Diario de una nazi

Cristina García-Tornel
Enrique Coperías

Fragmento

Capítulo 1

1

Finales de mayo de 1943

Allí estaba ella..., sentada una fila delante de mí, al otro lado del pasillo que dividía el patio de butacas, completamente ausente de la grandiosidad de cuanto la rodeaba. Guardo esa imagen grabada en mi interior como un preciado legado del pasado. De entre las mujeres que asistieron al encuentro, ella logró cautivarme con su belleza particular. Por un instante imaginé que Botticelli debió de sentir una atracción semejante cuando Simonetta Vespucci excitó sus retinas por primera vez.

La silueta venusina de aquella dama, que seguramente se acercaba a las treinta primaveras, destacaba sobre el fondo encarnado de la gran bandera, una de las muchas que ondeaban con orgullo desde los palcos de aquel viejo teatro. La casualidad quiso que el círculo blanco sobre el que se dibujaba la cruz gamada cayera detrás de su cabeza, a modo de una aureola, que atenuaba el brillo natural de sus cabellos de oro y ondulados que se agolpaban hasta morir tensados en un rodete, a la altura de un cuello largo y delicado. Llevaba un vestido ceniciento poco consonante con su blanca piel, una piel deshabituada a los rayos del sol. La falda, circunspecta para la moda del momento, ocultaba casi por completo sus piernas, aunque se adivinaban hermosas. Tan solo se podían ver sus delgados tobillos, envueltos en seda, lo que acrecentaba su sensualidad. Una discreción calculada que, manejada por aquella dama, podría cautivar a todos los hombres del lugar. Pero era evidente que no estaba allí para tal menester. Sus finos labios deslucían exentos de carmín. Nada de sombreros, nada de afeites, nada de peinados recargados, nada de joyas, a excepción de un discreto anillo dorado con una pequeña amatista. Podría pasar desapercibida por su sencillez entre el resto de las damas, si no fuera porque acompañaba al caballero que estaba sentado a su diestra, un oficial de alto rango, lo que explicaría que, como mi esposo y yo, ocupara un lugar preferente. Para la ocasión, los jefes militares pidieron expresamente estar lo más cerca del orador y no ocupar los palcos como era costumbre, en aquel día abarrotados de autoridades, políticos, alto personal administrativo y la élite social de la ciudad.

Sorprendía sobremanera que aquella mujer de grata impresión para los sentidos careciera de esa necesidad vital, propia del género femenino, de eclipsar al sexo contrario y polarizar las miradas inquisitivas y recelosas de las demás féminas, muchas de las cuales venderían sin dudar su alma al diablo a cambio de poseer semejante potencial seductor. Pero allí estaba ella, sentada en una postura recatada, casi monjil, con las rodillas apretadas una contra la otra y las manos recogidas sobre el regazo. Era como si alguien hubiera tenido el mal gusto de echar una sábana por encima de la Venus de Urbino. Sin duda, su persona constituía un poderoso enigma; había algo en ella inquietante y perturbador, algo que no alcanzaba a entender; y tal vez fue ese arcano indescifrable lo que me atrajo como un imán.

Desde mi butaca solo podía ver su rostro parcialmente, difuminado por la neblina del humo de los cigarrillos y puros que viciaba el ambiente. Intuí en ella una mirada extraviada, una expresión de fría impasibilidad que quedaba fuera de mi alcance y que contrastaba con la faz risueña de su acompañante, que llevaba con orgullo el uniforme de las SS y tenía puestos los cinco sentidos en la sonora y profunda voz de Hans Frank, nuestro Generalgouverneur. Sus palabras retumbaban en las paredes del teatro como las olas de una mar embravecida contra el malecón: «... El Reich de Adolf Hitler será perpetuo, damas y caballeros. Ha sido la voluntad divina la que nos ha traído a este hombre. Nos fue enviado cuando Alemania se encontraba en el más hondo abismo. Él llegó con la victoria ya en la mano; nos guio y, en cuestión de pocos años, nos sacó de las profundidades y nos alzó como la primera potencia del mundo... Y ahora, caballeros, el destino nos ha encomendado crear una nueva Europa, una Europa donde los pueblos puedan vivir en paz y armonía».

Eran frases gloriosas. Cerré los ojos y me relamí como si saboreara en ellas un caramelo de fresa entre los labios. Afloró en mí el inefable sentimiento de triunfo compartido con el resto de los presentes. Aquel discurso, pese a su naturaleza etérea, se dejaba sentir en nuestras carnes, en forma de ráfagas de escalofríos, y nos unía a los allí convocados con hilos invisibles, indestructibles como el acero de los majestuosos aviones de la Luftwaffe.

«...Hemos reconquistado el país que antaño ya nos pertenecía. ¡Nosotros no somos los extraños, caballeros, sino los verdaderos moradores! ¡Fue el germano quien bendijo estas tierras con sus dotes de espíritu, con su arte y su cultura! Buen trabajo el nuestro, sí, señor; en muy poco tiempo hemos logrado adecentar este pueblo de mala muerte y recuperar lo que nos es legítimo...»

El auditorio ardía en emociones. Muchas mujeres, embriagadas por las palabras del Generalgouverneur, abrazaban y besaban a sus maridos, como muestra de gratitud por su contribución a los logros del Führer. Los augustos hombres que se encontraban sentados en la primera fila asentían y aplaudían de forma contenida; unos, recostados complacientes en la butaca, y otros, sacando pecho y alardeando de sus propios méritos con cruces de miradas henchidas de orgullo. Apelotonados de pie en uno de los dos pasillos laterales de acceso, un grupo de jóvenes soldados de la Wehrmacht enarbolaban sus gorras en señal de júbilo y armaban tal estruendo golpeando el suelo con sus botas de clavos que me arrancaron una intempestiva carcajada.

De repente, el sonido de las pisadas de los soldados y el de la lluvia de aplausos empezaron a sonar compasadamente, al ritmo de los corazones de la multitud. El teatro vibraba entero, desde el patio hasta el mismísimo paraíso, como un ser vivo ávido de conquistar nuevos mundos.

El júbilo parecía no afectarle en lo más mínimo a mi Simonetta. Su rostro flemático no dejaba entrever ningún gesto de entusiasmo, ni un suspiro, ni un pestañeo, ni una lágrima de emoción... Nada que diera a entender que su espíritu se hallaba con nosotros en la sala. De sus labios solo surgía de tanto en tanto una liviana sonrisa.

Cuando el orador rogó a los asistentes que guardaran silencio para proseguir con su intervención, todos callamos.

«Queridos compatriotas: Como les iba diciendo, ganaremos esta guerra... El Führer me ha dicho que no piensa ceder ni un solo metro cuadrado de este territorio, lo que reafirma los numerosos meses de esfuerzo que hemos dedicado como enviados del Gran Reich para acondicionar debidamente este lugar. Esto es lo hermoso de esta guerra: aquello de lo que nos apoderamos no lo devolvemos nunca.»

Una voz estentórea gritó desde uno de los palcos «Heil Hitler!», y el teatro entero se puso de pie para responder con la misma frase, varias veces, con el brazo levantado. Amusgué los ojos de nuevo hacia la mujer, que seguía sin reaccionar ante el discurso de nuestro mandatario, quizá porque no lo estaba escuchando, una posibilidad que hizo que me irritara por un instante. «¿En qué estará pensando? —cavilé—, ¿qué problema personal puede sustraer la mente de un momento como este? ¡Por Dios, la pluma que escribe la historia se encuentra delante de nosotros!»

Recuerdo que, en ese instante, dejé volar la imaginación y fantaseé con que ella estaba sentada en la butaca contigua a la mía y que yo le hacía tomar conciencia del memorable e irrepetible escenario al que nos asomábamos, acorde con el momento histórico que protagonizaba nuestro país. Una pareja de águilas imperiales doradas escoltaba los flancos de la embocadura del escenario, sujetando entre sus garras una corona de laurel. En sus gélidas pupilas se reflejaban las telas rojas que engalanaban los palcos con sus tallas de oro y las esvásticas de las numerosas banderas que arropaban el encuentro. La voz del Generalgouverneur me sacó del ensimismamiento, y la pasión que imprimía a su oratoria volvió a espolear en mí la viveza de los pensamientos y me seducía como el canto de una sirena.

«... ¡El pueblo alemán es invencible! ¡Ganaremos esta guerra!, ya lo creo, caballeros, y ¡de ninguna manera cederemos el Gobierno General, lo conservaremos a toda costa, aunque para ello tengamos que sacrificar la sangre azul de miles de nosotros!... Sieg

Con esta última palabra hizo que su audiencia estallara en un clamoroso «Heil!», que repitió elevando aún más el tono. Como un barco de papel que se deja llevar por la corriente, la bella Simonetta se puso en pie a un tiempo con los demás. Y su acompañante la rodeó por el hombro con su zurda, apretándola contra sus galones. Acto seguido alzó con firmeza el otro brazo y exclamó, a voz en grito, el tercer y más poderoso «Heil!» al unísono con el público.

En medio de este brote de euforia compartida, llegó la hora de que nuestro representante abandonara el atril, adornado con una tercera águila áurea de menor tamaño que las otras dos. Entonces, cedió la palabra al jefe de mi querido esposo, cuya visita a Cracovia, decían que improvisada, era el motivo principal de aquella ceremonia. Günther, que estaba sentado a mi izquierda, dejó escapar desde lo más profundo de sus pulmones una exhalación de admiración y, como si adivinara lo que en esos momentos se me pasaba por la cabeza, me susurró bullicioso al oído: «¡Ah, Ingrid, querida!, no me negarás que, bajo el férreo yugo de nuestro gobierno, este país se va estabilizando por momentos. Me deleita ver a estos pimpollos de las Juventudes Hitlerianas; a los jóvenes y no tanto de la policía o del NSKK; a los miembros de las SS y de la Wehrmacht..., en definitiva, a nuestros compatriotas desenvolverse con total naturalidad, como si estas tierras les pertenecieran desde hace siglos... ¡Eh, mira! ¡Ahí tienes en carne y hueso a ese hombre excepcional!».

El Generalgouverneur, con incontenible emoción, anunció al orador que todos habíamos acudido a escuchar: «Damas y caballeros, le cedo la palabra a nuestro Reichsführer-SS Heinrich Himmler».

Los vítores y los murmullos se fundían ahora en una palpitante melodía, en una agitación emocional colectiva como la que se rendía a los césares en el Coliseo. Abrí hasta donde pude los ojos para grabar en mi conciencia aquel instante irrepetible. Unas botas negras como la antracita y del brillo de la turmalina subieron con paso tranquilo los cuatro peldaños que conducían al espacio escénico, dando tiempo a que todos sintiéramos la presencia de quien las calzaba. Después de saludar como corresponde a un militar de tan alta graduación y cumplir con el protocolo, el Generalgouverneur bajó por aquellos mismos escalones y se acomodó en la butaca de la primera fila reservada para él, a la vez que retiraba con un pañuelo el sudor que le caía de la frente, producto seguramente de su estado de tensión.

Mientras Himmler se posicionaba en el atril, extraía de su bolsillo lo que parecían unas cuartillas dobladas por la mitad y ajustaba el micrófono, me vino a la mente el Éxtasis de santa Teresa, y sentí cómo mi rostro se convertía en el tallado por Bernini. Fue un momento místico, alienante. Nuestro Reichsführer pidió calma agitando suavemente las manos, y el silencio fue poco a poco haciéndose con el teatro.

La audiencia quedó paralizada; solo las cabezas de los más curiosos asomaban inquietas por encima de las demás a fin de no perderse ninguno de los movimientos y gestos del gran líder, que solo por su aspecto y manera de actuar despertaba fascinación y respeto en el público. Si bien era verdad que pocas mujeres coincidiríamos en tacharlo de galán, no menos cierto era que su belleza interior rezumaba por las costuras de su uniforme. Un hombre bravo y honrado, digno de merecer la amistad y la confianza del dios que tenía postrada a sus pies a media Europa. El caballero que tenía ante mis ojos se codeaba regularmente con Hitler, discutía frente a frente con él los grandes proyectos de Alemania; se reían y bebían juntos, en un mismo sofá; y el Führer, tal vez en más de una ocasión, le pondría la mano en el hombro en señal de aprobación o de agradecimiento. Al día siguiente, Himmler emprendería su vuelta a Berlín para encontrarse una vez más con el canciller imperial. Por un momento, sentí envidia, pero pronto volvió el éxtasis. La luz de los focos, recortada por irreverentes nubes de humo que ascendían por el escenario hasta la enorme lámpara central, me mostraba a un prohombre, uno de los tantos, del Gran Reich.

Himmler esperó a que el murmullo se disipara calmadamente, haciendo que barajaba las cuartillas desplegadas sobre el atril. Luego, jugando de forma magistral con los tiempos, clavó sus ojos sonrientes en los militares de las primeras filas y fue levantando la mirada hacia el resto de los presentes, hasta pararse en los palcos, que recorrió de un extremo al otro con la altivez de un titán. Todos ansiábamos ser acariciados por las pupilas de un hombre único. Satisfecha su curiosidad, se acercó las gafas al entrecejo y aclaró la garganta para a continuación lanzar sobre todos nosotros la primera proclama: «La guerra es nuestra; los comunistas tienen los días contados».

Él sabía que con aquellas palabras el teatro se convertiría en un volcán en erupción. La gente daba gritos de alegría y vociferaba repetidamente su nombre y el de Hitler. Yo estaba convencida de que se cumpliría su vaticinio. «Acaudillados por hombres como él —pensé—, nada malo puede sucedernos; lograremos la rendición absoluta del enemigo y, tarde o temprano, el nombre de nuestro pueblo lucirá como el más grande de todo el planisferio... y de todos los tiempos.» Los ojos que se sinceraban tras esas gafas redondas no podían mentir. El resto de los presentes en la sala y yo lo sabíamos bien. Ni una sola alma alemana dudaba de nuestra victoria; solo algunos asistían dubitativos a las conquistas de sus compatriotas. Recordé entonces lo que solía decir mi abuelo para alentarnos durante la Gran Guerra, cuando nos cruzábamos por la calle con soldados marcados por los horrores del frente, con algún miembro amputado, o le preguntábamos si nuestro padre volvería sano y salvo de la guerra: «Jamás hay que perder la esperanza, pues sin esperanza la batalla está perdida».

«... La guerra decide sobre la existencia y la no existencia de los alemanes, y de ella depende la propagación exitosa de nuestra raza. Por ello, esta guerra, tanto en el campo de batalla como fuera de él, requiere de un gran sacrificio por parte de cada uno de nosotros... —prosiguió Himmler con tempo reposado—. Caballeros, no somos asesinos; cumplimos con nuestro deber. Son ellos o nosotros. Hay que luchar contra la enconada resistencia clandestina del pueblo polaco y limpiar las calles de parásitos indeseables como los judíos, la herrumbre que emponzoña la buena salud de los grandes pueblos. ¡No se ablanden, compatriotas, sean implacables! ¡Nada de achantarse ni dar un paso atrás! Todo lo contrario, ¡saquen pecho ante las embestidas del rebelde, como hicieron heroicamente nuestros hombres apenas hace unos días en el gueto de Varsovia! Vivimos en una época de hierro, y solo existe un único remedio contra ellos: ¡cortar por lo sano, apartándolos de nosotros sin compasión!...»

