La niña del faro

Jeanette Winterson

Fragmento

cap-2

MI MADRE ME LLAMÓ SILVER. NACÍ MITAD METAL PRECIOSO Y MITAD PIRATA.

No tengo padre. No hay nada extraordinario en eso. Incluso los niños que tienen padre a menudo se sorprenden al verlos. El mío llegó del mar y fue en el mar donde desapareció. Era tripulante de un barco pesquero que ancló en nuestro puerto una noche en que las olas rompían como el cristal oscuro. El descascarillado casco de su barco le permitió permanecer en tierra el tiempo suficiente para echar el ancla en el interior de mi madre.

Los bancos de bebés se pelearon por la vida.

Gané yo.

Vivía en una casa sobre la pendiente del acantilado. Había que clavar las sillas al suelo y jamás podíamos comer espaguetis. Comíamos cosas que se quedaran pegadas al plato: pastel de carne con patatas, gulash, risotto, huevos revueltos. Una vez intentamos comer guisantes. Menudo desastre. Durante mucho tiempo todavía encontramos alguno, verde y cubierto de polvo, en los rincones de la habitación.

Hay quien se cría en una colina y hay quien se cría en el valle. La mayoría lo hace en el llano. Yo vine a la vida inclinada, y así es como he vivido desde entonces.

De noche, mi madre me acostaba en una hamaca suspendida de través contra el acantilado. En el suave balanceo de la noche, yo soñaba con un lugar en el que no tener que valerme del peso de mi cuerpo para contrarrestar la gravedad. Mi madre y yo teníamos que atarnos la una a la otra como un par de escaladoras simplemente para acceder a la puerta de casa. Un resbalón y terminaríamos en la vía del tren con los conejos.

«Veo que no te gusta mucho salir», me decía, aunque probablemente eso se debiera en gran medida al hecho de que salir representaba un esfuerzo considerable. Mientras que a los demás niños se les despedía de casa con un despreocupado: «¿Te has acordado de coger los guantes?», yo me iba con un: «¿Te has abrochado bien las hebillas del arnés de seguridad?».

¿Por qué no nos íbamos de allí?

Mamá era madre soltera. Me había concebido fuera del matrimonio. La noche en que mi padre llamó a su puerta, ella no había echado el cerrojo. Así que la enviaron colina arriba, lejos del pueblo. Curiosamente, desde ahí arriba, no le quedaba más remedio que mirar al pueblo por encima del hombro.

Salts. El pueblo donde nací, una concha azotada por el mar, orillada de arena y mordisqueada por las rocas. Ah, y un faro.

Dicen que es posible saber cosas sobre la vida de una persona observando su cuerpo. Sin duda así sucede con mi perro. Tiene las patas traseras más cortas que las delanteras porque siempre se clava por un extremo y trepa con dificultad con el otro. En llano, anda con una especie de contoneo que magnifica su alegría. No sabe que a los demás perros las cuatro patas les miden lo mismo. Suponiendo que sea capaz de pensar, piensa que los demás perros son como él, así que no padece el menor atisbo de la enfermiza introspección que define a la raza humana y que imprime el miedo o el castigo a todo lo que se sale de la norma.

«Tú no eres como los demás niños —decía mi madre—. Y si no puedes sobrevivir en este mundo, mejor será que te construyas uno propio.»

En realidad, las excentricidades que describía como mías eran las suyas. Era ella a quien no le gustaba salir, ella quien no podía vivir en el mundo que le había tocado en suerte. Ansiaba verme libre y hacía todo lo que estaba en su mano por asegurarse de que eso jamás ocurriera.

Estábamos atadas la una a la otra, nos gustara o no. Éramos compañeras de escalada.

Entonces se cayó.

Ocurrió así.

El viento soplaba con tanta fuerza que fácilmente podría haber arrancado de cuajo las aletas de un pez. Era martes de carnaval y habíamos salido a comprar harina y huevos para preparar las tortitas. Durante un tiempo tuvimos nuestras propias gallinas, pero los huevos rodaban pendiente abajo. Teníamos las únicas gallinas del mundo que se veían obligadas a colgarse del pico cuando intentaban poner un huevo.

