O lo uno o lo otro

Elif Batuman

Fragmento

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LA PRIMERA SEMANA

Ya había oscurecido cuando llegué a Cambridge. Arrastré la maleta de mi madre por los adoquines hacia el río. Riley se había indignado cuando nos ubicaron en Mather y no en uno de los edificios históricos de ladrillo visto cubiertos de hiedra donde en el pasado lejano los estudiantes vivían con sus criados. Pero a mí no me interesaba nada la historia, de modo que estaba encantada de que las habitaciones de Mather fueran todas individuales y no había que andar decidiendo cómo compartir una suite de distribución irregular en la que los chicos habían vivido con sus criados.

No hablaba con Ivan desde julio, cuando nos despedimos en el aparcamiento junto al Danubio. No nos intercambiamos los números, porque los dos íbamos a estar viajando, y además nunca habíamos hablado mucho por teléfono. Pero no tenía la menor duda de que al retomar el curso me encontraría con un email suyo, explicándomelo todo. No me cabía en la cabeza que no me diera ningún tipo de explicación, o que esa explicación viniera de un tercero, o que llegara por otra vía que no fuese un email, ya que todo lo que había sucedido entre nosotros había sido por esa vía.

Mather parecía una nave alienígena: inexpugnable, al mismo tiempo antigua y futurista, poderosa. Sostuve mi identificación ante el lector y la puerta de la sala de ordenadores se abrió. Recordé de pronto un libro que leí en el que una mujer, tras siete años encerrada en un gulag, se contemplaba por primera vez en un espejo y el rostro que la miraba no era el suyo, sino el de su madre. De inmediato me di cuenta de lo vergonzoso, fatuo y estúpido que resultaba que yo, una estudiante universitaria americana que llevaba tres meses sin consultar su email, tuviera la ocurrencia de compararme con una prisionera política que se había pasado siete años en un gulag. Pero ya era demasiado tarde, la idea ya se me había pasado por la cabeza.

Introduje dos veces una contraseña errónea antes de recordar la correcta. La información empezó a aparecer en cascada en la pantalla, primero datos sobre el propio ordenador y los protocolos que usaba, después sobre cuándo y dónde se me había ubicado la última vez y por último la frase que hizo que me diera un vuelco el corazón: Tienes emails nuevos.

Aparecía el nombre de Ivan, tal como me esperaba. Sin embargo, antes de leer el mensaje, le eché un vistazo rápido, para comprobar lo largo que era y la pinta que tenía. De inmediato detecté que algo iba mal. De modo que algo va mal, leí. Vi las palabras «estupefacto» y «monstruo»: «Me deja estupefacto que me veas como un monstruo», decía. «Ya sé que no te crees nada de lo que digo». Y: «Espero que me digas por qué soy tan horrible, para que al menos pueda defenderme».

Tuve que releer dos veces el mensaje entero antes de entender que era de hacía tres meses. Ivan me lo había enviado en junio, en respuesta a un furibundo email que yo le había mandado antes de dejar el campus. Técnicamente, su respuesta había quedado invalidada por todo lo sucedido entre nosotros durante esos meses. Pero seguía pareciendo su última palabra al respecto, porque, aunque había muchos mensajes más en la bandeja de entrada, ninguno era de Ivan. No me había vuelto a escribir desde ese día en el aparcamiento, desde que me había abrazado y después se había metido en su coche y se había largado.

La mayoría de los restantes emails eran también de meses atrás y ya desactualizados. Había uno de Peter que decía: Necesito saber con urgencia la hora de llegada de tu vuelo a Budapest, y otro de Riley preguntándome si me parecía bien un alojamiento compartido para no tener que vivir en Mather. Solo había un par de mensajes de los últimos dos días. Uno decía que tenía que contactar con mi asesor financiero lo antes posible. El otro, del nuevo presidente de la Asociación de Estudiantes Turcos, informaba de que alguien había encontrado una tienda en Brookline que vendía pastirma al estilo Kayseri, un tipo de carne curada que según algunos estaba etimológicamente relacionada con el pastrami. Así que si os gusta la pastirma estilo Kayseri podéis encontrarla allí, concluía su mensaje.

Salí del programa de email y utilicé el terrible comando «finger» para averiguar dónde estaba Ivan. Había iniciado sesión en Berkeley hacía un par de horas. De modo que estaba allí. Solo que no me estaba escribiendo a mí.

* * *

Svetlana llegó al campus un día después que yo, aunque parecía que habían pasado años. Yo ya había dormido toda la noche en mi nueva habitación, había desayunado y comido en la cafetería, y había hecho varios viajes a la consigna y había mantenido la misma conversación una y otra vez. «¿Qué tal el verano?». «¿Qué tal el verano?». «¿Qué tal por Hungría?». No estaba nada satisfecha con las vaguedades en mis respuestas. Pero no sabía qué más decir.

