La conjura de la niebla

Ángela Banzas

Fragmento

Madrugada del 28 de febrero de 1990

Illa de Cruces

(Ría de Arousa)

Siempre supo que iba a suceder. No sabía cómo ni tampoco cuándo, pero sabía que el mal vivía en la niebla y se alimentaba del pueblo.

El silencio y la oscuridad de la noche cubrían las únicas dos ventanas de su casa. Cuatro paredes que eran el refugio en el que había nacido seis décadas atrás y que, siendo solo una parte de su hogar, era el lugar que le daba seguridad en el paraíso natural que escondía la isla. Sin duda una casa modesta, casi destartalada, protegida por la arboleda que sombreaba verdes piedras en medio de una ría privilegiada.

En una silla de enea, con los ojos cerrados y las puntas de los dedos sobre sus sienes, el hombre inspiraba y estiraba párpados a un tiempo para después constreñir el gesto en una mueca a medio camino entre el dolor y el miedo.

No era la primera vez que lo sentía, ya había sucedido antes, pero aquella noche el silencio en su cabeza susurraba peligros con nombre y la oscuridad adoptaba formas que tenían rostro.

Sin estar muy lejos de ese día, guardaba en su memoria la última vez que sintió un miedo parecido. Había sido a las puertas del último verano. Podía recordar el temblor en su voz al rogar a dos pobres muchachas para que atendiesen las advertencias que manaban de su boca, encadenadas unas a otras como un rosario de palabras ahogadas que brotan de aguas enajenadas.

Les había hablado de la noche, de la niebla y de todas las sombras que aparecían al esconderse el sol cada día. No tardó en lamentar sus reacciones: sonrisas cómplices de la una con la otra, víctimas de la incomprensión de un mensaje de alerta y también del brillo que la curiosidad propia de la juventud regalaba a sus miradas. Esas con alas de mariposa que sueñan con desplegar grandiosas su fuerza en el universo. De ahí que no vieran la amenaza, que no intuyeran el riesgo al que exponían sus vidas esa noche. Temeridad por la que se ha de pagar un precio, sea grande o pequeño, y que, en su caso, fue inmenso. Porque no eran más que niñas. Solo niñas. Y ya siempre serían niñas.

Hijo de la desesperación, el dolor del hombre esa noche de febrero se reflejó en su rostro, bañándolo de un sudor frío que estremeció su cuerpo y lo puso en movimiento. Avanzó hacia la puerta de madera partida de la entrada, a escasos dos pasos, abrió la hoja superior y asomó medio cuerpo, trémulo como hoja al viento.

«¿Dónde estás?», quiso saber, y preguntó a la noche. Las volutas de su aliento removieron el rocío que flotaba en el aire largos segundos sin hallar respuesta, y la quietud reinó de nuevo con su manto de niebla indiferente.

Abrió la hoja inferior y se detuvo en el umbral de la puerta. «¿Dónde estás, pequeña?».

Un llanto desconsolado rompió la noche como relámpago en la tormenta e hizo que el hombre, tan enjuto en carnes como envuelto en fatigas, se adentrase en la espesura.

Caminó en la niebla con grandes pasos que, de inmediato, corrigió. Porque era imposible ver más allá de su brazo extendido. Imposible reconocer caminos o el lugar que su instinto le susurraba era el correcto y debía alcanzar.

Recordó entonces el ultimátum bajo el que vivía desde hacía tiempo y sus pies se detuvieron un instante, solo uno, bajo el embrujo con olor a sal, vaharada densa del mar que se pegaba a su piel y lo obligaba a pensar en aquello que estaba a punto de hacer, en la persona que estaba dispuesto a salvar con su propia vida de ser necesario. Frotó con avidez las yemas de sus dedos, indeciso, y rememoró el momento en que, entre golpes, le hicieron jurar que viviría al margen, dejándolos actuar a ellos, solo a ellos, a quienes gobernaban en la niebla para arrancar almas de sus cuerpos.

Pero él sabía que, de aceptar la propuesta de vivir con los ojos cerrados, sin entrometerse en nada, el mal ganaría la partida. Porque es cuanto la oscuridad necesita para que nadie dibuje su sombra, ningún límite para atraparla. Podría continuar en su casa, bajo la promesa de mirar hacia dentro de las ventanas. Eso le habían dicho con voz y ojos de amenaza si no quería volver a estar encerrado. Encerrado entre paredes blancas y solitarias que gemían y gritaban, que lloraban y rezaban cuantas penas arrastran los que han sido condenados.

Dudó y concluyó mientras avanzaba un paso tras otro que él ya no temía al encierro. No había peor prisión ni condena que el silencio impuesto a quien no está sordo ni ciego. Así, aquella madrugada de febrero, sin desoír el llanto que rompía la oscuridad, que apelaba a su conciencia y necesitaba de su ayuda para salvarse, se arrogó el aplomo de un ejército, también el miedo de un simple mortal, y consintió ser devorado por las tinieblas.

Con sus manos y temblores abrió la extensa maleza que cubría el camino y la total ausencia de él. Aquella noche la oscuridad era densa, un pesado manto sin estrellas, sin luz ni el testigo de la luna llena. Caminaba deprisa, lamentando el minuto perdido, cada minuto de quien lloraba a su destino.