Aquel día yo estaba entusiasmada, porque dar la vuelta a las tortitas en el aire era algo que en nuestra casa resultaba muy fácil: la empinada cuesta sobre la que estaba colocado el horno convertía el ritual de desenganchar y dar la vuelta a las tortitas en una especie de jazz. Mi madre bailaba mientras cocinaba porque decía que eso la ayudaba a mantener el equilibrio.

Subía cargada con la compra tirando de mí tras ella como quien tira de un pensamiento huidizo. Entonces, un nuevo pensamiento debió de nublarle la mente, porque de pronto se detuvo e hizo ademán de dar media vuelta, y en ese momento el viento sopló como un chillido y sofocó su propio grito cuando resbaló.

Inmediatamente después me dejó atrás mientras caía, y yo me colgué de uno de nuestros espinosos arbustos: creo que era una escalonia, un arbusto con olor a sal, capaz de resistir los embates del mar y del viento. Noté que sus raíces iban levantándose lentamente como la tapa de un sepulcro. Intenté clavar la punta de los zapatos en la pendiente arenosa, pero el suelo no cedió. Íbamos a caer las dos. Nos precipitaríamos desde la faz del acantilado a un mundo de oscuridad.

No podía aguantar más. Me sangraban los dedos. Fue en ese preciso instante cuando, al cerrar los ojos, a punto ya de soltarme y dejarme caer al vacío, tuve la impresión de que el peso se desvanecía a mi espalda. El arbusto dejó de moverse. Logré elevarme hasta llegar a él y gateé.

Miré hacia abajo.

Mi madre había desaparecido. La cuerda colgaba, inútil, contra la roca. Empecé a tirar de ella por encima de mi brazo sin dejar de gritar: «¡Mamá! ¡Mamá!».

La cuerda subía cada vez más deprisa y me quemaba el anverso de la muñeca a medida que iba enrollándola a mi lado. Vi aparecer entonces la doble hebilla. Luego el arnés. Mi madre se lo había quitado para salvarme.

Diez años antes yo me había arrojado desde el espacio para encontrar el canal de su cuerpo y venir a la tierra. En aquel instante ella se había arrojado a su propio espacio y yo no pude seguirla.

Ya no estaba.

Salts tiene sus propias costumbres. Cuando se supo que mi madre había muerto y que me había quedado sola, se habló de qué hacer conmigo. No tenía familia ni padre. Tampoco había heredado ningún dinero ni tenía nada que pudiera considerar de mi propiedad, salvo una casa inclinada y un perro de patas desiguales.

Se acordó por votación que la maestra de la escuela, la señorita Pinch, se encargaría de mí. Estaba acostumbrada a tratar con niños.

En mi primer día de triste soledad la señorita Pinch me acompañó a recoger mis cosas a casa. No había mucho, básicamente los cuencos y las galletas del perro y un atlas del mundo Collins. También quise llevarme algunas pertenencias de mi madre, pero a la señorita Pinch se le antojó «imprudente», aunque no me dijo por qué; tampoco me dijo por qué ser prudente iba a mejorar en algo las cosas. Luego salió, cerró la puerta y metió la llave en su bolso con forma de ataúd.

—Se te devolverá todo cuando cumplas veintiún años —dijo. Siempre utilizaba el mismo lenguaje que las pólizas de seguros.

—¿Dónde viviré hasta entonces?

—Tendré que hacer algunas averiguaciones —dijo la señorita Pinch—. Puedes pasar esta noche conmigo en Railings Row.

Railings Row era una hilera de casas apartadas de la carretera. Encaramadas a la ladera de la colina, eran de ladrillo negro manchado de sal, la pintura estaba descascarillada y el cobre había adquirido un tono verdoso. En su momento habían sido las casas de prósperos comerciantes, pero hacía ya mucho que nadie prosperaba en Salts y las ventanas estaban cegadas con tablones.

También las ventanas de la casa de la señorita Pinch estaban cegadas con tablones porque, según decía, no quería atraer a los ladrones.

Tiró de la lámina de madera de barco que, fijada con goznes y empapada por la lluvia, cubría la puerta de entrada y abrió los tres cerrojos que la aseguraban. A continuación me condujo por un tétrico pasillo y se volvió para cerrar los pestillos y atrancar la puerta.

Entramos en la cocina y, sin preguntarme si quería comer algo, me puso delante un plato de arenques en adobo mientras ella se freía un huevo. Comimos en absoluto silencio.