«¿Qué tal por Hungría?», me preguntó Lakshmi durante el almuerzo con un destello conspirativo en los ojos. «¿Sucedió algo?». A pesar de mi profundo convencimiento de que habían sucedido un montón de cosas, respondí con sinceridad a lo que en realidad Lakshmi me estaba preguntando. No, no había sucedido nada.

Svetlana me hizo la misma pregunta por la noche, cuando nos encontramos en su suite con aspecto de almacén en el nuevo Quincy y nos sentamos en sillas en forma de sacos de judías bajo un póster de un cuadro de Edward Hopper, y hablamos de todo lo que había sucedido desde la última vez que habíamos hablado, yo desde una cabina en la estación ferroviaria de Kál y Svetlana desde casa de su abuela en Belgrado. Le conté que al final había telefoneado a Ivan en Budapest, que él se presentó con una piragua y nos pasamos toda la noche charlando en casa de sus padres.

—¿Sucedió algo? —me preguntó, con un tono más relajado y divertido que el de Lakshmi, pero queriendo saber exactamente lo mismo.

—Bueno, eso no pasó —respondí.

—Oh, Selin —dijo Svetlana.

Cuando Ivan me habló por primera vez del programa de ve­rano en Hungría, me dijo que me tomara mi tiempo para pensármelo, porque no quería obligarme a nada. Svetlana tenía la teoría de que, si yo aceptaba ir, Ivan intentaría acostarse conmigo. Era una posibilidad que hasta entonces ni se me había pasado por la cabeza. Fantaseaba con Ivan a todas horas, imaginando diferentes conversaciones que podíamos tener, cómo me miraría, me acariciaría el cabello, me besaría. Pero jamás me lo había imaginado manteniendo relaciones sexuales conmigo. Lo que yo sabía sobre «mantener relaciones sexuales» no se correspondía con nada que yo desease o hubiera experimentado.

Había intentado, un montón de veces, colocarme tampones. Las chicas más mayores o más sofisticadas consideraban los tampones más liberadores y feministas que las compresas maxi. «Me lo pongo y me olvido del asunto». Me agobiaba la idea implícita de que una no dejara de pensar nunca en su compresa maxi. Pese a todo, cada pocos meses lo intentaba de nuevo con los tampones. Pero siempre pasaba lo mismo. Daba igual hacia donde empujase el aplicador y lo metódicamente que probara todos los ángulos posibles, el resultado era un dolor intensísimo, como de descarga eléctrica. Me leía y releía las instrucciones. Estaba claro que algo hacía mal, pero ¿qué? Estaba preocupada, porque estaba segura de que un tío —de que Ivan— sería más voluminoso que un tampón. Pero llegados a este punto mi cerebro era incapaz de visualizarlo, porque se convertía en algo impensable.

Svetlana me dijo que mejor me lo pensara bien. «No querrás terminar en esa situación sin haberla tenido en cuenta», me comentó con sensatez. Y, sin embargo, resultó que no había mucho en lo que pensar. Enseguida se hizo evidente que, si Ivan trataba de acostarse conmigo, yo accedería. Tal vez él podría explicarme qué había estado haciendo mal, y no sería tan terrible como intentar colocarse un tampón.

Sin embargo, él no lo intentó y todas las noches que pasamos juntos no hicimos otra cosa que hablar. Después él se marchó a Tailandia a finales de julio mientras que yo me quedé diez días más en el pueblo, rodeada de desconocidos. Fue muy raro: yo había accedido a viajar a Hungría para intentar entender mejor a Ivan, ya que lo de ser húngaro parecía ser tan importante para él, y no fue hasta llegar al pueblo cuando me percaté, con cierto impacto, de que, aunque la hungaridad era una parte importante de Ivan, el propio Ivan representaba una pequeñísima parte de Hungría. Yo ya sabía que Hungría era un país enorme, con millones de habitantes que jamás se habían cruzado con Ivan y que ni conocían su existencia ni tenían el más mínimo interés en él. Pero al parecer no había acabado de procesar bien esta información, porque encontrarme ante ella me produjo un impacto.

¿Fue entonces cuando perdí el hilo de la historia que me estaba contando a mí misma, el hilo de la historia de mi vida?

El viaje a Belgrado de Svetlana —la primera vez que volvía desde la guerra— había ido bien, tal vez gracias a toda la preparación previa que hizo con su psiquiatra. Solo hubo un momento, en la tienda de debajo del apartamento de su abuela, cuando se le cayó una moneda y se agachó a recogerla, en que de pronto recordó con horror una botella de leche que estalló al chocar contra esas baldosas del suelo. No recordaba qué más sucedió, o por qué fue tan horrible. Era solo la imagen del cristal estallando en todas direcciones y el charco de leche extendiéndose por las sucias baldosas como una mano diabólica.