Árgomas siniestras cerraban su paso cual batallones para forzar la rendición de un hombre desesperado que avanzaba un paso y dudaba dos, guiado por el susurro de la noche y las lágrimas de quien temía a la muerte. Nervioso y menudo, jadeó entre vahos, sintiendo los pinchazos de las zarzas enroscándose a unos pantalones demasiado holgados a sus años.

Arrastró silvas y espinas con el único fin de rescatar a una niña que solo lo tenía a él. A nadie más en el mundo. Y él lo sabía. Dio un tirón y rasgó la pana del pantalón como la garra de un animal furioso. Sus gafas saltaron en el puente de la nariz y, con la mano abierta, en un reflejo, las encajó de nuevo. El tropiezo provocó un tambaleo, poca suerte para sus nervios y cayó al suelo. Fue entonces cuando imploró buscando luz en el cielo de aquella noche sin dejar de lamentar la torpeza de sus pies en la niebla.

Niebla.

Niebla que se deslizaba sobre la tierra que pisaban los vivos, besando con húmedo aliento los sueños de los muertos. Se irguió con ímpetu y rogó misericordia al tiempo que escuchó el graznido de los cuervos, de esas aves que, entre alas, alentaban ánimos carroñeros entre las armonías nocturnas de la isla.

—¡Alejaos! —ordenó casi sin resuello acompañando su voz al movimiento de sus brazos.

Las miró, se miraron y se encogió ante cientos de ojos que aguardaban su momento.

Echó a correr, mortificado, diciéndose que faltaba poco, que lo conseguiría, aunque ya no escuchaba el llanto de la niña, aunque una angustia fría mordía su pensamiento. Un pensamiento que infundía poco aliento y menos certezas de si llegaría a tiempo para salvarla.

Volvió la vista tras él; espesa y oscura, la niebla avanzaba y lo sitiaba con su ingrávido trance de locura. Giró sobre su cuerpo, a la izquierda y a la derecha, cerró los ojos, buscando luz y guía en un pálpito que le decía que la encontraría pronto. No dudó y echó a correr con la respiración agitada.

Al fin intuyó la piedra, al fin la cruz que rezaba al cielo, la que velaba la encrucijada, el camino de las ánimas, con tanta pena sin consuelo, a la que lloraban los desgraciados, los más pobres de aquel pueblo. Sintió alivio, quizá solo un deseo, suficiente en cualquier caso para acertar pasos y sortear espinas, cientos de zarzas y ramas cubiertas de diminutas piñas. No quiso medir la posibilidad ni volver a pensar en si estaría viva, ya no, abrió los ojos y la vio, allí estaba, sobre un lecho de musgo aterciopelado que cubría la tierra y tapizaba cálida cada piedra. Se dejó caer de rodillas, santiguándose entre lágrimas que rodaban por mejillas pálidas y hundidas. Frente a él, a sus pies, un bulto envuelto en una toquilla no lloraba y tampoco se movía. Sollozó abatido, lamentando no haber llegado antes. Culpó al sol y a las estrellas, gritó poseído hacia la niebla y, sin dejar de temblar como hoja en la tormenta, se limpió las manos en la vieja lana de su chaqueta, primero el dorso, luego la palma, y se dispuso a tocarla. Quería acariciar su bello rostro, tan pequeño, tan perfecto, sin más pecado que el impuesto por llegar a un mundo de locos. Pensó que habría vivido una hora, quizá diez, o solo tres minutos. No lo sabía. No importaba. La niña había nacido el mismo día que alguien la condenaba a muerte. Sintió el calor de su pequeño cuerpo, apartó la manta de su cara y siguió con la mirada el camino de sangre que cruzaba su cabeza. Gimió, lloró una y mil veces, quizá mucho más con esa intensidad que no entiende de números o letras, alzando un puño embargado por temblores, sin dejar de buscar luz en la oscuridad de aquel cielo. Cogió a la niña, la arropó en un gesto inconsciente, la arrulló sin saber cómo hacerlo y besó la herida abierta de su frente. Sintió algo. Sangre tibia. Algo más. Pudo sentirlo. Descubrió de nuevo su cara, volvió a mirarla… y los vio, allí estaban, dos pequeños ojos abiertos que juraban venganza.

Capítulo 1

1

7 de octubre de 2019
Concello de Cruces

Aquello no fue el comienzo y, sin embargo, fue el principio de un final que muchos considerarían justo y necesario. Un golpe inesperado que cambiaría para siempre la vida de Elena Casáis y la de todo su pueblo.

El teléfono sonaba, pero la lluvia en la ventana no se detenía. Elena tecleaba deprisa evitando que las palabras resbalasen y se perdiesen en algún punto entre la cabeza y sus dedos. Pensaba y aplicaba la ley con rapidez, aunque la forma en que acostumbraba a instruir cada caso o expediente era lenta, concienzuda. La primera de su promoción se convirtió en la jueza de instrucción más joven de la provincia de Pontevedra, ocupando con orgullo ese cargo en los juzgados de Cruces, el principal municipio de la comarca de O Salnés al que pertenecía la pequeña isla de Cruces, dentro de la ría de Arousa. Unida al resto del continente por un puente de algo más de dos kilómetros, la isla era un lugar de gran belleza, tradición y superstición en el que la mayoría de sus habitantes se dedicaban casi por completo a trabajar el mar. De forma alargada, concentraba el grueso de la población en algo más de la mitad de su territorio. El resto, el extremo más al norte, semejaba una isla distinta, de verdes profundos e intensos, unida por un tómbolo que, a duras penas, contaba con un camino suficiente para acceder en coche. Conocida como O Souto Vello, esta zona escondía un gran bosque de laurisilva, tan húmedo y espeso que los laureles se estiraban cual colosos con las ramas al cielo en busca de la luz del sol.