«Duerme aquí», dijo cuando terminamos. Juntó dos taburetes y puso un cojín en uno de ellos. Luego sacó un edredón del armario, uno de aquellos edredones que tienen más plumas por fuera que por dentro, un edredón relleno con las plumas de un solo pato. A juzgar por los bultos, creo que aquel tenía dentro el pato entero.

Así que me acosté bajo las plumas del pato, las patas del pato, el pico del pato, los brillantes ojos del pato y la puntiaguda cola del pato, y esperé a que se hiciera de día.

Hasta los más desgraciados tenemos suerte. Siempre amanece.

La única solución era poner un anuncio.

La señorita Pinch detalló mis características en una gran hoja de papel que colgó en el tablón de anuncios de la parroquia. Se me entregaría sin cargos a algún dueño cariñoso cuyas credenciales examinaría con sumo cuidado el consejo parroquial.

Fui a leer el anuncio. Llovía y no había nadie por allí. La nota no mencionaba a mi perro, así que escribí su descripción y la colgué debajo de la mía:

UN PERRO. TERRIER DE PELO ÁSPERO, BLANCO Y MARRÓN.

PATAS DELANTERAS DE 16 CENTÍMETROS. PATAS TRASERAS

DE 12. NO SE PUEDEN SEPARAR.

Se me ocurrió entonces que quizá alguien podría pensar que lo que no podían separarse eran las patas del perro, no nosotros.

—No puedes obligar a nadie a quedarse con el perro —dijo la señorita Pinch, que estaba de pie detrás de mí, con su largo cuerpo plegado como un paraguas.

—Es mi perro.

—Cierto, pero ¿de quién eres tú? Eso es lo que no sabemos, y no a todo el mundo le gustan los perros.

La señorita Pinch era descendiente directa del reverendo Dark. Había dos Dark: el reverendo, que vivió aquí, y otro que había preferido estar muerto a vivir aquí y que era el padre de aquel. Os presentaré ahora al primero, y enseguida conoceréis al segundo.

El reverendo Dark era la persona más famosa que había dado Salts. En 1859, cien años antes de que yo naciera, Charles Darwin publicó El origen de las especies y vino a Salts a visitar a Dark. Era una larga historia y, como ocurre con casi todas las historias del mundo, inacabada. Sí, tuvo un final (siempre lo hay), pero la historia fue más allá de su propio final (siempre es así).

Supongo que la historia da comienzo en 1814, cuando una ley del Parlamento autorizó al Consejo de Faros del Norte a «erigir y mantener faros en aquellas islas y enclaves de la costa escocesa donde se consideren necesarios».

En la punta noroeste del territorio escocés hay un lugar desierto y agreste que en gaélico se conoce como Am Parbh, el Viraje Decisivo. No queda claro hacia dónde vira o de qué pretende apartarse, o quizá indique muchas cosas a la vez, incluido el destino de un hombre.

El Pentland Firth confluye con el Minch, y al oeste se divisa la isla de Lewis, las Orcadas al este, pero al norte solo está el océano Atlántico. Digo «solo», pero ¿qué significa eso? Muchas cosas, incluido el destino de un hombre.

La historia comenzó entonces, o quizá en 1802, cuando un terrible naufragio lanzó a los hombres al mar como volantes de bádminton. Durante un tiempo flotaron en el agua como corchos, con la cabeza apenas visible en la superficie, pero no tardaron en hundirse, hinchados como el mismísimo corcho; la rica carga que transportaban resultaba tan inútil como sus oraciones a la hora de salvarles la vida.

Al día siguiente salió el sol y brilló sobre los restos del barco.

Inglaterra era una nación marítima y los intereses de importantes compañías sitas en Londres, Liverpool y Bristol exigían que se construyera aquí un faro. Pero el coste y la magnitud del proyecto eran desorbitados. Para proteger el Viraje Decisivo había que construir un faro en el cabo de la Ira.

El cabo de la Ira. Coordenadas en la carta náutica: 58º 37,5º N, 5º O.

Ahí está. La punta tiene una altura de ciento ochenta y cuatro metros. Agreste, magnífico, imposible. Refugio de gaviotas y sueños.