—Leche derramada —suspiró Svetlana—. A veces desearía que mi subconsciente fuera un poco más original.

Yo tenía ganas de que me contara más cosas de ese viaje, pero Svetlana ya pensaba menos en Belgrado que en la naturaleza, de donde acababa de regresar después de ejercer de líder en un programa de iniciación para estudiantes de primer año. Yo siempre me olvidaba de los programas de iniciación para estudiantes de primer año. Además del que se llevaba a cabo en plena naturaleza, estaba el de artes y el de servicios a la comunidad, en el que se construían casas para los desfavorecidos. Había que abonar un pago extra para hacerlos —incluso el de construir casas—, de modo que no se me había pasado por la cabeza apuntarme. Pero Svetlana había hecho como estudiante de primer año el que se realizaba en plena naturaleza y había sido para ella una experiencia próxima a lo sublime.

Escuchándola, me debatía entre creerme que en efecto había vivido algo maravilloso y experimentar un profundo sentimiento de alienación. Me contó la intensa relación que había establecido con un estudiante de primer año que parecía de lo más aburrido a través de una serie de ejercicios, juegos y actividades para generar confianza, que hacía años que se ponían en práctica con este propósito. No parecía incómoda, como lo hubiera estado yo, ante la idea de que era una experiencia diseñada con la intención de hacerte sentir de una determinada manera.

En el relato de Svetlana, cada vez cobraba más protagonismo el papel de su colíder Scott. Cada grupo tenía dos líderes, un chico y una chica. Entendí que debía ser excitante compartir con un chico una misión que requería coordinación, discusión y responsabilidad. Al mismo tiempo, había algo siniestro en que todo el mundo se volcara en este campamento temático en que todos jugaban a ser mamá y papá. ¿Me sentía así porque mis padres estaban divorciados?

Scott, que era un entusiasta de la música bluegrass y del Zen, parecía uno de esos típicos tíos superamericanos insulsos a los que Svetlana siempre les acababa pareciendo divertidísima. Por algún misterioso motivo, este tipo de tíos siempre solían mostrar reticencias hacia mi persona. Cuando Svetlana se puso a explicar que Scott estaba en el último año y tenía novia, su tono dio a entender que o bien tomaba distancia o bien tiraba de ironía al establecer la comparación, de inmediato obvia para las dos, con Ivan. No paraba de hacer hincapié en que su relación con Scott estaba del todo conectada con unas circunstancias muy concretas, porque debían tener plena confianza el uno en el otro, conocer a la perfección el cuerpo del otro, ayudarse a superar obstáculos naturales y artificiales, y cargar con todo lo que sus cuerpos necesitaban para sobrevivir ahí fuera, rodeados día y noche por la insondable belleza de la naturaleza.

«¿Cómo voy a poder vivir sin ti?», le preguntó Scott a Svet­lana la última noche que pasaron juntos. Ella le dijo que tal vez fuera lo mejor que su intimidad llegara ya a su fin, porque ella en su vida cotidiana no era tan vital e intensa como en los bosques. «Le dije: “En invierno puedo ser muy apagada” —me contó, enfatizando la inusual palabra elegida—, “y no querría decepcionarte”».

«No deberías preocuparte por decepcionarme —le respondió Scott—. No estamos saliendo».

¿Por qué me sentí hecha polvo? Svetlana se había limitado a reproducir algo que le había dicho Scott. No tenía nada que ver conmigo, y la propia Svetlana no parecía molesta.

* * *

Svetlana y yo estábamos sentadas en nuestra habitación leyendo el catálogo del curso. Era un libro mágico. Contenía todo el conocimiento humano, oculto bajo la forma de categorías. Era como Los archivos secretos de la Sra. Basil E. Frankweiler, donde la respuesta a si la estatua es o no de Miguel Ángel —la respuesta que dará sentido a todo lo sucedido anteriormente— estaba en los archivos del propio museo y los niños solo tenían que dar con ella, pero primero tenían que adivinar bajo qué concepto estaba archivada.

En mi opinión, no acababa de tener sentido el modo en que estaban organizados los departamentos y las especializaciones. ¿Por qué las diferentes ramas de la literatura estaban organizadas según la localización geográfica y el idioma, mientras que las ciencias se organizaban en función de su nivel de abstracción, o por la magnitud del objeto de su estudio? ¿Por qué la literatura no se clasificaba en función del número de palabras? ¿Por qué la ciencia no estaba organizada por países? ¿Por qué la religión tenía su propio departamento en lugar de formar parte del de filosofía o antropología? ¿Qué era lo que convertía a algo en una religión y no una filosofía? ¿Por qué la historia de los pueblos no industrializados formaba parte del programa de antropología y no del de historia? ¿Por qué los temas más relevantes se abordaban solo de forma tangencial? ¿Por qué no había un departamento dedicado al amor?

