El 2i’s está orgulloso de presentarles, solo por una noche, a…

Solo entonces se da cuenta Dean de que no tienen nombre.

Levon pone cara de «¡Venga, un nombre, pensad un nombre!».

Jasper mira a Dean y articula en silencio: «¿Alguna idea?».

Dean está a punto de sugerir… ¿qué? ¿Los Carteristas? ¿Los Desahuciados? ¿Los Sin Blanca? ¿Los Cualquier Nombre?

—¡Les presento —vocifera Oscar Morton— a… The Way Out!

utopia-2

A RAFT AND A RIVER

2

El Tercer Día después de la pelea, Elf tuvo que admitir que esta vez era posible que Bruce no volviera a casa. La tristeza era incesante. El cepillo de dientes de Bruce, cualquier canción que tratara de rupturas, por ñoña que fuera, o incluso la imagen de su bote de Vegemite en la despensa, ya bastaban para ponerla a berrear. Le resultaba insoportable no saber su paradero, pero le daba demasiado miedo telefonear a sus amigas para preguntarles si lo habían visto. Si no lo habían visto, les tendría que explicar por qué lo estaba preguntando. Y si lo habían visto, solo conseguiría humillarse a sí misma y avergonzarlas a ellas a base de insistir en saber hasta el último detalle doloroso.

El Cuarto Día fue a pagar la factura del teléfono antes de que se lo cortaran. Paró para tomar un café en el Etna, donde se encontró con Andy de Les Cousins. Antes incluso de que él pudiera preguntarle por Bruce, Elf le soltó que estaba visitando a unos parientes en Nottingham. La mentira la dejó horrorizada. Era patético lo deprisa que podía pasar de ser una chica moderna que no estaba dispuesta a que la trataran como a un felpudo a ser una exnovia abandonada y desconsolada. «Ex». Se sentía como Billie Holiday en Don’t Explain pero sin el glamour trágico de la adicción a la heroína.

Todo lo cual solo explicaba en parte por qué Elf estaba metiendo la llave en la cerradura de la puerta de su propio piso con sigilo de ladrona de casas. Si se daba el caso de que Bruce había vuelto a casa, no quería darle un susto y que escapara. ¿Estúpido? Sí. ¿Irracional? Sí. Pero los corazones rotos no son ni listos ni lógicos. Así pues, silenciosa como una tumba, Elf entró en su casa aquella tarde entre semana de febrero, rezando para encontrarse allí a Bruce…

Y allí estaba la maleta de Bruce. Con su abrigo, su gorro y su bufanda echados encima. Elf lo oyó en el dormitorio. Por primera vez en cuatro días consiguió respirar con normalidad. Se acercó la bufanda a la cara e inhaló su aroma a Bruce mezclado con lana y humedad. Aquellas fans flacas como Twiggy que en los conciertos de Fletcher & Holloway se dedicaban a comerse con la vista a Bruce y a fulminar con la mirada a Elf no podían estar más equivocadas. Elf no era un ave de paso en la vida de Bruce. Bruce la amaba.

—¿Canguro? ¡Estoy en casa! —dijo Elf levantando la voz, y esperó a que Bruce contestara «¡koala!» y corriera a besarla.

Pero cuando Bruce apareció, traía cara de palo. Le asomaban varios LP de la mochila.

—Pensaba que esta mañana dabas clase.

Elf no lo entendió.

—La alumna tenía gripe… pero hola.

—Solo he venido a recoger el resto de mis cosas.

Elf entendió que la maleta que había junto a la puerta no estaba llena de cosas que Bruce estuviera trayendo de vuelta, sino llevándoselas.

—Has venido cuando yo no estaba.

—Me ha parecido mejor.

—¿Dónde estás viviendo? He estado muy preocupada.

—En casa de alguien. —En tono frío, como si no fuera asunto de ella.

—¿Alguien? —Elf no pudo evitarlo. Si fuera un amigo, Bruce habría dicho un «colega»—. ¿Una chica?

Bruce suspiró como un adulto paciente.

—¿Por qué haces esto?

Elf se cruzó de brazos como una mujer agraviada.

—¿El qué?

—Eres demasiado posesiva. Así has conseguido que me marche.

—En otras palabras, «voy a hacer lo que me dé la gana, y si te quejas eres una zorra histérica», ¿no?

Bruce cerró los ojos como si tuviera migraña.

—Si me estás dejando, dime que se acabó.

—Como quieras. —Bruce la mira—. Se… acabó.

—¿Y qué pasa con el dúo? —Elf apenas podía respirar—. Toby está a punto de ofrecernos un álbum.