Había un hombre llamado Josiah Dark (aquí le tenemos por fin), un rico y afamado comerciante de Bristol. Dark era un hombre bajo, activo e irascible que jamás había puesto un pie en Salts y que, el día que lo hizo, juró no volver jamás. Prefería los cafés y las conversaciones de la relajada y próspera ciudad de Bristol. Sin embargo, Salts era el lugar que había de suministrar la comida y el carburante al farero y a la familia de este, y Salts tenía también que suministrar la mano de obra para construirlo.

Así pues, no sin interminables quejas y de muy mala gana, Dark se alojó durante una semana en la única posada del pueblo, El Alca.

La posada era un lugar incómodo. El viento chirriaba en las ventanas, una hamaca costaba la mitad que una cama, y una cama costaba el doble que una noche de buen sueño. La comida consistía en cordero montés con sabor a aprisco, o gallina dura como una alfombra que llegaba volando entre graznidos tras el cocinero, quien le partía el cuello con elegancia.

Todas las mañanas, Josiah bebía su cerveza, pues en aquel agreste lugar no había café; después se abrigaba bien, y así, oculto entre la ropa como un secreto, subía al cabo de la Ira.

Las gaviotas, los pájaros bobo, los fulmares y los frailecillos cubrían la punta del cabo y los acantilados del Clo Mor, situado detrás de él. Josiah pensó en su barco, el orgulloso bajel hundido en las aguas del negro mar, y recordó una vez más que no tenía ningún heredero. Su mujer y él no habían tenido hijos y, desgraciadamente, los médicos les habían anunciado que no los tendrían. Pero Josiah ansiaba tener un hijo del mismo modo que antaño había ansiado ser rico. ¿Por qué el dinero parecía serlo todo cuando no se tenía y nada cuando se tenía demasiado?

Pues bien, la historia empieza en 1802, o en realidad da comienzo en 1789, cuando un joven tan apasionado como menudo pasó de contrabando unos mosquetones por el canal de Bristol hasta la isla de Lundy, donde pudieran recogerlos los partidarios de la Revolución francesa.

Josiah había creído en todo aquello. Hasta cierto punto todavía seguía creyendo, a pesar de que su idealismo le había hecho rico, aunque no era eso lo que pretendía. Tenía planeado escapar a Francia con su amante y vivir en la nueva república libre. Serían ricos porque todo el mundo iba a serlo en Francia.

Cuando dieron comienzo las masacres, Josiah cayó enfermo. No tenía miedo a la guerra, pero no era aquel rugiente mar de sangre lo que preconizaban las buenas palabras y los grandes corazones.

A fin de escapar de sus propias emociones, se enroló en un barco que partía hacia las Indias Occidentales y volvió con un diez por ciento de los tesoros encontrados. Después, todo lo que hizo le llevó a aumentar su riqueza.

Ahora era dueño de la mejor casa de Bristol y tenía una esposa encantadora. Pero no tenía hijos.

Mientras estaba allí de pie, inmóvil como un pilar de piedra, una enorme gaviota negra se posó en su hombro y clavó las garras en su abrigo de lana. El hombre no se atrevió a moverse. En un arranque de locura, pensó que el pájaro se lo llevaría por los aires como en la leyenda del águila y el niño. De pronto la gaviota abrió sus enormes alas y echó a volar directamente hacia el mar, con las patas extendidas hacia atrás.

Cuando el hombre regresó a la posada cenó en silencio. Tan callado estaba que la mujer del posadero empezó a hacerle preguntas. Él le habló del pájaro y ella le dijo: «El pájaro es un augurio. Debe usted levantar aquí su faro, del mismo modo que otros hombres levantarían una iglesia».

Sin embargo, primero hubo que conseguir la ley del Parlamento, después murió su esposa, luego Josiah estuvo dos años navegando para recomponer su corazón, más tarde conoció a una joven y la amó, y pasó tanto tiempo que el faro tardó veintiséis años en construirse.

La construcción del faro concluyó en 1828, el mismo año en que la segunda mujer de Josiah Dark dio a luz a su primer hijo.

Bueno, a decir verdad, fue el mismo día.

La torre blanca de granito y piedra desbastada a mano tenía una altura de treinta y tres metros y se elevaba doscientos sesenta y un metros sobre el cabo de la Ira. Costó catorce mil libras.

«¡Por mi hijo!», dijo Josiah Dark cuando se encendió la linterna del faro por primera vez. En ese instante, la señora Dark rompió aguas en Bristol y de sus entrañas salió un niño azul de o

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