Un agradable temblor en mi espinazo me anunció que nuestro Himmler encarnaba al ejecutor de una voluntad divina. Su última exclamación se repitió dentro de mí como el eco, una reverberación que abrió paso a la dicha de pertenecer a la raza superior aria, y no a una subclase humana. No había palabras para expresar lo que sentí al escuchar en la voz de Himmler mis propios ideales, mis íntimos pensamientos.

«... Y si la misión se les antoja demasiado difícil, caballeros, o si en ocasiones creen sentirse desalentados porque algún idiota o algún ruin traidor les cuenta que los rusos están aquí y allá, entonces recuerden que es tan solo una cuestión de días, y que llegará el día en que masacraremos, aquí y allá, a los rusos... Y el hecho de que eso ocurra más cerca o más lejos de nuestras fronteras carece absolutamente de relevancia. Lo fundamental es que también acabaremos con esa escoria roja. Piensen en que llegará la paz. Piensen en el futuro, que tenemos asegurado si hoy actuamos como es debido, si cumplimos con nuestra obligación... —De nuevo, el orador se vio interrumpido por la masa—. ¡Y no olviden nunca, como bien dice nuestro Führer, que peor que cualquier situación de guerra será en cualquier caso la que les deparará a nuestros enemigos después de nuestra victoria!»

Los veintitantos minutos que duró su vehemente discurso pasaron en un santiamén. La última frase de su discurso la encadenó con un: «Heil Hitler, heil Deutschland!». Antes de que el público, totalmente rendido a sus pies, pudiera devolverle el saludo, nuestro Reichsführer recogió sus pertenencias del atril y bajó raudo las escaleras.

El director de la orquesta se puso en pie y con su batuta hizo que los músicos interpretaran Sieg Heil Viktoria, una de las marchas militares que siempre que la escuchaba conseguía ponerme el vello de punta, sobre todo si, como en esta ocasión, el público la acompañaba cantando y dando palmas.

Himmler estrechó con brío la mano a un militar tachonado de condecoraciones y que se había puesto en pie apoyándose en su muleta. Fue entonces cuando lanzamos un nuevo pero apoteósico «Heil Hitler!».

Miré a mi Simonetta y vi que alzó el brazo como si le pesara. Aún más indiferente me pareció su lenguaje corporal cuando el propio Himmler le cogió calurosamente las manos tras saludar a su acompañante. ¡Himmler le había dado la mano y ella reaccionó como si le hubiera devuelto el cambio su carnicero! Después ella continuó con la mirada puesta en un punto del infinito, donde quizá estaba su magín, mientras el gran hombre desaparecía, rodeado de acólitos. Él pasó a un par de metros de mí, y creí ver que me regalaba una sonrisa, pero esa cortesía quizá fue más un deseo que una realidad.

Desbordada de alegría, comencé a lanzar vítores con los ojos clavados no en el Reichsführer, sino en aquella dama impasible, porque en mi interior subyacía el deseo de captar su atención, de que ella se volviera y me dedicara una mirada; de ayudarla a salir de la inopia y se uniera al aquelarre. Mas de nada sirvió que yo gritara, aplaudiera y hasta silbara; ella no se dejaba arrancar de su otro mundo.

La exasperación que causó en mí su falta de entusiasmo se disolvió como un azucarillo en el agua cuando pensé en la posibilidad de inmortalizar su belleza en mis dibujos. Podría ser la manera perfecta de plasmar en el papel el ideal femenino ario. Quizá, de ese modo, conseguiría abrirme camino en el difícil mundo del arte y hacerme célebre, cual Leni Riefenstahl. Aboceté con trazos rápidos en mi imaginación a la venus del Gran Reich, una nueva Nefertiti que sería exhibida en la Casa del Arte Alemán, en los museos y galerías de Berlín, más tarde, también en los de París, Roma, Atenas..., hasta que finalmente la crítica, rendida a mis pies, la catalogara como obra maestra.

Tiré ligeramente de la guerrera de Günther y le susurré al oído:

—Querido, ¿sabes quién es aquel SS-Obergruppenführer?

—¿Y ese repentino interés por él? —me preguntó extrañado.

—No seas celoso, te lo pregunto porque me encantaría conocer a la mujer del vestido gris que lo acompaña —lo tranquilicé, satisfecha de pensar que todavía, tras tantos años juntos, seguía vivo su temor de que pudiera sentirme atraída por otro varón.

Los dos miramos con discreción a la pareja. El hombre desconocido ayudaba caballerosamente a mi Simonetta a cubrirse los hombros con un echarpe de seda. Günther me cogió de la mano y la presionó con cariño, y apretó los labios para darme a entender que satisfaría mi petición.

Traté de no perder de vista a aquella dama excepcional entre tanta algarabía; la gente avanzaba a trompicones, dejándose llevar por una marea humana pletórica de alegría, animada por los mensajes triunfalistas de Himmler. La gran mayoría se dirigía hacia la salida que le quedaba más próxima, mientras que otros, los menos, en ademán de buscar a algún camarada o acompañante extraviado, andaban en sentido opuesto, provocando la confusión y entorpeciendo el desalojo del local.

Espoleados por el hervor hormonal del estío, los chavales de las Juventudes Hitlerianas taponaban una de las salidas flirteando con unas joviales enfermeras militares. Pero no eran los únicos que allí aprovecharon la exaltación colectiva para coquetear y lanzar sonrisas y miradas insinuantes a mujeres dispuestas a recibirlas. Los hombres, especialmente los del mundo castrense, tienen una debilidad incontenible por las curvas femeninas, sobre todo las de los cuerpos jóvenes. Yo aún podía presumir de poseer una juventud madura y una silueta agradable.

Me valí de la flaqueza varonil —y de una amable sonrisa— para abrirme paso entre tanta hombría, seguida de Günther, al que conducía de la mano, y situarme a la altura de Simonetta. No me sorprendí de que ella no detectara mi impetuosa aparición; miraba al suelo, pendiente tal vez de no llevarse ningún pisotón, un paso por detrás de su compañero, al que asía del brazo con ambas manos. De la muchedumbre surgió un halago: «¡Ah, estas nuestras maravillosas hembras alemanas!». Busqué al autor de semejante alabanza, y vi a dos camaradas de las SS que tenían los ojos clavados en mi Simonetta. Arrogante Ingrid, me reprendí, ¡no siempre has de ser tú el blanco de los piropos!

De pronto, un espeluznante estruendo azotó mis tímpanos. El sonido resonó por toda la sala y enmudeció a la orquesta; la melodía de la música se transformó en sonidos metálicos de instrumentos cayendo al suelo y chocando entre sí. Del sobresalto, me agarré al antebrazo de Simonetta y, debido al tirón de cintura que me dio Günther, caímos ambas al suelo, junto con todos los de alrededor, pues en un acto reflejo se habían agachado y llevado las manos a la cabeza a fin de protegerse de un peligro desconocido. De inmediato descarté que se tratara de una bomba, pues el ruido se asemejó más al que producen dos tableros al chocar. Entre los gritos de mujeres presas del histerismo, levanté la vista por encima del hombro de un desconocido y observé que algunos militares usaban las butacas como parapetos; habían desenfundado su pistola y apuntaban con ella hacia el escenario. En medio de este, un soldado blandía una Radom que apuntaba hacia el techo, la pistola de la que salió el disparo que causó el revuelo. Era un hombre larguirucho, entrado en años, deduje, por la cabellera canosa que asomaba por debajo de su gorra. Le temblaba el cuerpo entero, y su tez plomiza, bañada en sudor, estaba parcialmente enrojecida por el esfuerzo que le suponía rodear con su brazo izquierdo el cuello de su rehén, un pez gordo de la Wehrmacht. Ignoro cuántas armas apuntaban a aquel lunático, pero eran muchas. Algunos soldados le exhortaron a tirar la pistola al suelo y liberar a su prisionero, pero fue un SS-Hauptsturmführer quien se impuso sobre los demás:

—Como superior le ordeno que se entregue de inmediato. Tiene mi palabra de que nadie le disparará —dijo con voz firme, mientras pedía calma a los presentes moviendo despacio su pistola en el aire.

El soldado, que usaba el cuerpo del retenido a modo de escudo, respondió a la invitación con un nuevo disparo al aire. Günther me sacudió el hombro para indicarme con gestos que reptara a esconderme en el espacio que existía entre las filas de butacas. El mismo consejo recibió mi Simonetta de su acompañante, que a continuación nos susurró: «Permaneced agachadas y no os mováis de aquí».

Quedamos en cuclillas una junto a la otra, con nuestros rostros a poco más de un palmo de distancia y envueltas en un discreto aroma a jazmín que provenía de ella. Así fue como mi deseo de estar a su lado se vio cumplido, aunque de una manera que jamás habría imaginado. Pese a que mi corazón latía desbocado y mi cabeza estaba paralizada por el terror, pude dedicar un rápido pensamiento a que la media de mi pierna izquierda se me había soltado del liguero y se escurría incómodamente por el muslo. Luego noté la respiración acelerada de Simonetta contra mi mejilla y me recreé en el azul de sus ojos asustados, salpicados de trazos grises, que iluminaban un cutis visiblemente más lustroso que el mío, libre de las manchas y los irreverentes surcos que nos recuerdan que la juventud comienza a languidecer.

Ese mismo miedo me empujó a asomarme con cuidado por encima del respaldo de la butaca. Simonetta siguió mi ejemplo y ambas observamos la situación desde nuestra improvisada trinchera en la retaguardia.

Alguien había apagado la iluminación del escenario, salvo el par de focos que concentraban su luz sobre los dos hombres: ahora se veía claramente cómo el agresor hundía el cañón de la Radom contra la sien del retenido. Di gracias a Dios de que no fuera mi marido quien estuviera siendo encañonado por esa alimaña. La víctima se aferraba con las manos al antebrazo que oprimía su gaznate hasta dejarlo sin respiración, y toda ella se dejaba llevar por su atacante, que, inseguro, empezaba a tambalearse de un pie a otro como un muñeco balancín. En un alemán malo y con un inconfundible acento polaco, gritó con decisión:

—¡Silencio! ¡Quietos! ¡O matar hombre!

Aguardó a que todos acataran la orden y cada cual se mantuviera en su lugar sin moverse. Luego, cuando le pareció tener la situación bajo control, pues toda su audiencia enmudeció con el propósito de salvar la vida al compatriota, el avieso individuo se desgañitó profiriendo en su lengua palabras ininteligibles para mí. Empezó en un tono violento y ofensivo y acabó quejumbroso, casi llorando de rabia.

De repente, en un ademán casi heroico por hacer que su captor entrara en razón, el rehén, que entendió el mensaje lanzado por aquel ser inferior, probó a amedrentarlo:

Sukinsyn! ¡Cabrón! ¡Por cada alemán muerto no caerán cien polacos, sino mil!... ¿Es eso lo que buscas, maldito imbécil?

Su arrojo causó sorpresa entre los nuestros, y las exclamaciones y murmullos que se sucedieron intimidaron al polaco, pues este comenzó de nuevo con su escalofriante balanceo. El brazo con el que sostenía el arma le temblaba, y mascullaba lo que parecía una plegaria. David comenzó a mostrar señales de flaqueza ante el Goliat que lo miraba desde el auditorio.

Un soldado que seguía los acontecimientos entre bambalinas pensó que ese instante era una oportunidad de oro para entrar en escena, como si de una representación teatral se tratase. Desenfundó su pistola y comenzó a caminar de puntillas con el brazo estirado apuntando a la altura de la cabeza del canalla. Al darse cuenta de sus intenciones, un oficial situado próximo a la orquesta trató de distraer a este último:

—¡Eh, tú, polaco! Alemania no cede ante el chantaje. ¿Lo sabes? Estás metido en un buen lío, y solo tú puedes sacarnos de este embrollo. ¿Te das cuenta de que con esta acción traidora estás poniendo en peligro a tu familia? Personas inocentes acabarán ante un pelotón de...

El bravo militar no necesitó rematar la frase, porque en ese mismo instante una bala entró por la nuca del polaco que debió de partirle la tapa de los sesos, pues su gorra salió despedida y dio varias volteretas en el aire antes de tocar el suelo. Cerré los ojos unos segundos, y cuando los volví a abrir, vi al polaco tirado en la tarima rodeado por un charco de sangre, y al otro con el rostro lleno de salpicaduras que abrazaba por los hombros a su salvador en señal de gratitud. Luego hice un barrido visual por la platea, donde la gente aplaudía y aullaba como los guerreros de una tribu tras la victoria en el campo de batalla. Volví la mirada hacia mi Simonetta, que se había llevado las manos a la cara para no ver el acto final de aquella macabra representación. Y antes de que pudiera recobrar el aliento, alguien me agarró con decisión por el hombro y tiró de mí; la bella dama quedó atrás escondida entre sus dedos estilizados. Era Günther que, sin mediar palabra y presionando mi cabeza contra su pecho, me sacó de la sala a toda prisa hasta el vestíbulo del teatro, donde los espectadores, en estampida, se apelotonaban dando empujones y codazos para salir por la puerta principal. Por un instante me faltó el aire y creí desmayarme ante la mirada de una cariátide de pechos firmes que parecía estar disfrutando de nuestra angustia.

Ya fuera del teatro, me abordó una brisa de aire fresco y húmedo. La inspiré varias veces, forzando a mis pulmones a recoger el máximo volumen por bocanada. En cada exhalación, dejaba salir poco a poco el miedo que había agarrotado cada rincón de mi cuerpo. Levanté la vista al cielo de Cracovia para intentar serenarme con las nubes negras que a gran velocidad iban robando los pocos claros que otras habían olvidado conquistar. En un periquete, aquellos nubarrones se adueñaron de la luz vespertina para dejarnos al albur de una lánguida sombra. En aquella penumbra, frente a mí, me pareció estar contemplando a millones de hormigas que corrían por direcciones opuestas sin detenerse a tomar aliento, ahuyentadas por el asaltante que perturbó la paz del hormiguero.

En medio del bullicio, pude divisar nuestro flamante Mercedes negro bajo un balcón ocupado por un soldado que avizoraba con unos prismáticos y, a escasos metros de allí, al viejo Hermann abriéndose paso hacia nosotros, con su pipa colgándole de los labios como en él era costumbre.

