La carta olvidada

Lucinda Riley

Fragmento

 Nota de la autora

Nota de la autora

Empecé a trabajar en La carta olvidada en 1998, hace exactamente veinte años. Después de publicar varias obras de éxito, había decidido que quería escribir una novela de misterio basada en una familia real británica ficticia. Por entonces, la popularidad de la monarquía inglesa estaba pasando por su peor momento después de la muerte de Diana, la princesa de Gales. Por otra parte, el año 2000 coincidía con el centenario de la Reina Madre, y las celebraciones oficiales a nivel nacional tendrían lugar justo después de la publicación del libro.

Mirando atrás, seguramente tendría que haber prestado más atención a una reseña sobre un avance que sugería que al palacio de Saint James no iba a gustarle el tema. Durante la fase previa a la publicación de la novela se cancelaron, de manera inexplicable, las campañas de promoción en las librerías, los pedidos y los eventos publicitarios, y, más tarde, Seeing Double —como se titulaba entonces el libro— apenas vio la luz.

A continuación, mi editor rescindió el contrato de mi siguiente obra y, pese a llamar a numerosas puertas en busca de otro, las encontré todas cerradas. Fue devastador ver cómo mi carrera se desvanecía como el humo de un día para otro. Por suerte, estaba recién casada y tenía hijos pequeños, de modo que me concentré en criarlos y escribí tres libros por mero placer.

Visto en retrospectiva, ese parón fue en el fondo una bendición, pero cuando el menor de mis hijos comenzó el colegio, supe que tenía que armarme de valor y enviar mi último manuscrito a un agente. Me cambié el apellido para no correr riesgos y, después de esos años baldíos, me sentí eufórica cuando una editorial lo compró.

Varias novelas más tarde, mi editor y yo decidimos que había llegado el momento de darle a Seeing Double una segunda oportunidad. No hay que olvidar que La carta olvidada es, hasta cierto punto, una novela ambientada en otra época. Si la situara en la actualidad, la trama resultaría del todo inverosímil debido a la aparición de las nuevas tecnologías, sobre todo por los aparatos tan avanzados que emplean ahora nuestros cuerpos de seguridad.

Por último, deseo reiterar que La carta olvidada es una obra de ficción que no guarda parecido alguno con nuestra amada reina y la vida de su familia. Espero que disfrutéis de la versión «alternativa», si esta vez consigue llegar a vuestras manos…

LUCINDA RILEY,

febrero de 2018

Gambito de rey

Imagen decorativa

Jugada de apertura donde las blancas sacrifican un peón para desviar un peón negro

Londres, 20 de noviembre de 1995

—James, querido, ¿qué haces?

El anciano miró desorientado a su alrededor y se tambaleó hacia delante.

Ella lo agarró antes de que se cayera al suelo.

—Has vuelto a caminar sonámbulo, ¿verdad? Ven, te llevaré a la cama.

La voz dulce de su nieta le aseguró que seguía en este mundo. Sabía que estaba ahí por una razón, que tenía algo urgente que hacer, algo que había ido dejando para el último momento.

Pero se le había ido de la cabeza. Desolado, se dejó guiar hasta la cama, maldiciendo sus piernas frágiles y exangües, que le convertían en un ser tan inútil como un bebé, y su dispersa cabeza, que había vuelto a traicionarle.

—Ya está —susurró ella, acomodándolo en la cama—. ¿Qué tal el dolor? ¿Quieres un poco más de morfina?

—No, por favor…

Era la morfina la que le atontaba el cerebro. Mañana no la tomaría, y entonces recordaría qué era eso que tenía que hacer antes de morir.

—Está bien. Ahora tranquilízate y procura dormir —le ordenó su nieta mientras le acariciaba la frente—. El médico no tardará en llegar.

Sabía que no debía dormirse. Cerró los ojos, buscando desesperadamente, buscando… retazos de recuerdos, rostros…

Y entonces la vio, con la misma nitidez que el día que se conocieron. Tan bella, tan dulce…

«¿Te acuerdas de la carta, cariño?», le susurró ella. «Prometiste devolverla.»

«¡Claro!»

Abrió los ojos e intentó incorporarse. Vio el semblante preocupado de su nieta sobre él. A continuación, notó un fuerte pinchazo en la parte interna del codo.

—El médico te ha dado algo para calmarte, James —le explicó.

«¡No! ¡No!»

Las palabras se negaban a formarse en sus labios, y cuando la aguja se hundió en su brazo, supo que ya era demasiado tarde.

—Lo siento, lo siento mucho —susurró con la voz entrecortada.

Su nieta observó cómo se le cerraban los párpados y la tensión abandonaba su cuerpo. Apretó su suave mejilla contra la de su abuelo y la descubrió húmeda de lágrimas.

Besanzón, Francia, 24 de noviembre de 1995

Entró despacio en el salón y se acercó a la chimenea. Hacía frío hoy, y estaba peor de la tos. Acomodó su frágil cuerpo en la butaca y cogió el ejemplar de The Times de la mesa para leer la sección de necrológicas con el té que solía tomar. La taza golpeó con estrépito el plato cuando vio el titular que ocupaba un tercio de la portada.

FALLECE UNA LEYENDA VIVIENTE

Sir James Harrison, considerado por muchos el actor más brillante de su generación, murió ayer en su casa de Londres rodeado de su familia. Tenía noventa y cinco años. La próxima semana se celebrará un funeral íntimo seguido, en enero, de un servicio en su memoria en Londres.

El corazón se le encogió y el periódico empezó a temblar con tanta violencia entre sus dedos que a duras penas logró leer el resto. El artículo iba acompañado de una foto de James recibiendo de la reina su título de la Orden del Imperio Británico. Desdibujada la imagen por las lágrimas, deslizó los dedos por el contorno de su poderoso perfil, su mata de pelo encanecido…

¿Sería capaz de volver? Solo una última vez, para despedirse.

Mientras su té de la mañana se enfriaba, intacto junto a ella, pasó la primera página para continuar la lectura, saboreando cada detalle de su vida y su carrera. Entonces, otro titular más pequeño atrajo su atención.

LOS CUERVOS DESAPARECEN DE LA TORRE

Anoche se conoció la noticia de que los célebres cuervos de la Torre de Londres han desaparecido. Dice la leyenda que estas aves llevan más de quinientos años allí, velando por la Torre y por la familia real por decreto de Carlos II. El cuidador de los cuervos reparó en su desaparición ayer por la tarde, y en estos momentos se está llevando a cabo una búsqueda a nivel nacional.

—Qué el cielo nos asista —susurró.