Ya sabía, incluso antes de preguntárselo, que Svetlana defendería el sistema de departamentos, pero ¿cómo? Eran categorías del todo arbitrarias que se le habían ocurrido a algún tío.

—Bueno, claro que son arbitrarias —dijo Svetlana—, pero es porque son categorías históricas, no formales.

Según ella, el catálogo del curso era una reliquia de cómo el saber humano se había dividido por disciplinas desde la Antigua Grecia. Era imposible separar el conocimiento de la historia de cómo se había concebido y dividido en el pasado, por lo que esta era la manera más lógica de estudiarlo: dividido en categorías históricamente determinadas. Me quedé impresionada de lo lista que era Svetlana, pero no estaba de acuerdo. Yo consideraba que debíamos reescribir las categorías e intentar pensar una reorganización mejor que la que habíamos heredado.

En general, desconfiaba de la actitud de Svetlana ante las influencias históricas y de otro tipo. Esta no paraba de pensar en la influencia de sus padres. Aunque no era la única que lo hacía. La mitad de los alumnos de Harvard, a los cinco minutos de conocerte, ya te estaban hablando de la influencia de sus padres.

La gente aseguraba que lo de estar obsesionado con los padres era algo universal, pero a mí no me lo parecía. Cuando leí Hamlet en el instituto casi muero de impaciencia. En esa época en lo único que pensaba era en largarme, y Hamlet lo había hecho, estaba en la universidad, pero luego, ante mi asombro, regresó para enredarse en un burdo drama relacionado con la vida sexual de su madre. Y todo porque se lo pidió su padre, en una perorata de moralizante autocompasión de varias páginas en la que no decía nada a Hamlet o sobre él, y se limitaba a repetir que la lujuria se alimentaba de la basura. Y después Hamlet iba por ahí haciendo comentarios hirientes sobre su madre a la gente. Yo no tenía paciencia para una persona así.

La pasada primavera, antes de tener que decidirnos por nuestra especialidad, Svetlana pidió consejo a sus padres y a otras personas mayores. Su padre, de forma muy retorcida, se negó a dárselo diciéndole: «Es imposible que yo te conozca mejor de lo que te conoces a ti misma». Eso era típico del padre de Svetlana. Era evidente que estaba convencido de saber qué le convenía, pero prefirió darle una lección. Su madre le soltó «Pregúntale a Gould», en referencia a Stephen Jay Gould, porque había ido a verlo a su despacho unas horas antes y habían mantenido una conversación de dos horas sobre el origen del hombre. «Qué envidia me das con tantas opciones para elegir —le dijo su madre—. Ojalá estuviera en tu lugar. Me haces tan feliz que a veces hasta lloro».

Svetlana hacía como que todavía no tenía claro qué clases escoger, pero era obvio que ya había tomado una decisión. Las dos estábamos haciendo el curso acelerado de ruso, que era básico si querías tener alguna esperanza de poder leer en ruso antes de acabar los cuatro cursos de la carrera. Eso contaba como dos asignaturas. En cuanto añadías la asignatura medular y un seminario de tu especialidad, ya tenías las cuatro asignaturas que te completaban el curso.

Yo, sin embargo, cursaba una asignatura extra, que podía elegir con total libertad. No entendía por qué no había más gente que cogiera una quinta asignatura. No había que pagar ningún coste extra. Solo tenías que rellenar una «petición» e ir a ver al decano. Eso sí, esas reuniones nunca resultaban agradables. Tras la actitud contenida del decano, podías atisbar un mecanismo oculto que constantemente convertía todo lo que decías en una expresión de irracionalidad o inmadurez. Pero, por algún extraño motivo, las leyes de su universo no les permitían oponerse a ti de forma abierta. Se limitaban a mostrar una sonrisa imperturbable e intentar convencerte de que no cogieras tantas asignaturas, y si tú respondías manteniendo otra sonrisa imperturbable el tiempo suficiente, al final acababan firmándote la petición.

Abrí el catálogo al azar.

LIT COMP 140: AZAR

«Una cantidad incalculable de esfuerzos humanos están dirigidos a combatir y restringir la incomodidad o el peligro que representa el azar», escribe Carl Jung en su prólogo al I Ching. Reflexionaremos sobre las tentativas de artistas y pensadores modernos de redirigir estos esfuerzos para servirse del azar como praxis artística, como conducto para el subconsciente, como vía de escape de las ataduras de la memoria y la imaginación…

El corazón me dio un vuelco al descubrir que había una clase de literatura sobre el azar, sobre todo cuando llegué a que «el temario incluye el flâneur y el paseo sin rumbo como paradigmas de la experiencia urbana». El azar, la probabilidad, era lo que Ivan había ido a estudiar a California ¡y el tema de su tesis fue los paseos sin rumbo! Y los flâneurs eran un tema recurrente en el gremio literario. Nunca he entendido por qué; sueltan que alguien es un flâneur o un voyeur y parecen encantados. Yo sabía que los flâneurs se dedicaban a pasear por ahí y que los voyeurs se dedicaban a mirar. Eso en sí mismo no parecía muy interesante, y yo no acababa de entender por qué un paseo sin rumbo era merecedor de convertirse en objeto de estudio. ¿Era posible que estas cosas estuvieran relacionadas?