Le señalé a Günther dónde se encontraba nuestro chófer, y en lo que mi esposo tardó en cubrirme los hombros con el chal que serpenteaba alrededor de mi brazo, se formó un gran alboroto en la plazoleta de la iglesia vecina al teatro: tres agentes de la Schutzpolizei salidos de la nada corrían hacia allí con las pistolas desenfundadas. Desde unos tejados, una bandada de palomas salió despavorida y se dispersó sobre nuestras cabezas. Quizá los policías habían atrapado a algún cómplice del asesino, deduje. «¡Menudo lío se ha montado ahí dentro! ¡Me alegro de que los dos estén bien y que el polaco haya caído sin causar ninguna baja!», dijo Hermann, al corriente del magnicidio fallido. Y señalando hacia la iglesia, manifestó que el peligro quizá aún no había pasado y que debíamos abandonar el lugar sin dilación.

Acompañadas de una molesta tremolina, las primeras gotas, frías y grandes como guisantes, nos obligaron a acelerar el paso, y él, ajustándose la gorra en la cabeza, se nos adelantó para coger un paraguas del maletero del coche. «Vamos, vamos, apresúrese», lo apremié en la intimidad de mis pensamientos al sentir que la lluvia se hacía cada vez más intensa y amenazaba con dejar hecho un guiñapo el recién estrenado tocado de plumas de pavo real que Günther me había hecho llegar desde París. Una vez a salvo bajo las varillas del paraguas, el viejo Hermann me abrió la puerta trasera del coche y dio un paso a un lado para dejarme libre el acceso al habitáculo.

Mientras me acomodaba en el asiento, escuché cómo Günther vociferaba un nombre, Karl, seguido de un seco silbido. Su cuerpo impedía que pudiera ver qué estaba sucediendo ahí fuera y el golpeteo furioso de las gotas de agua en el techo no me dejaban escuchar la conversación que luego tuvo lugar. No dediqué un segundo de mi tiempo a afinar el oído, ya que estaba más interesada en detectar los posibles estragos que podía haber causado la lluvia en mi ornamentada cabeza. Absorta en mi espejito de mano, escuché cómo alguien abría la puerta del otro lado con brusquedad. Con el rabillo del ojo vi una rubia coronilla femenina que entraba apresurada hacia el interior, a buen seguro desesperada también por el inoportuno aguacero, y que venía acompañada de una fragancia floral que reconocí al instante. ¡Simonetta! Apenas tuve tiempo de sorprenderme, pues detrás de ella surgió la cabeza de mi marido con órdenes precisas para Hermann: «Por favor, lleve a las señoras a sus casas y después vuelva aquí»; y otro mensaje para mí: «Ingrid, esta es la esposa de mi buen compañero Karl... Os dejo que vosotras mismas os hagáis las presentaciones... No me esperes levantada, la grave situación que se ha generado en el teatro requiere de nuestra presencia».

Unos nudillos golpearon desde fuera el cristal del lado de Simonetta y sentí cómo una voz masculina le pedía que bajase la ventanilla. Ella giró rápido la manivela con el refinamiento de una diva y apareció una mano que sujetaba un guante blanco de algodón. «Querida, se te había caído.» La misma mano se dirigió al rostro de ella y pellizcó su barbilla con suavidad. En su dedo anular lucía un anillo de oro con una enorme piedra negra que contenía en su interior una estrella luminosa de seis puntas. Jamás antes había visto una gema tan apetecible, pues me pareció que poseerla era como llevar encima un pedacito de firmamento.

Me despedí de mi amado lanzándole un dulce beso a través de la ventanilla empañada de vaho. Pero el ósculo se diluyó en el éter antes de que las figuras de Günther y el hombre de mi Simonetta desaparecieran tras la cortina de agua.

Hermann quiso salir de frente, en dirección hacia la plaza de Adolf Hitler, pero los coches estaban parados formando un enorme embotellamiento. Optó entonces por cambiar de sentido y salir por el parque Planty. En tanto que hacía el giro, desempañé el cristal para poder ver al pasar el majestuoso teatro, ahora nuestro. La policía ya lo tenía rodeado, y dos tanquetas flanqueaban la entrada principal. Ya no había ningún civil en sus proximidades. Las gotas convertidas en granizo impactaban con violencia sobre la gran cúpula verde del edificio, cuya calma se vio alterada por hombres con impermeable que corrían de acá para allá por la azotea para apostarse en puntos estratégicos. Y casi me dio un vuelco el corazón al ver que un soldado parapetado detrás del busto gigante de un diablo que me enseñaba enfurecido los dientes nos apuntaba con su fusil. Rogué a Hermann que nos sacara de allí cuanto antes.

Dejamos atrás el teatro acompañados de relámpagos cuyo fulgor alumbraba las negras nubes que cabalgaban hacia el oeste y de truenos que me hacían estremecer; y al llegar a la altura del Planty, nos recibió un viento huracanado que tironeaba sin compasión los troncos de tilos y arces.

Advertí que Hermann se puso a regular el espejo retrovisor cuando los coches de delante le obligaron a detener la marcha. Me llamó la atención porque era un gesto que no había visto hacerle en mucho tiempo; nadie aparte de él conducía el Mercedes. Pero no tardé en descubrir el motivo del ajuste. Su ojo diestro —el izquierdo lo guardaba oculto bajo un parche— buscaba encontrarla a ella en el reflejo del espejo. Con el fin de no ser descubierto, pasó su pañuelo por el retrovisor, para hacer ver que lo desempañaba.

Avanzábamos muy despacio, con el Planty a nuestra diestra y unos edificios señoriales al otro lado, desdibujados por las gotas que perdían su esfericidad correteando en las lunas del vehículo. Nadie hablaba, solo se escuchaba el repetitivo soniquete del limpiaparabrisas. Mi Simonetta parecía ignorarme; sus ojos seguían sin interés las casas que desfilaban ante ella. Había adoptado una postura agazapada en el asiento, con los puños cerrados y los pulgares dentro de ellos, del mismo modo que hacen los indefensos bebés recién nacidos. Estaba envuelta en su echarpe como si su fino tejido la fuera a proteger igual que las piezas metálicas de una armadura. Unas diminutas perlas de sudor le empañaban la frente. Noté que estaba pendiente de su respiración, inhalando y exhalando de forma lenta, al estilo de los ascetas hindúes con objeto de renovar la energía. Quizá era su manera particular de superar el mal trago, y por eso preferí no molestarla. Yo, por el contrario, me sentía más relajada a medida que nos distanciábamos del teatro. Es más, mi mayor preocupación en aquel momento era quitarme la media que se había soltado del liguero y que amenazaba con descender hasta la pantorrilla.

Aproveché que Hermann estaba concentrado en el tráfico para sacármela con disimulo. Miré a la bella para hacerle cómplice de mi plan, pero ella andaba perdida en algún recuerdo que la aislaba del presente, tal vez el recuerdo aún caliente de aquel disparo a quemarropa. Ninguna de las dos estábamos preparadas para la guerra. Vivíamos inmersas en ella, pero lejos de la sangría que acarreaba, de las incontables penurias e injusticias que golpeaban a nuestros soldados, de los que fallecían en el campo de batalla y dejaban huérfanos y viudas. Y bastó la amenaza de un tipejo con una pistola para meternos el miedo en el cuerpo, hacernos conscientes de que la muerte se antojaba más próxima de lo que pensábamos y desearíamos.

Vestida con solo una media me sentía incompleta y decidí quitarme la otra, una tarea algo más difícil, ya que estaba sujeta a la liga. Me subí la falda poco a poco, lo justo para llegar a los broches. El sonido de uno de ellos hizo que Simonetta me mirara de reojo y sus labios se curvaran unos milímetros para dibujar el bosquejo de una sonrisa. Mantuvo la mirada al frente, con la intención de no llamar la atención de Hermann. Hice una bola con la seda y la puse a buen recaudo dentro del bolso.

—Han de inventar algo para resolver este problema —musité.

El viejo Hermann me miró por el retrovisor y, al saber que mi comentario no iba dirigido a él, volvió a concentrarse en la carretera. Ella se enjugó la frente con un pañuelo estampado en flores.

—Me llamo Ingrid F. —dije estrechando su mano, fría como las nieves del Zugspitze—. He preferido respetar su silencio, porque sin duda el incidente en el teatro nos ha dejado a ambas sin habla.

Simonetta, en un inconfundible acento bávaro, se me reveló como «Clara W.». «¿Clara? —pensé—, un nombre de dos sílabas, vulgar y simple, carente de toda distinción e impropio de una venus.» Le iba más Alexandra, Katharina o Angelika. Al principio sentí una ligera decepción, pero luego pensé que «Clara» evocaba transparencia y aludía a algo tan puro, tan bañado en luz, como lo eran las musas.

—Horrible, un día aciago... Esta mañana tuve el presentimiento de que algo malo iba a ocurrir... Si mi esposo no me hubiera insistido... —murmuró y cerró la boca con la intención de callar lo que iba a decir.

—Esté tranquila, Frau W. —le dije para animarla, y arropé con mi mano su muñeca con cuidado de no violentarla—; todo ha terminado.

Pese a la expresión tensa de su rostro, toda ella seguía irradiando una hermosura extraordinaria. Dos mechones de pelo se habían desprendido del recogido y le caían sobre la frente, rompiendo con la composición perfecta de su peinado.

—Usted no lo entiende... —Su voz se apagó bajo el retumbo de la lluvia sobre la chapa del coche. Con la cara interna de su muñeca hizo un pequeño círculo para desempañar el cristal y mirar a través de él, de nuevo sin fijarse en nada concreto del exterior. De repente, el diluvio adquirió tintes bíblicos. El viejo Hermann aminoró la velocidad más y más, guiando el volante con la nariz casi tocando el parabrisas, hasta que una inesperada tromba de agua le quitó por completo la visión y se vio obligado a detener el vehículo a la altura de un edificio, donde bajo el cobijo de su soportal dos SS examinaban la documentación de una pareja de jóvenes polacos. Clara fijó sus ojos en ellos. La densa cortina de lluvia a duras penas me dejó distinguir que la muchacha envolvía con su brazo el de su compañero y cómo un instante más tarde los agentes los instaban con las porras a arrodillarse con las manos en la nuca. La joven se echó al suelo en el acto; y él permaneció de pie sin obedecer la orden, por lo que recibió un fuerte empujón de uno de los hombres que lo estampó contra la jamba del arco de piedra que presidía la entrada del edificio. Dos porrazos después, ya tenía las piernas dobladas sobre el suelo y las manos en el lugar indicado. Rendido, como no podía ser de otra forma.

Mi Simonetta suspiró.

—Cálmese, Frau W. —insistí—; Cracovia es la ciudad del Gobierno General con el mayor número de agentes de las SS, está sobradamente protegida. No cabe duda de que el incidente de hoy ha sido algo excepcional, un fallo de seguridad cuyo responsable tendrá que rendir cuentas. Estamos en el lugar más seguro de Europa...

Pasaron unos segundos de silencio un tanto desconcertantes para mí, hasta que ella apartó la vista de los jóvenes polacos para mirarme, esta vez con ojos humedecidos.

—Ese hombre no era de la Armia Krajowa ni era un asesino; no merecía morir... —dijo con la aspereza de una piedra pómez.

Comprendí enseguida que se refería al polaco del teatro. Su indulgencia con él me dejó perpleja. Para mí solo fue un ser despreciable que nos arruinó un día de gloria y que, sin duda alguna, se habría llevado por delante a nuestro compatriota y a cualquier alemán que se hubiese puesto en su camino. Pensé que ella debería moderar sus palabras y ser más prudente con lo que decía, porque ver con buenos ojos a las subrazas solo podía acarrearnos problemas, poner en peligro nuestra seguridad. No era de recibo su compasión por aquel ser inhumano. Sí, falto de humanidad, en el sentido de que los polacos estaban más próximos al mono que al hombre, eran sumamente torpes, ineptos; en definitiva, una subraza como otras muchas que hasta ahora campaban por todo el continente sin que nadie les pusiera freno, mezclando y ensuciando nuestra herencia. Consideré que Clara tenía que ser más dura con él. Lo trascendental de aquella experiencia era que aquel gorila disfrazado de uno de los nuestros había afrentado a un soldado alemán y, con él, a todo el pueblo germano, y eso bastaba para llenarse de indignación y desear borrarlo del mapa.

—Querida, no comparto su manifiesta... permita que lo denomine «aflicción» —apunté con suavidad—; es más que consabido que el Führer exige de nuestros maridos que protejan el Reich de cualquier acción hostil o elemento asocial. La determinación con la que cumplió con su deber aquel soldado no se merece otra cosa que una medalla al valor; si de mí dependiera, ya la estaría luciendo en su noble pecho. No hay por qué alterarse ante este tipo de respuestas por parte de nuestro país. Todos lo sabemos: son ellos o nosotros.

—Sí, por supuesto... —susurró otra vez, y de nuevo me dejó con las orejas levantadas, como las del perro fiel que espera consignas de su amo. Su discurso calculado, sereno, comenzaba a incomodarme.

Fuera empezó a escampar; el fuerte aguacero fue aflojando hasta desaparecer. Los SS dejaron marchar a los dos jóvenes polacos, que, cogidos de la mano, apretaron el paso para doblar en la primera esquina que encontraron. Hermann reanudó la marcha con un ligero acelerón que hizo que las dos nos hundiéramos en el respaldo del asiento. Miré al cielo y las agotadas nubes se distanciaban entre sí para permitir que la última claridad de la tarde inundara las calles.

—Pero en esta ocasión —prosiguió en el momento en que un apagado rayo de luz le cayó sobre el rostro— se trataba de un padre desesperado que tan solo reclamaba la liberación de su hijo, encarcelado, según él, de forma injusta por hallarse en el lugar y en el momento equivocados.

No me dejé impresionar por que supiera polaco y que hubiera comprendido las palabras del agresor, y en tono casi tosco repliqué:

—Padres, hijos, abuelos... ¿Acaso no se da cuenta, Frau W.? Da igual cuál sea su parentesco o condición, esas gentes se resisten a aceptar que están por debajo de nosotros. Y esa ofuscación les impide ver la nueva realidad, dejar atrás su pasado mísero y abrazar los dones de nuestro espíritu, nuestras artes y nuestra cultura. Y el que no lo vea así que apechugue con las consecuencias. De nada sirve escudarse en excusas, justificaciones.

—No sé, precisamente porque somos superiores hemos de rehuir de la violencia para solucionar conflictos. Se equivocan quienes piensan que de la violencia surgirá un mundo mejor... Dudo que a través de ella pretendamos hacer que los polacos se sientan más libres —sentenció.

—Antes de nada, permítame decirle que tratamos con seres que han de ser domesticados. ¿Se le ocurre a usted una forma mejor de preservar el Reich en esta espesura plagada de buitres y hienas, de sostener todo el entramado que lo mantiene en pie? Como afirma mi esposo, el Gobierno General ha de ser regentado con puño de hierro, para que sus antiguos pobladores vean con claridad meridiana quién lleva las riendas del país. Con efusión de sangre, si así lo prefieren...