Cruces no solo era conocida por el tesoro natural que guardaba su isla, tampoco por las riquezas de su mar de las que vivían pescadores, mariscadoras y trabajadores de fábricas de conservas, también destacaba por sus inmensos viñedos con sus vides emparradas y la elegante frescura de sus vinos albariños.

Sin duda, era un lugar especial. Un lugar del que Elena renunciaba a marcharse y en el que, por encima de todo, soñaba con impartir la justicia que había estudiado durante años, esa que emana de las leyes para alejar a los hombres del caos. Como ese pan que dicen amasó el diablo para dar de comer a hambrientos sin más opción que comer a diario.

Elena creía en lo que hacía y lo hacía con pasión. También con rigor, con fuerza, con ceño en permanente censura y un traje sobrio al color y por supuesto a las formas. «¿Realmente le gustaba aquella ropa?», se preguntó una vez frente al espejo. La respuesta no importaba, porque aquella no era la pregunta que necesitaba recordar. Era joven, atractiva y tenía unas piernas que, de usar tacones, parecerían infinitas. Pero no era ese el rasgo que deseaba destacar. ¿Acaso no quería ser respetada? Esa era la pregunta. Y la respuesta, un «sí» rotundo que su madre celebraba.

Pero Elena era mucho más que un traje y un recogido funcional. Era quien trabajaba hasta entrada la madrugada, quien debía proyectar la voz para ser escuchada ante otros jueces de mayor edad, más expertos, más listos, más altos, más bajos… También era quien había aprendido a dar un golpe en la mesa para que el último de los funcionarios trabajase en el tiempo y la forma que ella demandaba. Dos años llevaba en el juzgado de instrucción de Cruces y no se había permitido ni un día de descanso. Consideraba que en aquel momento era impensable si quería avanzar en la instrucción de un caso de blanqueo de capitales que se le resistía tras haber llegado a sus manos por pura casualidad después de que un magistrado con fama de incorruptible y sin familia solicitase el traslado alegando motivos familiares.

El teléfono sonó otra vez. La lluvia golpeaba con fuerza el cristal de los juzgados. Desde su mesa, siempre abarrotada con varias torres de papel que a veces parecían sepultarla, Elena dejó escapar una mirada hacia la ventana. La bruma se suspendía en el aire y el agua fuera arreciaba. Era la tercera vez que el aparato aullaba y rompía su ritmo de trabajo. Miró la pantalla, donde parpadeaba la llamada perdida del mismo número: el del teléfono móvil de su madre. Desde que se había ido a vivir sola la llamaba varias veces al día: por la mañana, por la tarde y, siempre, sin falta, cada noche. Decía que se preocupaba y Elena sabía que era cierto, aunque los motivos no estuviesen claros, por eso le ponía solo un límite: las horas de trabajo por la mañana. Hablaban a la hora de la comida, también cuando cenaba, pero nunca en el horario del juzgado.

Su madre vivía sola y, aunque su padre no estaba lejos de ella, desde que se separaran tantos años atrás no había vuelto a pisar la casa que una vez compartieron. Ninguno había mostrado interés en conocer a otras personas o tener nuevas parejas, y continuaban manteniendo una relación tan afectuosa que a Elena, muchas veces, le costaba entender el porqué de la separación. Separación que llevó a Elena a crecer en una casa en la que no había hombres, en la que su madre y su abuela gobernaban su universo, sus ideas y sus miedos de la mejor forma que sabían. Aun así, siempre mantuvo el contacto con su padre, don Miguel, un maestro de escuela jubilado. Hombre de paso tranquilo, cada sábado, sin excepción, la recogía para pasarlo juntos. A veces, solo a veces, cuando el día parecía brillar con color, su madre se acercaba a la puerta a despedirlos con una tímida sonrisa en el rostro. En ese momento su padre la besaba en la mejilla regalándole el dulce sabor de la miel en la comisura de los labios, y ella parecía ser feliz un instante. A veces tan breve que se esfumaba a la misma velocidad con la que él retrocedía al ser invitado a pasar al interior de la casa y a la que el semblante de ella se ensombrecía y cerraba tras de sí la puerta, sin más despedida.

El timbre del teléfono aulló una vez más, más agudo, más molesto. Elena puso una mano cansada sobre él, suspiró y cogió aire, también un poco de energía, antes de responder.

—Dime, mamá —contestó, y en un gesto inconsciente bajó la mirada con cierta resignación, midiendo el trabajo pendiente sobre su escritorio.

—¿Elena Casáis? —dijo una voz grave al otro lado del teléfono.

Elena no pudo ocultar la sorpresa, tampoco el miedo en su respuesta, y la voz le tembló.

—¿Quién es usted?

—Le llamo del Hospital Comarcal de Cruces. Su madre ha ingresado hace apenas una hora con un traumatismo craneoencefálico.

—¿Mi madre? —preguntó, y se sintió absurda por mostrar esa incredulidad que manifiesta pánico, una reacción emocional alejada de la mejor versión de sí misma: la racional.

—¿Su madre es María de los Ángeles Freire?

—Así es —afirmó rotunda.

