Los abrazos lentos

Elísabet Benavent

Fragmento

cap-1

Prólogo

Tengo un idilio con las palabras. Es una historia de amor larga, fiable, bonita y sana. Las palabras son, probablemente, lo más preciado que poseo, después del amor de mi gente. Nací con muchas carencias: no tengo paciencia, no sé andar despacio, tiendo al exceso, me gusta la soledad, doy portazos…

Sin embargo, las palabras siempre me han salvado de morir ahogada en la piscina de lo que me falta. Porque escribiendo mastico lo que me pasa, porque escribiendo imagino realidades lejanas, porque escribiendo me analizo y me entiendo. Me mido, me abrazo, me calmo. Las palabras son, para mí, un salvavidas, un modo de vivir, un puñado de abrazos lentos.

Las palabras, además, siempre han sido para mí un billete que invita a viajar a cualquier realidad imaginable. Lo más bonito de esta profesión es el ejercicio de empatía que supone, el disfraz, la posibilidad de ser quien quieras ser cuando quieras serlo. Las palabras no tienen dueño y, por eso, pueden ser utilizadas en vano, siempre y cuando no se lancen contra el pecho de nadie.

Las redes sociales han supuesto, en estos años duros, una ventana hacia el mundo. Negar que han marcado un antes y un después en nuestra forma de comunicarnos es dar la espalda a una realidad que avanza a pasos agigantados. No podemos negarles su espacio si no queremos que, como en La historia interminable, la Nada nos devore. La Nada, en este caso, sería el equivalente a quedarnos obsoletos, de cara a la pared, negando que fuera de nuestra casa existe un mundo enorme.

Además de ese hipervínculo, las redes sociales son, para los soñadores, un espacio donde esbozar, un cuaderno donde anotar ideas peregrinas, dibujar historias breves y jugar.

Cuaderno de bitácora vital, conexión interpersonal, ejercicio de imaginación; un texto de Instagram puede contener verdad, manos tendidas y ficción. Aunque, seamos sinceros, será también, independientemente de la intención o motivación de su creador, lo que el lector quiera que sea. Pero ese es otro tema.

Desde 2017 vengo compartiendo textos, prosa poética, pedazos de historias que servirán en el futuro como puntos de partida, esbozos que no llevarán a ningún sitio, reflexiones y vida. No vida privada, solo vida. En la era de la inmediatez, en el momento histórico en el que más conectados estamos pero más solos nos sentimos, es la palabra una vez más, lanzada al vacío de la red, lo que nos une de una manera que es difícil de explicar. Quizá pase lo mismo que con las canciones…, que a veces alguien escribe por nosotros lo que nos es complicado expresar.

A mí también me pasa. Sigo algunas cuentas en Instagram en las que encuentro respuestas para preguntas que aún no me he hecho. Y es en el alivio que siento al leer lo que otros comparten donde encuentro la pasión para seguir escribiendo. Lejos de lo dañino que, no seamos comeflores, existe también en estos lares.

Las palabras nos reconfortan. Las palabras nos unen. Las palabras son abrazos. Y aquí van los míos: un recopilatorio de lo sentido, imaginado, vivido y trabajado en los últimos años.

La posibilidad de que alguien sienta que tener este libro en la estantería es guardar muy cerca un punto de encuentro me ha animado a publicarlo. Pensar que todos estos textos puedan suponer un refugio donde buscar algo que reconforte también.

Esta idea me la distéis vosotras, como casi todo lo bueno que tengo, así que… aquí están, con humildad, con honestidad, con toda mi imaginación, con toda mi sinceridad, un buen puñado de abrazos, pero de los buenos.

Los abrazos lentos.

ELÍSABET BENAVENT

cap-2

La noche es para los valientes

La noche es para los valientes. Y para nosotros. Para los que se hablan en susurros al oído y se ríen por cosquillas y vergüenza.

La noche es para las brujas, los hechizos y las maldiciones. La noche es para los sueños, joder…, y también para joder un rato si es lo que quieres.

La noche es para las palabras lo que la magia para tus mejillas. Así que aquí estoy, buscando palabras en un ejercicio de prestidigitación y dejando que me hables al oído para que me dictes el final de esta historia a la que cada vez le quedan más páginas por escribir.

La noche es, sin duda, para las musas.

cap-3

Odio

Odio tener que calcular… con números y con personas.

Por eso soy de letras y huyo de los que imagino que, más que sentir, cuentan con los dedos conquistas, besos, favores o mensajes de texto.

Odio que los planes me salgan mal y odio recular. Llevo mal la frustración, qué le vamos a hacer.

Odio los consejos que nadie pidió.

Odio el cursor del ordenador parpadeando y las palabras por salir.

Odio que no me alcancen las fuerzas y, a veces, hasta dormir.

Odio el postureo, aunque acepto que se contagia.

Odio cuando la gente no está cómoda porque finge ser alguien que no es. Odio que esa gente me haga sentir incómoda a mí. Odio que me lo haga alguien a quien aprecio de verdad.

Odio que me dejen plantada, con la palabra en la boca o que me mientan cuando pregunto. Si pregunto, es para saber, no para que me soben el lomo.

Odio que me miren mientras como, que me cuenten las horas de sueño, las toallas húmedas al salir de la ducha, mi risa, la gente que no sabe decir «Ey, me encanta estar contigo», los abrazos falsos, las miradas de arriba abajo cuando no dicen «Te comía entera», las palabras vacías…

cap-4

Pero…

A veces no tengo la menor idea de lo que estoy haciendo.

Es la pura verdad.

Pero…

¿Y qué?

¿Está de más?

¿Saberlo todo no le quitaría la emoción?

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