Al final de la descripción, se detallaba que entre los temas abordados estaban «las estrategias surrealistas de André Breton en Nadja» y también esto parecía una señal, porque me había fijado muchas veces en el ejemplar de Nadja que tenía Svetlana en su cuarto: un volumen delgado, con una llamativa cubierta minimalista y fotografías en blanco y negro numeradas e intercaladas en el texto. Una vez, mientras esperaba a que Svetlana saliera de la ducha, leí las primeras líneas: «¿Quién soy? Si alguna vez hubiera confiado en un proverbio, tal vez todo se limitaría a saber con quién estoy “obsesionado”». El párrafo seguía varias páginas. Parecía menos interesante que preguntarme a quién perseguía yo.

—¿Es bueno? —pregunté, sosteniendo el libro en la mano, cuando se abrió la puerta y reapareció Svetlana, desnuda y con el pelo envuelto en una toalla.

Me miró pensativa y respondió:

—No sé si te gustaría. Si quieres, te lo presto.

Miré la última página. Leí: «La belleza será CONVULSA o no será».

—Quizá en otro momento —dije, y volví a dejar el libro en el estante.

Unos meses después, Ivan me escribió un largo email sobre Fellini y los payasos, cuya última línea decía: La belleza, dice Breton, será convulsa o no será. Decidí volver a echar un vistazo a Nadja la próxima vez que pasara por la habitación de Svet­lana, para comprobar si había alguna referencia al tema de los payasos. Pero el año académico terminó sin que volviera a pasar un rato en su habitación, esperándola mirando sus libros.

Ahora vivíamos en diferentes edificios y no tardaríamos en estar todavía más alejadas, y ella se casaría y yo ya no vo­lve­ría a esperarla en su cuarto. Qué breve y mágica fue la época en que vivimos pegadas y entrábamos y salíamos de la ha­­bitación de una y otra y nuestra misión más importante en la vida era resolver misterios. La provisionalidad hacía que fuera muy importante hacer lo correcto, seguir las pistas correctas.

* * *

Era fascinante girar en la esquina de la librería y pasar de Ciencia Computacional a Literatura Comparada, ver cómo los gruesos libros de texto daban paso a libros de dimensiones normales con cubiertas interesantes que hacían pensar en que una persona cualquiera podía leerlos en algún momento de su vida. Sin embargo, los libros de la asignatura sobre el Azar destilaban una frialdad nada seductora. ¿Me iban a gustar? Los libros que me gustaban solían ser largos, con descripciones de mobiliario y de alguien enamorándose, y a menudo lucían feas pinturas decimonónicas en las cubiertas. Los libros del Azar eran ese tipo de volúmenes delgados y seductores, con amplios márgenes, que normalmente no me sentía impulsada a leer: libros experimentales, híbridos, posmodernos o líricos. ¿Por qué los poemarios eran tan caros cuando resulta que contenían tan pocas palabras? ¡Esa edición de Las flores del mal costaba treinta dólares! Abrí una página al azar: «Don Juan en el infierno». «Las mujeres, con los vestidos abiertos y mostrando sus senos flácidos, se retorcían bajo el oscuro cielo y, como una horda de víctimas sacrificiales, se arrastraban con un prolongado lamento». ¿Qué? ¿Por qué estaban las mujeres en el infierno? ¿Treinta dólares?

Entonces me fijé en un grueso volumen de Penguin Classics con una reproducción de pésima calidad de una pintura decimonónica en la portada y en cuya contraportada blanca sobre fondo negro se leía:

SØREN KIERKEGAARD

O LO UNO O LO OTRO

Un fragmento de vida

Tomé un ejemplar de segunda mano —7,99 dólares— y leí el texto de contraportada: «O bien uno opta por vivir estéticamente o bien por vivir éticamente».

Se me aceleró el corazón. ¿Existía un libro que trataba sobre esto?