—Pues, según figura en el parte de ingreso, tuvo una aparatosa caída en casa. Por suerte, no se encontraba sola en ese momento y alguien pudo llamar a una ambulancia. La mujer que estaba con ella se presentó como una amiga y la acompañó hasta aquí. Trató sin éxito de ponerse en contacto con usted desde el teléfono de su madre —dijo, y Elena creyó oír el silbido de una bala en su oreja—, pero se la veía tan nerviosa que, hace un momento, se dio por vencida y decidió marcharse.

«¿Una amiga?», se preguntó Elena con el ceño fruncido, desconfiado. Tenía relaciones cordiales con vecinas, sonrisas oportunas en el mercado, palabras acertadas y prudentes en el instituto donde trabajaba como conserje, pero ¿amigas? Ninguna.

—¿Cuál es el estado de mi madre? —interrumpió con solvencia.

—Ahora mismo se encuentra en observación a la espera de que despierte para hacer una valoración neurológica.

Con la mirada fija en el espejo del parasol y una mano en el volante, Elena colocó el flequillo con la punta de los dedos, completamente mojado tras pocos segundos y algunos metros bajo la lluvia. Reparó en su blusa y procuró rehacer la lazada a la altura de su cuello. No lo consiguió a la primera, tampoco a la segunda. La deshizo y rehízo hasta que una sombra, quizá la nube de aquella tarde inclemente, oscureció su rostro. Sus ojos, pensativos y lejanos, se perdían entre pliegues de seda blanca y triangulada que, como la vela de un barco hundido, no recuerda navegar. En su cabeza, un mar de culpas y lamentos se agitó. Desde que había aprobado la oposición a jueza eran demasiados los planes, los fines de semana que había decidido posponer. Demasiados. Y ahora, de repente, una llamada, preocupación, y todos le pesaban vacíos, incapaz de recordar si, en verdad, habían sido necesarios.

Respiró con calma y arrancó el coche. En diez minutos habría llegado al hospital. De camino, relativamente cerca de los juzgados, se encontraba la comisaría de la Policía Nacional. Al lado, junto a un banco, una mujer hacía señales con un brazo en alto. El semáforo cambió a rojo en el paso de cebra y Elena se detuvo. Una lluvia gruesa proveniente de alguna nube solitaria golpeó con estrépito el coche y cuanto encontró a su paso. Accionó el limpiaparabrisas a máxima velocidad, claramente insuficiente ante aquella cortina de agua que saltaba a un lado y al otro sin parar. De pronto, frente a ella, una silueta borrosa y deformada. Aquella mujer. El primer golpe en la chapa del coche rompió el trance hipnótico de las escobillas sobre el cristal. Le siguió otro y luego dos rápidos y más fuertes. El semáforo comenzó a parpadear. Desprovista de paraguas, la mujer se esforzaba en pedir que detuviese el coche junto a la acera. Confusa, sintiendo que en su deber estaba el ayudar, y con la seguridad que le proporcionaba disponer de una comisaría de la Policía Nacional al lado, Elena accionó el intermitente y paró donde la mujer indicaba.

El agua amainaba y la nube avanzaba siguiendo su camino. Sentado en aquel banco, llamó su atención que fuera la única persona que con aquel chaparrón se encontraba en la calle. Era un hombre de poca estatura, provisto de jersey demasiado prieto a sus formas y con la punta de los zapatos anclada al agua que corría turbia arrastrando hojas secas. Llevaba algo en una mano, quizá un papel, una postal o una fotografía que no dejaba de mirar, cabizbajo, tal vez rendido, sin oponer resistencia a la lluvia.

Continuó mirando al hombre a través de la ventanilla y se preguntó dónde se había metido aquella mujer que tanta insistencia había puesto en que se detuviese justo en aquel punto. El hombre, cercano a los cincuenta años, la miró unos segundos. Suficientes para reconocerlo. Elena bajó del coche y corrió mientras accionaba un pequeño paraguas automático.

—Disculpe —dijo ella.

El hombre la miró de medio lado, con los ojos cansados y, aun así, desconfiado. Parecía querer decir: «Cuidado, señorita, que no tengo el día».

—Es usted Paco Meis, ¿no es cierto? —preguntó convencida.

No contestó. Antes necesitaba averiguar las intenciones de quien hacía la pregunta.

—Soy Elena Casáis, hija de Miguel Casáis y Marian Freire. De los Freire de O Souto Vello —se presentó anticipando las predecibles preguntas que tarde o temprano debería responder para disipar todo recelo—. ¿Ha visto a una mujer que hacía señales en mitad de la carretera? —preguntó desconcertada, mirando a un lado y al otro.

El hombre abrió la boca al tiempo que asentía despacio.

—Moncho Freire, claro. Buen marinero. Sí. Incansable y fuerte como siete bueyes. Por algo decían que se quedaba solo trabajando. Eso fue antes de…, bueno, de toda esa desgracia que les tocó vivir. —Sus ojos se contrajeron, espantados quizá de acercar su reflejo al espejo de Moncho Freire—. Sé bien quiénes eran tus abuelos, aunque no llegué a tener mucho trato con ellos. Nosotros vivimos en la otra punta de O Souto Vello, donde el espigón y el curandero.

—Me suena haberle visto alguna vez al ir con mi abuela a buscar las hierbas que le preparaba el viejo Amaro.

Paco Meis no la escuchaba, su cabeza se centraba en buscar la ayuda que en aquel momento necesitaba.

—Entonces ¿es usted la jueza? —preguntó con un soplo de aire fresco en la mirada.