Sintió que el miedo recorría sus ancianas venas. Tal vez se tratara de una mera coincidencia, pero conocía perfectamente el significado de esa leyenda.

1

Londres, 5 de enero de 1996

Joanna Haslam cruzó Covent Garden como una flecha, resoplando y con los pulmones a punto de estallarle. Mientras sorteaba turistas y grupos de colegiales, su mochila salió volando hacia un lado y estuvo en un tris de derribar a un músico callejero. Desembocó en Bedford Street justo en el momento en que una limusina se detenía frente a las verjas de la iglesia de Saint Paul. Cuando el chófer se apeó para abrir la portezuela de atrás, los fotógrafos rodearon el vehículo.

«¡Mierda! ¡Mierda!»

Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, corrió los últimos metros hasta la verja y entró en el patio pavimentado, donde el reloj de la fachada de ladrillo rojo de la iglesia le confirmó que llegaba tarde. Al acercarse a la entrada paseó la mirada por el corrillo de paparazzi y vio que Steve, su fotógrafo, estaba en primera fila, sobre los escalones. Lo saludó con la mano y él levantó el pulgar mientras Joanna se abría paso entre los fotógrafos apiñados alrededor de la celebridad que había bajado de la limusina. Cuando entró en la iglesia encontró los bancos abarrotados y alumbrados por la suave luz de las arañas que pendían de los altos techos. De fondo se oía una música fúnebre interpretada por el órgano.

Después de mostrar apresuradamente su pase de prensa al acomodador, se deslizó jadeando en el último banco. Suspiró aliviada cuando se sentó. Sus hombros subían y bajaban con cada bocanada de aire al tiempo que buscaba una libreta y un bolígrafo en la mochila.

Pese al frío gélido que hacía en la iglesia, Joanna notaba las gotas de sudor en su frente; el cuello cisne del jersey negro de lana que se había puesto a toda prisa se le pegaba a la piel. Era una sensación muy desagradable. Sacó un pañuelo de papel y se sonó la nariz moqueante. Luego se pasó una mano por la enredada melena, se reclinó en el respaldo del banco y cerró los ojos para intentar recobrar el aliento.

Pocos días después de un año que había comenzado de manera tan prometedora, Joanna se sentía como si la hubieran no empujado, sino arrojado desde lo alto del Empire State Building. A gran velocidad. Sin avisar.

Matthew, el amor de su vida —o mejor dicho, desde ayer el examor de su vida—, era la causa.

Se mordió el labio inferior con fuerza, instándose a no empezar a llorar otra vez. Estiró el cuello en dirección a los bancos de las primeras filas y comprobó aliviada que los familiares que todo el mundo estaba esperando no habían llegado aún. Se volvió hacia la puerta y vio a los paparazzi fuera, fumando y jugueteando con sus objetivos. La gente empezaba a revolverse inquieta en los incómodos bancos de madera y a intercambiar susurros con sus vecinos. Echó un vistazo raudo a los asistentes en busca de celebridades notables para mencionarlas en su artículo, tratando de distinguirlas por la nuca, que en su mayoría era blanca o cana. Mientras anotaba los nombres en la libreta volvieron a asaltarla imágenes de la tarde anterior.

Matthew había aparecido sin avisar en la puerta de su piso de Crouch End. Habían compartido las fiestas de Navidad y Nochevieja, tras lo cual ambos acordaron retirarse a sus respectivas casas y disfrutar de unos días tranquilos antes de volver al trabajo. Por desgracia, Joanna había pasado ese tiempo recuperándose del resfriado más fuerte que había tenido en años. Abrió la puerta abrazada a su bolsa de agua caliente de Winnie the Pooh y embutida en un viejo pijama térmico y unos calcetines de rayas.

Cuando Matthew se detuvo en el recibidor, negándose a desprenderse del abrigo y mirando a todas partes menos a ella, enseguida supo que pasaba algo.

Le dijo que había estado «pensando». Que no veía que su relación fuera a ninguna parte. Y que quizá había llegado el momento de dejarlo.

—Llevamos juntos seis años, desde que terminamos la universidad —añadió mientras jugueteaba con los guantes que ella le había regalado por Navidad—. No sé, pensaba que con el tiempo sentiría el deseo de casarme contigo, de unir oficialmente nuestras vidas, pero ese momento no ha llegado. —Se encogió de hombros—. Y si no siento ese deseo ahora, dudo mucho que vaya a sentirlo algún día.

Joanna se había aferrado a su bolsa de agua caliente y observaba la expresión culpable y cauta de Matthew. Introdujo la mano en el bolsillo de su pijama, donde encontró un pañuelo empapado, y se sonó la nariz con fuerza. Después lo miró directamente a los ojos.

—¿Quién es ella?

El rubor trepó por el rostro de Matthew.

—No era mi intención que pasara —farfulló—, pero ha ocurrido y no puedo seguir fingiendo.

Joanna rememoró la Nochevieja que habían compartido hacía solo cuatro días. Y se dijo que era un experto mentiroso.

Al parecer se llamaba Samantha y trabajaba en la misma agencia de publicidad que él. Una ejecutiva de cuentas, nada menos. Se habían liado por primera vez la noche que Joanna estuvo vigilando la casa de un parlamentario conservador por un caso de corrupción y no había llegado a tiempo a la fiesta de Navidad de la agencia de Matthew. La palabra «cliché» todavía daba vueltas en su cabeza. Se detuvo en seco: ¿acaso los clichés no tenían su origen en los denominadores comunes de la conducta humana?

—Te prometo que he hecho lo posible por dejar de pensar en Sam —prosiguió Matthew—. Lo intenté con todas mis fuerzas durante las Navidades. Me encantó pasarlas con tu familia en Yorkshire. Pero la semana pasada volví a verla, solo para una copa rápida, y…

Joanna estaba fuera. Samantha estaba dentro. Así de sencillo.

Solo acertó a mirarlo con los ojos ardiendo de pasmo, rabia y miedo mientras él seguía hablando.

—Al principio pensé que era mera atracción, pero está claro que si siento esto por otra mujer ahora, no puedo comprometerme contigo. Por tanto, solo estoy haciendo lo correcto. —La miró, casi suplicándole que le diera las gracias por ser tan noble.

—Lo correcto… —repitió ella con la voz hueca.

Y estalló en un torrente de lágrimas inducidas por el resfriado y la fiebre. Podía oír la voz de Matthew a lo lejos, mascullando más excusas. Se obligó a abrir los ojos, hinchados e inundados de lágrimas, y lo observó mientras él se derrumbaba, pequeño y avergonzado, en su gastado sillón de cuero.