Un carraspeo intencionado del viejo Hermann hizo que tomara consciencia de mi nivel de exaltación; respiré hondo y, a modo de colofón, añadí, más lánguidamente:

—De todas formas, creo que nuestros dirigentes están aplicando su potestad para ejercer la violencia solo allí donde se requiere... Los alemanes somos un pueblo civilizado.

Clara no contestó. Se frotó suavemente su nariz perfilada con el dedo índice y continuó mirando por la ventanilla, con la misma expresión de ensimismamiento con que la descubrí por primera vez en el teatro. Permaneció en ese estado hasta que salimos del centro y nos adentramos en la zona residencial con la mayor vigilancia desplegada de Cracovia, apartada del bullicio urbano, donde se alzaban las mansiones y las villas lujosas de los alemanes más pudientes. Fue grato para mí que se confirmara mi presentimiento de que Clara también residía allí.

—Pondría la mano en el fuego por que ese pobre padre no nos quería ningún mal... —insistió con terquedad teutona.

Su buenismo tuvo el efecto de una bomba incendiaria en mis entrañas y contuve su estallido mordiéndome la parte interna de los carillos; me hice daño. Como no prestó atención al discurso de Himmler, no había escuchado que, según él, con diálogo y tolerancia no se levantan imperios. Nada de consideraciones, nada de miramientos. Nuestro pueblo poseía las herramientas para hegemonizar a toda Europa, barrer la inmundicia que emborronaba el horizonte de prosperidad. Como solía decirme Günther, cualquier resistencia u oposición era una enfermedad que solo se curaba con el antídoto del terror.

—Sinceramente, Frau W., opino que medio mundo nos está echando un pulso, y solo vencerá aquel con el brazo más musculoso... —Ella hizo ademán de querer decir algo, pero le hice una ligera señal con la mano para que me dejara terminar—. El pueblo alemán es una gran familia, con sus virtudes e imperfecciones; con su gente maravillosa, sus ovejas negras y sus manzanas podridas. Inevitablemente, hay muchas cosas que nos dividen y enfrentan, pero hasta los más desavenidos se unen cuando alguien de fuera osa amenazar a nuestro país. Y nunca antes en nuestra historia, incluida la Gran Guerra, nuestro pueblo se ha sentido más amenazado. Solo nos queda luchar si no queremos volver a ser derrotados y humillados...

Clara se removió en el asiento, como si quisiera acomodarse para lo que me iba a decir:

—Entonces, me está dando usted la razón. Ese hombre obró tal y como haría cualquier padre desesperado. Quizá su ofuscación lo llevó a tomar una decisión suicida. Un acto irreflexivo, salido desde el corazón. ¿No actuaría usted del mismo modo?

—Por supuesto, soy alemana. Él no... La compasión, querida, es un sentimiento que solo debemos profesar entre nosotros mismos. El resto del mundo jamás sintió ni sentirá piedad por Alemania.

Me pregunté en qué mundo de princesas aleladas vivía mi Simonetta. El desconocimiento de la realidad llevaba a la compasión con quienes la desmerecían. A diferencia de mí, seguramente no tenía ni idea de los objetivos más elementales del nuevo Reich, de las bondades a corto y medio plazo de la higiene racial, del papel de los judíos en todo esto, de las responsabilidades individuales para satisfacer la voluntad del Führer y de otras tantas cosas que en ese momento se apilaban en mi cabeza. Me hubiera gustado ilustrarla, asombrarla con mis conocimientos de la actualidad, pero no era el momento ni el lugar. Además, corría el riesgo de intimidarla y de que no quisiera volverme a ver. A pesar de su indulgencia y trato distante, Clara me cayó bien. Ella podría ser mi primera amiga en Cracovia, algo que necesitaba mucho.

—Le pido disculpas por si en algún momento me he comportado de forma vehemente o se ha sentido violentada por mis palabras. Hoy ha sido un día especial y los nervios están a flor de piel —dije en tono conciliador.

—No se preocupe, conozco personas de mi entorno que, como usted, viven la política con pasión —respondió con amabilidad. Y añadió—: Hace mucho tiempo que perdí la fe en los políticos.

Clara tuvo que dejar aparcada nuestra conversación en ese punto para indicar a Hermann que se detuviera junto a una verja ornamentada con barrotes redondos de hierro forjado y rematados en su extremo con puntas de lanza. A uno de los lados de aquella gigantesca estructura y soportada por dos columnas también enormes había una sólida puerta de rejas negras; y en el otro lado, lo mismo, lo que creaba una suntuosa simetría. No menos colosales eran los muros que apantallaban la finca, una tapia de ladrillo rojo que rozaba los tres metros de altura y que se alargaba hasta donde me alcanzaba la vista. Clara me pidió gentilmente que la dejáramos junto a la puerta negra de la derecha. El viejo Hermann, satisfaciendo su deseo, aparcó el Mercedes un par de metros más lejos, para salvar un enorme charco de agua que la lluvia había dejado en el firme.

—Mis hombres me acompañarán a la casa. Dispénseme si no la invito a pasar, pero todo lo ocurrido me ha levantado una fuerte jaqueca... Quizá en otro momento... —comentó mientras Hermann le abría la puerta.

—Por supuesto, Frau W., lo comprendo. Ha sido una tarde muy intensa. Concedámonos un buen descanso. Estoy segura de que hallaremos la ocasión para volver a vernos.

—Sí, sí, sería maravilloso —dijo al apearse. En ese instante, apareció por una de las puertas de hierro un centinela, que se aproximó a ella con el típico saludo marcial.

Antes de enfilarse hacia él, Clara se volvió y me regaló por fin una sonrisa jovial, que le dibujaba hoyuelos en sendas mejillas.

—Espere un momento, Mayor —puse mi mano sobre el hombro del viejo Hermann cuando se disponía a pisar el acelerador—, no arranque todavía.

Observé cómo la dama, que había dado un nuevo sentido a lo que yo entendía por belleza, se alejaba de nosotros con andares garbosos. Clara desprendía una elegancia natural, sin fingimientos, que más que opulencia reflejaba clase y buen gusto.

Su figura menuda quedaba prácticamente oculta por el corpulento soldado que la seguía unos pasos por detrás. A pesar de su estatura —rozaría el metro sesenta—, Clara era una mujer bien proporcionada. Senos abundantes pero discretos, glúteos firmes, piernas estilizadas y, sobre todo, unas caderas femeninas perfectas que se movían como el péndulo de un reloj de pared con cada paso que daba en sus zapatos de alto tacón y que a buen seguro estaban hipnotizando a su guardián. Femme fatale, me vino a la mente.

El soldado abrió la puerta de hierro labrado que había dejado entornada y le cedió el paso a Clara; luego cerró y perdí de vista a los dos por un segundo. Ella reapareció tras los barrotes de la inmensa verja y caminó hacia un coche descapotable de color azul cobalto aparcado a unos metros de la entrada, donde la esperaba otro militar en posición de firmes y sujetando con su mano derecha la manija de la puerta que acababa de abrir. Los últimos suspiros de una luz crepuscular me permitieron ver cómo Clara se adentró elegantemente en aquel vehículo, que, según avanzaba, era engullido por una negrura boscosa que conducía a su residencia. Entonces se apoderó de mí una suerte de indefensión ante la incertidumbre de si ella de verdad deseaba que volviéramos a encontrarnos. El titileo de unas farolas que empezaban a alumbrar la calle me apartó de aquella duda que estaba angustiando mi espíritu.

—Lléveme a casa, Mayor, por favor, estoy agotada.

Subí aprisa los tres peldaños que morían a la entrada de mi hogar dado que por donde yo vivía la tormenta aún no había pasado e insistía con una llovizna fina que calaba hasta los huesos. Elisabeth, nuestra factótum, me recibió en el umbral con un paraguas en mano que no tuvo tiempo de desplegar y me dijo servilmente:

—Espero que el acto haya sido de su agrado.

—¿Y Erich? ¿Está ya acostado? —quise saber. No estaba de humor para referirle el incidente del teatro.

—Sí, señora; Anne lo ha llevado a la cama hace apenas un rato. Puede que lo encuentre aún despierto... Por cierto, ha telefoneado su esposo.

—¿Sí?

—Ha dicho que le transmita el recado de que no regresará esta noche; tal vez lo haga la semana próxima.

—Gracias, lo suponía; ya sabe, su trabajo lo absorbe ahora más que nunca —contesté dejando caer el brazo en gesto de resignación mientras me apresuraba escaleras arriba. Al abrir la puerta de la habitación de Erich hallé a Anne sentada en el suelo junto a la cama del niño, con su costado apoyado sobre el colchón y la cabeza descansándole sobre el brazo derecho. Evocó en mí a la Muchacha dormida, de Rembrandt. Su respiración ahogada hizo que se me antojara más anciana y más baqueteada por la vida que de costumbre. Asomaba del bolsillo de su falda el diario de su hijo Kurt, que fue asesinado a palos aquella fatídica noche del 9 de noviembre de 1938, a pocas semanas de cumplir los cuarenta y dos años, por una caterva de gente con sed de venganza que lo confundió con un judío.

—Anne, es hora de que se acueste. Ya ha hecho usted bastante por hoy —le susurré al oído mientras me inclinaba sobre ella con cuidado de no asustarla.

Parpadeó somnolienta un par de veces y, sin decir nada, se levantó y me dejó a solas con Erich, que despertó al sentir el movimiento del somier cuando el peso de mi cuerpo se hundió en él.

—¡Madre! —dijo en tono festivo. Me miró con los pequeños ojos azulados y risueños heredados de su padre. Lo abracé contra mi pecho con la fuerza de una madre que teme por la vida de su pequeño. Pero tenerlo entre mis brazos no templó aquella nueva preocupación que me asaltó unas horas antes, la de vivir en una tierra en que el enemigo nos acechaba como las raposas con los gallineros en la noche. Debía velar por que no le sucediera nada malo, ni entonces ni en el futuro, pensé con angustia. Mientras estrujaba a Erich, las amargas imágenes del trágico suceso revivieron en mi mente. Un escalofrío me entumeció las piernas.

Günther había conseguido distanciarnos de los horrores de la guerra, mientras que la parca se había instalado en toda Alemania, para segar vidas a diestro y siniestro con su afilada guadaña. Él quiso alejarnos de su largo brazo cuando las bombas sobre Berlín empezaron a preocuparle. Nos puso a salvo en una discreta granja a las afueras de la ciudad, donde compartimos el hogar con una familia campesina durante unas semanas eternas. Así, gracias a mi esposo, la contienda se me hizo sentir como un rumor en la lejanía.

Sin embargo, aquella tarde la realidad se me presentó tal cual era. Cracovia no era segura; los polacos nos odiaban a muerte. En esas circunstancias, el sueño de forjar en las tierras conquistadas una nueva vida corría el riesgo de convertirse más bien en una pesadilla de fantasmas agraviados que buscaban la forma de vengarse de nosotros.

Recosté con cuidado a Erich en la cama y me asomé con discreción por la ventana para asegurarme de que los centinelas seguían ahí, atentos a cualquier contratiempo. La brisa arrastraba una humedad con sabor a campo de labranza junto al murmullo somnoliento de las hojas del bosque vecino, que fue corrompido por uno de los soldados cuando dejó salir de su garganta un eructo retumbante. Aguardé un instante hasta que vi aparecer al SS-Rottenführer Hans bajo la luz de una de las farolas con una petaca entre las manos. Mi sombra proyectada en el suelo lo hizo mirar hacia arriba y esconder con un movimiento fugaz la botellita de peltre bajo la axila, al creer verse sorprendido. Luego bajó la cabeza como si no hubiera visto nada para proseguir su camino. Sus pasos se alejaron, y el silencio de la noche, quebrantado por el canto de los grillos y el croar de unas ranas procedente de alguna charca cercana, volvió a hacerse en la oscuridad, una oscuridad salpicada de destellos fulgurantes en lo alto del cielo. Las nubes se habían ido a otra parte y sobre mí pude vislumbrar la Osa Menor, con su brillante Estrella Polar que señalaba el norte.

«Una noche más sola —pensé—; y es harto probable que no vuelva a ver a Günther en dos semanas.»

—¿Madre? ¿Ocurre algo?

Erich me sacó de mis elucubraciones.

—No, cariño... —Me volví hacia él y le pregunté si quería que le leyera unas líneas de Tom Sawyer.

Erich aceptó mi ofrecimiento con entusiasmo. Una sensación de culpa se apoderó de mí. La vida allí era poco estimulante para un crío como él, tan ávido de emociones y experiencias. No tenía ningún amigo de su edad, todos habían quedado atrás, en un pasado inmediato, y hasta el otoño no empezaría a ir a la escuela.

«De repente, Tom dejó de silbar. Ante él tenía a un forastero; un chico una pizca más alto que él. En aquel decadente pueblecito de San Petersburgo, cualquier recién llegado, fuera cual fuera su edad o su sexo, resultaba una curiosidad asombrosa...»

El forastero de San Petersburgo me trajo a la mente a Clara, la ninfa que debía convertirse en la inspiración de mis carboncillos. Tenía que volver a verla como fuera. Quise continuar leyendo, pero Erich ya dormía profundamente.

Capítulo 2

2

8 de junio de 1943

Era todavía muy temprano, al amanecer; unos destellos de luz asomaban con timidez por entre las tiernas hojas de un haya centenaria que era azotada sin miramientos por los últimos coletazos de un aguacero primaveral. La luna creciente aún brillaba en el firmamento. Las gotas de lluvia se desvanecían contra los cristales y escurrían por el ventanal de vidrieras que quedaba delante de la mesa del comedor, donde sorbía mi primer té de la mañana, al resguardo del viento, el agua y el frescor matinal. Desde allí divisaba la parte delantera de la casa: un jardín de aspecto asilvestrado que, si recibiera los cuidados de unas manos expertas, bien podría engalanar el contorno del palacio de una princesa de cuento. Quizá era así como me sentía yo, una dignidad imperial que desde su atalaya —en mi caso una antigua casa solariega— contemplaba sus posesiones; unos dominios con los que jamás alcanzó a soñar. Y todo gracias al Führer, que había traído la prosperidad a nuestro imperio.