—Sí, soy yo —asintió—. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?

El hombre bajó la cabeza de nuevo dejando que la lluvia que se había acumulado en el centro de su boina, en una especie de nido vacío, cayese como el pequeño chorro de una catarata y se concentró de nuevo en el papel que tenía entre sus manos y que ahora Elena distinguía con nitidez: una fotografía, la fotografía de una adolescente.

Así, sin haberlo pedido, él se la tendió.

—He venido a pedir ayuda a un compañero de la mili que trabajaba en esta comisaría, pero parece que pidió el traslado hace unos años… —explicó abatido—. Nos falta Paulina, nuestra niña mayor. Desde el sábado que no la vemos y hoy ya es lunes.

Elena miró la fotografía de aquella niña de ojos verdes enmarcados en sombras negras, cola de caballo alisada a conciencia, brazos en jarras y ombligo al aire.

—Debería usted poner una denuncia formal en la comisaría, no es necesario que pida ayuda ni favores a un amigo.

—Si me atendiesen, sería lo propio… —suspiró cansado—, eso ya lo sé yo, pero no me cogieron la denuncia. La niña está en una edad difícil, ya ve usted —hizo un gesto resignado mirando de soslayo la fotografía— y creo que no nos han hecho mucho caso. Dan por hecho que se escapó y que volverá cuando quiera… Que es una chiquillada. Que tal vez se haya ido con un novio o como acto de rebeldía por un enfado en casa. Pero en casa estaba bien. Ahora estábamos bien… —musitó para sí sin entender—. Por eso sé que no se escapó, no nos haría eso… Cuidaba de sus hermanos y era muy responsable con la escuela, quería estudiar. Su madre lo sabe bien. —Hizo una breve pausa en la que parecía redescubrir y admirar las cualidades de su hija—. Paulina estudiaba en el instituto de la isla. Ya sabe, donde su madre está de conserje. De hecho, mi mujer ha ido a hablar con ella esta mañana. Estaba con ella justo cuando…

—Cuando se cayó —interrumpió la mujer, que apareció de repente bajo un paraguas negro con el que se apresuró a cubrir a su marido, pese a la escasa lluvia que flotaba ya en el aire.

Era ella, la mujer que la había abordado en medio de la carretera. Elena intuyó que habría ido en busca de un paraguas a la tienda que estaba a escasos veinte metros de ellos.

—Soy Pilucha, amiga de la infancia de su madre.

Las palabras «amiga de la infancia» despertaron una vez más la curiosidad de Elena. Su madre no tenía muchas amigas. De hecho, no conocía a ninguna. Por no hablar de que fuera de la infancia. Poco, o más bien nada, sabía Elena de la niñez de su madre. Cuando le hacía preguntas era como si no hubiera existido antes de haberse convertido en su madre.

—Esta mañana fui a su casa —prosiguió la mujer— para contarle lo de nuestra niña. —Miró al hombre y este asintió dando a entender que ya la había puesto al corriente sobre la desaparición de Paulina—. El caso es que Marian quiso subir al fayado a buscar unas cosas con tan mala suerte que tropezó.

—Lo sé. Me han llamado del hospital y ahora mismo iba para allá.

—Lo siento mucho. Lamento que le haya pasado esto a ella… —dijo, y no pudo evitar que las lágrimas ahogasen su voz—. Su intención era ayudarme. Ella solo quería ayudarme. Dijo que me enseñaría algo importante. Algo que tenía que ver con su hermana y también con su hija…

Elena frunció el ceño sin entender.

—Eso dijo…, pero no explicó más. Solo que «eso» que guardaba nos ayudaría a encontrar a Paulina…

—No entiendo —la cortó Elena con una mirada implacable—, pero ¿por qué fue a hablar con mi madre? —dijo, y sonó a una sutil reprimenda—. Si es su amiga, sabrá que tiene una salud delicada. Sabrá que se pone muy nerviosa con todo lo relacionado con su hermana. Pero, supongo que, si la conoce tan bien, conocerá de sobra el porqué.

—Pues por eso mismo. ¡Porque sabía que ella iba a entender mis miedos! —se defendió con la cabeza desbordada y dos ojos huracanados—. Perdone —resopló contenida—, es que va a hacer ya dos días… Desde el sábado que no sabemos de Paulina y estoy desesperada —trató de justificarse—. Salió con una amiga por la tarde y ya no regresó… Sé que le ha pasado algo… Y hoy Marian me lo ha confirmado. —Quiso llevar su mano de mujer del mar a sus ojos empañados, pero rectificó afilando la mirada con un puño que blanqueaba sus nudillos—. Me dijo que llevaba días viéndola cerca del salón de juegos al terminar las clases. Ese maldito salón de juegos que está a cuatro pasos de la escuela. ¿Qué carallo hace ahí? —Apartó una mirada cargada de rabia—. Ahí se reúne la peor calaña…

Elena atendía a la vez que se preguntaba cuánto debía apretar esa venda que todo buen padre se ciñe a los ojos para no ver en sus hijos más que pruebas circunstanciales.

—¿Usted nos podría ayudar? —rogó Paco.

Elena escrutó una vez más la imagen que tenía en la mano. En ella veía a una joven que sonreía, que desafiaba su condición y cuantas condiciones limitan el vuelo de la anduriña que sueña en cables de alta tensión. Volvió la mirada al hombre y le preguntó:

—¿Puedo quedarme con la fotografía?