Había oído por primera vez el concepto «vida estética» el año anterior, en una clase de una asignatura llamada Mundos Construidos. Leíamos una novela francesa titulada A contrapelo, sobre el degenerado vástago de una familia aristocrática que se retiraba a la campiña y se dedicaba a proyectos «decadentes» como cultivar orquídeas que parecían carne, o más en general a intentar que los objetos orgánicos e inorgánicos se pareciesen. Me pareció que al final del libro el tipo apenas había conseguido nada de lo que se proponía. Aun así, la idea de una vida consagrada a la estética me pareció muy cautivadora. Era la primera vez que oía hablar de un principio organizador o meta en la vida que no fuera ganar dinero o tener hijos. Nadie admitía que esos eran sus principios organizadores, pero me había percatado a menudo en mi adolescencia: los adultos actuaban como si intentar alcanzar una meta o llevar a cabo algo personal fuera un sueño frívolo, un lujo, comparado con el verdadero trabajo de tener hijos y ganar dinero para pagar los gastos generados por esos hijos.

Nadie me explicó nunca por qué tener hijos era algo tan digno de admiración o por qué era lo que se presuponía por defecto que todo ser humano debía hacer. Si osabas preguntar por qué todo el mundo debía tener hijos, o por qué tenerlos era tan maravilloso, la gente se lo tomaba como una blasfemia, como si dijeses que se merecían morir o que el niño se merecía morir. Era como si no hubiese manera de preguntar por eso, sin dar a entender que alguien merecía morir.

Un día, en los inicios de nuestra amistad, Svetlana me comentó sin que viniera a cuento de nada que en su opinión yo intentaba llevar una vida estética, y que esa era la principal diferencia entre nosotras, porque ella trataba de llevar una vida ética. Yo no veía muy claro por qué tenían que ser dos opciones contrapuestas, y por un momento me inquietó que pensara que para mí no representaba ningún problema engañar o robar. Pero resultó que se refería a otra cosa: a que yo arriesgaba más que ella y me preocupaba más por el «estilo», mientras que ella se preocupaba más por la historia y las tradiciones.

«Lo ético y lo estético» no tardó en convertirse en el marco que utilizábamos para valorar qué nos diferenciaba a la una de la otra. Cuando se trataba de elegir amigos, a Svetlana le gustaba rodearse de personas predecibles y aburridas que reforzaban su manera de ser, mientras que a mí me interesaba más la gente menos predecible que generaba experiencias o impresiones diferentes. A Svetlana le gustaban los cursos introductorios y de iniciación, para «dominar» lo básico antes de pasar al siguiente nivel y sacar un sobresaliente. A mí me aterraba aburrirme, de manera que prefería cursos muy específicos con títulos interesantes, incluso cuando no había cursado los introductorios y no tenía ni idea de la materia en cuestión. Entendía que mi sistema de elección pudiese calificarse de estético. Sin embargo, me parecía menos claro por qué el de Svetlana merecía el calificativo de ético, aunque sí parecía más «responsable» y disciplinado.

Alguna relación parecía tener el hecho de que Svetlana estuviera tan unida a su padre y que fuera a través de él como se interesó por leer y debatir sobre problemas filosóficos y éticos. En mi caso, podía establecer una relación con esto: cuando era pequeña, mi padre y yo pasábamos fines de semana enteros recorriendo la campiña de Nueva Jersey en coche, los dos solos, y nos íbamos parando para coger manzanas en granjas o para observar a los pájaros en un parque natural, pero sobre todo íbamos por ahí con el coche, escuchando música clásica y discutiendo sobre ética, moralidad y el sentido de la vida. Disfrutaba un montón de esas conversaciones. Aunque ahora la palabra «ética» me hacía perder la paciencia.

Cuando intentaba precisar cuándo habían cambiado las cosas, me venía a la cabeza una noche cuando tenía diez años. Estaba haciendo los deberes en mi cuarto y mi padre llamó a la puerta y me propuso uno de esos largos paseos en coche, aunque era un día de diario. Ya en el coche, mi padre me preguntó si estaba de acuerdo con él en que no había nada peor, desde el punto de vista ético, que la traición, y en que las mujeres eran especialmente proclives a traicionar. Clitemnestra, por ejemplo, había traicionado a Agamenón cuando tenía un pie fuera del agua mientras tomaba un baño, dando cumplimiento a la profecía de que Agamenón no moriría ni en la tierra ni en el mar.

Yo no había, hasta que me lo contó Svetlana, que Agamenón había asesinado a su hija, ofreciéndola en sacrificio para poder participar en la guerra de Troya. Eso era lo que no le perdonaba Clitemnestra. Yo no tenía ningún interés en pensar en todo esto o modelar mi vida en relación con ello.

Según el texto de contracubierta, la primera mitad de O lo uno o lo otro se centraba en la vida estética, e incluía una narración titulada «Diario de un seductor», mientras que la segunda mitad abordaba la vida ética y consistía en varias cartas de un juez sobre el matrimonio.