Mi nueva vida en Cracovia no se asemejaba en nada a la que con anterioridad llevé en Berlín. El actual cargo de Günther nos había abierto las puertas al lujo y la ostentación. De la noche a la mañana, pasamos de ocupar un piso de alquiler, en una calleja próxima a la Alexanderplatz, a habitar una mansión fastuosa con todas las necesidades cubiertas. Un hado realmente espléndido. Lo que más podía desear una madre para su hijo, y una mujer para sí misma: rodearse, además, de mobiliario que combinaba toda clase de estilos, desde el art déco al gótico; de alfombras en las que flotas al andar y de tapices procedentes de Oriente; y de óleos que según mi marido eran piezas únicas y que ni siquiera yo, con mis nociones artísticas, conocía. Marcos, cuberterías y vajillas de oro y plata, o bañados en estos preciosos metales; esculturas de bronce y mármoles de las canteras de Carrara y lugares exóticos; jarrones y floreros de cerámica y alabastro; un sinfín de objetos maravillosos de incluso valor histórico. A veces, me paseaba por la casa para disfrutar de ellos como si visitara un museo. Y, por supuesto, no había que olvidar las joyas, pieles, vestidos y zapatos, procedentes de las casas más codiciadas de Europa y que se amontonaban ordenadamente, sin dejar apenas un espacio libre, en el cuarto ropero, contiguo a mi dormitorio y casi tan espacioso como nuestra salita de estar berlinesa.

Me distraía con una pareja de mariposas de alas blancas que se habían posado, desafiando la gravedad, en el dintel de la ventana para guarecerse de la lluvia cuando la silueta de Hans pasó como una centella por delante del cristal. Eso perturbó mi paz interior: me sentía, en efecto, como una aristócrata rodeada de privilegios, pero al mismo tiempo me creía una desdichada Cenicienta, viviendo bajo el yugo de una constante vigilancia, privada de la intimidad y la libertad de movimientos que otras personas disfrutaban. No podía ir a ninguna parte si no iba acompañada del Mayor o la escolta que los superiores de mi esposo nos habían dotado, dado el trabajo tan sensible que realizaba en el complejo de Auschwitz.

Günther me advirtió mil y una veces sobre lo peligrosos que eran los polacos: se organizaban..., nos atacaban en el momento menos esperado. Y que últimamente estaban muy agitados, por los tiempos tan convulsos que corrían, por la escasez de alimentos, por la miseria a la que se vieron abocados... Los asaltos y asesinatos de soldados alemanes empezaban a preocupar sobremanera a las autoridades. Pero infravaloré el auténtico alcance de este tipo de noticias. Creí que entre aquellas adversidades y mis seres queridos y yo había un cristal blindado que impedía que pudieran alcanzarnos, pero el incidente en el viejo teatro días atrás provocó una grieta en ese blindaje que creí inquebrantable.

Tal vez debiera seguir el consejo del viejo Hermann y regresar a Berlín durante una temporada con mis padres..., pero entonces Erich vería aún menos a Günther. Y yo no quería eso para el pequeño, que acababa de cumplir los cinco años y ya era consciente del vacío interior que causa la ausencia paterna; ni tampoco lo deseaba para mí, pasar largas temporadas sin él. Necesitaba tener cerca a mi esposo, y su hijo también. Además, si ahora, separados por una corta distancia, lo veía apenas poco más de dos días al mes, ¿cada cuánto lo haría si Erich y yo nos volviésemos a Alemania? Y por añadidura, nadie sabía con certeza el tiempo que precisarían de sus servicios en Auschwitz. ¡Su estancia en el KZ,[1] bien podría prolongarse años! Además, él me prometió que aquí, en Cracovia, se nos abriría una nueva etapa para nuestras vidas mucho más fructífera, al margen de la encarnizada batalla que el Reich libraba contra el enemigo.

Continué observando a Hans, que se dirigía camino abajo hacia el acceso principal de la finca. En aquella hora estaba obligado, al igual que los demás centinelas del resto de las viviendas arias contiguas, a hacer una señal a la patrulla situada al final de la calle para informar de que todo estaba en orden. Iba enfundado en un chubasquero que le cubría hasta las rodillas, ocultando una delgadez casi enfermiza. En una ocasión oí a Günther referirse a él como el tirillas de aire descarado, mote que le venía como anillo al dedo. Y es que Hans era un tipo áspero de solemnidad en el trato con sus compañeros, y de altivez ridícula en sus ademanes cuando una mujer le rondaba cerca. En mi fuero interno intuía que, detrás de aquella fachada de moralidad impecable, aquel hombrecillo malcarado escondía una personalidad traicionera.

Para disimular su escasa estatura, Hans tenía por costumbre andar bien erguido, sin apenas tocar el suelo con los talones, y apretando los glúteos hacia dentro, como si con ello fuera más fácil impulsarse al caminar. La obstinación por sobresalir de entre los demás soldados y de compensar su apariencia poco agraciada lo hacían desenvolverse con afectada distinción; resultaba implacable en la exactitud y certeza de cada uno de sus pasos marciales que no pocas veces me recordaban el caminar de las lagartijas del jardín. Mas lo único que transmitía al buen observador era que había sabido sacar el mayor provecho de la instrucción recibida en el servicio militar. En definitiva, era uno, de entre tantos, que representaba su papel con pasión, tal vez desmedida. Esa actitud vehemente lo convertía en un sujeto peligroso. Estaba segura de que en una situación de amenaza respondería con una brutalidad y eficacia que erizaría el vello al mismísimo Hitler, llevándose por delante las vidas que fueran precisas para controlar la situación. En ese sentido, me tranquilizaba tenerlo cerca. No podía decir lo mismo del SS-Schütze Otto, su compañero, que aprovechaba la menor oportunidad para escabullirse de sus obligaciones. Desde que tenía trato con él, siempre encontraba el momento de regalarse un descanso, bien para echar una cabezadita, en las cuadras cuando llovía o a la sombra del haya cuando el sol azotaba, bien para colarse en la casa y ser agraciado con un café servido por Elisabeth; y con un poco de suerte, poder robarle con torpe galantería una sonrisa alegre y, en el mejor de los casos, una mirada picarona.

Cuando hacían guardia, Hans y Otto se me antojaban una versión lóbrega de Laurel y Hardy. El de escasas carnes llevaba la voz cantante de lo que había que hacer a cada instante —hasta mi dormitorio, en la primera planta, alcanzaban sus berridos—; si flanquear la casa por la cara norte, si rodearla cada uno por un lado, a fin de sorprender a un intruso o un posible enemigo... El otro, el rubicundo cuyo aspecto rollizo y panzudo le otorgaba un aire porcino, se sometía a las fanfarronadas del primero y le reía todas las gracias, aunque no tuvieran en realidad nada de divertidas.

Al revés que la pareja cómica, en mi casa era el flaco el que lucía por debajo de una nariz puntiaguda y aguileña el bigote o, mejor dicho, una fila de hormigas que se descolocaba cada vez que el hombre movía el labio superior para proferir órdenes a su servil ayudante. Luego se lo atusaba varonilmente con los dedos índice y pulgar, como si bajo sus orificios nasales pendiera el poblado mostacho de Nietzsche. Y si yo presenciaba semejante escena, el majadero enjuto me miraba de soslayo para comprobar qué impresión había provocado en mí. Ante sus parodias napoleónicas yo no podía hacer más que darle la espalda con disimulo y evitar así que se me notara la risa contenida. Eran ambos unos personajillos de poca monta y espíritu distraído que el destino quiso que cayeran en el servicio de vigilancia y no en el frente.

Recostado en el horizonte, un sol brillante y rojo luchaba con sus rayos por apartar de su cara los nubarrones desgastados por la tormenta que, como el final de algunas sinfonías, alcanzaba su momento estridente y turbulento. Las gotas de lluvia hacían pompas en los charcos y regaban a borbollones las dehesas que quedaban al otro lado de la calle, desde donde Hans volvía sobre sus pasos, tras cumplir con su deber. Caminaba rápido a causa del ventarrón, aunque este y el agua que le abofeteaba inmisericordemente el rostro fueron incapaces de impedir que marchara tieso como una vela. Ahora que no me veía, dejé que una enorme sonrisa se dibujara en mi cara y me alegré de que el paisaje quedara libre de presencia humana; solo las ramas de los árboles y los arbustos, agitados por las huestes de Eolo y Zeus, perturbaban una naturaleza sosegada, sabedora por experiencia de miles de siglos de que las tempestades son pasajeras.

«Dios quiera que esta soledad mía se disipe con la misma desenvoltura que el viento tira de las nubes de jade», cavilé a la par que se me borraba del rostro el gesto risueño. Era una soledad desconocida, que palpaba por primera vez en mis carnes. Nunca me figuré lo difícil que me resultaría abandonar la Alemania donde nací y crecí, ni siquiera en el momento de partir. Ya en el Gobierno General empecé a temer que, poco a poco, las raíces que hundí en aquella querida tierra desde mi infancia pudieran debilitarse de forma irreversible.

Atrás dejé un hogar donde moraban recuerdos entrañables, únicos e irrepetibles, como el de sentir por primera vez a mi hijo entre los brazos; y cientos de kilómetros me separaban de amigos con los que mantenía lazos fraternales. Pero lo que más desasosiego me producía, hasta retorcerme el estómago, fue aquel «adiós, pronto nos veremos» con el que me despedí de mis padres, que optaron por quedarse en Spandau, y aquella sugerencia de «procura visitar de vez en cuando a mamá y a papá» que espeté en un tono casi exigente a Birgit, mi hermana menor.

Birgit tenía una mente privilegiada y soñadora, llena de pájaros. Con diecinueve años entró a trabajar de enfermera en un reputado hospital de Magdeburgo. Pero su carrera sufrió un tropezón cuando arrastrada por su corazón se enamoró de un apuesto joven de buena familia llamado Jürgen. Este poseía todo para encandilar a una tierna damisela: elegancia en el vestir, caballerosidad, simpatía y, sobre todo, una facilidad de palabra que empleó con sagacidad para librarse de tener que liar el petate e ir al frente y, lo peor, para aprovecharse de las almas incautas que se le ponían a tiro. Una de ellas fue mi hermana, que, al poco tiempo de conocerlo y declararse amor mutuo, colgó su traje de enfermera para acompañarlo en sus delirios de grandeza.

Jürgen pertenecía a ese género de hombres con extraordinarios e ingeniosos proyectos en la cabeza que son incapaces de llevarlos jamás adelante o que los abandonan una vez puestos en marcha ante la primera adversidad, y con vidas que de cara a la galería resultan ejemplares, pero que a poco que se rasca en ellas aparecen montones de basura. En efecto, Jürgen caminaba sobre un pestilente vertedero: las deudas causadas por su adicción a los casinos y a las apuestas de caballos, además de las que generaron sus negocios fallidos. Y mientras tanto Birgit, desoyendo cualquier consejo que perturbara su estado de ensimismamiento, esperaba que su amor cambiara de conducta e hiciera realidad la pila de sueños que todos sabíamos, salvo ella, que jamás iba a emprender.

Aparte del hecho de estar al lado de Günther, aunque solo fuera cada cierto tiempo y siempre por períodos cortos, algo que se habría reducido a la nada de haberme quedado esperándole en Alemania, lo único que me daba fuerzas para no hacer las maletas y abandonar el Gobierno General eran las largas y entrañables cartas que recibía regularmente de mi madre. A pesar de mi insistencia y las súplicas para que la familia permaneciera unida, ella y mi padre decidieron no acompañarnos. Él, patriota acérrimo, quería morir en el país que, según él, le dio absolutamente todo y, además, consideró que no era el momento de cerrar la fábrica de botones, remaches y hebillas para la industria textil y de confección que heredó de su padre y de la cual dependían ahora las familias de una veintena de empleados. Por su parte, mi madre jamás lo dejaría allí solo, máxime cuando el volumen de trabajo había aumentado considerablemente, debido a los encargos que había conseguido de la Wehrmacht, y se encontraba bastante agobiado.

Sus epístolas eran para mí una bombona de oxígeno, a pesar de que muchos de sus pasajes resultaran descorazonadores. Mi añorada madre se esforzaba por desmenuzarme, casi como un corresponsal de prensa, la situación en Alemania y cómo se complicaba día a día, y me reiteraba que, por el bien de Erich, aguantara en lo que en su día fueron tierras polacas. Según contaba, debía sentirme orgullosa —que lo estaba— de estar entre los alemanes pioneros en conquistar el nuevo espacio vital, de poder llevar y propagar la cultura alemana en aquel territorio como hicieron los exploradores españoles tras descubrir el Nuevo Mundo. Mi humilde presencia en Cracovia la colmaba de esperanzas para un orbe mejor. Pero desconocía la fragosidad de mi entorno, sobre todo, porque aquí, en tierra polaca, no tenía a quien confiar mis sentimientos, mis inquietudes, mis añoranzas y, cómo no, mis temores.

¿A quién importaban mis intranquilos pensamientos? Las personas más próximas formaban parte de la servidumbre, y ya se sabe que a estas jamás hay que hablarles como a un igual para que no acaben minando tu autoridad por la senda de la confianza. De manera que me encontraba sola por completo, con la única posibilidad de compartir mis confidencias con un niño de cinco años, cosa, naturalmente, impensable. A veces, cuando me sentía destruida por el silencio de la soledad, me hablaba a mí misma de forma inconsciente, como hacen los locos, pero en mi caso ese diálogo interno me ayudaba a relativizar los pensamientos negativos y frustraciones. Aun así, esta sensación de aislamiento degeneró con el paso de las semanas en que la espera al cartero se fue convirtiendo casi en obsesiva. «Tiene que estar a punto de llegar nueva correspondencia», «¿Cuándo fue la última vez que escribió madre?», me preguntaba cada vez que me asaltaba la añoranza. En ocasiones descolgaba el teléfono y llamaba a casa de mis padres, pero no siempre era posible la conexión, y este tipo de conversaciones a distancia me resultaban demasiado frías, poco íntimas, tan breves y espontáneas que no dejaban sitio a la reflexión. Además, estaba el asunto de las escuchas de seguridad.

Saqué del bolsillo de mi bata la carta que había empezado a escribir a Günther la noche anterior, con el propósito de darle las últimas pinceladas:

Querido amor mío:

De nuevo tomo la pluma para volcar sobre el papel lo que acontece por estos lares e informarte de los muchos progresos que va haciendo nuestro hijo y que me hubiera gustado contarte de viva voz, cenando en un restaurante romántico, tras salir del teatro. Pero el destino dispuso que no fuera así. He de confesarte que Anne es una mujer excelente, y que se entrega con denuedo a educarlo como hombre de provecho que merece el mañana. Creo que Erich se ha hecho un hueco en su corazón, y esto es reconfortante para ella, pues viene a rellenar en parte el vacío inmensurable dejado por su hijo fallecido. Hermann, por su parte, también pasa tiempo con él y su relación me recuerda a la de un nieto con su abuelo, un abuelo que le da consejos para la vida, que le cuenta sus batallitas en la Gran Guerra y lo estimula para que admire a nuestros soldados. Sé que es lo correcto, pero me aterra pensar que esta contienda no encuentre fin y que los hados nos lo arrebaten para llevarlo al campo de batalla. Es una sensación amarga que solo una madre puede experimentar.