—Vete —consiguió decir al fin—. ¡Maldito traidor rastrero y embustero! ¡Fuera! ¡Fuera!

Ahora, visto en retrospectiva, lo que más le apenaba era que no había tenido que insistirle. Matthew se había levantado, farfullando algo acerca de varios objetos que había dejado en casa de ella y de quedar para charlar cuando las cosas se hubiesen calmado, y casi había salido corriendo por la puerta.

Joanna se había pasado el resto de la noche llorando al teléfono con su madre, dejando mensajes en el buzón de voz de Simon, su mejor amigo, y con la cada vez más empapada bolsa de agua caliente de Winnie the Pooh.

Finalmente, gracias a cantidades ingentes de comprimidos antigripales y brandy, había perdido el conocimiento, agradecida de disponer todavía de dos días libres por las horas extras trabajadas en la redacción antes de Navidad.

Hasta que su móvil sonó a las nueve de la mañana. Joanna emergió de su narcotizado sopor y agarró el teléfono rezando para que fuera un Matthew devastado, arrepentido y consciente de la gravedad de lo que había hecho.

—Soy yo —ladró una voz áspera con acento de Glasgow.

Joanna lanzó un taco silencioso al techo.

—Hola, Alec —resopló—. ¿Qué quieres? Tengo el día libre.

—Lo siento, pero no. Alice, Richie y Bill están enfermos. Tendrás que tomarte tus días en otro momento.

—Mira, ya somos cuatro. —Joanna tosió exageradamente en el teléfono—. Lo siento, pero yo también me estoy muriendo.

—Míralo de este modo: trabajas hoy y cuando te cures podrás disfrutar de los días libres que se te deben.

—No puedo, en serio. Tengo fiebre. Apenas soy capaz de mantenerme de pie.

—No importa, puedes hacer el trabajo sentada. Hoy a las diez se celebra el funeral en honor de sir James Harrison en la iglesia de los actores de Covent Garden.

—No puedes hacerme esto, Alec, por favor. Lo último que necesito es sentarme en una iglesia llena de corrientes de aire. Tengo un resfriado de muerte. Acabarás acudiendo a mi propio funeral.

—Lo siento, Jo, es lo que hay, pero te pagaré el taxi de ida y vuelta. Después puedes irte directa a casa y enviarme el artículo por correo electrónico. Intenta hablar con Zoe Harrison, ¿quieres? He enviado a Steve para que haga las fotos. Si Zoe va tan elegante como siempre, será portada. Bien, hablamos luego.

—¡Mierda! —Joanna hundió su dolorida cabeza en la almohada. Seguidamente telefoneó a una compañía de taxis y se arrastró hasta el armario para buscar ropa negra adecuada.

La mayor parte del tiempo adoraba su trabajo, vivía para él, como Matthew le hacía ver a menudo, pero esta mañana le costaba entender por qué. Tras pasar por un par de periódicos regionales, un año atrás el Morning Mail, ubicado en Londres y uno de los diarios nacionales más vendidos del país, la había contratado como periodista junior. Sin embargo, su puesto en el último eslabón de la cadena, ganado a pulso pero modesto, significaba que no estaba en condiciones de rebelarse. Como Alec, el redactor jefe, no cesaba de recordarle, había un millar de periodistas jóvenes y hambrientos haciendo cola.

Sus seis semanas en la sección de noticias habían sido las más duras hasta la fecha. Hacía un montón de horas y Alec —un negrero, a la vez que un profesional entregado— no esperaba menos de lo que él mismo estaba dispuesto a dar.

—Que me manden a la sección de moda, por favor —había resoplado Joanna mientras se ponía un jersey negro no demasiado limpio, unos leotardos gruesos y una falda negra por deferencia a la triste ocasión.

El taxi había llegado a su casa diez minutos tarde y después se había visto atrapado en un atasco monumental en Charing Cross Road.

—Lo siento, cielo, no puedo hacer nada —le había dicho el conductor.

Tras consultar la hora, Joanna le había entregado un billete de diez libras y había bajado del coche. Mientras recorría las calles a la carrera en dirección a Covent Garden, resoplando y moqueando, se preguntaba si la vida podía irle peor.

Fue arrancada de sus reflexiones cuando la congregación detuvo bruscamente su parloteo. Joanna abrió los ojos y se dio la vuelta justo en el instante en que los familiares de sir James Harrison hacían su entrada en la iglesia.

Encabezaba la marcha Charles Harrison, el único hijo de sir James, que ahora contaba con sesenta años largos. Vivía en Los Ángeles y era un aclamado director de películas de acción de alto presupuesto, repletas de efectos especiales. Joanna creía recordar que había ganado un Oscar años atrás, pero sus películas no eran del tipo que ella solía ir a ver.

Junto a él caminaba Zoe Harrison, su hija. Tal como Alec esperaba, Zoe estaba deslumbrante con un ajustado traje negro de falda corta que realzaba sus largas piernas y el pelo recogido en un elegante moño que resaltaba su clásica belleza anglosajona. Era una actriz con una próspera carrera cinematográfica, y Matthew estaba loco por ella. Siempre decía que Zoe le recordaba a Grace Kelly —la mujer de sus sueños, al parecer—, lo que llevaba a Joanna a preguntarse qué hacía saliendo con una morena desgarbada de ojos oscuros como ella. Se le formó un nudo en la garganta y se apostó su bolsa de agua caliente de Winnie the Pooh a que esa «Samantha» era una muñequita rubia.

De la mano de Zoe Harrison iba un muchacho de nueve o diez años que parecía incómodo dentro de su traje negro con corbata: su hijo, Jamie Harrison, llamado así por su bisabuelo. Zoe tuvo a Jamie con apenas diecinueve años y todavía hoy se negaba a desvelar la identidad del padre. Sir James había defendido a su nieta con fiereza, así como su decisión de tener el bebé y mantener oculta la paternidad de Jamie.

Joanna pensó en lo mucho que ambos se parecían: las mismas facciones delicadas, la misma piel clara y rosada, los mismos ojos grandes y azules. Zoe Harrison se esforzaba por mantenerlo alejado de las cámaras. Si Steve había conseguido una instantánea de la madre y el hijo juntos, seguramente saldría en la portada de mañana.

Detrás de ellos avanzaba Marcus Harrison, el hermano de Zoe. Joanna lo observó con atención cuando pasaba junto a su banco. Pese a que sus pensamientos seguían centrados en Matthew, debía admitir que Marcus Harrison era un auténtico «bombonazo», como diría Alice, su colega en la redacción. Joanna lo reconocía por las crónicas de sociedad; últimamente se lo veía escoltando a una rubia de la alta sociedad británica con apellidos requetecompuestos. Tan moreno como rubia era su hermana, pero con los mismos ojos azules, Marcus actuaba con una seguridad canallesca. El pelo casi le rozaba los hombros, y con la americana negra arrugada y el botón superior de su camisa blanca desabrochado, destilaba carisma.