—Puede, claro —asintió torpe el hombre, y se pasó una mano por la cara, arrastrando lluvia, también alguna lágrima.

—Ahora debo ir al hospital. Necesito ver a mi madre.

El matrimonio asintió.

—Pero les aseguro que muy pronto tendrán noticias mías —proyectó la voz y sonó a promesa.

Ya en el coche, en dirección hacia el hospital, Elena se preguntó qué certezas podría haber en los temores de aquella mujer, la madre de Paulina. Pensó en Marian, su propia madre, en cuánto se preocupaba por ella al ser hija única, en cómo anticipaba el peor de los escenarios en cualquier situación. Y así divagó y divagó. Pero, al tiempo de divagar en una única dirección, tal y como sucede al pensar en profundidad algo, dudó. ¿Y si esa niña no se hubiese fugado? ¿Y si alguien se la hubiera llevado contra su voluntad? La respuesta en su cabeza no tardó en llegar y, al hacerlo, sonó tajante: siempre cabe la peor de las opciones en la oscuridad del universo.

Capítulo 2

2

Habían pasado más de dos horas desde que un enfermero entregara ágil un informe al grito de «traumatismo craneoencefálico» sin detener un segundo la camilla en la que iba su madre. La luz de una máquina expendedora llamó su atención con la promesa de hacer más llevadera la lenta espera de hospital. Metió la moneda, seleccionó minuciosa su bebida y solo recibió decepción. Un piloto luminoso parpadeó deprisa y de pronto se apagó. Elena contrajo ligeramente el gesto, manteniendo el temple y la frustración a raya, y marcó el número de teléfono de incidencias que figuraba en la parte inferior de la máquina. Accionó la tecla de llamada y esperó. Dio pequeños pasos cual sereno haciendo ronda y esperó. Respondió con monosílabos a la voz automática que al otro lado preguntaba y esperó. Se sentó en una rígida silla de plástico junto a una ventana cerrada y se cansó de esperar. Se puso de pie frente a la máquina exigiendo una solución que no llegaría, suspiró y, cansada que no vencida, colgó.

Una joven con bata blanca se acercó hacia donde ella estaba sin mirarla. Caminaba con un gesto tranquilo que daba seguridad a sus pasos.

Elena abrió la boca para decir que la máquina estaba averiada, no fuese a cometer el mismo error que ella. No tuvo tiempo. No fue necesario. La mujer cerró un puño y en un movimiento seco y contundente golpeó el lateral de la expendedora, que no tardó en escupir la moneda que minutos antes ella había introducido.

—Es suya, ¿no es cierto? —preguntó mientras se la mostraba a Elena.

—Sí. Es mía. Justo ahora acabo de llamar al proveedor para solucionarlo —dijo suavizando la estupefacción que le había provocado ver golpear la máquina de forma tan precisa y sin despeinarse a una joven de piel blanca y delicada como la porcelana.

—Cuando esas vías fallan, nos obligan a buscar otras soluciones, ¿no cree? —añadió con media sonrisa mostrando un hoyuelo que regalaba cierta gracia a su rostro.

Ya con la moneda en la palma de la mano, Elena devolvió una sonrisa cordial.

—¿Trabaja usted en el hospital? —se interesó tras leer el nombre bordado sobre el bolsillo de su bata.

—Me ocupo de la farmacia del hospital. No llevo más que un mes y en este tiempo ni un solo día esta máquina ha funcionado. Han venido a arreglarla varias veces, pero a juzgar por el número de monedas que continúa engullendo diría que de poco sirven esas visitas. O quizá todo lo contrario. No sé qué cuentas echarán —añadió suspicaz.

—¿Ha probado a hablar con la gerencia del hospital? Ellos podrían hablar con el proveedor para que cambie la máquina o revocarle el contrato —explicó Elena ante la mirada penetrante de la farmacéutica.

—Un buen golpe es más efectivo —respondió seca.

Elena se sintió incómoda y trató de reconducir la conversación.

—¿Podría indicarme alguna otra máquina de café en esta planta?

—Allí mismo —señaló sin mover un pelo de su flequillo.

Elena giró la cabeza y en un horizonte de media docena de puertas intuyó la silueta de otra máquina expendedora.

—Perfecto, gracias —se despidió.

—Y, si se traga su moneda, ya sabe dónde golpear. —Esbozó una sonrisa de medio lado y se fue.

El altavoz sonó grave al llamar a «familiares de María de los Ángeles Freire». Elena respiró profundamente y se dispuso a cruzar la sala de espera para entrar en la consulta. Iba a hacerlo cuando algo llamó su atención. Creyó ver a un conocido, a un inspector de policía con el que no tenía especialmente buena relación. Le sorprendió verlo entrar por urgencias a él solo.

El nombre de su madre sonó de nuevo con la voz distorsionada del altavoz. Elena abandonó la momentánea distracción y pasó a la consulta. Allí, un médico le explicó que la paciente se encontraba estable y ya ingresada en planta. Lo hizo justo antes de incidir en el hecho de que los próximos días serían determinantes.

—¿Puedo verla? —preguntó como si en aquel momento fuera lo único que importase.