Con todo, Erich te añora; siempre pregunta por ti. Solo hago que contar los días que faltan para nuestro próximo reencuentro, pues, amor mío, echo en falta tu regazo, tu compañía, tu apoyo. El vacío infinito que se apodera de esta enorme mansión cuando tú no estás y que solo se desvanece con tu presencia me empuja a escribirte casi a diario. Tal vez no sea este el momento de mostrarme débil ante ti; sé que cuando nos conocimos me tomaste por una mujer fuerte, que no se doblegaba ante nada. Yo misma me creía dueña de ese carácter acerado que Dios otorga a pocas mujeres, pero ahora tengo la impresión de que la llama de mi fortaleza se apaga aquí con cada día que pasa. También todo puede ser fruto del terror que experimenté en el incidente del teatro, que despertó en mí unos miedos de vulnerabilidad ante el enemigo hasta entonces desconocidos, y de que tus obligaciones en ese instante nos separaran, sin que pudiéramos hablar de ello y superarlo juntos.

En fin, espero no importunarte con todo ello; soy consciente de tu carga de trabajo y de que a duras penas puedes tomarte un respiro para leer estas líneas y menos todavía para contestarlas. No te tomes estas palabras como un reproche; no espero respuesta. Me conformo con que las recibas y nunca olvides que eres el hombre de mi vida; que, como sabes, no hay mujer en este planeta que pueda quererte más que yo; que tienes mi espíritu a tu lado en tus horas difíciles, que no serán pocas. Tampoco pretendo que faltes a tus obligaciones, que hasta te roban los fines de semana, y vengas a consolarme corriendo los apenas setenta kilómetros que hay entre nosotros. El Führer te necesita. Nos necesita. A mí, como esposa ejemplar de militar alemán, que se entrega sin condiciones a las necesidades de su marido.

Pese a mi tonta melancolía, no te inquietes por nosotros. Si te sirve de alivio, estamos por fortuna en un mes en que la naturaleza despliega todos sus encantos, y los rayos de un sol primaveral, también aquí en el Gobierno General, apaciguan en mí cualquier brote de desasosiego. Los pétalos de las rosas son como manecillas de reloj que se abren y cierran contando el tiempo que resta para tu regreso. Como sabes, la primavera tiene en mí un efecto purificador. Me hace sonreír y ver el vaso medio lleno, aunque su contenido sea agua putrefacta; me hace buscar el lado bello de las cosas... Es época de fresas, tiempo de rosas y de noches cortas; de tormentas que hacen callar el bullicio de la vida silvestre excitada por el cortejo y las ansias de perpetuarse. Por cierto, las lluvias han hecho que la vegetación madure vigorosamente. Los bosques, fragantes, desprenden un dulce aroma a humus que me hacen sentir tu aliento. Fresnos, chopos, abedules, hayas, alisos se visten con sus hojas tiernas. Las madreselvas se abren camino cubriendo de verde los recovecos yermos que encuentra a su paso. Margaritas, amapolas, estrelladas y otras flores olorosas que jamás había visto antes inundan de colores las praderas que esperan a que paseemos juntos por ellas cogidos de la mano...

—¿Desea otro té, Frau F.? —La voz de Elisabeth evaporó aquellos instantes de nostalgia causados por las últimas líneas escritas. La oronda mujer asomaba la cabeza por la puerta que dejó entreabierta tras servirme el desayuno. Dos trenzas rubias que flotaban sobre sus exuberantes bustos le otorgaban un aire provinciano y casi extemporáneo.

—No, gracias. ¿Dónde está Erich?

—Anne lo está vistiendo. ¿Quiere que la avise cuando baje a la cocina a desayunar?

—No es necesario, Elisabeth. Ahora mismo voy. Finiquito lo que tengo entre manos y enseguida estoy con él.

Elisabeth cerró la puerta detrás de sí y, en el silencio que volvió a sucederse, bebí el último sorbo, templado, que me quedaba de té.

Empuñé la pluma e instintivamente miré a través de la ventana en busca de un detalle bajo el arco del cielo que me diera pie para acabar de forma romántica la misiva a mi esposo, un estímulo que colmara sus ganas de estar a mi lado. Pero apenas tuve tiempo para cavilaciones, puesto que Hermann irrumpió en el paisaje, abriendo la puerta del Mercedes para salir de él con la parsimonia que lo caracterizaba. Deduje que había estado fumando en pipa dentro del coche, hojeando como de costumbre algún ejemplar atrasado de Der Angriff, mientras pasaba el diluvio y hacía tiempo hasta la hora de partir. Günther le había comunicado que tenía que estar en Auschwitz a media mañana para recogerlo y llevarlo a atender no sé qué asuntos. ¿A dónde llevaría a mi esposo esta vez? ¿Con quién se reuniría?..., discurría mientras se me cruzó el pensamiento de que debía terminar sin dilación la carta si quería que el viejo se la entregara en mano a mi esposo.

Debía de ser una cita especial, pues Günther solo pedía los servicios de Hermann cuando despachaba asuntos oficiales o tenía que viajar por el interior del Gobierno General; en esta ocasión, solo supe por Hermann que regresaría sin mi esposo de madrugada. Ciertamente, era un conductor refinado en las formas, prudente y experimentado, que, según mi exigente marido, difícilmente podía sustituirse por los jóvenes soldados, en no pocas ocasiones impresentables o pueriles, destinados a conducir los coches oficiales en Auschwitz. De no ser por estos servicios puntuales, quizá nunca me enteraría de los viajes que de cuando en cuando se veía obligado a atender. Las desapariciones de nuestro chófer eran como las miguitas que dejaba Pulgarcito para encontrar el camino de regreso a casa, aunque en mi caso servían para seguir el rastro del hombre al que acompañé a Cracovia con el propósito de estar junto a él y que para mi desgracia parecía alejarse como la golondrina en las postrimerías del estío. Me consolaba pensar que la compañía de Hermann despertaría en Günther un sentimiento de familiaridad que le evocaría los maravillosos momentos en que los cuatro viajábamos juntos, jugando con nuestro hijo al veoveo o cantando las canciones que nos proponía Erich.

El bueno de Hermann, que cambió su fusil por un volante; el rango de sargento por el de simple chófer. Luchó en la Gran Guerra, hasta que la injusta metralla de una granada durante la invasión de Bélgica le destruyó el glóbulo ocular izquierdo y le causó una leve cojera que lo acompañaría para siempre. Un trágico episodio para quien el ejército era y seguía siendo la forma más noble de servir a su país. Aquella explosión lo apartó definitivamente de la primera línea para realizar trabajos de oficina en diversos centros militares de Berlín. Fue en uno de ellos donde empezaron a llamarlo en broma el Mayor, ya que, por su aspecto, garboso y siempre impoluto, y comportamiento, serio y juicioso, aparentaba pertenecer a un rango superior. Al final se quedó con ese apodo que siempre pensé que le honraba.

Durante su estancia en el frente belga conoció a mi tío Heine, con el que compartió trincheras y una estrecha amistad que continuó tras el conflicto, hasta que aquel falleció víctima de un paro cardíaco repentino, hacía dos años. Hermann acudió a su entierro para rendirle un último adiós, y fue allí, en el mismo cementerio, donde mi padre mostró un mayor interés por el que fuera el mejor amigo de su hermano, y digo «mayor» porque no era la primera vez que mi padre hablaba con Hermann. Mi tío ya se lo presentó durante la guerra, y luego los dos coincidieron casualmente en actos y reuniones en las que Hermann acompañaba a mi tío.

Así, de la mano de un suceso trágico, fue como el Mayor entró en nuestras vidas. Pero aconteció un tiempo después. Medio año más tarde, su esposa falleció a causa de una extraña enfermedad pulmonar y, como si de una macabra broma del destino se tratara, veinticuatro horas después se quedaba sin su trabajo de chófer, al morir atropellado el abogado al que servía. A través de una amistad común, llegó a oídos de mi padre cómo la vida se había ensañado con el pobre Hermann y sin pensarlo dos veces telefoneó a Günther, que, tras ser nombrado SS-Hauptsturmführer, buscaba un chófer de confianza. Dado que ningún familiar cercano ataba ya al Mayor en tierras alemanas, pues Dios no quiso concederle hijo alguno, no fue difícil convencerlo para que, año y medio después, nos acompañara a Cracovia. «Estaré encantado de prestarles mis servicios en cualquier parte del mundo: pueden contar conmigo para todo cuanto necesiten», dijo emocionado y agradecido de brindársele la oportunidad de vivir en primera persona los progresos de nuestra nación en la tierra recién conquistada. Günther y yo nos congratulamos de haber encontrado un chófer leal e íntegro, aunque a Erich, al principio, le causaba cierto pavor. «¿De verdad, madre, que no es un pirata?», me preguntaba acongojado por el parche que el Mayor llevaba en un ojo. Pero aquel miedo se convirtió pronto en admiración, gracias a su fantástica imaginación, que convirtió el Mercedes en un barco bucanero y al viejo Hermann, en un John Silver el Largo bonachón.

Antes de que nos diésemos cuenta, el Mayor había conquistado nuestros corazones, y su presencia en nuestras vidas había adquirido un peso incontestable. Sin duda alguna, nos convertimos en su nueva familia, y él se sentía como el gran patriarca que velaba por nuestra seguridad e intereses domésticos, cuidando de ellos como si fueran los suyos propios. Para mí era una tranquilidad que estuviera tan pendiente de Erich, por quien daría su vida, y un alivio que no perdiera de vista a la servidumbre y los centinelas para que cumplieran con sus obligaciones y las tareas que yo les encomendaba.

La lluvia no disuadió a Hermann de estirarse con esmero la chaqueta del uniforme antes de emprender su marcha hacia la casa. La buena presencia era para él una cuestión de principios. Llevaba la marcialidad en la sangre. «El aspecto exterior pregona muchas veces la condición interior de un hombre», el viejo Hermann solía citar a Shakespeare cuando reprendía a Erich o a cualquier miembro del personal que llevara alguna prenda de vestir sin colocar debidamente o manchada. Lo cierto era que nuestro querido tuerto tenía por costumbre citar a grandes pensadores. Nunca supe dónde aprendió tantas y tan variadas frases sabias y cómo las podía archivar en su cabeza para extraer la apropiada en el momento preciso. De seguro que de ningún libro, porque, como él mismo presumía sin ningún rubor, no lograba encontrarle el gusto a la lectura. Y añadía que el mejor uso que podía darse a los libros era el de plancha. Apenas pude contener la risa cuando me explicó que antes de irse a la cama estiraba el pantalón sobre una superficie lisa y colocaba sobre él pilas de libros, una junto a la otra, para disfrutar al día siguiente de una raya impecable. Supuse que esa noche, con las gotas que le estaban cayendo encima, reforzaría las pilas con más libros. Con paso ligero, el bueno de Hermann desapareció de la gran vidriera. Escuché desde el salón el chirrido de la puerta principal y sus pisadas inconfundibles dirigiéndose a la cocina.

Suspiré. El paisaje empapado que iba dejando atrás la tormenta, con sus relámpagos fugaces y moribundos coloreando la tenue neblina del horizonte, no fue suficiente incentivo para que me pusiera a dibujar. «Hoy no», pensé. Sentí de nuevo cómo la soledad y la monotonía caían sobre mí.

Algo tenía que ocurrir. Y mi instinto me decía que sí, que no faltaba mucho para dejar atrás los desabridos días que se apoderaron de mí desde que salí de mi amada Alemania. No andaba equivocada.

Me disponía a escribir las últimas letras para Günther cuando volví a distraerme: en esta ocasión era la cabeza del joven cartero que avanzaba, arriba y abajo, por la parte exterior del muro como el títere de un guiñol, luchando contra las gotas de lluvia que abofeteaban su rostro y un viento empeñado en arrebatarle su impermeable de color amarillo azufre. Siempre me llamaba la atención su desvencijada bicicleta, que hacía que me preguntara cada vez que la veía por qué demonios no se le proporcionaba una nueva; al fin y al cabo, tenía el encomiable cometido de llevar de un lado a otro los mensajes de amor, tristeza o júbilo que tenían que decirse nuestras gentes del Gran Reich.

Di un respingo; me acordé de que el roñoso buzón de aquella casa se convertía en una tina cada vez que llovía, porque la chapa estaba perforada en sus cuatro costados. Y cuando el cartero metía por su boca la correspondencia tras un temporal, todas las cartas terminaban empapadas, y si no se sacaban rápidamente de allí, el papel se ablandaba y la tinta se corría. En una ocasión me quedé sin poder leer una epístola que mi madre me envió.

«¡No! ¡Esta vez no lo permito!», exclamé en medio de aquella sala. Sin querer dejé caer de entre los dedos la pluma, salpicando de tinta el papel, y salté de la silla, sin reparar en que iba en mi bata y zapatillas de raso.

Crucé rápido el vestíbulo y abrí el enorme portón de enebro de la entrada principal. Rodeándome la cabeza con los brazos, corrí sorteando los charcos y saltando las pequeñas escorrentías del camino que bajaba a la calle, donde el buzón se levantaba sobre un poste de metal. Sentía cómo las frías salpicaduras batían en mis tobillos, y el suelo, de consistencia arenosa, cedía como la arcilla del escultor ante la presión de mis pasos. Y en uno de ellos, el firme se deslizó con tan mala suerte que ni la suela de las zapatillas ni mi sentido del equilibrio pudieron impedir que cayese de bruces contra el barro. Quedé con el rostro apenas a un palmo del suelo. Sentí un dolor intenso desde los antebrazos hasta los omóplatos. Me entraron ganas de romper a llorar.

Como salida de la nada, una mano robusta y desconocida tiró de mí hacia arriba, y noté cómo mi cuerpo se incorporaba. Estaba empapada; el agua corría por los mechones de pelo que me tapaban la cara, y con los dedos índice de cada mano retiré los cabellos que me impedían ver. La bata estaba embarrada de arriba abajo, la zapatilla derecha hecha un guiñapo, y la izquierda había volado por los aires. Mi pie quedó desnudo, hundido en medio de un sucio charco.

Aún aturdida por el encontronazo, escuché, entre los apenas perceptibles «¡ay!» que iba soltando, los chirridos metálicos y estridentes provocados por el cartero al pedalear, lo que me recordó el porqué de mi actual situación. Mi siguiente pensamiento fue que, para evitar que la correspondencia acabara como yo, debía librarme de la mano que seguía atenazando mi brazo.

Miré a la cara del dueño, que se me antojó muy varonil. Curtida por el sol, era morena como el azúcar que solía echarme al té y brillaba debido a las gotas que le caían por la frente desde debajo de su pelo rizado y castaño claro. Percibí un destello singular en su mirada de ojos marrones, y una calidez en su semblante difícilmente descriptible con palabras. Durante unos segundos permanecí absorta, quizá embelesada, ante la presencia de lo que parecía el modelo en vivo de la escultura de un atleta de la antigua Grecia. Se me escapó otro gemido, que no acerté a descifrar su naturaleza; si era fruto del dolor o de la impresión que en mí causaba su rostro clásico de facciones rectas y cuello y nariz áticos.