«La próxima vez —pensó Joanna con determinación—, me buscaré un hombre maduro aficionado a mirar pájaros y coleccionar sellos.» Trató de recordar cómo se ganaba la vida Marcus Harrison. Era un productor cinematográfico en ciernes. Desde luego, tenía pinta de eso.

—Buenos días, damas y caballeros —saludó el pastor desde el púlpito, con una amplia fotografía del fallecido enfrente, rodeada de coronas de rosas blancas—. La familia de sir James les da la bienvenida y les agradece que hayan acudido para rendir homenaje a un amigo, colega, padre, abuelo, bisabuelo y puede que el mejor actor de este siglo. Para quienes tuvimos la fortuna de conocerlo bien no debería sorprendernos que sir James insistiera en que este no debía ser un acontecimiento triste, sino una celebración. Tanto su familia como yo hemos respetado sus deseos. Así pues, comenzaremos con su himno favorito, «I Vow to Thee My Country». En pie, por favor.

Instó a sus doloridas piernas a levantarse y agradeció que el órgano comenzara a tocar justo en el momento en que notaba un ahogo en el pecho y empezaba a toser estruendosamente. Cuando se disponía a coger la hoja del programa que descansaba en la repisa que tenía delante, una mano menuda y delgada, de una piel translúcida que dibujaba las venas azules, se le adelantó.

Por primera vez, Joanna se volvió hacia su izquierda y estudió a la dueña de la mano. Encorvada por la edad, la mujer apenas le llegaba a las costillas. Se apoyaba en la repisa, y la mano con la que sostenía el programa temblaba con tanta violencia que le impedía leerlo. Era la única parte visible de su persona. El resto estaba cubierto por un abrigo negro hasta los tobillos y un velo del mismo color sobre la cara.

Joanna se inclinó para dirigirse a ella.

—¿Le importa que lo compartamos?

La mano le ofreció la hoja. Joanna la aceptó y la colocó a baja altura para que su vecina alcanzara a verla también. Entonó el himno con voz ronca, y cuando terminó, la anciana se sentó con dificultad. Joanna le ofreció el brazo, pero ella la ignoró.

—Nuestra primera lectura de hoy es el soneto favorito de sir James, «Dulce rosa de virtud», de Dunbar, recitado por sir Laurence Sullivan, un buen amigo.

La congregación aguardó paciente a que el anciano actor llegara al frente de la iglesia. Acto seguido, la voz célebre y profunda que embelesara en otros tiempos a miles de espectadores en teatros de todo el mundo, inundó la iglesia.

—«Dulce rosa de virtud y gentileza, lirio delicioso...»

Un chirrido a su espalda la distrajo; al volverse, vio que las puertas de la iglesia se abrían, dejando entrar una ráfaga de aire gélido y a un acomodador que empujaba una silla de ruedas que colocó junto al extremo del banco de Joanna. Cuando el acomodador se alejaba, escuchó un estertor que hacía que sus problemas respiratorios parecieran intrascendentes. La anciana sentada a su lado estaba sufriendo algo parecido a un ataque de asma. Tenía la cabeza girada hacia el extremo del banco, la mirada a través del velo aparentemente clavada en la figura de la silla de ruedas.

—¿Se encuentra bien? —le susurró Joanna cuando la mujer se llevó la mano al pecho sin apartar los ojos de la silla de ruedas, justo cuando el pastor anunciaba el siguiente himno y la congregación se ponía de nuevo en pie.

De pronto, la anciana se agarró al brazo de Joanna y señaló la puerta. Ella la ayudó a levantarse y, sosteniéndola por la cintura, la llevó prácticamente en volandas hasta el final del banco. Como una niña en busca de protección, la anciana se aferró a su abrigo al pasar junto al hombre de la silla de ruedas. Unos ojos fríos, de un gris acerado, se alzaron y las miraron a ambas de arriba abajo. Joanna sufrió un escalofrío involuntario, desvió la vista y ayudó a la anciana a salvar los pocos metros que las separaban de la salida, donde había un acomodador apostado a un lado.

—Esta mujer necesita…

—¡Aire! —gritó la anciana entre resuellos.

El hombre ayudó a Joanna a sacar a la mujer al encapotado día de enero y bajarla por los escalones hasta uno de los bancos que flanqueaban el patio. Antes de que pudiera pedirle otro favor, el acomodador ya había desaparecido dentro de la iglesia y cerrado de nuevo las puertas. La anciana se desplomó sobre ella con la respiración entrecortada.

—¿Pido una ambulancia? Yo diría que la necesita.

—¡No! —espetó la mujer, cuya potencia de voz contrastaba con la fragilidad de su cuerpo—. Pare un taxi y lléveme a casa, por favor.

—En serio, creo que debería…

Los escuálidos dedos se clavaron en la muñeca de Joanna.

—¡Un taxi, por favor!

—Está bien, espere aquí.

Cruzó rauda la verja y salió a Bedford Street, donde detuvo un taxi negro. El amable taxista se apeó y regresó al patio con Joanna para ayudarla a trasladar a la anciana a su vehículo.

—¿Está bien? Parece que a la vieja le cuesta respirar —comentó mientras instalaban a la mujer en el asiento de atrás—. ¿Hay que llevarla al hospital?

—Dice que quiere ir a casa. —Joanna metió la cabeza en el vehículo—. Por cierto, ¿dónde vive?

—En… —Jadeaba por el evidente esfuerzo que le había supuesto entrar en el taxi. Parecía agotada.

El hombre meneó la cabeza.

—Lo siento, cielo, me temo que en este estado no puedo llevarla sola a ningún lado. No quiero una muerte en mi taxi, me daría demasiados problemas. Solo la llevaré si usted viene con nosotros. En ese caso sería responsabilidad suya, no mía.

—No la conozco, y ahora mismo estoy trabajando. Debería estar dentro de esa iglesia…

—Lo lamento, cielo —le dijo el taxista a la anciana—, tiene que bajarse.

La anciana se levantó el velo y Joanna vio pánico en sus ojos azul lechoso.

—Por favor —pronunció en silencio.

—De acuerdo. —Joanna suspiró con resignación y se montó en el taxi—. ¿A dónde vamos? —le preguntó con suavidad.

—… Mary… Mary…

—No. ¿A dónde? —insistió.

—Mary… le…

—¿Se refiere a Marylebone, cielo? —preguntó el taxista desde el asiento de delante.