—No es verdad. —Bruce se lo dijo como si fuera extranjera y tuviera que dirigirse a ella levantando la voz—. No va a haber ningún álbum.

—¿No quieres hacer un álbum? —dijo Elf con voz ronca.

—A&B Records ya no quiere un álbum de Fletcher y Holloway. «Shepherd’s Crook», cito, «no ha cumplido con las expectativas». No hay álbum. Nos echan. El dúo se ha terminado.

Dos pisos más abajo, una motocicleta cruzó gruñendo la calle Livonia. Los repartidores y los maleantes la usaban como atajo.

A dos pisos de altura, Elf sintió arcadas.

—No —dijo.

—Llama a Toby si no me crees.

—¿Y qué pasa con los bolos? Andy nos ha programado a las nueve el domingo que viene en el Cousins. Y tenemos el Festival de Cambridge el mes que viene.

Bruce se encogió de hombros e hizo un mohín con los labios.

—Cancélalos, hazlos tú sola, lo que quieras. —Se puso el abrigo—. Mi bufanda.

Elf se la pasó.

—Si necesito ponerme en contacto… —empezó a decir.

Pero Bruce cerró tras de sí dando un portazo.

El piso quedó en silencio. Adiós discográfica. Adiós dúo. Adiós Bruce. Elf corrió a la cama —la cama de ella, ya no de ellos—, se encogió debajo de su manta y metida en aquel útero sin aire lloró hasta no poder más. Otra vez.

El Noveno Día, la lluvia de febrero aporrea las ventanas de imitación de estilo Tudor de la casa de los Holloway, borrando el jardín fangoso y el paisaje de Chislehurst Road. Lawrence, el novio trajeado de la hermana mayor de Elf, Imogen, se comporta de un modo raro.

—Pues, ejem… —Se arregla la corbata con los dedos—. Esto, ejem… una… un… anuncio sorpresa. —Imogen le sonríe para darle ánimos, como si Lawrence fuera un estudiante nervioso en una obra teatral navideña.

«Dios mío —piensa Elf—. Se van a prometer».

Un solo vistazo ya le dice que sus padres están al corriente.

—Aunque, bueno, para el señor Holloway no va a ser una sorpresa —dice Lawrence.

—Yo diría que ya me puedes llamar «Clive» —dice el padre de Elf—. ¿No te parece?

—No le quites protagonismo al chaval, Clive —le ordena la madre de Elf.

—No le estoy quitando protagonismo a nadie, Miranda.

—¡Dios! —Bea, la hermana pequeña de Elf, finge preocupación—. Lawrence se está poniendo morado.

Es verdad que Lawrence se está ruborizando de una forma impresionante.

—Estoy bien. No me…

—¿Llamo al nueve nueve nueve? —Bea deja su copa de champán—. ¿Estás teniendo un ataque?

—Bea. —La madre de Elf usa su voz de las advertencias—. Ya basta.

—¿Y si Lawrence entra en combustión, mamá? Hará falta algo más que bicarbonato para quitar las manchas de Lawrence de la moqueta.

Normalmente Elf le reiría la broma a su hermana, pero desde que se marchó Bruce ya nada le parece gracioso. El padre de Elf se hace cargo de la situación:

—Continúa, Lawrence, antes de que cambies de opinión y dejes de querer apuntarte a este manicomio.

—Lawrence no va a cambiar de opinión —insiste la madre de Elf—. ¿Verdad que no, Lawrence?

—Ah… oh… hum… para nada, señora Holloway.

—Si papá es «Clive» —dice Bea—, ¿no debería Lawrence llamarte «Miranda», mamá? Lo pregunto nada más.

—Bea —gime su madre—, si estas aburrida, lárgate de aquí.

—¿Y qué hay de la noticia misteriosa de Lawrence? No pasa todos los días que tu hermana se prometa. —Bea se tapa la boca con la mano—. Ay, perdón. ¿Era esa la noticia misteriosa? He dicho lo primero que me ha venido a la cabeza.

Un coche petardea en Chislehurst Road. Lawrence infla las mejillas, aliviado.

—Sí. Le he pedido a Immy que se case conmigo. Immy ha dicho…

—He dicho: «Bueno, va, si insistes…» —los informa Imogen.

—Clive y yo no podemos estar más emocionados —dice su madre.

—A menos que Inglaterra gane los Ashes —dice el padre de Elf, resucitando la brasa de su pipa. Y le dedica su guiño tontorrón a Lawrence.

—Felicidades —dice Elf—. A los dos.

—A ver ese anillo pues, hermanita —le dice Bea.

Imogen se saca una caja del bolso. Todo el mundo se acerca.