—Señora, ¿se encuentra usted bien? —me preguntó en un alemán casi perfecto.

Asentí con la cabeza, mientras mi curiosidad me pedía seguir explorando a aquel extraño más allá de su busto heleno. Bajo una fina camisa a cuadros, con los puños remangados a la altura de los codos y desbotonada casi hasta la mitad del pecho, se dejaba entrever el cuerpo piloso, aunque no en exceso, de un joven adulto delgado pero fornido. Sin embargo, su rostro revelaba que me aventajaba en años, calculé que rondaría la edad de Günther.

—Señora, ¿le duele algo? —intentó averiguar con un tono de voz amable y de preocupación sincera.

Le dije que no se preocupara, que ya me encontraba algo mejor y que todos mis huesos, aunque doloridos, estaban en el lugar que les correspondía. La pequeña hacha que portaba sujeta al talle del pantalón ponía de manifiesto que solo podía tratarse de un mozo de mantenimiento del lugar. Jamás había reparado en él, si es que no acababa de ser contratado. Era normal que no estuviera al tanto de ello, pues no era de mi competencia, por deseo de Günther, ocuparme de cuanto sucedía ahí fuera. Para ello estaba el viejo Hermann, a quien le echaban una mano Hans y Otto.

Un pensamiento fugaz y atropellado conmocionó con tal violencia mi ánimo, en ese momento distraído por la presencia de aquel Doríforo de carne y hueso, que un escalofrío solapó las pequeñas molestias repartidas por mi anatomía. «¡Un polaco, su maldito acento lo ha delatado!», exclamé en mi cabeza. Desde mi llegada a Cracovia, aquella era la primera vez que me encontraba tan cerca de uno. Le golpeé la mano para que me soltara. «¡Cómo se atreve a tocarme!», pensé.

Indignada miré por encima de su hombro y vi que el cartero se alejaba por donde había venido. ¡Maldita sea! Demasiado tarde. Quise retomar mi carrera, pero un ligero pinchazo en el tobillo me lo impidió. Él hizo el ademán de volver a sujetarme, pero mi mirada hostil fue suficiente para que se frenara a tiempo de rozarme.

—¡Por favor, tráigame el correo del buzón! —le rogué al desconocido que tenía delante. Enseguida me percaté de mi despropósito y corregí el tono—: ¡Vamos, ve! ¡Deprisa! ¡Y límpiate esas manos; no quiero que ensucies las cartas!

«Para ser la primera vez, no se te ha dado nada mal meterlo en cintura», me felicité. De alguna manera, me tranquilizó que el hombre se mostrara obediente. Ninguno de los dos debíamos olvidar que para él solo existía una obligación, la de trabajar y comportarse fielmente, como el perro con su amo. Así, bajó hasta la calle, extrajo el contenido del buzón y me lo trajo sumisamente. Para entonces, los dos estábamos calados hasta los huesos, pero de un modo que traslucía las diferencias entre razas. Él, cual salvaje que vive sin techado ni resguardo y cuya piel desnuda está acostumbrada a soportar los vaivenes del tiempo, no reaccionaba ante las inclemencias de este, mientras que yo, delicada como los pétalos de un jazmín en el mes de enero, sentía cómo mis brazos y piernas se entumecían por el frescor del líquido elemento.

—Depositamos en su interior nuestros sueños, deseos y secretos más íntimos sin ser conscientes de que es un envoltorio frágil y fácil de profanar —apuntó el jayán haciéndome entrega del sobre—. Me temo, señora, que el agua...

Con el brazo extendido se lo arranqué de la mano y con unos ojos de gata enfurruñada le di a entender que no me interesaban sus comentarios y que, por la cuenta que le traía, mantuviera las distancias, incluida la física, pues entre nosotros debía existir un espacio, de al menos un metro, que jamás debía traspasar.

Aquel desagradable percance pasado por agua me permitió descubrir una faceta que nunca antes había desplegado y que a partir de ahora debería cultivar y perfeccionar, esto es, la de poner en su sitio a los inferiores. Günther habría estado orgulloso de verme ejercer de soberana. «A los judíos y a los polacos hay que atarlos en corto para que jamás nos pierdan el respeto —le había oído decir en más de una ocasión—. Es un principio que no debemos descuidar, porque cualquier atisbo de tolerancia o libertad por nuestra parte es visto por ellos como un paso atrás, como un acto de vulnerabilidad que despierta en sus mentes cerriles el instinto de morder.»

Las señas del remitente habían quedado ininteligibles, una tinta negra desteñida de gris manchaba la cubierta del sobre.

—¡Cuántas veces les habré dicho a los zoquetes de Hans y Otto que manden cambiar de una vez por todas el condenado buzón! —mascullé furiosa entre dientes mientras protegía el sobre de la lluvia bajo la bata—. ¿Qué diantres le pasa a este país? ¿Por qué todo está viejo y deteriorado?

No pude evitar volver a clavar mis pupilas en los ojos del polaco, dándole a entender que despreciaba todo cuanto tuviera que ver con su cultura, con lo que existió allí antes de nuestra llegada. Mis mejillas ardían como brasas, por el odio que fluía desde mi corazón. Mas él no se turbó en lo más mínimo; parecía un ser impertérrito, de irritante temple sereno, y lo que fue una estatua helena de mármol blanco real ahora se me presentaba como de vulgar arcilla. El hecho de que lo sobrevalorara fue, sin duda, producto de la conmoción que sufrí al caerme, pensé.

—Sin ánimo de ofender, señora, le recuerdo que fueron ustedes quienes invadieron sin misericordia nuestras tierras y hogares, por lo que no debe extrañarse de que ni siquiera el buzón de allá abajo saliera indemne de la metralla de sus armas —pronunció esas palabras con la parsimonia del profesor que alecciona a una colegiala por las consecuencias de una mala conducta.

«¡Qué se ha pensado esta deyección humana!», le espeté en mis pensamientos. ¿Quién se había creído que era ese tipo? ¿Era consciente de que con un chasquido de dedos podía mandarlo al KZ, donde a buen seguro le bajarían esos humos de prepotencia? Tomé aire profundamente y decidí ganar por mérito propio mi primera batalla en campo enemigo, como un valeroso soldado de la Wehrmacht, aunque fuera en bata y semidescalza.

—Veo que la ignorancia es tu carta de presentación. Puedes decirme lo que quieras, pero la realidad es que vosotros estáis donde estáis y nosotros estamos donde estamos. ¿Qué pueblo noble y poderoso se rinde en apenas un mes ante una invasión? —le repliqué con vehemencia.

De sopetón, mi furia se volvió excitación. Me había transformado en un pequeño Führer que esperaba la respuesta de un contrincante que no le llegaba a la altura de la suela de su zapato. Empezaba a disfrutar de aquel pulso cuando Hans se abalanzó sobre él, empujándole en el pecho con las dos manos.

—¿Qué haces, miserable? ¡Cómo osas molestar a la señora! —le increpó el tirillas con el puño listo para propinarle un puñetazo en la cara.

Me sorprendió que la embestida del SS apenas moviese del sitio al extraño, que ni pestañeó ante la provocación de su agresor.

—No pasa nada, Hans, tranquilícese, solo estábamos intercambiando opiniones sobre ganadores y vencidos —ordené decididamente.

Me gustó: ahora tenía a dos hombres comiendo de mi mano. La grandeza del momento fue engalanada por una repentina luminosidad; el cielo se abría por fin para dejar paso a unos cegadores rayos de luz. La calidez del sol se hizo sentir sobre la piel mojada, todo a mi alrededor se tornó en una acuarela multicolor y unas últimas gotas de lluvia se estrellaban en la tierra borracha de agua. Solo el cuerpo enjuto de Hans afeaba aquella estampa vernal en la que el cuerpo de un esbelto Apoxiomeno, aunque gredoso, impactaba en mis retinas como una silueta dibujada por el astro rey que lo iluminaba por detrás.

—¡Vuelve a tus quehaceres, haragán! —le espetó el SS con el cuello tan tieso como un gallo de corral dispuesto a lanzar el siguiente picotazo a la menor provocación. Su actitud ciertamente me resultaba molesta, pues estaba convencida de que la explotaba siempre en presencia femenina..., ¿y acaso me consideraba una gallina a la que podría seducir con sus galanteos aviares?

El polaco inclinó ligeramente la cabeza en señal de acatamiento y yo, en respuesta, me giré para darle la espalda como las reinas hacen con sus súbditos y distraje mi mirada en unas malas hierbas que crecían insolentes en medio del camino. Escuché cómo sus pasos se alejaban de mí. O al menos eso creí, pues de repente volví a sentir su voz aplomada y respetuosa.

—Disculpe, señora, su zapatilla.

Le miré de reojo. La sujetaba con una mano y con la otra intentaba quitar, con delicadeza, la arena y el agua que había descompuesto su pompón rosa. Él extendió el brazo con actitud servil y yo recogí mi calzado mostrándole una sonrisa forzada como agradecimiento. «¡Bueno, tras la tormenta siempre viene la calma!», reflexioné mientras contemplaba cómo mi derrotado hoplita se dirigía hacia las cuadras; en mitad del camino, se agachó para recoger unas ramas rotas por el viento y reanudó su ignominiosa retirada. «Le concederé una segunda oportunidad», me dije finalmente, pensando que debía aparecer ante la servidumbre como una líder justa y magnánima, a modo de nuestro Adolf.

Frau F., le recuerdo que debemos mezclarnos lo menos posible con los polacos —manifestó Hans pidiéndome con gestos de la mano la carta que acababa de guardar—. ¿Me permite?

Al ver que mi respuesta era aprisionar el sobre con más fuerza contra el pecho, insistió:

—Ya sabe por su esposo que debemos cerciorarnos de que no reciba cartas intimidatorias ni paquetes que pueden darle un susto o algo peor. En este asunto he de ser inflexible.

—¡Por el amor de Dios! ¿No tienen suficiente con espiar mis conversaciones telefónicas? ¿También han de andar husmeando en mis cartas? —Estaba harta de que se entrometieran en mis asuntos privados, como quién era el remitente, que abrieran la correspondencia sospechosa o de que supieran con qué regularidad mi madre me contaba sus preocupaciones más íntimas...

—Las órdenes son órdenes, Frau F.

No me importaban sus órdenes, pero me reservé mi opinión para no caer en un diálogo de besugos. Aunque, por otra parte, acababa de salir airosa de una batalla y quería saborear las mieles de una segunda victoria. Para arrugar al gallo Hans debía actuar con convicción.

—No sabe cuánto me complace que se preocupe por mi seguridad, pero a partir de ahora, Hans, sepa usted que mi correo es tan solo asunto mío y que seré yo quien recoja mi correspondencia del buzón. ¿Ha quedado claro? Con el resto de las cartas y paquetes puede proceder como le dicten desde arriba. Hoy mismo aprovecharé que Hermann viaja a Auschwitz para poner al tanto a Günther de mi decisión.

Funcionó. Por vez primera, percibí una expresión dubitativa en el rostro de Hans: un nuevo gallo con faldas estaba a punto de hacerse con el corral. El SS, tras cerciorarse de que nadie estaba presenciando aquella conversación, alzó los brazos y los dejó caer contra los muslos, en actitud de rendición.

—¡Retírese, soldado! —le ordené, satisfecha de mi segundo triunfo encadenado. El ejercicio de ejercer la autoridad me satisfizo tanto que mi cuerpo se revitalizó—. ¡Ah! Y, por favor, Hans, transmítale este mismo deseo también a Otto. Muchas gracias.

Cuando me encontré sola por fin, abrí el sobre, deprisa, deseosa de conocer su contenido. Su interior guardaba una postal con la más que conocida fotografía de nuestro Führer, en la que aparecía ataviado con un traje tradicional bávaro, de pantalón corto y calcetines de lana altos, sentado en un banco. Miraba seriamente a la cámara, con su rostro augusto y su inconfundible bigote, que no rebasaba el límite de las aletas de su nariz y que caía vertical sobre el labio superior. Tenía su brazo derecho puesto en jarra, y el izquierdo, apoyado en el muslo del mismo lado. Al pie de la foto se leía «Un Pueblo, un Reich, un Führer». Y en el dorso de la tarjeta una letra negra femenina, de trazo casi perfecto, transmitía el siguiente mensaje:

Estimada Frau F.:

Será un grato placer para mí volver a verla. No obstante, y si no le importa, me gustaría que el encuentro se celebre en mi casa, en la misma fecha y hora que Ud. señala. Espero que me dispense por los posibles trastornos que pudiera causarle; en nuestra cita le daré a conocer los motivos.

Heil Hitler.

CLARA W.

Se me iluminó la cara de felicidad, y un temblor ligero y agradable me conquistó. Me fascinó descubrir que Clara no solo había respondido a la invitación que le hice llegar al día siguiente de conocernos, sino que accedía a que nos volviéramos a ver.

Albergué la esperanza de encontrar en la bella Simonetta una amistad que me librara del yugo de la incomunicación, de aquel calabozo que por tiempo indefinido debía considerarlo mi hogar. El encuentro iba a ser a la tarde siguiente así que, con la postal apretada contra el pecho, caminé con la celeridad que me permitía mi tobillo dolorido para llegar cuanto antes a mi ropero y escoger entre el vestuario las prendas que consideraba más oportunas para nuestra primera cita formal.

La elección no resultaría nada sencilla, pues mi intención no era otra que cautivarla en cuanto me viera entrar en su casa. Era crucial que mi aspecto le mostrara sin equívocos la esencia de mi persona y la persuadiera a compartir mi deseo de hacernos buenas amigas. Descarté los trajes serios y sombríos, y busqué entre los vestidos los más sencillos, sin cortes provocativos, cuyas telas fueran ligeras y frescas, de tonos vivos y luminosos que evocaran en ella la llegada de los días largos y cálidos del verano. El peinado debía ser desenfadado, al igual que todo lo demás. Quería que la tarde transcurriera distendida, lejos de las tensiones y angustias que sufrimos el día en que nos conocimos.

Capítulo 3

3

9 de junio de 1943

Era miércoles. Lo que parecía que iba a ser un mediodía insulso como otro cualquiera tomó un nuevo cariz. Por primera vez desde mi llegada a Cracovia se me presentó el irreprimible impulso del artista, el de crear. Y no fue una inquietud espontánea, germinó por la proximidad del encuentro con Clara, que iba a producirse Dios mediante en unas pocas horas. Ansiaba que su belleza aguijoneara mis languidecidos sentidos, despertara a mi musa del sueño de los dioses y la pusiera a trabajar para obrar el milagro de transferir al papel el placer que el artista siente ante la contemplación de lo sublime.