Y eso hizo. Elena pasó cuanto quedaba de día y la noche entera pegada a la cama de su madre. Se mantuvo alerta, como un búho o un centinela, sin dejar de acariciar una mano salpicada de manchas, aferrada a la esperanza… A esa fe difusa que, a su pesar, bien conocía, pues regía el pasado de su casa y de su familia, pero también el de todas las casas y familias que velaban sin descanso a un ser querido que había dejado por rastro nada más que abismo. Sí, esperanza, luces y sombras de esa pequeña llama con la que una mariposa de aceite acompañaba la fotografía de su tía Melisa en el pequeño altar de un velador. Esa tía desaparecida a la que su abuela lloró cada segundo hasta el día en que, cansada, cerró los ojos para siempre, sin despedida, convencida como estaba de que ni muerta podría descansar.

En la oscuridad intermitente de monitores y demás luces del hospital, Elena rememoró parte de la conversación que había mantenido con la madre de Paulina Meis. Justo el momento en que aseguraba que Marian, su madre, pretendía enseñarle algo importante antes de la caída. Algo que tenía que ver con su hermana y también con su hija. «¿Su hija? ¿Algo que tenía que ver con ella?», dudó y se preguntó Elena. Estaba convencida de que eso le había dicho Pilucha al explicar el motivo por el cual su madre quiso subir al fayado. Pero no entendía qué podía tener que ver su tía Melisa con Paulina Meis. Melisa desapareció a los diecisiete años, casi dieciocho, por una más que probable fuga voluntaria. Así había concluido la denuncia por su desaparición el 24 de junio de 1989. Desde ese día nadie volvió a saber de ella. Se había esfumado.

Elena no la conoció, más allá de esa foto sobre el velador en la que lucía vestido de primera comunión y angelical sonrisa. Aun así era consciente de la pena y el vacío que había dejado en el corazón de su madre. También en el de su abuela Manuela. Mujer de luto perpetuo, su abuela rezaba más que comía, escondiendo el miedo en un pañuelo más cargado de nervios que de lágrimas, sin ninguna certeza, sin saber si estaría viva o muerta. Así cada día, frente a una llama encendida, el ramito seco de las hierbas de San Juan y la sonrisa de Melisa.

Cuando era niña, Elena acompañaba a su abuela a buscar remedios y hierbas al curandero, al viejo Amaro, para aliviar aquel mal que la consumía, que le impedía comer, dormir y muchas veces hasta respirar. Tenía mal los nervios, eso le decía él mientras ella daba pequeños pasos con la mano en el corazón. La angustia, lejos de disminuir al sentarse en una silla, se concentraba en la punta de sus dedos que, inquietos como hormigas, pellizcaban el vestido como quien pliega neuras que luego ha de estirar con las palmas abiertas.

El curandero la consolaba con esa docta ignorantia, mezcla de empatía y acertijos vitales, que la niñez de Elena no alcanzaba a comprender del todo. ¿Qué siente el vivo enterrado en tumba de piedra? ¿Qué sienten sus manos al arañar granito desesperadas? ¿Qué pueden ver sus ojos abandonados en la más absoluta oscuridad?

No obstante, la nieta sí entendía que aquella era una enfermedad sin cura para su abuela. Así se lo confirmaba el viejo Amaro cuando le hablaba del descanso de los vivos y de los muertos mientras la miraba a los ojos y veía ante él un ánima ardiendo en el purgatorio.

En esas visitas donde el curandero, más allá de las pócimas y los rezos, escuchaba con la atención dispuesta, Elena entendía que, aunque no curasen, aquellas conversaciones eran bálsamo en sus miedos. Manuela caminaba más tranquila y al llegar a casa le agradecía la compañía con un vaso de leche y dos galletas de un paquetito que guardaba en la despensa para racionar en largos meses. La niña se las comía en silencio para no molestar el descanso de su abuela tras dos tazas de hierba de San Juan infusionada.

Definitivamente a Elena, de niña, no le gustaba entrar en su propia casa. De adulta tampoco. Porque la casa en la que había crecido, la de su abuela Manuela, olía a humedad, a cera quemada y a sombras. A quien busca esperanza y solo encuentra más culpas que cargar.

Marian, su madre, tampoco superaba la desaparición de Melisa y mantenía viva la llama de la esperanza por encontrarla. Un fuego diminuto, esa chispa en una noche fría al calor de sueños y oraciones, de plegarias convertidas en volutas de humo que volaban entre nubes y tormentas.

Elena sentía profunda lástima por su madre. Sabía que, al igual que su abuela, sufría el mal de quien vive atormentado y no sabe si morir o seguir llorando. Pero ahora parecía que su fe se sostenía, que se aferraba a algo que guardaba en el desván. Había luz, algo por lo que merecía la pena arriesgarse a subir unas escaleras en mal estado. Deterioro que nunca estimó solventar; como si solo de esa forma los precarios travesaños metálicos cumpliesen de sobra su función, como si no tuviera intención de volver a subir allí nunca más. Ni ella ni nadie. Nunca.

Sigilosa y con el peso de mil piedras, Elena caminó hasta la máquina de café que velaba a desconocidos y afines en el hospital. Comenzó por lamentar no haber cogido el teléfono aquella mañana y terminó arrepintiéndose de haberse independizado, de desear vivir sola y, en definitiva, de querer vivir. De todo aquello que el pueblo consideraba que hacía tarde y que su madre siempre vería precipitado. Y eso que los roles con Marian se invertían y cruzaban como los hilos de una marioneta que baila el charlestón hacia uno y otro lado con el ritmo de los ciclos lunares. Cuando era niña, tan pronto le negaba salir a jugar para que no se lastimara, cogiera frío o enfermara como dejaba en sus manos el cuidado de la casa, la comida y hasta el aseo de ambas. Era en esos momentos que la niñez de Elena se esfumaba al presenciar cómo el gesto amable de su madre demudaba en un silencio que la arrastraba a la cama. Obligada a vivir situaciones en las que reinaba la confusión, era la hija quien cuidaba a la madre.