—Cáspita —dice Bea—. Este no lo regalaban con las galletas.

—Le tiene que haber costado a alguien un buen pellizco —dice el padre de Elf—. Ay, caray.

—En realidad, señor Hollo… Clive, es una herencia que me dejó mi abuela, para… —Lawrence mira cómo Imogen se lo pone—, para mi prometida.

—Qué bonito, ¿verdad? —dice la madre de Elf—. ¿Clive?

—Sí, cariño. —El padre de Elf le dedica a Lawrence una mirada traviesa—. Dos palabras mágicas que a partir de ahora vas a decir a menudo.

«Papá y mamá son un dúo —piensa Elf—, como el que éramos Bruce y yo». El duelo por «Bruce y Elf» le oprime la caja torácica. «Qué dolor».

—Venga, pues —dice la madre de Elf—. Vamos a brindar por la feliz pareja, ¿no?

Todos levantan las copas y corean:

—¡Por la feliz pareja!

—Bienvenido a los Holloway —dice Bea, con voz de película de terror de la Hammer—. Ya eres uno de nosotros… «Lawrence Holloway».

—Gracias, Bea, pero… —Lawrence dedica una mirada indulgente a su futura cuñada— no funciona exactamente así.

—Eso mismo dijeron los dos últimos —dice Bea—. Y ahora están enterrados debajo del patio. Todos los años nuestro patio se amplía un metro y la balada de asesinatos de Elf, «Los amantes de Imogen Holloway» crece una estrofa. Qué raro.

Esto arranca una sonrisa incluso a su madre, pero Elf no tiene ánimos para sumarse a ella.

—Pongamos la mesa —dice.

Bea examina a esa hermana suya a la que algo raro le pasa.

—Vale, vale —dice.

Elf ha grabado un EP en solitario, «Oak, Ash and Thorn», y un EP en dúo con Bruce, «Shepherd’s Crook», y también ha compuesto la canción «Any Way the Wind Blows» para la cantante folk americana Wanda Virtue, que la incluyó en un LP de ventas millonarias y la lanzó como single a las listas de éxitos. Con el dinero de los royalties, Elf se compró un piso en el Soho, una inversión que incluso su padre tuvo que aprobar a regañadientes. Elf puede tocar un pase de hora y media de canciones folk delante de trescientos desconocidos. Puede lidiar con los borrachos pesados del público. Puede votar, conducir, beber, fumar y tener relaciones sexuales, y ha hecho las cinco cosas. Pero cuando vuelve a la mesa del comedor de su familia, se sienta delante de la acuarela del barco Trafalgar de su tío Derek, en la que de pequeña solía intentar meterse mágicamente igual que los niños de La travesía del Viajero del Alba, o de esa muralla vestida de librea que es la Enciclopedia Británica del aparador, la identidad adulta de Elf se retira, revelando una vez más a la adolescente insegura, huraña y con granos que lleva dentro.

—Es demasiada carne para mí, papá.

—Solo son dos trozos. Te vas a quedar en los huesos.

—Estás pálida, cielo —señala la madre de Elf—. Espero que Bruce no te haya contagiado esa… enfermedad misteriosa.

—Laringitis, ha dicho el médico —vuelve a mentir Elf.

—Qué pena que se haya perdido la gran noticia de Immy y Lawrence.

Elf desconfía. Sospecha que en realidad su madre lleva un registro de todos los delitos de Bruce. Entre ellos: vivir en pecado con Elf, fomentar las ilusiones que se hace Elf de que la música es una profesión, ser un hombre con el pelo largo y ser australiano. «Se va a alegrar más de nuestra ruptura que del compromiso de Immy y Lawrence».

Fuera, la lluvia acribilla los azafranes hasta convertirlos en pulpa sedosa.

—¿Elf? —No es solo Imogen quien la está mirando, sino también todos los demás.

—Caray, perdón, estaba… —Elf estira el brazo para coger la mostaza, que no quiere—, estaba en Babia. ¿Qué decías, Immy?

—Que Lawrence y yo confiamos en que Bruce y tú nos toquéis unas cuantas canciones. En el convite de boda.

«Diles que habéis roto», piensa Elf.

—Estaremos encantados.

—De maravilla. —La madre de Elf examina los platos de la mesa—. Si todo el mundo ya tiene pudding de Yorkshire, a comer.

Se oye el tintineo de los cuchillos y los hombres sueltan gruñidos de apreciación.

—La carne está de miedo, señora Holloway —dice Lawrence—. Y la salsa es increíble.

—A Miranda le encanta cocinar con vino. —El padre de Elf vuelve a desempolvar el viejo chiste—. Alguna vez incluso lo pone en la comida.