La mujer asintió con patente alivio.

—En marcha, entonces.

La anciana miró nerviosa por la ventanilla mientras el taxi arrancaba a toda velocidad. Su respiración se fue calmando poco a poco. Cerró los ojos y descansó la cabeza en el respaldo de cuero negro.

Joanna suspiró. El día estaba mejorando por momentos. Alec la crucificaría si pensaba que se había largado antes de tiempo. No se tragaría la historia de que había tenido que socorrer a una ancianita indispuesta. Las ancianitas solo tenían interés para Alec si habían sido apaleadas por skinheads que iban tras el dinero de su pensión.

—Estamos llegando a Marylebone. ¿Puede preguntarle por la dirección exacta?

—Marylebone High Street, diecinueve. —La voz sonó clara y fresca. Joanna se volvió sorprendida hacia la anciana.

—¿Se encuentra mejor?

—Sí, gracias. Lamento las molestias causadas. Puede bajarse aquí, estaré bien. —Le indicó, aprovechando que se habían detenido en un semáforo.

—No, ya que he llegado hasta aquí, la acompañaré hasta su casa.

La anciana meneó la cabeza con toda la firmeza de que fue capaz.

—Por favor, es mejor para usted…

—Ya casi estamos. La ayudaré a entrar y me iré.

Con un suspiro, la anciana se arrebujó en su abrigo y no dijo nada más hasta que el taxi se detuvo.

—Hemos llegado, cielo. —El taxista abrió la portezuela, visiblemente aliviado de que la mujer siguiera viva.

—Tome. —La mujer le tendió un billete de cincuenta libras.

—Me temo que no tengo cambio para un billete tan grande —repuso el hombre mientras la ayudaba a bajar y la sostenía hasta que Joanna llegó a su lado.

—Tome. —Joanna le entregó un billete de veinte libras—. Espéreme aquí, por favor, vuelvo enseguida.

La anciana ya se había soltado y se encaminaba con andar vacilante hacia una puerta situada junto a un puesto de prensa.

Joanna la siguió.

—¿Me deja a mí? —preguntó cuando los dedos artríticos intentaron introducir la llave en la cerradura sin éxito.

—Gracias.

Joanna giró la llave, abrió y la anciana prácticamente se arrojó por el hueco de la puerta.

—¡Pase, pase, deprisa!

—No, yo… —Ahora que había dejado a la mujer sana y salva en casa, necesitaba regresar a la iglesia—. Está bien.

Accedió a regañadientes. La anciana cerró enseguida con un fuerte portazo.

—Sígame —ordenó, dirigiéndose a una puerta situada a la izquierda de un pasillo estrecho. Buscó con torpeza otra llave y por fin logró meterla en la cerradura. Joanna entró detrás de ella en la oscuridad.

—La luz está detrás de usted, a la derecha.

Buscó el interruptor, lo pulsó y se descubrió en un recibidor pequeño que olía a humedad. Delante de ella había tres puertas y, a su derecha, una escalera.

La anciana abrió una de las puertas y encendió otra luz. Al detenerse detrás de ella, Joanna pudo ver que la habitación estaba repleta de cajas de madera dispuestas unas encima de otras. En medio de la estancia había una cama individual con un marco de hierro oxidado. Contra una pared, empotrada entre las cajas, descansaba una butaca vieja. El olor a orina era insoportable y Joanna sintió que se le revolvía el estómago.

La anciana caminó hasta la butaca y se derrumbó en ella con un suspiro de alivio. Señaló una caja vuelta del revés junto a la cama.

—Mis pastillas, mis pastillas. ¿Puede pasármelas, por favor?

—Claro. —Joanna se abrió paso entre los bultos con cuidado y cogió el medicamento de la superficie polvorienta, reparando en que las instrucciones estaban escritas en francés.

—Gracias. Dos, por favor, y el agua.

Le tendió el vaso que había junto a las pastillas, giró el tapón del frasco, vertió dos comprimidos sobre una mano temblorosa y observó a la anciana llevárselos a la boca. Se preguntó entonces si ya podría marcharse. Agobiada por el hedor y la deprimente atmósfera, tuvo un escalofrío.

—¿Está segura de que no necesita un médico?

—Segurísima, gracias. Sé lo que me pasa, querida. —Una sonrisa torcida apareció en los labios de la mujer.

—En ese caso, será mejor que vuelva al funeral. He de escribir un artículo para mi periódico.

—¿Es usted periodista? —El acento de la anciana, ahora que había recuperado la voz, era refinado y decididamente inglés.

—Sí, del Morning Hall. Llevo poco tiempo.

—¿Cómo se llama, querida?

—Joanna Haslam. —Señaló las cajas—. ¿Se muda?

—Supongo que podría decirse así, sí. —La mujer miró al vacío con sus ojos azules y vidriosos—. No estaré aquí mucho tiempo más. Quizá esté bien que termine de esta manera.

—¿De qué está hablando? Por favor, si está enferma, deje que la lleve a un hospital.

—No, no, ya es tarde para eso. Ahora regrese a su vida, querida. Adiós.

La anciana cerró los ojos. Joanna siguió observándola hasta que, transcurridos unos segundos, oyó unos ronquidos suaves emanando de la boca de la mujer.

Se sentía culpable, pero era incapaz de soportar el ambiente de la habitación un minuto más, así que se marchó con sigilo y regresó corriendo al taxi.

El funeral ya había terminado para cuando llegó a Covent Garden. La limusina de la familia Harrison ya se había ido y solo quedaba un puñado de miembros de la congregación deambulando en el exterior. Se encontraba fatal. Solo alcanzó a sacarles un par de comentarios antes de detener otro taxi, dando la mañana entera por perdida.

2

El timbre sonaba una y otra vez, aporreando la cabeza dolorida de Joanna.

—Dios… —gimió cuando comprendió que quienquiera que fuera estaba decidido a no pillar la indirecta y marcharse.

«¿Matthew?»

Su estado de ánimo se elevó una décima de segundo antes de volver a caer en picado. Probablemente Matthew todavía estaba brindando por su libertad con una copa de champán en alguna cama con Samantha.

—Lárgate —gimoteó mientras se sonaba la nariz con una vieja camiseta de Matthew. Por la razón fuera, eso la hacía sentirse mejor.

El timbre sonó de nuevo.

—¡Menudo plasta!

Se dio por vencida; salió a rastras de la cama y caminó hasta la puerta haciendo eses.

—Hola, tigresa. —Simon tuvo el morro de sonreírle—. Tienes un aspecto horrible.

—Gracias —murmuró ella agarrándose a la puerta.