De manera que la vida ética tenía relación con el hecho de casarse. En mi amistad con Svetlana estaba de algún modo implícito que ella quería disfrutar de «una relación estable» y algún día tener hijos, mientras que yo prefería vivir experiencias amorosas interesantes sobre las que pudiera escribir. Svetlana no parecía haber disfrutado de la vida familiar más que yo, pero en su caso eso la había abocado a desear una segunda oportunidad, para hacer ella bien todo lo que sus padres habían hecho mal. Yo, por otro lado, pensaba que mis padres habían estado condenados al fracaso y no veía nada claro que yo pudiera hacerlo mejor que ellos.

Como era de esperar, la contracubierta de O lo uno o lo otro no aclaraba qué tipo de vida era mejor. Lo único que decía era: «¿Kierkegaard nos conduce a optar por una de las dos alternativas? ¿O nos vemos abocados a la idea existencialista de la elección radical?». Probablemente ese texto lo había redactado un profesor. Veía en él el típico deleite profesoral al impartir lecciones. Aun así, compré un ejemplar, junto con otro de segunda mano de Nadja. Parecía posible que uno de estos dos libros, o ambos, me pudieran cambiar la vida.

* * *

A veces aún se me hacía raro que Svetlana y yo no compartiéramos habitación. Lo habíamos comentado en primavera. «Nuestra amistad es sin duda de lo más estimulante —dijo ella—, pero me sentiría amenazada conviviendo con alguien que no tenga una personalidad menos fuerte que la mía». Svetlana era la única persona que conocía capaz de hablar con semejante candidez. A mí me habría dado vergüenza pensar, no digamos ya verbalizar, que me sentía amenazada por la fuerte personalidad de otra persona. Ni siquiera hubiera admitido que no creía que todo el mundo fuera igual en este sentido. Sin embargo, en cuanto Svetlana lo dijo, pareció evidente y nada polémico. La propia Svetlana tenía una personalidad mucho más fuerte que nadie que yo conociera, incluso más fuerte que la mía. Ella bajo ningún concepto hubiera pasado el verano en un país europeo periférico, con tan poca conexión tanto con el propio pasado de ella como con las grandes edificaciones de la historia y la cultura occidentales. ¿Por qué había dicho entonces que yo tenía una personalidad más fuerte? Concluí que intentaba ser amable, hacer que no me sintiera tan mal por el hecho de que no quisiese compartir habitación conmigo.

Por otro lado, cuando me ponía a pensar en sus compañeras del primer año, las que vivían en su nueva residencia, su relación con Svetlana parecía depender de la aceptación compartida de que Svetlana poseía una personalidad más fuerte. Eran las espectadoras que animaban a Svetlana, en una suerte de trueque feudal a cambio de protección, tutelaje y diversión. ¿Dónde encajaba yo? No podía imaginarme a Dolores y Valerie rindiéndome pleitesía, igual que no podía imaginarme uniéndome a ellas para rendírsela a Svetlana. No podía imaginarme llamando a sus peluches por sus nombres de pila, o esperando mi turno para llevar a Guthrie, el ornitorrinco, a los exámenes. ¿Por qué Svetlana tenía más ganas de hacer estas cosas que de pasar tiempo conmigo?

Cuando Riley me pidió que compartiera habitación con ella, acepté de inmediato, pese a que no la conocía muy bien. Riley era la persona más intransigente con la que me había topado en mi vida, y también la más divertida. Sus mejores amigos —Oak, Ezra y Lucas— eran chicos y «se tomaban en serio el humor». Contar chistes —como debatir o jugar al pimpón— era una de las muchas aficiones informales y no profesiona­lizadas que en la universidad se convertían en una rigurosa disciplina de gran complejidad técnica que algunas personas estudiaban día y noche y transformaban en una competitiva carrera profesional.

Cuando me sentaba con ellos en la cafetería —Riley siempre muy estirada y autosuficiente como un gato, los otros tres con sus largas extremidades extendidas encima o debajo de la mesa, todos contando chistes sin parar, subiendo más escalones de los que creía posibles y enjuiciando sus ramificaciones como si fueran pormenores de la ley— me parecía imperativo mantener a esta gente cerca de mí, tanto para protegerme de las vicisitudes de la vida como para aprender cómo lo hacían ellos.

Se hacía difícil imaginar a Svetlana siquiera manteniendo una simple conversación con Riley, no digamos ya viviendo en la misma habitación que ella. Resultaba todavía más difícil imaginarse a Ivan hablando con Riley, aunque eso había sucedido en una ocasión, en primavera, cuando Ivan apareció misteriosamente en la cafetería de los estudiantes de primer año. Fue una de las muchas cosas que hizo en apariencia con la única finalidad de desconcertarme.

—¿Qué haces tú por aquí? —le pregunté.

—Estaba en el Centro de Ciencias y no me daba tiempo a volver a mi residencia. Así que he pensado que te encontraría aquí.

—Pero he quedado con una amiga.

—Entonces ¿puedo comer contigo y tu amiga?