Tomé asiento en el sillón de mi dormitorio, un orejero perlado de estilo imperio tapizado en damasco, y exhumé de la rinconera que quedaba a mi derecha los carboncillos y el portafolios donde la desgana había enterrado mis cuadernos de dibujo y algunos bocetos en papel de estraza. Por el ventanal entreabierto, una brisa fresca y vivificante trajo hasta mí la caricia de unos aromas florales y el dulzor de los trinos de pajarillos libres y enamorados. Entonces, me sentí sobrepasada por un aluvión de sentimientos, ideas y emociones, solo comparable a cuando decidí retratar por primera vez a Erich pocos meses después de que viniese al mundo.

El embarazo de mi hijo fue complicado y me postró en cama durante la mayor parte de los siete meses y medio que duró. A la angustia y al miedo de perder el bebé se sumó la frustración de ver truncadas mis aspiraciones profesionales, pues tuve que rechazar un puesto como profesora de Arte en una de las escuelas más reputadas de Berlín, porque Günther se empecinó en que yo atendiera personalmente la crianza del pequeño. Pero para mí no fue fácil renunciar a aquel sueño, y me deprimí tanto por esa decisión que abandoné mi impulso creativo, la necesidad de hablar con el mundo a través de mis obras.

Pero todo cambió cuando tuve en brazos a la criatura; me conformé con pensar que Erich era la recompensa a mis sacrificios; un día amanecí llena de energía y me convertí, salvando las distancias, en un Tintoretto fuera de control: cogí los lápices y comencé a dibujar al ser que más quería en el mundo. A decir verdad, Erich, un niño sano y bonachón, nunca supuso un obstáculo para que yo retomara mi vocación artística: los momentos de asueto los aprovechaba para buscar a mi alrededor la chispa de la inspiración, dejarme llevar por el inconsciente y trasladar al papel vergueteado aquellas cosas que hacían sentirme feliz o que causaban en mí algún tipo de estímulo deleitoso. Eso explicaba que mis carboncillos desearan que me dedicara a Günther y al pequeño; pasar delicadamente el dedo sobre los retratos, para crear luces y volúmenes, era como acariciar sus pieles desde la distancia.

Similar deleite me procuraba la naturaleza. Contemplarla suponía zambullirme desnuda en un océano pacífico; la evasión obligada para soportar los reveses del día a día y los desastres causados por la guerra. Mi ánimo gozaba recogiendo pinceladas de la infinita belleza que esconde la vida silvestre, y disfrutaba reflejando en las acuarelas y dibujos la magnitud de sus prodigios a través de detalles ínfimos que desfilan ante los ojos de los urbanitas sin ser atendidos: el rocío matinal que adorna de pequeños diamantes los pétalos de las flores; el consuelo del rayo de sol que hace estallar las yemas de los árboles en delicadas hojuelas; el mullido musgo y los líquenes tranquilos que invaden la cara norte de roquedos y troncos centenarios; las arañas que tejen sabiamente sus telas geométricas o que se dejan llevar por la brisa, unidas a un paracaídas consistente en un hilo casi invisible; las lagartijas que se camuflan con el entorno para calentarse con el sol de la mañana; la nube caótica de insectos volitando al contraluz cuando el astro rey se enrojece al atardecer...

Trashojé una tras otra las páginas del cuaderno más reciente, parándome en cada uno de los dibujos, realizados con diferentes técnicas, de la acuarela al carboncillo, pasando por el lápiz y el pastel, y haciendo el ejercicio de recordar el estímulo que me incitó a crearlos. La mayoría eran obras inacabadas, algunas de ellas meros trazos que se vieron interrumpidos por mis muchas obligaciones y no pocas distracciones de entonces. Siempre me prometía concluirlas, pero casi nunca cumplía la promesa, bien porque caían en el olvido, bien porque iniciaba un nuevo proyecto. Pero ahora, aquí en el Gobierno General, el destino me puso en bandeja la oportunidad de realizar mi sueño, de olvidarme del tictac del reloj y dedicar las horas que se me antojaran a saciar mis apetitos artísticos.

El nuevo trabajo de Günther nos permitió contratar toda una tropa de sirvientes —el chófer, la cocinera que además hacía de ama de llaves, la institutriz de Erich...— que nos liberó a los dos de las tareas más improductivas para el intelecto.

Las risas de una chiquillería que entraban por la ventana captaron mi atención. Al aplicar el oído distinguí enseguida las inconfundibles carcajadas de mi hijo. Me pareció que hacía una eternidad que no le escuchaba reír con tanto alborozo. Pero ¿de quién era la otra vocecilla chillona y desconocida que rompía el silencio rutinario del lugar?

Espoleada por la curiosidad, salí al balcón de la alcoba y asomé la cabeza más allá del barandal para zanjar el misterio. Desde aquella suerte de baluarte en la planta de arriba podía contemplar la parte trasera de la propiedad, un terreno de casi una hectárea en el que destacaban los establos de nuestros tres caballos, una casita para invitados, ocupada ahora por los dos soldados de las SS, y un extenso parterre que se me antojaba aún más descuidado que el que presidía el lado de la finca que daba a la avenida. Carecía de flores ornamentales. Tan solo algunos arbustos longevos, de poderoso tronco y extraordinaria altura, y macizos de arbolillos desmadrados descollaban con su verdor sobre la gravilla parda del terreno, rota por las malas hierbas, y de los retales de maleza seca por las heladas del invierno. Por aquí y por allá, rodeando el parterre, crecían avellanos, perales y otros árboles frutales, y grupos aislados de robles añosos que reclamaban una inmediata atención. Mis dominios morían en un triste muro levantado en piedra, al que, tal vez por dejadez de los antiguos propietarios, le faltaba alguna que otra pieza rocosa. Aquella tapia abandonada me sacaba dos o tres cabezas de alto, y al otro lado de sus setenta o más metros de longitud se abrían unos pastizales que se extendían hasta el límite de unos bosques frondosos que tapizaban de verde unas suaves colinas. De cada extremo del muro, partían unas tapias de menor altura que bajaban paralelas por uno y otro lado de la propiedad, marcando las lindes con nuestros vecinos, hasta juntarse con la valla principal.

Según pudo saber Hermann, la vivienda que me quedaba a la derecha estaba ahora deshabitada, pues el Oberst de la Luftwaffe que vivió en ella partió a un nuevo destino con su mujer y sus dos hijas. La casa del otro lado la compartían varios jefes de la milicia, a los que yo no tenía el gusto de conocer y esperaba que así se mantuviera para siempre. Personalmente no tenía ningún interés en establecer vínculo alguno con ellos. Además, me creaba una cierta inquietud la posibilidad de que supieran o llegaran a saber que a tan solo unos pocos metros vivía una mujer joven y de buen ver, y con un marido ausente la mayor parte del tiempo. Lejos de esposas y novias, llevaban una vida libidinosa; cada dos por tres me llegaba el eco de sus juergas nocturnas, de voces empapadas en alcohol y de carcajadas de suripantas. Temí por que alguno de ellos osara llamar a mi puerta con las excusas más peregrinas para importunarme con visitas cuyo fin no fuese otro que el de vivir una aventura amorosa. Del resto de los vecinos, cuyas casas quedaban lejos de la mía y estaban tapadas por líneas de setos y arboledas que seguramente se plantaron con el propósito de crear intimidad, apenas sabía nada; algún que otro chisme que llegó a mis oídos por parte del servicio doméstico. Nada relevante. En esas semanas no tuve la ocasión de entablar conversación con los vecinos de alrededor, salvo algún que otro hola y adiós de gente que se cruzaba en mi camino. Acostumbrada a tanta soledad, el hecho de que Erich intercambiara risas con otro muchacho me resultó muy extraño.

Desde el balcón, la parte trasera de la casa aparecía despejada: ni un alma a la vista, a pesar de que seguían llegándome las voces de los niños. Parecían provenir de un árbol chato y de tronco retorcido. Puse los ojos en él sin éxito, hasta que una oportuna ráfaga de viento me permitió ver a mi hijo trepando por una de sus ramas. Un instante después, vislumbré entre la espesura del follaje el cuerpo de otro niño también encaramado a otra rama. Despuntaban entre el verde aceituna de las hojas de aquella planta los colores marrón e índigo de su ropa.

Durante unos minutos, permanecí callada, inmóvil como cuando paseando por el bosque sorprendes a un cervatillo bebiendo en un riachuelo, y seguí atenta el jugueteo de los críos. El desconocido por fin se dejó ver, al saltar desde una buena altura con la agilidad de un gato y caer rodando al suelo. Creí que se había roto los huesos, pero no, se levantó como impulsado por un resorte, de espaldas a mí, se examinó los codos y se sacudió el trasero con unos azotes. Luego miró hacia arriba y le masculló algo a Erich que no llegué a entender; con inequívoco deje polaco, chapurreaba un alemán difícilmente inteligible. Sin embargo, era evidente que entre ellos no existía ningún obstáculo lingüístico que les impidiera comunicarse. Pero ¿quién era ese crío? ¿De dónde diablos había salido?

Escudriñé de arriba abajo al forastero. Sería tan alto como Erich, pero de complexión enclenque, y quizá hasta compartían la misma edad. Tenía la tez algo más oscura que la de mi retoño y por debajo de una gorra de pana gris, que bien podría habérsela tomado prestada a un hermano mayor, afloraba una mata de rizos de color castaño claro. Una andrajosa camiseta parda de algodón era lo único que abrigaba su torso, y de sus mangas cortas salían unos brazos escurridos de carnes. El crío arrastraba unos pantalones de tono añil, dos o tres tallas más grandes que la suya real, remangados y deshilachados debido al roce constante con el suelo.

¡Era la estampa del mismísimo Huckleberry Finn! O así por lo menos me imaginaba yo al íntimo amigo de Tom Sawyer con unos cuantos años menos. Su pinta, al igual que Huck, era la del típico niño dejado de la mano de Dios, aquel que no asistía a la escuela, que no rendía cuentas a nadie, que hacía lo que le venía en gana y disfrutaba de todo cuanto hacía bella la vida. En la novela, las madres de los demás niños evitaban que sus pequeños jugaran con él; temían que el mal ejemplo de Huck los arrastrara a conductas reprobables y, en definitiva, tirar por la borda sus vidas apenas recién salidos del cascarón. Era comprensible que pensaran de ese modo y que les horrorizara que sus hijos hicieran buenas migas con Huck, aunque todas sus prevenciones y temores hacia él eran infundados, porque en realidad no conocían la nobleza de su corazón.

Supuse que si Erich poseyera ahora amiguitos de su misma clase social y provenientes de buenas familias, habría echado mano de los mismos argumentos esgrimidos por aquellas mujeres para alejar a aquel intruso de mi hijo. Es más, en mi circunstancia esta actitud sobreprotectora tenía una mayor justificación: el niño que estaba correteando en el jardín con mi hijo era un humilde polaco, la peor pesadilla para una madre alemana. Pero en aquellos instantes mi sentido común fue incapaz de juzgar razonablemente la situación. Para mi sorpresa, mi mente no pergeñó ningún argumento que me impulsara a bajar corriendo las escaleras y echar sin contemplaciones a la criatura de nuestra propiedad, como sin duda habría hecho Günther si hubiera estado allí conmigo. ¿Cómo era posible que me viera incapaz de cumplir con algo que mi esposo o cualquier otra persona habría ejecutado sin titubear? ¿Debía abochornarme por mi flaqueza? ¿Qué pensaría la gente que me conocía si me viera en aquella tesitura? Quedé desconcertada. Me dije a mí misma que la vida se encuentra condicionada por los múltiples acontecimientos que nos sobrevienen, unos evitables y otros no. Así es la vida, un convivir con lo que se nos va presentando y con lo que nos vamos quedando, reflexioné. En ese momento, era una madre que veía a su hijo jugando, feliz, con otro niño en un mundo de mayores enfrentados.

—¡Allá voy! —gritó Erich, que se batía en una lucha por descender del árbol para reunirse con el pequeño polaco. Mi hijo carecía de la destreza y agilidad del otro muchacho. Abrazó torpemente la rama con los brazos en un intento de dejarse deslizar por ella, como si se tratara de una barra de bomberos. Pero la rama era rugosa y tan poco inclinada que Erich se quedó atascado; sus piernas, rendidas por el esfuerzo, se descolgaron. Las balanceó con ahínco para rodear con ellas de nuevo la rama, pero tan solo logró que sus brazos también flaquearan y las manos terminaran siendo su único punto de agarre. Frustrado, empezó a gimotear. Era un gimoteo sonoro y lastimero.

—¡Suétate, suétate ya, no pasar nara! —le sugirió el polaquito.

Erich se había quedado colgado a un metro y poco del suelo. Me estremecí y quise correr en su auxilio, pero me esperé al ver cómo el desconocido se acercó a él y, con sus pequeñas manos, empujó por el trasero a Erich, que volvió a enroscarse a la rama. Así avanzó un trecho, y el riesgo de que mi hijo se rompiera la crisma pasó de largo. Pero cuando estaba a punto de conseguirlo, las piernas de su ayudante empezaron a retorcerse como un alambre, todo su cuerpo se descompensó y acabó por retirarle las manos de los glúteos, seguramente doloridas por el esfuerzo. Los dos perdieron el equilibrio y cayeron atropelladamente, uno sobre otro. Un sinfín de bolitas verdes que Erich guardaba en los bolsillos se desparramaron rodando por el suelo. Eran los frutos inmaduros que los niños se habían dedicado a reunir en su periplo arbóreo. Repuestos del susto del encontronazo, ambos mequetrefes rompieron a reír a carcajadas, tumbados uno al lado del otro y mirando al cielo. Y yo, aliviada de verlos ilesos, los acompañé en sus risas, en silencio, para que no descubrieran que los estaba observando.

Hasta nueva orden del Gobierno General, estamos siendo muy estrictos con la política de relaciones entre alemanes y polacos. El único contacto de muchos de mis camaradas con ellos ha sido para domeñarlos, para perseguir y detener a los insurrectos, a aquellos que se niegan a servirnos y quienes atacan u ofenden a nuestros compatriotas. Muchos de ellos, los que creemos que son irrecuperables o una amenaza seria para nuestros propósitos, son fusilados sin misericordia. Los restantes son traídos a Auschwitz, donde nosotros nos ocupamos de domesticarlos. Mis funciones en el campo me obligan a tener trato habitual con ellos, y puedo asegurarte que son criaturas casi irracionales, difíciles de doblegar. Pero por mucho que se resisten, al final se impone la ley del amo y el siervo. Aquí poseo decenas de esclavos a mi cargo, que realizan las faenas desagradables de las que el hombre ario debe quedar redimido. Te sentirás una reina.

Me asaltaron a la memoria las líneas de ánimo que me escribió Günther semanas antes de que Erich y yo partiéramos de Alemania para reunirnos aquí con

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