—Ven aquí.

Un par de brazos reconfortantes la rodearon por los hombros. Alta como era, Simon, con su metro noventa y dos, era de los pocos hombres que conocía que podían hacerle sentir pequeña y frágil.

—Escuché tus mensajes de voz cuando llegué a casa ayer por la noche. Siento mucho que tu paño de lágrimas particular no estuviera disponible.

—No te preocupes —sollozó ella en su hombro.

—Entremos antes de que nos salgan carámbanos en la ropa. —Simon cerró la puerta de la calle con un brazo todavía alrededor de los hombros de Joanna y la llevó a la sala de estar—. Caray, qué frio hace aquí.

—Lo siento, llevo toda la tarde en la cama. Tengo un catarro horrible.

—¿De veras? —bromeó él—. Vamos, ven a sentarte.

Simon trasladó al suelo periódicos viejos, libros y envases de Pot Noodle solidificados y Joanna se hundió en el incómodo sofá verde lima. Lo había comprado solo porque a Matthew le había gustado el color y lo lamentaba desde entonces. Después de todo, Matthew siempre se sentaba en el viejo sillón de cuero de su abuela cuando venía a verla. Cabrón desagradecido, pensó.

—No estás para echar cohetes, ¿verdad, Jo?

—No. Además de que Matthew me ha dejado, Alec me envió esta mañana a cubrir un funeral, a pesar de que era mi día libre. Acabé en Marylebone High Street con una vieja muy rara que vive en una habitación llena de cajas de madera.

—¡Vaya! Y yo en el Whitehall, donde lo más emocionante que me ha pasado hoy ha sido conseguir que la mujer de los sándwiches me cambiara el relleno.

Los esfuerzos de Simon por animarla a duras penas lograron arrancarle una sonrisa. Se sentó a su lado y le cogió las manos.

—Lo siento mucho, Jo, en serio.

—Gracias.

—¿La ruptura con Matthew es definitiva o se trata de una piedrecilla en el camino hacia la felicidad marital?

—Es definitiva, Simon. Ha conocido a otra.

—¿Quieres que vaya y le dé una paliza para que te sientas mejor?

—En parte sí y en parte no. —Joanna se llevó las manos a la cara y se restregó las mejillas—. Lo peor de todo es que en momentos como este se supone que has de reaccionar con dignidad. Si la gente te pregunta cómo estás, deberías quitarle importancia al tema y contestar, «De maravilla, gracias. En realidad no significaba nada para mí y su marcha es lo mejor que me ha pasado en la vida. Ahora tengo mucho más tiempo para mí y mis amigos y hasta me he apuntado a clases de macramé». ¡Pero es todo mentira! Estaría dispuesta a arrastrarme por un lecho de brasas con tal de recuperar a Matthew y volver a mi vida de antes. Le… le… quiero. Le necesito. Es mío, me… me pertenece.

Simon siguió abrazándola mientras ella sollozaba. Le acarició el pelo y la escuchó volcar su conmoción, dolor y desconcierto. Cuando se desahogó, la soltó con suavidad y se levantó.

—Enciende el fuego mientras hiervo agua para el té.

Joanna encendió las llamas de gas de la chimenea y siguió a Simon hasta la reducida cocina. Se derrumbó frente a la mesa de formica para dos en la que Matthew y ella habían compartido tantos brunches ociosos de domingo y cenas íntimas a la luz de las velas. Mientras Simon preparaba el té, Joanna contempló los tarros de cristal dispuestos en fila sobre la encimera.

—Siempre he odiado los tomates secos —musitó—. A Matthew le volvían loco.

—Bueno. —Simon agarró el tarro con los ofensivos tomates y derramó el contenido en el cubo de basura—. He ahí una cosa positiva que has sacado de todo esto. Ya no tendrás que comerlos.

—Ahora que lo pienso, había muchas cosas que a Matthew le gustaban y que yo fingía que también me gustaban. —Joanna apoyó el mentón en las manos.

—¿Como qué?

—Como ir los domingos al Lumière a ver películas de arte y ensayo extranjeras rarísimas cuando yo habría preferido quedarme en casa viendo series. Y lo mismo con la música. La música clásica me gusta en pequeñas dosis, pero tenía totalmente prohibido poner mis CD de ABBA Gold y Take That.

—Detesto reconocerlo, pero me temo que en eso coincido con Matthew —rio Simon mientras vertía agua hirviendo sobre las bolsitas de té—. Si te soy sincero, siempre tuve la impresión de que Matthew aspiraba a ser lo que él pensaba que debía ser.

—Tienes razón —suspiró Joanna—. Y yo era demasiado corriente para él. Pero así soy yo, una chica anodina de clase media de Yorkshire.

—Te prometo que eres todo menos corriente. O anodina. Honesta, tal vez. Sensata, desde luego. Pero ambas son cualidades admirables. Toma. —Simon le ofreció una taza—. Vamos a descongelarnos frente al fuego.

Joanna se sentó en el suelo, delante de la chimenea, entre las rodillas de Simon, y sorbió su té.

—Simon, la idea de volver a pasar por la etapa de las citas me horroriza —confesó—. Tengo veintisiete años, soy demasiado mayor para empezar de nuevo.

—Sí, estás hecha un vejestorio y casi puedo oler la muerte sobre ti.

Joanna le propinó un manotazo en la pantorrilla.

—¡No tiene gracia! Voy a tardar siglos en acostumbrarme a estar sola otra vez.

—El problema de los humanos es que nos asustan los cambios. Estoy convencido de que esa es la razón de que tantas parejas infelices sigan juntas cuando estarían mucho mejor separadas.

—Probablemente tengas razón. Mírame a mí, que me he tirado años comiendo tomates secos. Hablando de parejas, ¿sabes algo de Sarah?

—Me envió una postal desde Wellington la semana pasada. Por lo visto, está aprendiendo a navegar. Caray, ya llevamos un año separados. Pero volverá de Nueva Zelanda en febrero, así que solo quedan unas semanas.

—Ha sido genial por tu parte que la esperaras.

Joanna le sonrió.

—Ya lo dice el proverbio, «Si le quieres, déjale libre». En mi opinión, si todavía quiere estar conmigo cuando vuelva, entonces tendremos claro que lo nuestro es auténtico y real.

—No estés tan seguro. Yo también pensaba que lo mío con Matthew era «auténtico y real».

—Gracias por los ánimos. —Simon enarcó las cejas—. Vamos, Jo, tienes una profesión y un piso, y me tienes a mí. Eres una superviviente. Lo superarás, ya lo verás.