Lo acompañé a nuestra mesa con creciente desesperación.

—Ella es mi amiga Riley —dije—. Él es Ivan.

—Hola —saludó Ivan.

Me senté frente a Riley e Ivan se sentó a mi lado. Riley contempló a Ivan mientras él cortaba con gran vigor un filete Salisbury, algo que ella jamás comería. Al poco rato aparecieron Oak, Ezra y Lucas, arreglándoselas para parecer que eran al menos cinco personas. No paraban de sentarse, levantarse, ir a buscar cosas y cambiarse de sitio. Todos se reían de ese otro chico, Morris. Riley contó que una vez le había cogido a Morris un peine y se le había partido en dos, de modo que le había tenido que comprar otro peine. Consideraba que se había comportado de un modo muy responsable y generoso, ya que ella no había hecho nada raro con el primer peine, que se había partido sin más. Pero Morris no le había aceptado el peine nuevo y le había soltado muy enfadado: «¡Hace quince años que tenía ese peine!». En esta historia todo lo sucedido, incluida la espontánea rotura del peine, era muy típico de Morris.

—Hace quince años tenías tres años. Apenas tendrías pelo —dijo Riley, dirigiéndose a un imaginario Morris.

—Quizá ese peine era para él como el reloj de Pulp Fiction —sugirió Ivan.

Oak, el hijo de hippies, miró a Ivan con esos redondeados ojos azules que le daban aspecto de chiflado, y dijo:

—¡Mi padre llevó ese peine metido en el culo durante quince años!

Este nuevo giro de la historia, con el padre de Morris llevando el peine metido en el culo durante quince años, fue asumido por todos sin merecer ningún comentario. Admiré a Ivan por ser capaz de contribuir con un chiste lo bastante cercano al universo de Riley y sus amigos como para que lo aceptaran con tanta naturalidad.

La residencia de Svetlana acabó albergando a seis judíos ortodoxos, porque ella había formado parte de una sección de Razonamiento Moral con Dave, el ortodoxo alfa. Los dos habían fusionado sus residencias, como si de una boda dinástica se tratase. Dave era de nuestra edad, pero lucía una poblada barba castaña y tenía voz de locutor de radio. Él y Svetlana habían sido los dos alumnos con menos pelos en la lengua de su clase, y a menudo sus debates se prolongaban durante horas, con lo que Svetlana denominaba «una intensidad casi sexual». Ella se consideraba a sí misma como una persona formada en el pensamiento clásico redescubierto por los cristianos en el Renacimiento, mientras que Dave poseía un sistema talmúdico de interrogación y comentario, pero eran capaces de encontrar algunos puntos de conexión entre ellos, ya que sus sistemas tenían un origen común en la Biblia hebrea.

A la clase de Razonamiento Moral se le había puesto el título de «Si Dios no existe, entonces todo está permitido». A mí no me cabía en la cabeza cómo podía haber gente que nada menos que en 1996 pudiera mantener un debate sobre semejante tema. Personas cuya única razón para no tener un comportamiento antisocial era el miedo a meterse en líos con Dios… ¿cómo se podía mantener una relación normal con alguien así?

El sistema de amadrinamiento de Riley era un poco menos opresivo que el de Svetlana, pero también algo menos benevolente. Tal vez no pudieras mostrarte benevolente a menos que estuvieras muy involucrada con todo el mundo. Svetlana decía que su residencia era más protectora y la mía más fría; mientras que a Svetlana esta frialdad le hubiera impedido desarrollar su auténtica personalidad, a mí el exceso de protección me era del todo innecesario. ¿Era eso cierto? Desde luego la palabra «protectora» hacía que se me encogiese el corazón.

Mi residencia estaba vinculada con Mather, que era donde vivían los chicos: Oak, Ezra, Lucas y Morris, y varios amigables geólogos que tenían algún tipo de vínculo con Oak. Sin embargo, Riley detestaba tanto Mather que hizo que a todas nosotras —yo; Riley; Priya, la compañera de clase de Riley en el curso preparatorio para entrar en medicina, y Joanne, la compañera de habitación de Prinya— nos transfirieran a otra residencia atiborrada. Seguíamos utilizando las instalaciones de Mather, pero nuestras habitaciones estaban en esta otra residencia: un edificio de mediana altura, con fachada de ladrillo visto, repleto de dormitorios dobles provistos de lavaplatos, microondas, triturador de basura, suelo enmoquetado y calefacción central. Era como un típico edificio de apartamentos, salvo por el detalle de que cada dormitorio contaba con una litera y dos escritorios. A mi modo de ver, había algo un punto siniestro en el hecho de que lo que parecía un edificio de apartamentos normal y corriente, albergara en realidad un montón de dormitorios universitarios.

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Incluso durante la shopping week, el curso acelerado de ruso mantuvo sus dos horas lectivas. Todo

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