Habían sido años difíciles que era mejor no recordar, que ya formaban parte del pasado. Ahora vivían en equilibrio. Elena siempre sabía qué hacer para devolverle la tranquilidad y la armonía que necesitaba. Pero esa mala noticia, la desaparición de esa niña, lo cambiaba todo, lo pondría todo del revés. Elena recordó las sombras que proyectaba la mariposa de aceite en las paredes de su casa. El miedo, la angustia. Fue entonces cuando temió que su madre no se recuperase. Y que, de hacerlo, el recuerdo de Melisa, la tristeza y los silencios regresaran a su vida, esta vez para quedarse.

Capítulo 3

3

El amanecer del 8 de octubre la encontró en la planta cuarta del Hospital Comarcal. La luz se colaba por las ventanas cruzando pasillos en los que atareadas y sonrientes enfermeras y auxiliares portaban bandejas dando los buenos días a cuantos enfermos y acompañantes hallaban a su paso.

Elena subió la persiana y tomó conciencia de dónde estaba. Sentía las piernas hinchadas, un frío en el cuerpo que la destemplaba y nada más que niebla enmarañada dentro de su cabeza. Necesitaba el que sería solo el primer café de la mañana.

Frente a la conocida máquina agarró el vaso de plástico con la mano abierta, fruto probable de la miopía del cansancio y, de inmediato, sintió que se abrasaba. Con palabra tan certera como malsonante se giró mordiéndose los labios. Lo hizo de forma tan brusca, con los ojos en la palma del color de la grana, que no vio a la persona que detrás de ella esperaba su turno. El café saltó con el movimiento para caer sobre la camisa del hombre, quien reaccionó apartando cuanto pudo el tejido de su cuerpo con las dos manos en pinzas mientras retrocedía un paso sin decir una palabra.

—Disculpe, por favor. No sabe cuánto lo siento… —dijo apurada, y se despertó del todo sin haber probado el café. Queriendo ayudar pero sin atreverse a tocarlo.

Una corbata de seda italiana con distintas tonalidades de azul en un traje oscuro de diseño le hizo suponer que aquel hombre entrado en la cuarentena no era del pueblo.

—Déjelo —respondió sin mirarla buscando algo en el bolsillo interior de la americana.

Con un golpe seco de muñeca, el hombre desplegó un pañuelo de tela que llevaba dos iniciales bordadas y se dispuso a limpiar la camisa.

—A unos diez pasos, en el pasillo de la derecha, están los aseos —explicó ella con una mano estirada y él, sin despedirse, sin mirarla siquiera, siguió la indicación y se fue.

Al cabo de unos minutos que Elena supo aprovechar para dar carpetazo al malestar provocado por el tropiezo con aquel hombre, llegó de vuelta a la habitación y se la encontró cerrada. Empujó la puerta y un enfermero se acercó prudente para pedirle que esperara fuera. Eso hizo; dio vueltas de un lado a otro, reviviendo los nervios del día anterior.

Al fin, el médico y un par de acompañantes, quizá residentes, abandonaron la habitación y se dirigieron a ella con intención de darle el parte. Las primeras palabras fueron para celebrar que su madre seguía estable y había respondido a los primeros estímulos neurológicos. Casi como un reflejo el rostro de Elena se relajó con un discreto suspiro, con la sanadora sensación de alivio descendiendo por hombros y espalda. No duró mucho, su gesto demudó tan pronto el médico le explicó que ahora debían hacer pruebas de mayor calado; que había algo que les inquietaba, que un resultado parecía dudoso y que, en cualquier caso, era necesario esperar.

Elena mantuvo la entereza, hizo cuantas preguntas consideró prudentes y escuchó con atención las explicaciones que le dieron, aunque no consiguió enterarse de si el estado de su madre era de gravedad ni tampoco de lo contrario.

Caminaba decidida, con el ánimo palpitante del café y sentimientos encontrados. Por un lado lamentaba dejar sola a su madre, pero por otro debía averiguar qué había pasado con Paulina Meis antes de que despertara. Tenía que alejar toda preocupación de su cabeza cuando mejorase, porque no dudaba de que se recuperaría, y cuidarla era su prioridad.

Cruzó la puerta de salida del hospital y vio al hombre sobre el que había vertido café una hora antes subirse en la parte de atrás de un sedán oscuro de alta gama. Le llamó la atención descubrir que llevaba la misma cara de pocos amigos que en el momento del incidente. El coche pasó frente a ella y la salpicó de arriba abajo. Elena torció el gesto pensando en lo inoportuno de algunas casualidades. Buscó con la mirada al conductor y responsable de la mojadura y encontró dos ojos como dos rayos en terrible tormenta que la atravesaron.

Capítulo 4

4

A la decrepitud habitual de politoxicómanos buscavidas, a los roces frecuentes con furtivos y a las riñas de lindes heredadas entre familias que ya nadie entendía cabía sumar el griterío de media docena de vecinos contra dos funcionarios del ayuntamiento. En la comisaría de Cruces reinaba un caos que podía leerse en los rostros fatigados de los agent

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