—Si todavía tengo un trabajo al que volver. El artículo que entregué sobre el funeral en honor de sir James Harrison era una mierda. Entre lo de Matthew, el resfriado y esa extraña anciana…

—¿Dices que vive en una habitación llena de cajas de madera? ¿Seguro que no estabas delirando?

—Seguro. Mencionó que no estaría aquí el tiempo suficiente para desembalarlas. —Joanna se mordió el labio—. Puaj, había un olor fortísimo a pis. ¿Seremos así nosotros cuando nos hagamos viejos? Qué situación tan deprimente. Cuando estaba en esa habitación pensé que, si eso era lo que nos deparaba el futuro, no tenía sentido luchar por él.

—Es posible que sea una de esas locas excéntricas que viven en un cuchitril y tienen millones guardados en el banco. O en cajas de madera, en este caso. Tendrías que haber mirado.

—La mujer estuvo bien hasta que vio a un viejo en una silla de ruedas que se detuvo al lado de nuestro banco durante el funeral. Se asustó mucho al verlo.

—Su exmarido, lo más seguro. Tal vez sean sus millones los que están escondidos en esas cajas —rio Simon—. Tengo que irme, encanto. He de terminar un trabajo para mañana.

Lo siguió hasta la puerta y Simon la estrechó con fuerza.

—Gracias por todo. —Joanna le dio un beso en la mejilla.

—No hay de qué. Puedes contar conmigo siempre que me necesites. Te llamaré mañana desde el trabajo. Adiós, Butch.

—Buenas noches, Sundance.

Joanna cerró y regresó a la sala sintiéndose más alegre. Simon siempre sabía cómo animarla. Eran amigos de toda la vida. De niño, él había vivido con su familia en la granja contigua a la suya en Yorkshire, y aunque era un par de años mayor que Joanna, el hecho de vivir en un entorno tan aislado significaba que habían pasado juntos buena parte de su infancia. Hija única y un poco chicazo por naturaleza, a Joanna le encantaba la compañía de Simon. Él le había enseñado a trepar a los árboles y a jugar a fútbol y críquet. Durante las largas vacaciones estivales subían con sus ponis a los páramos, donde jugaban durante horas a indios y vaqueros. Eran las únicas veces que discutían, pues Simon insistía siempre, injustamente, en que él viviese y ella muriese.

—Es mi juego y yo pongo las reglas —decía mandón, con un enorme sombrero de vaquero encasquetado hasta las orejas.

Y después de perseguirse el uno al otro por la áspera hierba del páramo, él le daba inevitablemente alcance y la abordaba por detrás.

—¡Bang, bang, estás muerta! —gritaba, apuntándola con su pistola de juguete, y Joanna se tambaleaba y caía al suelo, donde rodaba con fingida agonía hasta que se rendía y moría.

A los trece años Simon fue enviado a un internado y ya no se veían tanto. La vieja unión seguía allí en vacaciones, pero a medida que crecían, los dos iban haciendo nuevos amigos. Era inevitable. Celebraron con una botella de champán en los páramos que Simon había sido aceptado en el Trinity College de Cambridge, mientras que Joanna se matriculó dos años más tarde en la Durham para estudiar filología inglesa.

A partir de ahí sus vidas tomaron caminos separados. Simon conoció a Sarah en Cambridge, y durante su último año en Durham Joanna se enamoró de Matthew. Recuperaron su amistad cuando retomaron el contacto en Londres. Daba la casualidad de que vivían a solo diez minutos el uno del otro.

Joanna sabía que Simon nunca le había caído bien a Matthew. Aparte de pasarle una cabeza, Simon había obtenido un puesto de prestigio en la administración pública nada más salir de Cambridge. Siempre decía con modestia que era un mero funcionario del Whitehall, pero así era Simon. Muy pronto pudo comprarse un coche pequeño y un piso encantador de una habitación en Highgate Hill. Matthew, entretanto, había entrado de recadero en una agencia de publicidad antes de conseguir un puesto junior dos años atrás con el que solo podía permitirse, aún hoy día, un húmedo cuarto de alquiler en Stratford.

«A lo mejor —pensó de repente Joanna—, Matthew espera que el alto cargo de Samantha en la agencia le favorezca en su carrera.»

Meneó la cabeza. Se negaba a seguir pensando en él esta noche. Apretó la mandíbula, puso un CD de Alanis Morissette y subió el volumen. «A la mierda los vecinos», pensó al entrar en el lavabo para prepararse un baño caliente. Cantó «You Learn» a voz en grito mientras el agua salía a chorro de los grifos, por lo que no oyó los pasos en el caminito que conducía al portal ni vio la cara que miraba por las ventanas de su sala de estar, situada en una planta baja. Salió del cuarto de baño en el momento en que los pasos retrocedían.

Se sentía más limpia y tranquila; se preparó un sándwich de queso, corrió las cortinas de la sala y se sentó delante de la chimenea, tostándose los dedos de los pies. De repente experimentó un leve atisbo de optimismo con respecto al futuro. Algunas de las cosas que le había dicho a Simon en la cocina quizá sonaran frívolas, pero eran ciertas. Bien mirado, Matthew y ella tenían muy pocas cosas en común. Ahora era un pájaro libre que no tenía que complacer a nadie salvo a sí misma, y nunca más pondría sus sentimientos en segundo lugar. Era su vida, y no iba a permitir que Matthew le arruinara el futuro.

Antes de que la actitud positiva la abandonara y la depresión se apoderara nuevamente de ella, se tomó dos paracetamoles y se fue a la cama.

3

—Adiós, cariño. —Lo abrazó contra su pecho, aspirando su olor familiar.

—Adiós, mamá. —Se acurrucó en su abrigo unos segundos más antes de apartarse y buscar en el semblante de su madre indicios de alguna emoción incómoda.

Zoe Harrison se aclaró la garganta y parpadeó para ahuyentar las lágrimas. Por muchas veces que pasara por este momento, nunca resultaba fácil. Pero no debía llorar delante de Jamie o de sus amigos, de modo que se obligó a sonreír.

—Dentro de tres semanas, el domingo, vendré y comeremos fuera. Si a Hugo le apetece venir, puedes invitarlo.

—Vale.

Jamie estaba junto al coche, incómodo, y Zoe comprendió que había llegado el momento de marcharse. No pudo evitar apartarle del rostro un mechón de su bonito pelo rubio. El muchacho puso los ojos en blanco y por un segundo pareció el chiquillo que Zoe recordaba y no el serio hombrecito en que se estaba convirtiendo. Viéndolo con su uniforme azul marino y la corbata de nudo perfecto, tal como le había enseñado James, se sintió muy orgullosa de él.