Lawrence sonríe como si fuera la primera vez que lo oye.

—¿Seguirás dando clases después de la boda? —le pregunta Bea a Imogen.

—En Malvern ya no. Estamos buscando casa en Edgbaston.

—¿No lo echarás de menos? —pregunta Elf.

—La vida tiene capítulos —dice Imogen—. Cuando se termina uno, empieza otro.

La madre de Elf se limpia la boca con la servilleta.

—Es mejor así, cielo. No se puede hacer todo a la vez.

—Es lo más sensato —coincide el padre de Elf—. Ser ama de casa y madre es un trabajo a tiempo completo. En el banco no contratamos a mujeres casadas, por ejemplo.

—Pues yo creo —Bea hace girar el pimentero— que una política diseñada para castigar a las mujeres por casarse habría que cargársela sin pensarlo.

El padre de Elf cae en la provocación.

—Nadie está castigando a nadie. Es el simple reconocimiento de un cambio de prioridades.

Bea cae en la provocación:

—Aun así, sirve para que las mujeres terminen delante del fregadero y la plancha, pienso yo.

El padre de Elf cae en la provocación.

—No se puede cambiar la biología —dice.

—No es una cuestión de biología. —Elf cae en la provocación.

—Caray. —Su padre se hace el sorprendido—. ¿Pues entonces de qué es cuestión?

—De actitudes. Hasta hace poco las mujeres no podíamos votar, divorciarnos, tener propiedades ni ir a la universidad. Ahora sí podemos. ¿Qué ha cambiado? La biología no. Han cambiado las actitudes. Y las actitudes han cambiado la ley.

—Ah, no hay como ser joven —su padre pincha una zanahoria— y tener razón en todo porque sí.

—Tengo entendido que Bruce y tú empezaréis a trabajar en el álbum nuevo la semana que viene, ¿no, Elf? —dice Lawrence, mientras la madre de Elf sirve un cucharón de postre borracho de crema y frutas del cuenco de cristal Waterford.

—Ese era el plan, pero ha habido un… malentendido con el estudio. Por desgracia.

—¿O sea que se pospone? —Bea está confundida.

—Solo una semana o dos. —Elf odia mentir.

—¿Qué clase de «malentendido con el estudio»? —El padre de Elf frunce el ceño.

—Parece que reservaron las mismas fechas a dos bandas —dice Elf.

—Pues menuda chapuza, digo yo. —La madre de Elf le pasa el cuenco del borracho al padre de Elf—. ¿No podéis cambiar de estudio?

«No solo odio mentir —piensa Elf—, también lo hago fatal».

—Supongo que sí, pero nos cae bien el técnico de Regent y conocemos el equipo.

—Los de Olympic lo hicieron de maravilla con «Shepherd’s Crook» —dice Imogen.

—De maravilla —ratifica Lawrence, como si supiera algo de grabaciones.

Elf se imagina a la pareja recién comprometida dentro de treinta años, convertida en Clive y Miranda Holloway. Una parte de ella se estremece; otra parte le envidia a Imogen la claridad de su vida futura.

—Si todo el mundo ya tiene borracho —la madre de Elf examina la mesa—, a comer.

—¿Cómo os conocisteis Bruce y tú, Elf? —pregunta Lawrence.

«Prefiero arrancarme los riñones que contestar esa pregunta —piensa Elf—, pero si no contesto adivinarán que hay algún problema y mamá me sacará toda la sórdida historia».

—En los camerinos de un club de folk de Islington. Hace dos navidades. Por entonces no se conocía la música folk australiana, así que todo el mundo tenía curiosidad por ir a escuchar a Bruce. Después del concierto le pregunté cómo afinaba los acordes, y él me preguntó por una balada irlandesa que había cantado yo… —«Y entonces nos fuimos a la habitación que le habían prestado al lado del Camden Lock y para cuando llegó Año Nuevo yo ya lo quería tan arrebatadamente y tan perdidamente como una chica de canción folk, y él me quería igual. O eso pensaba yo. Pero quizá solo me vio como una forma de dejar atrás el dormir en sofás de colegas y el servir cañas en Earls Court. No lo sabré nunca. Hace nueve días me tiró como si fuera un pañuelo de papel usado…». Elf se obliga a sonreír—. Es mucho más romántica la historia de cómo os conocisteis Immy y tú en las colonias cristianas.

—Pero vosotros sois músicos con discos grabados. —Lawrence se dirige a la madre de Elf—. ¿Cómo es eso de tener una hija famosa, Miranda?

La madre de Elf se termina el vino.

—Pues me preocupa su futuro, claro. Los cantantes pop son flor de un d

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