—Está bien, cariño, ya me voy. Llámame si necesitas algo o si simplemente te apetece charlar.

—Lo haré, mamá.

Zoe se sentó detrás del volante de su coche, cerró la portezuela y puso en marcha el motor. Bajó la ventanilla.

—Te quiero, mi cielo. Cuídate mucho. Acuérdate de ponerte la camiseta interior, y no te dejes puestos los calcetines de rugby mojados más de lo necesario.

Jamie se puso colorado.

—Sí, mamá. Adiós.

—Adiós.

Zoe se alejó por el camino mientras por el retrovisor veía a Jamie despedirse alegremente con la mano. Dobló en una curva y su hijo desapareció de su vista. Al cruzar la verja para salir a la carretera, se apartó con brusquedad las lágrimas y buscó un pañuelo de papel en el bolsillo de su abrigo. Se recordó por enésima vez que ella lo pasaba peor en esas ocasiones que Jamie. Sobre todo hoy, que James ya no estaba.

Siguió las indicaciones para llegar a la autopista que la llevaría a Londres en una hora. Por el camino, se preguntó una vez más si no se había equivocado al confinar a un niño de diez años en un internado, especialmente después de haber sufrido la pérdida de su bisabuelo hacía solo unas semanas. Pero Jamie estaba encantado con el colegio, sus amigos, su rutina, cosas que Zoe no podía darle en casa. En el colegio estaba floreciendo, madurando, haciéndose más independiente.

Incluso Charles, el padre de Zoe, lo había mencionado cuando lo dejó en Heathrow la tarde anterior. Su rostro moreno y atractivo había comenzado a mostrar, por fin, los signos de la edad, como consecuencia del profundo pesar que sentía por la muerte de su padre.

—Has hecho un gran trabajo, cariño, deberías estar orgullosa de ti misma. Y de tu hijo —le había dicho al oído cuando se despidieron con un abrazo—. Me gustaría que Jamie y tú vinierais a mi casa de Los Ángeles en vacaciones. Pasamos muy poco tiempo juntos y te echo de menos.

—Yo también te echo de menos, papá —respondió Zoe. Se quedó donde estaba, un poco sorprendida, mientras lo veía cruzar el control de seguridad. Su padre raras veces tenía elogios para ella. O para su nieto.

Recordó el día que, con dieciocho años, descubrió que estaba embarazada; casi se muere del disgusto y la conmoción. Recién salida del internado y con una plaza en la universidad, al principio le había parecido ridículo barajar siquiera la posibilidad de tener el bebé. Sin embargo, a lo largo del bombardeo de indignación y juicios por parte de su padre y sus amigos, sumado a la presión procedente de una fuente muy distinta, Zoe supo, en algún lugar de su corazón, que el bebé que llevaba en el vientre tenía que nacer. Jamie era fruto del amor, un regalo mágico, especial. Un amor del que, después de más de diez años, no se había recuperado del todo.

Se sumó al resto de coches que se dirigían veloces a Londres por la autopista mientras las palabras que su padre le había dicho diez años atrás resonaban en sus oídos.

—¿Tiene intención de casarse contigo el hombre que te ha dejado preñada? Que sepas que estás sola en esto, Zoe. El error es tuyo y a ti te toca ponerle remedio.

«Ni siquiera existía la posibilidad de casarme con él», pensó ahora con tristeza.

Solo James, su querido abuelo, había mantenido la calma; una presencia serena que le ofreció sentido común y respaldo cuando las demás personas que la rodeaban no hacían más que despotricar.

Zoe siempre había sido el ojito derecho de James. De niña ignoraba que ese bondadoso hombre de voz fuerte y profunda, que se negaba a que lo llamaran «abuelo» porque decía que le hacía sentirse viejo, era uno de los actores clásicos más alabados del país. Zoe había crecido en una casa confortable de Blackheath con su madre y su hermano Marcus, cuatro años mayor que ella. Sus padres ya se habían divorciado para cuando Zoe cumplió los tres, y desde entonces rara vez veía a su padre, que se había mudado a Los Ángeles. Así pues, James se convirtió en la figura paterna de Zoe. Su laberíntico caserón de Dorset, llamado Haycroft House, con su huerto y sus acogedores dormitorios en el desván, constituían el escenario de sus recuerdos de infancia más felices.

Semiretirado, con alguna que otra escapada a Estados Unidos para una aparición breve en una película a fin de «ganarse los garbanzos», como decía él, su abuelo siempre había estado a su lado, sobre todo después de que la madre de Zoe muriera repentinamente en un accidente de tráfico a solo unos metros de su casa. Ella tenía entonces diez años y su hermano Marcus, catorce. Del funeral solo recordaba que había permanecido aferrada a su abuelo, observando su rostro grave y su mandíbula apretada, las lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas mientras el pastor entonaba las plegarias. Fue un sepelio tenso y lúgubre. La obligaron a llevar un tieso vestido negro con puntillas que le irritaban el cuello.

Charles, que había regresado de Los Ángeles para el funeral, intentaba consolar a un hijo y una hija que apenas conocía, pero era James quien enjugaba las lágrimas de Zoe y la abraza cuando lloraba hasta altas horas de la noche. James también había intentado consolar a su nieto, pero Marcus se había encerrado en sí mismo y se negaba a hablar. Recluyó el dolor por la pérdida de su madre en lo más hondo de su ser.

Charles se llevó a Zoe a vivir a Los Ángeles, pero a Marcus lo enviaron a un internado en Inglaterra. Era como si Zoe no solo hubiese perdido a su madre, sino también a su hermano. Toda su vida de un plumazo.

Cuando llegó al calor seco e irritante de la casa estilo hacienda que su padre tenía en Bel Air, Zoe descubrió que tenía una «tía Debbie», una mujer que, al parecer, vivía con papá e incluso dormía en la misma cama que él. Tía Debbie era muy rubia y voluptuosa y no le hizo ninguna gracia la llegada de una niña de diez años a su vida.

La matricularon en un colegio de Beverly Hills que Zoe odió desde el primer momento. Apenas veía a su padre, demasiado ocupado haciéndose un hueco como director de cine. En lugar de eso, tuvo que soportar la idea que Debbie tenía de cómo criar a un niño: cenas precocinadas y dibujos animados a todas horas. Añoraba muchísimo el cambio de estaciones de Inglaterra y detestaba el calor áspero de Los Ángeles y sus acentos escandalosos. Escribía largas cartas a su abuelo en las que le suplicaba que fuera a buscarla y se la llevara a vivir con él a su querida Haycroft House e intentaba convencerle de que podía cuidar de sí misma. Y de que si l

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